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Full text of "La España moderna"

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ITALIA-ESPAÑA 


EX-LIBRIS 
M.  A.  BUCHANAN 


v/ 


PRESENTED  TO 

THE    LIBRARY 

BY 

PROFESSOR  MILTON  A.  BUCHANAN 

OF  THE 

DEPARTMENT  OF  ITALIAN  AND  SPANISH 

1906-1946 


LA  ESPAÑA    MODERNA 


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AÑO   14.  NUM,  163. 


LA 


ESPAÑA  MODERNA 


'O 


I>li*eotor*:  JOSÉ  r>E  IL.AZA.FtO 


JULIO,    1902 


MADRID 

ESTABLECIMIENTO    TIPOGRÁFICO    DE    lOAMOR    MORENO 
Blasco  de  Garay,  núm.  g.—  TeU/tno   3,020, 


W^ 


Para  la  reproducción  de  los  artícu- 
los comprendidos  en  el  presente  tomo, 
es  indispensable  el  permiso  del  Direc- 
tor de  La  España  Moderna. 


A? 


BLOQUEADOS  POR  LA  NIEVE 


NOVELA 


(conclusión) 


El  brío  con  que  los  expedicionarios,  precedidos  por  Clinch, 
se  dirigieron  hacia  donde  había  sonado  el  disparo,  no  dejaba  á 
Hale  tiempo  para  reflexionar.  Tenía  una  vaga  idea  de  gritar 
como  los  otros,  de  rajar  con  las  espuelas  los  ijares  del  caba- 
llo, impulsado  por  un  ardor  insensato;  pero  su  pensamiento  no 
iba  más  allá.  Clinch  y  Rawlins,  que  iban  delante  por  el  angos- 
to camino,  le  quitaban  la  vista.  Solamente  una  vez  se  aprove- 
chó de  una  parada  repentina  en  aquella  desenfrenada  carrera 
para  preguntar  lo  que  ocurría. 

— |Se  ha  perdido  la  pista!...  ¡No!  ¡Aquí  está — exclamó  el 
mozo, — y  Clinch,  dando  la  voz,  se  lanzó  hacia  adelante;  los  ca- 
ballos jadeaban,  y  la  pendiente  se  hacía  cada  vez  mayor. 

Hale,  que  logró  coordinar  sus  ideas,  comprendió  que  en 
las  condiciones  en  que  se  encontraban  no  podían  sostener  la  lu- 
cha ni  siquiera  con  un  solo  hombre  resuelto,  emboscado  en  la 
maleza,  ó  que  les  sorprendiera  en  el  estrecho  sendero  por  donde 
no  podían  pasar  sino  de  uno  en  uno;  pero  al  cabo  de  algunos 
instantes,  tuvo  el  secreto  de  tanta  prisa  y  de  tanto  ardor.  Con 
Tin  ronco  grito  de  triunfo,  Clinch  acababa  de  desembocar  en 


LA   ESPAÑA   MODERNA 


Tin  vasto  claro;  pero  el  grito  se  trotó  en  seguida  en  una  impre- 
cación furiosa. 

Los  jinetes  se  encontraban  enfrente  de  una  tormenta  de 
nieve,  el  camino  desaparecía  ante  sus  ojos  asombrados,  y  la 
pista  que  habían  seguido  tan  de  cerca  se  borraba  bajo  la  blan- 
ca sábana.  Se  quedaron  silenciosos  y  aterrados,  sin  brújula,  á 
orillas  de  un  mar  inmenso  que  carecía  de  toda  huella  humana. 

— Con  perdón,  señor — dijo  el  mozo  de  cuadra  dirigiéndo- 
se á  sus  compañeros, — mi  opinión  es  que  si  no  tienen  ustedes  á 
mano  una  compañía  de  zapadores  para  sacarles  del  paso,  lo 
mejor  será  que  se  dirijan  en  busca  de  cena  y  cama  y  dejen  en 
paz  á  los  ladrones.  Perdonen,  pero  yo  soy  quien  responde  de 
los  caballos  al  patrón,  y  no  es  este  el  momento  de  meterse  en 
aventuras.  Estamos  á  seis  millas  del  relevo  á  vuelo  de  pájaro. 

— En  tal  caso,  volvamos  á  tomar  el  sendero — dijo  Chinch 
haciendo  volver  grupas  á  su  caballo. ' 

— Perdone  usted,  coronel — replicó  el  mozo  echando  mano 
á  las  riendas  del  caballo  de  Clinch; — pero  al  deshacer  lo  anda- 
do, no  lograremos  más  que  volver  á  la  carretera,  nos  alejare- 
mos tres  millas  más  todavía  de  la  cuadra,  y  lo  que  es  peor, 
cuando  lleguemos  al  camino,  encontraremos  más  nieve  que 
aquí:  lo  más  cierto  será  tomar  por  la  cresta,  y  apretando 
bien,  podremos  pasar  antes  de  ser  bloqueados.  Y  con  perdón, 
señor,  por  ahí  es  por  donde  yo  me  voy. 

No  había  tiempo  para  discutir.  El  suelo  se  espesaba  sen- 
siblemente bajo  los  pies.  El  brazo  de  Hale,  pegado  al  costado 
por  un  canalón  de  nieve,  se  entumecía;  las  siluetas  de  los  otros 
se  hacían  informes  y  monstruosas.  Ya  no  eran  copos,  sino  pe- 
lotas de  nieve  lo  que  caía.  Los  jinetes,  ante  aquel  desastre, 
parecían  haberse  olvidado  del  objeto  de  su  empresa  y  no  con- 
servar nada  del  ardoroso  entusiasmo  ni  del  ciego  furor  que  les 
había  impulsado.  Siguieron  al  mozo  que  marchaba  ya,  acep- 
tando maquinalmente  aquel  nuevo  jefe  que  prometía  un  refu- 
gio contra  el  frío  y  el  hambre. 

No  llevaban  mucho  tiempo  de  marcha,  cuando  observaron 


BLOQUEADOS   POR   LA   NIEVE 


que  la  tormenta  cambiaba  de  carácter.  El  cambio  les  pareció 
al  pronto  de  un  feliz  augurio.  La  nieve  se  hacía  más  menuda 
y  menos  pesada,  y  la  que  ya  había  caído  se  endurecía  y  cru- 
jía bajo  los  cascos  de  los  caballos;  pero  en  cambio  se  había  le- 
vantado un  viento  glacial ,  y  los  copos  ametrallaban  como 
granizo  los  rostros  de  los  jinetes.  Sin  embargo,  éstos  avanza- 
ban con  mayor  facilidad,  y  su  ardor  se  reanimaba  bajo  el  do- 
ble estimulante  del  frío  y  de  la  carrera,  cuando  su  guía  se  de- 
tuvo bruscamente. 

— No  es  posible,  compañeros,  hay  que  renunciar;  no  es  una 
tormenta,  sino  un  temporal,  y  hay  para  días.  Aunque  pudié- 
ramos franquear  la  cresta,  nos  veríamos  bloqueados  en  la 
cañada. 

El  mozo  decía  la  verdad.  Contrariados  en  extremo  los  ex- 
pedicionarios, se  dieron  cuenta  de  que  la  nieve  no  había  dis- 
minuido realmente  en  cantidad  y  que  los  finos  átomos  tamiza- 
dos rellenaban  rápidamente  las  desigualdades  del  terreno.  Mi- 
raban con  ansiedad  al  que  se  había  constituido  en  jefe  suyo. 

— Hay  que  marchar  adelante — dijo  Clinch — y  alcanzar  el 
i)Osque  antes  de  que  sea  demasiado  tarde. 

No  sin  grandes  esfuerzos  consiguieron  alcanzarle,  y  vieron 
que  la  bajada  era  demasiado  abrupta  para  intentarla  con  sus 
caballos.  Silenciosos  y  penetrados  del  peligro  caminaban,  ex- 
puestos al  asalto  de  la  nieve  y  obligados  á  cada  instante  á 
tirar  de  las  riendas  para  evitar  el  ser  arrojados  por  las  ráfagas 
al  precipicio;  al  cabo  de  media  hora  el  palafrenero  echó  j)ie  á 
tierra  é  invitó  á  los  demás  á  hacer  lo  mismo  y  á  prepararse 
para  el  descenso.  Cuando  llegó  el  turno  á  Hale,  no  pudo  me- 
nos de  retroceder  á  la  vista  de  la  tarea  que  le  incumbía.  La 
senda,  si  tal  podía  llamarse,  no  le  pareció  otra  cosa  que  el 
surco  trazado  por  el  tronco  de  un  árbol  derribado  y  lanzado 
de  intento  ó  casualmente  por  la  rápida  pendiente.  A  veces 
aquella  pista  no  tenía  sino  un  pie  de  ancho,  otras  desaparecía 
bajo  las  ramas  y  maleza  desgajadas.  Peligrosa  para  un  pea- 
tón,  parecía  impracticable  para  un   caballo.  Sin  embargo, 


8  LA  ESPAÑA   MODERNA 


Hale  se  disponía  á  dar  el  primer  paso,  cuando  Clinch  le  tocó 
en  un  brazo: 

— Póngase  usted  el  último,  puesto  que  es  usted  el  único 
extranjero — dijo  con  tono  amistoso. — Espere  á  que  le  demos 
la  señal  desde  abajo. 

— Pero  ¿y  si  prefiero  compartir  sus  riesgos? — replicó  Hale 
con  altivez. 

— Como  usted  guste — contestó  Clinch  tranquilamente. — 
Solamente  que,  sabiendo  que  no  es  usted  práctico  en  estas  co- 
sas, había  pensado  que  no  tendría  usted  empeño  en  saltar  por 
encima  de  la  roca  sobre  nuestras  cabezas,  ó  borrar  la  pista 
con  un  alud  de  escombros;  pongamos  que  no  he  dicho  nada. 

— Esperaré — dijo  Hale  á  media  voz. 

Aquella  lección  le  fue  provechosa,  le  dio  que  pensar,  le 
ocupó  suficientemente  la  imaginación  para  distraerle  del  ho- 
rror de  aquella  bajada  espantosa  y  permitirle  entregarse  ma- 
quinalmente  á  la  sagacidad  de  su  caballo,  el  cual,  por  un  ma- 
ravilloso instinto,  ponía  los  pies  en  las  huellas  del  animal  que 
le  precedía;  de  suerte  que  antes  de  que  se  hubiera  dado  cuen- 
ta, se  encontró  en  medio  de  sus  compañeros  en  el  camino  más 
ancho  que  pasaba  por  el  fondo  del  abismo. 

La  imposibilidad  de  llegar  á  la  casa  de  postas  por  las  altu- 
ras era  un  hecho  comprobado;  les  quedaba  el  recurso  de  bajar 
toda  la  montaña,  hasta  el  campamento  más  cercano,  ó  viva- 
quear en  los  bosques  colindantes.  El  palafrenero  por  segunda 
vez  tomó  el  papel  de  consejero. 

— Perdonen,  señores — dijo, — pero  las  bestias  que  ven  us- 
tedes aquí  tienen  ya  bastante  por  el  momento,  y  no  darán 
más  paseos  hoy.  La  carretera  se  encuentra  á  un  tiro  de  fusil 
todo  lo  más,  y  yo  esperaré  aquí  el  paso  de  la  diligencia.  Se 
verá  obligada  á  detenerse  á  causa  de  la  nieve,  y  yo  habré 
cumplido  con  mi  deber  cuando  haya  entregado  los  caballos  al 
mayoral. 

— Pero  ¿y  si  la  diligencia,  advertida  del  bloqueo,  se  decide 
á  quedarse  en  la  posta  del  valle? 


BLOQUEADOS  POR   LA   NIEVE 


— De  todos  modos  habré  cumplido  con  mi  deber — replicó 
el  mozo  con  tono  decidido. — Los  que  tienen  caballos  propios 
pueden  bacer  lo  que  gusten. 

Como  esta  declaración  se  dirigía  directamente  á  Hale,  éste 
se  apresuró  á  anunciar  que  no  pensaba  separarse  de  sus  com- 
pañeros. 

— Ya  que  no  pueda  volver  á  la  meseta  de  las  Águilas — 
añadió — no  quiero  alejarme  de  ella  sino  lo  menos  posible.  Su- 
pongo que  uno  de  mis  hombres  que  debía  separarse  en  el  rele- 
vo, estará  informado  de  la  causa  de  mi  ausencia  y  del  lugar  en 
que  me  encuentro. 

— ¿Uno  de  los  hombres  de  usted? — exclamó  Rawlins. — 
¿Qué  nos  cuenta  usted,  compañero?  Solamente  un  pájaro  po- 
dría venir  hoy  desde  las  Águilas,  y  á  condición  de  ser  un 
águila  también.  Entre  su  casa  y  la  cumbre  hay  á  esta  hora 
diez  pies  de  nieve,  sin  contar  los  barrancos  del  desfiladero. 

Hale  comprendió  que  E,awlins  no  mentía.  En  cualquier  otra 
ocasión  aquel  nuevo  contratiempo,  aquel  cataclismo  del  que  no 
tenía  precedentes,  le  hubiera  afectado  profundamente;  pero  en 
las  actuales  circunstancias  le  produjo  una  impresión  mediana; 
hasta  experimentó  un  indefinible  alivio.  Su  mujer,  su  cuñada, 
su  suegra,  estaban  en  seguridad;  esto  le  bastaba.  El  saber  las 
prisioneras  momentáneamente,  en  la  imposibilidad  de  mezclar- 
se con  sus  asuntos  propios,  prestaba,  en  su  situación,  un  sabor 
más  picante  al  interés  á  la  vez  atractivo  y  perturbador  que 
su  vida  súbitamente  aventurera  comenzaba  á  inspirarle. 

El  palafrenero,  que  se  había  ensimismado  en  un  examen 
contemplativo  de  la  vertiginosa  senda  por  la  que  acababa  de 
bajar,  lanzó  de  pronto  una  alegre  exclamación  golpeándose 
las  caderas. 

— ¡Que  la  fiebre  me  ahogue — dijo — si  no  es  esto  el  res- 
halón  de  Hennicker!  Recuerdo  que  se  encuentra  por  estos  si- 
tios. 

Eawlins  explicó  en  breves  palabras  á  Hale  que  se  llamaba 
el  resbalón  á  un  surco  trazado  por  ei  transporte  de   fardos 


10  LA   ESPAÑA   MODERNA 


demasiado    pesados  para    llevarse  por    senderos   ordinarios. 

— Y  en  tal  caso — continuó  diciendo  el  mozo  de  cuadra — 
nos  encontramos  muy  cerca  de  su  casa,  á  una  milla  poco  más 
ó  menos.  ¿Quieren  ustedes  que  la  busquemos? 

Con  un  movimiento  común  en  todos,  se  volvieron  hacia 
Hale,  considerándole  con  aire  de  duda. 

— ¿Quién  es  Hennicker? — preguntó  él  al  observar  aquellas 
miradas. 

El  palafrenero  vaciló  y  consultó  á  sus  compañeros  con  una 
ojeada. 

— Hay  gentes — dijo  por  fin,  como  tomando  una  decisión 
— que  dicen  que  Hennicker  no  vale  mucho  más  que  la  caza  que 
perseguimos;  solamente  que  tales  gentes  no  lo  dicen  delante 
de  Hennicker.  Cenvendría  no  dejarle  sospechar  lo  que  nos  ha 
traído  por  aquí. 

— Por  lo  que  me  concierne — dijo  Hale  arrogantemente, — 
no  haré  ningún  misterio  de  ello. 

—No  está  demostrado— replicó  insidiosamente  Eawlins  — 
que  Hennicker  esté  al  tanto  de  este  último  robo  en  particular. 
Hablamos  solamente  de  la  reputación  en  general.  Si  á  usted 
le  parece  oportuno  discutir  la  cosa  con  él,  hágalo;  tal  vez  ser- 
virá para  añadir  un  atractivo  más  á  nuestra  situación. 

— Hale  quiere  decir  que  no  sería  leal  aprovecharnos  de  lo 
que  pudiéramos  descubrir  en  .casa  de  Hennicker,  como  arma 
ofensiva  contra  los  que  perseguimos— dijo  Clinch.  —  Así  es 
como  yo  lo  entiendo. 

— Exactamente — se  apresuró  á  responder  Hale.  — No  era 
precisamente  aquél  el  pensamiento  de  Hale;  pero  aceptó,  sin 
embargo,  la  interpretación  ofrecida. 

—Y  después  de  todo — continuó  diciendo  Clinch,— Hen- 
nicker no  se  chupa  el  dedo.  Es  bastante  avispado  para  darse 
pronto  cuenta  de  lo  que  venimos  á  hacer  por  aquí;  así,  pues, 
no  habrá  misterios  ni  tapujos. 

—Entonces  nos  decidimos  por  Hennicker— dijo  el  palafre- 
nero viéndose  apoyado. 


BLOQUEADOS   POR   LA   NIEVE  11 

— ¡Vaya  por  Hennicker!  ¡enséñanos  el  camino!  ¡Adelante, 
marchen! 

El  palafrenero  montó  á  caballo,  y  los  demás  siguieron  su 
ejemplo.  El  sendero,  que  no  tardó  en  ensancliarse,  comenzaba 
á  presentar  algunos  indicios  de  una  Habitación  próxima,  y 
pronto  los  jinetes  desembocaron  en  un  claro  formado  por  una 
especie  de  terraplén  natural  que  recordaba  imperfectamente 
la  conformación  de  la  meseta  de  las  Águilas.  Pero  no  se  veían 
ni  prados  ni  campos  cultivados;  algunas  hectáreas  apenas  des- 
montadas habían  sido  sustraídas  al  bosque  por  el  hacha  y  por 
el  fuego,  y,  por  todas  partes,  los  troncos  cortados  á  raíz  del 
suelo  acusaban  los  rudos  esfuerzos  de  un  cultivo  difícil  y  pe- 
rentorio. Dos  ó  tres  construcciones  de  madera  sin  pulimentar 
reunidas  por  la  misma  cerca  ocupaban  el  centro.  Algunos  pe- 
rros se  pusieron  á  ladrar;  pero,  aparte  de  esto,  nadie  dio  se- 
ñales de  vida  á  la  llegada  de  los  expedicionarios. 

— Apostemos  que  no  está  Hennicker,  porque  si  no,  ya  hace 
tiempo  que  estaría  al  acecho — dijo  el  palafrenero  echando  pie 
á  tierra  y  yendo  á  llamar  á  la  puerta  de  entrada. 

Al  cabo  de  un  momento  se  oyó  una  voz  de  mujer  ininteli- 
gible para  los  otros  jinetes,  pero  que  parecía  entablar  un  in- 
terminable coloquio  con  su  compañero.  Este,  que  no  había  lo- 
grado que  le  abrieran,  les  dijo  al  fin: 

— Parece  que  hay  que  entrar  por  la  cocina.  No  quiere 
abrir  esta  puer'ta  á  causa  del  viento. 

Dejando  los  caballos  bajo  un  cobertizo  que  servía  de  cua- 
dra, los  viajeros  penetraron  en  una  cocina,  la  atravesaron  y 
llegaron  á  una  vasta  habitación  cuadrada  llena  del  humo  acre 
que  despedía  la  leña  verde  que  se  quemaba  en  el  hogar.  Puer- 
tas y  ventanas  estaban  herméticamente  cerradas,  pero  el  aire 
penetraba  en  la  chimenea  con  repentinas  y  violentas  ráfagas. 
A  pesar  de  la  asfixiante  humareda,  la  cálida  temperatura  de 
la  sala  reconfortó  á  los  viajeros  entumecidos.  Algunas  sillas 
de  paja,  dos  mesas,  un  aparador  y  una  mecedora  constituían 
el  mueblaje.  Hale  se  dejó  caer  en  una  silla,  y  abandonándose 


12  LA   ESPAÑA    MODERNA 


al  bienestar  material  que  experimentaba,  al  cansancio  que 
adormecía  sus  instintos,  paseó  perezosamente  sus  miradas  por 
los  objetos  que  le  rodeaban  y  fijó  por  fin  sus  ojos  maquinal- 
mente  en  el  ama  de  la  casa,  que  conversaba  en  un  rincón  de 
la  sala  con  sus  compañeros. 

Era  una  mujer  alta,  escuálida  y  ajada;  pero  sus  cabellos, 
no  obstante  la  aparente  edad  de  aquélla,  eran  todavía  negros 
y  abundantes,  y  viva  y  penetrante  su  mirada.  El  palafrenero 
acababa  de  explicarle  por  qué  se  encontraban  allí  los  expedi- 
cionarios, con  las  reservas  que  la  prudencia  le  sugería. 

— Con  quien  hay  que  entendérselas  es  con  Zenobia — dijo 
ella  con  tono  de  mal  humor, — A  mí  me  tiene  todo  sin  cuidado. 
Ella  conoce  á  Hennicker,  le  entiende  perfectamente,  y  si  quie- 
re recibir  á  todos  estos  vagabundos,  allá  ella.  ¡Zenobia,  Zeno- 
bia! ¿vienes  ó  no? — exclamó  alzando  la  voz. 

Una  esbelta  y  hermosa  muchacha  apareció  en  el  dintel  de 
la  puerta  de  una  habitación  inmediata. 

—  ¿Qué  hay,  madre? — preguntó  con  indiferencia. 

La  vieja  le  explicó,  en  pocas  palabras  precisas  y  nada  ha- 
lagüeñas, de  qué  se  trataba,  y  le  designó  los  intrusos. 

— El  padre  no  está — dijo  la  muchacha  con  tono  de  duda — 
y  no  sé...  ¡Hola,  Dick!  ¡eres  tú! — exclamó  de  repente,  recono- 
ciendo al  palafrenero. 

Avanzó  tranquilamente  con  una  gracia  natural  y  un  poco 
salvaje  que  le  prestaba  algo  de  la  ninfa,  hasta  bajo  los  plie- 
gues estrechos  y  mezquinos  de  la  tenue  falda  pegada  á  sus 
miembros  cuyos  contornos  acusaba.  El  aspecto  de  la  joven  no 
desagradó  á  Hale. 

— Bastante,  madre — dijo  ella  despidiendo  á  la  vieja  con  un 
ligero  signo  de  cabeza. — Voy  á  arreglar  esto  con  Dick. 

Una  vez  fuera  su  madre,  Zenobia  se  apoyó  en  el  respaldo 
de  una  silla  y  contempló  con  calma  y  suprema  indiferencia  la 
profunda  admiración  expresada  en  la  mirada  del  palafre- 
nero. 

— ¿A  qué  vienen  todas  esas  tonterías? — dijo  ella  dirigién- 


BLOQUEADOS   POR   LA   NIEVE  13 

dose  á  Dick. — ¿Crees  que  me  vas  á  hacer  tragar  toda  esa  bur- 
da historia  de  caza?  ¿Cazar,  eh?  ¿Quieres  que  te  diga  lo  que 
queríais  cazar?  A  Jorge  Lee  y  á  los  suyos,  desde  una  hora  an- 
tes de  ser  de  día.  Les  habéis  perseguido  en  la  cresta  del  Norte 
hasta  que  la  tormenta  os  ha  cerrado  el  paso.  Habéis  gritado  y 
vociferado  y  galopado  por  los  caminos  como  una  banda  de 
comanches,  y  habéis  revuelto  la  sangre  á  las  mujeres  de  diez 
millas  á  la  redonda.  Eso  es  lo  que  tú  llamas  cazar.  Y  por  últi- 
mo, os  habéis  colado  aquí  para  preservar  los  pellejos  de  los 
caballos  de  la  compañía.  ¡Valiente  caza  la  tuya! 

Con  asombro  de  Hale,  una  carcajada  general  acogió  la  re- 
lación. Se  esforzó  en  compartir  la  hilaridad  de  sus  compañe- 
ros, pero  sin  conseguirlo.  Aquella  apreciación  brutal  de  su 
expedición,  aquel  resultado  grotesco  de  su  entusiasmo  y  de  su 
abnegación  por  austeros  principios,  le  causaban  un  penoso 
embarazo  y  le  humillaban  profundamente;  el  sentimiento  de 
que  los  ojos  oscuros  de  la  joven  se  fijaban  en  él  curiosamente,, 
aumentaba  su  malestar  y  su  irritación. 

Zenobia  se  echó  á  reir  también  y  se  sentó  ante  el  fuego. 

— A  estas  horas,  Jorge  Lee  se  fuma  tranquilamente  un 
buen  cigarro  en  un  gran  café  de  Sacramento — dijo  la  joven 
extendiendo  sus  pies  hacia  los  tizones,  y  simulando  con  sus 
dedos  largos  y  afilados  el  ademán  de  un  fumador  al  encender 
un  cigarro.  Desgraciadamente  aquella  pantomima  ponía  asi- 
mismo en  relieve  la  poca  limpieza  de  la  mano. 

— ¡Cogidos! — exclamó  Rawlins  en  cuanto  hubieron  cesado 
las  risas  para  ceder  el  puesto  á  una  silenciosa  admiración  ha- 
cia la  joven,  de  la  que  ésta  se  mostraba  por  completo  indife- 
rente.— Nos  has  cogido,  Zenobia.  ¡Qué  diablo!  Me  olvidaba  de 
que  eres  amiga  de  Jorge. 

— Lo  único  que  digo  es  que  Jorge  es  un  gran  hombre. 

— Antes  te  las  entendías  con  él  á  las  mil  maravillas,  ¿eh? — 
añadió  Rav^lins  riendo. 

— Sí,  en  otros  tiempos,  cuando  el  padre  era  del  oficio — re- 
plicó ella  con  suprema  franqueza,  sin  preocuparse  de  lo  que 


14  LA   ESPAÑA   MODERNA 


podía  haber  de  deshonroso  para  ella  en  semejante  alusión  á 
una  asociación  infamante.  El  mismo  Hale,  fascinado  por  tal 
ingenuidad  inconsciente,  se  olvidó  de  formalizarse. 

Al  poco  tiempo  Zenobia  se  levantó,  fué  al  aparador  y  sacó 
vasos  y  una  botella  de  whisky.  Después  comenzó  á  servir  á 
sus  huéspedes;  todos  se  levantaron  mientras  ella  escanciaba,  y 
cuando  llegó  el  turno  á  Hale,  los  ojos  de  éste  se  encontraron 
con  los  de  la  joven,  y  al  leer  en  ellos  una  especie  de  curiosidad 
satisfactoria,  se  ruborizó  como  un  colegial  aquel  marido  de 
treinta  y  cinco  años. 

Con  aquel  ofrecimiento  espontáneo  desapareció  toda  vio- 
lencia, y  el  grupo  se  estrechó  al  amor  de  la  lumbre.  Zenobia 
se  puso  á  mirar  el  fuego  en  actitud  pensativa,  y  después  de 
Tin  rato,  dijo  como  hablándose  á  sí  misma: 

— Cuando  digo  que  Jorge  Lee  es  un  hombre,  un  gran  hom- 
bre, es  porque  le  conozco.  ¿Cuándo  le  han  visto  cometer  una 
acción  baja?  ¿Ha  quitado  nunca  nada  á  nadie  que  sea  más  po- 
bre que  él?  Cuando  trabaja  lo  hace  contra  Bancos  y  Compa- 
ñías, que  no  tienen  escrúpulos  en  desnudar  á  los  que  se  fían 
de  ellos.  Y  nadie  habla  de  dar  caza  á  semejantes  estableci- 
mientos. Y  además,  ¿se  embolsa  Jorge  todo  el  dinero?  Desde 
luego  que  no.  Lo  reparte  con  los  amigos  que  le  ayudan  á  dar 
el  golpe,  y  esos  se  encargan  bonitamente  de  que  ruede.  No 
tiene  Jorge  palacios  en  Fresno,  ni  caballos  de  carrera.  Pon- 
dría la  mano  en  el  fuego  porque  ninguno  hubiera  querido 
montar  el  caballo  que  llevara  esta  noche.  Y  todo  el  peligro  es 
para  él.  Apostaría  cualquier  cosa  á  que  todos  sus  hombres  es- 
taban en  salvo  cuando  os  dio  las  buenas  noches. 

— Confiese  usted,  sin  embargo,  que  no  se  le  va  poco  dinero 
en  el  juego,  Zenobia — dijo  Clinch  riendo. — La  prueba  es  que 
en  la  última  semana,  sin  ir  más  lejos,  perdió  5.000  dollars  que 
le  ganó  el  juez  Kelley. 

— Bueno,  ¿y  qué?  No  se  dice  que  el  juez  se  los  haya  de- 
vuelto, ni  tampoco  que  los  haya  entregado  al  sitio  de  donde 
procedían.  En  cambio  se  dice  que  también  usted  le  ganó  una 


.    BLOQUEADOS   POR   LA   NIEVE  15 

bonita  suma.  Probablemente  se  disponía  usted  á  darle  caza 
para  devolvérsela. 

Todos  se  rieron  mirando  á  Clincli.  Este  iba  á  replicar, 
cuando  la  joven  le  interrumpió  bruscamente: 

— Puesto  que  son  ustedes  tan  aficionados  á  la  caza,  ¿por 
qué  no  la  emprenden  con  pájaros  más  gordos?  Tras  de  Jim 
Harkins,  por  ejemplo.  En  este  caso,  seré  yo  de  la  partida. 

— ¡Harkins! — exclamaron  á  un  tiempo  Clinch  y  Hale. 

— Justo,  Jim  Harkins.  ¿Le  conocen  ustedes? 

— Uno  de  mis  amigos  le  conoce — respondió  Clincb  sonrien- 
do.— Pero  no  le  importe  á  usted. 

— ¿Y" usted? — preguntó  Zenobia  dirigiéndose  á  Hale. 

— Creo  que  ha  sido  mi  banquero — respondió  de  una  mane- 
ra evasiva. — No  le  conozco  personalmente. 

— Entonces  trate  usted  de  atraparle  antes  de  que  le  atrape 
á  usted. 

— ¿Qué  ha  hecho,  Zenobia? — preguntó  Rawiins  muy  satis- 
fecho del  giro  que  tomaba  la  conversación. 

— ¿Qué  ha  hecho?...  Si  lo  dijera,  tal  vez  se  molestaría...  — 
contestó,  indicando  á  Hale. 

— La  ruego  que  no  se  preocupe  usted  de  mí — se  apresuró 
aquél  á  decir. 

— Bueno — dijo  Zenobia. — Tal  vez  conocerán  ustedes  á  Ned 
Falkner,  de  la  mina  Excelsior... 

— ¡Ya  lo  creo!  Falkner  es  el  intendente — dijo  Eawlins; — 
un  buen  muchacho,  incapaz  desuna  acción  indigna. 

— ¡Choca! — dijo  Zenobia  alargando  su  mano.  Rawlins  la 
estrechó  con  efusión,  y  la  joven  continuó: — Ya  no  salen  mu- 
chos como  Falkner;  se  ha  roto  el  molde.  Escuchen  ustedes: 
Ned  puso  todo  su  dinero,  toda  su  fuerza  y  todo  su  ingenio  en 
esa  mina,  la  cual  era  para  él  su  familia,  su  amada,  todo. 
Cuando  otros  muchachos  de  su  edad  se  iban  á  correrla  á  Fres- 
no y  se  trataban  á  cuerpo  de  rey,  Ned  se  quedaba  en  la  mina. 
«Esperad,  decía,  esperad  á  que  la  mina  dé  rendimientos,  á 
que  produzca  en  grande,  y  entonces...»  Logró  que  sus  amigo 


16  LA   ESPAÑA   MODERNA 


pusieran  en  el  negó  ció  hasta  la  última  camisa,  porque  los  mucha- 
chos querían  á  Ned  y  se  hubieran  echado  al  fuego  por  él.  Por  su- 
puesto, que  esos  todavía  le  siguen  queriendo  del  mismo  modo. 
— Eso  es  verdad — dijeron  simultáneamente  Clinch  y  E-aw- 
lins, — y  Falkner  lo  merece. 

—Pero — dijo  Zenobia — la  mina  no  producía  tan  pronto 
como  él  había  esperado,  y  todos  se  empobrecían  cada  vez  más; 
pues  la  mina  se  lo  tragaba  todo,  excepto  el  valor  y  la  espe- 
ranza. Entonces  fae  cuando  ese  tunante  de  Harkins  olfateó 
la  presa  y  cayó  sobre  Ned.   Le  ofreció  fundar  una  compañía 
de  la  que  sería  él  el  Director,  si  Ned  le  entregaba  sus  plenos 
poderes.  En  cuanto  tuvo  el  negocio  en  el  bolsillo,  declaró  que 
necesitaba  medio  millón  de  dollars  para  los  trabajos,  y  solici- 
tó la  entrega  de  200  dollars  por  acción.  Esto  no  era  nada  para 
los  pájaros  gordos  que  pagan  ó  fingen  pagar;  era  la  ruina  para 
las  pobres  gentes  que  apenas  ganan  á  fuerza  de  sudores  lo  su- 
ficiente para  no   morirse  de  hambre.   Como  no  podían  pagar, 
se  vieron  obligados  á  entregar  sus  acciones  por  un  pedazo  de 
pan.  Ned  hizo  cuanto  pudo  para  ayudarles  á  salir  á  flote  él 
mismo,  tomando  á  préstamo  sobre  sus  acciones;  pero  el  con- 
denado de  Harkins  se  enteró,  ó  hizo  correr  la  voz  de  que  la 
mina  era  una  engañifa  y  que  se  iba  á  retirar  de  la  dirección: 
las  acciones  perdieron  todo  valor.  Ned  no  pudo  conseguir  un 
sólo  dollar.  Entonces  la  nueva  compañía  rescató  todo  el  papel 
de  Falkner,  y  le  dejó  en  el  arroyo  con  sus  amigos.  Ned  no 
quiso  quedarse  para  ver  la  ruina  que  había  ocasionado,  y  des- 
apareció. En  cuanto  al  canalla  de  Harkins,  después  de  despo- 
jar á  todo  el  mundo,  ha  sabido  encontrar  el  dinero,  ha  pagado 
el  medio  millón,  y  acaba  de  levantarse  del  juego  con  100.000 
dollars  de  beneficio.  Este  dinero,* el  dinero  de  Ned  lo  ha  envia- 
do á  Sacramento,  no  atreviéndose  á  llevarlo  él  mismo,  el  cobar- 
dón,  y  ha  dejado  el  país.  Sabe  que  hay  personas  que  han  ju- 
rado matarle.  Ya  ven  ustedes  que,  si  siguen  con  ganas  de  ca- 
zar, tienen  ahí  una  buena  fiera,  sin  necesidad  de  andar  por  la 
nieve. 


BLOQUEADOS   POR   LA   NIKVE  17 

— ¿Pero  por  qué  no   hacer  que  intervenga  la  ley  para  re- 
cuperar esa  suma? — dijo  Hale  con  calurosa  indignación. — Eso 
es  un  robo  tan  infame  como... 
Se  detuvo  al  mirar  á  Zenobia. 

—  ¿Como  el  de  esta  noche,  no  es  eso?  ¿Es  eso  lo  que  quiere 
usted  decir?  Pues  bien,  yo  digo  que  es  mil  veces  peor.  Los  la- 
drones no  se  han  hecho  pasar  como  amigos;  además,  arriesgan 
la  piel.  En  cuanto  á  la  ley,  ¡bah!  no  puede  hacer  nada. 

— Es  una  cuestión  de  azar — manifestó  Clinch. — Con  mayor 
facilidad  se  recuperaría  una  suma  perdida  contra  el  tramposo 
que  hubiera  señalado  las  cartas.  Falkner  debería  disparar  so- 
bre Harkins  en  cuanto  lo  viera,  es  lo  más  cuerdo. 

— Existe,  además,  la  ley  de  Lynch,  la  mejor — apuntó 
Rawlins. 

— Realmente — añadió  Hale  después  de  reflexionar — que 
tal  vez  sería  preciso  obligar  á  un  hombre  de  la  especie  de  Har- 
kins á  que  devolviera  su  ganancia  mal  adquirida,  mediante 
una  poderosa  presión  física.  Como  lo  que  se  trata  es  del  dine- 
ro, pienso  que  si  pudiera  ser  recobrado  por  medio  de  amena- 
zas, hasta  por  las  vías  de  hecho,  pero  sin  efusión  de  sangre, 
se  lograría  igualmente  el  resultado.  Admito  que  en  caso  de  re- 
sistencia ó  de  represalias,  podría  llegar  á  ser  necesario  el  pa- 
sar á  mayores. 

Sin  darse  cuenta.  Hale  había  caído  en  su  dicción  senten- 
ciosa y  pedantesca,  y  tal  vez  aguijoneado  por  los  brillantes 
ojos  de  Zenobia,  puso  involuntariamente  en  sus  palabras  más 
énfasis  aún  que  de  ordinario.  Su  declaración  fue  acogida  por 
un  silencio  glacial.  Los  asistentes  se  miraban  con  aire  de  duda 
ligeramente  irónica.  De  repente  Zenobia  se  levantó,  se  acercó 
á  él  y  le  dijo: 

— ¡Choque  usted! 

Hale  estrechó  calurosamente  aquella  mano,  y  movido  por 
un  nuevo  sentimiento,  se  la  llevó  á  sus  labios  y  depositó  un 
respetuoso  beso  sobre  la  punta  de  unos  dedos  que  le  parecie- 
ron limpísimos. 

E.  M.— Julio  J902.  2 


18  LA    ESPAÍÍA   MODERNA 


— Eso  es  hablar — dijo  la  joven  sin  desconcertarse  en  lo 
más  mínimo  por  aquel  acto  de  cortesanía. — Y  no  es  usted  el 
primero  que  sea  de  ese  parecer. 

— ¿Quién  es  el  otro? — preguntó  Hale  sonriendo. 

— Jorge  Lee — contestó  ella. 


VI 


Las  interjecciones  y  las  risas  provocadas  por  aquel  nom- 
bre así  lanzado,  fueron  interrumpidas  por  los  ladridos  de  los 
perros.  Zenobia  se  dirigió  con  paso  perezoso  hacia  la  ventana; 
Hale  prefirió  no  profundizar  ciertas  reflexiones  sugeridas  por 
la  comparación,  y  se  alegró  del  incidente  que  venía  á  dis- 
traerlas. 

— ¡Por  vida  de...! — exclamó  la  joven. — Es  ese  condenado 
de  Jim  que  nos  trae  todo  el  personal  déla  diligencia.  El  coche 
se  habrá  quedado  empotrado  en  la  nieve  sin  poder  subir  al  re- 
levo. Pero  que  venga.   Le  diré  lo  que  conviene. 

La  negativa  inhospitalaria  de  Zenobia  no  pudo  sostenerse 
contra  las  humildes  explicaciones  de  Jim  que  manifestó  que  el 
mismo  Hennicker,  en  el  relevo  del  valle,  le  había  autorizado 
para  que  llevara  los  viajeros  á  su  rancho,  en  previsión  de  lo 
que  acababa  de  suceder. 

— ¡Cualquiera  entiende  al  padre! — gruñó  ella  sordamente. 
—  ¡Encerrarnos  toda  una  semana  con  estos  tales!  Un  día  suel- 
ta los  perros  sobre  el  primero  que  se  presenta,  otro  nos  envía 
á  toda  la  diligencia.  Después  de  todo,  la  barraca  es  suya,  que 
se  las  arreglen;  pero  no  seré  yo  quien  les  sirva. 

Y  salió  bruscamente,  cerrando  tras  sí  la  puerta. 

Los  recién  llegados  no  ofrecían  nada  que  pudiera  desar- 
mar  las  prevenciones  suscitadas  contra  ellos,  ni  nada  que  pro- 
metiera añadir  atractivos  á  la  reunión.  Sus  maneras  torpes, 
arrogantes  y  agresivas,  el  descontento  que  demostraban,  hi- 
cieron que  les  mirasen  con  malos  ojos  aquellos  que,  establecí- 


BLOQUEADOS   POR   LA   NIEVE  19 

dos  antes,  experimentaban  ya  el  antagonismo  latente  del  pro- 
pietario por  el  intruso.  El  que  parecía  ser  el  personaje  más 
importante  de  la  banda,  era  también  el  más  insoportable.  De 
un  aspecto  vulgar  y  pretencioso,  hablaba  en  voz  muy  alta  y 
con  ademanes  enojosos.  Se  sentó  en  una  silla  y  pidió  inmedia- 
tamente de  beber. 

— Tendrá  usted  que  servirse  á  sí  mismo — dijo  fríamente 
E.awlins  al  ver  que  la  orden  quedaba  sin  efecto. — No  hay  más 
que  dos  mujeres  en  la  casa  y  tienen  ya  las  manos  llenas. 

— Esto  es  de  una  gran  grosería — dijo  el  extranjero  alzan- 
do la  voz. — Hennicker  hará  muy  bien  en  mostrarse  sumiso,  si 
no  quiere  que  le  sienten  las  costuras.  No  vale  más  que  muchos 
otros  diablos  á  quienes  yo  se  las  he  sentado. 

— Eso  habría  que  decírselo  en  su  cara — replicó  E,awlins 
con  el  mismo  tono  glacial. — Tal  vez  le  contestaría  á  usted  lo 
conveniente.  ¡Es  tan  suave,  tan  acomodaticio,  tan  buen  mu- 
chacho ese  Hennicker!  ¿No  es  verdad.  Coronel  Cliuch? 

La  mención  fortuita  de  este  nombre  produjo  el  efecto  que 
esperaba  sin  duda  Rawlins.  El  extranjero  miró  con  atención 
al  Coronel,  que,  sordo  en  apariencia  al  diálogo,  entornaba 
beatíficamente  sus  ojos  grises  y  fríos,  mirando  á  la  llama. 
Cambiando  de  modales,  el  recién  llegado  se  dirigió  sin  más 
objeciones  á  la  botella  de  whisky,  y  se  sirvió  y  sirvió  á  sus 
compañeros.  Animado  por  la  bebida,  se  acercó  á  la  chimenea. 
— Coronel — dijo  afectando  una  gran  desenvoltura, — pro- 
bablemente habrá  usted  oído  hablar  de  un  robo  esta  última 
noche. 

Sin  alzar  los  ojos,  Clinch  respondió  con  una  breve  afir- 
mación: 

— Precisamente  me  trae  este  asunto.  Yengo  á  abrir  una 
información  en  nombre  de  la  compañía. 
— ¿Ha  perdido  mucho  la  compañía? 

— No  tanto  como  pudiera  creerse.  Ese  majadero  de  Har- 
kins  puso  en  un  pliego  100.000  dollars  en  billetes  de  Banco,  y 
se  lo  confió  á  un  amigo,  Bill  Guthrie,  el  cual  debía  hallar  en 


20  LA   ESPAÑA   MODERNA 


el  Último  momento  entre  los  viajeros  un  hombre  de  confianza 
ó  incapaz  de  despertar  sospechas  para  transportar  el  dinero  á 
Fresno.  Harkins  no  se  fiaba  del  arca  de  la  diligencia.  ¡Ja,  jal 

La  afectada  risa  del  extranjero  sonó  peor  aún  por  el  mu- 
tismo absoluto  con  que  fue  acogida.  Rawlins  miraba  á  Clinch^ 
y  Hale  se  sentía  extraordinariamente  molesto;  pero  el  Coro- 
nel, sin  apartar  los  ojos  del  fuego,  se  limitó  á  decir  con  ne- 
gligencia: 

— ¿No  ha  retenido  usted  por  casualidad  el  nombre  de  ese 
viajero? 

— No  lo  he  podido  averiguar.  Naturalmente,  en  cuanto 
Guthrie  se  enteró  de  los  términos  en  que  se  hablaba  de  ese 
particular,  no  ha  querido  decir  su  nombre  hasta  enterarse 
mejor. 

— ¿Y  en  qué  términos  se  habla  de  ese...  particular? — pre- 
guntó Clinch  con  indiferencia. 

— ¿Qué  diablo  quiere  usted  que  se  diga  de  un  hombre  que^ 
sin  la  menor  resistencia,  entrega  semejante  suma  en  cuanto  se 
la  piden,  como  si  fuera  un  cigarrillo?  Figúrese  usted  que  los 
salteadores,  según  parece,  no  eran  más  que  tres,  mientras  que 
los  viajeros,  además  del  cochero  y  el  postillón,  eran  seis,  todos 
armados.  ¡Seis  hombres  desbalijados  por  tres!  ¡Pobrecillos!... 
Por  supuesto,  que  se  han  hecho  justicia,  porque  dicen  que, 
bajo  pretexto  de  correr  tras  los  ladrones,  han  desaparecido 
completamente  corridos. 

El  orador  se  echó  á  reir  despreciativamente,  y  sus  cinco 
acólitos,  agrupados  en  el  fondo  de  la  sala,  le  imitaron  ruido- 
samente. 

Hale,  olvidándose  de  que  aquel  hombre  no  hacía  más  que 
expresar  en  sustancia  la  misma  censura  y  las  mismas  críticas 
que  formulara  él  ocho  horas  antes  respecto  de  sus  compañeros 
de  camino,  iba  á  levantarse,  con  las  mejillas  encendidas,  para 
protestar  contra  aquellas  apreciaciones  insultantes,  cuando 
una  mirada  de  Clinch  le  dejó  inmóvil  en  su  asiento.  Aquella 
mirada  cruel  é  imperativa  parecía  mandar;  Hale  creyó  ver 


BLOQUEADOS   POR   LA   líIEVE  21 

lucir  en  el  fondo  de  aquellas  pupilas  grises,  fijas  é  implacables, 
un  pensamiento  de  muerte,  y  su  propia  cólera  se  calmó  como 
por  encanto  ante  la  revelación  de  una  intensidad  de  furor  in- 
■esperada;  hasta  experimentó  una  vaga  é  involuntaria  compa- 
sión hacia  el  desgraciado  que  acababa  de  provocarla  tan  in- 
conscientemente, fíawlins,  que  sin  duda  había  recibido  la 
misma  consigna  silenciosa,  no  se  movió. 

— Pero  no  hemos  dicho  aún  nuestra  última  palabra — aña- 
<lió  el  extranjero  corriendo  á  su  pérdida. — Yo  he  redactado 
una  relación  que  pondrá  en  claro  el  incidente.  Ya  es  tiempo 
de  que  cambien  las  cosas.  Hasta  aquí  han  sido  los  viajeros  los 
que  han  vociferado  contra  las  compañías  y  sus  empleados; 
quiero  que  hoy  sean  las  compañías  las  que  protesten  de  viaje- 
ros de  esa  especie.  ¿Quiere  usted  que  le  lea  mi  pequeño  infor- 
me? Tiene  bastante  miga  para  que  les  agrade  á  esos  diablos 
de  periodistas. 

— jY  cómo  no! — exclamó  el  Coronel. 

Así  animado,  el  orador  tosió,  y  tomó  la  actitud  á  la  vez 
modesta  y  pretenciosa  de  los  autores  que  se  leen  á  sí  mismos, 
mientras  que  sus  cinco  amigos,  ya  puestos  al  corriente  de  la 
lucubración,  hicieron  círculo,  preparando  una  sonrisa  de  or- 
denanza. 

— He  titulado  esto:  Los  viajeros  pusilánimes.  Un  título  que 
promete,  ¿eh?  Comienzo:  «Se  ha  averiguado  que  el  resultado 
»del  último  ataque  perpetrado  contra  la  diligencia  cerca  del 
•puerto,  es  debido  á  la  pusilanimidad,  por  no  servirme  de  otra 

•  expresión  más  fuerte»; — se  detuvo  y,  mirando  á  Clinch,  aña- 
dió á  manera  de  explicación:  «Ya  verá  usted  á  dónde  voy  á 
parar»,  y  continuó  su  lectura:  «á  la  pusilanimidad  délos  mis- 
amos viajeros.  Se  ha  averiguado  que* tres  hombres  han  desba- 
»lijado  á  seis,  sin  que  se  haya  disparado  ni  un  solo  tiro,  ni 
»haya  habido  la  menor  resistencia.  No  recriminamos  cierta- 
»mente  el  valor  bien  probado  de  lubaBill,  el  mayoral,  ni  la  san- 
»gre  fría  y  la  prudencia  de  Bracy  Tibbett,  el  bravo  é  inteli- 

•  gente  postillón,   los  cuales   han  confesado   que  se  quedaron 


22  LA  espa:&a  moderna 


^petrificados  por  el  asombro  ante  el  espectáculo  de  la  sumisión 
»bíblica  y  de  la  dulzura  de  corderos  desplegadas  por  los  pasa- 
ajeros  del  interior.  Se  añaden  anécdotas  que  serían  cómicas  si 
»no  fueran  repugnantes:  se  ha  visto  á  hombres  hechos,  de  ro- 
»dillas  en  la  carretera,  ofreciendo  despojarse  enteramente  para 
»salvar  la  vida,  y  á  un  viajero  acurrucado  bajo  el  asiento  al  que 
»hubo  que  sacar  tirándole  de  los  faldones;  se  habla  de  sumas 
»locas,  de  promesas  serviles  á  cambio  de  la  inmunidad  conce- 
»dida  á  sus  miserables  pellejos,  y  de  otros  episodios  que  exci- 
»tan  la  hilaridad  general;  pero  poseemos  hechos  que  podrían 
»provocar  acusaciones  más  graves.  Uno  de  los  viajeros,  pre- 
» tendiendo  rivalizar  clandestinamente  con  los  privilegios  de  la 
» compañía,  llevaba,  según  dicen,  una  fuerte  suma  en  la  dili- 
«gencia.»  Todo  esto  tiene  bastante  pimienta,  ¿no  es  verdad? 
Pues  todavía  hay  más. 

— ¡Vaya  si  tiene  pimienta! — dijo  Clinch  tranquilamente. 

— «Sin  embargo — continuó  leyendo  el  extranjero, — «todo 
»este  asunto  tan  desdichado  está  envuelto  en  el  misterio.  La 
«presencia  de  Jackson  N.  Stanner — soy  yo, — agente  secreta 
*  contratado  especialmente  por  la  compañía,  y  de  sus  acólitos, 
»en  el  lugar  del  atentado,  nos  garantiza  que  el  misterio  no 
» tardará  en  aclararse.»  He  escrito  esto  para  complacer  á  la 
compañía — dijo  modestamente. — A  estos  señores  de  la  segu- 
ridad es  á  quienes  debemos  los  detalles  que  acabo  de  leer. 

— Lo  que  pretende  usted  probar  con  ese  artículo,  si  he 
comprendido  bien — dijo  Clinch  levantándose,  pero  continuan- 
do mirando  al  fuego, — es  que  tres  hombres  no  pueden  acorra- 
lar á  seis,  á  menos  que  éstos  no  sean  cobardes  ó  cómplices. 
¿Es  eso? 

— Perfectamente,  lo  he  dicho  y  lo  sostengo — respondió 
Stanner. — Usted  juzgará  si  no  tengo  razón. 

— Opino  que  no  la  tiene  usted — replicó  fríamente  el  Coronel. 

Y  sin  levantar  los  ojos  se  dirigió  á  la  puerta  por  la  que 
había  salido  Zenobia,  la  cerró  con  llave  y  se  guardó  ésta  en  el 
bolsillo.  A  E-awlins  y  Hale  les  palpitaba  el  corazón;  los  otros 


BLOQUEADOS   POR    LA   NIEVE  23 

espectadores  de  la  escena  seguían  los  movimientos  de  Clinch 
con  burlona  curiosidad.  El  Coronel,  después  de  haber  hecho 
la  misma  operación  con  la  segunda  puerta,  volvió  hacíala 
chimenea.  Por  primera  vez  levantó  sus  párpados.  El  hombre, 
que  vio  la  fijeza  de  aquella  mirada,  retrocedió  espantado. 

— Yo  soy — dijo  entonces  Clinch  con  lentitud  y  subrayando 
cada  una  de  sus  palabras, — yo  soy  el  hombre  que  entregó  los 
billetes  á  los  bandidos.  Soy  uno  de  los  tres  viajeros  escarneci- 
dos en  la  relación  de  usted;  estos  señores  son  los  otros  dos. 
Usted  no  cree  que  tres  hombres  puedan  acorralar  á  seis.  Sea, 
yo  le  demostraré  cómo  sucede  eso;  más  aún,  yo  le  haré  ver 
cómo  lo  logra  un  hombre  solo,  porque,  ¡por  Dios  vivo,  si  no 
me  entrega  usted  ese  infame  papel,  disparo  sobre  usted  á  boca 
de  jarro!  Necesito  ese  papel  antes  de  haber  contado  diez,  y  si 
cualquiera  de  ustedes  se  menea,  son  hombres  muertos  el  que 
tal  haga  y  usted  el  primero.     ^ 

Antes  de  que  Clinch  hubiera  acabado  de  hablar,  Hale  y 
Rawlins  se  habían  levantado,  y  de  comiin  acuerdo  sacaron  y 
amartillaron  los  revólvers.  Hale  no  hubiera  podido  decir  por 
qué,  pero  apuntaba  á  uno  de  los  hombres  de  Stanner,  y  sentía 
instintivamente  que  al  menor  movimiento  agresivo  de  aquél 
hubiera  hecho  fuego.  No  razonaba  ya,  sabía  solamente  que,  en 
caso  de  pelea,  procuraría  matar  á  su  adversario  y  tal  vez  á 
otros  más. 

—  ¡Uno! — dijo  Clinch  levantando  su  arma. — ¡Dos,  tres! 

— Coronel,  escuche  usted.  Le  juro  que  no  sabía  que  era  us- 
ted. Cuando  le  digo... — balbuceó  Stanner  con  el  rostro  lívido 
y  sin  atreverse  á  mirar  á  sus  compañeros,  aterrorizados. 

—  ¡Cuatro,  cinco,  seis! 
— ¡Deténgase...  ahí  va! 

Cogió  el  manuscrito  y  lo  arrojó  al  suelo. 

— Recójale  y  tráigamelo.  ¡Siete,  ocho! 

Stanner  se  adelantó,  cogió  el  papel  y  se  lo  tendió  á  Clinch 
completamente  trastornado.  Después,  tranquilizado  á  medias, 
dijo  afectando  reir: 


24  LA  espaSía  moderna 


—  ¡Bah!  no  era  más  que  una  broma,  una  simple  broma... 
— Me  alegro  mucho  saberlo;  pero  como  esa  broma  está  aquí 
en  blanco  y  negro,  va  usted  á  rectificarla  de  la  misma  manera. 
Siéntese,  tome  esa  pluma,  ahí  hay  tinta,  y  escriba  lo  que  le 
dicte.  ¡Vamos!  «Declaro  estar  convencido  de  que  la  relación 
» arriba  escrita  es  una  vil  calumnia  contra  la  reputación  de 
»Ringwood  Clinch,  Roberto  E.awlins  y  John  Hale,  viajeros 
^aludidos,  á  quienes  pido  humildemente  perdón.»  Está  bien; 
firme  usted.  ¡Firme,  le  digo!  Ahora,  que  sus  hombres  firmen  á 
continuación. 

Los  agentes  obedecieron  sin  hacerse  rogar.  Uno  de  ellos, 
sin  embargo,  afectando  tratar  la  cosa  á  la  ligera,  propuso 
echar  una  ronda. 

— Perdone — dijo  Clinch  fríamente. — Esta  casa  es  demasia- 
do pequeña  para  contener  á  ese  hombre  y  á  mí,  y  como  este 
documento  me  llama  á  la  estación  del  Gato  Salvaje,  partiré  al 
punto  y  sin  beber. 

Sacó  las  llaves  de  su  bolsillo,  las  volvió  á  poner  en  las  ce- 
rraduras, tomó  un  abrigo  y  se  preparó  á  salir. 

E-avsrlins  se  dispuso  á  seguirle;  Hale  vacilaba.  Los  aconteci- 
mientos que  desde  hacía  una  hora  se  sucedían  con  tanta  rapi- 
dez, no  le  dejaban  tiempo  para  reflexionar;  sin  embargo,  co- 
menzaba á  dudar  seriamente  de  la  legalidad  del  último  acto 
del  que  había  sido  espectador  constante  y  pasi  cómplice,  sin 
dejar  de  reconocer  que  tenía  su  razón  de  ser  en  una  especie  de 
justicia  personal;  sentía  que  si  volviera  á  presentarse  el  caso 
obraría  del  mismo  modo.  Pero  un  secreto  presentimiento  le 
advertía  que,  mientras  se  asociara  con  Clinch  y  E-aw^lins,  se 
encontraría  mezclado  á  semejantes  complicaciones;  por  otra 
parte,  ¿no  acababan  de  renunciar  radicalmente  al  objeto  que 
se  habían  propuesto?  ¿No  acababan  de  suscitar  un  nuevo  inte- 
rés y  de  promover  un  conflicto  á  los  que  estaban  autorizados 
legalmente  para  realizar  su  misión?  Todo  conspiraba  á  apar- 
tarle de  sus  compañeros,  salvo  el  temor  de  que  esta  deserción 
en  semejantes  momentos  no  fuese  contraria  al  honor,  y  tal  vez 


BLOQUEADOS   POR   LA   NIEVE  25 

á  la  creciente  simpatía  que  aquellos  le  inspiraban.  Se  dijo,  sin 
embargo,  que  acababa  de  probar  suficientemente  sus  condi- 
ciones, que  no  sería  de  ninguna  utilidad  práctica  en  la  estación 
del  Gato  Salvaje,  y  que  al  ir  allí  se  alejaría  aún  más  de  la  me- 
seta de  las  Águilas;  además  se  sentía  invadido  por  una  necesi- 
dad de  acción  y  de  independencia. 

— Me  quedo  aquí —  dijo  por  fin  al  Coronel, —  á  menos,  sin 
embargo,  que  no  me  necesite  usted. 

Clinch  miró  de  una  manera  significativa  á  los  agentes,  y 
después  afectuosamente  á  Hale. 

— Esté  usted  alerta — dijo  á  media  voz; — un  hombre  preve- 
nido vale  por  diez;  sobre  todo,  de  esta  especie.  De  todos  mo- 
dos es  gallardo  lo  que  usted  hace. 

Luego  se  dirigió  á  Stanner,  y  añadió  en  alta  voz: 

— Me  llevo  este  papel.  Si  tiene  usted  que  decirme  algo  más 
adelante,  ya  sabe  usted  dónde  enconti:arme,  á  menos  que  no 
quiera  usted  decírmelo  en  seguida,  ahí  fuera. 

— Lo  demás  concierne  á  la  compañía  y  no  á  mí — dijo  Stan- 
ner tomando  un  aire  oficial. 

Hala  acompañó  á  Clinch  y  E/awlins  hasta  la  cuadra.  El 
palafrenero  Dick,  que  había  marchado  en  socorro  de  la  dili- 
gencia, no  había  vuelto  aún. 

— No  quisiera  d  ejar  á  cualquiera  en  su  piel  de  usted  en 
medio  de  esos  bergantes — dijo  Clinch  sacudiendo  fuertemente 
la  mano  de  -Hale, — y  no  le  dejaría  á  usted,  si  no  supiera  que 
puedo  apostar  todo  mi  montón  por  su  juego  d^  usted  con  los 
ojos  cerrados.  Es  usted  de  los  míos,  compañero.  Querer  que- 
darse solo  aquí,  es  gallardo.  No  me  era  usted  muy  simpático 
al  principio,  no  se  lo  oculto;  pero  ahora,  cuando  necesite  us- 
ted de  un  amigo,  llame  á  Eingvood  Clinch;  es  de  usted.  No 
tengo  más  que  decir. 

— Hablado  por  dos — dijo  Rawlins  tendiendo  la  mano  á 
Hale  con  igual  franqueza,  y  añadió: — Cuente  usted  con  Zeno- 
bia para  que  le  avise  si  ocurriera  algo  de  particular;  velará 
por  usted.  Hasta  la  vista,  y  buena  suerte. 


26  LA  espaSa  moderna 


Hale,  inclinado  al  pronto  á  rebelarse  contra  el  papel  dd 
protectora  asignado  á  la  hija  de  Hennicker,  concluyó  por  ha- 
llar cierta  dulzura  en  aquel  lazo  misterioso  que  se  establecía 
entre  él  y  la  salvaje  criatura,  cuya  belleza  y  cuyo  extraño  en- 
canto le  habían  atraído  de  un  modo  tan  singular.  Cuando 
volvió  á  la  sala,  los  agentes,  que  hablaban  entre  sí,  se  calla- 
ron repentinamente.  No  intentó  romper  el  silencio,  y  se  sentó 
tranquilamente  cerca  del  faega.  Stanner  no  tardó  en  acercar- 
se, y  se  plantó  ante  la  chimenea  en  actitud  familiar. 

— Ese  diablo  de  Coronel — dijo  en  tono  de  chanza — so  albo- 
rota eai  cuanto  tiene  en  el  estómago  más  de  lo  preciso.  Y  esto 
le  sucede  después  de  la  tercera  ó  cuarta  ronda.  Tiene  mal  vino 
Clinch. 

— Comprenda  usted,  Sr.  Stanner — dijo  Hale  con  su  tono 
preciso  y  acompasado, — que  toda  alusión  poco  cortés  al  señor 
Clinch,  mi  amigo,  es  no  solamente  de  muy  mal  gusto  en  au- 
sencia suya,  sino  también  insultante  para  mí.  Si  pretende  us- 
ted insinuar  que  el  Coronel  estaba  ebrio,  debo  manifestarle 
que  está  usted  equivocado,  y  debo  añadir  que  las  opiniones 
que  ha  expresado  refiriéndose  á  usted  son  las  mías.  Me  parece 
igualmente  que  ha  dado  pruebas  de  buen  criterio  prefiriendo 
sustraerse  á  la  compañía  de  usted,  y  tenga  presente  que  si  las 
circunstancias  que  me  retienen  aquí  me  condenan  á  sufrir  la 
presencia  de  usted,  pongo  por  condición  que  me  dispense  de 
todo  coloquio. 

Estas  palabras,  pronunciadas  con  un  exceso  de  precisión  y 
dignidad,  produjeron  sobre  los  asistentes  mayor  efecto  aún 
que  las  amenazas  de  Clinch.  El  silencio  reclamado  por  Hale 
le  fue  otorgado  sin  la  menor  réplica.  Los  agentes  se  retiraron 
á  un  rincón  y  cuchichearon  entre  sí.  Hale,  con  los  ojos  fijos  en 
los  tizones,  se  entregó  á  profundas  meditaciones. 

De  repente  alzó  los  ojos  y  yíó  que  la  puerta  que  daba  á  la 
cocina  se  meneaba  dulcemente.  Una  ó  dos  veces  durante  su 
algarada  con  Stanner  le  había  parecido  observar  la  misma 
maniobra,  la  cual  tenía  sin  duda  por  objeto  llamar  su  atención 


BLOQUEADOS  POR   LA  NIEVE  27 

sin  despertar  la  de  los  otros.  No  tardó  en  entreabrirse  la  puer- 
ta, dejando  pasar  el  bonito  rostro  de  Zenobia,  la  cual  le  hizo 
una  seña,  llamándole.  Hale  se  levantó  sin  precipitación,  tomó 
con  indiferencia  su  sombrero,  como  si  quisiera  pasearse,  y 
pasó  á  la  cocina  en  el  momento  en  que  la  joven  se  deslizaba 
sin  ruido  en  la  cuadra.  Subió  ella  los  primeros  peldaños  de 
una  escalera  que  conducía  á  un  granero,  y  á  mitad  de  camino 
se  detuvo  ante  una  puerta  baja  y  precedió  á  Hale  en  un  cuar- 
tucho muy  reducido.  A  la  luz  de  un  farol  vio  Hale  que  aquel 
cuarto,  aunque  pobremente  amueblado,  acusaba,  por  ciertos 
detalles,  la  presencia  y  el  gusto  de  una  mujer.  Zenobia  ofreció 
á  su  huésped  la  única  silla  que  allí  había,  le  indicó  que  toma- 
ra asiento,  y  ella  se  sentó  en  la  cama.  Sus  facciones  parecían 
agitadas  por  una  emoción  reciente  y  sus  ojos  brillaban  como 
empañados  por  las  lágrimas;  pero  la  linterna,  cuyos  rayos 
iluminaban  de  lleno  el  rostro  de  la  joven,  descubrió  la  causa 
de  su  agitación:  ¡no  podía  tenerse  de  risa! 

— He  pensado — dijo  ella  por  fin — que  debía  usted  aburrirse 
mucho  á  solas  con  Stanner  y  su  gente,  sobre  todo  después  del 
sermón  que  les  ha  echado  usted,  y  me  he  dicho  que  estaría- 
mos mejor  aquí  para  charlar  un  rato.  Mi  madre  y  yo  le  hemos 
oído  desde  la  cocina.  ¡Bueno  ha  estado  usted!  Mi  madre  creía 
que  hablaba  usted  en  una  lengua  extranjera;  3^0  no  podía  te- 
nerme de  risa.  ¡Qué  palabras,  qué  frases!  La  verdad  es  que  les 
ha  encajado  usted  toda  la  Gramática  y  todo  el  Diccionario... 

Se  detuvo  por  un  nuevo  acceso  de  risa,  y  después  añadió: 

— Sobre  todo  algunas  frases  me  hacían  muchísima  gracia; 
por  ejemplo,  cuando  decía  usted:  «Las  circunstancias,  que  me 
hacen  aquí  la  Pascua...» 

— ¡Ah!,  perdone — exclamó  Hale, — yo  no  he  dicho  eso. 

— Y  después:  «Condenado  á  sufrir  su  presencia,  en  vez  de 
echarles  á  puntapiés.»  Y  luego:  «No  me  maree  con  su  conver- 
sación, que  no  vale  una  patata»,  ó  algo  parecido.  El  Coronel 
con  sus  palabras  gordas  no  le  llega  á  usted  á  la  suela  del  za- 
pato. Stanner  estaba  verde. 


28  LA  espaS'A  moderna 


— ¿Se  está  usted  burlando  de  mí? — dijo  Hale,  sin  saber  á 
punto  fijo  si  le  molestaba  ó  le  complacía  divertir  tanto  á  la 
hermosa  joven. 

— En  ese  caso — replicó  ella  ingenuamente, — sería  yo  la 
única  quG  se  atreviera.  Clineh  dice  á  quien  quiera  oirle  que  su 
comportamiento  de  usted  cuando  la  disputa  y  su  resolución  de 
quedarse  aquí,  valen  por  todos  los  juramentos  de  él.  Mi  madre 
me  está  siempre  chillando  por  mis  maneras;  pero,  á  pesar  de 
todo,  cuando  encuentro  un  hombre,  que  es  un  hombre,  le  re- 
conozco. 

Esta  vez  Hale  se  entregó  dulcemente  al  encanto  de  aquel 
homenaje  espontáneo,  tanto  más  halagador  cuanto  que  era, 
por  decirlo  así,  inconsciente;  pero  embarazado  por  la  mirada 
escrutadora  de  Zenobia,  dijo  cambiando  de  tema: 

— ¿Tiene  usted  que  subir  siempre  á  aquí  por  la  cuadra? 

■^Sí.  Hay  una  escala  que  conduce  al  cuarto  de  mi  madre — 
respondió  señalando  una  trampa, — pero  el  otro  camino  es  más 
cómodo  y  está  más  cerca  de  los  caballos  cuando  hay  que  salir 
pronto. 

Aquella  alusión  directa,  corroborada  por  las  observaciones 
que  Hale  había  tenido  ya  ocasión  de  hacer  acerca  de  la  insta- 
lación de  la  casa,  no  le  dejaba  ninguna  duda;  había  sido  cons- 
truida teniendo  presente  las  invasiones  rápidas  y  las  huidas 
fáciles.  Esto  le  hizo  reflexionar.  Zenobia,  que  adivinó  una  parte 
de  los  pensamientos  de  aquél,  añadió  con  decisión: 

— Preciso  es  estar  en  condiciones  de  acudir  prontamente 
cuando  un  oso  ó  una  pantera  llegan  en  busca  del  ganado;  hay 
que  montar  á  caballo  sin  perder  un  minuto. 

— ¿Es  decir,  que  usted... f 

— ¿Qué  quiere  usted  que  haga?  Cuando  el  padre  está  fuera, 
le  sustituyo,  y  elegido  este  cuarto. 

Hale  siguió  la  mirada  de  Zenobia,  que  se  había  fijado  ma- 
quinalmente  en  una  vestimenta  híbrida,  semi-manta,  semi- 
amazona,  colgada  de  un  clavo. 

— Más  de  una  vez  he  estado  levantada,  vestida  y  montada 


BLOQUEADOS   POR  LA  NIEVE  29 

en  «Resina»,  cinco  minutos  después  de  haber  oído  el  primer 
balido. 

Hale  la  contemplaba  con  asombro.  Ella  no  tenía  nada  de 
masculino  ni  de  marimacho;  ni  siquiera  tenía  la  robusta  con- 
firmación física,  inseparable,  según  él,  de  tan  viril  audacia;  al 
contrario,  pálida,  esbelta,  le  parecía  esencialmente  mujer,  de 
alma  y  cuerpo.  Sin  preocuparse  por  las  insistentes  é  investi- 
gadoras miradas  de  que  era  objeto,  Zenobia  hizo  una  seña  á 
Hale  para  qae  se  acercase,  y  fijando  en  él  sus  oscuros  ojos, 
dijo  de  pronto: 

— ¿Por  qué  se  le  ha  ocurrido  á  usted  esa  caza  de  hombres? 

Semejante  pregunta  hecha  á  quemarropa  desconcertó  á 
Hale;  experimentó  la  necesidad  de  disculparse,  pero  sus  expli- 
caciones, que  para  él  mismo  eran  insuficientes  y  confusas,  eran 
evidentemente  ininteligibles  para  la  hija  de  Hennicker.  Esta 
añadió  después  de  una  pausa: 

— ¿Usted  no  tiene  nada  contra  Jorge? 

— Yo  no  conozco  á  Jorge — respondió  él  sonriendo, — persi- 
go únicamente  al  bandido. 

— Pues  él  es  el  bandido. 

— Quiero  decir  que  combato  un  principio  integralmente 
peligroso. 

— Y  Jorge  es  el  principal,  los  otros  no  harían  nada  si  él  no 
los  mandase —  dijo  Zenobia  ingenuamente, —  y  tal  vez  tenga 
usted  razón,  es  muy  peligroso. 

Hale  comprendió  la  inutilidad  de  continuar,  y  dejó  caer  el 
diálogo.  Ella  dijo  después: 

— ¿Por  qué  se  ha  quedado  usted  en  vez  de  marchar  con  el 
Coronel?  Sin  duda  ha  sido  por  algo  más  que  por  cerrar  el  pico 
á  Stanner.  ¿Por  qué  ha  sido? 

La  proximidad  de  la  hermosa  joven,  el  encanto  de  sus  fa- 
miliares confidencias,  la  elocuencia  de  sus  ojos  negros,  las  se- 
ducciones de  la  soledad,  inspiraron  á  Hale  una  respuesta  ga- 
lante; pero  pensando  con  mayor  cordura,  las  mismas  razones 
la  detuvieron  en  los  labios. 


30  LA  espa:ña  moderna 


— No  lo  sé — dijo  con  torpeza. 

— Yo  sí  lo  sé.  Es  porque  tampoco  le  agradan  Clinch  y 
üawlins.  No  son  de  su  clase  de  usted. 

Cogido  de  improviso  por  aquella  declaración  neta  y  positi- 
va, Hale  se  refugió  en  el  único  pretexto  que  creyó  deber  ocul- 
tar, y  dijo  en  voz  baja  sonriendo  un  poco: 

— Pongamos  que  haya  sido  por  quedarme  al  lado  de  usted. 

— Tampoco  soy  yo  de  su  clase — respondió  ella  al  punto. 

Después  se  calló,  y  al  cabo  de  un  momento  se  puso  á  escu- 
char. 

— Están  muy  callados — dijo. — ¿Qué  pasará? 

Creyendo  que  la  joven  le  intimaba  de  una  manera  indirecta 
á  que  la  dejase  ya.  Hale  se  levantó;  pero  Zenobia  pasó  rápida- 
mente ante  él,  abrió  la  puerta  y  miró  hacia  la  cuadra. 

— ¡Justo! — dijo  ella. — Estaba  segura.  No  están  los  caballos. 
Han  levantado  el  campo. 

Hale  no  respondió.  Acababa  de  ocurrírsele  la  idea  de  mar- 
charse de  la  misma  manera.  ¿Era  una  advertencia  respecto  de 
que  era  bueno  seguir  semejante  idea?  Indeciso  aún,  seguía  con 
los  ojos  á  la  joven  que  comenzaba  á  bajar  la  escalera,  indi- 
cándole que  le  siguiera.  Cuando  llegaron  juntos  á  la  sala  baja, 
la  encontraron  como  se  esperaba,  completamente  desierta. 

—  Supongo  que  no  seré  yo  quien  les  haya  hecho  huir  — 
dijo  él  mirando  el  turbado  rostro  de  su  compañera. 

Esta  no  contestó,  y  miró  por  la  ventana;  parecía  preocu- 
pada, inquieta. 

— ¡Tanto  peor! — exclamó  por  fin  ella  con  un  ligero  ademán 
de  desafío. — ¡Me  es  igual!  ¡Madre!  —  gritó  en  seguida  en  otro 
tono.  — Stanner  se  ha  lanzado  con  su  rebaño,  pero  el  extranje- 
ro dice  que  se  queda. 


VII 


Ocho  días  habían  transcurrido  en  la  meseta  de  las  Águilas, 
días  unos  sombríos  por  la  lluvia,  otros  luminosos  por  el  sol. 


BLOQUEADOS   POR   LA   NIEVE  31 

Aquella  tarde  dos  personas  se  encaminaban  lentamente 
hacia  la  casa,  sin  preocuparse  de  su^  situación,  como  quienes 
vuelven  de  un  paseo  agradable.  La  señorita  de  Scott,  acompa- 
ñada de  Falkner,  mostraba  en  su  indumentaria  un  regreso 
hacia  las  exigencias  de  la  moda  3^  las  obligaciones  mundanas, 
y  esto,  cosa  extraña,  en  los  mismos  momentos  en  que  se  encon- 
traba completamente  emancipada  de  semejante  tiranía  á  causa 
de  su  aislamiento.  No  tan  sólo  había  prescindido  de  su  blanca 
falda,  concesión  práctica  á  la  invasión  de  un  invierno  prema- 
turo, sino  que  había  sacado  una  gorrita  con'plumas  y  un  man- 
guito de  marta  que  usaba  en  Boston.  También  Falkner  había 
trocado  su  sombrero  y  su  pintoresca  manta  mejicana  por  un 
gabán  y  una  gorra  de  piel  pertenecientes  al  cuñado  de  Kate, 
y  que  ésta  le  hizo  adoptar. 

— No  le  pido  á  usted — decía  Kate  con  su  juicioso  aspecto — 
que  renuncie  por  completo  á  su  manta;  la  llevará  usted  los 
días  de  lluvia,  cuando,  reintegrado  entre  los  suyos,  venga  us- 
ted alguna  vez  á  pasar  la  velada  con  nosotros.  Pero  convenga 
en  que  semejante  indumentaria  es  demasiado  llamativa,  y 
sobre  todo  demasiado  teatral,  para  ser  llevada  en  pleno  sol  por 
los  caminos,  salvo  al  frente  de  una  procesión  de  circo  de  feria. 

— ¿Qué  mal  hay  en  vestirse  de  una  manera  que  el  pueblo  ha 
consagrado  como  la  más  apropiada  á  las  exigencias  y  las  con- 
veniencias del  país? — replicó  Falkner  sin  dejarse  desconcertar. 

— Pero  usted  no  pertenece  á  esa  clase  de  gentes  —  repuso 
impaciente  la  joven, — y  ahí  está  la  diferencia.  Usted  no  se  les 
parece,  no  obra  usted  como  ellos:  de  suerte  que  su  traje  y  su 
manera  de  ser  son  tan  irreconciliables,  que  le  dan  un  aspecto 
extraño. 

— Y  tener  un  aspecto  extraño  es  censurable  en  su  mundo 
de  usted — dijo  Falkner  con  amargura. 

— Siempre  es  censurable  el  aparecer  lo  que  uno  no  es — re- 
plicó la  joven. — Usted  es,  según  me  lo  ha  dicho,  un  inspector 
de  minas;  es  inútil,  por  lo  tanto,  que  le  tomen  por  un  bandido 
español,  gracias  á  su  manta.  Le  aseguro  que  si  yo  me  hubiera 


32  LA   ESPAÑA   MODERNA 


encontrado  en  la  diligencia  y  le  hubiese  visto  aparecer  vesti- 
do así  en  la  portezuela,  le  hubiera  entregado  mi  reloj  y  mi 
bolsa  sin  la  menor  resistencia...  ¡Ah!  se  enfada  usted— añadió 
la  joven  con  una  risa  fingida  que  disimulaba  una  inquietud 
real. — ¿Quiere  usted  que  le  diga  que  me  habría  despojado  con 
alegría  en  favor  de  un  bandido  tan  novelesco,  y  que,  para 
conformarse  á  la  leyenda  del  país,  me  hubiera  apeado  para 
bailar  un  bolero  con  usted  en  la  carretera?  Pues  bien — dijo 
ella,  tras  una  pausa  preñada  de  tempestades, — pongamos  que 
es  lo  que  he  querido  decir. 

Falkner  marchaba  un  poco  delante,  con  la  vista  fija  en  la 
lejana  cordillera.  Se  detuvo  de  pronto,  y  mirando  á  Kate,  dijo 
bruscamente: 

— Sí,  se  hubiera  usted  tomado  tiempo  para  observar  aten- 
tamente al  salteador,  á  fin  de  identificarle  mejor  el  día  que 
cayera  en  poder  de  la  policía.  Como  su  hermano,  se  hubiera 
usted  sacrificado  gustosa  en  interés  de  la  civilización  y  del 
orden. 

La  boca  y  los  ojos  de  la  joven  expresaron  tan  enérgica  ne- 
gativa, que,  no  por  ser  muda,  hubiera  dejado  de  convencer  á 
un  hombre  rnenos  preocupado  que  fiu  acompañante.  Viendo 
que  se  callaba,  Kate  Lundió  ambas  manos  en  el  manguito,  se 
lo  llevó  á  la  boca,  se  encogió  ligeramente  de  hombros,  veló 
sus  ojos  con  sus  largas  pestañas  y  apresuró  el  paso. 

— Es  penoso — dijo  ella  en  otro  tono — el  que  no  podamos 
proveer  á  nuestra  miserable  existencia  sin  despojar  á  los- 
otros,  sin  arrebatarles  la  vida. 

Falkner  se  estremeció. 

— Es  verdaderamente  desconsolador — añadió  ella, — pero 
tengo  que  recordar  á  usted  que  no  ha  cazado  usted  nada  to- 
davía para  la  cena  de  nuestro  enfermo.  Mire  usted;  allí  me 
parece  ver  una  liebre.  ¡Qué  lástima  que  haya  traído  usted  esa. 
carabina,  en  vez  de  un  fusil  de  dos  cañones! 

— He  escogido  esta  arma  para  la  defensiva. 

—  ¡Ah!  ¿y  los  cartuchos  no  son  más  que  para  el  ataque? 


BLOQUEADOS   POR   LA   NIEVE  33 

Falkner  la  contempló  un  instante,  después  se  echó  rápida- 
mente el  arma  á  la  cara,  en  el  momento  en  que  la  liebre  huía 
por  un  campo,  á  cien  metros  de  distancia.  Kate  creía  ya  al 
animal  en  seguridad  cuando  sonó  el  tiro;  la  liebre  dio  un  salto 
y  cayó  inmóvil.  Kate  miró  al  cazador  con  franca  admiración. 

— ¿Está  bien  muerta? — preguntó  ella  en  voz  baja. 

— Ni  siquiera  se  ha  enterado  de  lo  que  la  mataba. 

— Tiene  usted  razón.  Esto  me  parece  menos  brutal  que 
tirar  con  cartuchos,  que  no  siempre  matan;  me  horroriza  lo 
que  se  llama  la  caza  y  el  «sport»,  pero  un  tiro  como  éste... 
me  parece... 

— ¿Qué,  señorita? 

— Más  caballero. 

Levantó  su  fina  cabeza,  se  puso  su  enguantada  mano  sobre 
ios  ojos,  á  manera  de  pantalla,  y  mirando  al  cielo  azul,  añadió 
con  alguna  vacilación: 

— ¿Se  podría?...  ¿podría  usted?,  pero  no,  es  inútil... 

— ¿Qué  quiere  usted  decir? — preguntó  Falkner  sonriendo. 

— Nada,  nada. 

— Sí,  tiene  usted  una  idea — insistió  el  joven,  volviendo  á 
cargar  su  carabina. 

— Pues  bien,  me  prometió  usted  el  otro  día  una  pluma  de 
águila  para  mi  gorra,  ¿no  es  aquello  un  águila? 

— Me  parece  que  no  es  más  que  un  halcón. 

— Me  bastaría.  Tire  usted. 

Sus  ojos  brillaban.  Falkner  apartó  los  suyos,  sin  dejar  de 
sonreír,  y  apuntó  con  irritante  lentitud. 

— ¿Está  usted  segura  de  no  preferir  el  águila? — preguntó 
afectadamente. 

— Completamente  segura.  Dése  usted  prisa. 

Falkner  no  se  apresuraba,  pero  de  pronto  se  oyó  la  detona- 
ción; el  ave  agitó  el  aire  con  las  alas,  giró  un  instante,  des- 
pués cayó  perpendicularmente  á  una  distancia  que  demostra- 
ba la  destreza  del  tirador.  Falkner  se  adelantó  y  no  tardó  en 
volver  y  trayendo  en  la  mano  un  ala  desplegada. 

E.  U.—Julio  1902.  3 


34  LA  ilspaña  moderna 


— Escoja  usted  la  pluma  que  le  agrade — dijo  alegremeute. 

— ¿Está  usted  seguro  también  en  esta  ocasión  de  que  el  po- 
bre halcón  no  ha  sufrido? 

— La  bala  le  ha  llevado  la  cabeza. 

— Y  además,  la  caída  hubiera  bastado  para  matarle — dijo 
Kate  sin  más  remordimientos. — Gracias.  Le  tendrán  á  usted 
por  un  tirador  de  primer  orden,  ¿no  es  verdad? 

— ¿En  dónde?  ¿quiénes? 

— Pues  todos  los  que  le  conozcan:  sus  parientes,  sus  ami- 
gos, las  hermanas  de  éstos... 

Jorge  tira  mejor  que  yo,  tiene  más  práctica;  le  he  visto  ha- 
cer con  una  pistola  lo  que  yo  acabo  de  hacer  con  una  carabina, 
no  á  la  misma  distancia,  por  supuesto;  pero  un  tiro  más  difícil. 

Kate  no  contestó,  pero  su  rostro  indicaba  claramente  que 
nada  podía  á  sus  ojos  aventajar  en  destreza  y  habilidad  á  lo 
que  acababa  de  presenciar.  Falkner  recogió  la  liebre,  y  los  dos 
jóvenes  se  dirigieron  á  la  casa. 

— ¿Se  acuerda  usted — dijo  Kate  de  pronto — del  día  en  que 
llegó?  Nos  encontramos  aquí,  y  usted  me  indicó  el  abrigado 
promontorio  en  que  se  refugiaban  de  la  nieve  unos  pobres 
animales. 

— Sí — dijo  Falkner, — su  número  ha  disminuido.  Tal  vez  te- 
nía usted  razón.  Se  han  devorado  entre  sí,  á  menos  que  no  ha- 
yan conseguido  escaparse.  Pensemos  que  esta  última  hipóte- 
sis es  la  verdadera. 

— Yo  los  cuento  todos  los  días  con  mis  gemelos.  No  hay 
más  que  cuatro,  ün  oso,  esa  especie  de  gato  grande  al  que 
llama  usted  león  de  California,  un  lobo  y  un  animal  que  debe 
ser  una  ardilla. 

—  ¡Qué  lástima  que  no  sean  todos  de  la  misma  raza! 

— ¿Por  qué? 

— A  fin  de  que  ninguna  desemejanza  envenene  el  placer  de 
encontrarse  juntos. 

— Al  contrario.  Debe  ser  horriblemente  aburrido  el  estar 
encerrado  únicamente  con  sus  semejantes. 


BLOQUEADOS   POR   LA   NIEVE  35 

— ¿Cree  usted  en  serio,  señorita,  que  sería  posible  vivir  en 
buena  inteligencia,  que  reinase  la  felicidad  entre  seres  de  na- 
turaleza y  costumbres  completamente  opuestas? 

— Creo — respondió  Kate — que  el  oso  y  el  león  encuentran 
muy  divertidos  al  lobo  y  á  la  ardilla,  y  que  éstos... 
— ¿Qué? — preguntó  con  viveza  Falkner. 
— Que  éstos  tendrían  mejor  opinión  de  los  otros  si  los  co- 
nocieran mejor... 

Los  paseantes  acababan  de  llegar  al  pórtico  de  la  casa.  Por 
un  motivo  que  no  se  confesó  á  sí  misma,  Kate  no  se  dirigió 
directamente  á  la  habitación  en  la  que  dejó  á  su  bermana  y  al 
herido — ya  suficientemente  adelantado  en  la  convalecencia 
para  pasar  los  días  en  un  diván  cerca  de  la  ventana  del  salón, 
— sino  que  se  apresuró  á  dirigirse  á  su  cuarto.  Si  tal  maniobra 
tenía  por  único  objeto  evitar  á  su  hermana,  era  supórflua,  por- 
que Josefina,  al  ver  llegar  á  Kate,  dejó  precipitadamente  á 
Jorge  y  tomó  la  escalera  antes  que  la  joven.  Falkner  hubiera 
preferido  igualmente  la  soledad:  pero  Lee,  el  único  de  los 
cuatro  que  conservaba  su  libertad  de  espíritu,  le  llamó  y  le 
obligó  á  presentarse  en  la  puerta,  con  la  liebre  y  el  ala  del 
halcón  en  mano.  Lee  miró  atentamente  el  ala  con  afectado 
terror. 

— En  caso  de  necesidad,  me  será  posible  comerla — dijo — y 
pudiera  ser  que  fuese  el  bocado  más  delicado  del  ave;  la  liebre 
calmará  probablemente  el  hambre  de  esas  señoras;  pero,  mi 
palabra  de  honor,  no  sabía  que  estuviéramos  reducidos  á  tan 
duro  extremo.  ¡Tres  horas  y  media  de  caza  para  traer  una  lie- 
bre y  un  ala  de  ave  de  rapiña,  es  espantoso! 

Después  de  comprobar  que  su  amigo  estaba  solo,  Falkner 
depositó  el  botín  en  el  vestíbulo  y  volvió  rápidamente  al  lado 
del  diván. 

— Escúchame,  Jorge;  debemos — yo  debo  abandonar  esta 
casa  sin  más  demoras.  No  me  detengas.  Me  es  imposible  so- 
•  portar  más  tiempo  semejante  estado  de  cosas. 

— Ni  yo  tampoco,  mientras  esa  puerta  esté  abierta  de  par 


36  LA    ESPAÑA   MODERNA 


en  par.  Ciérrala  y  cuéntame  tu  historia  antes  de  que  vuelva, 
la  señora  de  Hale.  ¿Has  encontrado  por  casualidad  una  salida? 

— No,  no  es  eso  de  lo  que  se  trata. 

— Me  parece,  sin  embargo,  que  si  piensas  en  marciiar,  ese 
es  el  punto  esencial.  Entonces  es  que  has  pedido  la  mano  de 
la  bostonianita  y  que  ella  ha  encontrado  el  paso  arriesgado 
con  un  conocimiento  de  ocho  días  apenas. 

— Cállate,  yo... 

— Vaya,  vaya,  si  no  lo  has  hecho  estás  en  camino  de  ha^ 
cerlo;  pero  no  te  lo  aconsejo,  al  menos  por  ahora. 

— Jorge,  yo  no  puedo  vivir  esta  vida  de  perpetua  mentira^ 

— Entendámonos.  Ignoro  cómo  mientes,  tú,  cuando  es- 
tás solo.  Si  escoltas  á  la  pequeña  recitándole  salmos  ó  contán- 
dole tus  clases  de  catecismo  en  la  parroquia,  ó  si  te  presentas 
como  un  Creso  venido  para  comprar  la  meseta  é  instalar  en 
ella  un  casino  de  verano,  confieso  que  esto  pasa  un  poco  de  los 
límites  y  que  sería  preferible  mentir  de  otra  manera.  Pero, 
por  otro  lado,  no  veo  la  imperiosa  necesidad  de  armar  aquí  un 
jollín  del  infierno,  ni  de  pedir  á  gritos  la  sangre  de  Harkins, 
ni  siquiera  de  contar  tu  paquete  de  billetes  en  la  falda  de  la 
hermosa  Kate  para  dar  pruebas  de  veracidad  y  candor.  Debe 
haber  un  justo  medio. 

—Jorge,  tú  que  estás  en  tan  buenos  términos  con  la  seño- 
ra de  Hale  y  su  madre,  ¿no  podrías,  no  querrías  decírsela 
todo?  Es  decir,  presentar  las  cosas  á  tu  manera;  de  ti  lo  escu- 
charían todo,  lo  creerían  todo... 

— ¡Tantas  gracias!  ¿Y  si  me  repugnase  á  mí  también  eí 
mentir? 

—  ¡Oh!  Ya  sabes  lo  que  quier®  decir.  Tienes  una  manera 
tan  original  de  decir  las  cosas,  de  hacer  que  parezca  natural 
lo  que  no  lo  es. 

— Sea;  pero  si  yo  consiento,  ¿estás  dispuesto  átodo? 

Falkner  guardó  silencio;  después,  tras  un  minuto  de  refle- 
xión, respondió: 

— ¡Sí!  porque  todo  es  preferible  á  esta  incertidumbre. 


BLOQUEADOS   POR   LA   NIEVE  37 

— No  soy  de  tu  opinión.  ¿Consentirías  también  que  estas 
mujeres  te  perdonasen? 

— ¿Qué  quieres  decir? 

— Esto.  Su  perdón  sería  la  cosa  peor  que  pudiera  suceder- 
nos,  querido  Ned...  Un  instante...  Vete  á  ver  si  alguien  nos 
oye;  la  señora  de  Hale  tiene  el  paso  de  un  ángel  y  la  obicui- 
dad  de  una  gata.  Bueno,  Ned,  yo  no  tengo  la  pretensión  de 
^star  enamorado,  y  si  lo  estuviera  aquí  de  alguien,  no  me  val- 
dría ciertamente  de  la  debilidad  y  de  la  soledad  de  una  mujer 
para  contarle  cualquier  historia  sospechosa  sobre  mi  pasado. 
No  sería  jugar  una  partida  igual.  Harto  sabes  que  ella  no  te 
pondría  á  la  puerta. 

— No — dijo  Falkner  poniéndose  colorado, — pero  yo  esta- 
ría dispuesto  á  marcharme  al  punto,  y  esto  me  serviría  de  ex- 
ousa. 

— ¿Marchar,  por  dónde?  Absorbido  como  estás  por  esa  jo- 
ven, ni  siquiera  has  sabido  encontrar  el  camino  por  el  cual  ha 
pasado  Manuel  con  su  con  plice.  ¿Pretendes  acampar  en  el 
prado  y  contemplarla  cuando  ella  abra  la  ventana? 

— Como  tú  coqueteas  en  regla  con  la  señora  de  Hale,  te 
imaginas... 

— Querido,  el  simple  hecho  de  la  existencia  de  un  marido 
establece  que  3^0  no  pueda  casarme  con  su  mujer;  estamos, 
pues,  ella  y  yo  bajo  un  pie  perfectamente  análogo  y  bien  es- 
tablecido. Nada  de  lo  que  pudiera  ella  un  día  saber  de  mí^  jus- 
tificaría ni  agravaría  su  coquetería  de  hoy.  ¿Puedes  decir  otro 
tanto  de  tus  relaciones  con  la  linda  puritana? 

— Nunca  me  has  recomendado  que  huya  de  su  compañía, 
al  contrario. 

— Yo  quería  verte  sacar  el  mejor  partido  posible  de  la  si- 
tuación en  que  la  casualidad  nos  ha  colocado;  podías  mostrar- 
te amable  y  cortés  con  ella,  precisamente  porque  no  tenías  de- 
recho á  ir  más  adelante... 

— En  una  palabra,  que  me  atribuías  tu  sequedad  de  cora- 
zón y  tu  egoísmo. 


38  LA    ESPAÑA    MODERÍÍA 


— ¡Ned! 

Falkner.se  volvió  bruscamente. 

— Perdóname,  Jorge — dijo. — Soy  un  loco  y  un  ingrato. 

Lee  no  respondió  desde  luego,  pero  cogió  y  estrechó  la 
mano  que  su  amigo  le  tendía  con  efusión. 

— Prométeme — dijo  con  gravedad — que  no  dirás  nada  á 
ninguna  de  las  liermanas.  Te  lo  pido  en  nombre  de  tu  propia 
interés  y  en  el  de  la  joven  más  bien  que  en  el  mío.  Si,  por  el 
contrario,  te  impulsa  á  hablar  un  novelesco  sentimiento  de- 
honor, acuérdate  de  que  habrás  precipitado  acontecimientos 
que,  si  permaneces  fiel  á  ese  mismo  sentimiento  de  honor,  te 
separarán  para  siempre  de  la  que  amas. 

— No  te  comprendo. 

— No  importa — replicó  Lee  volviendo  de  pronto  á  su  audaz 
y  loco  buen  humor. — He  dicho.  ¡El  jefe  imberbe  de  las  Sierras 
ha  hablado!  Que  el  Rostro  Pálido  de  bigotes  negros  medite 
sobre  las  palabras  de  aquél,  y  tenga  cuidado  con  lo  que  dice 
al  Agua  Charlatana  de  Cochituata.  ¡Ea!  déjame. 

Sin  embargo,  en  cuanto  se  marchó  su  compañero  desapa- 
reció la  sonrisa  de  Lee.  Permaneció  inmóvil,  abismado  en 
sombríos  pensamientos,  y  ni  siquiera  oyó  el  ligero  roce  de  una^ 
falda  que,  de  ordinario,  llamaba  desde  lejos  la  atención  de  su 
oído  atento.  Al  salir  por  fin  de  su  ensueño  mediante  un  esfuer- 
zo violento,  exhaló  el  largo  é  inconsciente  suspiro  de  un  hom- 
bre que  se  cree  al  abrigo  de  toda  observación,  y  se  estremeció 
al  oir  la  risa  de  Josefina,  á  la  que  no  había  visto  entrar. 

— ¡Dios  mío!  ¡qué  sentimental  está  usted  hoy!  Se  diría  que 
sale  usted  de  un  novelesco  coloquio  con  un  antiguo  amor. 
Desde  que  estoy  en  California  no  he  oído  nada  tan  antiguo  en 
el  mundo  ni  tan  conservador  como  ese  suspiro.  Se  dice  que  en 
este  país  no  creen  ustedes  en  el  pasado. 

Afortunadamente  el  rostro  de  Lee  estaba  colocadoi*  entre 
la  luz  y  la  joven,  de  suerte  que  ésta  no  pudo  leer  en  aquél  una 
sorda  irritación  que  la  hubiera  inquietado.  Quedaba,  sin  em- 
bargo, bastante  turbación  y  disonancia  en  la  actitud  de  Lee 


BLOQUEADOS    POR    LA   NIEVE  39 


para  herir  las  delicadezas  de  sa  interlocutora,  la  cual  se  acer- 
có más  y  dijo  con  cierta  timidez  y  ternura: 

— ¿Está  usted  peor,  Sr.  Lee? — le  dijo. — ¿Se  encuentra  us- 
ted fatigado? 

— ¿Gomo  podría  estarlo  con  una  pierna,  si  no  muerta,  mo- 
mificada cuando  menos  por  un  aparato? — exclamó  él  con  una 
amargura  que  ella  no  le  conocía. 

— ¿Quiere  usted  que  deshaga  el  vendaje? — preguntó  Jose- 
fina.— Tal  vez  esté  demasiado  apretado.  No  hay  nada  tan  pe- 
noso como  la  sensación  de  estar  estrechamente  ligado. 

El  ligero  contacto  de  la  mano  blanca  colocada  sobre  el 
vendaje  que  cubría  e]  miembro  herido,  la  gracia  acariciadora 
y  tierna  del  dulce  rostro  inclinado,  el  vago  perfume  que  ema- 
naba de  la  joven,  disiparon  las  últimas  nubes  sobre  la  frente 
de  Jorge.  Brilló  una  llama  en  sus  ojos  azules. 

'  — Pudiera  ser  que  yo  fuese  intolerante  con  todo  lazo — dijo 
mirándola  ardientemente. 

Que  hubiera  comprendido  ó  no  el  sentido  oculto  de  aque- 
llas palabras,  Josefina  se  vio  obligada  á  aceptar  el  desafío  de 
aquella  mirada;  se  apartó  un  poco  y  dijo  poniéndose  encar- 
nada: 

— Temo  que  haya  recibido  usted  malas  noticias. 

— ¿A.  qué  llama  usted  malas  noticias? — preguntó  Lee  sin 
apartar  los  ojos  de  Josefina. 

— Todo  lo  que  fuera  un  obstáculo  para  su  convalecencia  ó 
viniese  á  romper  nuestro  círculo  de  familia.  Pero,  dígame  us- 
ted, ¿hay  algo  de  nuevo?  ¿Se  ha  encontrado  una  senda?  Ayer 
mismo  me  decía  el  señor  Falkner  que  la  nieve  había  comen- 
zado de  nuevo  en  el  desfiladero.  ¿Ha  visto  hoy  algo? 

Estaba  deliciosa,  transfigurada  por  la  emoción  encantado- 
ra, juvenil  y  extraña  que  animaba  la  frialdad  á  veces  irritan- 
te de  sus  facciones  correctas.  Lee  la  contemplaba,  bebiendo 
su  belleza  con  la  mirada  y  embriagándose  con  su  gracia  como 
con  los  picantes  olores  de  una  flor  de  los  trópicos. 

— ¿Por  qué  me  mira  usted  así,  señor  Lee? — preguntó  ella 


40  LA   ESPAÑA   MODERNA 


sonriendo. — No  lo  niegue.  Su  amigo  le  ha  comunicado  á  usted 
algo  importante. 

— Pues  bien,  sí;  Ned  ha  hecho  un   descubrimiento  que  yo 
no  sospechaba. 

— ¿Y  qué,  le  contraría  á  usted? 
— -Muchísimo. 
— ¿Es  un  secreto? 
—No. 

— Entonces  nos  lo  dirá  usted  á  la  hora  de  comer. 
— Si  se  lo  digo  á  usted,  ha  de  ser  ahora  mismo — dijo  el  jo- 
ven echando  una  ojeada  á  la  puerta. 

— Haga  usted  lo  que  guste — respondió  fríamente  Josefina. 
Parece  que  se  trata  de  un  misterio,  por  lo  que  veo. 
Vaciló,  y  después  añadió: 
— Kate  está  arreglándose;  tiene  para  rato. 
— Tanto  mejor.  Me  temo,  señora,  que  Ned  ha  pagado  mal 
la  hospitalidad  y  las  bondades   de  ustedes.  Se   ha  enamorado 
de  su  hermana  de  usted. 

— ¡Imposible!  No  la  conoce  sino  desde  hace  ocho  días. 
— No  puedo  opinar  como  usted  respecto  del  lapso  de  tiem- 
po necesario  para  apreciar  y  amar  á  una  mujer.  Creo  que  esto 
puede  suceder  perfectamente  en  siete  días  y   cuatro  horas,  la 
duración  exacta  de  nuestra  estancia  en  esta  casa. 

— Tal  vez;  pero  como  Kate  estaba  ausente  cuando  ustedes 
llegaron,  hay  que  deducir  por  lo  menos  una  hora  de  semejan- 
te cálculo. 

— Ned  efectuará  esa  sustracción  si  gusta;  yo  no  rebajaré 
ni  un  segundo. 

— ¿Pero  no  se  engaña  usted  respecto  de  los  sentimientos  de 
su  amigo? — se  apresuró  á  añadir  Josefina. — Seguramente  él  no 
ha  dicho  nada  á  mi  hermana. 

— Es  que  todavía  le  queda  una  chispa  de  razón  y  de  honor, 
y  para  conservarla  intacta  quiere  dejar  á  ustedes. 
—Pero  eso  sería  sencillamente  absurdo. 
— ¿Lo  cree  usted? — preguntó  Jorge   mirándola  con  fijeza. 


BLOQUEADOS   POR  LA   NIEVE  41 

— ¿Por  qué  no?— preguntó  ella  á  su  vez,  confasa  y  rubo- 
rizada. 

—  Voy  á  decírselo  á  usted — replicó  el  joven  bajando  la  voz 
con  una  intensidad  de  pasión  que  no  se  hubiera  sospechado  en 
aquella  naturaleza  á  la  vez  tan  joven  y  tan  frivola. — Figúrese 
usted,  señora,  un  hombre  cuya  existencia  entera  se  hubiese 
deslizado  entre  alternativas  de  miserias  y  de  luchas,  de  som- 
brías aventuras  y  más  sombríos  excesos,  que  no  hubiera  cono- 
cido otras  distracciones  sino  el  juego  y  el  desorden;  un  hom- 
bre á  quien  las  palabras  de  familia  y  de  hogar  doméstico  no 
sugirieran  más  ideas  que  la  de  servidumbre,  molicie,  ó — lo 
que  es  peor  aún — que  no  hubiese  encontrado  abnegación  y 
amistad  sino  en  el  compañero  que  se  batiera  á  su  lado  á  la 
hora  del  peligro,  ó  que  compartiera  sus  privaciones  en  los 
momentos  de  miseria.  Imagínese  usted,  si  puede,  á  ese  hombre 
transportado  como  por  milagro  á  una  atmósfera  d&  blancura, 
de  gracia  y  de  paz,  rodeado  de  las  elegancias  de  una  vida 
más  elevada,  que  ni  en  sueños  se  atrevía  á  entrever,  admitido 
en  la  intimidad  de  una  mujer  hermosa  y  pura,  incapaz  de  con- 
cebir que  hubiera  en  el  mundo  seres  perdidos  como  él;  y  des- 
pués imagínese  usted  á  ese  hombre  amando  á  esa  mujer.  ¿No 
piensa  usted  que  el  primer  efecto  de  ese  amor  sería  revelarle 
su  propia  indignidad  y  mostrarle  el  infranqueable  abismo  que 
le  separa  de  ella?  ¿No  cree  usted  que  preferiría  el  dolor  de  la 
huida  á  la  vergüenza  de  su  desprecio  el  día  en  que  ella  supie- 
ra la  verdad,  ó  á  la  piedad  que  le  inspirara  el  sacrificio  del 
perdón? 

— ¿Pero  es  todo  eso  el  Sr.  Falkner? — preguntó  la  joven 
conmovida  y  palpitante. 

— ¿El?  ¡En  manera  alguna!  Se  lo  juro — respondió  Lee  con 
un  brusco  cambio  de  tono.— Pero  un  hombre  siente  así 
cuando  ama. 

— ¡Ah!  ¿De  veras?  Entonces  su  amigo  debía  encargarle  á 
usted  para  que  abogara  por  su  causa  cerca  de  Kate — dijo  Jo- 
sefina con  risa  forzada. 


42  LA   ESPAÑA    MODERNA 


— Tengo  necesidad  yo  mismo  de  todo  lo  que  poseo  de  elo- 
cuencia y  de  persuasión — dijo  audazmente  el  joven. 

Josefina  se  levantó  sin  alejarse  todavía. 

— Me  parece  que  baja  Kate — dijo. — Sí,  es  ella — añadió  pre- 
cipitadamente bajándose  para  recoger  el  cesto  de  labor  que 
acababa  de  escaparse  de  sus  dedos  bajo  la  ardiente  presión  de 
las  manos  de  Jorge. 

Kate,  que  entraba  efectivamente,  se  apresuró  á  correr  en 
ayuda  de  su  hermana  para  recoger  el  cesto.  Lee,  desde  su 
diván,  se  pnso  á  deplorar  la  imposibilidad  en  que  se  encontra- 
ba de  ayudarlas. 

— Es  mi  mala  estrella — dijo  á  Kate,  pero  mirando  á  Jose- 
fina.— Tengo,  á  lo  que  parece,  el  triste  don  de  revolucionar  el 
orden  existente  sin  tener  la  facultad  de  restablecerle  ó  susti- 
tuirle por  un  estado  de  cosas  mejor.  ¿Pero  qué  quiere  usted 
que  haga?  Estoy  dispuesto  á  tener  enmarañadas  madejas  ó  á 
devanar  innumerables  ovillos.  Hasta  llegaré  á  perdonar  á  Ned 
por  haber  pasado  toda  la  tarde  con  usted  y  no  haberme  traído 
para  la  cena  sino  un  ala  de  halcón. 

— Yo  soy  la  única  culpable — se  apresuró  á  decir  Kate  con 
pronto  disimulo. — El  Sr.  Falkner  se  ocupaba  en  buscar  caza 
para  usted  cuando  le  llamó  para  rogarle  que  tirase  sobre  ese 
pájaro;  quería  una  pluma  para  mi  tocado,  y  convendrá  usted 
en  que  el  ala  es  encantadora. 

— Por  desgracia,  lo  que  es  únicamente  bello  no  es  comesti- 
ble— replicó  Lee  gravemente. — Pongámonos  en  lo  peor,  y 
apuesto  á  que  en  los  momentos  de  la  carencia  absoluta  me 
preferirá  usted  con  mucho  á  Ned  y  á  sus  largos  bigotes,  sen- 
cillamente porque  estoy  atado  por  una  pata  á  este  sillón  y  en- 
gordado como  un  pato  de  Estrasburgo. 

Sin  embargo,  aquella  charla  no  pareció  divertir  á  la  joven, 
porque  no  tardó  en  abandonar  al  paciente  bajo  pretexto  de  ir 
á  buscar  á  su  hermana,  que  se  había  ya  deslizado  sin  ruido 
fuera  del  salón.  Aquella  noche,  durante  la  comida,  parecía 
pesar  sobre  las  señoras  y  Falkner,  por  primera   vez  desde  su 


BLOQUEADOS  POR   LA   NIEVE  43 

reclusión  forzada,  un  inexplicable  malestar  y  una  vaga  inquie- 
tud. El  último  afectaba  dirigirse  únicamente  á  la  señora  de 
Scott,  y  Josefina  prodigaba  excepcionales  caricias  y  atencio- 
nes inusitadas  á  su  pequeñuela  Mimi,  la  cual,  movida  por 
las  ocultas  inspiraciones  de  la  infancia,  se  obstinaba  en  poner 
á  Lee,  al  que  quería  mucho,  de  por  medio  en  los  cariños  ma- 
ternales, y  la  solicitud  con  que  Jorge  se  prestaba  á  las  manio- 
bras de  la  niña  aumentaba  el  visible  embarazo  de  Josefina. 

La  velada  fue  corta;  todos  se  retiraron  temprano.  Kate 
pasó  una  noche  agitada,  y  en  sus  intervalos  de  insomnio  com- 
prendió, por  el  rumor  de  voces  ahogadas  que  llegaban  del 
cuarto  de  los  dos  amigos,  que  tampoco  éstos  dormían. 

Una  mañana  de  claro  sol  y  brisa  suave  no  consiguió  disi- 
par la  violencia  de  aquellas  nuevas  relaciones  entre  los  habi- 
tantes de  la  meseta.  Ofreció  á  Falkner  la  ocasión  para  salir  de 
la  casa  al  amanecer  y  proporcionó  á  Jorge  un  pretexto  para 
aventurarse  solo  en  el  terrado  con  ayuda  de  una  muleta  im- 
provisada. Josefina  declaró  que  tenía  tareas  domésticas  atra- 
sadas, y  Kate,  para  evitar  el  encontrarse  con  Falkner,  decidió 
no  salir  para  acompañar  á  su  hermana.  Sin  embargo,  las  dos 
jóvenes  se  abstuvieron  de  hablar  como  de  ordinario  de  sus 
huéspedes.  Únicamente  una  vez  se  atrevió  Josefina  á  decir  con 
indiferencia: 

— ¿Te  has  enfadado  con  Falkner,  Kate? 

—  ¡Qué  idea! — respondió  con  viveza  la  joven. — ¿Por  qué 
me  preguntas  eso? 

— Me  pareció  ayer  pensativo  y  hoy  no  le  has  ofrecido 
acompañarle. 

— Debe  estar  harto  de  mi  compañía — contestó  Kate  afec- 
tando indiferencia. — Pero  tendría  razón  al  sentirse  molesto 
por  las  incesantes  burlas  de  Lee  respecto  de  la  caza  de  ayer, 
y  sin  duda  hoy  querrá  ser  más  afortunado.  Lee  podrá  ser  muy 
gracioso,  pero  me  parece  que  no  tiene  corazón. 

—  ¡Corazón! — exclamó  Josefina. — Bien  se  ve  que  no  le  co- 
noces. 


44  LA   ESPAÑA   MODERNA 


En  contra  de  las  previsiones  de  Kate,  Falkner  volvió  á  los 
pocos  momentos  y  ayudó  al  convaleciente  á  hacer  más  prue- 
bas de  resistencia  por  el  terrado. 

— M  una  mujer  sería  capaz  de  una  afección  tan  desintere- 
sada— dijo  de  repente  Josefina  contemplando  á  los  paseantes. 
— Nunca  vi  nada  semejante  á  la  abnegación  recíproca  de  esos 
dos  seres.  Míralos,  Kate. 

— Yo  no  veo  sino  una  sensiblería  novelesca — dijo  Kate. — 
Por  lo  demás,  sospecho  que  la  influencia  de  Lee  sobre  ese  jo- 
ven es  perjudicial. 

— Al  contrario,  la  influencia  de  Lee  es  la  que  suaviza  el 
genio  del  otro — respondió  con  vehemencia  Josefina. 

— ¡Sea! — replicó  Kate, — pero  te  aconsejo  que  no  perma- 
nezcas más  tiempo  en  esta  ventana  contemplándolos;  conclui- 
rán por  creer  que  no  puedes  perderlos  de  vista  ni  un  intante. 

Y  después  de  esta  salida,  Kate  se  marchó  precipitadamen- 
te de  la  habitación  de  su  hermana. 

Aquella  noche,  mientras  comían,  la  pequeña  de  Josefina,  ex- 
trañada de  la  seriedad  que  reinaba,  la  interpretó  á  su  manera: 

— ¿Querríais  marcharos  y  dejar  á  mamá  y  á  tía  Kate? — 
preguntó  ansiosamente  durante  un  prolongado  silencio. 

— Si  no  me  moviera  de  aquí — dijo  Lee — no  podría  ir  á 
buscarte  la  hermosa  nieve  rosa  que  te  enseñó  el  otro  día  en  el 
piso  del  monte. 

— ¿Qué  es  lo  que  significa  esa  nieve  maravillosa,  Mimi,  y 
por  qué  molestas  al  Sr.  Lee? — preguntó  Josefina. 

— Mamá,  es  la  nieve  de  las  hadas.  El  Sr.  Lee  me  ha  dicho 
que  si  puede  coger  una  poquita,  se  tiene  todo  lo  que  se  de- 
sea. ¿Verdad  que  es  muy  bonito? 

Al  día  siguiente  por  la  mañana,  á  los  primeros  albores  de 
la  aurora,  la  nieve  rosa  brillaba  ya  en  las  altas  cimas,  mien- 
tras que  el  valle  permanecía  aún  envuelto  en  las  sombras  gri- 
ses de  la  noche.  Mimi,  su  madre  y  su  tía  dormían  todavía;  pero 
Jorge,  acompañado  de  Falkner,  estaba  ya,  en  camino.  Los  dos 
amigos  hacían  galopar  á  sus  caballos  sobre  el  suelo  endurecido. 


BLOQUEADOS  POR   LA   NIEVE  45 


YIII 


Kate  se  levantó  temprano,  pero  antes  lo  hizo  su  hermanáis 
pues  en  el  momento  de  ir  á  salir  de  su  cuarto  se  encontró  á 
Josefina  ya  vestida,  extraordinariamente  pálida  y  con  una 
carta  en  la  mano. 

— ¿Qué  hay? — exclamó  Kate  con  ansiedad,  y  palideciendo 
por  un  secreto  presentimiento. 

— Se  han  marchado  antes  de  ser  de  día.  Aquí  tienes  lo  que 
han  dejado. 

Tendió  á  su  hermana  la  carta  abierta.  Kate  la  recorrió  rá- 
pidamente, y  leyó  en  voz  baja: 

«Cuando  reciban  ustedes  estas  líneas,  ya  no  estaremos 
»aquí.  Ned  ha  encontrado  una  salida  practicable,  y  hemos  re- 
» suelto  aprovecharla.  Ayer  por  la  noche  nos  faltó  el  valor 
»para  decírselo  á  ustedes;  hoy  por  la  mañana,  somos  demasia- 
»do  cobardes  para  esperarlas  y  despedirnos.  Marchamos  como 
»hemos  venido,  sin  prevenir,  pero  no  sin  pena.  Encontrarán 
»un  paquete  y  una  carta  en  nuestra  habitación;  sírvanse  en- 
»tregárselo3  á  Hale  cuando  vuelva.  Contienen  no  solamente 
>-una  débil  prueba  de  nuestro  reconocimiento  por  sus  bonda- 
»des  y  cariñosa  hospitalidad,  sino  también  la  causa  indirecta 
»que  nos  ha  procurado  gozar  los  encantos  de  su  compañía. 
» Guárdenlos  ustedes  en  lugar  seguro,  hasta  que  puedan  po- 
»nerlos  en  manos  del  destinatario.  Besamos  los  pies  de  su  ma- 
»dre.  Ned  quería  decir  algo  más,  pero  el  tiempo  apremia  y  no 
»le  permito  sino  besar  á  Mimi,  á  la  que  dirán  que  vamos  á 
» buscar  la  nieve  rosa. 

Jorge  Lee.» 

— No  estaba  en  condiciones  de  ponerse  en  camino— dijo 
tristemente  Josefina,  —  y  Dios  sabe  si  ese  camino  de  qu& 
habla  es  verdaderamente  practicable. 


46  LA   ESPAÑA   MODEENA 


— Lo  era  antes  de  ayer — dijo  Kate; — lo  encontró  y  lo  re- 
corrí sin  obstáculos  hasta  el  castañar. 

— ¡Entonces  eres  tú  la  que  ha  hablado! — exclamó  Josefina 
con  acento  de  amarga  queja. 

— ¡Yo! — respondió  Kate  indignada. — ¡Dios  mío,  no! 

Se  calló;  todo  el  alcance  de  aquella  enérgica  negativa  lo 
leía  en  los  ojos  húmedos  de  su  hermana,  y  se  avergonzó,  vol- 
viendo la  cabeza.  Josefina  la  abrazó  tiernamente,  y  dijo: 

— Nos  tratan  como  á  niñitas,  querida.  Ya  tomaremos  el 
desquite  más  tarde  ó  más  temprano.  Créeme,  esa  carta  y  ese 
paquete  dirigidos  á  John,  significan  algo;  pronto  lo  sabremos. 
¿Qué  puede  haber  en  esa  carta?  ¿Cuál  puede  ser  el  contenido 
de  ese  paquete? 

— Sin  duda  alguna  guasa  de  Lee — replicó  Kate  sordamen- 
te.— Es  capaz  de  considerar  todo  esto  como  una  broma,  de  fe- 
licitarse por  la  buena  jugada  que  nos  ha  hecho  viniendo  á  ins- 
talarse en  esta  casa. 

— ¡Con  su  pierna  rota!...  ¡Oh!  Kate,  eres  injusta  con  él 
como  lo  has  sido  con  su  amigo. 

— Voy  á  arreglar  el  cuarto  de  mi  cuñado — dijo  Kate  de 
pronto  disponiéndose  á  salir. — John  puede  llegar  de  un  mo- 
mento á  otro.  ¿Vienes  á  ayudarme? 

— Ahora  no;  iré  en  seguida — respondió  Josefina  no  sin 
cierta  vacilación. 

La  mañana  pareció  interminable  á  las  dos  hermanas;  tra- 
taron de  engañar  su  enojo. discutiendo  las  razones  de  marcha 
tan  repentina  con  su  madre,  la  cual,  más  'conmovida  que  sus 
hijas,  les  pintaba  con  negros  colores  las  consecuencias  de  tan 
imprudente  determinación;  ella  veía  á  los  dos  amigos  perdidos 
en  la  nieve,  sin  aguardiente,  sin  sales  aromáticas,  privados  de 
mantas  de  abrigo  y  nutritivas  gelatinas,  cuando  un  furioso 
ladrido  de  Spot  hizo  estremecer  á  las  tres  mujeres.  Se  miraron 
suspensas. 

— Son  ellos  que  vuelven — murmuró  Josefina  corriendo  ala 
ventana. 


BLOQUEADOS  POR   LA  NIEVE  47 


Un  jinete  avanzaba  hacia  la  casa,  pero  no  era  ni  Lee,  ni 
Falkner,  ni  siquiera  Hale,  sino  un  extranjero. 

— Tal  vez  nos  traiga  noticias — dijo  con  viveza  la  señora 
de  Scott. 

El  extranjero  que  acababa  de  ser  introducido  en  el  salón 
pareció  muy  desconcertado  al  no  encontrarse  allí  más  que  con 
mujeres. 

— Venía  por  John  Hale — dijo. 
— No  ha  regresado — contestó  Josefina. 
— Esto  era  para  sabido...  Sin  embargo,  ha  tenido  tiempo 
para  volver — replicó  el  extranjero. 

— Sin  duda  mi  marido  no  ha  podido  atravesar  el  puerto. 
Se  dice  que  el  camino  está  bloqueado. 

— Ya  no  lo  está.  Por  él  he  venido  yo  esta  mañana. 
— ¿No  ha  encontrado  usted...  por  casualidad...  á  alguien  en 
el  camino? — preguntó  Josefina  con  visible  ansiedad. 
— A  nadie. 

Siguió  un  silencio  á  esta  respuesta.  El  visitante  observó 
que  había  desaparecido  todo  el  interés  que  despertara  su  visi- 
ta, y  su  embarazo  aumentó.  Intentó,  sin  embargo,  con  un 
violento  esfuerzo  reanudar  el  diálogo. 

— ¿Apostamos  á  que  no  saben  ustedes  lo  que  ha  detenido  á 
Hale? — preguntó  á  todo  evento. 

— Sí,  lo  sabemos;  el  ataque  á  la  diligencia. 
—  ¡Está  bueno!  Si  yo  hubiera  sabido  que  estaban  ustedes 
al  corriente,  pardiez,  me  hubiese  quedado  en  casa.  Me  he 
puesto  en  camino  para  anunciárselo.  Porque,  ven  ustedes, 
John  Hale  había  despachado  un  hombre  con  un  billete  expli- 
cando la  cosa;  pero  los  bandidos  han  caído  sobre  él  y  le  han 
dejado  por  muerto  en  el  camino. 

— Sí,  ¿y  después? — dijo  Josefina  con  impaciencia. 
— Afortunadamente  el  hombre  no  estaba  muerto,  recobró 
el  conocimiento  y  se  arrastró  á  la  maleza  en  donde  yo  le  en- 
contré; entonces,  ven  ustedes,  lo  llevó  á  mi  casa. 

— ¡A  su  casa  de  usted! — exclamó  Josefina  estupefacta. 


48  LA   ESPAÑA  MODERNA 


— Pardiez,  sí — replicó  el  hombre. — Yo  soy  Thompson,  del 
desfiladero  de  Thompson;  no  es  muy  hermosa  mi  casa,  pero 
tal  corneo  es,  allí  transportó  al  particular.  Como  no  ha  podido 
encontrar  la  carta  de  su  marido,  hay  que  creer  que  los  bandi- 
dos le  registraron  y  se  la  quitaron;  así,  pues,  en  cuanto  esa 
condenada  de  nieve  lo  ha  permitido,  he  corrido  hacia  aquí 
para  contarles  la  aventura. 

— ¿Dice  usted  que...  el  Sr.  Lee  ha  estado  en  su  casa  de 
usted? — exclamó  Josefina. — ¿Que  está  allí  todavía? 

— ¡Cómo!  Yo  no  he  dicho  eso,  yo  digo  que  Bilson  ha  sido 
atacado  y  herido  por  Lee,  y  que  yo... 

— Sí,  sí,  perfectamente,  Josefina — dijo  Kate  con  voz  rápi- 
da y  sofocada  por  la  emoción  interponiéndose  súbitamente  en- 
tre Thompson  y  su  hermana,  pero  volviendo  hacia  ésta  un 
rostro  pálido  y  unos  ojos  que  la  ordenaban  callarse. — Sin 
duda,  ¿no  te  acuerdas  de  lo  que  contaban  los  chinos?  Solamen- 
te que  estaba  muy  confuso.  Continúe  usted,  señor,  se  lo  ruego 
— añadió  la  joven  procurando  serenarse; — decía  usted  que  el 
mensajero  de  mi  hermano  fue  herido  por...  Lee... 

— Ayudado  por  otro  tunante  llamado  Falkner.  Sí,  eso  es, 
pardiez. 

— Gracias,  su  historia  está  de  acuerdo  con  la  que  ya  cono- 
cíamos. Pero  usted  ha  dado  una  larga  caminata,  Sr.  Thomp- 
son; permita  que  le  ofrezca  una  copa  de  whisky  en  el  come- 
dor. Por  aquí,  hágame  el  favor. 

Ya  era  tiempo  de  que  saliese  el  extranjero.  Josefina  veía 
danzar  las  paredes  á  su  alrededor,  y  se  dejó  caer  en  una  silla 
con  un  sollozo  nervioso.  La  señora  de  Scott,  que  no  se  había 
movido  de  su  sitio,  miraba  angustiosamente  á  la  puerta,  espe- 
rando anhelante  el  regreso  de  Kate.  d 

Se  oyeron  al  fin  en  el  vestíbulo  los  pasos  de  Thompson, 
que  se  marchaba,  y  Kate  volvió  á  la  sala,  pálida,  pero  re- 
suelta. 

—  ¡Y  bien! — exclamaron  á  un  mismo  tiempo  Josefina  y  su 
madre. 


BLOQUEADOS    POR    LA    ÍÍIEVE  49 

— Pues  bien — respondió  gravemente  la  joven, — los  dos 
hombres  que  lian...  cogido  el  billete  de  John  á  su  mensajero 
son,  á  no  dudarlo,  Falkner  y  Lee. 

-   ¿Estás  segura?... — dijo  la  señora  de  Scott. 

— Es  imposible  el  error. 

— ¡Entonces! — dijo  triunfalmente  la  buena  señora  con  una 
irrefutable  lógica  de  mujer, — entonces  nada  me  hará  creer 
que  no  son  completatiienfe  inocentes. 

Esta  conclusión  suprema,  esta  soberana  expresión  de  sus 
secretas  y  comunes  creencias,  reunió  á  las  tres  mujeres  en  una 
conmovedora  y  tierna  comunión.  Vertieron  algunas  lágrimas 
y  cambiaron  algunas  caricias. 

— ¿Se  puede  imaginar — repuso  la  señora  de  Scott,  después 
de  un  prolongado  silencio — lo  que  ese  pobre  muchacho  ha  de- 
bido sufrir  para...,  para...  haber  hecho  eso  á  Bilson,  porque 
así  es  como  se  llama  ese  individuo,  no  es  verdad?  Sería  tal  vez 
oportuno  mandar  á  saber  de  él  y  enviarle  caldos  y  gallinas. 
Hay  que  tener  siempre  caridad,  hijas  mías,  y  tratar  de  obrar 
en  justicia,  porque  aun  cuando  haya  herido  al  Sr.  Lee  y  le 
haya  obligado,  por  decirlo  así,  á  tirar  sobre  él,  obedecía  tal 
vez  á  un  sentimiento  erróneo  deh  deber.  Además,  este  proce- 
der de  nuestra  parte  servirá  á  disipar  las  sospechas. 

■ — ¡Y  pensar — murmuró  Josefina — cuál  ha  debido  ser  su 
angustia  durante  su  estancia  aquí,  esperando  ver  entrar  á 
John  de  un  momento  á  otro!  Sin  embargo,  se  mostraban 
siempre  contentos,  siempre  alegres. 

— Estoy  persuadida — dijo  la  madre — de  que  si  se  hubiesen 
quedado  un  día  más,  nos  lo  hubieran  confesado  todo. 

Las  dos  hermanas  se  callaron.  Kate  pensaba  en  las  signifi- 
cativas palabras  de  Falkner  cuando  volvieron  de  su  último 
paseo;  Josefina  recordaba  el  sombrío  cuadro  trazado  por  Lee, 
y  reconocía  ahora  en  él  el  propio  retrato  del  joven.  De  pronto 
se  estremeció. 

— John  no  puede  tardar — dijo  sordamente. — ¿Qué  le  dire- 
mos? ¿Y  ese  paquete,  esa  carta? 

E.  M.— Julio  1902.  4 


50  LA   ESPAÑA   MODERNA 


— No  te  apresures  por  el  momento  á  decirle  nada — dijo  la 
madre  con  dulce  autoridad. — Es  una  contrariedad  que  Thomp- 
son liaj-a  venido  precisamente  hoy,  pero  no  estamos  obliga- 
dos á  tenerlo  en  cuenta  ni  á  haber  comprendido  todo  lo  que 
nos  ha  contado  sobre  el  mensajero  de  John;  nada  nos  obliga  á 
buscar  la  relación  que  pueda  existir  entre  lo  que  ha  dicho  y 
nuestros  comensales.  Además,  aunque  no  nos  hubiesen  traído 
la  carta  de  tu  marido,  estoy  segura  de  que  los  hubiera  recibi- 
do de  la  misma  manera;  es,  por  lo  tanto,  superfluo  insistir  so- 
bre este  incidente,  ó  mencionarlo  siquiera.  Es  sumamente  sen- 
cillo lo  que  ha  pasado:  hemos  recogido  á  dos  viajeros  sin  am- 
paro, esto  es  todo.  John — añadió  la  suegra  de  Hale — no  tiene 
ninguna  necesidad  de  saber  más.  En  cuanto  á  la  carta  y  al 
paquete,  reñexionaremos.  Sin  duda  el  último  contiene  algún 
presente  destinado  á  reconocer  la  hospitalidad  recibida.  Sería 
casi  indelicado  mostrar  demasiada  prisa  en  examinarlo. 

Al  día  siguiente  las  tres  mujeres  vieron  llegar  á  John,-  en 
unión  de  otros  jinetes.  John  parecía  otro  en  su  aspecto,  según 
opinión  de  su  familia,  y  á  medida  que  avanzaba,  la  señora  de 
Hale  se  decía  con  estupor  que  la  actitud  de  su  marido,  su 
manera  de  llevar  el  sombrero,  carecían  de  la  corrección  acos- 
tumbrada, y  que  cabalgaba  con  una  desenvoltura  á  la  vez  atre- 
vida y  descuidada.  I^a  extrañó  mucho,  y  su  inconsciente  irri- 
tación aúfaentó  cuando  observó  que  en  vez  de  la  acogida 
ceremoniosa,  cortés  y  casi  solemne  que  dispensaba  de  ordina- 
rio á  las  mujeres  de  su  hogar,  ostentaba  una  familiaridad  me- 
dio brusca,  medio  torpe,  que  jamás  le  había  visto.  Con  el 
mismo  tono  presentó  Hale  á  sus  compañeros  Clinch  y  Hawlins 
á  su  mujer,  y  ésta,  sin  saber  si  alegrarse  ú  ofenderse  de  aque- 
lla infracción  en  las  formalidades  de  sus  relaciones  diarias,  se 
felicitaba,  sin  embargo,  de  la  presencia  de  los  forasteros,  que 
retardaría  la  hora  temida  de  las  confidencias  conyugales. 

— Honradísimo  con  conocer  á  usted,  señora — dijo  el  Coro- 
nel Clinch,  recordando  de  repente  una  antigua  galantería,  he- 
redada sin  duda  de  algún  antiguo   antepasado  hugonote. — El 


BLOQUEADOS   POR    LA   NIEVE  51 

juez,  mi  amigo  (y  su  ademán  demostraba  que  era  Hale  á 
-quien  .designaba  con  aquel  título  improvisado),  el  juez  debe 
ser  más  estoico  que  un  ciudadano  romano,  para  abandonar 
una  familia  como  la  suya^  una  morada  como  ésta,  á  la  sola 
Toz  del  deber  público.  ¿Tengo  razón,  RaAvlins? 

— ¡Ya  lo  creo! — exclamó  enérgicamente  aquél,  que  com- 
partía la  admiración  de  su  mirada  entre  Kate  y  Josefina. 

— ¿Y  ese  deber  era  muy  severo  ó  muy  imperioso? — pregun- 
tó Josefina  sin  alzarlos  ojos  hacia  su  marido. 

— ¿A  quién  se  lo  dice  usted,  señora? — exclamó  Clinch  sen- 
tándose en  una  butaca  con  un  aplomo  que,  aun  cuando  fami- 
liar, no  tenía  nada  de  descortés. — Hace  ocho  días  que  estamos 
metidos  en  esta  empresa,  y  hasta  ahora  no  hemos  chocado  sino 
con  la  policía  de  seguridad.  En  cambio,  las  mejores  gentes  con 
que  hemos  tropezado  son  los  amigos  del  hombre  á  quien  per- 
seguimos, lo  que  hace  que  en  este  doble  punto  de  vista  haya- 
mos cambiado  nuestras  baterías.  El  juez  y  yo  conveníamos 
hace  un  momento  en  que  si  tuviéramos  que  estrechar  con  agra- 
do algunas  manos,  serían  las  de  Ned  Falkner  y  de  Jorge  Lee. 

— Los  dos  jefes  de  ja  banda  de  ladrones  que  han  atacado  y 
desbalijado  la  diligencia — añadió  Hale  con  el  tono  doctoral 
con  que  se  complacía  en  explicar  y  precisar  los  hechos. 

Las  tres  mujeres  se  miraron  con  una  muda  acción  de  gra- 
cias en  sus  ojos  elocuentes.  Sin  comprender  todo  lo  que  el  Co- 
ronel acababa  de  decir,  veían  bien  que*  aquellos  á  quienes  re- 
cogieran estaban  en  adelaníe  al  abrigo  de  toda  persecución. 

— Sí,  señoras — añadió  el  Coronel,  inspirado  por  los  hermo- 
sos ojos  que  se  fijaban  en  él  con  marcada  benevolencia.  Así  es. 
Cierto  que  no  nos  hemos  apuntado  todavía  como  salteadores 
de  caminos;  pero,  mi  palabra  de  honor,  que  si  se  presentara 
el  caso  en  cuestión,  obraríamos  de  la  misma  manera. 

Después,  con  la  fraseología  florida  é  hiperbólica  del  hom- 
bre acostumbrado  á  la  tribuna  política,  Clinch  refirió  el  ataque 
.  de  la  diligencia  y  el  papel  que  en  él  había  desempeñado.  Insis- 
tió sobre  el  engaño  y  la  mala  fe  que  habían  impulsado,  sin 


LA    ESPAÑA   MODERKA 


duda  alguna,  á  Falkner  á  tomar  ^posesión  de  su  bien  bajo  la. 
egida  de  Lee,  mediante  un  acto  de  violencia.  Añadió  que  des- 
pués, en  la  estación  del  Gato  Salvaje,  había  sabido  que  Har- 
kins  se  había  fugado,  que  se  había  entablado  contra  él  la  ac- 
ción judicial  por  la  compañía  de  las  minas  de  Excelsior,  y  que 
el  procurador  había  decretado  el  secuestro  de  todos  los  bienes. 
y  efectos  del  delincuente. 

Clinch  terminó  diciendo: 

— Todavía  no  se  ha  probado  nada,  pero  yo  estoy  comple- 
tamente seguro  de  lo  que  ha  ocurrido.  Lee,  que  es  un  antiguo 
compañero  de  Ned,  ha  preparado  el  golpe  para  servirle,  y 
Falkner  se  ha  largado  con  ese  dinero  que  en  el  fondo  es  suyo. 
Por  mi  parte  me  alegro  mucho;  no  puedo  alabarme  de  haber 
contribuido  en  gran  cosa  á  semejante  resultado,  si  no  es  po- 
niéndome delante  de  los  policíacos  é  indicándoles  una  falsa  pis- 
ta. Mi  excelente  amigo,  el  juez,  no  puede  quejarse;  no  ha  teni- 
do mala  mano  en  esta  partida  y  no  ha  calvecido  de  triunfos, 
porque  mientras  estaba  aún  en  casa  de  Hennicker  requebran- 
do á  su  bonita  hija  para  sacar  la  verdad,  Stanner  volvió  al  lu- 
gar con  una  especie  de- comité  de  vigilancia  formado  por  los 
pasajeros  de  la  diligencia,  y  por  hacer  mal,  sencillamente,  ha 
tratado  de  incendiar  el  inmueble  de  Hennicker.  Entonces  nues- 
tro bravo  juez  ha  tomado  cartas  en  el  asunto  y  ha  desbarata- 
do  el  juego   de  su  adversario,  que  no  ha  pedido  el  desquite. 

— Stanner  lo  tomaba  desde  muy  alto,  convenga  usted  en 
ello,  y  merecía  una  lección — dijo  Hale  ligeramente  desconcer-^ 
tado  por  la  primer  mirada  directa  que  su  mujer  le  dirigía,  y  vol- 
viendo instintivamente  á  sus  antiguos  modales. — Y  bien  pensa- 
do, los  procedimientos  de  esa  clase  son  más  injustificados  toda- 
vía que  el  robo  á  mano  airada,  perpetrado  por  Falkner  y  Lee. 
Stanner,  amparándose  con  los  augustos  nombres  de  la  ley  y  del 
orden,  satisfacía  un  rencor  personal,  mientras  que  si  se  puede 
formular  una  opinión  sobre  los  hechos  que  después  he  conocido, 
el  acto  criminal  que  queríamos  castigar  no  es,  á  lo  'sumo,  sino- 
una  manera  audaz  é  irregular  de  recobrar  el  bien  robado. 


BLOQUEADOS    POR   LA   NIEVE  53 

— No  dudo,  John,  que  todo  lo  que  has  hecho  esté  bien  he- 
<jho — dijo  Josefina  fríamente, — aunque  no  entienda  nada  de 
-ello.  Pero  supongo  que  estos  señores  almorzarán  con  nosotros, 
y  mientras  tanto  espero  que  me  perdonarán  si  les  dejo.  Esta- 
mos muy  m'al  de  servicio  en  estos  momentos;  Manuel  ha  se- 
guido el  ejemplo  del  amo,  y  se  ha  puesto  en  persecución  de 
-alguien  ó  de  algo. 

Las  tres  mujeres  se  retiraron,  y  en  cuanto  estuvieron  so- 
las, dijo  Kate  con  firmeza: 

— Siendo  así  las  cosas,  ¿no  vale  más  decir  ahora  toda  la 
verdad? 

— De  ninguna  manera — replicó  perentoriamente  la  señora 
-de  Scott. — ¿Creéis  que  ellos  se  apresurarán  á  decirnos  toda  la 
verdad?  ¿Quiénes  son  esos...  Hennicker?  ¿Dónde  han  pasado 
■estos  ocho  días? 

— ¿Y  habéis  observado  el  sombrero  de  John  cuando  ha  en- 
trado?— preguntó  Josefina  irónicamente, — ¿y  ese  vulgar  apodo 
del  Juez  con  que  le  han  bautizado? 

— Jamás  hemos  visto  nada  tan  desagradable  como  la  odio- 
sa familiaridad  de  ese  Cliucli — añadió  desdeñosamente  Kate. 
— I  Qué  contraste  con  los  modales  de  Falkner! 

Durante  el  almuerzo  las  tres  santas  mujeres,  encastilladas 
«n  su  posición  inexpugnable,  consiguieron  fácilmente  con  su 
actitud  reducir  á  Hale  y  á  sus  dos  amigos  á  una  sumisión  llena 
de  apología,  mezclada  á  un  vago  arrepentimiento.  Pero  el 
triunfo  dé  las  primeras  fue  de  corta  duración,  porque  antes  de 
terminar  el  almuerzo  vino  á  interrumpirle  el  ruido  de  caba- 
llos, seguido  de  repetidos  golpes  en  la  puerta.  Inmediatamen- 
te Stanner  entró  con  decisión  en  el  comedor.  Hale  se  levantó 
con  un  gesto  de  cólera. 

— Creí — dijo  con  despreciativa  altivez — haberle  manifesta-. 
do  de  una  manera  bastante  terminante  que   no   deseaba   su 
compañía,  y  me  asombra  la  audacia  que  demuestra  usted  al 
presentarse  en  mi  casa,  sobre  todo  después... 

— ¿Después  del  susto  que  le  dieron  los  policías  en  casa  de 


54  LA   ESPAÑA   MODERNA 


Hennicker,  cuando  hacía  usted  el  amor  á  la  hermosa  Zenobia  y. 
no  es  verdad? — exclamó  insolentemente  Stanner. — Vaya,  no 
me  haga  usted  responsable  de  ese  asunto.  Hoy  vengo  con  una. 
misión,  misión  legal,  ¿comprende  usted?  Si  necesita  usted  ga~ 
rantías,  se  le  darán.  Usted  no  ha  visto  una  orden  de  deten- 
ción y... 

— Lo  que  yo  veo — exclamó  Hale  furioso — es  que  está  usted 
aquí,  y  si  no  se  marcha... 

— ¡Poco  á  poco!  ¡Tened  cuidado! — dijo  Stanner  alzando  la. 
voz  para  hacerse  oir  de  los  cinco  hombres  de  su  escolta  esta- 
cionados en  el  vestíbulo. — Aquí  no  puede  usted  atropellarnos,. 
Coronel  Clinch,  á  menos  que  no  prescinda  usted  del  Estado  de 
California.  He  aquí  lo  que  me  trae.  Un  mestizo  mejicano,  lla- 
mado Manuel,  que  ha  sido  detenido,  ha  declarado,  bajo  jura- 
mento, que  vio  á  Jorge  Lee  y  á  Eduardo  Faikoer  en  esta  casa, 
la  noche  siguiente  al  robo  de  la  diligencia.  Afirma  además 
que  los  dos  bandidos  se  encontraban  aquí  como  en  su  casa,  y 
juzgando  por  la  ayuda  que  hasta  aquí  nos  ha  prestado  usted,, 
me  hace  creer  que  el  prisionero  ha  dicho  la  verdad. 

— ¡Es  una  infame  mentira! — exclamó  Hale  fuera  de  si. 
— Podría  ser  que  fuera  verdad — dijo  dulcemente  la  señora 
de  Scott  poniéndose  en  pie. — Escucha,  John.  Un  hombre  gra- 
vemente herido,  conducido  por  un  amigo  suyo,  vino  á  pedir 
un  refugio  en  tu  casa  contra  la  nieve  y  el  frío.  La  madre  de 
tu  mujer  hubiera  juzgado  una  indignidad  el  no  recibirlos.  El 
herido  ha  marchado  en  cuanto  ha  podido  moverse,  dejanda 
una  carta  para  ti,  en  la  cual,  seguramente,  dirá  si  es  él  el  que 
buscan  estos  agentes. 

— Gracias,  mamá — dijo  Hale  estrechando  afectuosamente 
la  mano  de  su  suegra. — Diga  usted  también  á  estos  hombres- 
que  el  marido  de  su  hija  de  usted  hubiera  obrado  de  la  misma, 
manera,  y  que  es,  por  lo  tanto,  inútil  abrir  esa  carta,  ni  rete- 
ner por  más  tiempo  al  Sr.  Stanner. 

— Exijo  yo  que  se  lea  delante  de  estos  sefiores — dijo  de  re- 
pente Josefina,  recobrando  á  la  vez  su  energía  y  su  valor. — 


BLOQUEADOS   POR    LA    NIEVE  OO 

Síganme  ustedes,  les  ruego — añadió  con  un  tono  que  no  ad- 
mitía réplica,  precediéndoles  en  la  escalera. 

Cuando  estuvieron  todos  reunidos  en  el  cuarto  de  Hale, 
vieron  colocados  en  una  mesa  un  paquetito  y  una  carta.  Sfcan- 
ner,  aturdido  al  pronto  por  el  giro  que  tomaba  la  entrevista, 
devoró  el  paquete  con  los  ojos. 

Josefina  entregó  la  carta  á  su  marido;  reinaba  un  silencio 
de  plomo.  Hale  leyó  lo  que  sigue: 
«John  Hale: 

» Usted  se  ha  constituido  voluntariamente  en  instrumento 
»de  la  justicia  para  perseguirnos;  nosotros  teníamos  derecho 
»al  campo  abierto,  á  la  lucha  leal.  Usted  nos  lo  ha  negado. 
»Una  casualidad  nos  ha  traído  á  su  casa  de  usted,  al  seno  de 
»su  familia;  aquí  combatíamos  con  armas  iguales  y  hemos 
»sido  lealmente  vencidos.  Le  dejamos  los  billetes  de  Banco 
«quitados  al  Coronel  Clinch  en  la  diligencia  de  las  Sierras, 
«dinero  que  antes  fue  robado  por  Harkins  á  cuarenta  y  cuatro 
«accionistas  de  ¡las  minas  de  Excelsior.  ISTo  nos  incumbe  á  nos- 
» otros  decir  á  usted  el  uso  que  debe  hacer  de  esa  suma;  pero 
»si  no  se  ha  cansado  usted  de  caminar  por  la  vía  de  esa  justi- 
»cia  que  le  ha  lanzado  sobre  nuestras  huellas,  tal  vez  vuelva 
»á.su  legítimo  propietario. 

«Dejamos  también  á  usted  otro  recuerdo,  que  le  probará 
«que  al  njezclarnos  en  sus  asuntos  hemos  tenido  la  suerte  de 
«prestarle  un  ligero  servicio,  servicio,  por  lo  demás,  tan  pu- 
«ramente  accidental,  como  nuestra  presencia  en  esta  casa. 
«Encontrará  usted  en  un  rincón  del  armario  de  su  cuarto  un 
«par  de  botas,  quitadas  de  los  felones  pies  de  Manuel,  su  cria- 
»do,  el  cual,  figurándose  que  sus  amas  estaban  solas  y  sin  pro- 
«tector,  penetró  en  la  casa  con  un  cómplice,  en  la  noche  del 
«21  del  corriente,  y  se  vio  descubierto,  castigado  y  expulsado 
«por  los  muy  humildes  servidores  de  usted 

«JoRG-E  Lee  y  Eduakdo  Falkner.» 
La  voz  d<5  Hale  tembló  y  sus  labios  palidecieron  al  leer  las 
últimas  líneas;  se  volvió  hacia  su  mujer  con  un  brusco  rao  vi- 


56  LA    ESPAÑA    MODERNA 


miento  de  espanto  y  de  protección.  Kate  se  dirigió  precipita- 
damente al  armario,  y  aparecieron  las  botas. 

—  ¡Ya  sospecliábamos  que  había  ocurrido  algo  extraño 
aquella  noche! — exclamaron  las  señoras  de  Hale  y  de  Scott. 

— Todo  eso  está  muy  bien — dijo  Stanner,  adelantándose 
hacia  la  mesa. — Jorge  Lee  puede  decir  lo  que  guste.  Lo  impor- 
tante es   que  estén  aquí   los  billetes.   Sírvase  entregármelos. 

— Un  momento — dijo  Hale  con  sangre  fría. — Este  paque- 
te, si  no  me   engaño,  pertenece  al  Coronel  Clincli,  ¿no  es  así? 

— Exactamente — replicó  Clinch. 

— Así,  pues,  tómelo  usted — dijo  Hale,  entregándole  el  pa- 
quete. — La  primera  restitución  le  corresponde  á  usted  por  dere- 
cho, pero  estoy  seguro  de  que  los  deseos  de  Lee  serán  ejecuta- 
dos al  pie  de  la  letra  por  usted  como  lo  hubieran  sido  por  mí. 

— Permita,  permita — exclamó  Stanner,  interponiéndose 
furiosamente. — Tengo  una  orden  que  me  autoriza  á  apoderar- 
me de  ese  paquete  allí  donde  se  encuentre.  Les  intimo  á  que 
no  se  opongan  á  ello. 

— Señor  Stanner — dijo  Clinch  fríamente, — hay  aquí  seño- 
ras. Si  persiste  usted  en  reclamar  este  paquete,  las  rogaré  que 
se  retiren,  porque,  siento  manifestárselo,  me  encuentro  para 
resistir  un  segundo  ataque  en  mejores  condiciones  que  cuando 
el  primero.  La  orden  de  usted  es  en  nombre  de  la  Compañía 
de  Mensajerías,  ¿no  es  así?  Pues  bien,  está  anulad^  en  virtud 
del  proceso  instituido  anteayer  y  del  secuestro  dictado  sobre 
los  bienes  del  estafador  Harkins,  que  ha  desaparecido.  Hubie- 
ra sido  prudente  consultar  con  el  juez  acerca  de  los  poderes 
de  usted  antes  de  presentarse  aquí,  Sr.  Stanner. 

Stanner  vio  el  lazo  en  que  había  caído;  pero  haciendo  un 
alarde  de  audacia  ante  las  sonrisas  burlonas  de  sus  hombres, 
respondió  insolentemente,  volviendo  la  espalda: 

— ¡Aún  no  he  dicho  mi  última  palabra,  se  lo  prevengo! 

— ¿De  veras? — exclamó  Clinch  con  ironía. — ¿Me  hará  us- 
ted, por  fin,  el  honor  de...? 

— En  adelante  tratará  usted  con  los  hombres  de  ley  de  la 


BLOQUEADOS    POR  LA   NIEVE  67 

Oompañía — dijo  Sfcanner  sin  recoger  el  desafío,  y  salió  preci- 
pitadamente, seguido  de  sus  testaferros. 

— Así,  pues,  señora — dijo  el  Coronel  á  la  señora  de  Scott, 
— ha  albergado  usted  durante  toda  una  semana  á  un  bandido. 
Digo  intencionadamente  un  bandido,  porque  sería  injusto  ca- 
lificar así  á  mi  joven  amigo  Falkner  por  esa  única  aventura. 
Si  se  lia  dejado  arrastrar  á  ese  ataque  armado,  es  que  obraba 
bajo  una  fuerte  provocación  y  á  instigación  de  Lee,  un  amigo, 
un  camarada,  al  cual  se  habrá  dirigido  en  su  desesperación. 

Kate  dirigió  una  mirada  significativa  y  victoriosa  á  su  her- 
mana, que  bajó  los  ojos.  Conmovida  y  arrepentida,  la  joven 
preguntó  dulcemente: 

— ¿Ese  Lee,  es  en  realidad  un...  bandido? 

— Jorge  Lee — contestó  Clinch  con  su  tono  de  tribuno, — se- 
ñorita, es  un  bandido  si  usted  quiere,  pero  no  un  bandido  vul- 
gar. Pertenece,  señoras,  á  una  de  las  familias  más  antiguas  de 
Maryland.  No  se  ha  mezclado  jamás  sino  en  empresas  de  gran 
calibre  y  tiene  educación.  Las  mujeres  y  los  niños  le  adoran; 
puede  alabarse  de  no  haber  hecho  llorar  nunca  á  la  belleza  ni 
escandalizado  á  la  inocencia.  Me  atrevo  á  decir  que  es  así  como 
lo  han  juzgado  ustedes. 

— Lo  declaro  en  alta  voz  j  contra  todos — dijo  la  señora  de 
Scott. — Jorge  Lee  es  un  caballero. 

— Su  única  falta,  si  lo  es — añadió  pensativamente  Clinch, — 
es  su  audacia  en  el  juego,  y  esto  no  afea  á  un  hombre  distin- 
guido. Jorge  se  entrega  al  gran  juego,  al  juego  brillante,  des- 
lumbrador, pero,  que  me  perdone  el  decirlo,  al  juego  incierto. 
No  le  he  ocultado  mi  opinión;  este  es  el  único  punto  en  el  cual 
no  nos  entendíamos. 

— ¿Le  conoce  usted? — preguntó  Josefina  dirigiendo  una 
dulce  mirada  al  Coronel. 

— Tengo  ese  gusto,  señora. 

— ¿Corresponde  su  exterior  á  semejante  semblanza,  queri- 
da Josefina? — preguntó  Hale  con  su  tono  correcto. — ¿Com- 
prendes lo  que  quiero  decir? 


58  LA   ESPAÑA   MODERNA 


— Me  ha  parecido  sencillo  y  natural — respondió  Josefina 
con  una  ligera  contracción  de  sus  labios. — No  lleva  sus  panta- 
lones remangados  cuando  está  con  mujeres,  como  los  llevas  tú 
en  este  momento;  no  entró  en  mi  casa  con  el  sombrero  puesto 
como  lo  hiciste  tú  esta  mañana;  si  lo  hubiera  intentado,  pro- 
bablemente le  hubiese  negado  la  entrada. 

— Coronel,  ¿va  usted  á  entregar  ese  paquete  al  Sr.  Falkner 
en  persona? — se  apresuró  á  preguntar  la  señora  de  Scott  cor- 
tando aquel  diálogo. 

— Lo  depositaré  en  las  oficinas  de  la  compañía  de  Excel- 
sior  -  contestó  Clinch; — pero  prevendré  á  Ned. 

— Entonces — :5epuso  la  señora — ¿tendrá  usted  la  bondad  de 
encargarse  de  un  mensaje  para  él? 

— A  sus  órdenes,  señora. 

—  Yo  se  lo  agradeceré  á  usted  mucho,  Coronel — dijo  con 
calor  Hale 

Aquel  mensaje  hizo  que  seis  meses  después  volviese  Eduar- 
do Falkner,  Intendente  de  las  minas  de  Excelsior,  á  la  meseta 
de  las  Águilas.  Como  en  otro  tiempo  Kate  y  él,  de  pie  en  el 
terrado,  contemplaban. juntos  las  lejanas  vertientes  revestidas 
de  lujuriante  vegetación.  El  joven  dijo  de  repente: 

— Todo  está  como  el  día  en  que  vi  esta  casa  por  primera 
vez;  nada  ha  cambiado,  á  no  ser,  sin  embargo,  su  hermana 
de  usted. 

— No  la  sienta  nada  bien  este  sitio — respondió  tristemente 
la  joven. — Tanto  es  así,  que  mi  cuñado  ha  resuelto  dejar  las 
Águilas  antes  de  que  comience  el  invierno. 

— ¡Qué  lástima!— exclamó  Falkner. — Las  últimas  palabras 
que  Jorge  me  dirigió  al  marchar  para  reunirse  con  su  primo 
en  el  ejército  de  Rappahannock  fueron  éstas:  «Si  no  me  ma- 
tan, Ned,  espero  encontrarme  algún  día  en  las  Águilas,  aso- 
mado á  la  ventana  con  la  señora  de  Hale  y  verte  regresar  á  la 
casa  con  Kate.» 

Bret  Harte. 


POETAS  AMERICANOS 


SU  RSU  M 


Musa  del  ideal,  fúlgida  y  bella, 
Que  dejas  al  pasar,  como  un  meteoro, 
Todo  el  fulgor  de  la  primera  estrella, 
Todas  las  notas  de  las  arpas  de  oro. 

Tú^  la  paloma  blanca  del  Carmelo, 
La  hermosa  como  Venus  Citerea. 
¡Deja  que  rasgue  de  la  farsa  el  velo, 
Deja  surgir  con  libertad  la  idea! 

¡Deja  que  llegue  á  mí,  deja  que  al  alma 
Suba  la  inspiración,  germen  fecundo. 
Como  el  dorado  polen  de  la  palma. 
Como  el  ardiente  soldé  un  nuevo  mundo! 

Quiero  pulsar  la  cítara  vibrante. 
La  que  fustigue  al  universo  entero, 
La  que  pulsaba  en  los  infiernos  Dante, 
Y  en  la  cuna  de  Sócrates,  Homero. 

¡Quiero  pulsar  la  que  sin  tregua  impere, 
La  que  es  del  numen  vigorosa  arteria, 
Porque  jamás  la  poesía  muere 
Como  el  himno  sin  voz  de  la  materia! 


60  LA    ESPAÑA   MODERNA 


Ella  es  la  vena  azul  que  se  dilata 

Y  bajo  el  bosque  secular  murmura, 
Como  la  luz  de  la  mañana,  grata, 
Como  la  luz  de  la  mañana,  pura. 

Ella,  el  astro,  la  espuma  y  el  celaje^, 
El  águila  caudal  de  inmenso  vuelo, 
Midiendo  lo  grandioso  del  paisaje 
Bajo  el  cerúleo  pabellón  del  cielo. 

¡Eva  gentil  que  arrulladora  pasa 
Al  través  de  las  noches  y  los  días. 
Como  un  querub,  cuya  flotante  gasa 
Sembrando  fuera  besos  y  armonías! 

¡Oh,  nunca  corazón,  necios  ardores 
Te  lleven  á  buscarla  torpemente. 
Donde  imita  sus  fatuos  resplandores 
Todo  lo  vil  que  prostituye  y  miente! 

Búscala  en  el  azul  del  firmamento, 
En  el  brillante  cáliz  de  las  rosas. 
En  los  mundos  de  luz  del  pensamiento, 

Y  en  las  noches  del  genio,  misteriosas. 

Y  luego  de  laurel  orla  su  frente; 
Con  redes  de  azahar  deten  su  vuelo, 
¡Que  al  fin  es  ella,  para  el  estro  ardiente. 
La  escala  de  Jacob  que  lleva  al  cielo! 

Eugenio  C.  Noe, 

Uruguayo. 


PANTEÓN  NACIONAL  DE  ESPAÑOLES  ILUSTRES 


Casi  todos  los  años,  cuando  se  aproxima  el  mes  de  Noviem- 
bre, acostumbro  hacer  una  excursión  á  los  cementerios  públi- 
cos de  Madrid  para  visitar,  en  memoria  de  los  muertos  amados 
de  mi  propia  sangre  que  duermen  lejos  de  esta  población  don- 
de vivo  hace  cuarenta  años,  los  amigos  muertos  que  aquí  des- 
cansan en  sus  solitarias  tumbas.  El  año  último  preferí  á  los 
cementerios  abiertos,  los  que  por  disposiciones  gubernativas 
se  han  cerrado  desde  hace  algunos  años.  ¡Que  impresiones  re- 
cibí en  ellos! 

En  su  mayor  número,  al  estrago  de  la  muerte  se  junta  el 
estrago  del  abandono  y  de  las  ruinas,  que  cada  año  son  ma- 
yores. 

Comuniqué  estas  impresiones  con  mi  antiguo  amigo,  casi 
condiscípulo,  el  Conde  de  las  Almenas,  y  ambos  discurrimos  que 
había  que  hacer  algo  para  salvar  de  su  pérdida  inminente  las 
reliquias  venerandas  de  tantos  hombres  ilustres  que  mañana 
acaso  buscará  la  historia.  Escribir  algunos  artículos  de  perió- 
dico no  era  bastante  palanca  para  obtener  ninguna  resolución 
eficaz.  Nos  pareció  que  había  que  hacer  más  práctica  la  inicia- 
tiva, é  ignorantes  él  y  yo  de  los  proyectos  que  estos  últimos 
días  han  tenido  realización  en  el  traslado  de  las  cenizas  de  Es- 
pronceda,  Larra  y  Rosales  desde  San  Nicolás  y  San  Martín  al 


62  LA    ESPAÑA   MODERNA 


sarcófago  que  se  les  ha  dispuesto  en  San  Justo,  los  dos  pensa- 
mos en  la  necesidad  de  la  creación  de  un  Pmiteón  Nacional  de 
hombres  ilustres;  que  esta  proposición  debía  ser  llevada  al  Par- 
lamento redactada  en  un  proyecto  de  ley,  y  que  el  preámbulo 
que  le  precediese  correspondiera  á  la  importancia  de  lo  que  se 
deseaba.  Este  proyecto  había  de  ser  llevado  por  él  al  Senado, 
puesto  que  yo  no  he  tenido  jamás  asiento  en  ninguna  de  las 
Cámaras  legislativas,  y  mi  muerto  amigo  ¡Dios  se  lo  pague! 
teniendo  de  mis  humildes  talentos  idea  muy  superior  de  la  que 
merecen,  se  empeñó  en  que  yo  fuera  quien  redactase  el  esbozo 
de  este  documento,  sin  perjuicio  de  amoldarlo  después  á  las  exi- 
gencias prácticas  del  plan  que  nos  proponíamos  llevar  á  cabo. 

Indudablemente,  después  de  terminados  mis  borradores  y 
puestos  en  su  poder,  ó  debió  informarse  de  lo  que  mi  ilustre 
amigo  el  Sr.  Núñez  de  Arce  al  cabo  ha  logrado  poner  en  eje- 
cución, ó  pensó  oportuno  dilatar  la  corrección  y  presentación 
de  la  proposición  de  ley  para  más  adelante.  La  muerte  le  sor- 
prendió teniendo  toda  su  gestión  paralizada  y  en  su  carpeta 
mis  borradores,  y  ahora  que  en  la  Sacramental  de  San  Justo 
la  obra  del  Sr.  Núñez  de  Arce  se  ha  inaugurado,  mediante  el 
favor  del  señor  Marqués  del  Llano  de  San  Javier,  que  ha 
tenido  la  bondad  de  atender  la  reclamación  de  mis  cuartillas 
que  guardaba  su  señor  padre,  devolviéndomelas,  no  6reo  inútil 
darlas  á  la  estampa  en  la  forma  en  que  en  Noviembre  último 
las  redacté,  pues,  en  mi  entender^  el  problema  fundamental 
que  en  ellas  se  trata  no  está  todavía  definitivamente  resuelto, 
á  pesar  de  la  plausible  creación  del  Panteón  de  San  Justo. 

He  aquí  ahora  nuestro  proyecto: 

II 

EXPOSICIÓN    DE    MOTIVOS 

«Las  efemérides  venturosas,  así  de  la  Monarquía  española 
como  de  todos  los  demás  Estados  que  se  rigen  por  este  género 


PANTEÓN    NACIONAL   DE    ESPAÑOLES   ILUSTRES  63 

de  instituciones,  de  tiempo  inmemorial  y  con  uniforme  espíri- 
tu, han  sido  celebradas,  no  sólo  con  el  aparato  de  las  fiestas 
que  patentizan  la  identidad  de  sentimientos  de  los  pueblos  y 
de  los  Monarcas  en  ciertos  momentos  de  júbilo  y  de  esperan- 
zas comunes,  sino  con  otros  actos  de  conmemoración  perma- 
nente que  confirmen  el  recuerdo  perenne  de  aquellas  festivi- 
dades. 

Hace  más  de  un  siglo  que  España  no  goza  de  una  manera 
normal  el  momento  solemne  de  la  sucesión  de  la  Corona,  la 
institución  secular  sustantiva  que  entraña,  á  través  de  los  si- 
glos 3^  entre  las  diversas  vicisitudes  del  tiempo,  nuestro  modo 
político  de  ser.  La  sucesión  de  Carlos  IV  fue  resultado  triste  y 
oneroso  de  un  motín  cívico-militar,  seguido  de  un  conato  de 
destronamiento  de  la  dinastía  española,  de  una  guerra  desola- 
dora de  emancipación  ó  independencia,  de  un  duro  ostracismo 
y  de  una  penosa  cautividad.  La  sucesión  de  Fernando  VII  en- 
cendió una  guerra  de  derecho  cuyos  sangrientos  chispazos  y 
cuya  terca  obstinación  no  se  han  extinguido  todavía.  La  su- 
cesión de  Isabel  II,  que  silenciosa  observa  desde  extranjero  te- 
rritorio los  accidentados  sucesos  que  han  venido  sobre  la  patria 
desde  su  tumultuosa  caída,  fue  la  primera  consecuencia  de  una 
revolución,  que  aunque  no  cebada  en  los  trágicos  episodios  de 
otras  revoluciones  que  las  últimas  generaciones  han  presen- 
ciado en  otras  partes,  al  fin  produjo  una  interrupción  prolon- 
gada en  la  vida  pública  de  España,  ensayos  de  exóticas  insti- 
tuciones, hondas  discordias  y  guerras  populares,  una  nueva 
renuncia  de  derechos  bajo  el  yugo  del  destierro,  peligrosos 
destellos  de  una  anarquía  disolvente  y  la  reanudación  al  cabo 
de  la  historia  nacional  por  todos  ambicionada,  en  medio  de 
un  ejército  en  campaña. 

Hecha  felizmente  la  concordia  civil,  todavía  España  tuvo 
la  desventura  de  tener  que  apurar  la  última  copa  de  tantas 
amargas  libaciones,  viendo  desaparecer  temprana  y  prematu- 
ramente la  bizarra  y  juvenil  figura  del  Rey  Don  Alfonso  XII, 
en  quien  tantas  nobles  esperanzas  de  resurrección  la  patria 


64  LA   ESPAÑA    MODERNA 


había  depositado,  dejando  en  la  incertidumbre  el  dado  de 
nuestros  destinos,  pues  el  que  había  de  heredar  su  derecho  so- 
berano no  había  nacido,  y  la  dirección  suprema  de  nuestra 
suerte  de  todas  maneras  quedaba  entregada  á  la  larga  aunque 
sabia  tutela  de  la  maternidad  y  del  solio. 

El  plazo  legalmente  establecido  en  nuestra  ley  fundamen- 
tal está  inmediato  á  su  término.  La  mayoría  del  E-ey  Don  Al- 
fonso XIII*dentro  de  breves  meses  ha  de  ser  declarada  consti- 
tucionalmente,  y  para  solemnizar  un  suceso  tan  deseado  y  tan 
venturoso,  y  para  que  su  recuerdo  quede  indisolublemente 
unido  á  una  obra  cuya  eficacia  perenne  se  confunda  con  la 
historia  y  las  glorias  de  la  patria,  me  ha  de  permitir  el  Sena- 
do me  atreva  á  proponer  á  su  resolución  un  proyecto  que,  va- 
rias veces  intentado  en  el  siglo  precedente  bajo  la  inspiración 
momentánea  de  los  fanatismos  de  parcialidad,  debe  revestir 
ahora,  si  el  Senado  lo  gradúa  digno  de  su  consideración,  eco 
simpático  de  remuneraciones  nacionales,  no  á  los  que  viven^ 
sino  á  los  que  murieron  con  la  aureola  de  grandes  servicios^ 
de  grandes  posiciones  y  de  grandes  talentos,  con  los  que  de- 
terminaron el  archivo  de  nuestra  historia  con  caracteres  inde- 
lebles de  una  gloria  inmortal.  Tal  es  el  objeto  de  la  fundaciÓBL 
de  un  Panteón  Nacional  de  españoles  ilustres. 

Circunstancias  especiales  que  después  han  de  ser  manifes- 
tadas, dan  al  pensamiento  que  tengo  el  honor  de  traer  á  la. 
consideración  del  Senado  el  carácter  de  posibilidad,  oportuni- 
dad, facilidad  y  conveniencia  que  ha  de  presidir  á  su  realiza- 
ción. 

Los  legisladores  que  en  1837  expidieron  los  decretos-ley  de 
6  y  10  de  Noviembre  del  año  referido  para  la  creación  de  este 
Panteón  Ng^cional;  el  Ministro  de  Fomento,  que  en  1869  expi- 
dió el  decreto  de  31  de  Mayo  y  autorizó  los  actos,  después 
frustrados,  que  fueron  su  consecuencia,  obedeciendo  en  una  y 
otra  disposición  á  miras  realmente  estrechas  y  ocasionales,  y 
sin  tiempo  ni  estudio  bastante  para  dar  una  solución  consis- 
tente á  los  planes,  que  ya  el  espíritu  de  partido,  ya   el   ansia 


PANTEÓN  NACIONAL    DE   ESPAÑOLES   ILUSTRES  65 


de  la  imitación,  les  sugirieron,  trataron  de  realizar  una  em- 
presa que  no  es  viable  sino  por  medios  prácticos  de  ejecu- 
ción que  previamente  aseguren  su  consistencia. 

Los  legisladores  de  1837  decretaban  el  establecimiento,  en 
lo  que  fue  y  es  en  la  actualidad  monumental  iglesia  de  San 
Francisco  el  Grande,  y  á  la  sazón  se  hallaba  en  punible  aban- 
dono, de  un  Panteón  Nacional,  al  cual  mandaron  se  traslada- 
ran con  la  mayor  pompa  posible  los  restos  de  los  españoles 
ilustres  á  quienes,  cincuenta  años,  al  menos,  después  de  muer- 
tos, considerasen  las  Cortes  dignos  de  aquel  bonor.  El  Sr.  Ruiz 
Zorrilla,  Ministro  de  Fomento  en  el  Gobierno  del  Poder  Eje- 
cutivo, que  creó  la  revolución  de  1868,  decretó  en  31  de  Mayo 
del  año  posterior  que,  en  solemnidad  de  haberse  proclamado 
la  Constitución  de  1869,  el  día  6  de  Junio  siguiente  hubiese  de 
inaugurarse  en  la  misma  iglesia  de  San  Francisco  el  Grande, 
rehabilitada  para  el  culto,  el  Panteón  Nacional  creado  por  la 
ley  de  1837,  para  lo  que  hizo  traer  á  Madrid,  depositándolos 
interinamente  en  los  altares  de  la  antigua  basílica  de  Atocha, 
los  restos  de  algunos  de  nuestros  grandes  soldados,  estadistas, 
hombres  de  saber  y  de  ingenio  y  lumbreras  de  las  artes,  arran- 
cados de  los  panteones  seculares  donde  dormían  el  sueño  eter- 
no de  la  muerte,  y  á  donde,  frustrada  también  aquella  tenta- 
tiva, fueron  devueltos  de  nuevo.  Mas  los  legisladores  de  1837 
no  abrigaban  otra  mira  que  exaltar  el  recuerdo  de  los  que  en 
las  luchas  alternativas  de  la  revolución  política  habían  sido 
víctimas  de  los  furores  de  la  reacción  de  1823,  y  el  Ministro 
de  Fomento  del  Gobierno  del  Poder  Ejecutivo  en  1869,  aun- 
que en  realidad  corrigió  el  estrecho  pensamiento  de  sus  ante- 
cesores de  la  segunda  época  constitucional,  abarcando  el  con- 
junto de  todos  los  hombres  ilustres  y  memorables  de  nuestra 
historia,  no  sólo  dejó  claramente  ver  que  su  proyecto,  que 
arrancaba  de  los  ejemplos  observados  en  Inglaterra  en  la  Aba- 
día de  "Westminster,  en  la  iglesia  de  Santa  Croce  y  en  Francia 
ante  el  frontón  de  Santa  Genoveva,  implícitamente  acusaba  á 
las  instituciones  que  la  revolución  había  derrocado  de  cierto 
E.  U.~  Julio  1902.  5 


66  LA   ESPAÑA    MODERNA 


olvido  hacia  los  que  habían  sido  en  los  siglos  anteriores  las  pa- 
lancas poderosas  de  nuestra  grandeza  y  de  nuestros  presti- 
gios, sino  el  deseo  utópico  de  un  despertar  nacional,  para  el 
que  indudablemente  no  habían  sido  bien  escogidos  los  nortes 
de  indeficiente  eficacia.  De  cualquier  manera,  ni  los  legisla- 
dores de  1837,  ni  el  Ministro  de  Fomento  de  1869,  que  arbi- 
tró algunos  medios  para  los  meros  aunque  aparatosos  preli- 
minares de  la  obra  que,  al  parecer,  se  proponía  realizar,  pro- 
veyeron á  la  solidez  de  lo  que  se  proponían  creaar,  ni  funda- 
ron recursos  prácticos  para  su  consolidación,  dejando  en  la 
vaguedad  de  lo  indeterminado  la  ruina  inmediata  del  propósi- 
to que  perseguían. 

Por  las  circunstancias  especiales  á  que  antes  se  hizo  refe- 
rencia, existe  planteado  en  estos  momentos  un  conflicto,  cuya 
solución  satisfactoria,  por  tantos  deseada,  es  por  graves  impo- 
sibilidades materiales  difícil,  al  parecer,  de  obtener,  y  que  en 
el  proyecto  que  se  somete  á  la  consideración  del  Senado  puede 
hallar  á  la  vez  la  ejecución  eficaz  apetecida.  El  régimen  de  las 
sepulturas  en  España,  á  través  de  los  siglos,  ha  pasado  por 
multitud  de  vicisitudes  de  que  todavía  la  historia  no  ha  hecho, 
con  el  debido  detenimiento,  un  ilustrado  análisis.  Constan,  sin 
■embargo,  en  nuestra  documentación  diplomática  de  los  siglos 
medios  los  precedentes  del  hecho,  y  constan  en  los  monumen- 
tos de  nuestras  viejas  legislaciones  las  determinaciones  del 
derecho,  por  medio  de  cuyos  elocuentes  testimonios  se  sabe 
que,  desde  los  principios  de  la  remota  Monarquía  leonesa  y 
desde  la  cuna  nacional  de  las  montañas  de  Asturias,  las  pri- 
meras generaciones  que  formaron  el  embrión  de  nuestra  na- 
cionalidad heredaron  de  sus  abuelos  los  godos  y  sostuvieron 
por  algunos  siglos  los  cementerios  civiles  públicos  y  los  ce- 
menterios privados,  hasta  que  al  advenimiento  del  célebre 
monje  de  Cluny,  Don  Bernardo,  y  su  erección  para  la  silla 
primada  de  Toledo  para  él  fundada  por  el  Papa  San  Grego- 
rio VII  el  Magno,  después  que  el  líey  de  Castilla  y  de  León 
Alfonso  VI  conquistó  de  la  coyunda  mahometana  la  antigua 


PANTEÓN   NACIONAL    DE    ESPAÑOLES   ILUSTRES  67 

capital  del  imperio  gótico,  el  referido  primado,  en  acción  con- 
corde con  el  Cardenal  Ricardo,  legado  del  gran  Pontífice,  y 
con  el  poder  Real,  no  sólo  trajo  á  España  los  ritos  de  la  Igle- 
sia romana,  varió  los  nombres  godos  de  las  personas  por  los 
nombres  latinos  de  los  primeros  mártires,  hizo  la  reforma  de 
la  escritura  visigótica  por  la  francesa,  ó  ingirió  las  primeras 
modificaciones  fundamentales  en  los  cuerpos  del  derecho,  arre- 
glados hasta  entonces  por  la  tradición  y  las  costumbres  á  la 
lege^  á  la  consuetudÍ7ie  y  al  foro  gótico;  sino  que  introdujo  los 
enterramientos,  ya  generales,  ya  privilegiados,  en  las  iglesias 
y  al  pie  de  los  muros  exteriores  de  los  templos,  creando  un 
orden  de  costumbres  y  un  orden  de  derecho  que  fue  observado 
por  la  piedad  de  los  pueblos  en  nuestra  Península,  como  en 
casi  toda  la  Europa  cristiana,  á  pesar  de  que  el  canónico  lo 
contradijo,  desde  los  últimos  años  del  siglo  xi  hasta  los  últi- 
mos años  del  siglo  xviii. 

Hasta  después  de  la  primera  mitad  de  este  último  siglo  se 
desconocieron  enteramente   las  leyes   de  la   policía  sanitaria 
que  advirtieran  la  maléfica  influencia  que  en  la  salud   general 
podían  y  habían  de  ejercer  aquellos  focos  de  fetidez  y  de  co- 
rrupción dentro  de  las  poblaciones,  á  pesar  de  que  sus  efectos 
infecciosos  debieron  ser  notados  en  toda  ocasión  de  epidemias. 
Bajo  el  reinado  de  Fernando  VI  y  bajo  el  Ministerio  del  ilus- 
tre Marqués  de  la  Ensenada  se  concibieron  eu  Madrid  las  pri- 
meras ideas  acerca  de  la  traslación  de  los  cementerios  á  para- 
jes aislados  y  ventilados  fuera  de  las  cercas  de  los  pueblos,  no 
3Ólo  por  las  observaciones  hechas  en  la  última  pestilencia,  sino 
á  consecuencia  de  las  quejas  que  elevaron  al  Municipio  de  la 
•capital  los  que  habitaban  en  las  inmediaciones  del  camposan- 
to de  la  Buena  Dicha,  cuyo  hospital  todavía  existe  en  el  casco 
de  la  población,  y  los  de  las  inmediaciones  de  las  iglesias  pa- 
rroquiales de  San  Sebastián  y  de  San  Martín,  que  enterraban 
de  continuo  en  los  muros  y  suelos  de  sus  templos,  en  sus  bó- 
vedas,  pozos  y  pudrideros,    y   en  sus  cementerios  adjuntos. 
Oomo,  á  pesar  de  todo,  estos  lugares  eran  demasiado  reduci- 


68  LA   ESPA]&A   MODERNA 


dos  para  el  número  excesivo  Je  cadáveres  que   en  ellos  había^ 
que  soterrar,  con  excesiva  frecuencia,  para  habilitar  nuevos 
enterramientos,  se  practicaban  las  llamadas  mondas ^  que  con- 
sistíarx  en  la  extracción  de  los  huesos  de  las   sepulturas,  mu- 
chas veces  sin  estar  del  todo  desnudos  de  las  carnes  que  los 
habían  cubierto  en  vida,  los  cuales  se  transportaban  en  carros 
á  los  campos  baldíos  próximos  á  la  villa,  donde  eran  arrojados 
y  abandonados.  El  Procurador  general  del  Ayuntamiento  de 
Madrid,  D.  Antonio  Gaspar  de  Pinedo,   denunció   en  17  de 
Enero  de  1751  la  última  monda  que  se  había  efectuado,  y  cu- 
yos  despojos  se  descargaron,  los  de  San  Sebastián  en  las  cer- 
canías de  la  ermita  de  Nuestra  Señora  de  la  Cabeza,  los  de 
San  Crines  en  el  paseo  nuevo  junto  á  la  ermita  de  -San  Anto- 
nio de  la  Florida,  y  los  de  San  Martín  en  la  bajada  de  los   ca- 
ños del  Peral.  En  2  de  Marzo  siguiente  el  Ayuntamiento  acor- 
dó que  se  obligara  á  las  fábricas  de  las  iglesias  á  disponer  un 
lugar  fuera  de  las  tapias  de  la  villa  para  formar  el  depósito 
de  sus  osarios.  Púsose  la  resolución  en  conocimiento  del  señor 
Cardenal  Infante,  Arzobispo  de  Toledo  y  de  Sevilla,  para  que 
se  procediera  en  cordial  concordancia   entre  las  dos  potesta- 
des, eclesiástica  y  civil.    Después  de  un  expediente  de  larga 
tramitación,  ai  cabo,  en  19  de  Julio  de  1761,  reinando  ya  Car- 
los III  y  con  el  nuevo   impulso  del  Consejo  de  Castilla,  que 
tomó  parte  en  el  asunto,  el  Ayuntamiento  adquirió,  entre  las 
puertas  de  Toledo  y  de  Embajadores,  un  terreno  próximo  á  la 
huerta  llamada  de  Bayo;  los  arquitectos  municipales  levanta- 
ron un  plano,  y  plano  y  escrituras  fueron   graciosamente  ce- 
didas al  cabildo  de  señores   curas  y  beneficiados    de   Madrid; 
mas  habiendo  éstos  mostrado  una  repugnancia  invencible  á 
aprobar  por  medio  de  aquel  acto  la  primera  velada  tentativa 
de  la  secularización  de  la  muerte,  á  pesar  de  los  avances  que 
ya  hacían  los  afanes  por  mejorar  las  condiciones   higiénicas 
de  los  pueblos,  el  terreno  se  vendió  de  nuevo,  viendo  su  inuti- 
lidad, por  acuerdo  de  22  de  Agosto  de  1762. 

Las  generaciones  de  aquel  tiempo  no  concedían  á  los  des- 


PANTEÓN   NACIONAL   DE    ESPAÑOLES   ILUSTRES  69 

pojos  de  los  que  habían  conquistado    por   sus  servicios   ó  por 
sus  talentos  los  prestigios  de  la  gran  personalidad  que  los  in- 
dividualiza en  el  palenque  de  la  historia,  el  culto  que  después 
de  la  revolución  de  1789  se  apoderó  en  Europa  de  todos  los  es- 
píritus y  que  han  exaltado  después  hasta  la  deificación  las  au- 
ras triunfadoras  de  la  moderna  democracia.  Los  grandes  mo- 
numentos de  la  muerte  sólo  se  alzaron  desde  los  siglos  medios 
'  y  hasta  entonces  dentro  de  las  capillas,  muros  y  naves  de  las 
Iglesias,  al  corto  número  de  los  que  alcanzaron  en  el  medio  so- 
cial en  que  vivieron  un  grado  máximo  de  opulencia.  La  multi- 
tud heroica  de  las  armas,  del  saber,  de  la  virtud,  de  la  inteli- 
gencia y  de  la  inspiración,  si  á  la  vez  no  se  hallaba  dotada  de 
los  grandes  desahogos  de  la  fortuna,  no  tenía  derecho  más  que 
á  una  tumba  temporal,  si  no  caía  en  la  confusión  del  hoyo  co- 
mún; y  así  en  nuestro  tiempo  inútilmente   empleó  hace  pocos 
■años  toda  su  docta  y  activa  diligencia  el  ilustre  Marqués  de  Mo- 
lins,  por  encargo  especial  de  la  Real  Academia  Española^  para 
investigar  dónde  se  hallaba  la  sepultura  de  Miguel  de  Cervantes 
Saavedra,  con  tenerse  datos  ciertos  de  que  había  sido  enterra- 
do en  la  Iglesia  del  Convento  de  las  Trinitarias.  Probable- 
mente la  monda  impía  que  algunos  años  después  de  su  muerte 
obligaría  á  despejar  el  suelo  de   aquel  templo  para  que  reci- 
biera temporalmente  nuevos  cadáveres,  arrastró  sus  huesos  ya 
desconocidos  al  abandono  miserando  del  campo  erial.  Con  los 
huesos  de  Miguel  de   Cervantes  se  perdieron   en  aquélla  y  en 
la  posterior  centuria,  con  escasísimas   excepciones,   los  restos 
venerandos  de  todos  los  españoles  insignes  de  nuestro  siglo  de 
oro  de  las  armas,  de  la  política  y  de  las  letras. 

Bien  que  desde  la  iniciativa  del  Marqués  de  la  Ensenada 
no  dejaron  los  poderes  civiles  de  laborar  sobre  la  necesidad 
de  sacar  los  cementerios  públicos  del  casco  de  las  poblaciones, 
hasta  los  últimos  años  del  Ministerio  del  Conde  de  Florida- 
blanca,  bajo  el  reinado  de  Carlos  III,  no  se  tomaron  determi- 
naciones legislativas  conformes  con  las  tendencias  sanitarias 
de  los  adelantos  de  la  ciencia,  aunque   en  la  Real  cédula  de  3 


70  LA   ESPAÑA   MODERNA 


de  Abril  de  1787,  en  que  abiertamente  se  compelía  á  la  cons- 
trucción forzosa  de  cementerios  públicos  fuera  del  radio  de  las 
poblaciones  y  en^sitios  aislados  y  ventilados   á   costa  de  los^ 
caudales  de  las  fábricas  de  las  Iglesias,   de  los  partícipes  de 
diezmos  y  aun  también  de  los  fondos  públicos  municipales,  el 
pretexto  jurídico  era^el  restablecimiento  de  la  disciplina  de  la 
Iglesia,  según  lo  dispuesto  en  el  ritual  romano  y  en  la  ley  XI, 
título  XIII,  partida  I  del  Código  aún  yivo  de  Don  AlfonsO' 
-el  Sabio.  Este¡^documento  legal  era  el  fruto  de  la  doctrina  sen- 
tada por  el  Consejo  de  Castilla  en  el  Memorial  ajustado  que 
con  motivo  de  una  Real  orden  de  24  de  Mayo  de  1781  había 
redactado,  al  informar  sobre  el  expediente  segundo  á  que  diá 
lugar  la  materia  relativa  al  establecimiento  general  de  cemen- 
terios ventilados.  No  obstante  el  espíritu  siempre  reacio,  siem- 
pre rebelde  que  nos  caracteriza,  obstruyendo  con   deliberadas 
lentitudes  la  ejecución  de  lo  mandado,  y  aun  de  lo  que  poste- 
riormente se  legisló  sobre  el  mismo  asunto  por  medio  de  otra 
Real  cédula  de  15  de  Noviembre   de  1796  y  de  la  Real  orden 
de  9  de  Abril  de  1799,  fue  dilatando,  de  consulta  en  consulta 
y  de  dificultad  en  dificultad,   la  medida  que  impulsaba  la  re- 
acción civil  administrativa  que  comenzaba  á  transformar  en  to- 
dos los  órdenes  de  la  jurisprudencia  política  los  moldes  decré- 
pitos del  pasado,   basta  que  en  1804  una  nueva  circular  del 
Consejo,  fechada  el  24  de  Abril,  dirigióse  resueltamente  á  re- 
mover todos  los  obstáculos,  y  en  su  virtud,  con  los  fondos  exis- 
tentes en  la  Tesorería  de  la  municipalidad  de  Madrid,  los  ad- 
ministrados por  el  Cardenal  Arzobispo  de  Toledo  y  otros  pro- 
porcionados por  el  Colector  general  de  Expolios  y  vacantes, 
y  por  varias  parroquias  de  la  capital,  comenzó  la  construcción 
del  primer  cementerio  general  que  tuvo  esta  corte  en  terrenos 
adquiridos  fuera  de  la   entonces  llamada  Puerta  de  Fuenca- 
rral.  La  insuficiencia  de  medios,   aun  con  tan   multiplicados 
arbitrios,  no  arredró  ya  al  poder  decidido  del  Ministro  de  Car- 
los IV,  Príncipe  de  la  Paz,  que  tomó  sobre  sí  el  empeño  de^ 
dotar  á  todas  las  poblaciones  de  España  de  esta   mejora,  y,. 


PANTEÓN  NACIONAL   DE   ESPAÑOLES   ILUSTRES  71 

bajo  su  iniciativa  y  á  su  imitación,  se  invitó  al  vencidario  de 
Madrid  á  contribuir  con  sus  óbolos  á  la  realización  de  la  obra 
comenzada,  siendo  muchas  las  personas  generosas  que,  sin  in- 
terés alguno,  ofrecieron  cantidades  considerables  al  Ministro 
del  Real  consejo,  D.  Antonio  Ignacio  de  Cortabarría,  en  quien 
se  había  delegado  la  comisión  ejecutiva  de  aquellas  obras,  sin 
más  garantías  que  las  escrituras  de  préstamo  que  se  formali- 
zaron hasta  1806,  con  la  promesa  de  la  devolución  de  aquellas 
sumas  cuando  los  productos  del  cementerio  lo  permitieran, 
como,  en  efecto,  después  de  1831  y  á  instancias  del  célebre 
Ministro  de  Fernando  VII,  D.  Judas  Tadeo  de  Calomarde, 
fueron  devueltas  en  la  cifra  de  426.060  reales  á  que  había  as- 
cendido aquella  deuda  de  honor. 

El  pensamiento  de  que  en  el  Ayuntamiento  de  Madrid  fue 
en  1804  el  primer  impulsor  el  Regidor  propietario  D.  Santiago 
de  Guzmán  y  Villoría,  y  en  que  con  el  mayor  celo  se  interesa- 
ron D.  Pedro  de  Ceballos  y  el  Conde  de  Montarco,  contenía 
el  propósito  de  la  construcción  simultánea  de  cuatro  cemente- 
rios en  los  cuatro  puntos  cardinales  de  las  afueras  de  la  capi- 
tal, que  llevarían  los  nombres  de  San  Carlos,  San  Luis,  San 
Fernando  y  San  Antonio,  de  los  del  Rey  Carlos  IV,  la  Reina 
María  Luisa  y  los  Príncipes  de  Asturias,  recién  casados,  Don 
Fernando  VII  y  Doña  María  Antonia  de  Ñapóles.  Los  planos 
se  habían  levantado  tomando  por  modelo  el  cementerio  públi- 
co de  Turín,  situado  alas  márgenes  delPo.  Pero  la  eterna  pe- 
nuria que  desde  el  tiempo  de  los  godos  es  en  España  el  vil  pre- 
texto que  sirve  de  disculpa  al  espíritu  reacio  y  rebelde  que  nos 
hace  ir  á  la  zaga  de  todo  el  mundo  en  cuanto  implica  los  pro- 
gresos del  movimiento  de  la  civilización,  limitó  por  entonces 
toda  la  empresa  al  cementerio  general  del  Norte,  y  aun  así  sus 
obras  se  vieron  interrumpidas  al  estallar  los  sucesos  de  1808. 

Sin  tantos  escrúpulos  ni  vacilaciones,  el  Gobierno  de  hecho 
que  formó  en  Madrid  la  Monarquía  intrusa  del  Rey  José  Na- 
poleón, por  su  Ministerio  del  Interior  se  expidió  el  4  de  Marzo 
de  1809  un  Real  decreto  sobre  policía  de  depósitos  de  cadáve- 


LA   ESPAi^A   MODERNA 


res  y  enterramientos,  y  ordenando  proceder  á  la  construcción 
inmediata  de  dos  cementerios  generales,  uno  al  Norte  y  otro 
al  Sur  de  la  villa.  Se  establecieron  carros  para  la  conducción 
de  los  muertos;  se  prohibieron  los   entierros  públicos,  las  mi- 
sas de  cuerpo  presente  y  la  exposición  de  los  cadáveres  en  las 
iglesias;  se  limitaron  las  horas  de  los  entierros  á  las   dos  pri- 
meras del  día  y  á  las  dos   últimas  de  la  tarde,  y  se  arbitró  la 
insuficiencia  de  fondos  para  las  obras,  con  el  trabajo   forzado 
délos  reclusos  de  los  presidios.  A  la  Marquesa  de  San  Vicen- 
te se  le  ocuparon  las  tierras  del  Mayorazgo  de  Vargas  que  po- 
seía frente  á  la  puerta  de  Toledo,  entre  los  caminos  de  Getafe 
y  Carabanchel,  denominados  de  Opañol;  al  arquitecto  D.  Juan 
Antonio  Cuervo  se  le  mandó  levantar  el  plano  de  la  construc- 
ción, y  desde  luego  comenzaron  en  este  cementerio  los  sepelios 
de  los  que  morían  ^n  los  hospitales  civiles  y  militares,  además 
de  los  particulares  cuyas  familias  lo  solicitaban.  En  1812  fue- 
ron apercibidos  severamente  el  Vicario  eclesiástico  y  los  curas 
de  Madrid  por  el  mismo  Ministro   del  Interior,   por  haberse 
dado  sepultura  á  algunos  cadáveres  en  sus  respectivas  parro- 
quias, y  á  la  Junta  de  Sanidad   se  encargó  toda  la  policía  de 
la  muerte,  emanando  de  aquel  Cuerpo  facultativo  las  disposi- 
ciones que  en  1813  hicieron  más  severas  las  prohibiciones  so- 
bre depósitos  de  cadáveres  ni  en  sus  casas,  iglesias,  bóvedas, 
capillas  y  ermita  s,  ni  más  que  en  los  cementerios  públicos  fuera 
de  poblados,  así  como  las  órdenes  para  que  los  entierros  se 
efectuasen    desde  las   casas   mortuorias  sin   hacer   pasar  los 
muertos  por  las  parroquias.  Es  de  notar   que  en  este  mismo 
año  de  1813,  después  que  los  franceses  del  Rey  José  Napoleón 
abandonaron  definitivamente  á  Madrid,  los  Alcaldes  constitu- 
cionales que  vinieron  á  representar  al  Gobierno  de  la  Regen- 
cia establecido  en  Cádiz,  Marqués  de  Iturbieta  y  Conde  de 
Villapaterna,  por   medio  de  un  bando  publicado  el  30  de  Di- 
ciembre, confirmaron  en  todas  sus  partes  estas  disposiciones, 
y  que  después  de  la  restauración  del  Rey  Fernando  VII  y  del 
sistema  absoluto  de  su   Gobierno  tradicional,  habiendo  solici- 


PANTEÓN   NACIONAL    DE    ESPAÑOLES   ILUSTRES  73 

tado  en  21  de  Agosto  de  1815  D.  Florencio  Lozano,  Mayor- 
domo de  fábrica  de  la  Iglesia  parroquial  de  San  GrinéSj  el  resta- 
blecimiento de  la  costumbre  que  existía  en  Marzo  de  1808  de 
enterrar  en  las  bóvedas  de  las  iglesias,  y  que  se  permitiera  á 
dicha  parroquia  construir  una  nueva  para  este  fin,  le  fue  de- 
negada absolutamente  su  pretensión. 

Concorde  procuró  estar  el  poder  civil  con  la  autoridad  ecle- 
siástica en  el  régimen  moral  y  económico  de  los  nuevos  esta- 
blecimientos mortuorios;  pero  aunque  á  la  Iglesia  no  se  le 
privó  en  ellos  ni  de  su  intervención  religiosa  ni  de  sus  oven- 
ciones,  en  nombre  de  los  derechos  exclusivos  de  la  Iglesia  los 
individuos  q  ue  formaban  las  asociaciones  piadosas  de  su  dis- 
ciplina interior,  llamadas  Cofradías  Sacramentales^  desde  que 
la  Monarquía  intrusa  que  se  ingirió  en  el  país  en  1808  tomó 
sus  disposiciones  dictatoriales  sobre  el  régimen,  la  policía  y  la 
administración  de  los  cementerios  públicos,  de  los  depósitos 
de  cadáveres  y  de  los  entierros,  procuraron,  dentro  de  las  dis- 
posiciones generales  relativas  á  la  sanidad  y  la  higiene,  eman- 
ciparse de  la  imposición  tiránica  que  se  establecía,  aunque 
ajustándose  en  su  pensamiento  á  la  garantía  de  las  nuevas  le- 
yes. Se  impetraron  y  se  obtuvieron  las  autorizaciones  necesa- 
rias para  la  construcción  de  cementerios  particulares  ventila- 
dos é  higiénicos  fuera  del  radio  de  la  población,  y  con  estas 
licencias  de  una  y  otra  autoridad,  la  Real  Archicofradía  Sa- 
cramental de  San  Pedro  y  San  Andrés  procedió  á  construir  un 
cementerio  para  sus  asociados,  del  lado  allá  del  río  Manzana- 
res, en  los  terrenos  altos  occidentales,  lindantes  con  la  ermita 
que  en  1528  había  fundado  la  Emperatriz  Doña  Isabel  en  honor 
del  campesino  San  Isidro,  al  lado  de  la  fuente  inmemorial  que 
lleva  su  nombre,  en  acción  de  gracias  por  haber  sanado  be- 
biendo sus  aguas  de  las  enfermedades  que  habían  padecido  el 
Emperador,  su  esposo  Carlos  V,  y  su  hijo  el  Rey  Don  Feli- 
pe II.  El  cementerio  de  esta  Sacramental  fue  construido  ó 
inaugurado  en  1811,  con  tanta  alegría  y  aceptación  de  todas 
las  clases  sociales  de  Madrid,  que  inmediatamente  se  hicieron 


74  LA   ESPAÑA   MODERNA 


trasladar  á  sus  nichos  y  panteones  los  restos  de  la  Duquesa  de- 
Alba,  Doña  María  Teresa  Cayetana  de  Silva,  que  había  muer- 
to el  23  de  Julio  de  1802,  y  los  del  insigne  estadista  D.  Pedro 
Rodríguez  de  Campomanes,  primer  Conde  de  Campomanes,, 
que  de  setenta  y  nueve  años  había  fallecido  también  el  3  de 
Febrero  del  mismo  año  de  1802. 

No  se  ha  de  hacer  aquí  al  Senado  una  relación  minuciosa 
de  las  vicisitudes  por  que  ha  atravesado  la  historia  de  la  muer- 
te y  de  la  sepultura  en  Madrid  durante  los  accidentados  suce- 
sos en  que  todo  el  siglo  xix  próximo  pasado  ha  transcurrido;, 
pero  es  preciso  puntualizar  bien  estos  antecedentes  como  pre- 
misas indispensables  en  que  ha  de  apoyarse  el  proyecto  que  se 
somete  á  su  consideración.  Los  fundamentos  de  derecho  que 
en  1811  se  otorgaron  á  la  Real  Archicofradía  sacramental  de 
San  Isidro  para  construir  el  cementerio  particular  que  aún  lleva 
su  nombre,  apoyaron  á  las  archicofradías  adscritas  á  las  parro- 
quias de  San  Sebastián  y  de  San  Nicolás  y  de  la  Pasión  para 
llevar  á  cabo  en  1824  la  edificación  de  los  que  se  construye- 
ron en  la  Puerta  de  Atocha;  para  los  de  San  Ginés  y  San  Luis 
en  1844;  en  1847  para  el  de  San  Justo  y  Pastor;  en  1848  para, 
el  de  San  Martín  y  San  Ildefonso  y  el  Patriarcal  de  la  Congre- 
gación del  Santísimo  Cristo  de  la  Obediencia  y  hermandad  del 
Real  Palacio;  en  1852  para  el  de  San  Lorenzo,  y  en  otras  fechas^ 
que  no  hay  para  qué  acumular  prolijamente  para  los  demás 
que,  abiertos  aún  ó  cerrados,  contienen  desde  las  de  su  aper- 
tura, á  los  fines  de  su  establecimiento,  el  depósito  sagrado  de 
tantos  miles  de  restos  humanos,  queridos  siempre  para  sus  fa- 
milias; los  panteones  perpetuos  donde  los  padres  ansiaron  dor- 
mir el  sueño  eterno  al  lado  de  sus  hijos  y  los  esposos  junto  al 
de  sus  amadas  esposas,  y  donde  no  sólo  esta  piedad  tan  respe- 
table, sino  el  honor  mismo  de  la  patria,  se  aventuraron  á  em- 
plear sumas  cuantiosas  para  hacer  imperecederos,  juntamente 
con  las  ofrendas  de  los  afectos  inextinguibles,  los  nobles  holo- 
caustos de  la  gratitud  nacional  en  pro  de  muchos  hombres 
insignes,  cuyas  reliquias  se  guardaron  en  magníficos  monu- 


PANTEÓN   NACIONAL  DE  ESPAÑOLES   ILUSTRES  75 

mentó sá  fin  de  aumentar  el  tesoro  testimonial  de  nuestra  his- 
toria y  fomentar  el  estímulo  de  la  virtud  y  del  mérito  en  los 
espíritus  imbuidos  del  rayo  sublime  de  la  fe  de  la  patria. 

Una  población  como  Madrid,  que  en  poco  más  de  medio 
siglo  ha  triplicado  el  número  de  sus  habitantes  y  en  todo  su 
circuito  extendido  enormemente  su  urbanización,  desde  que 
desaparecieron  las  viejas  cercas  que  la  contenían,  á  pesar  de 
haberse  ido  enriqueciendo  con  multiplicados  asilos  de  la  muer- 
te, ya  públicos,  ya  particulares,  al  Norte,  al  Sur  y  á  la  parte 
occidental  de  su  antigua  planta,  tuvo  que  sentir  imperiosa- 
mente dos  grandes  necesidades.  Fue  la  una,  la  de  hacer  des- 
aparecer algunos  de  sus  cementerios  y  sacramentales,  porque 
la  población  que  por  todas  partes  pronunciaba  la  progresiva 
extensión  de  sus  términos,  había  rebasado  y  envuelto  entre 
sus  nuevas  edificaciones  y  calles  los  que  se  les  habían  fijado 
antes  de  construirlos,  habiendo  incurrido  la  administración 
pública  que  autorizó  su  sucesivo  establecimiento  en  la  impre- 
visión del  fenómeno  que  con  creciente  actividad  cada  día  se 
verifica  con  una  especie  de  obsesión  vertiginosa.  La  presencia 
de  estos  focos  de  putrefacción  en  medio  de  la  población  nueva, 
contradecía  no  sólo  las  leyes  sustantivas  de  la  sanidad  y  la  hi- 
giene, sino  hasta  al  respeto  moral  de  que  los  asilos  de  la  muer- 
te deben  estar  rodeados  siempre.  Todavía  en  los  cementerios 
cerrados  del  Norte  y  del  Sur,  repugna  el  espectáculo  de  las 
nuevas  edificaciones  sobre  los  muros  mismos  en  que  están  ado- 
sados los  ruinosos  nichos  y  panteones  que  encierran  aún  restos 
humanos.  Todavía  ante  la  población  que  siempre  crece  por  los 
caminos  que  se  desarrollan  del  lado  allá  del  Manzanares  hace 
contristar  el  ánimo  la  profanación  casi  continua  que  de  fuera 
llega  á  interrumpir  el  sagrado  silencio  de  los  cementerios  pró- 
ximos, á  los  que  cada  día  aquélla  se  acerca  más  y  los  acosa.  A 
la  necesidad  que  de  estos  hechos  se  imponía,  acudió  insufi- 
ciente é  imperfectamente  el  Real  decreto  de  7  de  Agosto 
de  1884,  que,  cerrando  el  voluminoso  expediente  que  se  formó 
desde  1876,  mandó  clausurar  los  cementerios  del  Norte  y  del 


76  LA    ESPAÑA    MODERNA 


Sur,  y  cuya  escasa  providencia,  á  pesar  de  los  dilatados  trá- 
mites seguidos  desde  la  fecha  indicada,  dejó  pendiente  el  con- 
flicto que  se  ha  de  exponer  más  adelante  al  Senado. 

La  otra  necesidad  que  se  derivaba  de  muchas  causas  y 
muy  varias  y  complejas,  fue  la  de  concentrar  en  pocos  de  es- 
tos establecimientos  la  acumulación  de  los  depósitos  de  la 
MLuerte,  en  condiciones  técnicas  adecuadas  al  importante  fin 
que  desempeñan.  Los  antiguos  cementerios  y  Sacramentales, 
ante  el  crecimiento  pasmoso  de  la  población  que  argüía  el  cre- 
cimiento pasmoso  de  la  mortalidad,  tuvieron  que  romper  sus 
muros  primitivos  y  demandar  á  la  continua  nuevas  autoriza- 
ciones para  dilatar  sus  perímetros.  Ilustres  escritores,  entre 
los  que  se  destacan  los  nombres  de  D.  E-amón  de  Mesonero 
Romanos  y  D.  Pascual  Madoz,  habían  procurado  remover  la 
opinión  en  pro  de  la  reforma  del  régimen  y  construcción  de  los 
cementerios.  Una  comisión  de  Regidores  del  Auntamiento  de 
Madrid,  compuesta  de  los  Sres.  Estrada,  Sanz,  Gruevara,  No- 
cedal, Bermúdez  y  Corradi,  bajo  la  propuesta  de  los  señores 
Olózaga,  Caballero  y  Ferrer,  quedó  encargada  en  21  de  Enero 
de  1840  de  buscar  en  los  contornos  de  Madrid,  en  unión  con 
los  arquitectos  D.  Juan  Francisco  Rodrigo  y  D.  Juan  Pedro 
Ayegui  un  lugar  apropiado,  que  la  Comisión  estimó  pudiera 
fijarse  en  el  titulado  Campo  de  Guardias,  en  los  altos  de  Cham- 
berí y  á  la  izquierda  del  camino  de  Alcalá,  para  construir  un 
cementerio  único  que  reuniera  las  condiciones  y  circunstancias 
que  se  echaban  de  menos  en  los  que  existían  á  la  sazón.  En- 
tonces se  creía  que  bastaba  para  este  fin  un  terreno  que  mi- 
diera veinte  fanegas.  Nada  por  entonces  se  hizo,  y  en  1847 
elevaron  á  la  Municipalidad  una  instancia  para  construir  por 
su  cuenta  y  para  su  beneficio  este  gran  cementerio  entre  las 
Puertas  de  Alcalá  y  la  de  Recoletos  ilustres  profesores  de  la 
ciencia  médica,  D.  Matías  Nieto  Serrano,  D.  José  Simón,  don 
Elias  Polin  y  D.  Joaquín  Marracin  y  Soto.  Mesonero  Roma- 
nos, á  cuyo  informe  remitió  el  Ayuntamiento  su  instancia, 
dictaminó  desfavorablemente,  pues  los  cementerios  no  se  ha- 


PANTEÓN    NACIONAL   DE   ESPAÑOLES   ILUSTRES  77 

bían  concedido  más  que  á  las  Sacramentales  y  Cofradías  reli- 
giosas, aplicando  sus  productos  á  las  fábricas  de  las  Iglesias  y 
gastos  del  culto,  j  el  Ayuntamiento  se  conformó  con  este  pa- 
recer. En  1856  continuaban  las  cosas  del  mismo  modo.  La  po- 
blación de  Madrid,  según  el  Censo  del  Jefe  de  la  sección  de 
Estadística,  D.  Luis  Piernas,  había  crecido  hasta  el  número 
de  206.714  habitantes  (48.935  vecinos),  y  las  defunciones  anua- 
les se  elevaban  á  7.428.  Entonces  se  presentaron  simultánea- 
mente dos  licitadores  particulares  solicitando,  D.  Francisco  de 
Asís  Soler  y  consocios  la  construcción  de  un  cementerio  gene- 
ral sobre  cuyo  emplazamiento  y  condiciones  no  presentaba 
proyectos  concluidos,  y  D.  Antonio  Pirala  y  D.  Juan  de  xigui- 
lar  y  Amato  la  misma  construcción  en  grandes  dimensiones, 
en  un  lugar  comprendido  entre  los  caminos  de  Extremadura  y 
Carabancheles,  para  la  que  presentaron  bien  estudiadas  Memo- 
rias económicas  y  facultativas  con  sus  planos.  Una  y  otra  pro- 
posición ñieron  desestimadas  al  cabo,  y  por  Real  orden  de  18 
de  Julio  del  año  referido  se  previno  al  Ayuntamiento  no  diese 
CLirso  á  ninguna  instancia  de  esta  especie. 

La  idea,  entretanto,  siempre  trabajaba  en  el  ánimo  de  la 
Administración  pública  y  de  la  Corporación  municipal,  y  en 
1858  saltó  la  primera  chispa  ejecutiva  de  la  fundación  de  una 
gran  Necrópolis,  conforme  á  las  exigencias  de  la  población 
progresiva  de  Madrid.  En  29  de  Abril  del  mismo  año,  para 
estudiar  y  proponer  las  bases  de  su  construcción,  formóse  una 
Comisión  compuesta  del  Duque  de  Tamames,  los  Marqueses  de 
Benamejí  de  Sistallo  y  del  Moral,  los  Sres.  Moreno  Elorza, 
Ortega,  Lletget,  González  xlcevedo  y  López  y  los  arquitectos 
D.  Juan  Bautista  Peyronet  y  D.  Juan  José  Sánchez  Pescador, 
a  la  que  se  unio  en  persona  el  Visitador  Eclesiástico  D.  Julián 
de  Pando.  Pidiéronse  informes  técnicos  sobre  más  de  cincuen- 
ta Necrópolis  existentes  en  las  principales  ciudades  de  toda 
Europa,  de  las  dos  Américas  anglosajona  é  ibérica  y  hasta  al 
Japón,  así  como  á  Barcelona,  Sevilla  y  las  principales  ciuda- 
des de  España,  y  en  1865  ya  estaban  tomados  los  acuerdos  para 


78  LA   ESPAÑA   MODERNA 


crear  el  Cementerio  general  de  grandes  dimensiones  que  el 
Municipio  había  de  construir  á  sus  expensas.  No  es  necesario 
culpar  á  los  accidentes  remorosos  de  nuestros  sucesos  políticos 
de  las  largas  inconcebibles  que  en  España  se  dan  de  ordinario 
á  la  ejecución  activa  de  todo  proyecto  que  entrañe  una  mejora 
real.  Siempre  enredados  en  las  obstrucciones  de  una  inextrica- 
ble tramitación,  cuando  sonó  la  hora  de  la  revolución  de  1868 
nada  práctico  se  había  realizado  y  los  decretos  de  Noviembre 
de  aquel  año  sobre  incautación  de  los  Cementerios  generales 
y  concediendo  á  Madrid  en  los  altos  de  la  Moncloa  terrenos 
para  la  formación  de  la  Necrópolis  suspirada,  puede  decirse 
que  no  fueron  más  que,  como  otros  muchos,  mandatos  sobre 
el  papel. 

Hasta  la  feliz  restauración  del  Rey  Don  Alfonso  XII  al 
solio  secular  de  sus  mayores,  no  volvió  á  removerse  en  1876 
por  el  Regidor  de  Madrid,  D.  José  Díaz  Benito,  la  cuestión 
de  los  cementerios;  y  formado  un  expediente  de  clausura  para 
el  General  del  Norte,  y  los  de  San  Ginés  j  San  Luis  y  la  Pa- 
triarcal, Díaz  Benito  propuso  la  creación  de  dos  grandes  Ne- 
crópolis, lo  que  estimuló  al  Ayuntamiento,  en  17  de  Agosto 
de  187T,  á  publicar  y  abrir  un  concurso  público  sobre  proyec- 
tos de  Necrópolis,  al  que  los  arquitectos  D.  Fernando  Arbós 
y  D.  José  Urioste  concurrieron  victoriosamente  con  la  Memo- 
ria de  la  Necrópolis  del  Este,  que  fue  premiada  é  impresa  en 
1879.  La  presentación  de  esta  Memoria^  que  en  la  materia 
facultativa  y  técnica  nada  dejaba  que  desear,  resolvió  al  cabo 
á  nuestra  apática  Administración  á  salir  de  las  fatigosas  re- 
moras de  cuarenta  y  cuatro  años  de  vacilación  y  dilaciones. 
Juntamente  con  la  apertura  de  la  Necrópolis  proyectada  por 
los  Sres.  Arbós  y  Urioste,  y  con  el  mandato  al  Ayuntamiento 
de  Madrid  para  que  procediera  á  adquirir  al  Poniente  de  la 
villa  y  al  otro  lado  del  río  un  nuevo  terreno  para  la  construc- 
ción de  un  segundo  cementerio  general  denominado  del  Oes- 
te, se  expidió  la  "E-eal  orden  del  Ministerio  de  la  Gobernación 
de  7  de  Agosto  de  1884  para  la  clausura  definitiva  de  los    ce- 


PANTEÓÍf  NACIONAL   DE   ESPAISTOLES   ILUSTRES  79 

menterios  generales  del  Sur  y  del  Norte,  del  Provincial  y  de 
las  Sacramentales  de  San  Martín,  Patriarcal,  San  Ginés,  San 
Luis,  San  Sebastián  y  San  Nicolás.  Pero  de  las  disposiciones 
de  esta  B,eal  orden  surgió  inmediatamente  el  conflicto  que  an- 
tes se  anunció  al  Senado,  que  todavía  subsiste  con  caracteres 
de  máxima  gravedad  y  en  cuya  solución  satisfactoria  se  ha 
de  hallar  una  base  sólida  de  ejecución  para  el  proyecto  de 
Panteón  Nacional  que  aquí  se  propone. 

La  Real  orden  del  Ministerio  de  la  Gobernación  de  7  de 
Agosto  de  1884  reconociendo  en  la  autoridad  civil,  como 
guardadora  suprema  de  los  intereses  de  la  salubridad  de  las 
poblaciones,  el  derecho  para  dictar  medidas  acerca  de  las  con- 
diciones que  han  de  tener  los  cementerios,  dio  por  deslinda- 
das las  atribuciones  entre  la  potestad  civil  y  la  eclesiástica, 
siempre  en  esta  materia  tan  concordemente  unidas,  garanti- 
zando la  una  la  salud  de  los  vivos  y  conservando  la  otra  la 
facultad  de  las  preces  del  culto  en  pro  de  los  que  traspasan 
las  fronteras  de  la  vida.  Mas  al  sostener  así  los  derechos  de  la 
Iglesia  y  el  respeto  debido  á  los  ministros  de  la  religión  y 
.asumir  para  sí  todas  las  demás  resposabilidades  bajo  el  celo 
de  los  deberes  que  la  observancia  de  los  principios  de  la  hi- 
giene pública  le  imponía,  no  pudiendo  el  Ministerio  de  la  Go- 
bernación desatender  el  derecho  de  propiedad  sobre  las  tum- 
bas, adquirido  á  perpetuidad  por  algunas  familias  que,  en  los 
cementerios  clausurados,  con  justos  títulos,  consentidos  por 
las  leyes,  se  habían  preparado  panteones  donde  reposar  eter- 
namente al  lado  de  los  que  amaron  en  la  vida  ó  habían  erigido 
costosos  monumentos  á  la  memoria  de  sus  finados,  protestan- 
do previamente  contra  el  derecho  por  parte  de  los  interesados 
á  toda  reclamación,  sólo  por  condescendencia,  conmiseración 
ó  tímido  respeto  á  los  sentimientos  de  la  familia,  se  limitó  á 
conceder  en  el  nuevo  cementerio  una  superficie  igual  á  la  que 
se  tenía  adquirida  en  los  antiguos,  para  trasladar  á  ella,  mas  á 
costa  de  los  interesados,  los  monumentos  dé  los  que  lo  desea- 
ran,  sin  imponerles  por  esta  traslación  ningún  nuevo  grava- 


80  LA   ESPAÑA   MODERNA 


men.  Los  restos  de  los  que  así  no  lo  practicasen,  por  esta  Real 
orden,  habrían  de  ser  levantados  en  montón  algún  día  para  ser 
soterrados  en  un  osario  común.  Trataron  posteriormente  las 
Sacramentales  de  averiguar  si,  para  cumplir  con  las  obliga- 
ciones que  habían  contraído  con  los  propietarios  legales  de  las 
tumbas,  teñirían  derecho  á  alguna  indemnización;  mas  por 
el  Tribunal  de  lo  Contencioso  Administrativo  se  les  contestó 
en  sentencia  de  6  de  Julio  de  1889  que  no  tenían  derecho,  por 
consecuencia  de  la  Real  orden  de  1884,  á  indemnización  al- 
guna. 

El  resultado  de  aquella  disposición  gubernativa,  que  tan- 
tos derechos  legítimoá  arbitrariamente  ha  lastimado,  es  que, 
á  pesar  de  haber  transcurrido  diecisiete  años  desde  la  clausura 
de  los  antiguos  cementerios  del  Sur  y  del  Norte,  es  escasísimo 
el  número  de  traslaciones  de  restos  para  que  se  ha  pedido  li- 
cencia; que  el  objeto  de  la  E,eal  orden  y  de  la  creación  de  la 
Necrópolis  existente,  que  era  despejar  de  asilos  de  la  muerte 
los  lugares  en  que  aún  subsisten  y  que  el  desarrollo  creciente 
de  la  población  no  sólo  arrolla,  sino  que  hasta  los  invade, 
dando  el  repugnante  espectáculo  de  las  codicias  de  la  vida  en- 
tre la  inercia  y  fetidez  de  los  sepulcros,  no  se  ha  cumplido; 
que  algunos  de  aquellos  cementerios,  como  el  de  San  Ginés^ 
es  objeto  de  asaltos  y  profanaciones  continuas;  que  otros, 
como  el  de  la  Patriarcal,  se  hallan  en  inminente  ruina;  que  la 
falta  de  reparaciones  amenaza  con  idénticos  estragos  á  los  de 
San  Sebastián  y  San  Nicolás,  y  que,  aunque  las  quejas  pro- 
ducidas por  esta  situación  de  las  cosas  movió  á  la  Administra- 
ción pública  á  dictar  las  Reales  órdenes  de  29  y  31  de  Agosta 
de  1899,  por  las  que  se  preceptuaba  al  Ayuntamiento  de  Ma- 
drid que  acelerase  el  proyecto  de  emplazamiento  y  construc- 
ción de  la  Necrópolis  del  Oeste,  que  hiciese  fijar  por  medio  de 
la  Gaceta  un  plazo  prudencial  para  que  las  familias' de  los  in- 
humados en  los  cementerios  clausurados  trasladasen  sus  sepul- 
turas á  la  nueva  Necrópolis,  que  no  existe  todavía,  conminán- 
dolas con  que,  transcurrido  dicho  plazo,  la  traslación  se  hará 


PANTEÓN   NACIONAL   DE   ESPAÑOLES   ILUSTRES  81 

en  la  forma  tumultuaria  que  j2ü  se  ha  descrito,  y  que  todo 
esto  se  Yerifique  con  la  mayor  urgencia  posible,  el  conflicto 
se  hace  cada  vez  más  intenso  y  apremiante,  porque  en  reali- 
dad, con  los  expedientes  relatados,  no  se  ve  el  medio  de  que 
pueda  llegarse  á  ningún  término  de  equidad. 

Sin  que  haya  aquí  el  propósito  de  pronunciar  ningún  gé- 
nero de  censuras  contra  las  arbitrariedades,  las  imprevisiones 
y  las  insuficiencias  de  la  pública  Administración,  así  en  las 
disposiciones  que  promulga  como  en  los  medios  desmayados 
que  emplea  para  su  ejecución,  bien  que  á  las  prerrogativas  de 
los  Cuerpos  legislativos  incumbe  en  toda  ocasión  el  deber  de 
compeler  á  los  Poderes  administrativos  á  la  reparación  de  las 
lesiones  de  derecho  que  ocasionen  con  sus  mandatos;  ofrece  la 
cuestión  que  se  somete  á  la  consideración  del  Senado  otro  as- 
pecto de  eminente  importancia,  que  es  el  que  se  relaciona  con 
el  objeto  de  la  proposición  que  se  ilustra.  Mientras  la  sepultu- 
ra de  los  cadáveres  se  llevó  á  cabo  en  las  capillas,  en  los  mu- 
ros, en  las  naves,  en  los  suelos,  en  las  bóvedas  de  las  iglesias, 
en  sus  pórticos,  en  sus  atrios  y  en  sus  cementerios  adjuntos, 
vióse  ya  que  la  frecuencia  de  las  llamadas  mondas  hizo  con- 
ducir al  abandono  del  erial  los  restos  venerandos  del  ma^^or 
número,  de  casi  la  totalidad  de  los  hombres  insignes  cuyos 
nombres  forman  el  Diccionario  histórico  biográfico  de  las  glo- 
rias de  la  patria  en  sus  doce  siglos  de  existencia  nacional.  Ni 
aun  gran  parte  de  los  monumentos  sepulcrales  que  á  algunos 
se  erigieron  en  capillas  aisladas  y  monasterios,  han  podido 
salvarse  de  la  cruel  devastación  de  las  revoluciones  del  si- 
glo XIX,  y  no  sólo  nuestros  Museos,  sino  los  de  Londres,  París 
y  otras  partes,  se  adornan  con  los  vestigios  de  aquellos  pro- 
digios del  arte  que  envolvieron  muchas  sepulturas  de  nuestros 
antepasados,  en  aquellos  tiempos,  por  desgracia  remotos,  en 
que  en  España  flameaban  siempre  espléndidas  las  antorchas 
de  la  fe  en  Dios  y  de  la  fe  en  la  Patria.  Desde  el  último  tercio 
del  siglo  XVI  se  abrieron  los  registros  demográficos  parroquia- 
les, y  en  los  obituarios  de  Madrid  por  centenares  se  consignan 
E.  U.— Julio  1902.  6 


82  LA  espa:ña  moderna 


los  enterramientos  de  las  figuras  insignes  de  nuestra  historia 
en  todo  género  de  fundaciones  piadosas  y  eclesiásticas,  desde 
el  noble  caballero  de  la  corte  de  Enrique  IV,  Euy  González 
de  Clavijo,  enterrado  en  San  Francisco,  y  la  famosa  Latina 
Isabel  Galindo,  que  parecía  yacer  en  la  Concepción  Jerónima, 
hasta  el  gran  poeta,  historiador  y  diplomático  D.  Diego  Hur- 
tado de  Mendoza,  que  fue  enterrado  en  San  Justo,  y  el  inge- 
nio feliz  de  Miguel  de  Cervantes,  sepultado  en  las  Trinitarias. 
Nuestros  artilleros  en  San  Bernardo  no  han  logrado  dar  con 
la  tumba  de  su  esclarecido  maestro  Julio  César  Ferrufino;  el 
teatro  aún  busca  en  San  Sebastián  á  Luis  Vélez  de  Guevara, 
en  las  Carmelitas  á  D.  Gabriel  Bocángel  Unzueta,  y  en  San 
Martín  á  D.  José  de  Cañizares;  la  poesía  sabe  que  Vicente  Es- 
pinel se  enterró  en  la  bóveda  de  San  Andrés,  Pedro  de  Padilla 
en  el  Carmen  Calzado,  y  en  San  Juan  Luis  Tribaldos  de  To- 
ledo; la  historia  y  la  heráldica  buscan  en  vano  á  Luis  Cabrera 
de  Córdova  en  San  Martín,  á  D.  Carlos  Coloma  en  San  Ber- 
nardo, á  Pedro  de  Valencia  en  Doña  María  de  Aragón,  en  el 
Carmen  á  D.  Tomás  Tamayo  de  Vargas,  en  el  Noviciado  á 
D.  Alonso  Núñez  de  Castro,  y  en  Monserrat  á  D.  Luis  de  Sa- 
lazar  y  Castro.  La  capilla  mayor  de  Santiago  encerró  las  en- 
trañas del  Cardenal  Granvela,  San  Francisco  el  Grande  el 
cuerpo  del  Licenciado  Gasea,  Virrey  del  Perú,  Antón  Martín 
al  portugués  D.  Juan  de  Matos  Fragoso,  los  Carmelitas  Des- 
calzos al  Presidente  de  Castilla  D.  Juan  de  Chumacero,  el 
Campo  de  la  Buena  Dicha  al  primer  Director  de  la  Academia 
de  la  Historia  D.  Agustín  Montiano  y  Luyando,  San  Felipe  el 
Real  al  P.  Enrique  Flórez  y  al  P.  Martín  Sarmiento,  y  Nues- 
tra Señora  de  la  Valvanera  al  sabio  é  inmortal  marino  D.  Jor- 
ge Juan.  ¿Dónde  fueron  tantos  despojos  venerandos?  Siendo 
Obispo  de  Madrid-Alcalá  el  Senador  Cardenal  Sancha,  nombró 
una  comisión  compuesta  del  Marqués  de  Cubas,  del  actual 
Obispo  de  Palencia  y  del  erudito  literato  D.  Juan  Pérez  de 
Guzmán,  para  que  entre  los  escombros  del  monasterio  de  la 
Concepción  Jerónima  que  caía  al  peso  de  la  piqueta  por  las 


PANTEÓN   NACIONAL  DE   ESPA:^OLES  ILUSTRES  83 

necesidades  de  la  urbanización  del  antiguo  Madrid,  explora- 
sen los  restos  de  hombres  ilustres  que  en  sus  muros  y  en  sus 
suelos  se  encontrasen.  ¡Sólo  pareció  momificado  el  cadáver  del 
Licenciado  Luis  Muñoz,  muerto  en  1643,  y  que  ocupa  un  lu- 
gar muy  secundario  en  nuestra  Minerva  española! 

Se  abrieron  los  cementerios  civiles  y  las  multiplicadas  sa- 
cramentales, y  aunque  en  aquéllos  y  aun  en  éstas  se  repitie- 
ron las  mondas  de  las  antiguas  sepulturas  de  las  iglesias,  justo 
es  consignar  que  nunca  como  ahora,  así  en  las  sacramentales 
clausuradas  como  en  las  que  subsisten  más  ó  menos  amenaza- 
das de  correr  con  el  tiempo  la  misma  suerte,  se  ha  conservado 
mayor  número  de  personajes  de  gran  nota  en  todas  las  esferas 
eminentes  de  la  vida  nacional  en  disposición  de  ser  traslada- 
dos donde  su  asilo  definitivo  forme,  aunque  tarde,  el  Panteón 
glorioso  de  los  que  ilustraron  la  patria  con  sus  acciones  bene- 
méritas, con  sus  servicios  altamente  calificados  y  con  las  an- 
torchas perennes  de  su  genio,  de  su  saber  3^  de  sus  produccio- 
nes. A  la  procesión  solemne  con  que  el  6  de  Junio  de  1869 
fueron  conducidos  desde  la  basílica  de  Atocha  á  la  grandiosa 
rotonda  de  San  Francisco  el  Grande  los  restos  que  se  habían 
hecho  llegar  á  Madrid  desde  diversas  provincias  para  inaugu- 
rar con  ellos  el  Panteón  Nacional  decretado  el  31  de  Mayo 
anterior,  sólo  se  pudo  hacer  concurrir  los  de  Juan  de  Mena, 
el  Gran  Capitán  Gonzalo  Fernández  de  Córdoba,  el  médico  y 
botánico  Laguna,  el  fundador  de  la  poesía  lírica  castellana 
moderna  Garcilaso  de  la  Vega,  y  el  fundador  de  la  poesía 
épica  castellana  D.  Alonso  de  Ercilla,  el  sabio  investigador 
de  la  Historia  Ambrosio  de  Morales,  el  Justicia  de  Aragón 
D.  Juan  de  Lanuza,  el  gran  dramaturgo  del  siglo  xvii  D.  Pe- 
dro Calderón  de  la  Barca,  el  genial  filósofo  y  poeta  D.  Fran- 
cisco de  Que  vedo  Villegas,  los  grandes  estadistas  de  Fernan- 
do VI  y  de  Carlos  III  Marqués  de  la  Ensenada  y  Conde  de 
Aranda,  los  arquitectos  insignes  de  los  reinados  de  Carlos  III 
j  Carlos  IV  D.  Ventura  Rodríguez  y  D.  Juan  de  Villanueva, 
y  el  heroico  General  de  la  Armada  española  D.  Federico  Gra- 


84  LA   ESPAÑA   MODERNA 


vina,  á  quien  estuvo  confiado  el  mando  superior  de  nuestra 
escuadra  en  la  rota  funeral  de  Trafalgar.  Otros  muchos  restos 
de  hombres  insignes  fueron  buscados  con  frustrada  ansiedad,. 
como  hace  poco  se  han  buscado  sin  éxito  los  de  nuestro  escla- 
recido maestro  del  arte  pictórico  Diego  Velázquez  de  Silva. 
Y  aunque  puede  argüirse  que  el  honor  que  á  la  patria  corres- 
ponde consagrar  á  sus  memorias,  en  parte  lo  indemnizan  los 
públicos  monumentos  que  sin  cesar  se  les  erigen,  no  sólo  en 
Madrid,  sino  en  muchos  pueblos  de  la  Monarquía,  principal- 
mente en  los  que  les  dieron  cuna,  no  hay  más  que  recordar  qué- 
gustosos  sacrificios  repetidas  veces  se  han  impuesto,  ya  el  Es- 
lado,  ya  las  corrientes  de  la  opinión  por  medio  de  suscripcio- 
nes nacionales,  ora  para  rescatar  de  suelo  extranjero  y  asilar- 
los bajo  espléndidas  edificaciones  y  estatuas  restos  como  los 
de  Groya,  Moratín,  Meléndez  Yaldés  y  Valdegamas,  ora  para 
levantar  soberbio  mausoleo  al  Tirteo  español  D.  Manuel  José 
Quintana,  como  el  que  ya  se  desmorona  en  los  abandonados 
patios  de  la  Patriarcal,  ora  para  reunir  los  de  otros  hombres 
señalados  que  trabajaron  tenazmente  en  un  designio  patrióti- 
co común,  como  los  de  Muñoz  Torrero,  Arguelles,  Mendizábaly 
Calatrava  y  Olózaga,  que  se  cobijan  bajo  otra  mole  monumen- 
tal de  piedra  adornada  de  preciosas  estatuas  en  los  patios 
abandonados  de  la  clausurada  sacramental  de  San  Sebastián. 
Estos  testimonios  y  muchos  otros  que  no  es  dable  acumular 
aquí,  demuestran  que  este  culto  de  la  muerte  hacia  los  que  die- 
ron á  la  patria  nombre,  fuerzas,  prestigios  inmortales,  forma 
parte  de  esa  religión  de  donde  brotan  la  fe  y  las  energías  deí 
alma  nacional. 

Si  verdaderamente  más  que  difícil,  habría  de  ser  empeño- 
imposible  de  realizar  la  tarea  de  inquirir  y  recolectar  el  cau- 
dal inmenso  de  nuestra  historia  de  doce  siglos  en  los  restos  dis- 
persos ó  perdidos  de  los  millares  de  figuras  salientes  que  la 
condecoran;  si  aun  en  la  jurisdicción  de  tiempos  que  no  están 
muy  lejanos,  esta  misma  labor  se  hace  no  menos  imposible  por 
las  causas  que  antes  se   han  expuesto,  la  ocasión  que  se  nos 


PANTEÓN   NACIONAL  DE   ESPAÑOLES  ILUSTRES  85 

presenta  con  la  tercera  evolución  que  en  poco  tiempo  se  rea- 
liza en  el  régimen  de  los  cementerios,  sírvanos  para  salvar  de 
una  pérdida  eterna  los  restos  que  aún  conservan  esos  depósi- 
tos de  la  muerte,  y-a  en  ruinas,  y  próximos  á  desaparecer  del 
todo  y  en  los  que  palpitan  como  vivos  la  mayor  parte  de  los 
nombres  esclarecidos  que  dieron  al  siglo  de  nuestra  indepen- 
dencia, de  nuestra  revolución  jurídica  y  de  nuestra  transfor- 
mación social,  el  ardiente  matiz  de  sus  luchas  y  conquistas. 
Ya  antes  se  dijo  que  en  los  patios  primitivos  de  San  Isidro  se 
halla  el  nicho  en  que  descansa  Campomanes;  en  el  mismo  pa- 
tio está  Toreno,  el  historiador  sublime  de  la  Guerra  de  la  In- 
dependencia y  de  la  Revolución  de  España;  allí  se  hallan  dos 
víctimas  ilustres  de  nuestras  discusiones  políticas  y  de  nues- 
tras guerras  civiles,  el  Greneral  Quesada,  Marqués  de  Monea- 
yo,  y  el  General  Diego  de  León,  Conde  de  Belascoain.  D.  José 
y  D.  Federico  de  Madrazo  representan  las  ramas  caudales  de 
ui]a  gloriosa  dinastía  de  artistas;  la  gloriosa  Regencia  de  Cá- 
diz tiene  allí  á  uno  de  sus  Presidentes,  D.  Ignacio  de  la  Pe- 
zuela.  Las  guerras  de  emancipación  de  América  allí  ofrecen 
á  la  historia  los  nombres  del  General  D.  Pablo  Morillo,  Conde 
de  Cartagena;  del  General  D.  Francisco  Xavier  Yenegas, 
Marqués  de  la  Reunión  de  Nueva  España,  y  del  General  de  la 
Armada  D.  Juan  Ruiz  de  Apodaca,  Conde  de  Venadito.  Hay 
nombres  humildes  á  quienes  no  puede  negárseles  el  honor  del 
monumento,  tales  son:  el  de  D.*  Andrea  Isabel  Tintero,  fun- 
dadora de  la  capilla  de  la  Soledad,  vulgarmente  llamada  déla 
Paloma,  y  el  de  D.  Bernardo  Conde,  último  Director  de  la 
Real  fábrica  de  loza  de  S.  M.,  llamada  del  Buen  Retiro. 

Pero  la  Sacramental  de  San  Isidro  aún  está  en  pie,  y  hay 
que  referirse  á  los  cementerios  en  ruina  que  van  en  breve  pla- 
zo á  desaparecer.  El  Congreso  de  los  Diputados  costeó  en  las 
Sacramentales  del  Sur  los  panteones  donde  descansan  sus 
ilustres  Presidentes  Castro  y  Orozco,  Marqués  de  Gerona  y 
Martínez  de  la  Rosa,  fundador  del  régimen  representativo  en 
España,  y  cuyo  nombre  sólo  bosqueja  una  época.  De  esta  épo- 


86  LA   ESPAÑA   MODERNA 


ca  son  brillantes  destellos  allí,  apagados  por  la  muerte,  Es- 
pronceda,  Larra,  Antera  y  Joaquina  Baus,  Carlos  Latorre, 
Carnerero,  el  escultor  Piquer,  los  dos  ilustres  artilleros  de  la 
guerra  de  la  Independencia  Navarro  Sangran  y  García  de 
Loigorry,  jefes  y  compañeros  de  los  heroicos  Daoiz  y  Ye- 
larde  y  el  primero  fundador  del  Museo  del  arma;  hacendis- 
tas de  Fernando  VII  como  D.  José  de  Canga-Arguelles;  Mi- 
nistros como  González  Salmón,  Martínez  Yillela,  D.  Eva- 
risto Pérez  de  Castro,  D.  Cirilo  Alvarez  Martínez.  Allí  es- 
tán periodistas  y  escritores  como  Luis  Rivera,  Ángel  Iznardi, 
Agustín  Bonnat,  Luis  Eguilaz,  Eduardo  González  Pedroso; 
eruditos  como  D.  Tomás  Sancha;  artistas  como  Joaquín 
Arjona,  D.  Francisco  Salas,  Carolina  Civili,  Eduardo  de  Za- 
macois;  hombres  públicos  como  D.  Pablo  Avecilla,  D.  Mel- 
chor Ordóñez;  Generales  de  la  Independencia  como  el  Conde 
de  Cervellón;  de  las  luchas  políticas  como  D.  José  Fulgosio; 
de  las  escuadras  del  mar  como  D.  Juan  María  Villavicencio  y 
D.  Francisco  Xavier  de  Ulloa,  y  entre  un  gran  número  de  pa- 
tricios señalados  y  de  grandes  de  la  Corona  tres  generaciones 
consecutivas  de  Duques  de  Medinaceli. 

Si  se  visitan  los  cementerios  del  Norte,  en  San  Martín,  el 
mejor  cuidado  de  todos,  casi  reciben  á  la  entrada  los  tres  mo- 
numentos de  piedra  que  se  levantan:  uno  al  Duque  d©  Sevi- 
llano, D.  Juan  de  Mata  Sevillano  y  Freiré,  ilustre  hacendista; 
otro,  con  estatua  yacente  de  mármol,  al  Conde  de  Quinto,  y 
otro  á  la  familia  del  Virre^^  del  Perú  D.  Joaquín  de  la  Pezuela, 
que  en  la  defensa  de  las  colonias  de  la  patria  en  el  Perú  con- 
quistó heroicamente  el  título  de  Marqués  de  Viluma.  El  ge- 
neralato de  grandes  recuerdos  allí  abunda  con  nombres  coma 
los  de  D.  Dionisio  Capaz,  el  Barón  deMeer,  D.  Manuel  Llan- 
der,  Bassecout,  Enrique  O'Donnell,  el  Conde  de  Almildez  de 
Toledo,  Orive,  Milans  del  Boch,  el  Marqués  de  Torrelavega. 
Y  en  confusión  que  no  hay  que  clasificar  aquí,  figuras  como 
las  de  D.  Juan  Gualberto  González,  D.  José  de  Peña  Aguayo, 
D.  Fermín  de  la  Puente  Apezechea,  D.  Frutos  Saavedra  M©- 


PANTEÓN   NACIONAL   DE    ESPAÑOLES   ILUSTRES  87 

neses,  D.  Antonio  Aparicio  Guijarro,  D.  Mateo  Seoane,  don 
Lucio  del  Valle,  el  maestro  de  música  de  la  Reina  Doña  Isa- 
bel II  D.  Pedro  Albéniz,  Eduardo  Rosales,  Francisco  Zea, 
D.  Cayetano  Alberto  de  la  Barrera;  los  periodistas  D.  Tomás 
Pérez  Anguita,  D.  José  Lorenzo  de  Figueroa,  D.  Vicente  Ro- 
dríguez Varo.  Y  todavía  en  otro  orden  de  servicios  sociales  el 
Dr.  D.  Santiago  Ortega  Cañamero,  fundador  del  Cuerpo  fa- 
cultativo de  beneficencia  municipal  de  Madrid;  D.  Lavinio 
Stuyck,  el  último  Director  de  la  antigua  fábrica  de  tapices; 
el  calígrafo  D.  José  Francisco  de  Iturzaeta,  último  maestro  de 
la  caligrafía  española,  y  otros  que  no  hay  medios  de  mencio- 
nar sin  caer  en  la  prolijidad.  Por  último,  y  para  terminar,  el 
que  pasa  por  la  Patriarcal,  á  pesar  de  las  prohibiciones  que 
impiden  su  entrada  en  aquel  vasto  campo  en  que  cada  día  cre- 
cen las  profanaciones  y  las  ruinas,  no  sólo  llora  ante  el  aban- 
donado monumento  nacional  á  Quintana:  el  nicho  del  Duque 
de  San  Miguel,  los  de  la  familia  Ferrant,  el  del  inolvidable 
Guelbenzu  y  el  del  inolvidable  Gaztambide,  toda  la  genera- 
ción de  los  Escosuras,  toda  la  de  los  Anduaga,  Ribot  y  Fron- 
trerí,  los, Bretón  de  los  Herreros,  los  que  amó  el  preclaro  Mar- 
qués de  Salamanca,  los  héroes  de  África  como  el  primer  Mar- 
qués de  Benzú,  el  laborioso  Caravantes,  llaman  tanto  sobre  sí 
la  atención  que  reclaman  de  la  gratitud  nacional  como  el  Mar- 
qués de  Saint-Simon  en  el  Cementerio  General  del  Norte,  Leo- 
nardo de  Alenza  en  San  Luis  y  centenares  de  otros  nombres 
ilustres  en  todos  los  demás. 

La  importancia  de  la  administración  pública,  no  ya  para 
salvar  estos  restos  venerandos  de  la  confusión  y  de  la  disper- 
sión que  les  amenaza,  sino  hasta  de  una  simple  traslación  de 
todos  los  que  contienen  los  cementerios  y  Sacramentales  que 
han  de  desaparecer  enteramente,  se  pone  de  manifiesto  sólo 
con  observar  que,  á  pesar  de  las  bases  con  que  se  procedió  á  la 
construcción  de  la  Necrópolis  del  Este  y  del  espíritu  con  que 
se  redactó  la  Real  orden  del  Ministerio  de  la  Gobernación  que 
dispuso  la  clausura,  y  de  las  posteriores  sobre  la  perentorie- 


88  LA   ESPAÑA   MODERNA 


dad  de  que  esos  restos  humanos  se  extraigan  de  los  lugares  en 
que  descansan  y  dejen  de  perjudicar  á  la  higiene  de  la  pobla- 
ción viva  que  se  les  echa  encima,  van  transcurridos  diez  y  siete 
años  sin  haber  pasado  de  las  disposiciones  pasivas  sobre  el 
papel.  Los  arquitectos  que  proyectaron  el  plan  á  que  se  ha 
ajustado  la  construcción  de  la  Necrópolis  del  Este,  natural- 
mente, tuvieron  que  ocuparse  de  la  preparación  de  un  osario, 
en  las  condiciones  generales  que  los  adelantos  de  la  ciencia  es- 
tablecen para  estos  indispensables  ministerios  de  la  mansión 
de  la  muerte;  pero  al  formar  su  plan  lo  acomodaron  á  la  eco- 
nomía general  de  la  construcción  que  meditaban,  sin  arbitrar 
nada  para  el  depósito  numeroso  de  los  despojos  que  habían  de 
arrojar  los  cementerios  que  iban  á  desaparecer.  No  tiene  Ma- 
drid, como  tiene  París,  aquellas  catacumbas  de  la  Tombe- 
Issoire,  que,  destinadas  desde  1787  á  estos  depósitos  colecti- 
cios, pueden  ser  distribuidos  con  un  orden  admirable,  recibién- 
dolos sin  cesar  en  cantidades  abrumadoras,  sin  que  falte  jamás 
el  espacio  para  alojarlos.  Pero  aquí  no  hay  lugar  idóneo  para 
estos  depósitos,  y  cuando  las  quejas  que  se  han  hecho  llegar  á 
los  más  altos  peldaños  de  la  pública  administración  ha  compe- 
lido  á  las  disposiciones  platónicas  de  1899,  el  Ministerio  de  la 
G-obernación  ha  tenido  que  instar  al  Ayuntamiento  de  Madrid 
para  que  proceda  á  plantear  y  acelerar  las  obras  de  la  aún  no 
nacida  Necrópolis  del  Oeste,  á  fin  de  que  en  él  se  arbitre  este 
ministerio,  porque  en  el  del  Este  no  sólo  se  han  rebasado  todos 
los  cálculos  en  sus  diez  y  siete  años  de  existencia,  sino  que  ya 
es  preciso  pensar  en  dilataciones  y  ensanches  nuevos  ,  porque 
con  haber  parecido  su  proyección  tan  espaciosa,  ya  no  basta  á 
las  exigencias  de  la  realidad. 

En  la  Necrópolis  del  Este,  desde  1884=  van  hechas  sobre 
252.600  inhumaciones.  En  el  proyecto  de  los  arquitectos  Arbós 
y  Urioste  sólo  se  hizo  cabida  para  67.701  enterramientos  en 
todo  género  de  sepulturas,  y  ya  van  hechas  más  de  80.000 
extracciones  de  cadáveres  para  dejar  lugar  á  los  que  sin  cesar 
demandan  inhumación,  existiendo  en  esto  un  conflicto  real  tan 


PANTEÓN   NACIONAL   DE   ESPANTÓLES   ILUSTRES  89 


grave  como  el  de  la  ruina  creciente  de  los  cementerios  clausu- 
rados y  la  imposibilidad  de  hacer  el  traslado  de  los  despojos 
mortales  que  contienen.  No  hay  que  decir  al  Senado  que  en  las 
mondas  de  los  80.000  cadáveres  extraídos  de  las  sepulturas  de 
la  Necrópolis  del  Este  hay  que  reconocer  que  pueden  ya  haber 
sido  arrastrados  á  la  confusión  del  tumulto  restos  de  algunos 
hombres  esclarecidos  con  quienes  la  fortuna  no  fue  tan  esplén- 
dida como  el  talento;  y  que  habiendo  muerto  muchos  hasta 
en  la  indigencia,  sus  sepulturas  no  fueron  individualizadas  al 
ser  sus  cadáveres  inhumados,  ni  con  ellos  se  cumplió  el  pensa- 
miento de  los  autores  del  proyecto  de  la  Necrópolis,  que  pen- 
saron consagrar  una  parte  de  ©1  á  recibir  tales  cenizas.  De 
modo  que  si  en  la  incesante  rotación  de  la  vida,  en  algún 
tiempo,  las  obras  que  dejaron  reclamar  la  atenta  predilección 
de  otras  generaciones,  y  deificando  sus  memorias  el  culto  que 
se  les  dispense  inspira  el  deseo  de  investigar  el  lugar  y  la  exis- 
tencia de  sus  restos,  volverán  á  repetirse,  en  las  imprevisiones 
de  nuestro  carácter,  las  vanas  tentativas  hechas  para  hallar 
las  sepulturas  de  Miguel  de  Cervantes  Saavedra,  de  Isabel  Ga- 
lludo la  latina  y  de  Diego  Velázquez  de  Silva. 

La  creación  del  Panteón  Nacional  que  se  propone  al  Sena- 
do, pudiendo  resolver  toda  esta  inmensa  complejidad  de  cues- 
tiones, me  anima  á  presentar  á  su  consideración  la  proposición 
del  siguiente 

PROYECTO  DE  LEY. 

Artículo  1.°  Para  solemnizar  la  declaración  feliz  de  la  ma- 
yor edad  del  Rey  Don  Alfonso  XIII  se  crea  un  Panteón  Nacio- 
nal de  Españoles  Ilustres. 

Este  Panteón  Nacional  deberá  construirse  en  paraje  dis- 
tante de  los  límites  urbanos  de  Madrid  y  á  donde  la  población 
jamás  pueda  llegar,  quedando  prohibida  desde  el  momento  de 
su  instalación  oficial  la  construcción  de  ningún  edificio  par- 
ticular en  el  radio  de  1.500  metros  de  su  cerca. 


90  LA   ESPAÑA   MODERNA 


Art.  2.^  En  el  momento  en  que  las  Cortes  aprueben  y  la 
Corona  sancione  este  proyecto  de  ley,  se  formará  una  Comi- 
sión directiva  y  ejecutiva  de  la  construcción  del  Panteón  Na- 
cional de  Españoles  Ilustres,  compuesta  del  primer  Vicepresi- 
dente del  Senado  y  un  Senador  delegado  más,  de  los  cuales  el 
uno  ha  de  serlo  Senador  por  derecho  propio  y  el  otro  electivo; 
del  primei  Vicepresidente  y  de  un  Diputado  á  Cortes  delegada 
para  esta  Comisión,  del  Reverendo  señor  Obispo  de  Madrid- 
Alcalá,  del  Subsecretario  del  Ministerio  de  la  Cober nación,  del 
Gobernador  civil  y  Alcalde  de  Madrid,  de  dos  individuos  de 
cada  una  de  las  Reales  Academias  Española,  de  la  Historia, 
de  Ciencias  naturales,  físicas  y  exactas,  de  Ciencias  Morales  y 
Políticas,  de  Bellas  Artes  de  San  Fernando,  de  Medicina  y  de 
Jurisprudencia;  de  otros  dos  individuos  del  Ateneo  de  Madrid^ 
de  la  Sociedad  de  Escritores  y  Artistas,  del  Círculo  de  las  Be- 
llas Artes,  de  la  Asociación  de  la  Prensa  y  del  Círculo  Militar, 
y  finalmente,  de  dos  señores  curas  párrocos  de  Madrid. 

La  Presidencia  de  esta  Comisión  corresponderá  al  Vice- 
presidente de  mayor  edad  entre  los  del  Senado  y  el  Congreso, 
y  habrá  cuatro  Secretarios:  el  primero,  Académico  de  la  His- 
toria; el  segundo,  del  Ateneo  de  Madrid;  el  tercero,  entre  la 
Delegación  de  señores  Párrocos,  y  el  cuarto,  de  la  Asociación 
de  la  Prensa. 

Art.  3.**  La  Comisión  Directiva  y  Ejecutiva  de  la  construc- 
ción del  Panteón  Nacional  de  Españoles  Hustres  procederá  in- 
mediatamente á  concordar  entre  las  autoridades  eclesiásticas 
y  civiles  que  intervienen  en  la  constitución  de  los  cementerios 
clausurados  y  las  Necrópolis  de  jMadrid  la  forma  en  que  el 
Ayuntamiento  de  la  villa  ha  de  incautarse  de  las  Sacramenta- 
les clausuradas,  de  los  terrenos  que  ocupan,  de  los  archivos 
que  posean  y  de  todos  los  instrumentos  que  existen  respecto  á 
los  contratos  hechos  para  la  propiedad  de  las  tumbas  que  en 
los  mismos  se  encuentren  ocupadas,  ya  temporalmente,  ya  á 
título  de  perpetuidad. 

El  Ayuntamiento  de  Madrid  se  encargará  inmediatamente, 


PANTEÓN  NACIONAL   DE   ESPAÑOLES  ILUSTRES  91 

después  de  la  incautación,  de  la  guarda  y  conservación  de  los 
cementerios  y  de  sus  tumbas  y  de  la  documentación  de  sus  ar- 
chivos, procurando  que  se  mantengan  en  orden  para  poder 
atender  en  el  acto  á  todo  género  de  reclamaciones  de  las  fami- 
lias interesadas  en  las  sepulturas,  cuyos  derechos  han  de  ser 
reconocidos. 

Art.  4.°  La  Comisión  Directiva  y  Ejecutiva  de  la  construc- 
ción del  Panteón  Nacional  de  Españoles  Ilustres  concordará 
con  el  Ayuntamiento  de  Madrid  la  forma  de  embeber  en  un 
sólo  proyecto  la  construcción  del  Panteón  Nacional  y  la  de  la 
segunda  Necrópolis,  hasta  ahora  no  comenzada  y  denominada 
del  Oeste,  con  la  condición  precisa  de  reconocer  en  ellas  los 
derechos  que  asisten  á  las  Archicofradías  sacramentales,  á  las 
que  debidamente  se  les  autorizó  para  establecer  los  cemente- 
rios que  se  les  han  clausurado,  para  poder  continuar  en  el  te- 
rreno que  á  cada  uno  se  le  fije  los  objetos  de  su  instituto  res- 
pecto á  sus  mayordomos  y  congregantes,  pudiendo  trasladar  á 
ellos  los  monumentos,  panteones  y  demás  sepulturas  perpe- 
tuas que  en  sus  respectivas  Sacramentales  existen,  conservan- 
do á  las  familias  interesadas  los  derechos  que  habían  adquiri- 
do y  haciéndose  la  traslación  á  costa  del  valor  de  los  terrenos 
que  ocupan  los  cementerios  clausurados,  cuyos  remanentes  se 
destinarán  á  los  gastos  de  la  obra  general  del  Panteón  Na- 
cional. 

Art.  5.°  Para  el  costo  de  esta  obra  se  permitirá  al  Ayun- 
tamiento de  Madrid:  primero,  la  aplicación  íntegra  del  presu- 
puesto íntegro  de  la  proyectada  Necrópolis  del  Oeste;  segun- 
do, la  aplicación  de  los  remanentes,  si  los  hubiere,  de  la  venta 
de  los  terrenos  de  los  antiguos  cementerios  generales,  del  pro- 
vincial y  de  las  Sacramentales  incautadas;  tercero,  el  levanta- 
miento de  un  empréstito  en  las  condiciones  que  más  favorez- 
can los  intereses  del  Municipio,  cuyos  intereses  se  han  de  pa- 
gar, así  como  la  amortización  de  sus  acciones  por  sorteos  anua- 
les, de  los  productos  del  mismo  Panteón.  Este  empréstito  reci- 
birá la  garantía  del  Estado. 


92  LA   ESPAÑA    MODERNA 


Art.  6.°  El  Panteón  Nacional  se  lia  de  construir  en  el  lu- 
gar denominado  Cerro  de  los  Angeles,  término  de  Gretafe  y 
punto  céntrico  geográfico  del  territorio  peninsular  de  la  Mo- 
narquía española,  debiendo  el  Ayuntamiento  de  Madrid  comi- 
sionar inmediatamente  á  los  arquitectos  municipales  para 
pasar  á  dicho  lugar,  con  el  objeto  de  estudiar  la  topografía 
del  terreno,  la  disposición  de  las  partes  en  que  ha  de  dividir- 
se, la  extensión  que  se  necesita  para  todo  el  plan  de  la  obra_, 
los  medios  de  practicar  las  vías  más  expeditas  que  á  él  han  de 
conducir  y  el  mejor  sistema  que  se  ha  de  adoptar  para  la  ex- 
pedición de  los  trenes  funerarios,  su  abastecimiento  de  aguas 
y  todos  los  demás  complicados  servicios  que  han  de  correspon- 
der á  un  establecimiento  que,  además  del  objetivo  fundamen- 
tal que  lo  crea,  ha  de  satisfacer  las  crecientes  exigencias  que 
en  Madrid  tiene  el  problema  de  la  mortalidad  y  de  la  sepultu- 
ra, que  ya  no  cumple  enteramente,  como  era  lícito  esperar,  la 
nueva  Necrópolis  de  los  campos  de  Valdemoro,  ni  aun  los  pro- 
yectos de  la  del  Oeste,  que  permanecen  sin  hacer. 

Los  arquitectos  comisionados  por  el  Ayuntamiento  de  Ma- 
drid para  este  estudio,  deberán  presentar  en  el  menor  plazo 
posible  el  plano  de  la  ejecución,  la  Memoria  facultativa  que  lo 
desenvuelva  y  los  cálculos  económicos  del  costo,  á  fin  de  que 
la  inauguración  de  las  obras  puedan  corresponder  al  día  de  la 
declaración  de  la  mayor  edad  de  S.  M.  el  Rey  D.  Alfonso  XIII, 
en  conmemoración  de  cuyo  fausto  suceso  ha  de  realizarse  este 
proyecto. 

Art.  7."^  El  Panteón  Nacional  ha  de  constar:  1.''  De  una  ca- 
pilla monumental  central,  bajo  la  advocación  de  Nuestra  Se- 
ñora de  los  Angeles,  para  que  en  ella  se  conserve  así  el  hermo- 
so título  que  de  tiempo  inmemorial  lleva  la  que  ahora  existe  en 
aquel  sitio,  como  para  que  se  mantenga  en  él  el  patronato  que 
esta  inviolable  devoción  ejerce  sobre  la  villa  inmediata  de  (xe- 
tafe,  á  cuyo  término  pertenece.  2.°  De  los  patios  superiores  que 
han  de  constituir  el  verdadero  Panteón  Nacional,  destinados 
exclusivamente  á  la  sepultura  de   notorias  ilustraciones  del 


PANTEÓN    NACIONAL   DE    ESPAÑOLES   ILUSTRES  93 

país,  debiéndose  consagrar  el  primero  á  los  Obispos  de  Madrid- 
Alcalá  y  á  las  del  orden  eclesiástico;  el  segundo  á  las  de  la 
grandeza,  títulos  de  Castilla  y  nobleza  colegiada;  el  tercero  á 
los  individuos  del  Ejército  y  Marina,  á  cuyo  enterramiento  en 
diclio   lugar  no  sólo   tendrán  derecho  los  que  se  hallen  en  Ios- 
más  altos  grados  de  la  milicia,  sino  los  subalternos  que  hayan 
ganado   la  Cruz  de  San  Fernando,    que  se  hayan  distinguido 
por  inventos  y  adelantos  especiales,  y  los  que  hayan  produci- 
do obras  técnicas  ó  históricas  dignas  de  perpetua  memoria;  el 
cuarto,  á  todas  las  demás  notabilidades  del  orden  civil.  3.^  Lo& 
patios  inferiores,  descendiendo  siempre  desde  la  cima  del  cerro 
á  sus  faldas,  se  compartirán   entre  el  Cementerio  municipal 
que  ha  de  sustituir  al  proyectado  con  el  nombre  del  Oeste,  con 
todas  las  divisiones  que  tiene  la  Necrópolis  municipal  del  Este^ 
los  terrenos  que  se  destinen  á  las  Congregaciones   Sacramen- 
tales á  las  que  pertenecían  los  cementerios  del  Sur  y  del  Norte 
de  Madrid  que  han  de   desaparecer  absolutamente  y  á  los  que 
se  han  de  trasladar  las  sepulturas   perpetuas  que  en  la  actua- 
lidad existen  en  ellos,  y  finalmente,  un  extenso  osario  con  ca- 
pacidad  suficiente  para    el    ministerio   importante  que  debe 
desempeñar. 

La  red  de  comunicación  que  ha  de  establecerse  entre  unas 
y  otras  partes,  por  medio  de  vías  expeditas  adornadas  con  ár- 
boles propios  de  la  naturaleza  de  estos  parajes  y  platabandas- 
y  marcos  de  fiores  adornadas,  así  como  las  que  se  han  de  es- 
tablecer en  el  servicio  interior  de  cada  uno  de  estos  compar- 
timentos, deberán  ser  objeto  de  estudio  especial,  no  sólo  para 
denotar  estas  divisiones,  sino  para  que  todas  confluyan  en  de- 
rredor de  la  capilla  central,  pues  el  Monumento  Nacional  de 
la  muerte  consagrado  á  los  Españoles  Ilustres,  no  puede  ser 
sino  esencialmente  un  Cementerio  católico. 

Art.  8.^  El  orden  de  los  monumentos,  panteones  y  sepul- 
turas monumentales  que  á  costa  de  las  familias  de  los  muertos 
hayan  de  erigirse,  ya  en  campo  abierto,  ya  en  capillas  aisladas, 
ya  en  los  muros  interiores  de  la  capilla  común,  será  objeto  de 


94  LA    ESPAÑA  MODERNA 


las  determinaciones  reglamentarias  que  establezca  la  Comisión 
Directiva  y  Ejecutiva  de  la  construcción  del  Panteón  Nacional, 
así  como  toda  la  reglamentación  de  su  policía  y  de  su  economía. 
En  este  último  sentido,  en  el  Panteón  Nacional  de  Espa- 
ñoles Ilustres  solamente  serán  gratuitas  las  inhumaciones  de 
las  notabilidades,  de  cualquier  esfera  que  sean,  que  mueran  en 
'  la  pobreza. 

Art.  9.^  Del  registro  mortuorio  de  los  españoles  ilustres 
que  sean  enterrados  en  el  Panteón  Nacional,  se  dará  cuenta 
certificada  por  partidas  de  una  en  una  á  la  E,eal  Academia  de 
la  Historia,  y  ésta  las  conservará  en  expedientes  organizados 
por  orden  alfabético,  á  los  que  se  unirán  cuantos  antecedentes 
biográficos  el  celo  de  tan  benemérito  Cuerpo  se  pueda  propor- 
cionar, á  fin  de  formar  un  fondo  opulento  de  noticias  testifica- 
les que  sirvan  de  base  al  Diccionario  general  de  laÍDÍografía 
española  cuando  las  atareadas  ocupaciones  de  la  Academia  le 
permitan  acometer  el  inventario  general  de  las  glorias  espa- 
ñolas de  que  se  carece  todavía. 

Art.  10.  Una  subcomisión  de  la  Comisión  Directiva  y  Eje- 
cutiva de  la  construcción  del  Panteón  Nacional  pasará  perso- 
nalmente á  reconocer  todos  los  cementerios  abiertos  y  clausu- 
rados que  existen  en  Madrid,  así  como  las  iglesias  en  que  toda- 
vía se  conserven  sepulturas  monumentales  de  pasados  siglos. 
Esta  subcomisión  abrirá  un  expediente  descriptivo  á  cada  uno 
de  los  sepulcros  y  enterramientos  que  conserven  restos  huma- 
nos de  españoles  ilustres,  y  en  los  cementerios  que  han  de  des- 
aparecer y  en  los  que  en  lo  sucesivo  desaparezcan,  recogerá 
todos  los  vestigios  artísticos  que  no  puedan  ser  trasladados  á 
sus  nuevas  tumbas,  formándose  con  ellos,  y  con  las  inscripcio- 
nes funerarias  que  lo  merezcan,  una  sección  especial  en  el  Mu- 
seo Arqueológico  Nacional,  cuyo  Director  debe  unir  uno  ó 
más  empleados  de  dicho  establecimiento  y  pertenecientes  al 
Cuerpo  facultativo  de  Archiveros,  Bibliotecarios  y  Arqueólo- 
gos, que  ilustren  con  sus  conocimientos  y  ayuden  con  sus  tra- 
bajos los  de  la  referida  subcomisión. 


PANTEÓN   NACIONAL   DE   ESPAf^OLES  ILUSTRES  95 


Art.  11  y  último.  Antes  de  disolverse  la  Comisión  Direc- 
tora y  Ejecutiva  de  la  construcción  del  Panteón  Nacional  de 
Españoles  Ilustres  ha  de  dar  por  acabados  todos  los  trabajos 
de  reglamentación,  administración  y  economía  á  que  se  haya 
de  ajustar  la  existencia  de  este  establecimiento,  procurando 
en  todas  sus  determinaciones  concordar  siempre  los  intereses 
de  la  potestad  civil  con  la  eclesiástica,  los  privativos  del  Pan- 
teón Nacional  con  los  particulares  de  la  Necrópolis  Municipal, 
y  los  de  éstas  con  las  de  las  Congregaciones  sacramentales, 
cuyos  derechos  no  caduquen. 

La  Comisión  Directiva  y  Ejecutiva  no  cesará  en  sus  fun- 
ciones, hasta  tanto  que  las  obras  y  servicios  totales  del  Pan- 
teón Nacional  estén  completamente  terminados  y  se  haya 
inaugurado  activamente  su  importante  Ministerio. 

Madrid...  de...  de  1901. 

Las  siete  firmas  que  debe  llevar  esta  proposición  ó  proyec- 
to de  ley,  son: 


Como  autor El  Conde  de  las  Almenas. 

El  Cardenal  Sancha,  Arzobispo 
de  Toledo. 

'      mayor. 
El  Conde  de  Cheste,  Capitán  Ge- 
neral del  Ejército,  Director  de 

Dos  grandes \     la  Academia  Española. 

El  Duque  de  Santo  Mauro,  ex- 
Alcalde  de  Madrid. 
I  D.  Francisco  Fernández  y  Gon- 
I     zález,   Rector  de   la  Univer- 

.f,  .^  I     sidad  Central.  —  De  la  Real 

Dos  escritores < 

\     Academia  de  la  Historia. 


Dos  prelados ,^    ^ 

'  El  Obispo  de  Sion,  Procapellán 


El  Marqués  de  Valdeiglesias,  Di- 
rector de  La  Época. 


/ 


96  LA   ESPAÑA    MODERNA 


III 


El  manuscrito  trascrito  es  el  original  que  en  su  poder  con- 
servaba el  Conde  de  las  Almenas,  y  que  su  hijo,  el  Marqués 
del  Llano  de  San  Javier,  á  mis  instancias,  ha  tenido  la  bon- 
dad de  devolverme.  Aunque  en  San  Justo  se  haya  inaugurado 
un  conato  de  Panteón  Nacional  de  Españoles  Ilustres;  aunque 
á  él  se  hayan  trasladado  en  las  fiestas  de  la  mayor  edad  del 
líey  D.  Alfonso  XIII  las  cenizas  de  tres  insignes  varones  de 
la  Minerva  y  del  Arte  español,  los  de  Espronceda,  Larra  y 
Eosales,  creo  que  el  Panteón  no  está  fundado  de  una  manera 
definitiva  y  creo  que  las  ideas  expuestas  pueden,  para  crearlo 
con  la  importancia  que  demanda,  servir  de  alguna  utilidad. 

Juan  Pérez  de  Guzmán. 


LA  DEVASTACli  EN  EL  SUR  DE  ÁFRICA 


Si  la  guerra,  como  afirmaba  el  clásico  soldado  de  nuestro 
E-enacimiento,  fue  siempre  «estrago,  riguridad  y  muerte»,  la 
lucha  anglo-boer  aventaja  en  rigor  y  ruina  á  las  más  asolad  o - 
ras  de  la  Historia.  La  devastación  del  Palatinado;  las  corre- 
rías de  los  Mariscales  del  primer  Imperio,  modelo  en  punto  á 
destruir  y  garbear,  según  prueban  con  pasmoso  descaro  los 
papeles  de  la  rica  literatura  napoleónica...  son  floreos  y  ha- 
zañas livianas  cotejadas  con  el  arrasamiento  sistemático  y  la 
violencia  carnicera  que  se  han  empleado  para  domeñar  dos  pe- 
queñas E-epúblicas  que  ansiaban  gozar  de  vida  independiente, 
y  cuya  población,  con  respecto  á  la  que  ampara  la  bandera 
británica,  está  en  la  desproporción  inmensa  de  1  :  10.000. 

Maravilla,  en  verdad,  cómo  raza  tan  diestra  en  los  negocios 
públicos,  cual  la  inglesa,  con  personal  de  Vélite^  política  y  so- 
cial cano  y  sagaz,  ha  podido  caer  en  el  pozo  sin  fin  de  esa  lu- 
cha que  tanto  ha  mermado  su  concepto  de  pueblo  heraldo  de 
derecho  y  del  sentimiento  á  lo  Arnold,  y  que  tan  al  vivo  ha 
herido  sus  más  vitales  intereses.  Sólo  se  explica,  á  nuestro 
ver,  tan  raro  caso,  por  aquella  embriaguez  de  gloria  y  de  po- 
derío que  á  las  veces  domina  á  las  naciones,  cual  ocurrió  á  la 
España  del  siglo  xvi,  que  perdió  la  noción  de  sus  destinos  co- 
rriendo por  Europa  y  por  las  Indias  cegada  por  el  centelleo 
de  las  picas  y  de  los  arcabuces  de  sus  tercios,  y  como  en  tiem- 
E.  U.— Julio  1902.  7 


98  LA   ESPAÑA   MODERNA 


pos  más  cercanos  aconteció  á  la  Francia  napoleónica,  justa- 
mente enloquecida  por  el  genio  de  su  Titán  y  la  brava  destre- 
za de  sus  tenientes  y  legionarios. 

De  esa  suerte  también,  el  imperialismo  creciente  durante 
el  largo  reinado  de  Victoria  ha  trastornado  el  juicio  de  gentes 
tan  prácticas  y  sesudas  como  las  de  Grran  Bretaña,  llevando 
sus  apóstoles  insaciables  y  briosos  á  la  política  metropolitana 
por  rumbos  distintos  á  aquellos  por  donde  en  días  no  muy  le- 
janos la  llevase  con  gloria,  abundancia  y  respeto  general,  el 
espíritu  levantado  del  liberalismo  gladstoniano.  Por  eso,  los 
pseudo-estadistas  que  manipulan  los  negocios  públicos  en  los 
Consejos  reales  y  sus  devotos  ilusionistas  del  rabioso  «jingoís- 
mo», han  pretendido  realizar  el  milagro  de  que  los  errores  de 
la  dirección  y  las  codicias  desenfrenadas  de  una  tendencia  gu- 
bernamental, pudieran  ser  enmendadas  por  las  armas,  aplas- 
tando una  raza  vigorosa,  benemérita  de  la  civilización,  cuyos 
hechos  relampaguearán  siempre  con  brillo  que  no  igualarán, 
■ciertamente,  ni  la  opulencia  ni  los  elementos  amasados  por  el 
poder  más  fabuloso  que  ha  conocido  el  mundo. 

Caminando  por  el  despeñadero  de  sus  codicias  de  dominio, 
los  pueblos,  como  los  individuos,  se  precipitan,  amontonando 
errores  y  pecados  sin  tasa,  ayudados  por  elementos  que  cons- 
piran en  su  daño.  Así,  Inglaterra,  por  virtud  de  sus  fáciles 
triunfos  de  toda  hora  en  África  y  en  Asia,  contra  aschantis, 
afghanes  y  matabeles,  creyó  empresa  fácil  la  conquista  de  los 
Estados  boers;  fiada  en  la  fortaleza  increíble  de  su  nota  de 
<3ombate,  abandonó  sus  Instituciones  militares  terrestres;  hin- 
•chada  por  sus  tesoros  de  toda  clase,  no  reparó  en  sacrificios 
ni  en  avasallamientos.  Y  el  producto  de  los  errores  de  su  polí- 
tica, de  los  desequilibrios  de  sus  fuerzas  marciales,  de  sus  pre- 
cipitaciones y  flaquezas  de  todo  orden,  ha  sido  esa  lucha  de  cer- 
ca de  tres  años,  con  unos  pobres  granjeros  celosos  de  su  vida 
nómada  y  feliz,  abandonados  á  sus  flacos  recursos  materiales, 
creyentes  iluminados  que  pelean  con  la  Biblia  por  consejera  y 
■el  Maüsser  y  el  Lee-Metford  como  garantía  de  sus  triunfos. 


DEVASTACIÓN    EN"   EL    SUR   DE    ÁFRICA  99 

El  patriotismo  viril  de  Inglaterra,  herido  por  los  desastres 
inacabables  en  el  Tugela  y  en  el  Modder,  en  el  Orange  y  en 
©1  Vaal,  suplió  con  facilidades  y  medios  algunas  de  las  defi- 
ciencias de  la  dirección;  mas   no  pudo   crear  Instituciones, 
fuerza    generadora,    manantiales  del  poderío  de  un  pueblo, 
porque  estas  cosas  vienen  á  ser  como  los  bosques  seculares 
■cuyas  encinas  y  cuyos  pinos  robustos  y  enhiestos,  son  la  obra 
de  los  años  y  no  pueden  improvisarse  con  derroches  de  oro  ni 
de  entusiasmo.  Y  como  no  le  fue  posible  crear  Instituciones, 
pese  á  sus  ansias  y  á  su  vigor,  tampoco  alcanzó  en  el  teatro 
déla  guerra  más  éxitos  que  aquellos  derivados  de  la  despro- 
porción de  elementos  y  de  tal  cual  descuido  ú  obcecación  de 
sus  adversarios.  Pero  al  advertir  los  pobres  burghers  la  ava- 
lancha «innúmera  como  las  arenas  del  desierto»  que  lord  E,o- 
berts  llevara  para  aplastarles,  con  toda  la  balumba  de  máqui- 
nas y  engeños  de  destrucción,  que  puede  suponerse  en  nación 
tan  próspera  como  Grran  Bretaña,  apelaron  á  la  guerra  de  los 
débiles,  á  la  lucha  nacional,  ardiente,  dura,  ardidosa,  lleván- 
dola con  una  gallardía  y  un  tesón  tan  admirables,  que  será 
siempre  el  modelo  en  que  se  inspirarán  cuantos  poderes  teman 
el  aplastamiento  por  colosos  desenfrenados.  Y  los  De  Wet,  los 
Delarey,  los  Botha,  los  Kruitriniger,  los  Beyers,  los  Malán, 
realizaron  la  epopeya  que  un  siglo  atrás,  en  lucha  fiera  con  el 
primer  Capitán  de  la  humanidad,  trazaran  en  las  estepas  y  en 
los  riscos  de  la  Península  los  Mina,  los  Sánchez  y  los  Empe- 
cinado. 

Nerviosa  y  molesta  la  Metrópoli,  ó  por  lo  menos  aquella 
parte  bullidora  del  imperialismo  dominante,  pidió  rigores  y 
durezas  para  cortar  una  guerra  que  ha  costado  á  Gran  Bretaña 
más  de  lo  que  gastase  en  sus  campañas  contra  Napoleón.  La 
flaqueza  de  la  política  y  su  ceguera  conspiraron  para  llevar  la 
desolación  y  la  ruina  á  dos  pueblos  antes  dichosos,  extreman- 
do el  rigor  á  tal  punto,  que  la  cristiandad  generosa  y  no  pica- 
da de  las  demasías  «jingoístas»,  contando  en  ella  la  masa  sana 
•ó  imparcial  de  la  noble  Inglaterra,  se  levantó  en  unánime  pro- 


100  LA  ESPAÑA   MODERNA 


testa  elocuente,  briosa  y  estéril  que  contrastó  ciertamente  con 
la  reserva  y  pasividad  de  los  Estados  oficiales,  respetuosos 
ante  el  orgullo  británico,  que  sustentaba  intacto  y  con  talante 
poco  tranquilizador  las  escuadras  que  llevan  su  gloria  y  su  ri- 
queza por  todas  las  aguas  del  planeta. 

Un  resumen  documentado  de  la  lucha  cruenta  y  salvaje, 
tan  triste  para  los  que  vejan  como  para  quienes  sufren,  va  á 
probar  la  impotencia  de  las  armas  británicas,  á  las  que  el  es- 
tadista encomendó  la  solución  de  un  problema,  que  es  absurdo 
en  política,  á  saber:  la  conquista  de  un  pueblo  viril  mediante 
la  guerra  de  fuego...  Absurdo  que  se  transformó  en  principio 
cierto  por  la  pasividad  de  los  poderes  constituidos,  quienes, 
pese  á  la  opinión  universal,  amadora  del  heroísmo  legendario 
y  caballeresco,  toleraron  la  estrangulación  lenta  ó  implacable 
de  un  puñado  de  titanes  que  ha  tenido  á  raya  al  ejército  más 
nutrido  y  mejor  dotado  que  Gran  Bretaña  levantara  en  el  cur- 
so de  su  existencia  brillante  y  dominadora. 


La  leyenda  negra,  formada  por  la  pasión  de  unos  y  por  la 
codicia  oculta  del  coloso  norteamericano,  en  torno  á  la  políti- 
ca militar  del  General  Weyler  en  Cuba,  se  ha  transformado 
en  obra  de  previsión  y  de  mansa  filantropía  ante  los  desmanes 
del  mando  inglés  en  Sur  de  África.  El  Comité  londinense  déla 
Paz,  en  su  valientísima  campaña  contra  el  sangriento  descaro 
del  «jingoísmo»,  publicó  documentos  tan  sabrosos  como  el  ti- 
tulado «Weylerismo  sin  los  motivos  de  Weyler»,  en  el  que  se 
leía:  «El  General  español  procuró  pacificar  la  isla  de  Cuba  por 
análogos  procedimientos  á  los  que  em.plean  nuestras  columnas; 
y  de  tal  modo  se  escandalizó  la  conciencia  universal,  que  los 
americanos  pusieron  término  á  la  tiranía.  Pero  el  General  es- 
pañol tenía  en  su  abono  varias  disculpas  que  ni  lord  Roberts 
ni  el  General  Kitchener  pueden  alegar.  Los  cubanos  eran  in- 


DEVASTACIÓN   EN   EL   SUH    DE    ÁFRICA  101 

surrectos  que  habían  cometido  horribles  excesos,  robado  y 
asesinado  durante  años,  y  habían  reducido  á  la  miseria  á  los 
habitantes  pacíficos  del  país.  En  el  Transvaal  y  en  el  Orange, 
sólo  por  una  perversión  del  sentido,  así  jurídico  como  moral, 
puede  calificarse  de  insurrectos  á  los  burghers.  Sin  entrar  en 
consideraciones  acerca  de  la  razón  ó  sinrazón  que  fue  causa 
del  conflicto,  sin  ocuparnos  tampoco  do  los  manejos  diplomá- 
ticos de  Mr.  Chamberlain,  es  incuestionable  que  los  boers  es- 
tán peleando  en  defensa  de  su  propio  país  y  de  una  causa  que 
ellos  estiman  justa.  Además,  han  combatido  y  combaten  con 
tan  gallardo  espíritu  humanitario,  que  sirven  de  admiración  al 
mundo  civilizado.» 

Cierto  corresponsal  del  Manchester  Guardián^  que  iba  con 
la  columna  Mahón  en  la  fácil  marcha  triunfal  de  Kimberley  á 
Bloemfontein  (1),  escribía  con  sincero  pesar...  «El  camino  que 
recorremos  es  una  verdadera  desolación;  las  casas,  las  hacien- 
das, todo  ha  sido,  además  de  saqueado,  destruido  de  una  ma- 
nera salvaje:  sólo  en  diez  millas  hemos  quemado  seis  granjas. 
Yo  he  visto  quemar  las  fincas,  los  muebles,  los  víveres,  las 
camas  de  los  niños  y  hasta  los  armarios  en  que  guardaban  la 
ropa...  Y  al  ver  á  aquellos  desgraciados  seres  sin  pan  y  sin 
abrigo,  mi  corazón  sintió  repugnancia  y  vergüenza...» 

Hemos  traído  esas  referencias  particulares  tomándolas  de 
las  mil  y  una  dadas  á  conocer  por  escritores  ingleses,  para  que 
se  discurra  acerca  de  los  documentos  que  vamos  á  extractar, 
tomándolos  de  los  libros  azules  presentados  al  Parlamento 
«por  mandato  de  Su  Majestad».        '^ 

Antes  de  que  las  falanges  numerosísimas  de  Lord  Roberts 
iniciasen  su  marcha  á  Bloemfontein,  los  Presidentes  Kruger 


(1)  El  dato  se  refiere  ó  las  operaciones  realizadas  por  el  Generalísimo 
lord  Roberts,  que  dieron  por  resultado  la  capitulación  del  General  Croaje 
en  los  vados  del  Modder  en  Febrero  de  1900.  Aún,  pues,  no  había  comen- 
zado la  guerra  nacional  ó  de  guerrillas;  con  la  que  el  mando  inglés  quiso 
cohonestar,  más  tarde,  su  conducta. 


102  LA   ESPAÑA   MODERNA 


y  Steyjn  dirigían  el  siguiente  documento  al  Comandante  en 
Jefe  británico : 

«Sabemos  por   muchos  conductos   que  las 

Núm.    1.  — Bloem-  ^  ^ 

foutein,  3  de  Fe-     tropas  británicas,  faltando  á  los  usos  establecí- 

brero  de  1900. 

dos  para  la  guerra,  lian  destruido ,  incendián- 
dolas ó  volándolas  con  dinamita, las  casas  y  fincas  de  labor,  de- 
vastando las  granjas  y  los  enseres  que  en  ellas  había.  Con  tales 
procedimientos  dejan  con  frecuencia  sin  alimento  y  sin  abrigo 
á  mujeres  y  niños  indefensos.  Tales  cosas  suceden  no  sólo  en 
los  lugares  donde  los  cafres  obran  impulsados  por  oficiales  in- 
gleses, sino  también  en  la  Colonia  del  Cabo  y  en  el  Estado  li- 
bre, donde  bandidos  de  raza  blanca  salen  del  teatro  de  la  gue~ 
rra  con  la  deliberada  evidente  intención  de  asolarlo  y  des- 
truirlo todo,  sin  razón  alguna  que  pueda  justificarlo  dentro^ 
de  los  usos  de  la  guerra,  ni  sirva  en  ningiín  concepto  para  fa- 
vorecer ni  apoyar  las  operaciones. 

Nosotros  protestamos  encarecida  y  enérgicamente  contra 
semejantes  actos. — Firmado.» 

A  lo  cual  contestó  Lord  Roberts  desde  la  ciudad  del  Caba 
con  el  despacho: 

<<E.ecibo  el  atento  telegrama  de  Vuestro  Ho- 

Núm.  2.-5  Febrero  ^  ° 

de  1900.  ñor  en  que  acusan  á  las  tropas  británicas  de  la. 

destrucción  de  propiedades,  en  contra  de  los  usos  establecidos 
para  la  guerra  regular,  y  de  bandidaje  y  destrucción.  Estos 
cargos  se  hacen  en  términos  generales  y  abstractos,  no  men- 
cionando ningún  caso  particular,  ni  dando  pruebas  que  lo  evi- 
dencien. He  visto  en  la  Prensa  las  mismas  denuncias,  pero  en 
ningún  caso  que  haya  llegado  á  mis  noticias,  se  han  concreta- 
do ni  probado. 

Las  tropas  británicas  han  recibido  las  más  severas  instruc- 
ciones para  respetar  las  propiedades  particulares,  en  tanto  que 
esto  sea  compatible  con  la  realización  de  las  operaciones  mili- 
tares. Todo  atropello  ó  perjuicio  que  sin  necesidad  se  cause  á 
los  habitantes  pacíficos,  es  contrario  á  las  tradiciones  inglesas^. 
y  si  fuera  necesario,  serían  rigurosamente  castigados  por  mí. 


DEVASTACIÓN   EN   EL    SUR  DE    ÁFRICA  103 

Deploro  que  Vuestro  Honor  se  haya  hecho  eco  de  la  falsa 
afirmación  de  que  los  cafres  han  sido  impulsados  y  alentados 
por  oficiales  ingleses  para  cometer  depredaciones.  En  el  único 
caso  en  que  los  indígenas  subditos  de  S.  M.  han  cometido 
atropellos,  lo  hicieron  obrando  en  contra  de  las  instrucciones 
del  oficial  inglés  que  había  en  las  inmediaciones,  cuyas  ope- 
raciones desconcertaron  por  completo.  Las  mujeres  y  los  ni- 
ños hechos  prisioneros  por  los  indígenas  fueron  reintegrados  á 
sus  hogares  por  la  intervención  del  mismo  oficial. 

Siento  decir  á  Vuestro  Honor  que  las  fuerzas  republicanas 
son  las  que  en  algunos  casos  han  procedido  en  la  guerra  con- 
tra los  usos  establecidos  entre  pueblos  civilizados.  Me  refiero 
especialmente  á  la  expulsión  de  los  subditos  leales  de  S.  M.  de 
sus  respectivos  hogares,  en  los  distritos  invadidos  de  la  Colo- 
nia del  Cabo,  por  el  hecho  de  negarse  á  las  exigencias  del  in- 
vasor. Resulta  bárbara  la  tentativa  de  forzar  á  los  hombres  á 
que  obren  en  contra  de  su  propio  soberano  y  de  su  país,  ame- 
nazándoles con  la  expatriación  y  con  la  expulsión.  Hombres, 
mujeres  y  niños  han  tenido  que  abandonar  sus  hogares,  obli- 
gados por  tales  procedimientos,  y  muchos  de  aquellos  que  an- 
teponían medios  para  vivir  holgadamente,  están  hoy  á  merced 
de  la  caridad. 

Que  la  guerra  cause  perjuicios  y  penalidades  á  los  habitan- 
tes pacíficos,  es  una  cosa  inevitable;  pero  tanto  el  deseo  del 
Gobierno  de  S.  M.  como  el  propio  mío,  es  proceder  en  forma 
que  resulte  el  menor  daño  posible  á  los  habitantes  pacíficos  y 
,  á  las  propiedades  particulares;  y  espero  que  Vuestro  Honor 
impondrá  su  autoridad  para  conseguir  que  por  su  parte  se  pro- 
ceda de  igual  modo. — Firmado.» 

Todavía  en  vísperas  de  abandonar  la  Ciudad  del  Cabo,  de- 
cía el  Generalísimo  á  ambos  Presidentes,  á  la  sazón  en  Bloem- 
fontein,  lo  que  reza  el  documento 

Núm.  3.-12  Febre-  Como  Continuación  á  mi  telegrama  del  5  de 

rodé  1900.  ^g^^  ^^^^  -j^q  de  llamar  la  atención  de  Vuestro 

Honor  acerca  de  la  innecesaria   destrucción  de   propiedades 


iOl  LA   ESPAÑA  MODERNA 


realizada  por  las  fuerzas  boers  en  el  Natal.  Dichas  fuerzas,  no 
sólo  han  utilizado  á  su  placer  el  ganado  y  otras  propiedades 
de  los  hacendados  sin  pagarles,  sino  que  han  destruido  com- 
pletamente todo  lo  que  contenían  las  granjas  y  casas  de  la- 
branza. Como  ejemplo  puedo  citar  la  finca  «Longwood»,  pro- 
piedad de  Mr.  Theodore  "Wood,  inmediata  á  Springfield.  Hago 
notar  cuan  distinta  es  la  conducta  de  las  tropas  inglesas.  Se 
me  ha  informado  de  Modder  E,iver,  que  las  fincas  que  se  hallan 
dentro  del  área  actual  del  campo  británico  nunca  han  sido 
ocupadas  ni  molestados  sus  habitantes,  y  que  sus  casas,  jar- 
dines y  cosechas  han  sido  en  absoluto  respetadas.» 

% 

Luego  de  posesionarse  de  Bloemfontein,  lord  E»oberts, 
aparte  otras  medidas,  manifestaba  á  los  Presidentes  de  las  dos 
E-epúbiicas  lo  siguiente: 

C.  1575.  En  26  de  Marzo,  y  en  nombre  del  Gobierno  de  S.  M.,  publi- 
qué la  siguiente  jiroclama: 

Núm.  4.-13  Mayo  «Por  la   presente  se  hace  saber,  que   toda 

^®  ^^^'  persona  que  dentro  de  los  territorios  de  la  Re- 

pública sud-africana  ó  el  Estado  libre  de  Orange,  cometiera, 
autorizara,  aconsejara,  ayudara  ó  concurriera  á  la  destrucción 
ó  daño  de  las  propiedades  públicas  ó  particulares,  no  justifica- 
dos como  de  necesidad  para  la  guerra,  dentro  de  los  usos  es- 
tablecidos por  la  civilización,  serán  responsables  con  sus  per- 
sonas y  bienes  de  los  mencionados  hechos  de  destrucción  ó 
daños. — Lord  Roberts.» 

Por  su  parte,  los  boers  replicaron  con  los  siguientes  docu- 
mentos: 

Núm.  5.-16  Mayo  «Eli  contestacióu  al  telegrama  de  S.  E.  con 

^®  ^^^'  el  texto  de  su  proclama  de  26  de  Marzo,  deseo 

hacer  constar  que  yo,  durante  la  guerra  y  antes  de  ahora,  he 
tomado  enérgicas  medidas  para  impedir  que  se  destruyeran, 
perjudicaran  ó  tomaran  las  propiedades  y  mercancías  públicas 
y  particulares,  y  que  he  castigado  á  cuantos  han  faltado  á  di- 


DKVA.STACIÓN   EN    EL    SUR   DE    ÁFRICA  105 

chas  Órdenes.  Pero  hasta  ahora,  no  he  visto  que  S.  E.  ha^^-a 
impuesto  castigo  á  persona  alguna,  á  pesar  de  mis  protestas. 
B-epetidas  veces  hemos  notificado  á  S.  E.  la  comisión  de  los 
hechos  punibles  de  referencia,  peío  S.  E.  ha  rehusado  perso- 
nalmente el  ordenar  se  hicieran  averiguaciones.  Por  el  con- 
trario, sus  tropas  continúan  cometiendo  las  mayores  barbari- 
dades; por  ejemplo,  hace  algunos  días,  el  Gobierno  de  la  Re- 
pública recibió  el  siguiente  informe  oficial  acerca  de  lo  hecho 
por  sus  tropas  en  la  frontera  occidental: 

«Es  terrible  la  forma  en  que  las  tropas  están  asolando  las 
propiedades  en  el  distrito  de  Vryburg.  Los  enfermos  han  sido 
sacados  de  sus  casas  y  abandonados  en  el  campo,  mientras 
eran  quemadas  sus  fincas  y  sus  muebles.  Degollaron  las  ove- 
jas, fusilaron  el  ganado  y  lo  destruyeron  todo.  El  enemigo 
está  procediendo  tan  bárbaramente,  que  ha  llegado  al  extre- 
mo de  exhumar  un  cadáver  recién  enterrado  y  tirarlo  en  el 
campo.»  El  G-obierno  declara  responsables  de  tan  criminales 
hechos  á  las  tropas  y  oficiales  que  los  han  cometido,  y  si  Su 
Excelencia  no  los  castiga,  el  Gobierno  le  declara  asimismo 
responsable,  y  como  á  tal  juzgará  á  S.  E. — Comandante  Ge- 
neral, Luis  Botha.» 

Núm.  6.— 18  Marzo  C.  1.684.  «En  coutestación  al  telegrama  de 

^®^^^'  Vuestro  Honor,  de  16  del  corriente,  he  de  con- 

testarle, como  he  hecho  siempre  á  sus  telegramas  referentes  á 
supuestos  desmanes  cometidos  por  las  tropas  inglesas,  mani- 
festándole que  la  queja  debe  ser  presentada  cuando  ocurra  el 
hecho,  al  mismo  jefe  militar  del  campo  y  sobre  el  terreno.  Sin 
embargo,  he  hecho  indagaciones  en  todos  los  casos  de  que  me 
ha  dado  noticia,  y  he  encontrado  que  carecen  de  fundamento. 
Estoy  seguro  de  que  su  queja  de  ahora  es  igualmente  infun- 
dada; pero  no  obstante,  las  he  cursado  al  General  Hunter,  que 
es  el  que  manda  el  distrito  á  que  se  refiere.  Como  el  distrito  de 
Yryburg  forma  parte  de  los  dominios  de  S.  M.,  yo  soy  el  úni- 
co responsable  al  Gobierno  de  la  Reina  del  comportamiento  de 
mis  tropas  en  aquel  distrito. — Roherts.» 


106  LA   ESPAÑA   MODERííA 


Núm.  7.-19  Mayo  El  telegrama  de  S.  E.,  C.  1.676,  es  justicia. 

^^1^°^*  hecha   al  honorable  Presidente   del  Estado  li- 

bré de  Orange.  Tengo  el  honor  de  contestar  á  la  proclama 
de  V.  E.,  de  26  de  Marzo,  cuyo  texto  he  anotado.  Confío  en 
que  aquellas  de  sus  tropas  que  hayan  obrado  ú  obren  en  lo 
sucesivo  en  contra  de  la  proclama  de  referencia,  serán  severa- 
mente castigadas.  Para  su  informe,  me  permito  noticiarle  que 
las  siguientes  haciendas  y  otras,  han  sido  destruidas  por  las 
tropas  á  su  mando:  Perzikfontein,  de  la  propiedad  del  coman- 
dante P.  Fourü;  Paardekraal,  perteneciente  á  P.  Fourü  (me- 
nor); y  Lecuw  Kop,  hacienda  de  Christián  Bichter,  todas  en  el 
distrito  de  Bloemfontein;  délas  demás  haciendas,  S.  E.  tendrá 
conocimiento. — El  Jefe  Comandante,  C.  de  Wet. 

C.  1.737.     Al  telegrama  de  Vuestro  Honor,  de  19  del  corriente. 

Núm  8  ^^  tomado  amplias  medidas  para  asegurar 

20  Mayo  1800.  la  protccción  de  las  propiedades  públicas  y  par- 
ticulares, por  las  tropas  á  mi  mando.  En  Perzikfontein  se  que- 
maron los  almacenes  de  forraje  para  evitar  que  cayesen  en 
manos  de  las  partidas  de  merodeadores  que  infestan  el  distri- 
to, pero  no  se  tocó  á  la  casa  ni  se  le  hizo  daño  alguno. 

Las  haciendas  de  Paardekraal  y  Leeuw  Kop  fueron  des- 
truidas por  orden  mía,  en  vista  de  que  no  obstante  enarbolar 
bandera  blanca  en  las  casas,  se  hacía  fuego  á  mis  tropas  des- 
de la  finca;  otras  dos  haciendas,  cerca  de  Kroonstadt,  han 
sido  también  destruidas  de  mi  orden  y  por  análogas  razones, 
y  continuaré  castigando  tales  casos  de  traición  con  la  destruc- 
ción de  las  haciendas  en  que  ocurran. — Róberts. 

Excelencia:  Con  gran  disgusto  mío  tengo  que 

Núm.  9.-4  Julio.         ,...  ,.o(t-»  r^    '  '      ^ 

dirigirme  nuevamente  a  o.  .hj.,  reliriendome 
á  la  innecesaria  y  punible  destrucción  de  las  propiedades  par- 
ticulares y  daños  causados  en  las  mismas,  y  al  mismo  tiempo 
al  inhumano  tratamiento  y  aun  atropellos  cometidos  por  las 
tropas  de  S.  M.  británica  eli  la  E-epública  sud-africana  y  en 
las  personas  de  mujeres  y  niños  indefensos. 


DEVASTACIÓN   EN   EL   SUR   DE   ÁFRICA  107 

Constantemente  estoy  recibiendo  quejas  de  que  las  vivien- 
das y  hogares  son  saqueados,  y  en  algunos  casos  totalmente 
destruidos,  quitando  á  las  mujeres  y  niños  las  provisiones  que 
tenían  para  su  alimento,  y  viéndose,  por  tanto,  obligados  és- 
tos á  vivir  errantes,  sin  abrigo  y  hambrientos.  Para  citar  al- 
gunos de  estos  casos  en  concreto,  he  de  decirle:  que  acaba  de 
llegar  á  mi  conocimiento,  bajo  declaración  jurada,  que  la  casa 
del  oficial  de  caballería  (Field-Cornet)  S.  Buys,  en  la  hacien- 
da que  tiene  en  el  distrito  deLeeuwspricet,  en  Middelburgo,  ha 
sido  quemada  y  destruida  el  20  de  Junio  último.  A  su  esposa, 
que  se  hallaba  en  la  casa,  sólo  se  le  dieron  cinco  minutos  de 
tiempo  para  sacar  sus  trajes  y  camas,  y  después  de  sacados  se 
los  quitaron.  Las  provisiones,  el  azúcar,  etc.,  todo  se  lo  arre- 
bataron; de  modo  que,  tanto  ella  como  sus  niños,  se  quedaron 
sin  alimento  y  sin  ropas  para  la  siguiente  noche;  después  la 
exigieron  la  llave  de  la  caja  de  caudales,  y  cuando  la  hubo  en- 
tregado, la  amenazaron  con  una  espada  para  que  diese  el  di- 
nero. Todo  el  metálico  que  había  en  la  casa,  así  como  los  pa- 
peles y  documentos  que  existían  en  la  caja,  fueron  robados,  y 
lo  que  no  pudieron  llevarse  fue  destruido.  La  casa  del  hijo  de 
este  oficial  fue  también  destruida,  arrancadas  las  puertas  y 
ventanas,  etc. 

Se  me  ha  informado  también  que  mis  propiedades  en  la 
hacienda  de  Varkenspriut,  distrito  de  Standeston,  así  como 
la  casa  del  oficial  Badenhorst  en  la  inmediata  hacienda,  han 
sido  totalmente  arrasadas,  y  que  el  ganado  que  no  se  llevaron 
fue  muerto  y  abandonado  en  el  campo.  En  comprobación  exis- 
te la  declaración  jurada  de  la  señora  Hendridck  Badenhorst, 
que  depone  como  testigo  presencial. 

No  puedo  creer  que  tales  impiedades  y  barbaridades  se  co- 
metan con  el  consentimiento  de  S.  E.,  y,  por  tanto,  creo  en 
mí  un  sagrado  deber  protestar  muy  enérgicamente  contra 
esas  destrucciones  y  ansias  miserables  de  bajas  venganzas, 
que  son  enteramente  contrarias  á  la  guerra  civilizada. 

Confío  en  que  S.  E.  tomará  las   medidas  necesarias   para 


108  LA   ESPAÑA    MODEUNA 


castigar  á  los  autores  de  semejantes  hechos,  3^  en  interés  de 
la  humanidad,  pido  á  S.  E.  que  use  de  todo  el  poder  de  su 
autoridad  para  poner  fin  á  la  devastación  que  están  realizando 
las  tropas  á  su  mando. — Luis  Botha. 

Núm.  10.  Excelencia:    Con   verdadero   sentimiento    de 

10  Julio  1900.  gran  indignación,  me  entero  cada  día  de  la  cri- 
minal devastación  de  las  propiedades  que  está  realizando  en 
este  Estado  el  ejército  á  su  mando.  Las  casas  y  otras  propie- 
dades son  destruidas  y  quemadas,  fundándose  para  hacerlo  en 
todo  género  de  excusas  y  pretextos;  las  mujeres  y  los  niños 
indefensos  son  tratados  con  escarnio  y  denuestos  y  lanzados 
de  sus  casas,  dejándolos  á  la  intemperie,  sin  más  abrigo  que 
el  cielo.  Con  tales  procedimientos  se  les  causan  sufrimientos 
tan  grandes  como  innecesarios.  Entre  otros  muchos  casos 
puedo  citar  los  siguientes: 

Inmediaciones  de  Lindley:  haciendas  de  Hermanns  Pieter- 
se,  Jacobus  Pieterse,  Cristian  HattinghjE-oclolf  Jourie,  Adrián 
Cilliers,  Daniel  Momberg  y  Gert.  Rantensbach. 

Inmediaciones  de  Heilbron:  las  de  Hendrik  Meyer,  Mathys 
Lourens  y  Jan  V'oslov. 

Todo  lo  que  pertenecía  á  dichas  personas  ha  sido  quemado 
y  destruido. 

La  esposa  del  general  Roux  fue  lanzada  de  la  granja  que 
habitaba  en  Senekal;  la  del  general  J.  Gr.  Luyt,  tratada  gro- 
seramente en  Heilbron,  y  la  del  comandante  P.  H.  deVilliers, 
echada  sucesivamente  de  dos  casas  en  Ficksburg.  Tengo  cono- 
cimiento de  otros  muchos  casos,  pero  para  mi  propósito  no  es 
necesario  enviar  á  S.  E.  una  lista  completa  de  todos  ellos. 

Confío  que,  en  nombre  de  nuestra  común  civilización  y 
humanidad,  S.  E.  habrá  castigado  á  los  culpables  ó  impedirá 
que,  en  lo  sucesivo,  se  perpetren  semejantes  hechos. 

No  obstante,  si  las  tropas  bajo  el  mando  de  S.  E.  conti- 
núan asolando  el  país  de  una  manera  tan  contraria  á  los  prin- 
cipios de  la  guerra  civilizada,  me  veré  obligado,  aun  cuando 
sea  en  contra  de  mis  propios  sentimientos,  á  tomar  represalias 


DEVASTACIÓN    EX    EL   SUR   DE    ÁFIilCA  109 

en  las  casas  y  propiedades  de  los  subditos  ingleses  que  hay  en 
el  Estado  libre  de  Orange,  así  como  en  las  de  aquellos  que  ra- 
dican en  la.  Colonia  del  Cabo,  procediendo  en  forma  que  pon- 
ga cofco  á  tantas  atrocidades. 

Inspirado  en  el  deseo  de  proseguir  esta  infortunada  lucha 
en  los  términos  que  dicta  la  humanidad,  me  siento  impulsada 
á  escribir  á  S.  E.  esta  carta,  confiando  en  que  la  recibirá  é 
interpretará  con  el  mismo  espíritu  con  que  está  escrita. 

Con  el  más  grande  respeto,  tengo  el  honor  de  quedar  su 
más  obediente  servidor. — C.  R.  De  Wett. 

Desde  la  capital  de  la  E-epública  sud-africana,  y  mientras 
procuraba  el  generalísimo  asegurar  su  línea  de  comunicacio- 
nes y  de  avituallamiento  con  los  puertos  de  la  Colonia  del 
Cabo,  sostenía  con  los  Jefes  boers  la  siguiente  corresponden- 
cia, cuya  atenta  lectura  exime  de  todo  comentario: 

Cuar'lel  general  del  Ejército  del  Sur  de  África,  Pretoria  28  Julio  1900. 
Vuestro  Honor:  En  contestación  á  su  carta 
de  4  de  Julio  de  1900,  he  de  decirle  que  he  reci- 
bido informes  de  todos  los  oficiales  generales  que  tenían  man- 
do de  tropas  en  las  inmediaciones  de  Pienaars  Poort  en  17  de 
Junio,  y  de  las  averiguaciones  por  ellos  practicadas,  con  refe- 
rencia á  los  particulares  de  su  comunicación,  aparece  que  es 
materialmente  imposible  que  los  ultrajes  que  Vuestro  Honor 
denuncia  pudieran  haberse  cometido  por  las  tropas  á  mi  man- 
do. La  hacienda  de  Elandshoek  está  situada  dos  millas  más 
allá  de  la  línea  ocupada  por  nuestros  puestos  avanzados,  y 
hasta  una  semana  después  de  la  referida  fecha  no  fue  visitada 
dicha  finca  por  patrullas  de  nuestro  ejército,  á  tal  extremo,, 
que  nuestros  soldados  ignoraban  que  existiera.  En  17  de  Julio, 
el  oficial  comandante  en  Pienaars  Poort  montó  el  piquete  á 
las  cuatro  de  la  tarde,  y  entre  esta  hora  y  las  once  de  la  ma- 
ñana del  18  nadie  pasó  por  Poort.  Del  piquete  no  se  separó  ni 
un  solo  hombre  hasta  las  once  de  la  noche,  en  que  salió  una 
patrulla,  que  se  incorporó  media  hora  después.  Es  increíble 


lio  LA   ESPAÑA   MODEENA 


que  los  soldados  abandonaran  su  puesto  con  solo  el  propósito 
de  arriesgarse  á  ser  muertos,  no  sólo  por  las  patrullas  de 
Vuestro  Honor,  sino  por  nuestros  mismos  piquetes.  Además 
he  de  hacer  notar  á  Vuestro  Honor  que  la  hacienda  Elands- 
hoek  ha  sido  visitada  con  frecuencia  por  patrullas  mandadas 
por  oficiales,  desde  el  24  al  30  de  Junio,  y  que  nadie  se  ha 
quejado  á  dichos  oficiales  del  supuesto  ultraje;  y  que  al  venir 
á  Pretoria,  para  su  propia  seguridad,  la  señora  Badenhorst  y 
su  padre  tampoco  han  hecho  reclamación  ni  expuesto  queja 
alguna. 

Todavía  no  he  recibido  contestación  del  Oficial  general 
Comandante  de  Standerton,  acerca  de  la  destrucción  de  las 
haciendas  de  Vuestro  Honor  y  las  colindantes.  Espero  que  los 
informes  comprueben  que  no  hay  fundamento  para  la  queja, 
porque  he  dado  las  más  enérgicas  órdenes  para  que  sólo  en 
determinados  casos,  cuando  sean  cortadas  las  vías  férreas  ó 
las  líneas  telegráficas,  ó  nuestras  tropas  sean  hostilizadas  des- 
de las  fincas  y  haciendas,  se  proceda  á  destruirlas,  pero  nunca 
en  los  demás  casos.  Me  consta  que  hasta  el  4  de  Julio,  fecha 
de  vuestra  carta,  no  había  tropas  nuestras  en  el  distrito  de 
Middelburgo. 

Me  repito  sinceramente  vuestro, — Eoherts^  Feld-Mariscal 
Comandante  en  Jefe,  Sur  de  África. 

Al  Comandante  general  Luis  Botha: 
Cuartel  general  del  Ejército  del  Sur  de  África,  Pretoria  3  Agosto  1900. 

Vuestro  Honor:   Por  conducto   del   Greneral 

Núm.  12. 

Sir  A.  Hunter,  he  recibido  hoy  su  carta,  fechada 
el  10  de  Julio  de  1900. 

Como  Vuestro  Honor  sabe  perfectamente,  desde  que  las 
tropas  británicas  de  mi  mando  penetraron  en  el  país,  se  han 
tenido  siempre  las  mayores  consideraciones  á  los  habitantes 
de  todas  clases  de  la  colonia  del  río  Orange. 

Posteriormente,  muchos  de  mis  soldados  han  sido  fusilados 
desde  las  casas  de  las  haciendas,  sobre  las  que  se  había  enar- 


DEVASTACIÓN   EN  EL   SUR   DE   ÁFRICA  111 

bolado  bandera  blanca;  se  han  cortado  las  vías  férreas  y  tele- 
gráficas y  se  han  destrozado  los  trenes.  En  su  consecuencia, 
yo  he  creído  necesario,  después  de  avisar  á  Vuestro  Honor, 
tomar  las  medidas  conducentes,  y  que  están  sancionadas  por 
las  costumbres  de  la  guerra,  para  poner  fin  á  estos  hechos  y 
otros  semejantes,  y  he  quemado  las  casas  de  las  haciendas  en 
las  cuales  ó  en  cuyas  inmediaciones  se  han  perpetrado  los  re- 
feridos hechos;  y  esto  continuaré  haciendo  siempre  que  consi- 
dere que  el  caso  lo  exige. 

Por  tanto,  si  las  mujeres  y  los  niños  han  quedado  sin  casa 
y  sin  hogar,  culpa  es  de  los  burghers  á  su  mando;  pero  Vues- 
tro Honor  ha  sido  mal  informado,  cuando  se  le  ha  dicho  que 
se  ha  maltratado  á  esa  pobre  gente,  siendo  así  que  siempre,  é 
invariablemente,  se  ha  hecho  cuanto  es  posible  para  disminuir 
los  perjuicios  é  incomodidades  anexos  á  tales  despojos. 

El  remedio  está  en  las  propias  manos  de  Vuestro  Honor. 
La  destrucción  de  la  propiedad  es  para  mí  detestable,  y  me 
sentiré  grandemente  complacido  cuando  la  cooperación  de 
Vuestro  Honor  en  el  particular  haga  innecesario  tal  proce- 
dimiento ,  — Eoberts . 

Cuartel  general  del  Ejército  del  Sur  de  África,  Pretoria  5  Agosto  1900. 
Vuestro  Honor:  En  contestación   á  su  carta 

Núm.  13. 

del  4  de  Julio,  le  incluyo  un  extracto  de  una 
carta  de  Sir  Redvers  Buller,  en  que  manifiesta  las  razones 
que  tuvo  para  quemar  las  fincas  de  Varkenspriut  y  otras  del 
distrito  de  Standerton.  Aun  cuando  soy  enteramente  opuesto 
á  que  se  causen  sufrimientos  innecesarios  á  sus  burghers,  y 
más  aún  á  que  se  inflijan  á  mujeres  y  niños,  no  puedo  evitarlo, 
desde  el  momento  en  que  las  tropas  de  Vuestro  Honor,  ó  sus 
hombres,  se  sirven  de  dichas  fincas  como  base  para  realizar 
correrías  contra  las  líneas  férreas,  y  como  parapetos  protec- 
tores para  hacer  fuego  desde  ellas  á  nuestras  patrullas  y  par- 
tidas poco  numerosas. — Eoherts. 


112  LA  espa:&a  moderna 


Extracto  de  un  informe  de  Sir  Bedvers  Buller,  General  Comandante  de 
las  fuerzas  que  operan  en  el  Natal,  fechado  el  24  de  Jidio  de  1900. 

Secretario  militar:  No  tene^o  noticia  al2:una 
Núm.  14.  n  1     T 

de  los  necnos  que  se  afirma  naber  ocurrido  en  la 

finca  de  S.  Buys.  En  los  Estados  de  Zandfontein  y  Varkens- 
priut,  fueron  destruidas  por  mi  orden  las  siguientes  hacien- 
das, pertenecientes  á 

1.  Sra.  Dick  Badenhorst,  Zandfontein. 

2.  A.  Vessels,  Zandfontein. 

3.  J.  Hans  Badenhorst,  «Kopje  Allein». 

4.  Lewis  Botha,  Varkenspriut. 

5.  Sres.  Cloete,  «Kopje  Allein». 

6.  A.  J.  Badenhorst  (abandonada). 

Las  razones  que  expreso  á  continuación,  me  indujeron  á 
dar  la  orden  de  referencia. 

A  mi  entrada  en  el  Transvaal  publiqué  la  proclama  A  para 
que  fuese  ampliamente  distribuida  en  todos  los  puntos  que  re- 
corría en  mi  marcha.  Desde  Volksrust  hasta  llegar  á  Sander- 
ton,  marchamos  sin  encontrar  resistencia  alguna;  poco  des- 
pués de  nuestra  llegada  á  dicho  punto,  nos  cortaron  varias 
noches  las  líneas  telegráficas,  y  se  hicieron  tentativas  para 
causar  averías  en  la  línea  militar,  colocando  en  ella  cartuchos 
de  dinamita  con  falminantes.  Estas  tentativas  se  hicieron  en 
el  campo  más  próximo  á  las  haciendas  indicadas.  En  su  vista, 
ordené  redoblar  la  vigilancia,  y  se  comprobó  que  dichos  aten- 
tados no  se  cometían  por  fuerzas  regulares,  sino  por  bandidos 
errantes  que  encontraban  abrigo  durante  la  noche  en  las  refe- 
ridas casas  que  he  destruido,  sirviéndose  de  ellas  para  asesinar 
á  nuestras  patrullas  y  causar  averías  en  la  línea.  Después  me 
he  enterado  con  evidencia,  que  los  perpetradores  de  tales  he- 
chos venían  de  Varkenspriut,  y  regresaban  después  de  haber- 
los cometido.  Ordenó  que  se  llevasen  personalmente  á  cada 
casa,  y  que  se  hiciese  saber  á  todos  los  arrendatarios  y  cria- 
dos, que  no  se  permitía  prestar  amparo  á  las  mencionadas  de- 


DEVASTACIÓN  EN  EL   SUR  DE   ÁFRICA  113 


predaciones;  y  que  los  que  viviendo  bajo  nuestra  protección 
consintiesen  la  entrada  en  sus  casas  á  semejantes  hombres,  su- 
frirían las  consecuencias  y  sus  fincas  serían  quemadas.  Esta 
advertencia  surtió  algún  efecto  durante  uno  ó  dos  días,  pero 
el  1.®  y  2  de  Julio  volvieron  á  cometerse  los  mismos  hechos; 
y  el  7  de  Julio,  teniendo  prueba  plena  de  que  las  casas  de  re- 
ferencia servían  de  abrigo  á  personas  que  nos  eran  hostiles,  y 
que,  sin  embargo,  no  pertenecían  á  fuerza  organizada,  y  en 
el  hecho  obraban  como  bandidos,  ordene  la  destrucción  de  las 
fincas. 

Las  mujeres  y  los  niños  que  las  ocupaban  fueron  traslada- 
dos á  otros  puntos  con  las  menores  molestias  posibles. 


PEOCLAMA  (A) 

Las  tropas  de  la  Reina  Victoria  se  hallan  re- 
corriendo el  Transvaal.  Su  Majestad  no  hace  la 
guerra  á  los  individuos  del  país;  por  el  contrario,   desea  evi- 
tarles en  lo  posible  los  horrores  de  la  guerra.  La  lucha  es  en- 
tre Inglaterra  y  el  Gobierno,  no  con  el  pueblo  del  Transvaal. 

Contando  con  que  éste  permanezca  neutral,  nada  se  hará 
que  pueda  perjudicar  á  los  que  habitan  en  las  inmediaciones 
de  las  líneas  de  marcha;  se  les  dará  toda  la  protección  que  sea 
posible,  y  si  fuese  necesario  ocupar  algunas  de  sus  propieda- 
des, se  les  pagará  por  ellas. 

Pero  al  mismo  tiempo,  aquellos  que  residan  en  la  proximi- 
dad de  las  referidas  líneas,  están  obligados  á  respetar  y  man- 
tener su  neutralidad,  y  serán  responsables  con  sus  personas  y 
propiedades,  de  cualquier  avería  ó  daño  que  se  haga  en  las 
vías  férreas  ó  líneas  telegráficas,  así  como  de  las  violencias 
que  se  ejerzan  sobre  cualquier  individuo  de  las  faerzas  britá- 
nicas en  las  cercanías  de  sus  casas. — (Publicado  por  Sir  Red- 
vers  Buller.) 

E.  M..— Julio  1902.  8 


114  LA   ESPAÜTA   MODERNA 


Campamento  del  Comandante  general^  15  Agosto  1900. 

Excelepcia:  Como  resultado  de  las  informa- 
Núm.16.  .  ,    T  ,  1 

Clones  por  mi  dispuestas,  puedo  asegurar  que  es 

un  heclio,  demostrado  por  la  fe  de  declaraciones  juradas,  que 
las  familias  bien  acomodadas  que  vivían  en  las  fincas  del  cam- 
po han  sido  arrojadas  de  sus  casas,  y  sus  propiedades  han  sido 
confiscadas  ó  destruidas.  En  todos  los  casos  sus  tropas  se  han 
apoderado  de  los  vehículos  de  transporte,  de  manera  que,  á 
veces,  ha  sucedido  que  las  mujeres  con  sus  niños,  privados  en 
tal  forma  de  sus  propiedades,  tuvieron  que  andar  muchas  mi- 
llas para  encontrar  alimento,  abrigo  y  la  protección  de  los 
burghers.  No  puedo  menos  de  llamar  su  atención,  manifestán- 
dole que  lo  que  hacen  las  tropas  al  mando  de  S.  E.  es  entera- 
mente contrario  á  los  principios  de  la  guerra  civilizada. 

Le  hago  saber  los  referidos  hechos  porque  no  puedo  creer 
que  obedezcan  á  instrucciones  de  S.  E.,  y  como,  sin  embargo, 
se  realizan  por  las  tropas  á  sus  órdenes  y  supremo  mando, 
confío  en  que  S.  E.  hará 'que  cesen  esos  hechos  atroces  y  esos 
actos  de  barbarie. 

Es  de  notar  que  siempre  que  capturamos  á  pequeños  gru- 
pos de  vuestras  tropas,  por  la  comisión  de  los  hechos  mencio- 
nados, alegan  que  son  exploradores;  pero,  en  realidad,  no  son 
otra  cosa  que  hombres  esparcidos  en  grupos,  que  se  separan 
del  grueso  de  la  fuerza  para  merodear  y  robar;  y  no  puede 
exigirse  ni  esperarse  que  cuando  se  consigue  captura  á  seme- 
jantes bandidos,  se  les  trate  como  á  prisioneros  de  guerra. 

Con  respecto  al  informe  de  Sir  E.edvers  Buller,  niego  ro- 
tundamente que  fuerza  alguna  de  nuestros  burghers  se  oculte 
ni  se  haya  ocultado  en  las  cercas  que  menciona;  y  por  tanto, 
únicamente  comprendo  que  la  destrucción  de  dichas  casas  ha 
obedecido  á  un  espíritu  de  venganza,  toda  vez  que  mis  coman- 
dos estaban  situados  al  Nordeste  de  la  vía  férrea,  y  las  casas 
destruidas  radican  todas  al  Sudeste  de  la  misma. 


DEVA8T ACIÓN   EN   EL   SUR   DE    ÁFRICA  115 

__ 1 

La  casa  del  Comandante  Buys,  á  la  que  me  refería  en  mi 
carta  del  4  de  Julio  último,  se  hallaba  situada  en  el  distrito  del 
Heildelberg,  y  no  en  el  Middelberg,  como,  según  parece,  cree 
Su  Excelencia.  Esta  arbitraria  destrucción  de  fincas  continúa 
todavía,  y  yo  tengo  que  protestar  de  nuevo  y  enérgicamente, 
como  lo  hago. 

Al  mismo  tiempo,  pongo  en  conocimiento  de  S.  E.  que  en 
ia  actualidad  se  están  bombardeando  fincas  en  las  que  sólo 
hay  mujeres  y  niños. 

Luis  Botha. 

Cuartel  general  del  Ejército  del  Sur  de  África;  Pretoria,  23  de  Agos- 
to de  1900. 

Señor: 


Núm.  17. 


Vuestro  Honor  me  manifiesta  que  familias  bien  acomoda- 
das, que  vivían  en  sus  fincas  y  que  no  nos  eran  hostiles,  han 
«ido  expulsadas  de  sus  casas  y  que  se  las  han  quitado  ó  des- 
truido sus  propiedades.  Esto  es  perfectamente  exacto,  pero  no 
en  la  forma  y  sentido  que  implica  su  carta.  Los  burghers,  que 
no  son  hostiles  al  Grobierno  británico  y  que  desean  someterse 
á  mi  autoridad,  han  sido  desposeídos  de  sus  propiedades  por 
los  comandos  boers  y  amenazados  de  muerte  si  rehusaban  to- 
mar las  armas  en  contra  de  las  fuerzas  británicas.  La  afirma- 
ción de  Vuestro  Honor  al  sostener  que  un  juramento  solemne 
de  neutralidad,  prestado  voluntariamente  por  los  burghers, 
para  que  no  se  les  moleste  y  puedan  tranquilamente  ocuparse 
de  las  labores  de  sus  granjas,  es  nulo  y  de  ningún  valor,  por 
la  razón  de  que  no  lo  hayáis  consentido  ni  aprobado,  es  una 
afirmación  que  no  puede  admitirse.  Yo  castigaré  á  los  que 
violen  su  juramento  y  confiscaré  sus  propiedades,  fundándo- 
me en  que  á  ningún  burgher  se  ha  forzado  á  que  preste  jura- 
mento contra  su  voluntad. 


Roherts. 


116  LA   ESPAÑA   MODERNA 


Señor:  Tengo  el  gnsto  de  dar  noticia  á  Vues- 
tro Honor  de  los  hechos  realizados  por  dos  parti- 
das boers,  relativamente  pequeñas ,  que  se  ocultan  en  las  fin- 
cas inmediatas  á  nuestras  líneas  de  comunicación,  y  desde 
ellas  hacen  salidas  para  causar  desperfectos  y  averías  en  los 
rails,  inutilizando  la  vía  y  poniendo  en  peligro  las  vidas  d© 
los  pasajeros  que  van  cn  los  trenes,  y  que  pueden  ó  no  ser  mi- 
litares. 

Al  referirme  á  este  caso,  lo  hago  porque  fuera  del  distrito 
ocupado  por  el  ejército  al  mando*  personal  de  Vuestro  Honor, 
no  existe  cuerpo  alguno  de  tropas  boers  ni  en  el  Transvaal  ni 
en  la  colonia  del  Río  Orange;  y  la  guerra  ha  degenerado  en 
operaciones  llevadas  á  cabo  por  fuerzas  irregulares  de  guerri- 
llas irresponsables.  Esto  ha  de  ser  tan  ruinoso  para  el  país,  y 
tan  deplorable  desde  todos  los  puntos  de  vista,  que  me  creo 
obligado  á  hacer  cuanto  me  sea  posible  para  impedirlo. 

En  su  consecuencia,  he  dado  órdenes  para  que  se  quemen 
y  destruyan  las  fincas  inmediatas  á  todo  lugar  en  que  se  rea- 
licen atentados  contra  las  líneas  y  trenes,  y  que  de  todas  las 
fincas  que  radiquen  en  un  radio  de  10  millas  de  los  indicados 
puntos,  se  extraigan  y  retiren  los  útiles  y  existencias  que  en 
ellas  pueda  haber. 

Eoiei'ts. 

A  su  Honor,  el  Comandante  general  Luis  Botha, 

Campamento  del  Comandante  general,  5  Septiembre  1900. 
A  Su  Excelencia  el  Feld-Mariscal  Lord  Roberts. 

Excelencia:  En  contestación  á  su  carta,  fecha 

Kúm.  19.  ' 

2  del  corriente,  he  de  decidirle  lo  que  sigue: 
1.  Dado  el  que  nuestra  fuerza  total  es  muy  pequeña  en 
comparación  á  la  suya,  no  es  natural  que  se  exija  ni  se  es- 
pere encontrar  en  el  campo  grandes  comandos  de  los  nues- 
tros, y  en  su  consecuencia,  todo  cranto  hagamos  en  la  gue- 
rra tiene  que  ser  forzosamente  realizado  por  partidas  poco 


DEVASTACIÓN   EN   EL   SUR   DE   ÁFRICA  ^  117 

nnmerosas;  y  más  aún,  nos  vemos  obligados  á  fraccionar 
nuestros  comandos  para  que  puedan  así  combatir  con  las  pa- 
trullas de  ladrones  que,  bajo  el  mando  de  S.  E.,  merodean  por 
todas  partes  y  se  llevan  el  ganado  y  las  provisiones  de  diver- 
sas fincas  y  granjas. 

2.  En  cuanto  á  la  afirmación  de  S.  E.,  de  que  no  existen 
más  fuerzas  regulares  boers  que  las  que  se  hallan  bajo  mi 
mando  personal,  la  niego  en  absoluto,  por  cuanto  nuestro  ejér- 
cito existe  hoy  subdividido  en  comandos  y  tal  como  existía  al 
principio  de  la  guerra,  con  arreglo  á  las  costumbres  y  leyes 
del  país. 

3.  Con  referencia  al  párrafo  3  de  su  carta,  he  de  decirle 
que  nos  consta  que  actos  de  barbarie  análogos  á  los  que  señala 
se  están  cometiendo  por  las  tropas  al  mando  de  S.  E.,  y  no 
sólo  en  las  inmediaciones  de  las  vías  férreas  ni  de  sus  líneas  de 
marcha;  no  sólo  son  las  casas  y  fincas  las  que  se  queman  y  vue- 
lan con  dinamita,  sino  que  las  indefensas  mujeres  y  niños  son 
lanzados  de  ellas  y  se  les  roba  cuanto  tienen  para  alimentarse 
y  cubrirse,  sin  que  exista  razón  alguna  para  tales  acciones. 

Luis  Botha, 

Cuartel  general  del  Ejército  del  Sur  de  África,  7  Septiembre  de  1900. 
«Vuestro  Honor: 


Kúm.  20. 


Nuevamente  llamo  la  atención  de  Vuestro  Honor  hacia  los 
párrafos  2  y  5  de  mi  carta  fecha  2  de  Septiembre,  en  los  que 
manifestaba  que,  excepto  en  el  distrito  ocupado  por  el  Ejérci- 
to, bajo  el  mando  personal  de  Vuestro  Honor,  la  guerra  está 
degenerando  y  ha  degenerado  en  operaciones  realizadas,  en 
forma  irregular,  por  pequeñas  partidas,  y  en  muchos  casos 
por  grupos  insignificantes  de  hombres  aislados.  Vuestro  Ho- 
nor mismo  declara  que  sus  comandos  tienen  que  fraccionarse, 
y  yo  estoy  convencido  que,  excepción  hecha  de  ese  distrito, 


118  LA  ESPAÍ^A   MODERNA 


que  cada  día  va  siendo  más  limitado,  la  influencia  de  Vuestro 
Honor  es  muy  pequeña  ó  no  existe. 

Faltaría  á  mi  deber  con  el  Gobierno  de  S.  M.  y  con  el  Ejér- 
cito de  S.  M.  en  el  Sur  de  África  si  me  descuidara  en  el  empleo 
de  todos  los  medios  de  que  puedo  disponer  para  poner  fin  á  se- 
mejante guerra.  Las  medidas  que  me  veo  obligado  á  poner  en 
práctica  son  las  que  las  costumbres  de  la  guerra  prescriben 
para  estos  casos;  son  ruinosas  para  el  país,  implican  grandes 
sufrimientos  para  los  compatriotas  de  Vuestro  Honor,  y  yo 
siento  mucho  decirle  que  dichas  medidas  serán  cada  vez  más 
rigurosas. 

Roberts. 

A  Su  Honor  el  Comandante  general  Luis  Botha. 

Warmbaths,  17  Octubre  1900. 
A  S.  E.  el  Feld-Mariscal  Lord  Roberts  (en  Pretoria). 

Excelencia:  Siento  decirle  que  los  bárbaros 
hechos  realizados  por  las  tropas  de  su  mando, 
tales  como  la  destrucción  y  voladura  de  los  hogares  y  el  robo 
de  las  provisiones  y  del  alimento  de  las  familias  de  los  bur- 
ghers  que  están  combatiendo,  de  cuyos  ¡hechos  ya  antes  he 
protestado,  no  sólo  se  realizan  con  la  aprobación  de  Su  Exce- 
lencia, sino  que  obedecen  á  sus  especiales  instrucciones.  Este 
espíritu  de  venganza  contra  los  burghers ,  que  no  hacen  otra 
cosa  que  cumplir  con  su  deber,  de  acuerdo  con  la  ley,  podrá 
ser  considerado  por  S.  E.  como  procedimiento  de  guerra  civi- 
lizado; pero  yo  ni  lo  comprendo  así, ni  puedo  comprenderlo.  Yo 
me  siento  impulsado  á  decir  á  S.  E.  que  pienso  continuar  la 
guerra  en  la  forma  humanitaria  en  que  hasta  ahora  la  he  he- 
cho; pero  si  los  actos  de  S.  E.  me  obligaran  á  tomar  represa- 
lias, la  responsabilidad  sería  única  y  exclusivamente  de  Su 
Excelencia. 

Luis  BotTia. 


DEVASTÁGIÓIf   EK  EL  SUR   DE   ÁFRICA  119 

Cuartel  general  del  Ejército^  Pretoria  22  Octubre  1900, 

Vuestro  Honor:  Con  referencia  á  la  afirma- 
ción de  Vuestro  Honor,  respecto  al  estado  de 
organización  que  en  la  actualidad  tienen  las  fuerzas  burghers, 
he  de  manifestarle  que  sus  tácticas  no  son  las  que  se  usan  ni 
practican  por  fuerzas  organizadas,  sino  que  han  degenerado  á 
los  procedimientos  de  una  guerra  de  guerrillas,  la  que  me  veré 
obligado  á  terminar  por  los  métodos  excepcionales  que  las  na- 
ciones civilizadas  han  considerado  de  necesidad  aplicar  en  todo 
tiempo  y  en  circunstancias  análogas. 

Róberts^ 

Feld-Mariscal  Comandante  en  Jef« 
de  las  faerzas  británicas  en  el  Sur  de  África. 

A  Su  Honor  el  Comandante  general  Luis  Botha. 

José  Ibáñez  Marín. 
{Continuará.) 


MEMORIASIDE  UNA  DAMA  DEL  SIGLO  XIY  Y  XV 

(DE  1363  Á  1412) 
DOÑA  LEONOR  LÚPEZ  DE  CÓRDOBA 

COMENTADAS  AHOBA  Y   PROSEGUIDAS 


Doña  Leonor  López  de  Córdoba,  hija  del  Maestre  de  Cala- 
trava  y  Alcántara  Don  Martín  López  de  Córdoba,  dictó  una 
Memoria  de  los  sucesos  de  su  desdichada  vida.  Memoria  que 
se  conservaba  en  el  convento  de  San  Pablo  en  la  ciudad  de 
Córdoba,  perteneciente  á  la  Orden  de  Predicadores.  Allí  ha 
permanecido  inédita  hasta  los  modernos  tiempos. 

Conoció  muy  bien  este  escrito  Fray  Juan  de  Ostos,  pues  lo 
cita  en  su  Vida  y  milagros  del  beato  Fray  Alvaro  de  Córdoba^ 
hijo  del  Real  Convento  de  San  Pablo  (Córdoba,  1687),  y  lo 
cita  reiteradamente  y  con  este  encomio:  «papel  verdadero, 
cierto  y  seguro  que  no  ha  llegado  á  noticia  de  muchos  y  se 
guarda  en  el  archivo  de  los  Henestrosas  de  Córdoba»,  y  aún, 
para  darle  más  testimonio  de  validez,  lo  llama  «relación  jura- 
da que  de  su  adversa  fortuna  hizo  Doña  Leonor». 

En  1875,  por  Febrero,  ocupábame  en  comentar  esta  Me- 
moria, como  lo  anunció  en  mi  libro  Sobre  el  censor  epistolario 
del  bachiller  Fernán  Gómez  de  Cibdareal,  impreso  en  Sevilla  el 
mismo  año,  como  se  ve  en  su  prólogo  de  3  de  Febrero. 

Anticipóseme  el  Sr.  D.  José  María  Montoto,  estimable 
historiador  de  Don  Pedro  I  de  Castilla,  y  en  Julio  siguiente  dio 
á  pública  luz  en  el  Ateneo,  periódico  literario  de  aquella  ciu- 


MEMOEIAS  DE   UNA  DAMA  DEL  SIGLO   XIV  Y   XV  121 

dad  entonces,  la  relación  de  Doña  Leonor,  con  algunas  obser- 
vaciones muy  discretas. 

No  dejó  de  continuar  mis  estudios  sobre  aquel  documento 
de  no  menos  importancia  histórica  que  literaria.  Y  como  la 
Memoria  de  Doña  Leonor,  aunque  tan  sucinta,  exige  tantas  y 
tantas  comprobaciones  de  personas  y  hechos,  me  he  visto 
obligado,  por  las  circunstancias  difíciles  de  no  hallar  medios 
para  saber  dónde  verificarlas,  á  dejar  que  corriesen  tiempos 
en  que  el  acaso  ó  la  indicación  de  algún  erudito  me  diesen  luz 
para  satisfacer  mi  vehemente  deseo. 

El  señor  Marqués  de  la  Fuensanta  del  Valle  publicó  de  nue- 
vo en  este  tiempo  la  relación  de  Doña  Leonor  en  la  Colección 
de  documentos  para  la  Historia  de  España,  que  tan  loable- 
mente prosiguieron  hasta  su  muerte  los  Sres.  D.  Mariano  de 
Zabalburu  y  D.  José  Sancho  Rayón  para  la  ilustración  patria; 
pero  el  Marqués  no  la  comentó. 

Considero  el  escrito  de  esa  dama  digno  de  aprecio  sumo. 
No  puede  hallarse  mayor  sublimidad  en  más  sencillo  lengua- 
je. Es  la  sincera  expresión  de  la  verdad  y  del  sentimiento.  Po- 
seía Doña  Leonor  gran  elocuencia,  y  lo  ignoraba.  ¡Qué  viveza 
en  unos  pasajes!  ¡Cuánta  melancolía  en  lo  más!  ¡Y  qué  pintu- 
ras tan  conmovedoras  y  terribles! 

El  rápido  coloquio  entre  su  padre,  yendo  al  suplicio,  al 
encontrarse  con  el  célebre  Beltrán  Duguesclín,  puede  servir 
de  modelo  de  concisión  histórica.  No  sé  con  qué  comparar  el 
cuadro  patético  de  la  muerte  de  sus  hermanos  presos  y  veja- 
dos tan  cruelmente  en  las  Atarazanas  de  Sevilla,  de  orden  d© 
Don  Enrique  II.  ¿Y  aquella  descripción  de  los  sufrimientos  mo- 
rales de  Doña  Leonor  en  casa  de  sus  parientas  en  Córdoba?  La 
descripción  de  la  muerte  de  su  hijo  en  medio  de  la  peste,  el 
sacrificio  de  ella  por  gratitud  á  un  antiguo  y  leal  servidor  de 
su  padre  y  la  escena  del  entierro  de  aquél,  iguala  en  grandeza 
al  mejor  pasaje  épico  de  Grecia. 

Aumenta  á  mis  ojos  el  mérito  del  escrito  ser  todo  obra  de 
un  talento  natural  y  en  un  idioma  imperfecto  aún.  El  alma 


122  LA  E8PA]&A  MODERNA 


apasionada  de  esa  mujer,  y  el  recuerdo  de  sucesos  tan  tre- 
mendos, y  aquellas  avenidas  y  tempestades  de  tribulaciones, 
saben  despertar  el  interés  en  los  ánimos  de  los  lectores,  que 
imaginan  verlos  en  aquel  instante.  Está  de  más  decir  que  en 
la  narración  se  admira  á  la  dama  española  de  ese  tiempo, 
que  inspirada  en  su  fe  religiosa,  templa  sus  intensísimos  do- 
lores con  los  consuelos  de  su  ilimitada  esperanza  en  Dios  y 
con  sus  perseverantes  ruegos. 

En  una  nación  como  la  nuestra,  en  que  tan  pocas  memorias 
personales  existen,  llama  más  y  más  la  estima  de  los  entendidos 
la  presente  obrita  y  por  ser  del  siglo  en  que  quedó  trazada. 

Creo  que  debió  escribirse  en  los  postreros  años  de  su  vida, 
con  el  designio  de  que  se  custodiase  en  el  convento  dondo 
erigió  capilla  para  los  restos  de  su  padre  y  ella;  pero  preveni- 
da por  la  muerte,  no  logró  ponerle  término,  cual  anhelaba, 
para  que  la  posteridad  conservase  la  memoria  de  los  acaeci- 
mientos de  su  muy  trabajosa  existencia  en  lo  más  y  de  sus 
fugitivas  prosperidades,  que  con  contratiempos  hacían  á  veces 
penosa,  la  felicidad  misma. 

Aparece,  pues,  incompleto  el  escrito.,  por  dejarnos  en  la 
completa  ignorancia  de  ellas.  Mas  he  hallado  en  libros  de 
autores  y  en  apuntamientos  de  su  edad  algunas  noticias,  sufi- 
cientes á  esclarecer  en  mucho  la  vida  de  Doña  Leonor. 

Desde  luego  en  la  ordenación  de  ellas  no  se  encontrará  el 
encanto  de  aquel  estilo  fácilmente  narratorio  de  doña  Leonor, 
semejante  al  de  una  persona  que  está  en  familiaridad  hablan- 
do de  cuanto  le  ha  sucedido.  En  verdad  debió  ser  así,  pues 
esa  señora  dictó  á  un  escribidor  (1)  ó  escribano  su  relación 
jurada.  Mas  se  suple  la  disonancia  que  pudiera  tener  la  diver- 
sidad del  lenguaje  de  aquel  siglo  al  del  presente,  con  trasla- 
dar íntegros  bastantes  párrafos  de  autores  sus  contemporá- 
neos; vindícase  de  algunos  juicios  adversos  á  esta  señora  en 
el  subsiguiente  estudio,  para  que  pensamientos  tales  contra  la 


(1)    Abí  se  úecia  antiguamente  en  Córdoba. 


MEMORIAS   DE   UNA   DAMA  DEL   SIGLO   XIV  T   XV  123 

verdad  y  la  justicia  queden  lejos  de  nosotros  y  de  la  posteri- 
dad, para  que  en  ella  se  afirme  la  perpetuidad  de  su  claro 
nombre.  Lo  creo  así  y  así  lo  escribo. 

Terminará  mi  estudio  en  un  juicio  del  verdadero  carácter 
de  esta  dama.  Y  si  bien  niaguno,  por  sabio  y  experimentado 
que  sea,  puede  venir  en  conocimiento  exacto  de  nuestros  pen- 
samientos y  del  motivo  de  nuestras  acciones  sino  imperfecta- 
mente, hablando  en  modo  general,  los  hechos  de  Doña  Leonor 
llevan  en  sí  una  claridad  tan  suprema,  que  sin  recelo  de  en- 
gaño nos  llevan  á  la  evidencia  de  sus  altas  virtudes. 

Podría  decirse  que  pues  Doña  Leonor  mandó  ó  hizo  es- 
cribir esta  relación,  el  mérito  de  ella  se  debería  al  que  la  puso 
en  estilo;  pero  en  la  carta  al  Rey,  que  se  halla  en  la  Eneida 
romanzada  (1)  de  Don  Enrique  de  Villena,  trátase  así  á  los  Es- 
cribanos de  Cámara  de  su  tiempo,  y  con  especialidad  á  uno  de 
Córdoba,  lamentándose  de  la  mengua  que  esso  había  en  Cas- 
tilla, «encomendando  el  fazer  de  las  coronicas  á  homes  legos, 
ayunos  de  sciencia,  ignorantes  la  lengua  latina,  que  non  vie- 
ron otras,  sino  las  dellos  ordenar,  por  cuanto  en  tiempo  del 
dicho  Don  Enrique  esto  escribió,  poco  sabía  quien  había  cargo 
de  ordenar  estas  coronicas...  y  había  dello  cargo  un  escribano 
que  estaba  en  Córdoba,  y  dábanle  cien  maravedís  cada  día... 
todos  ignorantes  latín,  y  por  eso  los  llaman  romancistas,., 
como  si  ordenasen  procesos  non  curando  del  orden  artificial 
que  guarnesce  mucho  las  obras».  Esta  noticia  excluye  la  opi- 
nión que  pudiera  tenerse,  si  quier  impensadamente,  de  que 
una  obra  de  tan  delicado  modo  escrita  fuese  por  uno  de  estos 
hombres. 


(1)    Ms.  eu  la  Bib.  Colombina. 


124  LA   ESPAÑA    MODERNA 


PAETE  PRIMERA 

VIDA  DE    DOÑA   LEONOS    LÓPEZ    DE    CÓRDOBA,     ESOfilTA    POB    ELLA 

MISMA 

1.  En  el  nombre  de  Dios  Padre  y  del  Hijo  y  del  Espíritu 
Santo,  tres  personas  y  un  solo  Dios  verdadero  en  Trinidad,  al 
cual  sea  dada  gloria  á  el  Padre  y  al  Hijo  y  al  Espíritu  Santo, 
ansí  como  era  en  el  comienzo,  ansí  es  agora  y  por  el  siglo  de 
los  siglos.  Amén.  En  el  nombre  del  qual  sobredicho  Señor  y 
y  de  la  Virgen  Santa  María  su  Madre  y  Señora  y  abogada  de 
los  pecadores  y  á  honra  y  ensalzamiento  de  todos  los  ángeles 
ó  Santos  y  Santas  de  la  corte  del  cielo,  Amón.=Por  ende, 
sepan  cuantos  estas  escripturas  vieren,  como  yo  Doña  Leonor 
López  de  Córdoba,  fija  de  mi  Señor  el  Maestre  Don  Martin 
López  de  Córdoba  é  Doña  Sancha  Carrillo,  a  quien  dó  Dios 
gloria  y  paraíso,  Jueo  por  esta  significanza  de  gg  ,  en  que  yo 
adoro  como  todo  esto  que  aquí  es  escripto  es  verdad,  que  lo 
vi  ó  pasó  por  mí;  y  escríbelo  á  honra  y  alabanza  de  mi  Señor 
Jesu  Christo  é  de  la  Virgen  Santa  María  su  madre  que  lo  pa- 
rió; porque  todas  las  criaturas  que  estuvieren  en  tribulación 
sean  ciertas;  que  yo  espero  en  su  misericprdia,  que  si  se  enco- 
miendan de  corazón  á  la  Virgen  Santa  María,  que  ella  las  con- 
solará y  acorrerá  como  consoló  á  mí,  y  porque  quien  lo  oyere 
sepa  la  relación  de  todos  mis  hechos  ó  milagros  que  la  Virgen 
Santa  María  me  mostró;  y  es  mi  intención  que  quede  por  me- 
moria, mandólo  escribir  así  como  vedes. 

2.  Y'ansí  que  yo  soy  fija  del  dicho  Maestre,  que  fué  de  Ca- 
latrava  en  el  tiempo  del  Señor  Rey  Don  Pedro,  y  el  dicho  Se- 
ñor Rey  le  hizo  merced  de  darle  la  encomienda  de  Alcántara, 
que  es  en  la  cibdad  de  Sevilla;  y  luego  le  hizo  Maestre  de  Al- 
cántara y  á  la  postre  de  Calatrava.  Y  el  dicho  Maestre,  mi 
padre,  era  descendiente  de  la  casa  de  Aguilar  y  sobrino  de 


MEMORIAS   DE   UNA   DAMA   DEL   SIGLO   XIV   Y   XV  125 


Don  Juan  Manuel,  fijo  de  una  sobrina  suya,  fija  de  un  her- 
mano. Y  subió  á  tan  grande  estado,  como  se  bailará  en  las 
Coroninas  de  España.  E  como  dicho  tengo  soy  fija  de  Doña 
Sancha  Carrillo,  sobrina  ó  criada  del  Señor  Rey  Don  Alfonso, 
de  muy  esclarecida  memoria,  que  Dios  dé  santo  paraíso,  pa- 
dre del  dicho  Señor  Rey  Don  Pedro;  y  mi  madre  falleció  muy 
temprano. 

COMENTAEIO 

1  y  2.  Don  Martín  López  de  Córdoba  intitulábase  Fre}^  Martín  Lopez^ 
por  la  gracia  de  Dios  y  por  la  merced  del  Rey,  Maestre  de  la  Caballería 
déla  Ordeu  de  Calatrava  é  Camarero  mayor  del  Rey  é  Sr.  Mayordomo 
Mayor  é  Adelantado  Mayor  del  Reino  de  Murcia  (era  de  1405,  año  1367). 

Este  caballero  era  hijo  de  Don  Lope  Alfonso  de  Córdoba,  hijo  tercera 
de  Alonso  Fernández  de  Córdoba,  Adelantado  Mayor  de  la  Frontera,  hijo 
de  Fernán  Núñez  de  Temes,  conquistador  de  la  ciudad  de  Córdoba,  y  de 
Doña  Teresa  Ximénez  de  Góngora,  su  mujer,  progenitores  de  toda  la 
gran  casa  de  Córdoba.  (Ms.  de  la  Biblioteca  Colombina. — Genealogía  de 
los  Barradas,  tomo  123,  varios  en  folio.) 

En  el  citado  libro  se  lee  que  el  Don  Martín  fue  Comendador  de  las  ca- 
sas de  Sevilla  en  la  orden  de  Calatrava,  Maestre  de  ella  y  de  la  de  Alcán- 
tara, embajador  de  Don  Pedro  en  Inglaterra,  y  su  Copero  mayor:  se 
llama  también  en  él  á  su  esposa  Doña  Sancha  Alfonso  de  Valenzuela  (1). 
Doña  Leonor  le  da  el  nombre  de  Sayicha  Carrillo.  Quizás  tuviera  ambos^ 
apellidos  y  prefiriera  el  uso  de  uno  de  ellos  en  razón  de  alguna  herencia 
que  á  eso  la  obligase. 

Don  Martín  fue  «el  mayor  privado  que  tuvo  el  Rey  Don  Pedro».  [Li- 
najes de  Córdoba,  por  los  hermanos  Morales.  Ms.) 

En  1358  ejercía  el  cargo; de  camarero  del  Rey.  Abrazóse  con  el  Infante 
Don  Juan  en  Bilbao,  para  que  no  pudiese  lleg*arse  á  Don  Pedro,  y  el  ba- 
llestero Juan  Diente  dio  al  Infante  con  la  maza  en  la  cabeza. 

En  1360,  de  orden  de  Don  Pedro,  prendió,  siendo  camarero  mayor,  á 
Gutierre  Fernández  de  Toledo,  le  hizo  entregarle  los  castillos  y  alcázar 
de  Molina  y  le  mandó  cortar  la  cabeza. 

En  3362  puso  en  prisión  al  Rey  Bermejo  y  su  acompañamiento.  Apa- 
rece más  adelante  en  esto  año  como  Repostero  mayor. 


(1)  En  el  Ms.  del  libro  de  las  Bienandanzas  (Biblioteca  Colombina)  se 
lee  en  una  nota  nuirginal  de  otra  letra:  «Don  Martín  López  de  Córdoba 
fue  casado  con  Doña  Sancha  Alfonso  de  Valenzuela,  hermana  del  Comen- 
dador Martín  Sánchez  de  Valenzuela,  Señor  de  Valenzuela.» 


126  LA   ESPAÑA   MODERNA 


Ea  1366  era  Maestre  de  Alcántara  y  en  1367  de  Calatrava. 

En  este  último  año  quedó  de  Capitán  Majov  en  Córdoba.  No  cumplió 
la  orden  del  Rey,  reducida  á  que  hiciese  dar  muerte  á  varios  caballeros 
cordobeses.  Encargó  Don  Pedro  á  un  freile  de  la  Orden  que,  cautelosa- 
mente, lo  prendiese.  Don  Martín  pasó  áMartos,  receloso  del  Rey,  pero  ig- 
norante de  quien  trataba  de  entregarlo.  En  la  fortaleza  de  Martos  quedó 
preso.  Era  muy  amigo  del  Rey  de  Granada  é  impetró  su  favor,  y  el  moro 
envió  á  Don  Pedro  mensajeros  para  que  le  intimasen  que  pusiese  inme- 
diatamente en  libertad  al  Maestre,  ó,  caso  contrario,  que  él  acudiría  con 
fuerzas  á  hacerlo.  Temió  Don  Pedro  el  poder  del  Rey  moro.  Reconcilióse 
con  Don  Martín,  y  éste  le  fue  tan  leal  como  refieren  las  historias  y  la  vida 
de  su  hija  (1). 

La  frase  que  Dios  dé  santo  paraíso^  al  tratarse  de  una  persona  difun- 
ta, no  era  peculiar  de  Doña  Leonor,  sino  comunísima  en  aquel  siglo. 
Muy  bien  recuerdo  que  en  la  carta  de  fundación  del  convento  de  Santa 
Inés  de  Sevilla  por  la  famosa  Doña  María  Fernández  Coronel,  viuda  de 
Don  Juan  de  la  Cerda,  se  dice  (á  10  de  Setiembre,  era  del  414  año  de 
1376):  «E  esta  dote  é  donación  les  hago  para  que  rueguen  á  Dios  por  la 
vida  é  salud  del  Rey,  que  mantenga  Dios,  é  por  el  alma  del  Rey  Don  Al- 
fonso, que  dé  Dios  paraíso.* 

TEXTO 

3.  Y  así  me  casó  mi  padre  de  siete  años  con  Ruy  Gutié- 
rrez de  Henestrosa,  hijo  de  Juan  Fernandez  de  Henestrosa, 
Camarero  Mayor  del  Señor  Rey  Don  Pedro  y  Su  Canciller 
Mayor  del  Sello  de  la  puridad  y  Mayordomo  Mayor  de  la 
Rey  na  Doña  Blanca,  su  mujer,  el  cual  casó  con  Doña  María 
de  Haro,  Señora  de  Haro  y  los  Cameros.  Y  á  mi  marido  que- 
dáronle muchos  bienes  de  su  padre  y  muchos  lugares:  y  al- 
canzaba trescientos  de  á  caballo  suyos  é  cuarenta  madejas  de 
aljófar  tan  grueso  como  garbanzos,  ó  quinientos  moros  ó  mo- 
ras, y  dos  mil  marcos  de  plata  en  bajilla;  y  las  joyas  y  preseas 


(1)  Avala  escribe  que  se  dijo  que  Don  Martín,  viendo  los  males  de  la 
patria,  había  dicho  á  algunos  caballeros  de  Córdoba  que,  para  su  remedio, 
lo  mejor  era  que  Don  Pedro  estuviese  en  Toledo  y  que  se  casase  con  al- 
guna noble  mujer  para  conseguir  herederos,  y  que  el  Príncipe  de  Gales 
gobernase  en  Castilla,  León,  etc.,  y  el  Don  Martín  en  Andalucía.  «Empe- 
ro, si  esto  fue  n.bi  ó  non,  non  se  sabe,  salvo  que  algunos  caballeros  de 
Córdoba  dijero^i  al  Rey  Don  Enrique  después  que  Don  Martín  López  fa- 
blara  con  ellos  todo  esto.»  (Son  palabras  de  Ayala.) 


MEMORIAS  DE  UNA   DAMA  DEL   SIGLO    XIV   Y   XV  127 

de  su  casa  no  las  pudieron  escribir  en  dos  pliegos  de  papel.  Y 
esto  le  cupo  del  dicho  su  padre  y  madre;  porque  otro  fijo  y  he- 
redero no  tenían.  A  mí  me  dio  mi  padre  veinte  mil  doblas  en 
casamiento. 

4.  Y  residíamos  en  Carmena  con  las  ñjas  del  Señor  Rey 
Don  Pedro,  y  yo,  é  mis  cuñados,  maridos  demis hermanas,  y  un 
hermano  mío,  que  se  llamaba  Don  Lope  López  de  Córdoba 
Carrillo.  Llamábanse  mis  cuñados  Fernán  E-odriguez  de  Aza, 
Señor  de  Aza  é  Villalobos,  ó  el  otro  Ruy  García  de  Aza,  el 
otro  Lope  E-odriguez  de  Aza,  que  eran  fijos  de  Alvaro  Rodrí- 
guez de  Aza  é  de  Doña  Constanza  de  Villalobos. 

5.  Y  fué  ansí:  que  cuando  el  Señor  Rey  Don  Pedro  quedó 
cercado  en  Montiel  de  su  hermano  el  Señor  Rey  Don  Enrique 
y  mi  Padre  bajó  al  Andalucía  á  llevar  gente  para  socorrerlo; 
y  llevándola,  halló  que  era  muerto  á  manos  de  su  hermano.  Y 
vista  esta  desgracia,  tomó  el  camino  para  Carmena,  donde  es- 
taban las  señoras  Infantas,  fijas  del  Señor  Rey  Don  Pedro  y 
parientastan  cercanas  de  mi  marido  y  mías  por  mi  madre.  Y 
el  Señor  Rey  Don  Enrique,  viéndose  Rey  de  Castilla,  se  vino 
á  Sevilla  y  puso  cerco  á  Carmena.  Y  como  es  villa  tan  fuerte, 
estuvo  muchos  meses  cercada. 

6.  Y  acaso  habiendo  salido  mi  padre  fuera  de  ella  j  sa- 
biéndolo los  del  Real  del  Rey,  como  era  salido  de  la  dicha  villa, 
ofreciéronse  doce  caballeros  á  escalar  la  villa;  y  subidos  á  ella 
á  la  muralla,  fueron  presos;  y  luego  fue 'avisado  mi  padre  del 
tal  hecho  y  vino  luego,  y  por  el  atrevimiento  les  mandó  cortar 
las  cabezas. 

7.  Y  el  Señor  Rey  Don  Enrique,  visto  este  fecho  y  que  no 
podía  por  fuerzas  de  armas  entrarla  á  satisfacerse  de  este  hecho , 
mandó  al  Condestable  de  Castilla  tratase  de  medios  con  mi  pa- 
dre. Y  los  medios  que  mi  padre  trató  fueron  dos:  el  uno,  que 
las  Señoras  Infantas  las  habían  de  poner  libres  á  ellas  y  á  sus 
tesoros  en  Inglaterra,  antes  que  él  entregase  la  dicha  villa  al 
Rey.  Y  ansí  fue  hecho,  porque  mandó  á  unos  escuderos,  deu- 
dos suyos  naturales  de  Córdoba  y  de  su  apellido,  que  fuesen 


128  LA    ESPAÑA  MODERNA 


con  ellas,  y  la  demás  gente  que  le  pareció.  El  otro  capítulo 
fue  que  él  y  sus  hijos  y  valedores  y  los  que  habían  asistido  por 
su  orden  en  aquella  villa,  fuesen  perdonados  del  Rey,  y  dados 
por  leales  á  ellos  y  á  sus  haciendas;  y  así  se  le  dio  firmado  del 
dicho  Condestable,  en  nombre  del  Rey. 

8.  Y  hecho  este  partido,  entregó  la  villa  al  dicho  Condes- 
table en  nombre  del  Rey;  y  de  allí  fueron  él  y  sus  hijos  y  la 
demás  gente  á  besar  la  mano  del  Rey.  Y  el  Señor  Rey  Don 
Enrique  mandólos  prender  y  poner  en  las  Atarazanas  de  Sevi- 
lla; y  el  dicho  Condestable,  visto  que  el  Señor  Rey  Don  En- 
rique no  le  había  cumplido  la  palabra  que  él  había  dado  en  su 
nombre  al  dicho  Maestre,  se  salió  de  su  Corte  y  nunca  más 
volvió  á  ella. 


OOMENTAEIO 


3.  Juan  Fernández  de  Henestrosa  era  tío  carnal  de  Doña  María  de  Pa- 
dilla. Alcanzó  todo  valimiento  con  Don  Pedro.  Murió  en  la  derrota  del 
Val  de  Araviana  el  año  de  lb59,  peleando  contra  el  Conde  Don  Enrique 
y  Don  Tello  y  varios  caballeros  aragoneses.  Pedro  López  de  Avala  lo  elo- 
gia repetidamente  como  «buen  caballero  é  cuerdo  é  mesurado  y  de  ver- 
dad». No  es  extraño  que  habiendo  gozado  tanto  poderío,  muriese  en  la 
mayor  riqueza.  Del  casamiento  de  Doña  Leonor  se  hablará  en  el  co- 
mentario del  párrafo  15. 

4  5,  6  y  7.  Hasta  ahora  se  había  creído  y  cree  que  las  tres  hijas  de 
Doña  María  de  Padilla  y  Don  Pedro  (Doña  Beatriz,  Doña  Constanza  y 
Doña  Isabel)  no  se  hallaban  en  España  cuando  la  muerte  de  su  padre. 
LÓPEZ  DE  Ayala  en  su  Crónica,  dice  que  Don  Pedro  al  volver  á  España 
con  el  socorro  del  Piincipe  de  Gales  para  recuperar  la  corona,  dejó  en 
Bayona  por  manera  de  arrehenes  á  sus  tres  hijas  que  llamaban  Infantas. 
Doña  Leonor  López  de  Córdoba  asegura  que  de  Carmona  fueron  lle- 
vadas éstas  en  salvo  á  Inglaterra  por  la  capitulación  de  su  padre"  el 
Maestre.  No  puede  ponerse  duda  en  esta  noticia  de  una  persona  testiga 
de  los  hechos. 

Se  comprende  el  error.  En  López  de  Ayala  leemos  lo  de  haber  queda- 
do las  hijas  del  Rey  en  poder  de  los  ingleses:  nada  nos  dice  de  su  regreso; 
y  luego  en  la  Crónica  de  Enrique  II,  nos  habla  de  ellas  y  de  sus  casa- 


MEMORIAS   DE   UNA   DAMA   DEL.   SIGLO    XIV    Y    XV  129 

roientos,  también  en  Inglaterra.  De  aquí  se  ha  deducido  que  no  salieron 
de  su  condición  de  rehenes  mientras  vivió  el  padre. 

Pero  con  presencia  de  lo  escrito  por  Doña  Leonor,  observamos  que 
LÓPEZ  DB  Ayala,  en  el  cap.  XXIII  del  año  XIX  del  reinado  de  Don  Pedro, 
habla  por  última  vez  del  Principe  de  Gales  y  de  las  pagas  de  sus  huestes 
y  deudas  del  Monarca  español.  Por  el  cronista  no  se  sabe  cuándo  regresó 
el  Principe  á  Inglaterra,  ni  del  fin  que  habieron  sus  conciertos  con  Don 
Pedro.  O  López  de  Ayala  no  se  acordó  de  escribir  estos  sucesos,  ó  esta 
parte  de  su  Crónica  se  ha  perdido. 

En  el  período  de  1367  á  1369,  debieron  pasar  á  España  las  hijas  de  Don 
Pedro.  La  causa  de  éste  hallábase  perdida,  y  en  Inglaterra  sin  duda  con- 
sideraron inútiles  aquellos  rehenes,  á  menos  que  el  padre  no  procurase  la 
restitución  de  las  hijas  por  medio  de  algunos  donativos  ó  presentes. 

Con  respecto  á  la  falta  de  cumplimiento  de  la  capitulación,  el  mismo 
Ayala,  apesar  de  ser  tan  adicto  á  Don  Enrique,  no  pudo  menos  de  es- 
cribir: «Algunos  que  amaban  el  servicio  del  Rey,  especialmente  Don 
Ferrand  Orfores,  Maestre  de  Santiago,  fue  muy  quejado  é  non  le  plogo, 
por  cuanto  el  Rey  le  mandara  que  asegurase  de  muerte  al  dicho  Don  Mar- 
tin Lopezy  é  quejóse  mucho  dello  al  Rey;  pero  non  le  pudo  aprovechar  al 
dicho  Martin  López  que  non  muriese».  Tal  se  lee  en  la  Crónica  de  Don 
Enrique  II. 

En  la  de  las  Tres  Ordenes  y  Cahallerias  de  Santiago,  Calatrava  y  Al- 
cántara, por  el  Licenciado  Fray  Francisco  de  Rades  y  Andrada  (Tole- 
do, 1592),  dice  que  los  dosMaestres  de  Calatrava  (Don  Martín  López  y  Don 
Pedro  Muñiz  de  Godo.v)  pelearon  delante  de  Carmena,  y  que  Don  Mar- 
tín López  de  Córdoba  fue  preso  en  ella  y  degollado  en  Sevilla.  Esta  noti- 
cia de  la  prisión  en  una  batalla,  no  concuerda  con  lo  que  aseguran  todos 
los  autores  contemporáneos. 

A  pesíir  de  lo  dicho  por  Ayala,  Doña  Leonor  López  de  Córdoba  y  Lope 
García  de  Salazar,  el  Padre  Fray  Francisco  Salvador  Bjiptistade  Areliano, 
en  las  Antigüedades  y  excelencias  de  la  villa  de  Carmona  (Sevilla,  1628), 
impugna  á  Mariana,  y  dice  que  los  de  Carmona  fueron  vencidos  en  bata- 
lla, como  lo  dice  el  Licenciado  Argote  de  Molina  en  el  capítulo  12  de  sus 
Noblezas  de  Jaén. 

Ortiz  de  Zúñiga,  en  sus  Alíales  de  Sevilla,  dice  que  Don  Martín  López 
entregóse,  capitulando  el  seguro, de  su  vida  con  el  Maestre  de  Santiago 
Don  Fernando  Osores,  que  no  quiso  guardar  el  Rey. 

Vienen  á  aumentar  toda  esta  confusión  que  hay  entre  los  autores  que 
de  la  rendición  de  Carmona  escriben,  las  Memorias  de  Doña  Leonor  Ló- 
pez, las  cuales  no  hablan  de  que  su  padre  capitulara  con  el  Maestre  de  San- 
tiago Don  Fernando  Osores,  ni  con  el  de  Calatrava  Don  Pedro  Muñiz  de 

E.  U.— Julio  1902,  9 


130  LA    ESPAÑA   MODERNA 


Godoy,  sino  con  él  Condestable  de  Cafitüla,  á  quien  mandó  Don  Enrique 
que  tratase  de  ello  con  Don  Martín  López,  convencido  de  lo  difícil  de  la 
toma  de  aquella  fortaleza  por  medio  de  las  armas. 

No  existía  entonces  la  dig-nidad  de  Condestable  en  Castilla,  pues  fue 
creada  por  Don  Juan  I,  según  el  unánime  sentir  de  los  historiadores. 

Obtuvo  la  Condestablía  primeramente  en  1382,  Don  Alonso  de  Aragón, 
Marqués  do  Villena,  Conde  de  Denia  y  de  Ribagorza,  hijo  del  Infante 
Don  Pedro  y  nieto  de  Don  Jaime  II  de  Aragón. 

En  la  minoridad  de  Enrique  III  consiguió  esta  dignidad  Don  Pedro 
Enríquez  de  Castilla,  Conde  de  Trastamara,  hijo  de  Don  Fadrique,  Maes- 
tre de  Santiago  y  nieto  del  Rey  Don  Alonso  XL 

Por  muerte  de  Don  Pedro,  ó  en  castigo  de  sus  ambiciones  y  descon- 
ciertos, en  el  reinado  de  Enrique  III,  se  dio  la  Condestablía  al  famoso  Ruy 
López  Dávalos. 

Pudo  Doña  Leonor  referirse  á  alguno  de  estos  personajes,  especial- 
mente al  hijo  de  Don  Fadrique,  como  sobrino  carnal  de  Don  Enrique  II, 
enviado  al  campo  que  sitiaba  á  Carmona  con  el  fin  especial  de  convenir 
con  Don  Martín  López,  bajo  el  seguro  de  la  real  palabra,  la  reducción  de 
los  que  se  mantenían  leales  á  la  memoria  de  Don  Pedro.  Escritas  las  Me- 
morias áf^,  la  hija  del  Maestre  de  Calatrava,  veintinueve  años  después  del 
suceso,  nada  tiene  de  extraño  que  al  citar  al  personaje,  recordase  el  car- 
go por  el  que  últimamente  era  conocido,  sin  cuidarse  de  sien  aquella 
ocasión  ejercía  tal  dignidad.  El  Sr.  Montero  ha  observado  que  de  este 
modo  Doña  Leonor  llamó  Alcaide  de  los  donceles  á  Martín  Fernández, 
que  no  lo  fue  hasta  el  reinado  de  Enrique  III,  como  cita  Don  Diego  Fer- 
nández de  Córdoba,  á  quien  denomina  Mariscal. 

Don  Juan  de  Ostos,  en  la  Vida  del  I^eato  Fray  Alvaro  de  Córdoba 
(1687),  escribe:  «Ya  sé  que  el  Padre  Mariana...  discurre  en  otra  forma  so- 
bre la  ida  de  la  hijas  del  Rey  I  on  Pedro  á  tierra  de  Inglaterra;  mas  yo 
sigo  la  relación  jurada  que  hizo  Doña  Leonor  López  de  Córdoba,  hija  del 
Maestre,  de  su  adversa  fortuna,  papel  verdadero  cierto  y  seguro...  á  que 
se  añade  el  parecer  cosa  dura,  lajena  de  razón  y  contra  toda  política,  que 
para  seguridacMe  unas  capitulaciones  entregase  un  Rey  sus  propias  hi- 
jas, echándolas  de  su  palacio  y  reino.» 

Resulta,  pues,  que  hay  diversas  opiniones  sobre  lo  acaecido  en  la  rendi- 
ción de  Carmona,  y  que  la  de  D(.ña  Leonor  es  una  de  tantas,  pero  con  más 
motivo  de  vero;  imilitud  por  referir  un  suceso  como  testigo  y  de  mayor  fe. 

Nada  contradice  que  hubiesednrante  el  largo  asedio  de  Carmona  algún 
combate  que  probaron  con  los  sitiadores  los  sitiados,  sin  que  el  adverso 
suceso  de  una  salida  exploradora  influyese  para  la  capitulación  inmediata. 

DoRMER,  en  sus  Enmiendas  á  las   Crónicas  de  Avala,   opina  que  el 


MEMORIAS   DE   UNA   DAMA  DBL   SIGLO   XIV  Y   XV  131 

Maestre  de  Santiago  «debió  ser  Don  Fernán  Asores  (sic),  que  fue  Comen- 
dador Mayor  de  León,  ó  Don  Pero  Fernández  Cabeza  de  Vaca». 

Habla  Doña  Leonor  también  de  sus  cuñados,  maridos  de  sus  herma- 
nas, Fernán  Rodríguez  de  Aza,  Señor  de  Aza  y  Villalobos,  y  Lope  Rodrí- 
guez de  Aza,  hijos  de  Alvaro  Rodríguez  de  Aza  y  de  Doña  Constanza  de 
Villalobos. 

El  Sr.  Montoto  ha  notado  que  esto  no  concuerda  con  lo  que  Sal  azar 
DE  Mendoza  escribió  eu  su  libro  de  las  Dignidades,  puesto  que  dice  que 
Doña  Constanza  fue  mujer  de  Don  Fernando  y  no  de  Don  Alvar.  El  dis- 
tinguido crítico  sevillano  creyó  que  el  error  no  estaba  en  la  ilustre  dama, 
autora  de  las  Memorias,  sino  en  Salazar  de  Mendoza,  infiriéndolo  sola- 
mente de  otra  equivocación  de  este  erudito  en  caso  análogo,  y  sospe- 
chando que  se  había  confundido. 

Felizmente  acredita  la  verdad  de  Doña  Leonor,  Don  José  de  Pellicer 
Y  TovAii  en  su  libro  Justificación  de  la  Grandeza  de  los  Zúñigas  (Ma- 
drid, 1688),  cuando  dice  que  Don  Alvaro  Rodríguez  de  Aza  «casó  con 
Doña  Constanza  de  Villalobos,  hermana  de  Doña  Marquesa  de  Villalobos, 
hijas  las  dos  de  Don  Gil  de  Villalobos  y  Doña  María  Díaz  de  Haro,  su 
mujer...  «Salazar  de  Mendoza  en  el  libro  3.**  y  capítulo  10  de  las  Digni- 
dades, equivoca  este  casamiento  y  dice  que  Doña  Constanza  fue  mujer 
de  Don  Fernán  Rodríguez  de  Aza,  y  no  fue  sino  su  madre.  Cita  para  prue- 
ba dos  epitafios  que  están  en  el  Monasterio  de  San  Pablo  de  Valladolid  en 
la  capilla  de  Juan  Rodríguez  de  Aza,  su  nieto...  Por  ellos  mismos  convSta 
lo  contrario  de  lo  que  afirma».  Uno  de  estos  epitafios  es  como  sigue: 
«Aquí  yace  Juan  Rodríguez  de  Aza,  Rico-ome,  Guarda  mayor  del  Rey 
Don  Enrique,  hijo  del  noble  Rey  Don  Juan,  el  quai  Juan  Rodríguez  fue 
hijo  de  Fernán  Rodríguez  de  Aza  y  de  Madama  Ales  de  Chifert,  y  nieto 
de  Alvar  Rodríguez  de  Aza  y  Doña  Constanza  de  Villalobos,  qzie  perdie- 
ron sus  heredamientos  por  seruir  al  Rey  Don  Pedro.* 

De  esta  manera  se  comprueba  la  verdad  con  que  D.^  Leonor  escribía. 
El  Fernán  Rodríguez  de  Aza,  casado  con  Madama  Ales  de  Chifert,  de 
quien  nació  el  Juan  Rodríguez,  debió  ser  viudo  de  esta  señora  cuando 
contrajo  matrimonio  con  la  hija  de  Don  Martín  López  de  Córdoba. 

Más  adelante  dice  Doña  Leonor  que  eran  cinco  hermanos  los  hijos  de 
Alvar  Rodríguez  de  Aza,  y  que  todos  murieron  infelizmente. 

El  Padre  Fray  Juan  Salvador  Bautista  Arellano,  en  sus  Antigüe- 
dades y  Excelencias  de  Carmona  (Sevilla,  1628),  dice  que  el  Rey  Don 
Enrique,  que  se  mostraba  agravado  por  la  muerte  de  los  suyos,  quemó 
los  papeles  y  noblezas  de  los  vecinos  en  la  plaza  pública  dejándolos  po- 
bres y  afligidos,  pues  sus  bienes  se  repartieron  entre  particulares  y  con- 
ventos de  religiosos. 


132  LA   ESPAJSrA    MODERNA 


TEXTO 

9.  Y  el  Señor  Rey  mandó  que  le  cortasen  la  cabeza  á  mi 
padre  en  la  plaza  de  San  Francisco,  de  Sevilla,  y  que  le  fue- 
sen confiscados  sus  bienes  y  los  de  su  yerno,  valedores  y 
eriados. 

10.  Y  yóndole  á  cortar  la  cabeza  encontró  con  Mosen  Bel- 
trán  de  Clequin,  caballero  francés,  que  fue  el  caballero  que  el 
Rey  Don  Pedro  se  había  fiado  del  que  lo  pornía  en  salvo,  es- 
tando cercado  en  el  castillo  de  Montiel;  y  no  cumpliendo  lo  qu© 
le  prometió,  antes  le  entregó  al  Rey  Don  Enrique  para  que  lo 
matase;  y  como  encontró  á  el  Maestre,  díjole:  Señor  Maestre, 
¿no  os  decía  yo  que  vuestras  andanzas  habían  deparar  en  esto? 
Y  él  respondió:  Más  vale  morir  como  leal^  como  yo  lo  he  hecho, 
que  no  vivir  como  vos. 

COMENTARIO 

9.  Ayala  dice:  «E  por  cuanto  el  Rey  le  había  sentenciado  é  otros!  por 
lasaña  que  había  del  especialmente  por  la  muerte  que  ficiera  de  aquéllos 
omes  de  armas,  sus  criados  del  Re}',  que  habían  sido  por  él  escala  en 
Carmona,  fizólos  matar  en  Sevilla  á  él  é  á  Marcos  Fernández.»  Otra  n»,- 
rración,  citada  por  Llaguno,  cuenta  que  en  12  de  Junio  arrastraron  á 
Martin  López  por  toda  Sevilla  é  le  cortaron  los  pies  y  las  manos  en  la 
plaza  de  San  Francisco  y  le  quemaron.  Creo  que  esto  último  debe  refe- 
rirse, si  acaso,  solamente,  á  las  manos  y  pies,  puesto  que  la  piedad  filial 
hizo  trasladar  los  huesos  del  Maestre,  como  se  verá  adelante,  á  sepultura 
honorífica  en  Córdoba.  Lo  que  parece  más  verosímil  es  que  su  escribien- 
te puso  quemaron  en  vez  de  degollaron.  Marcos  Fernández  de  Cacares, 
Canciller  del  Sello  de  la  puridad  del  Rey  Don  Pedro,  recibió  idéntico  cas- 
tio-o.  Consta  que  Pedro  López  de  Ayala  no  dejó  escrito  el  género  de 
muerte  que  sufrió  López  de  Córdoba.  García  de  Salazar,  en  su  Historia 
de  las  Bienandanzas  ¿fortunas^  hablando  del  Maestre  y  de  Fernández, 
dice:  <E  como  quier  que  (Don  Enrique)  los  tomó  sobre  seg-uro,  hizolos  de- 
gollar diciendo  que  antes  mataron  ellos  á  aquellos  cuarenta  escuderos  su- 
yos teniéndolos  segurados  y  en  su  poder». 

DoRMER,  en  la  Enmiendas  y  Advertencias  á  las  crónicas  de  Ayala,  ci- 
tando el  compendio,  afirma  que  quemaron  al  Maestre.  Pudo  ser  que  la 


MEMORIAS  DS  UNA  DAMA  DEL  SIGLO   XIV  T   XV  133 

renganza  de  Don  Enrique,  con  nombre  de  castigo,  se  cumpliese  así;  pero 
de  seguro  Don  Martín  no  murió  en  hoguera.  Por  aquellos  tiempos  se  que- 
maba también,  arrojando  al  condenado  en  una  caldera  de  líquido  hirvien- 
do. Pero  hay  que  creer  con  preferencia  á  Doña  Leonor.  Asegura  que  el 
padre  pereció  degollado. 

10.  LoPB  García  dejSalazar  refiere  puntualmente  la  traición  de  Mosen 
Beltrán  Duguesclín,  cosa  que  escribió  con  disculpas  Lólbz  de  Átala. 
Véauselas  palabras  de  aquel  historiador:  «E  reyéndose  afincado  (Don  Pe- 
dro en  Montiel)  porque  no  tenía  viandas  ni  socorro  de  alguna  parte,  hubo 
su  habla  con  Mosen  Beltrán  de  Claquin,  Condestable  de  Francia,  prome- 
tiéndole muchas  villas  é  dineros  é  otras  dádivas,  porque  le  sacase  de 
aquella  villa  é  le  pusiese  en  salvo  de  noche;  y  concertado  con  él,  hubo  de 
hablar  con  el  Rey  Don  Enrique  para  le  vender  por  aquel  precio  mesmo 
que  el  Rey  Don  Pedro  le  daba.  E  sacólo  de  noche  sobre  su  fe  y  homenaje 
y  traxole  á  su  tienda  de  noche,  encima  de  su  caballo  ó  unas  corazas  ver- 
des'vestidas;  ó  llegando  á  la  tienda,  hízole  descalvagar  contra  su  volun- 
tad, diciendo  que  luego  le  llevaría  en  salvo,  y  con  esto  hízole  saber  al 
Rey  Don  Enrique,  el  qual  vino  armado  de  todas  armas.» 

Así  se  escribía  pasado  un  siglo  del  suceso.  Ayala,  queriendo  honrar  á 
Don  Enrique  y  á  Mosen  Beltrán  de  un  modo  en  que  no  pudiera  ponerse  la 
nota  de  traición,  escribió  que  el  primero  ofreció  al  segundo  lo  mismo  que 
le  había  prometido  Don  Pedro;  y  esto  sin  pedirlo  el  caballero  francés. 
Asegura  que  éste  dudó  en  entregar  ó  no  á  Don  Pedro;  pero  que  sus  parien- 
tes vencieron  con  su  consejo larepugaaucia  que  tenía.  García  de  Salazar 
viene  á  confirmar  el  juicio  que  el  desventurado  Maestre  D.  Martín  Lópea 
de  Córdoba  hizo  de  D.  Beltrán  al  mismo,  cuando  éste  lo  vio  arrastrado 
por  las  calles  de  Sevilla,  camino  del  suplicio.  «Este  Mossen  Beltrán  (escri- 
be) era  nativo  é  natural  de  Bretaña  y  hombre  de  poca  manera.  Y  aunque 
él  era  de  buen  linaje,  de  los  della,  y  por  proeza  de  armas  fue  nombrado 
caballero  é  rico  é  presciado  en  la  Corona  de  Francia  é  fue  Condestable  é 
Gobernador  della,  empero  todas  sus  proezas  que  alcanzó  hasta  aquel  día, 
le  fueron  é  son  é  serán  retraydas,  porque  á  tan  grande  trayción,  é  sobre 
su  fee  vendió  é  hizo  matar  á  tan  alto  ó  iioble  rrey  é  principe,  de  lo  qual 
todo  aquel  algo  que  por  ello  rescibió  lo  hubo  de  dejar  acá,  é  dello  no  lle- 
vó sino  la  infamia,  é  sin  ello  é  con  ella  pasó  deste  mundo.» 

TEXTO 

11.  Y  estuvimos  los  demás  que  quedamos  presos  nue\r© 
aüos,  hasta  que  el  Señor  Rey  Don  Enrique  falleció;  y  nuestros 
maridos  tenían  sesenta  libras  de  hierro  cada  uno  en  los  pies. 


134  LA  ESPAÑA  MODERNA 


Y  mi  hermano  D.  Lope  López  tenía  una  cadena  encima  de  los 
hierros,  en  que  había  setenta  eslabones.  El  era  niño  de  treca 
años,  la  más  hermosa  criatura  que  había  en  el  mundo.  E  á  mi 
marido,  en  especial,  poníanlo  en  el  algibe  de  la  hambre,  ó  te- 
níanlo seis  ó  siete  días  que  nunca  comía  ni  bebía,  porque  era 
primo  de  las  señoras  Infantas,  hijas  del  Señor  Rey  Don  Pedro. 

12.  En  esto  vino  una  pestilencia  ó  murieron  todos,  mis 
dos  hermanos  ó  mis  cuñados  ó  trece  caballeros  de  la  casa  de 
mi  padre.  E  Sancho  Miñez  de  Villendra,  su  camarero  mayor, 
decía  á  mí  y  á  mis  hermanos:  «Hijos  de  mi  Señor,  rogad  á 
Dios  que  os  viva  yo,  que  si  yo  os  vivo,  nunca  moriréis  po- 
bres.» E  plugo  á  Dios  que  murió  el  tercero  día  sin  hablar. 

13.  E  á  todos  los  sacaban  á  desherrar  al  desherradero  ^ 
como  moros  después  de  muertos.  El  triste  de  mi  hermano  don 
Lope  López  pidió  al  Alcaide  que  nos  tenía,  que  le  dijese  á 
Gonzalo  Ruiz  Dolante,  que  nos  hacía  mucha  caridad  ó  mucha 
honra  por  amor  de  Dios:  «Señor  Alcaide,  sea  agora  vuesa 
merced  que  me  tirase  estos  hierros  antes  que  salga  mi  ánima 
é  que  no  me  sacasen  al  desherradero.»  E  él  díjole: — «¿Cómo? 
¿Como  á  moro?» — «Si  en  mí  fuese,  yo  lo  faría.»  Y  en  esto  sa- 
lió su  ánima  en  mis  manos,  que  había  él  un  año  más  que  yo- 
E  sacáronlo  en  una  tabla  al  desherradero,  como  á  moro;  ó  en- 
terráronlo con  mis  hermanos  ó  con  mis  hermanas  é  con  mi» 
cuñados  en  San  Francisco  de  Sevilla.  E  mis  cuñados  traían 
sendos  collares  de  oro  á  la  garganta,  que  eran  cinco  hermanos^ 
ó  se  pusieron  aquellos  collares  en  Santa  María  de  Guadalupe, 
ó  prometieron  no  quitárselos  hasta  que  todos  cinco  se  los  ti- 
rasen á  Santa  María,  que  por  sus  pecados  el  uno  murió  en  Se- 
villa y  el  otro  en  Lisbona  y  el  otro  en  Inglaterra.  E  así  mu- 
rieron derramados,  ó  se  mandaron  enterrar  con  sus  collares  de 
oro;  ó  los  frailes  con  la  codicia,  después  de  enterrados,  le  quita- 
ron el  collar.  Y  no  quedaron  en  la  Atarazana  de  la  casa  de  mi 
Señor  el  Maestre  sino  mi  marido  y  yo. 


MEMORIAS  DE  TJKA  DAMA   DEL.  SIGLO   XIV   Y   XV  135 


COMENTABIO 

11.  Las  Atarazanas  servían  de  prisión:  en  ellas  fue  atormentado  hasta 
morir  el  tesorero  del  Rey,  Samuel  el  Lev!.  El  Rey  Bermejo  y  los  caballe- 
ros que  con  él  mandó  prender  Don  Pedro,  y  otros  moros  que  con  ellos  ve- 
nían, quedaron  en  las  Atarazanas  hasta  en  número  de  trescientos:  por 
último,  la  primer  vez  que  Don  Enrique  se  apoderó  de  Sevilla,  en  sus  gue- 
rras con  Don  Pedro,  puso  en  libertad  á  los  que  gemían  en  ese  edificio  es- 
perando de  un  día  á  otro  la  muerte  por  la  saña  del  Rey.  Don  Enrique 
también  enviaba  á  las  Atarazanas  sus  prisioneros,  como  se  ve  en  las  pre- 
sentes Memorias.  Don  Juan  I  hizo  lo  mismo  con  el  Almirante  de  Portugal 
y  los  suyos,  vencidos  junto  al  río  Odiel. 

En  las  Cortes  de  Toro,  era  de  1407,  decía  Don  Enrique  «que  por  cuan- 
to en  aquel  tiempo  de  aquel  tirano  se  usaba,  más  por  poderío  que  por  de- 
recho, prender  á  los  vecinos  y  moradores  desa  cibdad  y  de  sus  términos 
los  tenedores  de  las  mis  Atarazanas,  sin  los  llevar  ante  el  Juez,  y  los  te- 
nían presos,  diciendo  que  les  debían  algunas  cosas...  en  lo  que  los  veci- 
nos recibían  grande  ag-ravio  y  sin  razón  y  que  eso  mismo  face  el  tenedor 
de  nuestro  Alcázar...»;  le  habían  pedido  que  esto  no  siguiese  adelante:  y 
«si  algunas  deudas  debiesen  á  nos  y  á  los  tenederos  de  las  dichas  Atara- 
zanas y  Alcázar,  y  á  otros  qualesquier,  por  que  deben  ser  presos,  que  no 
sean  presos  en  las  dichas  Tarazanas  y  Alcázar  y  que  sean  llamados  ante 
los  Alcaldes  de  la  ciudad  y  oigan  éstos  las  razones,  y  si  han  de  ser  presos, 
que  lo  sean  en  las  prisiones  del  Concejo».  Asi  lo  mandó  el  Rey,  pero  que 
esto  no  se  entendía  con  los  menestrales  que  pertenecen  á  la  Tarazana, 
porque  corresponde  el  conocimiento  á  Gonzalo  Riiiz  Bolante.  Según  re- 
sulta de  las  mismas  Ordenanzas  de  Sevilla,  había  400  ministros  oficiales 
francos  para  las  Atarazanas  y  36  para  los  Alcázares.  El  Atarazana  era  cár- 
cel de  los  Jurados  en  caso  de  cometer  delito. 

El  autor  de  la  vida  de  Don  Alonso  explica  como  éste  se  salvó  de  pade- 
cer con  sus  hermanos  en  las  Atarazanas  de  Sevilla.  «Quedó  la  educación 
y  crian/a  del  niño  Don  Alvaro  á  cargo  de  su  tía,  hermana  de  su  madre 
Doña  María  Gómez  Carrillo,  Señora  propietaria  de  Villaquirán,  Balzones, 
Reverge,  Villacisa  y  otros  lugares,  que  casó  con  Don  Gonzalo  Fernández 
de  Córdoba  cuarto  Señor  de  esta  casa,  porque  fué  amantísima  de  sus  so- 
brinos... y  por  este  medio  fué  Dios  servido  de  librar  al  Señor  de  los  que 
padecen  después  sus  hermanos  en  Sevilla.»  Esta  noticia  hubo  de  Don 
José  Pellicer  de  Tovar. 

Fué  Don  Alvaro  gran  predicador  y  en  los  mismos  tiempos  que  San 


136  LA  ESi'AÑA  MODERITA 


Viceníe  Ferrer,  con  quien  contribuyó  para  que  Don  Fcrn.a.iíIo  ¿e  Ante* 
quera  fuese  rey  de  Aragón. 

12.  La  pestilencia  de  que  habla  aquí  Doña  Leonor  debió  ser  reducida 
á  las  Atarazanas,  traída  quizás  por  algunos  cautivos  moros  que  en  elU 
se  encerraron.  Ortiz  de  Zúñiga.  sólo  habla  de  tres  pestes  de  gran  mortan- 
dad; la  primera  en  1351,  la  segunda  en  1362  y  la  tercera  en  1383. 

Parece  cosa  providencial  que  de  allí  donde  salió  el  Rey  Bermejo  para 
el  suplicio  con  otros  de  los  suyos,  interviniendo  en  todo  lo  de  la  prisión  y 
muerte,  tenida  por  injusta  y  de  orden  de  Don  Pe.lro  I.  Don  Martín  López 
de  Ayala  allí  padeció  igualmente  en  carcelería,  y  do  allí  fué  á  la  muerto 
en  público  cadalso,  y  allí  mismo  sufrieron  sus  hijos,  y  algunos  espiraron. 

13.  Según  Ortiz  de  ZúFiiga,  en  Octubre  de  1373  fue  nombrado  Alcaide 
de  los  Alcázares  y  Atarazanas  de  Sevilla  Fernán  González,  su  criado  y 
vasallo,  cargo  que  había  tenido  su  padre,  Gonzalo  Núñez.  Gonzalo  Ruiz 
Volante,  era  Veinticuatro  en  1370,  al  tenor  de  lo  que  el  mismo  Ortiz  de 
Zúñiga  dejó  escrito.  Al  tratar  del  año  de  1401  y  fábrica  de  la  catedral, 
habla  también  de  Ruiz  González  Volante,  Ca.uón\go,  hijo  de  GonzaloRuvK 
Volante,  tenedor  de  las  Atarazanas,  y  WmosiiQiYO  mayor  del  Rey  Don  Alon- 
so el  último. 

El  mismo  Ortiz  de  Zúñiga,  cuando  escribió  de  la  muerte  de  este  Rey, 
llama  á  Gonzalo  Ruiz  Volante  muy  gran  caballero  y  muy  señalado  en 
las  armas,  y  dice  que  <p<>r  su  mano  corrían  las  grandes  obras  de  caridad 
del  Hospital  y  Cofradía  de  Nuestra  Señora  del  Pilar». 

Así  se  comprueba  la  veracidad  y  gratitud  de  Doña  Leonor  cuando  re- 
fiere que  Gonzalo  Ruiz  Volante  hacía  á  aquella  desdichada  familia  mucha 
caridad  é  mucha  honra  por  amor  de  Dios. 

En  las  Ordenanzas  de  Sevilla  se  encuentran  leyes  de  Don  Enrique  he- 
chas en  las  Cortes  de  Toro,  era  de  1409,  y  pertenecientes  á  aquella  ciu- 
dad. En  una  leemos  que  Gonzalo  Ruiz  Volante  tomaba  diezmo  del  carbón 
como  Tenedor  ó  Alcaide  de  las  Atarazanas.  A  la  petición  contraria  que 
se  hizo  al  Rey,  respondió  éste:  «Tenemos  por  bien  y  es  la  nuestra  merced 
que  en  este  año  que  lo  lleven  el  dicho  diezmo  del  carbón,  por  cuando  es 
menester  para  reparar  las  nuestras  galeas;  pero  que  es  nuestra  merced 
que  dende  adelante  que  lo  non  lleven,  ni  lo  tomen,  ni  ge  lo  oonsintades 
tomar.» 

TEXTO 

14.  Y  en  esto  murió  el  muy  alto  y  muy  esclarecido  señor 
Bey  Don  Enrique,  de  muy  santa  y  esclarecida  memoria,  y 
mandó  en  su  testamento  que  nos   sacasen  de  la  prisión  ó  nos 


MEMORIAS   DS   UNA   DAí.TA   Tí^x.   SIGLO    XIV   Y   X,  137 


tornasen  todo  lo  nuestro;  óy  >  quodó  en  casa  de  mi  señora  tía 
Doña  María  Grarcía  Carril)  j  ó  mi  marido  faé  á  demandar  sus 
bienes,  ó  los  que  los  tenían  preciáronlo  poco,  porque  no  tenía 
estado  ni  manera  para  1(  s  poder  demandar;  é  los  derechos  ya 
sabéis,  como  dependen  á  los  lugiires  que  han  con  que  se  de- 
mandar; ó  así  perdióse  mi  maridr  é  anduvo  siete  años  por  el 
mundo  como  desventura.lo  y  nunca  halló  pariente  ni  amigo 
que  bien  le  hiciese  ni  hubiese  piedad  de  él.  E  á  cabo  de  siete 
años,  estando  yo  en  casa  de  mi  señora  mi  tía  Doña  María  Grar- 
cía Carrillo,  dijeron  á  mi  mari.lo,  cue  estaba  en  Badajoz  con 
su  tío  Lope  Fernández  de  PadiLa,  en  la  guerra  de  Portugal, 
que  yo  estaba  muy  bien  andante,  que  me  habían  hecho  mu- 
cho bien  mis  parientes,  cabalgó  encima  de  su  muía,  que  valía 
muy  pocos  dineros,  ó  lo  que  traía  vestido  no  valía  treinta  ma- 
ravedís, y  entróse  por  la  puerta  de  mi  sonora  mi  tía. 

COMENTAEIO 

14.  Murió  Don  Enrique  á  30  de  Mayo  de  1379.  En  su  testamento  fecho 
en  Burgos  el  antecedente  día,  dispuso:  «Otrosí:  por  cuanto  nos  tenemos 
cargo  sobre  nuestra  ánima  de  algunos  logares  é  bienes  que  tomamos  á 
algunas  personas  del  nuestro  señorío,  mandamos  é  tenemos  por  bien  que 
todos  aquellos  que  fuere  fallado  por  verdad  que  les  nos  tomamos  é  man- 
damos tomar  sin  razón  é  sin  derecho,  que  les  sean  tornados  á  quien  fue- 
ron tomados  ó  á  sus  herederos,  que  les  sea  fecha  enmienda  por  ello.  Es- 
pecialmente nos  recordamos  que  tomamos  algunos  logares  á  Doña  Juana 
de  Castro,  é  á  Men  Rodríguez  de  Bena vides,  é  á  Doña  María,  hija  de  Don 
Alonso  Fernández  Coronel,  etc.» 

Al  morir,  estando  presente  el  Obispo  de  Sigüenza  y  otros  caballeros, 
se  expresó  así:  «Decid  al  Infante  Don  Juan,  mi  fijo,  que  yo  mando  que 
todos  los  presos  cristiano^t  que  sean  en  el  mi  regno,  ingleses  ó  portugue- 
ies  é  de  otra  nación,  que  todos  sean  sueltos.» 

Algunos  genealogistas  llaman  á  la  tía  de  Doña  Leonor,  Doña  María 
Gracia,  y  no  García  Carrillo,  hija  de  Don  Pedro  Ruiz  Carrillo  y  nieta  de 
Don  Fernando.  Tuvo  por  hijo  á  Alonso  Hernández  de  Córdoba,  señor  de 
la  casa  de  Córdoba,  Aguilar  y  Priego,  y  marido  de  Doña  Teresa  Venegas, 
hija  de  Egas  Venegas,  primer  señor  del  Estado  de  Luque.  El  esposo  de 
Doña  María  García  Carrillo  fue  D.  Gonzalo  Fernández  de  Córdoba. 


138  LA  jespaS^a  moderna 


TEXTO 

15.  Yo  como  había  sabido  que  mi  marido  andaba  perdido 
por  el  mundo,  trató  con  mi  señora  mi  tía,  hermana  de  mi  se- 
ñora mi  madre,  que  le  decían  Doña  Teresa  Fernández  Carrillo 
(estaba  en  la  Orden  de  Guadalajara,  que  la  hicieron  mis  bis- 
abuelos, ó  dotaron  precio  para  cuarenta  Ricas-hembras  de  su 
linaje,  que  viniesen  en  aquella  Orden),  envíele  á  demandar  le 
pluguiese  que  yo  fuese  acogida  en  aquella  Orden,  pues  por  mis. 
pecados  mi  marido  é  yo  eramos  perdidos;  y  ella  y  toda  la  Or- 
den alcanzáronlo  en  dicha,  porque  mi  señora  madre  se  había 
criado  en  aquellos  monasterios;  y  de  allí  la  sacó  el  Rey  Don 
Pedro  e  la  dio  á  mi  padre  que  casase  con  ella;  porque  ella  era 
hermana  de  Gonzalo  Díaz  Carrillo  ó  de  Diego  Carrillo,  fijos  de 
Don  Juan  Fernández  Carrillo  e  de  Doña  Sancha  de  Rojas.  E 
porque  esos  mis  tíos  habían  temor  del  dicho  Señor  Don  Pedro, 
que  había  muerto  y  desterrado  muchos  de  este  linage,  y  á  mi 
abuelo  le  había  derribado  las  casas  ó  dado  quanto  tenía  á  otrie, 
estos  mis  tíos  fuóronse  dende  á  servir  al  Rey  Don  Enrique 
(quando  era  conde)  por  este  enojo.  Y  nací  en  Cálatayud  en 
casa  del  Señor  Rey,  ó  fueron  las  Señoras  Infantas  sus  fijas  mis 
madrinas,  y  trujáronme  con  ellas  al  Alcázar  de  Segovia  con 
mi  señora  madre,  que  allí  murió  y  quedé  yo  en  edad,  que 
nunca  la  conocí. 

OOMENTAKIO 

15.  Por  este  párrafo  sabemos  con  alguna  certidumbre  el  año  en  que 
Doña  Leonor  López  de  Córdoba  naciera.  Dice  que  su  patria  fue  Cálatayud: 
sus  madrinas  las  Infantas.  La  toma  de  Cálatayud  y  su  comarca  al  Rey  de 
Aragón  por  las  huestes  de  Don  Pedro  sucedió  el  29  de  Agosto  de  1362.  El 
Rey  prosiguió  su  conquista  en  Aragón  en  Enero  y  Febrero  del  siguiente 
año,  y  en  el  mismo  territorio  de  su  enemigo,  en  Bribiesca,  convocó  los  Pro- 
curadores de  las  ciudades  para  tratar  de  la  herencia  de  la  corona  por  ha- 
ber fallecido  su  hijo  el  Infante  Don  Alfonso.  Fueron  juradas  sus  hijas  por 


MEMORIAS  DE   UNA  DAMA  DEL   SIGLO   XIV   Y   XV  139 

el  orden  de  edad  herederas  del  reino  y  sus  descendencias  respectivas,  es- 
tando presentes  las  dichas  Infantas,  fijas  del  Bey;  según  asegura  Pedro 
LÓPEZ  DE3  Ayala. 

De  aquí  se  prueba  que  Doña  Leonor  López  de  Córdoba  nació  en  Cala- 
tayud  por  Diciembre  de  1362,  ó  Enero  de  1363.  Don  Alfonso  murió  en  18 
de  Octubre  del  año  anterior. 

Don  Pedro  murió  en  Marzo  de  1369.  Doña  Leonor  debió  ser  casada  en 
ese  año,  cuando  ya  había  cumplido  seis  y  entraba  en  siete,  edad  que  ella 
dijo  tener  cuando  el  matrimonio;  si  no  es  que  en  Carmona,  que  se  man- 
tuvo contra  Don  Enrique  hasta  1371,  Don  Martín  López  de  Córdoba  hizo 
celebrar  estas  bodas,  muerto  ya  Don  Pedro. 

TEXTO 

16.  Y  después  que  mi  marido  vino,  como  dicho  es,  fuese  en 
casa  de  mi  señora  mi  tía,  que  era  en  Córdoba  junto  á  Sant  Hi- 
pólito, y  á  mí  y  á  mi  marido  me  acojió  allí  en  unas  casas  junto 
á  las  suyas.  Y  viéndonos  con  poco  descanso,  fize  una  oración  á 
la  Virgen  Santa  María  de  Belén  treinta  días:  cada  noche  re- 
zaba trescientas  aves  marías  de  rodillas  para  que  pusiese  en 
corazón  á  mi  señora  que  consintiese  abrir  un  postigo  á  sus  ca- 
sas. Y  dos  días  antes  que  acabase  la  oración,  demandé  á  mi  se- 
ñora mi  tía  que  me  dejase  abrir  aquel  postigo,  porque  no  vi- 
niéramos por  la  calle  á  comer  á  su  mesa,  entre  tantos  caballe- 
ros que  había  en  Córdoba;  é  la  su  merced  me  respondió  le  pla- 
cía, é  yo  fui  muy  consolada.  E  quando  otro  día  quise  abrir  el 
postigo,  criadas  suyas  le  habían  vuelto  su  corazón  que  no  lo 
hiciese.  Y  fui  tan  desconsolada  que  perdí  la  paciencia.  E  la 
que  me  hizo  más  contradicción  con  mi  señora  mi  tía,  se  murió 
en  mis  manos  comiéndose  la  lengua.  E  otro  día,  que  no  que- 
daba más  que  un  día  de  acabar  mi  oración,  sábado,  soñaba 
que  pasando  por  Sant  Hipólito,  tocando  el  alba,  vía  en  la  pa- 
red de  los  corrales  un  arco  muy  grande  y  muy  alto,  é  que  en- 
traba yo  por  allí  y  cogía  flores  de  la  sierra  y  veía  muy  gran 
cielo.  Y  en  esto  desperté  é  oré  esperanza  en  la  Virgen  Santa 
María  que  me  daría  casa.  En  esso  vino  un  robo  de  la  judería, 
é  tomó  un  niño  huérfano  que  tenía  para  que  fuese  instruido 


140  LA.   ESPAÍ^A   MODERNA 


en  la  fée.  Híoelo  baptizar  para  que  fuese  instruido  en  la  fóe;  y 
un  día  viniendo  con  mi  señora  mi  tía  de  misa  en  Sant  Hipólito, 
vi  repartir  á  los  clérigos  de  Sant  Hipólito  aquellos  corrales, 
donde  soñé  yo  que  había  el  arco  grande;  y  le  supliqué  á  mi  se- 
ñora mi  tía  Doña  Mencía  Carrillo  que  íuese  servida  de  comprar 
aquel  sitio  para  mí;  pues  había  diez  y  siete  años  que  estaba  en 
su  compañía  y  me  las  compró,  dándolas  con  la  condición  que 
señalaba,  que  se  hiciese  una  capellanía  impuesta  sobre  las  di- 
chas casas  por  el  alma  del  Señor  E»ey  Don  Alfonso,  que  hizo 
aquella  iglesia  á  nombre  de  Sant  Hipólito,  porque  nació  él  á 
tal  día.  E  tienen  estos  capellanes  otras  seis  ó  siete  capellanías 
de  Don  Gronzalo  Fernández,  marido  de  la  dicha  señora  mi  tía, 
ó  Don  Alonso  Fernández,  Señor  de  Aguilar  é  del  Mariscal  sus 
fijos. 

17.  Entonces,  hecha  esta  merced,  alcé  los  ojos  á  Dios  y  á  la 
Virgen  María,  dándole  gracias  por  ello;  y  ende  llegó  á  mí  un 
criado  del  Maestre,  mi  señor  y  Padre,  que  vive  con  Martín  Fer- 
nández, Alcayde  de  los  Donceles,  que  allí  estaba  oyendo  misa. 
Envíele  á  pedir  con  aquel  criado  suyo,  para  que  como  parien- 
te, le  diese  las  gracias  á  mi  Señora  mi  tía  de  la  merced  que  me 
había  hecho;  y  á  él  plúgole  mucho  y  así  lo  hizo  con  buena 
mensura,  dicióndole  que  esta  merced  recibía  él  por  suya.  B 
dádome  la  posesión,  abrí  una  puerta  en  el  sitio  y  lugar  que 
había  visto  el  arco  que  la  Virgen  María  me  mostró.  E  á  los 
Abades  los  pesó  que  me  entregasen  el  dicho  solar,  porque  yo 
era  de  gran  linaje,  y  que  mis  hijos  serían  grandes,  y  ellos  eran 
Abades  y  que  no  habían  menester  grandes  caballeros  cabe  sí, 
y  yo  túvolo  por  buen  proverbio,  y  díjeles  esperaba  en  Dios  que 
así  sería,  y  concertóme  con  ellos  de  tal  manera,  que  abrí  la 
puerta  en  aquel  lugar  donde  yo  quería.  E  tengo  que  por  aque- 
lla caridad  que  hice  en  criar  aquel  huérfano  en  la  fée  de  Jesu- 
Christo,  Dios  me  ayudó  á  darme  aquel  comienzo  de  casa. 

18.  E  de  antes  de  esto,  yo  había  ido  treinta  días  á  maiti- 
nes ante  Santa  María,  el  Amortecida,  que  es  en  la  orden  de 
San  Pablo  de  Córdoba,  con  aguas  y  con  vientos  y  descalza,  ó 


MEMORIAS  DE    UNA   DAMA   DEL  SIGLO   XIV   Y   XV  141 


rezábale  sesenta  y  tres  veces  esta  oración,  que  se  sigue  con 
sesenta  y  seis  Aves-Marías,  en  reverencia  délos  sesenta  y  seis 
años  que  ella  vivió  con  amargura  en  este  mundo,  porque  ella 
me  diese  casa,  é  ella  me  dio  casa  y  casas  por  su  misericordia, 
mejores  que  yo  las  merecía,  y  comienza  la  oración: 

Madre  Santa  María, 
De  vos  g-ran  dolor  había; 
Vuestro  fijo  bien  criado 
Vístelo  atormentado: 
Con  tu  g-ran  tribulación 
Amortecí ósevos  el  corazón: 
Después  de  tu  tribulación 
Puso  vos  consolación: 
Ponedle  vos  á  mí.  Señora, 
Que  sabéis  mi  dolor. 

En  este  tiempo,  pluguiese  que  con  el  ayuda  de  mi  señora 
mi  tía  y  de  labor  de  mis  manos,  hice  en  aquel  corral  dos  pala- 
cios y  una  huerta  ó  otras  dos  ó  tres  casas  para  servicio. 

COMENTAEIO 

18.  OsTOS,  en  su  Vida  del  Beato  Alonso  de  Córdoba,  aclara  esto  dicien- 
do que  Doña  Leonor  refiere  que  muchas  noches  á  la  hora  de  maitines,  que 
se  decían  siempre  á  media  noche,  y  abiertas  las  puertas  de  la  Iglesia,  pi- 
diéndolo así  la  devoción  común  de  los  fieles,  acudía  descalza  al  Convento 
de  Nuestra  Señora  de  la  Amortecida.  Con  este  término,  estilo  de  aquel 
tiempo,  nombra  una  imagen  del  Espasmo  de  la  Virgen  que  tenía  el  Con- 
vento en  su  Iglesia,  y  hoy  está  en  el  arco  que  de  la  primera  cuadra  de  la 
portería  da  paso  á  la  segunda  para  bajar  al  claustro. 

16.  El  robo  de  la  Judería  en  Córdoba  ocurrió  á  principios  de  Agosto 
del  año  de  1392;  el  año  anterior  hubo  ig-ual  saqueo  en  Sevilla  por  las  pre- 
dicaciones que  contra  las  usuras  de  los  Judíos  hizo  el  Arcediano  de  Écija 
D.  Fernando  Martínez.  Y  no  fueron  robos  solamente,  que  hubo  mucha 
mortandad  de  hebreos  á  manos  de  las  iras  populares. 

Por  esta  cita  de  Doña  Leonor  consta  que  después  del  año  de  1392  fue 
la  adquisición  de  los  solares. 

La  colegiata  de  Sant  Hipólito  en  Córdoba  fue  ciertamente  erigida  por 
la  devoción  de  Don  Alonso  XI,  según  la  Bula  de  Clemente  VI,  por  ser  el 
día  de  ese  santo  el  del  nacimiento  del  Rey,  eo  quod  fuerit  natalis  tui  dies. 


142  LA   E8PA3ÍA  MODERNA 


y  además  por  haber  ganado  en  él  una  señalada  batalla  á  los  moros,  et  quia 
etiam  eo  die  aliqua  insignia  praelia  sub  sua  protectione  commissa  ex 
mauris  reportaveris.  (Biblioteca  Nacional,  Códice  DD,  96). 

En  la  carta  de  fundación  y  dotación  de  dicha  iglesia  consta  que  puso 
en  ella  el  Rey  un  Prior  y  nueve  Canónigos  y  los  servidores,  cpara  que 
cantasen  misas  é  rezasen  las  horas  cada  día  continuadamente...  é  rogasen 
á  Dios  por  la  nuestra  vida,  é  por  la  nuestra  salud  é  por  las  almas  de  el 
Rey  Don  Ferrando,  nuestro  Padre,  que  Dios  perdone,  que  yaze  enterra- 
do en  la  dicha  cibdad  de  Córdoba,  é  de  los  once  reyes  onde  nos  venimos». 
La  fecha  de  este  documento  es  de  Alcalá  de  Henares,  á  23  de  Enero 
de  1386. 

En  carta  fechada  sobre  el  Real  de  Alcira  (sic)  á  17  de  Julio,  era  de 
1381,  había  concedido  al  monasterio  de  Sant  Hipólito  (luego  colegiata)  «to- 
dos los  bienes  muebles  é  raíces  que  fueron  de  Martín  Pérez  el  Pariente  é 
de  Rui  Pérez  de  Castro,  los  quales  bienes  eran  de  la  nuestra  cámara;  é 
estos  bienes  son  en  Córdoba  é  en  su  término». 

En  la  Biblioteca  Nacional,  Códice  citado,  existe  M.  S.  la  dotación  de 
la  capilla  mayor  antigua  de  Sant  Hipólito  de  Córdoba,  hecha  por  Gonzalo 
Fernández  y  su  mujer,  señores  de  la  villa  de  Aguijar.  Esto  compruébala 
verdad  de  lo  que  Doña  Leonor  López  de  Córdoba  asegura. 

A  esa  iglesia  colegial  fueron  trasladados  desde  la  Catedral  de  Córdoba 
los  cuerpos  de  los  Reyes  Don  Fernando  IV  y  Don  Alfonso  XL 

El  Sr.  MoNTOTO  ha  observado  muy  juiciosamente  que  el  Mariscal  de 
que  Doña  Leonor  habla  fue  Diego  Fernández  de  Córdoba,  Mariscal  de 
Castilla,  que,  según  Fernán  Pérez  de  Guzmán  en  sus  Generaciones  j 
Semblanzas,  murió  en  edad  de  ochenta  años,  y  cuyo  linaje,  de  parte  de 
su  padre,  venía  de  Córdoba,  así  covao  por  parte  de  madre,  de  los  Carri- 
llos. Al  propio  tiempo  discretísimamente  ha  notado  que  Garibay  cita  á 
Don  Alonso  Fernández  de  Córdoba,  señor  de  Aguilar,  y  á  su  hermano 
Don  Diego,  que  son  los  mismos  á  que  se  refiere  Doña  Leonor  en  sus  Me- 
morias. A  esto  hay  que  agregar  que  el  Padre  Mariana  llama  á  los  herma- 
nos Alonso  y  Diego  Fernández  de  Aguilar  señores  de  mucha  cuenta. 

18.  La  oración  que  copia  Doña  Leonor  debía  ser  antigua;  lo  menos  de 
un  siglo  antes.  Con  este  motivo,  recuerdo  haber  leído  en  un  ms.  de  la 
Colombina  (B.  4.%  449-17)  el  siguiente  epitafio  en  verso: 

Los  que  este  escrito  vieredes  leer 
Pensad  qué  sodes  é  qué  avedes  á  ser; 
Que  la  muerte  es  muy  cruel,  esto  es  verdad, 
Non  quiere  aver  al  home  merce  ni  piedad. 
A  viejos  é  mancebos  é  niños  sin  edad 
A  todos  los  pone  en  una  igualdad. 


MEMORIAS   DE    UNA   DAMA  DEL  SIGLO   XIV   Y  XV  143 

Aquí  yaze  Rui  García,  fijo  de  García  Ruiz  é  finó  quince  días  de 
Agosto,  era  MCCCXXXV  años  (año  de  1297). 

Estaba  este  epitafio  en  Santa  Leocadia  de  Toledo.  Es  otra  curiosa 
muestra  del  habla  castellana  en  aquella  edad. 

TEXTO 

19.  En  este  tiempo  vino  una  pestilencia  muy  cruel  y  mi 
Señora  no  quería  salir  de  la  ciudad  ó  yo  demandóle  merced  de 
huir  con  mis  hijuelos,  que  no  se  me  muriesen;  y  á  ella  no  le 
plugo;  mas  dióme  licencia,  yo  partíme  de  Córdoba  y  fuíme  á 
Santa  Ella  con  mis  hijos  y  el  huérfano  que  yo  crió. 

20.  Vivía  en  Santa  Ella  y  aposentóme  en  su  casa  y  todos 
los  vecinos  de  la  villa  se  holgaron  mucho  de  mi  ida,  y  reci- 
bióronme  con  mucho  gasajo,  porque  habían  sido  criados  del 
Señor  mi  padre;  y  así  me  dieron  la  mejor  casa  que  había  en  el 
lugar,  que  era  la  de  Fernando  Alonso  Medina  Barba.  Y  estan- 
do sin  sospecha,  entró  mi  Señora  tía  con  sus  hijas;  ó  yo  apar- 
tóme á  una  cuadra  pequeña;  y  sus  hijas  mis  primas  nunca  es- 
taban bien  conmigo,  por  el  bien  que  me  hacía  su  madre.  Y 
desde  allí  pasó  tantas  amarguras,  que  no  se  podrían  escribir; 
y  vino  allí  pestilencia  y  así  se  partió  mi  Señora  con  su  gente 
para  Aguilar,  aunque  asaz...  para  sus  hijas  porque  su  madre 
me  quería  mucho  y  hacía  grande  cuenta  de  mí. 

21.  E  yo  había  enviado  aquel  huérfano  que  crió  á  Ecija. 
La  noche  que  llegamos  á  Aguilar  entró  de  Ecija  el  mozo  con 
dos  landres  en  la  garganta  y  tres  carbuncros  en  el  rostro  con 
muy  grande  calentura,  y  estaba  allí  D.  Alfonso  Fernández, 
mi  primo,  su  mujer  y  toda  su  casa;  y  así  que  todas  ellas  mis 
sobrinas  y  mis  amigas  vinieron  á  mí  en  sabiendo  que  mi  cria- 
do venía  así  y  dijéronme,  «vuestro  criado  Alonso  viene  con 
pestilencia,  y  si  D.  Alfonso  Fernández  lo  vé,  hará  maravillas 
estando  con  tal  enfermedad».  Yel  dolor  que  á  mi  corazón  llegó, 
bien  lo  podéis  entender  quien  esta  historia  oyereis;  que  yo 
venía  corrida  y  amarga;  y  en  pensar  que  por  mí  había  entra- 
do tan  gran  dolencia  en  aquella  casa,  fue  llamar  un  criado  del 


144  LA   ESPAÑA   MODERNA 


Señor  mi  Padre  el  Maestre,  que  se  llamaba  Miguel  de  Santa 
Ella,  ó  roguéle  que  llevase  aquel  mozo  á  su  casa.  El  cuitado 
tuvo  miedo  y  dijo:  «Señora,  Señora,  ¿cómo  lo  lleyaré  con  pes- 
tilencia que  me  mate?»  Y  díjele:  «Hijo,  no  querrá  Dios.»  Y  él 
con  vergüenza  de  mí  llevólo;  ó  por  mis  pocados  trece  personas 
que  de  noche  lo  velaban,  todos  muriere  a. 

22.  Y  yo  facía  una  oración,  que  había  oído,  que  hacía  una 
monja  ante  un  Crucifijo.  Parece  que  ella  era  muy  devota  de 
Jesu  Christo,  y  diz  que  después  que  había  oído  maitines,  ve- 
níase ante  un  Crucifijo,  y  rezaba  de  rodillas  siete  mil  veces: 
«Piadoso  fijo  de  la  virgen,  vénzate  piedad»;  y  que  una  noche, 
estando  la  monja  cerca  donde  ella  estaba,  que  oyó  que  le  res- 
pondió el  Crucifijo,  ó  dijo:  «Piadoso  me  llamaste,  piadoso  te 
seré.»  E  yo  había  gran  devoción  en  estas  palabras:  rezaba 
cada  noche  esta  oración,  rogando  á  Dios  me  quisiese  librar  á 
mí  y  á  mis  fijos;  é  si  alguno  obiere  de  llevar,  llevase  el  mayor, 
porque  era  muy  doliente. 

23.  E  plugo  á  Dios  que  una  noche  no  fallaba  quien  velase 
aquel  mozo  doliente,  porque  habían  muerto  todos  los  que  hasta 
entonces  le  habían  velado.  E  vino  á  mí  aquel  mi  fijo  que  le 
decían  Juan  Fernández  de  Henestrosa,  como  su  abuelo,  que 
era  de  edad  de  doce  años  é  cuatro  meses,  é  díjome:  «Señora, 
¿no  hay  quien  vele  á  Alonso  esta  noche?»  E  díjele:  «Veladlo 
vos  por  amor  de  Dios.»  Y  respondióme:  «Señor,  agora  que  han 
muerto  otros,  ¿queréis  que  me  mate?»  E  yo  díjele:  «Por  la  ca- 
ridad, que  yo  fago.  Dios  habrá  piedad  de  mí.»  E  mi  hijo  por 
no  salir  de  mi  mandamiento  lo  fue  á  velar;  ó  por  mis  pecados 
aquella  noche  le  dio  la  pestilencia  é  otro  día  le  enterró,  y  el 
enfermo  vivió  después,  habiendo  muerto  todos  los  dichos. 

24.  E  la  mujer  de  D.  Alfonso  Fernández,  mi  prima,  hubo 
muy  gran  enojo,  porque  moría  mi  fijo  por  tal  ocasión  en  su 
casa;  y  la  muerte  en  la  boca,  lo  mandaba  sacar  de  ella.  Y  yo 
estaba  tan  traspasada  de  pesar,  que  no  podía  hablar  del  corri- 
miento que  aquellos  señores  me  hacían.  Y  el  triste  de  mi  hijo 
decía:  «Decid  á  mi  Señora  Doña  Teresa  que  no  me  haga  echar, 


MEMORIAS   DE  UNA   DAMA    DEL    SIGLO   XIV   Y   XV  145 

que  ahora  saldrá  mi  ánima  para  el  cielo.»  Y  aquella  noche 
falleció  y  se  enterró  en  Santa  María  de  la  Coronada,  que  es  en 
la  villa,  porque  Doña  Teresa  me  tenía  mala  intención,  y  no 
sabía  por  qué,  y  mandó  que  no  lo  soterrasen  dentro  de  la 
villa. 

25.  Y  así,  cuando  lo  llevaban  á  enterrar  fui  yo  con  él;  y 
cuando  iba  por  la  calle  con  mi  hijo,  las  gentes  salían  dando 
alaridos,  amancilladas  de  mí,  y  decían:  «Salid,  señoras,  y  ve- 
réis la  más  desventurada,  desamparada  é  más  maldita  mujer 
del  mundo»,  con  los  gritos  que  los  cielos  traspasaban.  E  como 
los  de  aquel  lugar,  todos  eran  crianza  y  hechura  del  señor  mi 
padre;  y  aunque  sabían  que  les  pesaba  á  sus  señores,  hicieron 
grande  llanto  conmigo,  como  si  fuera  su  señora. 

26.  Esta  noche  como  vine  de  soterrar  á  mi  hijo^  luego  me 
dijeron  que  me  viniese  á  Córdoba:  é  yo  llegué  á  mi  señora  mi 
tía  por  ver  si  me  lo  mandaba  ella.  Ella  me  dijo:  «Sobrina  seño- 
ra, no  puedo  dejar  de  hacerlo,  que  á  mi  nuera  y  á  mis  fijas  lo  he 
prometido,  porque  son  hechas  en  uno;  y  en  tanto  me  han  afli- 
gido que  os  parta  de  mí,  que  se  lo  ove  otorgado,  é  esto  no  sé 
qué  enojo  hacéis  á  mi  nuera  Doña  Teresa  que  tan  mala  inten- 
ción os  tiene».  Y  yo  le  dije  con  muchas  lágrimas:  «Quiera 
Dios  no  me  salve  si  merecí  por  qué.»  Y  así  víneme  á  mi  casa  á 
Córdoba. 

COMENTARIO 

19.  La  pestilencia  de  que  aquí  se  habla  ocurrió  en  los  años  de  1400  y 
1401,  invadiendo  no  sólo  á  Sevilla,  sino  también  á  lo  más  de  Andalucía. 
De  ella  habla  Ortiz  de  Zúñiga  en  sus  Anales. 

En  la  Coránica  del  Rey  Don  Enrique  el  Tercero  de  Castilla,  llamado  él 
Doliente^  copilada  por  Pedro  Barrantes  Maldonado  {Biblioteca  Colom- 
bina, mti.,  B.  4.^  448  20)  se  lee:  «En  el  deceno  año  del  Rey  Don  Enrique, 
que  fué  año  de  mil  y  quatrocientos,  hubo  gran  mortandad  en  toda  la  tie- 
rra; y  á  diez  de  Julio  deste  año  se  puso  en  la  torre  de  la  Iglesia  Mayor  de 
Sevilla  el  primer  relox  que  en  ella  hubo,  y  hubo  este  día  grandes  truenos 
é  relámpagos,  é  cayó  un  rayo  cuando  subían  la  campana  que  hizo  harto 
daño.» 

E.  M.— Julio  J902.  10 


146  LA   ESPAÑA   MODERNA 


En  1383  ya  esta  peste  había  pasado  de  la  Galia  Narbouense  y  Langue- 
doc  á  Cataluña.  En  Córdoba,  según  Saez  en  su  Demostración  del  verda- 
dero valor  de  las  monedas  del  tiempo  de  Enrique  III,  desde  Marzo  á  Ju- 
nio arrebató  la  vida  á  70.000  hombres,  cifra  que  parece  exagerada.  Enri- 
que III  hubo  de  derogar  las  leyes  que  disponían  «que  las  viudas  no  po- 
dían casar  dentro  del  año  de  la  muerte  de  sus  maridos  so  pena  de  infa- 
mia y  perder  el  lecho  marital». 

Los  síntomas  de  la  peste  levantina  eran  en  la  declinación  del  día  ó  en 
el  curso  de  la  noche,  ligeros  calosfrío,  violenta  cefalalgia,  mayor  ó  me- 
nor ronquera,  fija  mirada  y  reluciente,  fisonomía  abatida  y  gran  tristura, 
repugnancia  á  todo  y  falta  absoluta  de  fuerzas.  Precedía  á  la  aparición 
de  la  dolencia  terror  vehemente.  Seguían  sopor,  estremecimientos,  negru- 
ra en  lengua  é  hipo  y  bubones  blancos  ó  lívidos,  y  carbunclos  numerosos, 
que  tan  presto  desparecían  como  tornaban.  Considerábase  el  mal  de 
muerte  al  presentarse  manchas  purpúreas,  violadas,  negras  ó  verdosas. 
Duros  eran  los  tumores  y  ovalados  y  muy  dolorosos,  y  se  mostraban  en 
el  cuello,  en  el  ángulo  de  las  mandíbulas  y  en  las  ingles,  pero  muy  rara 
vez  en  corvas  y  codos. 

El  fin  funesto  es  con  oscuridad  de  vista,  cuando  se  avecina,  con  falsa 
voz,  sequedad  en  la  lengua,  convulsiones  y  delirio. 

Pero  no  siempre  la  muerte  ocurría  en  la  misma  forma.  En  breves  ho- 
ras y  en  plenitud  de  salud,  sin  aparecer  bubón  alguno,  mataba  á  las  per- 
sonas. El  término  de  la  enfermedad  era  al  segundo,  tercero  ó  cuarto  día, 
bien  que  se  apagase  la  vida  sin  aparente  violencia,  bien  que  desórdenes 
espentosofe  privasen  de  la  existencia  al  enfermo. 

El  resumen  de  la  vida  de  Doña  Leonor  por  las  fechas  se  halla  formado 
de  este  modo  por  mí. 

Nace  en  Calatayud  en  Diciembre  de  1362  ó  Enero  de  1363. 

Cásase  en  edad  de  siete  años  con  Ruy  Fernández  de  Hinestrosa. 

Está  nueve  años  presa  en  las  Atarazanas  de  Sevilla  en  compañía  de 
él  desde  1371  á  1380. 

Sü  marido  permanece  ausente  de  ella  siete  años:  de  1380  á  1387. 

Reside  en  Córdoba  y  en  casa  de  su  señora  tía  D.^  María  García  Carrillo 
diez  y  siete  años:  de  1380  á  1397. 

Prohija  un  niño  hebreo  en  1392. 

Muere  en  la  gran  pestilencia  del  año  1400  su  hijo  mayor  en  edad  de 
doce  años,  como  nacido  en  1388,  un  año  después  del  regreso  de  su  marido. 


A.  DE  Casteo. 


EDUCACIÓN  Y  ENSEÑAIA 


Sumario:  La  enseñanza  técnica  y  el  utilitarismo  en  la  enseñanza.— La 
obra  pedagógica  de  un  Ministro  socialista. — M.  Millerand  y  la  enseñan- 
za técnica  en  Francia. — El  Consejo  superior  de  la  misma. -^Institucio- 
nes de  enseñanza  técnica. — El  Conservatorio  Nacional  de  Artes  y  Ofi- 
cios y  las  Escuelas  profesionales. — Escuelas  prácticas  de  comercio  é  in- 
dustria.— Los  resultados  déla  reforma. — Un  buen  proyecto. — Reflexio- 
nes finales. 


De  día  en  día  se  reconoce  una  mayor  importancia  en  todas 
partes  á  la  llamada  enseñanza  «técnica»,  es  decir,  á  la  ense- 
ñanza que  forma  el  personal  adecuado  y  convenientemente 
preparado  de  las  industrias,  y  en  cierto  sentido  también  del 
Comercio.  No  se  necesita  hacer  grandes  esfuerzos  para  com- 
prender y  razonar  esa  creciente  importancia.  La  impone  la 
marcha  misma  de  la  estructura  social:  resulta  de  una  manera 
natural  y  necesaria  de  las  condiciones  económicas  en  que  los 
pueblos  viven,  merced  á  los  grandes  progresos  y  á  las  grandes 
complicaciones  de  la  vida  industrial  y  mercantil.  Ni  hace  falta 
caer  en  las  exageraciones  del  sentido  utilitarista,  ni  mirar  las 
cosas  con  los  ojos  de  un  positivismo  calculador  y  frío,  para 
afirmar  y  defender  la  conveniencia,  no  la  necesidad  impres- 
cindible en  que  todo  pueblo  se  encuentra  hoy,  de  atender  de 
una  manera,  preferente  á  veces,  á  la  formación  y  al  progreso 
incesante  de  sus  clases  trabajadoras,  de  sus  obreros  y  de  quie- 


148  LA   ESPAÑA   MODERNA 


nes  hayan  de  dirigir,  de  un  modo  más  ó  menos  inmediato,  la 
acti\7Ídad  productora  de  aquéllas  en  los  talleres  y  en  las  fábri- 
cas; esto  aparte  de  la  preparación  indispensable  de  sus  clases 
mercantiles. 

Naturalmente,  este  especial  cuidado  de  la  enseñanza  profe- 
sional de  carácter  técnico  para  las  industrias  y  del  comercio 
no  ha  de  tenerse,  á  costa  del  abandono,  aunque  sólo  sea  par- 
cial y  momentáneo,  de  las  otras  ramas  de  la  educación,  sobre 
todo  de  las  que  por  tradición  consideramos  ideales,  por  aten- 
der de  una  manera  preponderante  al  cultivo  de  aquellas  mani- 
festaciones de  la  actividad  humana  que  revisten  un  carácter 
desinteresado.  Muy  por  el  contrario:  tan  imprescindible  es 
compensar  el  sentido  utilitario  con  fuertes  llamadas  á  lo  ideal 
y  elevado,  á  lo  no  utilitario  en  la  vida,  que  para  proceder  como 
se  debe  será  preciso  dar  á  la  misma  enseñanza  técnica  un  tono 
levantado  y  espiritual,  infundiendo,  por  los  medios  mil  que 
una  pedagogía  equilibrada  y  sana  sugiere,  el  amor  á  las  gran- 
des ideas,  el  gusto  por  las  cosas  que  más  de  cerca  tocan  al  al- 
ma, en  cuantos  por  vocación  ó  por  necesidad  se  dedican  á  las 
profesiones  para  las  cuales  una  enseñanza  técnica  capacita. 

Es  imprescindible,  y  hoy  más  que  nunca  se  impone  ésto, 
acomodarse  á  la  que  podríamos  llamar  ley  de  las  compensa- 
ciones educativas:  del  propio  modo  que  el  hombre  que  se  sien- 
te inclinado  con  irresistible  inclinación  hacia  los  estudios  lla- 
mados «liberales»,  el  intelectual,  ó  mejor  aún,  el  que  busca 
una  de  las  profesiones  literarias,  artísticas  ó  políticas,  ó  aspi- 
ra á  ser  filósofo,  maestro,  sacerdote,  no  debe  desatender  los 
«intereses  terrenales»,  ni  debe  ignorar  el  lado  práctico  de  la 
vida,  así  el  futuro  industrial  ó  comerciante,  ó  simplemente  el 
futuro  artesano,  no  debe  ignorar  que  en  el  mundo  hay  más, 
y  que  se  privará  de  una  fuente  inagotable  de  goces  puros,  con 
cada  ventana  que  tapie,  de  cuantas  miran  á  las  regiones  idea- 
les del  saber  puro,  del  arte,  de  la  religión,  de  lafilosofía,  déla 
literatura,  del  amor  á  la  Naturaleza,  de  la  historia...  Me  atre- 
vería á  afirmar  que  cuanto  más  utilitaria  y  menos  idealizada 


EDUCACIÓN  Y  EííSES"AJíZA.  149 

sea  ó  se  considere  la  ocupación  del  hombre,  más  necesita  éste 
del  apoyo  de  una  educación  liberal  y  desinteresada. 

¡Y  qué  trascendencia  social  hay,  en  mi  sentir,  en  este  punto 
de  vista!  Ahí  está  toda  la  grandiosa  labor  del  gran  reforma- 
dor Buskin  para  demostrarlo. 

Pero  no  es  mi  proyecto  estudiar  hoy  este  aspecto  de  la  en- 
señanza técnica.  Me  mueve  á  tratar  de  ella,  sí,  su  lado  social, 
pero  no  considerado  éste  en  el  respecto  complejo  y  general 
que  dejo  apuntado,  sino  en  otro  puramente  histórico,  y  si  se 
quiere,  local.  Hablo,  en  suma,  de  enseñanza  técnica,  para  re- 
sumir aquí  brevísimamente  la  labor  particular  que  un  hombre 
de  gobierno,  impulsado  por  estímulos  políticos,  por  un  ideal 
«social»,  acaba  de  realizar  en  Francia  en  dicha  enseñanza, 
puesta  la  vista  al  hacer  cuanto  ha  hecho,  no  tanto  en  el  aspec- 
to pedagógico  ó  educativo  del  problema  como  en  el  social,  ó 
más  bien,  en  la  reforma  por  la  organización  de  la  enseñanza, 
de  la  condición  económica  y  general  de  las  profesiones  para 
que  esta  enseñanza  prepara. 

El  hombre  de  gobierno  á  que  me  refiero  es,  como  acaso  el 
lector  habrá  comprendido,  el  socialista  M.  Millerand,  Ministro 
del  Comercio  desde  Junio  de  1899  hasta  hace  pocos  días  del 
Gabinete  presidido  por  M.  Waldeck-Rousseau;  el  resumen  de 
su  gestión  en  la  enseñanza  técnica,  juntamente  con  el  de  su 
labor  toda  en  la  solución  de  las  cuestioneá  obreras — en  la  or- 
ganización del  servicio  de  Correos  y  Telégrafos  y  en  lo  relati- 
vo á  los  intereses  del  comercio  y  de  la  industria,— nos  lo  ofrece 
muy  bien  ordenado.  M.  Lavy,  en  un  volumen  titulado  Vceuvre 
de  Millerand  (1),  y  de  él  que  voy  á  tomar  los  principales  datos 
de  esta  rápida  reseña. 

M.  Millerand  ha  puesto  mano  en  todas  las  manifestaciones 

(1)     A.  Lavy:  DoRuvre  de  Millerand. —  ü?i  Ministre  socialiste. — Juin 
1899,  Janvier  1902. —Faites  et  documents.  París,  1902. 


150  LA   ESPAÑA   MODERNA 


de  la  enseñanza  técnica  general  y  profesional.  El  criterio  con 
que  ha  procedido  en  la  reforma,  nos  lo  explica  M.  Lavy  en  es- 
tas líneas:  «Inaugurando —dice — el  Ministro  socialista  en  la 
Exposición  universal  de  1900,  el  Palacio  de  la  enseñanza  téc- 
nica, hacía  notar  que  la  enseñanza  profesional,  por  lo  mismo 
que  aumenta  la  habilidad  técnica  y  el  valor  económico  del  tra- 
bajador, es  para  éste  un  poderoso  medio  de  emancipación.  Y 
no  hace  falta  añadir  que  la  formación  de  comerciantes,  de  in- 
dustriales y  de  ingenieros,  preparados  por  una  cultura  espe- 
cial en  el  ejercicio  de  sus  profesiones,  es  para  cualquier  país 
uno  de  los  factores  más  esenciales  de  la  victoria  en  las  luchas 
económicas  (1).  Por  otra  parte,  M.  Millerand,  dándose  buena 
cuenta  del  carácter  y  finalidad  de  la  enseñanza  de  que  se  tra- 
ta, decía  en  otro  discurso  (2),  que  es  preciso  pensar  en  «una  en- 
señanza técnica  especial  que  se  acomode  á  las  necesidades  y 
exigencias  de  cada  región,  que  no  sea  la  misma  en  el  Mediodía 
y  el  Norte,  en  el  Este  que  en  el  Oeste,  sino  que  se  adapte  á  las 
condiciones  propias  de  la  ciudad,  del  departamento  en  que 
fuere  dada;  una  enseñanza,  en  suma,  profesional  bastante  fle- 
xible para  formar  en  cada  industria  los  discípulos  que  maña- 
na serán  sus  obreros,  sus  contramaestres  y  sus  ingenieros». 

M.  Millerand  no  sólo  reformó  la  enseñanza  técnica  depen- 
diente de  su  Ministerio,  sino  que  «extendió  su  acción  más  alia- 
da las  escuelas  públicas,  secundando,  en  los  límites  de  sus  fa- 
cultades, la  organización  de  los  cursos  profesionales  libres  por 
los  Sindicatos  y  la  Bolsa  del  trabajo,  fomentando  la  difusión 
de  la  enseñanza  técnica  postescolar  y  facilitando  á  los  discípu- 
los procedentes  de  nuestras  escuelas,  el  estudio  personal  y  di- 
recto de  los  progresos  industriales  ó  mercantiles  realizados  en 
el  extranjero»  (3). 

Veamos  ahora  más  en  detalle  la  obra  de  M.  Millerand. 


(1)  La,vy:  ob.  cit.,  pág".  359. 

(2)  Discurso  pronunciado  el  6  de  Marzo  de  1901  en  el  banquete  de  la 
Alianza  sindical  del  Comercio  y  de  la  Industria. 

(3)  Ob.  cit.  de  A.  Lavy,  pág.  3«1. 


EDUCACIÓN   Y   ENSEÑANZA  151 


La  reforma  de  carácter  general  relacionada  con  la  ense- 
ñanza técnica  que  M.  Lavy  registra,  es  la  reorganización  de* 
la  institución  oficial  consultiva,  encargada  de  ayudar  al  Mi- 
nistro en  su  tarea;  esta  institución  es  el  Consejo  superior  de 
la  enseñanza  técnica,  creado  en  1874  y  modificado  por  Mille- 
rand  en  5  de  Enero  de  1901,  en  el  sentido  de  procurarle  una 
mayor  flexibilidad,  más  vida,  mediante  el  cambio  de  las  bases 
en  que  descansaba  su  composición. 

«El  antiguo  Consejo — escribe  M.  Lavy — sólo  comprendía, 
con  algunos  miembros  natos.  Senadores,  Diputados,  Presiden- 
tes de  Cámaras  de  Comercio,  con  más  diez  industriales  y  co- 
merciantes, nombrados  todos  por  el  Ministro. 

»E1  nuevo,  por  el  contrario,  cuenta  con  cinco  miembros 
natos,  altos  funcionarios  de  la  enseñanza  técnica  ó  de  la  Direc- 
ción especial  del  Ministerio,  cuarenta  y  tres  nombrados  por  el 
Ministro  y  doce  elegidos.  Entre  los  miembros  designados  por 
el  Ministro,  no  figuran  sólo  comerciantes  ó  industriales,  sino 
también  representantes  de  los  Municipios,  de  las  Bolsas  del 
trabajo,  de  Sindicatos  obreros  ó  patronales,  ingenieros,  pu- 
blicistas, todos  ellos  personas  significadas  en  la  organización 
de  cursos  ó  de  escuelas  técnicas,  ó  bien  por  su  participación 
real  en  las  obras  de  educación  profesional»  (1). 

Esto  es,  el  Ministro  socialista  ha  querido  que  en  la  vida  y 
en  la  marcha  directiva  superior  de  la  enseñanza  técnica  inter- 
vinieran aquellos  á  quienes  todo  eso  puede  interesar  más,  bien 
sea  por  su  misma  posición  oficial,  bien  por  su  profesión  misma, 
ó  por  la  especial  vocación  revelada  en  actos  de  ostensible  in- 
clinación hacia  las  instituciones  docentes  especiales  de  que  en 
la  enseñanza  técnica  se  trata. 


Las  reformas  particulares  efectuadas  por  M.   Millerand  se 
han  relacionado,  como   ya   dejo   indicado,  con  los   estableci- 


(1)    Véase  ob.  cit.,  págs.  363-364. 


152  LA   ESPAÑA     MODERNA 


mientos  oficiales  y  con  la  enseñanza  libre  y  las  obras  post- 
éscolares . 

Para  darnos  cuenta  de  la  tarea  realizada  por  el  citado  hom- 
bre público  en  la  esfera  de  la  enseñanza  oficial  técnica,  con- 
yiene  recordar,  como  M.  Lavy  hace  notar  (1),  la  organización 
de  esta. 

Comprende  dicho  organismo  tres  divisiones  ó  grados,  á 
saber: 

1.°  La  enseñanza  técnica  superior:  Conservatorio  Nacional 
de  Artes  y  Oficios,  Escuela  central  de  Artes  y  Manufacturas, 
Escuelas  superiores  de  Comercio. 

2.^  La  enseñanza  técnica  secundaria:  de  las  Escuelas  de 
Artes  y  Oficios. 

S.*'  La  enseñanza  técnica  primaria,  que  abarca,  además  de 
las  escuelas  prácticas  de  comercio  y  de  industria  y  las  escuelas 
de  relojería  de  Cluses  y  de  Besancon,  las  escuelas  nacionales 
profesionales  y  las  escuelas  profesionales  de  la  ciudad  de  París. 

Ahora  bien,  IVL  Lavy  anota  las  reformas  efectuadas  en  el 
Conservatorio  Nacional  de  Artes  y  O/icios  y  en  las  Escuelas  na- 
dónales  profesionales  —  en  las  Escuelas  profesionales  de  París 
y  en  las  Escuelas  prácticas  de  comercio  é  industria;  por  último, 
señala  una  iniciativa,  en  mi  concepto  trascendentalísima  por 
muchos  motivos,  del  Ministro  francés,  iniciativa  enderezada  á 
la  creación  de  una  escuela  de  perfeccionamiento  en  los  Estados 
Unidos,  y  de  la  cual  hablaremos  luego  por  separado. 


* 

*.  * 


En  virtud  de  una  ley  de  13  de  Abril  de  1900,  y  merced  á 
una  proposición  de  M.  León  Bourgeois,  se  reconoció  al  Con- 
servatorio Nacional  de  Artes  y  Oficios  la  personalidad  civil,  Y 
con  ella  la  condición  precisa  para  su  autonomía.  Aprove- 
chando esta  circunstancia,  M.  Millerand  reformó  la  organiza- 


(1)     Ob.  cit.,  pág.  366,  nota  1. 


EDUCACIÓN   Y   ENSEÑANZA  153 

ción  del  Conservatorio  Nacional,  creando  en  él  la  Oficina  na- 
cional de  patentes  de  invención,  el  Laboratorio  de  ensayos,  y 
modificando  radicalmente  su  constitución  propia.  Por  otra 
parte,  se  crearon  dos  cátedras:  una  de  Seguro  y  previsión  socia- 
les, y  otra  de  Historia  del  trabajo;  la  primera  sostenida  por  la 
Cámara  de  Comercio  de  París,  y  la  otra  por  el  Municipio. 

Pero  no  fue  en  el  Conservatorio  Nacional  donde  M.  Mille- 
rand  realizó  las  reformas  más  interesantes  desde  el  punto  de 
vista  pedagógico  y  social;  éstas  afectaron,  sobre  todo,  á  las 
Escuelas  de  Artes  y  Oficios  establecidas  en  Aix,  Angers,  Cha- 
lons,  Lille  y  Cluny,  y  se  hicieron  por  decreto  de  11  de  Octu- 
bre de  1899,  como  consecuencia  de  una  amplia  información. 

El  objeto  de  estas  escuelas — se  dice  en  el  citado  decreto — 
«es  formar  obreros,  capaces  de  convertirse  en  jefes  de  taller 
y  en  industriales  versados  en  la  práctica  de  las  artes  mecáni- 
cas», organizándose  al  efecto  la  enseñanza  sobre  la  base  del 
trabajo  manual  y  con  una  sólida  instrucción  práctica  y  teórica 
ó  científica. 

Y  no  sólo  esto — añade  oportunamente  M.  Lavy,  —  «el  Mi- 
nistro socialista  entiende  que  deben  salir  de  esa  clase  de  esta- 
blecimientos, no  meramente  simples  obreros  ó  contramaes- 
tres..., sino  hombres  á  quienes  una  cultura  general  haya  dado, 
con  la  noción  de  la  vida  y  de  la  solidaridad  sociales,  la  de  su 
dignidad  y  de  su  responsabilidad,  la  de  sus  derechos  y  sus  de- 
beres de  ciudadanos  libres»  (1) . 

De  conformidad  con  este  criterio,  el  Ministro  francés  mo- 
dificó las  condiciones  del  ingreso  en  las  escuelas,  y  dispuso  que 
©n  adelante  se  diera  en  ellas  un  curso  de  moral  y  de  educación 
civioa,  el  cual  habrá  de  inspirarse  en  las  siguientes  ideas  ge- 
nerales: «dirigiéndose  tal  curso,  como  se  dirige  á  jóvenes  que 
tienen  la  edad  de  los  alumnos  de  la  clase  de  filosofía— alude  á 
los  Liceos, — deberá  ser  bastante  fundamental...  Tendrá  esen- 
cialmente un  carácter  social,  es  decir,  tomará  como  base  la 


(1)    Ob.  cit.,  pág.  369. 


154  LA   ESPAÑA   MODERNA 


consideración  de  las  condiciones  de  la  vida  social,  las  relacio- 
nes del  individuo  con  la  sociedad,  en  suma,  la  idea  de  la  soli- 
daridad social.  Además  tendrá  un  carácter  cívico,  en  cuanto 
que,  sin  detenerse  á  hacer  un  examen  general  de  la  naturaleza 
y  de  la  estructura  de  las  Sociedades,  se  estudiará  en  él  princi- 
palmente la  sociedad  nacional  y  la  patria:  motivándose  el  res- 
peto á  las  leyes  en  una  sociedad  libre...»  (1). 

Tiene  especial  importancia  la  reforma  acordada  por  M.  Mi- 
llerand  en  el  régimen  disciplinario  de  la  escuela  de  que  trata- 
naos.  «Estima,  según  lo  que  nos  dice  M.  Lavy,  aquel,  que  el 
objeto  esencial  de  la  disciplina  no  puede  ser  otro  que  el  de  ha- 
cer que  los  discípulos  se  adiestren  progresivamente  en  el  apren- 
dizaje de  la  libertad  del  ciudadano  por  la  práctica  de  la  liber- 
tad misma:  lo  cual  no  quiere  decir  que  haya  de  debilitarse  la 
obediencia  á  una  reglamentación  necesaria;  en  una  sociedad 
política  donde  el  individuo  sólo  depende  de  la  ley,  importa 
muy  al  contrario  que  el  respeto  á  la  ley  sea  mayor  que  en 
cualquier  otra...  Semejantes  ideas  explican  la  abolición  reali- 
zada por  M.  Millerand,  del  régimen  autoritario  y  anticu-ado 
que  hasta  entonces  había  imperado  en  la  Escuela  de  Artes  y 
Oficios...»  (2). 

Millerand  modificó  también  el  sistema  de  las  penas  discipli- 
narias, suprimiendo  las  de  prisión  y  de  sala  de  policía,  sustitu- 
yéndolas con  partes  á  los  padres,  reprensiones...  y  por  último, 
expulsión.  Naturalmente,  se  podría  decir  mucho  aún  respecto 
del  régimen  disciplinario  de  M.  Milleralid;  pero  al  fin,  no 
puede  desconocerse  que  entraña  cierto  progreso  respecto  del 
anterior. 

Para  terminar  estas  indicaciones,  añadiremos  que  el  Mi- 
nistro preparó  y  en  parte  realizó  grandes  modificaciones  en  la 
instalación  material  de  las  Escuelas  de  Artes  y  Oficios. 

*  * 


(1)  Ob.  cit.,  pág.  371. 

(2)  Ob.  cit.,  pags.  370  y  sigs. 


EDUCACIÓN   Y  ENSEÑANZA  155 


Veamos  brevemente  las  reformas  del  Ministro  socialista 
en  los  otros  establecimientos  de  enseñanza  técnica,  más  arriba 
enumerados.  Las  Escuelas  Nacionales  Profesionales,  creadas 
por  la  ley  de  11  de  Noviembre  de  1880,  dependían  del  Ministro 
de  Instrucción  pública  y  del  de  Comercio.  En  un  principio  eran 
escuelas  en  las  cuales  se  daba  una  enseñanza  primaria  prepara- 
toria ele  las  escuelas  técnicas,  pero  poco  á  poco  se  convirtie- 
ron en  escuelas  propiamente  técnicas:  por  esta  razón  pasaron 
por  fin  á  depender  exclusivamente  del  Ministerio  de  Comercio, 
y  bajo  esta  dependencia  se  ha  realizado  su  reorganización  pe- 
dagógica, aumentándose  en  un  año  los  estudios,  reforzándose 
el  estudio  de  la  mecánica  é  introduciéndose  el  estudio  facul- 
tativo de  las  lenguas  extranjeras  vivas. 

Las  Escuelas  profesionales  de  París  están,  á  partir  de  la 
ley  ds  27  de  Diciembre  de  1900,  bajo  la  dirección  del  Minis- 
terio de  Comercio.  Son  aquéllas  trece;  siete  de  muchaclios,  á 
saber:  la  escuela  de  Física  y  Química  industriales]  la  escuela 
Diderot,  en  la  cual  se  enseña  el  ajuste,  la  forja,  calderería, 
carpintería  y  plortiería;  la  escuela  Boidle,  donde  se  enseña  con 
el  arte  del  mobiliario  el  montaje,  el  grabado,  etc.;  la  escuela 
Germain-Pilo7i,  de  dibujo  práctico;  la  de  Bernardo  Palissy,  es- 
pecial del  arte  de  la  cerámica;  la  Eatiemie,  especial  del  libro; 
la  DoriaUj  de  mecánica  y  ajustadores.  Las  otras  seis  escuelas 
son  de  mujeres,  y  están  destinadas  á  formar  obreras  para  las 
distintas  industrias  parisienses:  bordado,  cosido,  flores, 
moda,  etc.,  etc.  (1). 

La  acción  del  Ministro  Millerand  se  ha  manifestado  princi- 
palmente en  lo  referente  á  la  modificación  de  las  condiciones 
de  los  candidatos  para  director  y  profesor  de  las  escuelas. 

Tiene  más  importancia  la  reforma  de  Millerand  en  las  Es- 
cuelas prácticas  de  Comercio  y  de  Industria^  establecidas  ya 
en  1892.  Había  en  1899,  26,  y  Millerand  fundó  14  más,  habien- 
do hoy  40.  El  número  de  alumnos  que  las  Escuelas  prácticas 


{\)    Ob.  cit.  de  M.  Lavy,  pág.  377,  nota, 


156  LA   ESPAÑA    MODERNA 


tenían  en  1898,  era  de  3.973,  llegando  éste  ea  1901  á  6.337. 
«Ahora  bien;  según  M.  Lavy,  el  aumento  de  escolares  no  se  ha 
debido  tan  sólo  á  la  apertura  de  nuevas  escuelas,  sino  en  gran 
parte  á  un  aumento  considerable  del  efectivo  de  las  escuelas 
prácticas  ya  existentes,  así  como  de  las  antiguas  escuelas  pri- 
marias superiores,  transformadas  en  escuelas  prácticas»  (1). 
Por  ejemplo,  la  Escuela  de  Agen  tenía  94  alumnos,  y  tiene 
hoy  209;  la  de  Grenoble  tenía  324,  y  tiene  hoy  435;  la  de  Nan- 
tes,  de  mujeres,  teníavl65,  y  tiene  hoy  252;  etc.,  etc. 

Una  de  las  causas  íntimas  y  verdaderamente  positivas  del 
florecimiento  de  este  grado  de  la  enseñanza  técnica,  es  preci- 
so verla  «en  la  elasticidad  de  los  programas  aplicados  en  las 
escuelas  prácticas;  no  hay,  en  efecto,  un  programa  único,  obli- 
gatoriamente impuesto  á  todas;  los  estudios  que  en  cada  una 
se  hacen  se  adaptan  á  las  necesidades  regionales,  y  la  enseñan- 
za es  de  las  más  variadas.  El  ciudadano  Millerand  se  esfuerza, 
por  otra  parte,  por  mantener  los  estudios  de  las  mismas  al  ni- 
vel del  progreso  que  se  experimenta  en  la  industria  y  en  el 
comercio;  así,  si  por  un  lado,  la  enseñanza  de  la  electricidad 
se  ha  creado  ó  desenvuelto  en  las  escuelas  industriales,  por 
otro,  se  ha  hecho  lo  mismo  con  la  estenografía  en  las  de  co- 
mercio. En  la  escuela  de  mujeres  se  ha  introducido  la  ense- 
ñanza de  ciertos  trabajos  industriales  que  más  tarde  las  alum- 
nas  podrán  ejecutar  en  su  casa,  aumentando  así  sus  recursos, 
sin  dejar  el  hogar  doméstico  por  el  taller»  (2). 


* 

*  * 


No  es  esta  ocasión  de  hablar  detenidamente  de  lo  que  son 
y  significan  las  obras jposí  y  extraescolares.  Me  prometo  dedi- 
car á  este  simpático  asunto  alguna  de  estas  crónicas.  Por  el 
momento,  me  limito  á  indicar  la  acción  animadora  ejercida 


(1)  Ob.  cit.,  págs.  378-379. 

(2)  Ob.  cit.,  pág.  380. 


EDUCACIÓN    Y   ENSEÑANZA  157 

por  Millerand  en  el  mismo.  Su  criterio  acerca  de  esta  mani- 
festación eficacísima  de  la  pedagogía  social,  aparece  expuesta 
en  una  circular  de  30  de  Octubre  de  1899,  dirigida  á  los  Di- 
rectores y  Profesores  de  los  establecimientos  de  enseñanza  de 
él  dependientes. 

«Gracias,  dice,  á  la  generosa  y  espontánea  iniciativa  de  la 
mayoría  de  los  Directores  y  de  los  Profesores  de  las  diversas 
escuelas  que  dependen  de  mi  departamento,  se  han  creado 
cursos,  explicado  conferencias,  fundado  asociaciones  de  anti- 
guos alumnos,  y  el  personal  ha  mantenido  honrosamente  su 
puesto  en  el  movimiento  que  impulsa  á  los  Profesores  de  nues- 
tras escuelas,  al  igual  que  á  los  de  la  Universidad,  hacia  las 
obras  postescolares...»;  y  el  Ministro  felicita  á  sus  Maestros 
por  este  noble  concurso  prestado  á  la  educación  del  pueblo, 
añadiendo  luego:  «...  Qae  vuestra  escuela  sea  un  foco  de  don- 
de irradien  la  ciencia  y  el  poder  fecundante  del  bien.  La  tarea 
es  vasta...»  y  noble  en  extremo. 

Lo  interesante  es  qae  el  llamamiento  elocuente  del  Minis- 
tro ha  sido  escuchado,  habiéndose  organizado  en  un  gran  nú- 
mero de  escuelas  cursos  de  adultos,  conferencias,  asociaciones 
de  antigaos  alumnos  y  patronatos,  y  donde  no  hay  cursos 
postescolares  especiales,  la  mayoría  de  los  Profesores  dan  los 
cursos  en  otros  locales,  organizados,  ya  sea  por  los  Munici- 
pios, ya  perlas  Cámaras  de  Comercio,  ó  bien  por  las  asociacio- 
nes de  enseñanza  popular  (1). 

Además,  Millerand  ha  fomentado  los  cursos  libres,  sub- 
vencionándolos; hoy  hay  ya  más  de  430  establecimientos  de 
enseñanza  libre,  merced  á  su  acción  protectora. 

Considerada  ahora  en  sus  resultados,  tal  cual  éstos  se  re- 
velan en  la  estadística,  la  obra  pedagógica  especial  del  Minis- 
tro Millerand,  no  pueden  aquéllos  ser  más  animadores  y  elo- 


(1)    Ob.  cit.,  pájr.  383. 


158  LA   ESPAÑA   MODERNA 


cuentes.  La  enseñanza  técnica,  en  efecto,  ha  tomado  muy  al- 
tos vuelos  en  los  dos  años  y  medio  á  que  el  libro  de  M.  Lavy 
se  refiere. 

Contemple  cualquiera  de  nuestros  Ministros  de  Instrucción 
pública  estos  datos  sólo;  en  1899  gastaba  el  Ministerio  del... 
Comercio,  en  enseñanza^  3.868.804  francos;  en  1900,  la  cifra  se 
eleva  á  4.108.957;  en  1901  alcanzó  ésta  la  suma  de  4.429.812, 
y  para  1902  se  calcula  en  más  de  ¡5.000.000  de  francos! 

Por  lo  demás,  el  número  total  de  alumnos  era,  en  1899,  de 
9.355,  y  hoy  es  ya  de  14.400. 

*  * 

He  dejado  de  propósito  para  lo  último  las  indicaciones  in- 
dispensables acerca  de  la  iniciativa,  que  reputo  verdadera- 
mente trascendental  y  muy  significativa,  del  Ministro  Mille- 
rand,  iniciativa,  como  ya  dejo  dicho,  encaminada  á  fundar 
Tina  Escuela  de  perfeccionamiento  en  los  Estados  Unidos. 

Y  reputo  muy  significativa  y  trascendental  esta  iniciativa, 
por  tratarse  de  un  país  como  Francia  tan  nacional  ó  «nacio- 
nalistav,  que  no  es  lo  mismo,  y  el  cual,  á  pesar  de  eso,  no  pa- 
rece que  estima  contrario  al  patriotismo  reconocer  la  supe- 
rioridad industrial  ó  mercantil,  técnica  ó  científica,  en  quien 
la  tiene,  según  demostración  palmaria  de  los  hechos. 

El  ejemplo  de  Francia  debiera  suscitar  entre  nosotros  un 
movimiento  de  modestia  análogo,  digo  mal,  mucho  mayor;  y 
no  sólo  en  materias  en  las  cuales  nuestra  inferioridad  es  tan 
notoria  é  indiscutible  como  en  las  industriales  y  mercantiles, 
sino  en  todas  las  demás;  que,  aunque  á  veces,  voces  de  patrio- 
tas, un  tanto  desvanecidos  por  la  natural  incultura  que  nos 
caracteriza,  nos  digan  que  no  están  tan  mal,  lo  positivo  es 
que  están  malísimamente,  y  en  un  grado  de  inferioridad  no 
menor  respecto  del  estado  de  las  mismas  en  el  extranjero,  que 
las  mercantiles  ó  industriales. 

Realmente,  necesitaríamos  unas  cuantas  escuelas  de  per- 


EDUCACIÓN  Y   ENSEÑANZA  159 


feccionamiento  en  Francia,  Inglaterra,  Alemania  y  Estados 
Unidos,  para  nuestros  ingenieros,  comerciantes,  filósofos, 
maestros,  militares  y  hasta...  curas. 

Pero  volvamos  la  Vista  al  proyecto  de  M.  Millerand. 
El  Ministro  socialista  del  Gf-abinete  Waldeck- Rousseau 
«ha  estimado  que  la  instrucción  científica  dada  en  nuestras 
grandes  escuelas  técnicas  á  los  futuros  ingenieros  ó  industria- 
les, podría  ser  útilmente  completada  con  la  organización  en  el 
extranjero  de  una  especie  de  Instituto  práctico  de  perfeccio- 
namiento, haciendo  así  en  favor  suyo  algo  parecido  á  lo 
que  encuentran  nuestros  artistas  en  la  escuela  francesa  de 
Roma»  (1). 

Hay  ya  la  institución  eficacísima  de  las  pensiones  indus- 
triales en  el  extranjero;  pero  no  basta  esto:  tales  pensiones, 
en  efecto,  no  dan  de  sí  todos  los  resultados  apetecibles,  por- 
que los  pensionados,  dejados  á  sí  mismos,  no  cuentan  con  el 
valioso  apoyo  de  consejeros  y  guías  esclarecidos  para  orien- 
tar de  un  modo  racional  sus  estudios. 

La  institución  proyectada  por  M.  Millerand  se  endereza 
precisamente  á  subsanar  el  defecto  apuntado.  Mediante  ella, 
se  pretende  «proporcionar  á  los  jóvenes  provenientes  de  nues- 
tras escuelas,  dice  M.  Lavy,  con  una  amplia  instrucción  cientí- 
fica, guías  competentes  que  conozcan  á  fondo  las  cosas  y  las 
gentes  del  país  en  que  viven,  capaces,  por  tanto,  de  indicarles 
á  donde  deben  ir,  lo  que  es  preciso  ver  y  cómo  es  preciso  ver- 
lo, al  propio  tiempo  que  de  comprobar  la  realidad  de  los  es- 
fuerzos personales  hechos  por  cada  uno  de  ellos  para  justificar 
el  auxilio  que  se  les  presta»  (2). 

La  creación  de  M.  Millerand,  de  acuerdo  con  esta  idea, 
consistiría,  de  llevarse  á  efecto,  en  «un  centro  de  estudios  colo- 
cado bajo  la  dirección  de  un  hombre  de  probada  ciencia  á  la 
vez  que  de  gran  práctica  industrial,  y  muy  conocedor  del  país. 


(1)    Ob.  cit.,  pág.  385. 

(2j     Ob.  cit.,  págs.  385-386. 


160  LA  espa:&a  moderna 


el  cual  podría  de  ese  modo  guiar  á  los  jóvenes  ingenieros  en 
sus  proyectos,  trabajos,  viajes  de  estudios,  visitas  á  las  fábri- 
cas, y  hasta  auxiliarles  para  colocarse  provisionalmente  en 
esas  fábricas,  á  fin  de  adquirir  en  ellas,  mediante  una  colabo- 
ración personal,  un  perfecto  conocimiento  de  sus  procedimien- 
tos de  fabricación»  (1). 

Ese  Centro  tendría  salas  de  trabajo,  una  biblioteca  con  los 
instrumentos  y  medios  de  trabajo  indispensables:  tendrá  cier- 
ta autonomía  y  se  le  reconocería  la  personalidad  jurídica,  á 
fin  de  que  pudiera  adquirir,  y  en  la  esperanza  de  que  su  no- 
toria utilidad  habrá  de  provocar  la  generosidad  y  el  despren- 
dimiento de  no  pocos  donantes. 

Millerand  ha  encargado  del  estudio  detallado  de  su  pro- 
yecto «á  una  Comisión  consultiva  especial,  presidida  por  él 
mismo,  y  compuesta  de  funcionarios  competentes,  sabios,  in- 
genieros, miembros  del  Parlamento  y  grandes  industriales  y 
comerciantes».  La  Comisión,  una  vez  constituida,  se  declaró  fa- 
vorable al  proyecto,  según  lo  acabamos  de  indicar,  «debiendo 
iniciarse,  por  de  pronto,  bajo  la  forma  de  «una  escuela  de  per- 
feccionamiento», instituida  para  el  estudio  de  las  industrias 
eléctricas  y  de  la  construcción  mecánica,  en  uno  de  los  princi- 
pales centros  industriales  de  los  Estados  Unidos»  (2). 

*  * 

He  ahí  en  breves  rasgos  la  obra  educativa  y  en  cierto  sen- 
tido la  política  pedagógica  de  un  Ministro  de  Comercio,  y  por 
añadidura  de  un  socialista.  Acaso  no  sea  digno  de  aplauso 
cuanto  ha  hecho;  quizá  resulte  poco  lógico  que  un  Ministro  de 
Comercio  tenga  que  ocuparse  con  género  alguno  de  enseñan- 
zas, cuando  el  sistema  general  de  la  educación  pública  tiene 
su  órgano  propio  en  el  Ministerio  de  Instrucción  pública.  Pero 
ni  aquellas  críticas  posibles,  ni  este  reparo  á  la  organización 


(i;    Ob.  cit.,  pág.  386. 
(2)     Ob,  cit.,  pág.  387. 


EDUCACIÓN   Y   ENSEÑANZA  161 

administrativa,  en  sus  relaciones  con  la  función  pedagógica 
del  Estado,  pueden  amenguar  el  valor  positivo  del  espíritu  re- 
formista del  Ministro  Millerand.  Encontrándose  este,  como  se 
encontraba,  con  toda  una  rama  déla  enseñanza  pública,  entre 
los  servicios  de  su  departamento,  lo  mejor  que  podía  hacer  era 
darle  la  importancia  que  supo  darle  y  poner  especial  empeño 
en  mejorarla. 

M.  Millerand,  como  todos  los  políticos  de  los  países  verda- 
deramente civilizados,  piensa,  así  al  menos  se  desprende  de  sus 
circulares  y  de  sus  reformas  mismas,  que  no  hay  interés  que 
supere  en  valor  y  en  trascendencia  social  al  interés  de  la 
enseñanza,  y  que  es  un  deber  primario  de  gobierno,  cuando 
quiera  que  con  la  enseñanza  se  tropiece^  poner  especialísimo 
cuidado  en  fomentarla  y  levantarla,  á  fin  de  que  cada  día  res- 
ponda mejor  á  las  esperanzas  que  las  gentes  ponen  en  su  ac- 
ción civilizadora  y  pacificadora. 

Por  otro  lado,  y  bien  miradas  las  cosas,  era  lógico  que  el 
Ministro  francés,  que  desde  las  filas  socialistas  prestó  su  apoyo 
al  Gabinete  de  defensa  republicana,  tomase  con  empeño  espe- 
cial la  reforma  de  la  enseñanza  técnica;  al  fin  y  al  cabo  se  tra- 
ta de  aquel  género  de  enseñanza  que  acaso  tiene  relación  más 
directamente  con  los  intereses  de  las  clases  trabajadoras. 

De  todas,  suertes,  bien  puede  registrarse  el  ejemplo  de  la 
obra  del  Ministro  Millerand  con  la  enseñanza  técnica  france- 
sa como  una  prueba  más,  entre  tantas  y  tantas  como  doquier 
se  producen,  de  la  importancia  preeminente  que  en  los  dife- 
rentes pueblos  alcanzan  los  problemas  pedagógicos,  por  espe- 
cialísimos  que  sean:  cosa  esta  que  entre  nosotros  conviene  re- 
cordar á  cada  instante,  sin  temor  de  ser  pesado,  ya  que  quizá 
constituímos  el  país  de  cuantos  forman  el  mundo  que  por  cul- 
to pasa,  donde  tales  problemas  son  menos  sinceramente  estu- 
diados, á  la  vez  que  más  superficialmente  comprendidos,  y  en 
su  consecuencia,  donde  aquéllos  aparezcan  peor  planteados  y 
resueltos. 

Adolfo  Posada. 
E.  M.— Julio  1902.  11 


CJRONICA  LITERARIA 


Grafómanos  de  América  (tomo  I),  por  Fray  Candil  (Emilio  Bobadilla). 
— Idea  de  una  paradoja  sobre  la  critica. — A  ras  de  tierra  (cuentos),  por 
D.  Manuel  Bueno. — Las  niñas  del  Registrador  (costumbres  provin- 
cianas), por  D.  Cristóbal  de  Castro. 


No  he  leído  yo  la  mayor  partf  de  los  libros  y  composicio- 
nes sueltas  de  escritores  americanos  de  que  habla  Fray  Can- 
dil en  su  obra  Grafómanos  de  América  (tomo  I),  y  de  seguro 
les  sucederá  otro  tanto  á  la  mayoría  de  los  lectores  españoles 
de  dicha  obra.  Claro  es  que,  después  de  leer  á  Bobadilla,  no  se 
siente  desconocer  los  escritos  de  los  grafómanos  á  quienes  él 
fustiga,  pero  Yoy  á  otra  cosa.  Aun  sin  conocer  los  libros  á  que 
se  refieren  sus  trabajos  de  crítica,  resulta  la  obra  de  Fray 
Candil  de  agradable  lectura,  entretiene,  deleita  y  hasta  en 
ocasiones  instruye.  En  este  caso  práctico  veo  confirmada  la 
sospecha  que  hace  tiempo  abrigo  de  que  en  la  crítica  lo  de  me- 
nos es  la  crisis,  diciéndolo  en  el  lenguaje  de  Gracián,  y  lo  de 
más  la  amenidad,  la  erudición  y  el  saber  con  que  el  crítico  ade- 
rece sus  juicios. 

Claro  es  (jue  esto  equivale  á  confesar  que  la  crítica,  como 
función  judicial  encargada  de  definir  lo  justo  y  lo  injusto,  lo 
bueno  y  lo  malo  en  literatura,  vale  intrínsecamente  poco.  Si 
así  no  fuese,  la  crítica  no  podría  interesar  más  que  á  aquellos 
que  conociesen  su  objeto:  el  cuerpo  del   delito  ó  el  motivo  de 


CRÓNICA  LITERARIA  163 

las  alabanzas.  Pero  en  la  mayoría  de  los  casos,  cnaii.do  no  se 
trata  de  libros  de  mucha  actualidad  y  muy  divulgados,  ocu- 
rre que  los  que  leen  al  crítico  no  han  leído  al  escritor  criticado 
y  tienen  que  creer  al  primero   bajo  su  palabra,  hasta  cierto 
punto.  Claro  es  que  el  crítico  ofrece  siempre,  al  exponer  su 
juicio,  alguna  muestra  de  lo  que  critica,  y  bien   cita  frases   ó 
párrafos  del  escrito  criticado,  ó  bien  procura  dar  en  resumen 
idea  de  él;  pero  estas  referencias  y  citas  suministran  siempre 
un  conocimiento  muy  incompleto,  fragmentario  y  parcial,  aun 
suponiendo  que  presida  en  ellas  la  buena  fe  más  cabal;  y  para 
apreciar  desde  el  punto  de  vista  crítico  un  libro   de  crítica  li- 
teraria, es  menester  conocer  de  antemano  su  objeto,  el  libro  ó 
escrito  criticado. 

Esto  representa  ya  cierta  inferioridad  de  la  crítica,  la  in- 
ferioridad de  lo  relativo.  Un  novelista  nos  presenta  costum- 
bres que  tal  vez  no  conocemos,  un  poeta  nos  describe  lugares 
que  no  hemos  visto;  en  estos  casos  no  es  indispensable  el  co- 
tejo con  el  original,  y  basta  con  que  tengan  aire  de  verdad 
tales  pinturas  literarias  para  que  por  buenas  las  admitamos. 
En  cambio,  para  formarnos  idea  exacta  de  un  libro,  necesi- 
tamos leerlo;  por  eso  los  manuales  de  historia  de  la  literatura 
sirven  de  poco  Cuando  no  se  conocen  los  textos  originales.  Y  es 
que  un  libro  (aunque  desde  el  punto  de  vista  psicológico  sea 
un  producto  natural  de  su  autor)  participa  (para  el  espectador) 
de  lo  imprevisto,  de  Idi,  potencia  de  individualidad,  de  origina- 
lidad y  hasta  de  extravagancia  de  las  cosas  artificiales.  Por  eso 
al  crítico  le  es  mucho  más  difícil  que  al  novelista  ó  al  poeta 
interesar  á  la  masa  general  del  público,  y  por  eso  también  me- 
recen aplauso  los  que,  como  Fray  Candil^  consiguen  ese  desi- 
derátum. 

* 
*  * 

En  Grafómanos  de  América  no  se  dibuja  por  vez  primera 
la  personalidad  crítica  de  Bobadilla,  no  asistimos  á  la  apari- 
ción de  un  carácter  y  de  una  manera.  Fray  Candil  lleva  ya  pu- 


164  LA   ESPAÑA   MODERNA 


blicados 'muchos  libros  de  crítica  y  sátira.  Todos  ó  casi  todos 
los  he  leído;  pero  éste,  no  sé  si  porque  realmente  lo  sea,  ó  por 
estar  más  fresca  ó  inmediata  su  lectura,  me  parece  el  que  me- 
jor refleja  esa  personalidad,  y  en  él  la  veo  depurada  y  afinada 
en  el  estilo,  más  equilibrada,  más  segura  de  sí  misma  en  su 
marcha. 

Repito  que  en  esto  puede  haber  algo  de  ilusión  subjetiva 
por  lo  reciente  de  esta  lectura  y  lo  remoto  de  las  otras.  Los 
rasgos  característicos  de  esa  personalidad,  espontáneo  el  uno, 
producto  el  otro  del  estudio  y  de  la  dirección  de  la  cultura, 
son  la  tendencia  satírica  y  la  aspiración  á  dar  una  base  cien- 
tífica á  la  crítica  é  imponerla  por  ende  á  la  literatura,  obligán- 
dola á  estar  muy  al  tanto  de  la  psicofísica  y  de  las  demás 
ciencias  del  hombre  y  de  la  Naturaleza. 

Satírico  es  ante  todo  Fray  Candil.  Tiene  la  gracia,  la  mo- 
vilidad de  espíritu,  la  agilidad  intelectual,  la  aguda  percep- 
ción, necesaria  para  ello.  Esta  nota  de  su  carácter  literario  no 
se  encierra  en  sus  libros  de  crítica,  sino  que  sale  también  á  la 
superficie  en  otros  de  diferente  género.  En  Novelas  en  germen^ 
otro  libro  reciente  del  autor  de  Grafómanos  de  América  (re- 
ciente no  quiere  decir  que  sea  de  ayer),  hay  una  novelita  titu- 
lada Las  larvas^  para  mi  gusto  la  mejor  del  volumen,  y  que  es 
una  obra  maestra  de  observación  y  de  sátira.  En  Las  larvas 
se  ve  un  novelista  de  cuerpo  entero.  También  en  Vórticey  co- 
lección de  poesías  de  Bobadilla,  aunque  la  nota  dominante 
sea  otra,  aparece  de  vez  en  cuando  la  personalidad  del  sa- 
tírico. 

El  otro  carácter  que  veo  yo  en  estas  críticas,  lo  que  en 
una  teoría  básica  de  la  literatura  (tomando  la  denominación  á 
Salillas)  podría  llamarse  la  base  científica,  revela  por  lo  me- 
nos, además  de  estudio  y  lectura  considerables,  un  criterio 
fijo  una  orientación  definida  del  pensamiento.  Fray  Candil  es 
un  freiré  naturalista  en  el  sentido  filosófico  de  la  palabra,  no 
en  la  vulgar  acepción  literaria,  agnóstico,  positivista  al  pare- 
cer. De  este  criterio  filosófico  puede  pensarse  lo  que  se  quiera. 


CRÓNICA   LITERARIA  165 


Lo  que  nadie  que  haya  leído  los  libros  de  Bobadilla  podrá  ne- 
gar es  que,   además  de  mucha  cultura,  revelan  pensamiento 
propio.  En  Grafómanos  de  América  hay  digresiones  interesan- 
tísimas, en  las  que  el  autor  expone  puntos  de  vista  generales, 
que  trascienden  de  los  límites  de  una  obra  literaria  particular. 
Lo  que  dice  acerca  de  la  antigüedad  clásica  y  del  clasicismo 
literario  á  propósito  de  los  Cantos  del  poeta  Chocano,  me  pa- 
rece muy  exacto,  muy  bien  visto  y  muy  bien  dicho.  Esas  pá- 
ginas son  de  las  mejores  del  libro,  y  la  materia  no  es  llana  ni 
sencilla,  como  puede  creer  el  vulgo  semi-ilustrado  ó  algún  es- 
tudiante de  Filosofía  y  Letras  que  mire  la  antigüedad  al  través 
de  algún  Manual  de  texto.  Penetrarse  del  espíritu  de  las  ins- 
tituciones, de  las  costumbres,  de  las  literaturas  y  de  las  len- 
guas de  la  antigüedad  clásica,  ofrece  innumerables  dificultades 
para  el  hombre  moderno.  Tras  tantos  siglos  de  estudiar  y  leer  á 
griegos  y  romanos,  acaso  los  conocemos  sólo  superficialmen- 
te, y  á  medida  que  vaya  decayendo  el  estudio  de  sus  lenguas, 
iremos  alejándonos  más  y  más  de  ellas,  por  mucho  que  se  mul- 
tipliquen las  investigaciones  de  otros  géneros. 

El  libro  de  Fray  Candil  lleva  el  subtítulo  de  Patología  lite- 
raria, que  es  todo  un  programa  y  define  el  pensamiento  del 
escritor.  La  crítica  puede  concebirse,  en  efecto,  como  una  fisio- 
logía, una  patología  y  una  historia  natural  de  las  letras;  como 
un  estudio  y  una  clasificación  de  las  obras,  ó  sea  de  los  indivi- 
duos literarios  sanos,  y  un  estudio  y  una  clasificación  también 
de  los  individuos  enfermos  y  anormales.  Equilibrar  la  perso- 
nalidad del  satírico  y  la  del  patólogo,  no  es  fácil.  A  primera 
vista  parecen  muy  diferentes.  Para  el  satírico,  la  deformidad 
ó  la  anomalía  es  materia  de  risa  ó  de  corrección  de  costum- 
bres (de  costumbres  literarias  en  este  caso),  según  predomine 
en  él  la  tendencia  á  lo  cómico  ó  la  inclinación  á  lo  grave;  para 
el  patólogo  es  un  caso  contra  el  cual  no  se  indigna  en  manera 
alguna  como  el  satírico,  y  que  hasta  pueda  inspirarle  cier- 
ta afición  profesional  si  es  raro  ó  muy  característico,  ó 
tiene   en  lo  malo   alguna  manera  de  perfección  ó  extremo. 


166  LA  espa:Sa  moderna 


Desde  este  punto  de  vista,  un  libro  malo,  á  fuerza  de  serlo, 
puede  adquirir  para  el  patólogo  un  gran  atractivo,  casi  cierta 
belleza,  como  caso  típico,  de  puro  malo. 

* 
*  * 

¿Son  justas  las  críticas  de  Fray  Candil?  En  aquella  parte 
en  que  ofrece  muestras  de  los  escritos  criticados  lo  parecen, 
pero  no  temo  yo  sentar  una  doctrina  anárquica  diciendo  que 
la  justicia  ó  injusticia  de  la  crítica  me  parece,  si  no  indiferente 
en  absoluto,  muy  secundaria  ó  inferior,  desde  elpunto  de  vis- 
ta artístico,  á  méritos  formales  como  el  ingenio,  la  discreta 
exhibición  de  la  cultura  y  la  elegancia  de  la  forma.  Entre 
Anatolio  France,  injusto  á  veces  en  su  Vie  literaire  (alguna 
vez  lo  ha  sido),  y  Don  Hermógenes,  justo  en  algún  caso  (al- 
guna vez  puede  acertar  el  más  ínfimo  pedante),  me  quedo  con 
Anatolio  France. 

Además,  la  justicia  de  la  crítica  me  parece  muy  difícil  de 
aquilatar,  de  presente.  Hay  que  fiar  al  tiempo,  á  la  poste- 
ridad, su  ratificación,  y  la  mayor  parte  de  las  veces  la  crítica 
y  el  libro  criticado  se  quedan  en  el  camino,  sepultados  en  el 
polvo  del  olvido.  Sólo  en  lo  mínimo  y  vulgar  pueden  parecer 
inapelables  los  fallos  de  la  crítica,  es  decir,  en  lo  gramatical 
y  en  las  reglas  más  elementales  de  la  Retórica  y  Poética.  Si 
un  escritor  (de  algún  modo  hay  que  llamarle)  pone  haiga  ó 
establece  concordancias  vizcaínas,  el  Diccionario  y  la  Gramá- 
tica de  la  Academia  bastan  para  sentenciarle  á  inhabilitación 
temporal  ó  perpetua.  Si  hace  un  soneto  con  trece  versos,  cual- 
quier tratado  de  Retórica  y  Poética  le  condena.  Pero  en  cuan- 
to se  sube  un  poco,  se  penetra  en  la  región  de  lo  opinable  y  la 
autoridad  de  la  crítica  va  quedando  reducida  á  la  personal  de 
quien  la  ejercita,  ó  á  la  del  uso,  que  es  como  si  dijéramos  la 
opinión  pública  en  literatura,  cosa  de  suyo  variable  y  discu- 
tible. Aun  en  lo  elemental  j  hay  tan  poco  seguro!  La  Gramá- 
tica  y  el  Léxico  varían.  No  es  probable  que  en  lo  porvenir  se 


CRÓNICA   LITERARIA  167 


diga  haiga,  porque  la  evolución  fonética  tiene  sus  leyes,  ó  por 
lo  menos  ha  seguido  en  lo  pasado  ciertos  caminos  que  parece 
verosímil  que  siga  también  en  lo  futuro,  dentro  de  cada  len- 
gua ó  cada  familia  de  lenguas  (las  lenguas  romances,  por 
ejemplo,  en  su  derivación  del  latín);  pero  muchas  palabras  se 
dirán  de  distinto  modo  que  ahora,  y  algunas  se  secarán  y  na- 
cerán otras  nuevas,  mientras  la  lengua  viva.  Y  lo  propio  su- 
cederá en  cierta  medida  (desde  luego  en  menor  medida)  con 
las  combinaciones  sintáxicas  y  las  formas  retóricas.  También 
la  Sintaxis,  que  es  una  morfología,  varía  y  tiene  su  historia. 
En  suma,  que  en  materia  de  crítica  me  siento  muy  inclinado 
al  Pirronismo. 


Si  yo  tuviera  tiempo  ó  ingenio  para  llevarlo  á  cabo,  escribi- 
ría tal  vez  una  Paradoja  sobre  la  critica,  proclamando  la  caída 
ó  la  bancarrota,  como  se  dice  ahora,  de  la  crítica  judicial.  Por 
de  contado  que  otra  me  quedaría  dentro,  aunque  por  modes- 
tia y  por  el  buen  parecer  la  llamase  paradoja.  En  ella  sosten- 
dría, por  ejemplo,  que  la  crítica  que  decide  de  lo  bueno  y  lo 
malo,  de  lo  justo  y  lo  injusto,  es  un  anacronismo,  pues  perte- 
nece á  la  época  de  las  reglas,  cuando  hoy  las  reglas  han  veni- 
do tan  á  menos  que  paede  decirse  que  la  literatura  y  las  artes 
viven  en  un  régimen  de  anarquía,  si  es  que  las  palabras  régi- 
men y  anarquía  pueden  ir  juntas  en  una  frase  sin  reñir  y  tirar- 
se las  letras  á  la  cabeza.  En  la  historia  de  las  reglas  hay  un 
período  de  formación  en  que  se  inducen  de  la  experiencia, 
otro  en  que  forman  cuerpo  de  doctrina  é  imperan;  otro  en  que 
se  relajan  y  caen,  caaudo  la  mayor  cultura  las  reduce,  las 
simplifica  y  las  deja  limitadas  á  la  esfera  de  los  procedimien- 
tos técnicos,  al  manejo  de  las  primeras  materias  del  arte  y  del 
instrumento  artístico;  en  la  literatura  á  la  palabra,  es  decir,  á 
lo  gramatical. 

GxiíiQd^  judicial  sin  reglas  es  como  tribunal  sin  leyes,  juz- 


168  LA   ESPAÍStA   MODEfeNA 


gando  ad  arbitrium,  ó  á  lo  sumo  ex  cequo  et  bono,  dando  un 
parecer.  ¿Y  qué  importa  un  parecer  individual  sobre  un  libro? 
En  puridad,  nada.  Para  el  resultado  inmediato  no  importa 
más  parecer  que  el  del  público,  que  paga  y  da  notoriedad; 
al  que  abrigue  la  ambiciosa  pretensión  de  escribir  para  la  pos- 
teridad, sólo  le  importa  lo  que  diga  ésta,  si  algo  dice,  que  en 
la  mayoría  de  los  casos  no  dirá  nada,  por  falta  de  noticias. 

No  quiero  yo  afirmar  que  en  literatura  no  valgan  los  pare- 
ceres ni  se  pueda  opinar;  valdrán  por  la  autoridad  personal, 
por  lo  ingeniosos,  lo  profundos,  lo  delicados,  por  cualquier 
excelencia  sustantiva.  Lo  que  pongo  en  duda  es  su  trascen- 
dencia y  su  utilidad  práctica. 

Por  eso  la  crítica  virulenta,  la  que  pega^  cuando  no  es  di- 
vertida y  amena  como  la  de  Fray  Candil^  me  parece  un  ex- 
abrupto^  y  un  modo  de  perder  el  tiempo,  aunque  llame  gene- 
ralmente la  atención  por  el  placer  inconfesado  que  la  mayoría 
de  los  hombres  experimentan  al  ver  jorobar  al  prójimo.  Lejos 
de  ser  conveniente  indignarse  ante  un  libro  malo,  hay  que 
considerar  que,  dado  que  uno  se  creyera  con  autoridad  para 
decidir  que  efectivamente  es  malo,  sería  indiferente  decirlo. 
La  menos  mala  entre  las  malas  obras  que  puede  perpetrar  un 
hombre,  es  escribir  é  imprimir  un  libro  malo.  En  realidad,  ¿á 
quién  sino  á  su  autor  perjudica  un  engendro  semejante?  Cuan- 
do corrían  por  el  mundo  pocos  libros,  podía  haber  cierto  peli- 
gro relativo  en  que  salieran  á  ]uz  los  malos;  pero  ahora  con 
tantos,  lo  general  es  que  no  se  lean;  hasta  los  buenos  los  lee 
una  ínfima  porción  del  género  humano.  Pese  al  orgullo  de 
que  en  mayor  ó  meuor  medida  participamos  todos  los  que 
nos  servimos  de  las  letras  de  molde  ó  las  servimos  á  ellas, 
la  acción  de  la  literatura  es  superficial,  epidérmica.  No  ya  en 
España,  donde  tanta  gente  no  sabe  leer  ni  escribir,  sino  en 
los  países  más  civilizados,  llega  poco  de  la  literatura  culta, 
erudita,  digámoslo  así,  á  las  capas  profundas  de  la  población, 
á  la  mayoría  de  los  habitantes. 

El  punto  de  vista  patológico  en  que  se  coloca   Bobadilla 


CRÓmCA   LITEilARIA  169 


me  ípareoe  más  acertado.  Cuando  un  crítico  tropieza  con  un 
disparate,  es  mejor  que  trate  de  explicarse  por  virtud  de  quó 
causas  intelectuales  al  autor  le  pareció  belleza  aquel  desatino, 
que  no  que  llame  asno  al  culpable  ó  le  aconseje  que  se  dedique 
á  vender  garbanzos  y  jadías,  sin  advertir  que,  acaso,  acaso 
esta  ocupación  sea  más  honesta  ó  importante  para  la  repúbli- 
ca, y  tal  vez  mejor  para  la  salvación  del  alma  ó  para  conse- 
guir una  vida  dichosa  (si  no  se  cree  en  el  alma  ni  en  la  salva- 
ción), que  no  el  escribir  sonetos  ó  novelas  buenos  ó  malos. 

¿A  qué  hacer  crítica  entonces? — se  dirá.  Hay  varias  causas 
para  que  se  haga.  La  fuerza  del  hábito,  el  peso  de  la  tradición, 
el  amor  propio  de  los  autores,  la  afición  á  juzgar  al  prójimo  y 
á  decir  bien  ó  mal  de  él...  Además  hay  razones  más  fundamen- 
tales. Los  libros  son  un  asunto  como  cualquier  otro.  Así  como 
se  escribe  acerca  de  los  objetos  de  la  intuición,  se  puede  escri- 
bir acerca  de  los  libros,  que  son  como  si  dijéramos  un  asunto 
(Je  segunda  mano,  tomado  á  su  vez  del  natural,  ó  de  alguna 
copia  de  él.  En  este  sentido  puede  decirse  que  lá  crítica  opera 
sobre  conservas^  no  sobre  los  frutos  frescos  y  jugosos  de  la 
realidad. 

^  Un  libro  bueno  ó  malo,  considerado  como  asunto^  puede  te- 
ner, sin  embargo,  mucho  encanto,  mucho  atractivo,  y  el  crítico 
puede  tomar  entre  otras,  una  de  estas  direcciones:  ó  la  cientí- 
fica, qae  tiende  á  explicar — ¿por  qué  no  se  han  de  explicar  los 
libros  cuando  el  espíritu  humano  tiende  á  explicarlo  todo? — ó 
la  artística,  que  tiende  á  hacer  literatura  á  propósito  de  un  li- 
bro, casi  con  pretexto  de  un  libro.  Entre  ambas  cabe  un  pru- 
dente eclecticismo  ó  una  bien  ponderada  combinación.  De  una 
y  otra  hay  en  el  libro  de  Fray  Candil^  aunque  su  concepto  de 
la  crítica  debe  de  estar  más  cerca  de  la  primera. 

Por  esa  misma  decadencia  de  las  reglas  á  que  antes  alu- 
día, se  explica  que  críticos  perspicaces  y  de  cultura  como  Bo- 
badilla  busquen  en  otra  parte  algo  con  qué  suplir  el  cuerpo 
de  doctrina  literaria  que  se  echa  de  menos,  y  examinen,  por 
ejemplo,  á  los  autores  sobre  la   psicología  de  sus  personajes  y 


170  LA   ESPAl&A   MODERNA 


les  llamen  á  capítulo  sobre  los  errores  científicos  que  cometan. 
Esto,  tratándose  de  poetas,  me  parece  una  crueldad  y  hasta 
una  demasía.  Puede  haber  errores  y  hasta  disparates  bonitos. 
Si  hemos  convenido  en  que  la  moral  no  tiene  nada  que  hacer 
en  casa  del  arte,  ¿por  qué  hemos  de  dar  entrada  en  ella  y  per- 
mitir que  se  señoree,  ala  verdad  científica,  que  muchas  veces, 
á  pesar  de  sus  humos,  es  una  simple  hipótesis?  Lancemos  con 
los  estetas  (pero  sin  arrimarnos  demasiado  á  ellos)  el  grito 
subversivo  de  ¡Viva  la  belleza  independiente!  O  si  hay  restric- 
ciones y  tutelas,  pase  en  primer  término  la  de  la  moral,  que  es 
la  que  más  importa  á  la  mayoría  de  los  hombres.  O  no  les  pre- 
guntemos á  las  cosas  bonitas  si  son  verdaderas,  ó  de  pregun- 
tarles algo  preguntémosles  en  primer  lugar  si  son  buenas  y 
honestas. 

La  otra  crítica,  que  apenas  se  llama  crítica,  la  que  discre- 
tea agradablemente  á  propósito  de  un  libro  y  á  menudo  habla 
mucho  menos  de  él  que  de  cualquier  otra  cosa,  se  mantiene  en 
el  terreno  estético  y  es  obra  sustantiva  mejor  ó  peor,  pero 
cuyo  mérito  no  está  en  su  relación  de  exactitud  ó  inexactitud 
con  lo  criticado.  Claro  es  que,  en  realidad,  es  un  mínimum  de 
crítica,  pero  puede  tener  subido  valor  literario  intrínseco.  De 
esta  clase  son  algunos  de  los  artículos  de  la  antes  citada  Vie 
literairej  de  Anatolio  France,  y  confieso  mi  pecado,  me  gus- 
tan más  que  los  eruditos  y  sólidos  estudios  de  Brunetiére,  tan 
sabio,  pero  á  veces  tan  seco  y  antipático. 

Pero  baste  ya  de  digresiones  y  de  crítica.  Poco  á  poco  me 
he  ido  desviando  de  Los  grafómanos  de  América,  de  Bobadilla. 
Cúlpese  á  lo  sugestivo  del  libro.  Obras  como  ésta,  que  por  aso- 
ciación de  ideas  despiertan  y  evocan  multitud  de  pensamien- 
tos, son  como  un  jardín  deleitoso  que  con  el  cebo  de  su  belle- 
za hace  apartarse  al  viajero  de  la  senda  y  le  convida  á  algu- 
nos momentos  de  esparcimiento  y  meditación.  ¿Y  qué  mejor 
elogio  que  este  efecto? 

* 
*  * 


CRÓKICA   LITERARIA  171 


A  ras  de  tierra  se  titula  una  nueva  colección  de  cuentos 
del  conocido  y  bien  reputado  literato  D.  Manuel  Bueno.  Los 
cuentistas  abundan  ahora  extraordinariamente,  pero  no  así 
los  buenos  cuentistas,  pues  este  género,  sencillo  y  fácil  en  apa- 
riencia, requiere  las  mismas  facultades  que  la  novela.  Entre 
tantos  como  escriben  cuentos  en  España  (como  en  todo  país 
en  que  es  cultivada  la  novela  y  se  publican  bastantes  periódi- 
cos), quizás  no  se  podría  entresacar  más  de  una  docena  de 
buenos  cuentistas.  El  autor  de  A  ras  de  fierra  es  uno  de  ellos, 
y  su  nuevo  libro  confirma  el  favorable  concepto  que  de  su 
buen  gusto,  sus  dotes  de  observación  y  su  agradable  estilo 
permitieron  formar  trabajos  literarios  anteriores,  de  alguno 
de  los  cuales  se  hizo  mención  en  estas  crónicas  de  La  España 
Moderna. 

El  cuento  ha  seguido  en  su  evolución  los  mismos  pasos  que 
la  novela,  de  la  cual  es  una  especie.  Hoy,  en  realidad,  no  hay 
diferencia  sustancial  de  procedimientos  artísticos  ni  de  forma 
de  composición  entre  el  cuento,  la  nouvelle  de  los  franceses — 
novela  corta — y  la  novela  propiamente  dicha.  La  diferencia 
es  puramente  cuantitativa,  de  extensión,  y  en  todo  cuentista 
hay,  por  tanto,  un  novelista  en  potencia. 

A  lo  mucho  que  se  cultiva  el  cuento  en  todas  las  literaturas 
modernas  de  Occidente,  contribuye,  á  mi  parecer,  no  sólo  el 
predominio  de  la  forma  novelesca,  sino  también  el  desarrollo 
del  periodismo  y  la  participación  creciente  que  otorga  á  la  li- 
teratura en  sus  tareas  enciclopédicas.  El  periódico  necesita 
escritos  cortos  que  den  una  nota  de  amenidad,  y  como  al  lec- 
tor moderno  le  agrada  más  por  lo  general  la  prosa  que  el  ver- 
so, el  cuento  es  el  género  más  propio  para  llenar  aquella  ne- 
cesidad. Aquí  aparece  en  cierto  modo  invertida  la  ley  biológi- 
ca de  que  la  función  crea  el  órgano.  El  órgano,  el  periódico, 
aparece,  si  no  creando  la  función,  porque  el  cuento  ha  existi- 
do mucho  antes  de  que  hubiera  periódicos  ni  se  pensara  si- 
quiera en  que  pudiese  haberlos,  facilitándola,  multiplicando 
su  ejercicio.  En  periódicos  se  han  publicado,   si  no  todos,  al- 


172  LA   ESPAÑA  MODERNA 


gunos  de  los  cuentos  de  Bueno,  reunidos  ahora  en  el  citado 
volumen,  y  es  indudable  el  servicio  que  á  la  literatura  presta 
el  periodismo  con  estas  publicaciones,  que  en  cierto  sentido 
relativo  forman  parte  de  su  misión  educadora,  pues  van  crean- 
do el  gusto  y  convirtiendo  en  público  literario  á  la  gran  masa 
de  lectores  de  periódicos.  No  creo  yo  que  la  literatura  sea  ni 
pueda  llegar  á  ser  lo  principal  en  los  periódicos  diarios,  que 
tienden  á  erigirse  en  órganos  de  comunicación  de  toda  la  vida 
social,  pero  su  papel  de  misioneros  de  las  letras  tiene  impor- 
tancia considerable  y  presta  ayuda  valiosa  á  la  cultura,  en  su 
fase  artística. 

Como  en  la  mayor  parte  de  los  cuentos  modernos,  en  los  de 
Bueno  el  asunto  no  es  lo  principal.  Quizás  el  autor  al  darles 
el  título  de  A  ras  de  tierra  ha  querido  expresar  que  no  iba  á 
referir  sucesos  extraordinarios,  sino  casos  corrientes  de  la  vida 
ordinaria.  Tal  vez  en  esto  es  donde  más  se  nota  la  transforma- 
ción del  género.  El  cuento  era  antes  una  relación  breve  de 
algún  caso  notable  por  el  chiste,  la  lección  moral  ó  el  ejemplo 
de  ingenio;  la  novela  era  una  nueva^  la  noticia  fresca  de  algu- 
na ocurrencia  feliz  ó  aventura  memorable.  En  el  Sobremesa  y 
alivio  de  caminantes  de  Juan  de  Timoneda,  para  citar  un  ejem- 
plo muy  característico,  se  contienen,  según  el  autor,  afables  y 
graciosos  dichos^  cuentos  heroicos  y  de  mucha  sentencia  y  doc- 
trina, sabias  respuestas,  ejeijaplos  acutísimos,  dichos  muy  fa- 
cetos.  El  cuentista  buscaba  en  efecto,  como  el  historiador,  su- 
cesos memorables  y  extraordinarios;  sólo  que  el  último  los 
hallaba  en  la  vida  pública,  y  aquél,  por  lo  general,  en  la  pri- 
vada. En  la  evolución  de  la  novela  y  el  cuento,  paralela  ó  muy 
semejante  á  la  de  la  Historia,  se  ve  claro  el  parentesco  íntimo 
de  ambos  géneros.  El  historiador  moderno  da  preferencia  á  la 
llamada  historia  interna,  que  refleja  lo  normal  y  lo  corriente 
en  la  existencia  de  las  sociedades:  el  género  de  vida,  el  des- 
arrollo de  la  cultura,  el  trabajo,  los  precios,  las  costumbres, 
las  ideas,  las  preocupaciones,  etc.  Y  semejantemente  el  nove- 
lista no  se  cree  obligado  á  estudiar  j  presentar  casos   extra- 


CEÓNICA   LITERARIA  173 


ordinarios,  sino  que  interpreta  desde  el  punto  de  vista  artísti- 
co y  poético  la  vida  ordinaria,  las  pasiones  y  sucesos  comunes. 
Ni  en  uno  ni  en  otro  caso  está  proscrito  lo  extraordinario;  pero 
no  es  ya  lo  único  memorable,  sino  la  excepción,  que  ocupa  el 
puesto  que  en  realidad  le  corresponde.  Donde  subsiste  la  for- 
ma arcaica  del  cuento  es  en  el  cuento  popular,  originaria- 
mente no  escrito  en  el  chascarrillo,  en  lo  que  los  franceses 
llaman  nouvelle  á  la  main.  El  pueblo  es  siempre  gran  conser- 
vador de  cosas  rancias,  sobre  todo  si  al  lenguaje  afectan  ó  con 
él  se  relacionan. 

Citaré  como  ejemplo  uno  de  los  cuentos  de  Bueno:  El  hijo. 
Es  una  historia  de  adulterio;  el  caso  es  vulgar,  los  personajes 
también.  El  arte  del  literato  está  en  la  manera  de  presentarlo ,  en 
aquellas  sencillas  frases  del  final,  que  literaria  y  psicológica- 
mente son  un  rasgo  magistral  de  observación  y  de  expresión. 
Cuanto  más  trivial  y  más  sencillo  es  el  asunto,  más  arte  se 
necesita  en  el  expositor  y  más  aguda  penetración  es  precisa 
para  llegar  á  las  aguas  vivas  de  la  poesía,  al  manantial  oculto 
de  emoción  que  en  sí  lleva  todo  dolor  ó  todo  placer  humano 
por  humilde  é  insignificante  que  parezca. 

Además  del  citado  cuento,  los  que  más  me  gustan  en  el 
libro  de  Bueno  son:  Lo  irreparable ,  La  sorpresa^  Destierro ^ 
La  caída  y  Un  corazón.  Los  dos  primeros,  en  particular,  se 
distinguen  per  lo  hondo  y  bien  expresado  del  sentimiento.  Y 
así  en  los  que  quedan  mencionados  como  en  los  que  no  cito, 
muestra  el  autor  que  sabe  enfocar  bien  los  asuntos,  elegir  la 
escena  principal  en  que  ha  de  concentrarse' el  interés  del  cuen- 
to. En  todos  los  géneros  de  corta  extensión,  que  tienen  que 
ser  por  fuerza  sintéticos,  es  este  el  primero  y  el  más  indispen- 
sable de  los  aciertos. 

El  estilo  de  D.  Manuel  Bueno  es  sobrio,  sencillo,  sin  hoja- 
rasca, pero  flexible  y  expresivo.  Me  agrada  especialmente  en 
este  escritor,  que  en  poco  tiempo  ha  conseguido  sobresalir  de 
entre  la  nueva  generación  literaria,  lo  que  podría  llamarse  su 
honradez  artística.  No  busca  efectos  de  relumbrón  ni  se  ador- 


174  LA  ESPAÑA  MODERNA 


na  con  oropeles.  Su  arte  es  sólido  y  sincero;  en  él  no  hay  mo- 
neda falsttj  aplicando  la  frase  de  Nietzsche,  que  en  puridad  se 
reduce  á  nuestro  pedestre  pero  expresivo  dar  gato  por  liebre, 
¡Cuántos  literatos  famosos,  españoles  y  extranjeros,  tendrían 
que  aprender  de  Bueno  en  este  aspecto  de  la  moral  literaria! 

*  * 

Las  niñas  del  Registrador  (Costumbres  provincianas)  es  una 
novelita  en  que  hace  sus  primeras  armas  en  este  género  don 
Cristóbal  de  Castro,  autor  de  muy  lindos  versos  y  de  amenas 
crónicas  periodísticas.  Hay  en  este  libro  descripciones  anima- 
das y  pintorescas,  como  la  que  contiene  el  capítulo  Gazpacho 
al  sol;  el  autor  narra  con  facilidad  y  soltura,  y  el  asunto  no 
deja  de  tener  su  filosofía.  Un  sujeto,  por  simpatía  ó  bondad  de 
corazón,  se  casa  con  una  mujer  fea,  pero  luego  le  gusta  más 
su  cuñada,  que  es  guapa.  Eso  de  que  á  los  hombres  les  agra- 
den más  las  mujeres  hermosas  que  las  feá,s,  aunque  á  primera 
vista  parece  cosa  tan  llana  que  se  cae  de  su  peso,  tiene  su  in- 
tríngulis y  su  significación  metafísica.  Al  que  lo  dude,  le  re- 
mito al  Mundo  como  voluntad  y  como  representación  de  Scho- 
penhauer.  Allí,  en  el  capítulo  titulado  Metafísica  del  amor  y 
que  es  un  tratadito  de  lo  más  ameno,  sugestivo  y  profundo  que 
se  ha  escrito  sobre  la  materia,  verá  cómo  anda  en  el  ajo  el  ge- 
nio de  la  especie  que  guía  por  el  camino  que  á  ésta  convienen 
los  caprichos  y  aficiones  individuales,  á  fin  de  que  el  tipo  hu- 
mano no  degenere  lamentablemente. 

En  el  desengaño  de  la  pobre  mujer  burlada,  que  piensa 
suicidarse,  mas  luego  se  arrepiente,  reconociendo  que  la  vida 
es  muy  hermosa  á  los  veinticinco  años  y  que  este  picaro  mun- 
do con  todas  sus  penas,  vale,  no  obstante,  la  de  vivir,  parece 
haber  concentrado  Castro  el  sentido  de  su  novela.  Aquí  sí  que 
no  se  puede  invocar  la  autoridad  de  Schopenhauer,  pero  cabe 
alegar  otra  más  alta  y  remota,  la  del  divino  Aquiles,  cuya 
sombra,  dejDartiendo  con  Ulises  cuando  éste  fué  á  consultar  á 


CRÓNICA  LITERARIA  175 


Tiresias  el  tebano,  confesó  que  vale  más  ser  un  humilde  ga- 
ñán y  servir  bajo  la  luz  del  sol  á  un  amo  que  apenas  tenga 
qué  comer,  que  reinar  en  la  región  de  las  sombras. 

Prescindiendo  del  proceso  psicológico — en  verdad  muy  dis- 
cutible,—  mediante  el  cual  opera  su  retorno  al  amor  ala 
vida  la  heroína  de  la  novela,  Castro  ha  sabido  dar  origina- 
lidad, colorido  y  poesía  á  ese  final  de  su  libro,  ensayo  muy 
afortunado  que  ha  merecido  los  elogios  de  varios  escritores  de 
buen  gusto,  entre  ellos  Julio  Burell. 


E.  Gómez  de  Baqüero. 


liEYISTA  DE  REVISTAS 


SUMARIO:  Literatura:  Notas  sobre  Enrique  Ibsen.— Novelistas  fran- 
ceses: Estaunié,  Kahn  y  Bordeaux. —Cuestiones  socjalbs:  Las  Con- 
greg-aciones  y  la  mano  muerta. =Ocultismo:  El  espiritismo  en  Ingla- 
terra.^Sociología:  La  trata  internacional  de  las  mujeres.=FEMiNis- 
mo:  Las  desafinadas. =Impresiones  y  notas:  Los  partidos  liberales.— 
¿Le  gusta  tener  amo  á  la  raza  humana? — Horas  de  alumbrado  al  año. 
—El  analfabetismo  en  Italia.— El  Marqués  de  Santillana. 


Notas  bobre  Enrique  Ibsen. — Si  es  cierto — dice  en  La  Re- 
vue  la  señora  Remusat— que  las  impresiones  de  la  edad  prime- 
ra ejercen  decisiva  influencia  en  el  carácter  y  en  las  ideas  del 
hombre  hecho,  no  es  extraño  que  Ibsen  tenga  como  rasgos 
típicos  de  su  fisonomía  literaria  lo  sombrío,  lo  triste  y  lo 
amargo. 

Nacido  en  Skien,  ciudad  pequeña  del  Sur  de  Noruega,  la 
casa  en  que  vivía  estaba  situada  entre  los  muros  de  la  iglesia, 
con  la  picota  á  la  derecha  y  la  cárcel  á  la  izquierda,  ocupando 
los  sótanos  del  Ayuntamiento.  Todas  sus  visiones  de  niño  eran 
visiones  de  miseria  y  de  dolor.  De  estas  trágicas  impresiones 
le  quedó  una  profunda  compasión  por  el  sufrimiento  humano, 
por  lo«  débiles  y  los  oprimidos.  En  Skien  se  contaba  que  la 
torre  cuadrada  de  la  iglesia  estaba  habitada  por  un  gran  perro 
negro;  una  noche  de  1.^  de  año  el  vigía  subió  á  la  torre  para 


EEVISTA  DE   REVISTAS  177 


ananciar  al  pueblo  la  hora  de  las  doce;  el  perro  le  siguió,  y 
fijando  en  él  sus  ojos  chispeantes,  le  hizo  caer  á  la  plaza,  don- 
de apareció  su  cuerpo  inanimado  al  día  siguiente.  Ibsen,  de 
niño,  subió  con  su  niñera  á  la  torre  y  se  sentó  en  el  borde  ex- 
terior de  la  cupulilla,  desde  donde  descubría  su  casa  y  toda  la 
población;  su  madre,  al  verle  allí,  se  sintió  acongojada  y  se 
desmayó;  la  criada  bajó  toda  asustada,  y  desde  entonces  le  pa- 
recía á  Ibsen  que  entre  él  y  el  misterioso  perro  negro  había 
cierta  secreta  relación. 

Ocho  años  tenía  cuando  su  padre  se  arruinó,  y  tuvieron  que 
salir  de  su  casa  para  instalarse  en  las  afueras  en  una  casa  vie- 
ja; Ibsen  pudo  apreciar  la  inconstancia  y  la  ingratitud  huma- 
nas, y  quizá  son  fruto  de  aquellos  recuerdos  ciertas  reflexiones 
de  sus  Sostenes  de  la  sociedad.  Poco  amigo  de  diversiones,  su 
placer  mayor  consistía  en  encerrarse  en  su  cuarto  y  leer  y  es- 
tudiar. A  los  diez  y  seis  años  salió  de  su  casa  para  ganarse  la 
vida,  y  hasta  los  veintidós  fue  alumno  de  Farmacia  en  Grrims- 
tad.  No  se  podía  conformar,  sin  embargo,  con  ser  un  simple 
boticario.  Tenía  aspiraciones  grandes,  y  á  pesar  de  su  salva- 
jismo y  de  su  timidez  en  sociedad,  era  excesivamente  audaz. 
Su  primera  obra  dramática,  Catílina,  escrita  á  escondidi- 
llas, ofrecida  sin  éxito  al  teatro  y  á  varios  editores,  fue  publi- 
cada á  expensas   de  un   amigo,   el  estudiante  Schulerud.  Se 
vendieron  45  ejemplares,  y  el  resto  fué  á  parar  á  una  tienda 
de  especiero.  La  sefiora  Inger  de  Osteraat^  drama  histórico  en 
cinco  actos  (1854),  le  produjo  280  francos  que  le  pagó  el  direc- 
tor de  un  periódico  ilustrado;   Los  guerreros  de  Heligoland 
(1857),  rechazados  por  el  teatro  de  Cristianía,  le  valieron  170 
francos  en  librería.  Una  fiesta  en  Solhug  se  representó  con  éxi- 
to en  Bergen,  y  el  Príncipe  Napoleón,  que  asistió  á  la  repre- 
sentación, la  hizo  traducir  al  francés,  aunque  no  llegó  á  ha- 
cerla poner  en  escena  como  había  prometido.   En  1858,  Ibsen 
era  considerado  por  EL  Correo  de  Cristianía  como  un  gran  cero 
en  dramática;  eso  era  lo  que  más  le  desesperaba,   que  se  du- 
dase de  su  genio.  Sus  gestiones  para  que  el  Gobierno  le  auxi- 
E.  M.—Jiclio  1902.  12 


178  LA   ESPAÑA   MODERNA 


liase  fueron  inútiles,  y  lo  único  que  lograron  sus  amigos  fue 
colocarle  en  un  modesto  empleo  en  Aduanas  para  que  no  se 
muriera  de  hambre.  Firme  siempre,  y  sin  perder  un  instante 
la  fe,  su  fuerza  de  voluntad  triunfó  de  todo.  Ahogado  entre 
las  montañas  de  Noruega,  en  1864  marchó  á  Italia,  y  durante 
varios  años  llevó  una  existencia  nómada,  visitando  Alemania 
é  Italia,  y  asistiendo  á  la  inauguración  del  canal  de  Suez.  En- 
tretanto su  reputación  se  abría  paso,  y  cuando  volvió  á  su  pa- 
tria llevaba  un  nombre  glorioso. 

De  1850  á  1900,  Ibsen  ha  escrito  23  obras  dramáticas  que, 
á  partir  de  1877,  se  sucedieron  con  perfecta  regularidad,  una 
cada  dos  años  (¡casi  un  Lope!),  con  la  sola  excepción  de  Los 
aparecidos  y  Un  enemigo  del  pueblo,  que  son  de  1881  y  1882. 
Primero  bosquejaba  la  obra  en  un  corto  poema,  y  luego  la 
desenvolvía  en  escenas.  Brand  abre  la  serie  de  obras  escritas 
en  el  extranjero,  y  desde  entonces  Ibsen  sólo  se  preocupa  de 
problemas  sociales,  morales  y  religiosos.  Una  sola  vez,  en 
1873,  vuelve  al  drama  histórico  al  escribir  Emperador  y  Ga- 
lileo.  Sólo  ha  sido  representado  en  el  festival  organizado  para 
celebrar  el  LXX  aniversario  del  nacimiento  de  Ibsen. 

Pascal  ha  ejercido  gran  influencia  sobre  Ibsen,  y  la  doctri- 
na del  esfuerzo  individual,  del  perfeccionamiento  de  la  volun- 
tad antes  que  el  de  la  inteligencia  y  la  del  aislamiento  para 
mejor  cultivar  la  voluntad,  se  hallan  en  germen  en  el  gran 
filósofo;  la  teoría  del  superhombre  de  Nietzsche,  en  que  se 
proclama  la  religión  del  yo,  y  en  la  que  el  culto  de  la  persona- 
lidad se  impone  categóricamente,  es  un  desarrollo  de  la  doc- 
trina ibseniana  del  individualismo. 

Ibsen  ha  declarado  á  Jorge  Brandes,  que  se  habían  equivo- 
cado sobre  el  sentido  de  su  obra.  «Hubiera  podido  hacer  de  su 
héroe,  dice,  en  lugar  de  un  sacerdote,  un  político  ó  un  escul- 
tor.» ¿Será  quizá  por  este  motivo  por  lo  que,  treinta  años  más 
tarde,  ha  escrito  Cuando  nosotros  muertos  nos  despertemos?  En 
todo  caso  esta  obra  es  feminista,  lo  que  no  sucede  con  Brand. 

El  asunto  de  la   Casa  de  muñecas  le  fue  inspirado  por  la 


REVISTA  DE   REVISTAS  179 


aventura  auténtica  de  un  matrimonio  en  que  uno  de  los  espo- 
sos era  danés  y  otro  noruego:  eso  se  dice,  pero  quizá  el  asun- 
to estaba  en  la  atmósfera.  Noruega  sólo  soñaba  con  reformas, 
al  despertar  de  su  letargo  de  cuatro  siglos.  «La  educación  del 
hombre — decía  Federica  Bremer — está  confiada  á  las  mujeres; 
el  progreso  moral  de  la  humanidad  será,  pues,  una  consecuen- 
cia del  progreso  del  sexo  femenino»;  en  1875  se  produjo  en 
Noruega  un  gran  movimiento  feminista;  Ibsen  asistió  á  él  y 
simpatizó  con  las  nuevas  ideas,  y  tal  vez  de  allí  salió  Casa  de 
muñecas  en  1879. 

El  desenlace  de  esta  obra  pareció  inaceptable  hasta  en  No- 
ruega, donde  lo  modificaron  con  una»especie  de  epílogo,  lo  mis- 
mo que  en  Inglaterra  y  en  América;  en  Alemania  la  obra  hizo 
reir,  cosa  no  sorprendente,  pues  Alemania  ha  discutido  siem- 
pre el  mérito  de  Ibsen,  del  que  decía  un  crítico  berlinés  que 
con  él  «se  había  deslizado  en  el  teatro  el  espectro  gris  del  abu- 
rrimienbo.»  Hoy,  sin  embargo,  la  crítica  alemana  es  menos  se- 
vera, sin  duda  por  aquello  de  que  «á  todo  se  hace  uno». 


*  * 


Novelistas  franceses:  Estaünié,  Kahn  y  Bordeaux. — 
Chispeante  de  gracia  y  de  ironía,  como  suelen  serlo  todos  sus 
trabajos,  es  el  artículo  que  Ernesto  Charles  dedica  en  la  Eevue 
Bleue  á  los  novelistas  franceses  contemporáneos. 

Siempre  tendremos  novelistas — dice, — muchos  novelistas. 
En  la  crítica  de  los  salones  puede  notarse  la  existencia  de  dos 
opiniones  absolutamente  contradictorias,  pero  profesadas  por 
las  mismas  personas:  la  una  afirmando  la  existencia  de  genios 
que  brillan  con  esplendor  deslumbrante  y  hasta  fatigoso  para 
la  vista,  y  la  otra  diciendo  que  hoy  todos  los  talentos  son  poco 
más  ó  menos  iguales.  Por  lo  demás,  el  escritor  de  genio  es  dis- 
tinto en  cada  círculo,  y  varía  también  de  un  día  á  otro:  hoy 
es  Pablo  Adam,  ó  León  Daudet  y  hasta   (¡hay  que  decirlo, 


180  LA    ESPAÑA   MODERNA 


aunque  sea  poco  divertido  consignar  el  heclio!)  Octavio  Mir- 
beau;  pero  los  que  admiten  el  genio  del  uno,  niegan  el  del 
otro. 

Los  novelistas  de  hoy  que  no  son  principiantes,  pero  que 
todavía  no  son  grandes  novelistas,  comprueban  con  sus  obras 
la  teoría  de  la  igualdad  de  los  talentos.  Son  muy  pocos  los 
que  merecen  ser  completamente  desdeñados.  Se  estima  mucho 
á  Hugo  E,ebell,  á  E-enato  Boylesve,  y  entre  los  que  publican 
obras  estos  días,  á  Eduardo  Estaunió,  Gustavo  Kahn  y  Enri- 
que Bordeaux.  Pero  ¿cuál  de  ellos  hará  raya?  Difícil  es  decir- 
lo; cada  cual,  sin  embargo,  aunque  igual  en  talento  á  los  de- 
más, es  muy  diferente  denlos  otros, 

Enrique  Bordeaux  prolonga,  por  su  imitación,  la  prepon- 
derancia literaria  de  Pablo  Bourget,  que  está  ya  pasado  de 
moda.  Bordeaux  tiene  delicadeza  y  es  infatigablemente  ele- 
gante; de  ahí  que  lo  natural  sea  la  cosa  más  ausente  de  su 
lindo  libro  lento  El  camino  sin  retorno.  Un  teniente  de  navio, 
noble,  por  supuesto  (¿como  no,  siendo  teniente  de  navio?),  ha 
amado  y  luego  abandonado  á  una  italianita  llamada  Flora;  la 
vuelve  á  encontrar,  y  este  encuentro  le  sirve  de  pretexto  para 
enseñarnos  sus  cuadernos  de  notas  y  su  análisis  del  amor,  aná- 
lisis largo  y  cuidado,  porque  parece  que  en  la  Marina  está  la 
gente  muy  desocupada  para  ello.  Ninguna  aventura.  Muchas 
descripciones,  muchos  paisajes  de  la  Costa  de  Azul  y  un  estilo 
delicioso.  ¡Qué  bien  escribe  Enrique  Bordeaux!  Un  estilo  vigi- 
lado, lamido,  de  exquisito  buen  tono,  afectado;  un  estilo  en 
traje  de  etiqueta.  Hasta  la  amable  Flora,  que  no  ha  estudiado 
nada,  habla  constantemente  como  un  libro,  y  su  teniente 
gasta  maneras  de  hablar  que  no  son  comunes  en  la  Marina. 
jNo  importa,  sin  embargo!  La  elegancia  tiene  siempre  su  pre- 
cio, y  á  Enrique  Bordeaux  hay  que  quererle  por  su  elegancia 
inagotable. 

¿Y  á  Gustavo  Kahn?  ¿Por  qué  no  hemos  de  querer  á  Gusta- 
vo Kahn,  que  acaba  de  publicar  una  de  las  más  hermosas  nove- 
las de  la  temporada?  Gustavo  Kahn  ha  sido  poeta  simbolista^ 


REVISTA   DE    REVISTAS  181 


inventor  del  verso  libre,  y  de  ahí  que  el  estilo  de  su  novela  no 
sea  siempre  claro.  Pero  prescindiendo  del  estilo,  hay  que  con- 
fesar que  su  libro  El  adúltero  sentimental  se  parece  mucho  á 
una  obra  maestra.  Es  un  estudio  de  la  vida  de  provincia,  y  es 
la  purísima  verdad  impregnada  de  poesía  y  de  ironía.  Jamás 
se  ha  pintado  con  más  punzante  exactitud  la  dulce  degrada- 
ción de  las  costumbres  femeninas  de  cuarenta  años  acá. 

En  cuanto  á  Eduardo  Estaunió,  no  hay  duda  que  tiene  ta- 
lento, aunque  de  otro  género.  En  sus  libros  La  huella  y  El 
fermento  se  admira  la  amplitud  de  la  concepción  y  la  forma  de 
expresión  de  lo  concebido.  Hay  en  sus  obras  prodigiosa  origi- 
nalidad; son  novelas  de  filósofo  y  de  moralista,  que  dejan  pro- 
funda impresión  en  el  espíritu. 


O  ÜESTIOIVES     SOOIA  I^ES 

Lás  Congregaciones  y  la  mano  muerta. — Waldeck  Rous- 
seau, en  su  discurso  de  Tolosa,  dijo  en  Octubre  último:  «El 
valor  de  los  inmuebles  poseídos  por  las  Congregaciones,  era 
en  1880  de  700  millones;  hoy  pasa  ya  de  1.000  millones.» 

Para  todos  los  Grobiernos — dice  Mauricio  Desmoulins  en  la 
antigua  Revue  des  Remies — han  sido  siempre  objeto  de  gran 
preocupación  los  bienes  de  manos  muertas.  Es  natural  que 
una  Corporación  aspire  al  aumento  de  sus  bienes,  y  no  es  me- 
nos natural  que  esta  Corporación,  no  muriendo,  logre  sus  aspi- 
raciones; de  ahí  el  exceso  que  se  ha  procurado  evitar  por  todos 
los  medios. 

El  poder  real  les  impuso  los  llamados  diezmos  del  contrato, 
regularizando  su  percepción  desde  1561;  estos  diezmos  produ- 
cían en  1755,  14.598.200  libras.  Además  había  los  donativos 
que  el  Rey  pedía  al  clero  en  sus  asambleas  quinquenales,  y 
que  producían  por  término  medio  3.400.000  libras  al  año,  sin 
contar  los  donativos  extraordinarios,  bastante  frecuentes,   y 


182  LA   ESPAÑA   MODERNA 


que  oscilaban  entre  12  y  30  millones.  A  pesar  de  estas  exac- 
ciones, del  impuesto  de  capitacidn  rescatado  por  el  abono 
anual  de  dos  millones  y  del  diezmo  dinero  rescatado  por  otra 
entrega  de  nueve  millones,  los  bienes  de  manos  muertas  cre- 
cían incesantemente,  y  según  una  memoria  de  Richelieu,  el 
clero  poseía  en  1625  la  tercera  parte  de  los  bienes  del  E.eino. 

Para  atajar  el  desarrollo  de  estos  bienes,  los  Reyes  toma- 
ron multitud  de  medidas  legislativas,  pero  todas  ineficaces, 
hasta  que  se  llegó  al  derecho  de  amortización,  por  el  cual  te- 
nían que  entregar  la  quinta  parte  del  valor  de  sus  bienes  en 
naturaleza  de  la  censual  del  E.ey  y  de  los  feudos,  y  la  sexta  de 
los  demás  señores;  esto  sin  perjuicio  de  «la  indemnización». 

La  Revolución  suprimió  los  conventos  y  confiscó  los  bienes 
de  manos  muertas,  aplicando  el  mismo  principio  que  Luis  XIV 
inculcaba  á  su  hijo;  pero  después  del  Concordato  de  1801,  las 
Congregaciones  reaparecieron,  y  la  mano  muerta  con  ellas. 
De  1802  á  1814,  adquieren  8.783  francos  de  inmuebles,  y  reci- 
ben 13.564  francos  de  legados;  de  1815  á  1829,  sus  inmuebles 
llegan  á  valer  360.863  francos,  y  sus  adquisiciones  por  dona- 
tivos y  legados  1.146.369;  de  1830  á  1839,  415.770  francos 
de  compras  y  380.487  de  donativos;  de  1840  á  1844,  otros 
304.027  francos  de  adquisiciones  y  499.857  francos  de  legados. 
Al  establecerse  en  1849  el  impuesto  sobre  las  manos  muertas, 
el  valor  de  los  bienes  de  las  Congregaciones  ascendía  á 
43.24.910  francos. 

En  1846,  los  terrenos  de  las  Congregaciones  eran  sólo 
6.850  hectáreas;  trece  años  después,  tenían  14.660  hectáreas. 
A  pesar  de  todas  las  medidas  fiscales  y  de  todas  las  leyes  res- 
trictivas, los  bienes  amortizados  por  las  Congregaciones  se- 
guían siempre  creciendo,  y  en  1880  poseían  40.520  hectáreas 
con  un  valor  de  712.538.980  francos.  Llegando  á  1900,  nos  en- 
contramos todavía  con  un  aumento  de  más  de  300  millones. 
Hoy  poseen  48.689  hectáreas,  con  un  valor  de  1.060  millones 
de  francos. 

Todos  los  miembros  de  comunidades  y  congregaciones  de- 


REVISTA   DE    REVISTAS  183 


ben  la  contribución  personal  y  la  mobiliaria,  y  entre  estas 
contribuciones  y  todos  los  demás  impuestos,  el  importe  de  todo 
lo  que  pagan  al  Estado  asciende  á  7.656.800  francos  anuales, 
cifra  á  todas  luces  insuficiente,  que  explica  en  parte  el  des- 
arrollo adquirido  por  los  bienes  de  comunidades. 

Montesquieu  lo  ha  dicho:  «En  algunos  países  de  Europa, 
la  consideración  de  los  derechos  de  los  señores  ha  hecho  esta- 
blecer en  su  favor  un  derecho  de  indemnización  sobre  los  in- 
muebles adquiridos  por  las  gentes  de  mano  muerta;  el  interés 
del  Príncipe  le  ha  hecho  exigir  en  el  mismo  caso  un  derecho 
de  amortización;  en  Castilla,  donde  no  existe  ese  derecho,  el 
clero  lo  ha  invadido  todo;  en  Aragón,  donde  hay  algún  dere- 
cho de  amortización,  ha  adquirido  menos;  en  Francia,  donde 
este  derecho  y  además  el  de  indemnización  se  hallan  estable- 
cidos, ha  adquirido  menos  todavía,  y  puede  decirse  que  la  pros- 
peridad de  este  reino  es  debida  en  parte  al  ejercicio  de  estos 
derechos». 

¿Qué  consecuencia  sacar  de  todo  esto?  La  que  sacaba  Mon- 
tesquieu, con  la  coletilla  que  le  pone  Dumoulin:  «Aumentad 
esos  derechos  y  contened  á  la  mano  muerta» ,  «si  es  posible» . 


OOULTISMO 

El  espiritismo  en  Inglaterra. — Los  evocadores,  cuya  apa- 
rición y  desarrollo  primero  se  efectuó  en  América,  buscaron 
en  Europa  nuevo  campo  de  acción,  eligiendo  á  Inglaterra 
como  tierra  mejor  abonada  para  su  propaganda,  porque  allí 
los  fenómenos  de  magnetismo  animal,  piedra  fundamental  del 
espiritismo,  habían  atraído  la  atención  de  los  doctos,  habién- 
dose fundado  en  Londres  un  hospital  magnético  y  siendo  po- 
pulares los  hechos  y  libros  de  Jackson  Davis,  precursor  del 
moderno  espiritismo,  al  afirmar  en  1846  nuestra  comunicación 
con  el  mundo  de  los  desencarnados.  «Este  Jackson  Davis — 


184  LA   ESPAÑA   MODERNA 


dice  en  la  Bivista  Moderna  Aquiles  Tanfani — era  hijo  de  un 
zapatero  y  seguía  el  oficio  de  su  padre  sin  haber  recibido  edu- 
cación escolástica  de  ninguna  clase,  lo  que  no  era  obstáculo 
para  que  discurriese  con  admirable  lucidez  sobre  los  más  di- 
versos problemas,  dejando  estupefactos  á  quienes  le  escu- 
chaban.» 

Por  el  1870  empezó  en  Londres  la  inmigración  de  los  me- 
dios americanos.  El  primer  medio  de  profesión  fue  la  señora 
Haydon,  que  tuvo  mala  acogida;  Foster,  en  cambio,  tuvo  la 
gran  fortuna  de  ser  recibido  por  los  hombres  más  ilustres  y 
hasta  por  Napoleón  III;  Colchester  y  la  señora  Newton  le  si- 
guieron después,  y  por  último  apareció  David  Home,  el  «tau- 
maturgo escocés»,  como  le  llamaban  los  creyentes.  Sus  experi- 
mentos fueron  estudiados  durante  tres  años  por  el  ilustre 
Crookes,  que  llegó  á  esta  conclusión:  «El  espiritismo  no  es  una 
simple  curiosidad  psicológica,  ni  menos  una  mera  indicación 
de  cualquier  ley  de  la  Naturaleza;  es  una  ciencia  de  campo  vas- 
to, que  lleva  consigo  los  sucesos  más  graves  y  más  morales.» 

Tres  de  los  más  ilustres  novelistas — Bulwer  Lytton,  Tha- 
keray  y  Feniniore  Cooper — se  alistaron  en  las  filas  del  espiri- 
tismo, y  un  gran  naturalista,  el  émulo  de  Darwin,  Alfredo 
Russel  Wallace,  declaró  que  «antes  de  haberse  puesto  en  con- 
tacto con  los  fenómenos  del  espiritismo,  no  creía  más- que  en 
la  materia  y  en  la  fuerza;  pero  que  sus  opiniones  habían  cam- 
biado, 3'  ahora  estaba  seguro  de  la  continuidad  de  la  existen- 
cia personal».  Lo  mismo  confesaba  el  eminente  Chambers, 
Profesor  de  la  Universidad  de  Edimburgo,  afirmando  que  «el 
espiritismo  había  redimido  á  la  multitud  del  ateísmo». 

La  fe  en  los  fenómenos  de  ultratumba  arraigó  de  tal  modo 
en  Inglaterra,  que  la  ciencia  llegó  á  preocuparse  de  los  hechos, 
constituyéndose  un  Comité  de  doctos  para  examinar  las  mani- 
festaciones medianímicas.  El  medianismo  llegó  así  á  la  cima 
de  la  celebridad;  se  multiplicaron  los  círculos,  y  la  charlata- 
nería, con  sus  experimentos  de  astrología,  cartomancia,  piro- 
mancia,  cristalomancia  y  quiromancia,  lo  invadió  todo. 


REVISTA   DE    REVISTAS  185 


Con  todo  esto,  se  observaban  en  las  sesiones  mediánicas  fe- 
nómenos nerviosos  y  hechos  inexplicables;  Home  ponía  carbo- 
nes encendidos  en  la  mano  de  los  experimentadores  sin  que  se 
quemaran,  conversaba  con  los  espíritus,  disminuía  ó  aumen- 
taba de  estatura,  permanecía  suspenso  en  el  aire,  y  una  vez 
fue  transportado,  sentado  en  un  sillón,  fuera  del  salón  por 
una  ventana,  entrando  por  otra,  á  la  altura  de  85  pies  del  pa- 
vimento, según  declara  lord  Lindsay,  propietario  del  palacio 
y  testigo  de  aquel  vuelo,  que  no  era  nada,  sin  embargo,  en 
comparación  del  de  tres  millas  de  la  señora  Gruppy  y  del  de  45 
millas  del  Dr.  Monk. 

A  pesar  de  todos  estos  prodigios,  pregonados  por  los  adic- 
tos, la  prensa  independiente  seguía  siendo  incrédula,  y  el  Co- 
mité constituido  para  el  estudio  de  los  fenómenos  mediánicos 
terminó  sus  trabajos  con  un  juicio  desfavorable  que  puede  re- 
sumirse en  estas  tres  conclusiones:  1.*:  La  mayor  parte  de  los 
fenómenos  llamados  espiritistas,  son  resultado  de  la  ilusión  ó 
de  la  impostura,  ó  de  ambas  á  la  vez.  2.*:  Los  pocos  fenóme- 
nos genuinos  pueden  explicarse,  sea  por  las  leyes  de  la  Natu- 
raleza, sea  por  otras  causas,  todavía  desconocidas.  3.*:  En 
ambos  casos,  los  fenómenos,  por  su  frivolidad,  son  indignos 
de  un  examen  científico. 

El  golpe  de  gracia  se  lo  dio  á  los  espiritistas  la  aparición 
en  la  escena  del  Egytian  Hall  de  dos  hábiles  ilusionistas,  Mas- 
kelyne  y  Cooke,  los  cuales  ofrecieron  al  público  una  serie  de 
fenómenos  transcendentales,  basados  en  su  habilidad  perso- 
nal. Desde  entonces,  el  transcendentalismo  decayó  en  Inglate- 
rra, ó  al  menos  dejó  de  meter  ruido,  aunque,  pasando  la  Man- 
cha, se  difundió  en  el  continente,  adquiriendo  un  carácter  algo 
más  equilibrado  y  serio. 


186  LA   ESPAÑA   MODERNA 


SOOIOLOOIA 

La  trata  internacional  de  las  mujeres. — Se  ha  conclní- 
do  con  la  trata  de  los  negros,  que  era  un  baldón  para  la  hu- 
manidad; pero  subsiste  la  trata  de  los  blancos,  que  es  la  ma- 
yor de  las  infamias.  Paulucci  de  Calboli  dedica  eu  la  Nuova 
Antología  un  interesante  artículo  á  este  asunto,  fijándose  es- 
pecialmente en  las  muchachas  italianas,  que  son  las  que  cons- 
tituyen principalmente  esta  rama  de  explotación,  que  es  la 
vergüenza  de  nuestro  ciilto  tiempo  y  de  la  que  en  mayor  ó 
menor  grado  sufren  todos  los  países. 

El  tema  es  digno  de  estudio,  y  el  mal  tan  grave  como  ne- 
cesitado de  pronto  remedio;  pero  apenas  se  atreve  nadie  á  ha- 
blar públicamente  de  estas  cosas  por  gazmoñería,  cuando 
todos  estamos  convencidos  de  que  la  gente  gazmoña  no  es  ge- 
neralmente gente  honesta,  sino  gente  que  quiere  aparentar  ho- 
nestidad. Y  en  tanto  crece  el  mal  y  el  número  de  las  víctimas 
aumenta.  ¿No  es,  acaso,  el  silencio  un  delito  en  tales  condicio- 
nes? No  debe  vacilarse  en  poner  al  descubierto  la  llaga,  guar- 
dando todos  los  respetos  y  pidiendo  disculpa  para  ciertas  es- 
cabrosidades de  lenguaje  y  cierta  crudeza  de  colores  exigidos 
por  la  índole  del  asunto. 

En  1879,  Dyer  fue  quien  llamó  la  atención  sobre  el  tráfico 
de  jovencitas  inglesas  expedidas  á  las  mancebías  del  conti- 
nente, sobre  todo  á  Francia  y  Bélgica.  Aquellas  revelaciones 
movieron  la  opinión;  pero  la  cuestión  quedó  reducida  á  un 
asunto  de  orden  interior,  hasta  que  en  1899  las  Asociaciones 
de  vigilancia  de  Londres,  á  excitación  de  su  secretario  Coote, 
provocaron  la  reunión  de  un  Congreso  que  se  celebró  el  21, 
22  y  23  de  Junio,  bajo  la  presidencia  del  Duque  de  Westmins- 
ter,  teniendo  representación  oficial  en  el  mismo,  además  de 
Inglaterra,  Austria,  Bélgica,  Dinamarca,  Francia,  Germania, 
Holanda,  Rusia,  Suecia,  Noruega,  Suiza  y  los  Estados  Unidos. 


REVISTA  DE   REVISTAS  187 


El  Congreso  de  Londres  reveló  la  gravedad  de  la  situación: 
muchaclias  inocentes  eran  engañadas  á  millares  por  anuncios 
de  periódicos  ó  avisos  de  agencias  de  colocación,  y  lanzadas 
en  brazos  de  la  prostitución.  ¡Con  qué  arte  estaba  organizado 
aquel  tráfico  internacional!  Las  pobres  víctimas  eran  general- 
mente enviadas  á  lejanos  países,  donde  la  falta  de  medios,  la 
ignorancia  de  la  lengua  y  el  aislamiento  moral  las  obligaban 
á  entregarse  á  la  mala  vida.  El  pudor  y  las  preocupaciones  so- 
ciales impedían  á  las  desgraciadas  confesar  á  sus  familias  su 
degradación^  y  sus  familias  creían  en  la  bueua  suerte  de  sus 
hijas,  haciendo  propaganda  del  mal. 

La  trata  de  las  blancas  está  organizada  á  semejanza  de  la 
de  los  negros,  y  hay  mercados  donde  se  encuentran  las  france- 
sas ó  las  italianas,  y  plazas  que  prefieren  las  alemanas  ó  las  in- 
glesas; en  lo  que  están  de  acuerdo  todos  los  mercados  es  en 
otorgar  la  preferencia  á  la  mujer  hebrea;  hasta  en  Rusia, 
donde  el  antisemitismo  es  dominante,  la  mujer  judía  es  busca- 
da con  empeño.  El  Cónsul  ruso  de  Buenos  Aires  estimaba 
en  1.500  prostitutas  rusas,  casi  todas  hebreas,  las  establecidas 
en  aquella  ciudad,  valuando  cada  una  en  una  cantidad  que 
fluctuaba  entre  150  y  250  duros. 

Italia  sirve  de  país  de  tránsito,  y  el  puerto  de  Genova  ea 
el  más  importante  entre  los  destinados  á  la  exportación  de 
carne  de  placer  para  América;  se  calculan  en  1.200  cabezas 
de  ganado  humano  las  que  salen  anualmente  de  Grénova,  pro- 
cedentes de  Austria-Hungría,  de  Polonia,  de  Alemania  y  d© 
Francia.  Estas  muchachas  tienen  de  diez  y  seis  á  veinticinco 
años;  salen  en  grupos  de  cinco  á  diez,  y  se  dicen  criadas  ó 
Icellnerinneyí.  Si  alguien  las  pregunta,  niegan  ser  víctimas  de 
nadie,  y  van  escoltadas  generalmente  por  un  anciano,  que  se 
hace  pasar  como  marido  ó  pariente  de  alguna  de  ellas. 

Además  de  país  de  tránsito,  Italia  es  también  país  de  ex- 
portación. Desde  1881  viene  denunciado  el  infame  comercio 
de  napolitanas  para  Egipto.  Hoy  el  mal  se  halla  extendido 
por  toda  la  Península,  sólo  que  las  italianas  del  Norte  son  en- 


188  LA   ESPAÑA    MODERNA 


viadas  por  vía  terrestre  á  las  demás  naciones  de  Europa  ó  em- 
barcadas para  América  en  puertos  extranjeros,  mientras  que 
las  del  Sur  son  destinadas  al  África;  Sicilia  surte  á  Túnez  j 
Ñapóles  á  Egipto.  El  pretexto  es  siempre  el  ofrecimiento  de 
un  buen  puesto  de  modista,  de  planchadora  ó  de  criada. 

Los  puntos  extremos  de  la  corriente  meridional  son  Ñapó- 
les, Messina  y  Catania,  en  Italia;  Túnez,  Alejandría  y  Port- 
Said  en  África.  La  isla  de  Multa  suele  servir  para  despistar  á 
la  policía.  En  Argelia,  merc«ado  antes  muy  surtido  de  italia- 
nas, apenas  hay  actualmente  comercio  de  blancas  con  Italia; 
el  departamento  de  Argel  se  surte  de  francesas,  el  de  Oran  d& 
españolas,  y  sólo  en  el  de  Gonstantina  se  encuentra  alguna 
italiana.  En  Túnez,  en  cambio,  y  sobre  todo  en  Egipto,  el  co- 
mercio de  italianas  está  floreciente,  y  hasta  en  el  Transvaal  se 
encuentra  algún  caso,  aunque  rarísimo,  por  estar  constituido 
el  mayor  contingente  de  mujeres  importadas  por  francesas, 
especialmente  de  la  clase  conocida  con  el  nombre  de  article 
París.  Antes  los  organilleros,  además  de  la  trata  de  los  mu- 
chachos, solían  llevar  alguna  niña  que  bailase  al  son  del  orga- 
nillo y  les  ayudase  en  los  quehaceres  domésticos;  el  patrón, 
después  de  haber  abusado  de  la  pobre  criatura,  la  vendía  al 
mejor  postor  para  deshacerse  de  ella.  Perseguida  esta  indus- 
tria, la  astucia  diabólica  ha  inventado  primero  la  de  modelo, 
y  luego  se  ha  servido  del  matrimonio  mismo  como  medio  de 
explotación.  En  la  Tierra  de  Labor  se  han  descubierto  indi- 
viduos que  se  casaban  con  las  más  hermosas  doncellas  del  lu- 
*gar  para  luego  llevarlas  á  Londres  y  especular  con  su  virgi- 
nidad. 

El  mercado  de  París  ofrece  condiciones  especiales  de  estu- 
dio por  su  extensión.  Allí,  según  Goron  y  Coffignou,  hay  ca- 
fés y  bazares  donde  se  negocia  en  carne  humana  como  en  una 
bolsa  de  otros  valores,  y  Mirbeau  ha  descrito  las  agencias  de 
colocación  como  verdaderas  ferias  de  esclavos.  El  Grobierno 
francés  estima  en  varios  centenares  de  muchachas,  engañadas 
por  estas  Agencias,  las  que  salen  de  París  anualmente  sólo 


REVISTA    DE    REVISTAS  189 


para  Polonia.  Una  de  las  formas  de  reclutamiento  más  usuales, 
consiste  en  las  agencias  teatrales  que  buscan  artistas  de  baile 
ó  de  canto,  y  que  sirvan  de  reclamo  á  los  establecimientos  por 
la  procacidad  del  gesto  y  la  belleza  plástica  de  sus  formas.  La 
mujer  así  contratada,  es  objeto  de  mofa  si  no  se  presta  á  dar 
gusto  á  la  clientela,  acabando  por  transigir  con  todo  á  true- 
que de  poder  vivir.  De  estas  cantadoras,  sólo  una  pequeña 
parte  pasa  los  Alpes  para  ir  á  Italia;  pero  en  cambio,  las  mu- 
chachas francesas  reclutadas  por  las  Agencias  son  dirigidas  en 
gran  número  á  la  península  italiana,  que  á  su  vez  envía  sus 
productos  en  gran  cantidad  al  mercado  insaciable  de  París. 
En  este  ramo,  Italia  es  la  mejor  cliente  de  Francia,  y  si  en  Pa- 
rís las  italianas  figuran  en  sexto  lugar,  después  de  las  france- 
sas, las  belgas,  las  inglesas,  las  suizas  y  las  alemanas,  en  el 
Mediodía  se  encuentran  por  cientos  y  cientos  arrojadas  á  la 
prostitución,  siendo  Marsella  el  principal  puerto  de  embarque 
para  la  exportación  á  América. 

La  mercancía  no  está  compuesta  solamente  de  mujeres  lle- 
vadas por  el  espejismo  de  un  empleo;  las  muchachas  de  esta 
clase  forman  sólo  la  vanguardia.  El  grueso  del  ejército  lo  for- 
man las  mujeres  contratadas  para  fábricas  de  todas  clases  ó 
que  van  á  las  manufacturas  en  busca  de  un  jornal  que  no  tie- 
nen en  su  patria;  en  la  atmósfera  de  promiscuidad  de  la  fábri- 
ca, solicitadas  por  los  vampiros  que  las  acechan,  faltas  de  re- 
cursos y  sin  resistencia  moral,  no  tardan  en  ceder  á  sus  pasio- 
nes olvidando  sus  deberes  y  penetrando  por  el  camino  del  vi- 
cio, que  es  su  ruina.  Lo  mismo  ocurre  en  Suiza,  donde  la 
emigración  de  obreras  se  verifica  en  masa,  y  de  donde  salen 
prostituidas  las  que  entraron  honradas.  Es  tal  allí  el  despres- 
tigio de  la  mujer  italiana,  que  en  el  cantón  de  San  Galo  no 
hay  casa  decente  que  consienta  en  alojar  muchachas  italianas. 

También  en  Alemania  está  desarrolladísimo  el  Madchen- 
Handel  (comercio  de  muchachas),  siendo  exportadas  á  Rusia, 
Bélgica  y  Holanda  y  al  Brasil  y  la  Argentina;  las  enviadas  á 
Italia   son  poquísimas,   y  aun  esas  pasan  antes   algún  tiempo 


190  LA  espaíí:a  moderna 


en  Austria  y  Suiza.  En  cambio,  las  italianas  exportadas  á  Ale- 
mania son  muchísimas,  dominando  las  déla  clase  obrera,  que 
se  corrompen  en  seguida,  y  parte  de  las  cuales,  una  vez  entre- 
gadas á  la  mala  vida,  son  embarcadas  en  Hamburgo  para 
América. 

Austria-Hungría,  que  al  contrario  que  Alemania  recibe 
escasísima  cantidad  de  muchachas  italianas,  inunda  de  aus- 
tríacas la  península;  y  si  Viena  figura  á  la  cabeza  con  sus 
180  agentes  de  prostitución  y  las  1.500  muchachas  que  reclu- 
tan  al  año,  Trieste  sigue  siendo  el  emporio  central  del  Impe- 
rio, que  suministra  á  las  grandes  ciudades  de  Italia  las  muje- 
res que  necesitan.  La  juventud  italiana  no  conocía  hace  años 
la  nación  maggiar  más  que  como  productora  de  caballos  y  de 
mujeres  alegres;  hoy  la  gran  emigración  de  Hungría  es  la  de 
América  del  Sur,  de  tal  manera,  que  las  mujeres  de  mala  vida 
son  allí  conocidas  con  el  nombre  de  húngaras. 

En  el  resto  de  Europa  la  trata  de  mujeres  italianas  tiene 
escasa  importancia;  se  había  afirmado  que  existía  un  mercado 
de  muchachas  italianas  en  Barcelona;  pero  los  informes  del 
Consulado  lo  desmienten  rotundamente.  El  mercado  belga  se 
surte  de  Francia  y  de  Inglaterra,  á  donde  en  cambio  envía  mu- 
jeres del  continente  entre  las  que  hay  algunas  italianas. 

¿Qué  medidas  se  han  tomado  para  evitar  estos  males?  La 
acción  privada  ha  fundado  importantes  sociedades  de  protec- 
ción de  las  jóvenes,  con  el  objeto  de  averiguar  primero  si  el 
puesto  ofrecido  á  las  muchachas  es  honesto,  vigilando,  acom- 
pañando y  dirigiendo  después  á  las  jóvenes  expatriadas,  fun- 
dando asilos  y  refugios,  vigilando  en  los  puertos  las  entradas 
y 'salidas,  y  prestando  á  la  mujer  los  más  útiles  servicios  mo- 
rales y  materiales.  Pero  todos  estos  esfuerzos  son  ineficaces 
sin  la  unión,  y  á  lograr  la  inteligencia  internacional  de  todas 
estas  sociedades  se  han  dirigido  las  conclusiones  votadas  por  el 
Congreso  de  Londres  y  la  Conferencia  de  Amsterdam,  estable- 
ciéndose también  que  todo  país  tendría  una  oficina  internacio- 
nal, que  sería  el  centro  de  la   campaña  contra  la  explotación 


REVISTA  DE   REVISTAS  191 


de  las  mncliachas  en  el  país,  correspondiéndose  con  la  Oficina 
central  de  Londres  y  designando  un  delegado  para  formar 
parte  del  Comité  central.  En  estos  centros  de  propaganda  no 
se  atiende  á  filiaciones  políticas  ni  religiosas,  y  los  hombres 
más  ilustres  de  todos  los  partidos  se  ven  reunidos  en  el  Comi- 
té central  y  en  los  nacionales. 

No  es  estrO  bastante,  sin  embargo,  y  el  Congreso  y  la  Con- 
ferencia se  preocuparon  de  interesar  á  los  poderes  públicos 
parala  protección  de  la  mujer  y  la  represión  del  tráfico.  En 
este  sentido  se  vienen  haciendo  trabajos  para  que  los  Grobier- 
nos  adopten  medidas  eficaces,  y  de  esperar  es  que  no  tarden 
mucho  en  adoptarse. 


FEJVJEIIVISIVIO 

Las  desafinadas. — Es  de  notar — dice  en  la  Revue  Bleue 
Daubresse — que  todos  los  que  tratan  la  cuestión  femenina  bus- 
can inmedia  amenté  el  lado  sentimental:  se  preguntan  y  pre- 
guntan á  las  mujeres:  «¿Qué  dolor  ó  qué  alegría  nos  traéis?» 
y  no  se  cuidan  de  preguntarse:  «¿Qué  dolor  ó  qué  placer  sen- 
tiréis al  traernos  uno  ú  otro?  ¿Qué  mujeres  os  preparáis  á  ser 
para  vosotras  mismas?» 

Tradicionales  y  conservadoras  por  temperamento,  las  mu- 
jeres actuales  están  en  desacuerdo  con  la  tradición  que  hasta 
hoy  habían  seguido,  sin  estar  por  eso  en  armonía  con  el  medio 
en  que  viven;  son,  y  así  pueden  calificarse  en  todos  sentidos, 
unas  desafinadas;  como  esos  clavicordios  de  cuerdas  diferen- 
temente tensas,  que  no  tocan  bajo  los  dedos  del  artista  ni  la 
gran  partitura  ni  una  simple  romanza,  los  elementos  psíquicos 
femeninos  han  sufrido  tensiones  diferentes  y  están  desafi- 
nados. 

Hace  unos  cuarenta  años,  una  inspectora  de  las  escuelas  de 
París,  la  señorita  Sauvan,  decía:  «Que  una  mujer  sepa  leer  el 
Evangelio  y  orlar  sus  pañuelos;  ese  es  su  verdadero   mérito.» 


192  LA   ESPAÑA    MODERNA 


Desde  entonces,  liemos  variado  mucho.  La  instrucción  obliga- 
toria ha  llenado  los  cerebros  femeninos  de  una  ciencia  mal  di' 
gerida,  superficial  é  inútil.  Los  niños  y  las  niñas,  desde  la  es- 
cuela primaria  hasta  la  escuela  de  Sevres,  están  embrutecidos 
por  la  instrucción  que  se  les  da. 

Tomemos  una  niña  de  once  á  trece  años.  Si  es  inteligente 
y  se  la  ayuda,  consigue  su  certificado  de  estudios;  si  no,  entra 
en  la  inmensa  cantidad  de  niños  que  consternan  á  sus  exami- 
nadores con  sus  respuestas  estiípidas. — ¿Qué  sabe  usted  de 
María  Antonieta?  pregunta  el  examinador  de  Historia. — 
Era  la  mujer  de  los  Estados  generales — responde  la  aspirante. 
Otra  hace  firmar  á  Luis  XIV  el  tratado  de  Tisitt;  otra  dice 
que  Carlomagno  llevaba  un  traje  verde,  y  es  todo  lo  que  sabe 
de  su  reinado. 

Y  para  obtener  semejante  resultado,  reflexiónese  sobre  las 
condiciones  físicas  impuestas  á  la  criatura:  estación  prolonga- 
da en  una  postura;  encierro  durante  horas  enteras  en  clases 
atascadas  de  aire  viciado;  continua  tensión  impuesta  por 
estudios  siempre  nuevos;  todo  lo  que  puede  favorecer  el  ner- 
vosismo y  comprometer  el  equilibrio  físico,  moral  é  intelec- 
tual de  la  mujer. 

Supongamos  que  sufre  con  éxito  todos  sus  exámenes  y  ob- 
tiene el  certificado  superior.  «¿Qué  hacer  ahora?»  se  pregun- 
tan los  padres.  En  otro  tiempo,  la  mayor  parte  de  las  hijas  de 
la  clase  media  se  quedaban  en  su  casa,  entre  papá  y  mamá, 
aguardando  pacientemente — ó  impacientemente — el  marido 
que  la  suerte  les  deparase.  Hoy  las  cosas  van  de  otro  modo: 
los  maridos  son  aves  raras,  y  las  jóvenes,  con  el  gusto  tomado 
á  tantas  lecciones  fuera  de  casa,  no  se  hacen  á  la  vida  casera. 
A  los  diez  y  siete  ó  diez  y  ocho  años  en  que  han  terminado 
sus  estudios,  no  hay  que  pensar  en  que  entren  en  un  taller  de 
modista  ó  de  sombrerera,  sobre  que  para  eso  no  hacía  falta 
haber  aprendido  tanta  geografía,  física  y  química;  no  quedan 
más  que  las  carreras  liberales:  módico,  dentista,  abogado  y 
profesor,  ésta  sobre  todo;   las  tres  primeras  tienen    todavía 


REVISTA  DE   REVISTAS  193 


pocas  prosélitas;  las  de  la  última,  en  cambio,  pululan.  Las  po- 
bres chicas  llenan  las  agencias  solicitando  de  corredores  gro- 
seros una  plaza  de  aya,  de  institutriz,  de  cualquier  cosa.  jY 
en  qué  condiciones!... 

Hay  también  el  comercio,  y  algunas  logran  abrirse  paso  en 
él;  pero  ¿se  necesitaba  tanto  saber  para  ser  admitida  en  el  Bon 
Marché,  el  Louvre  ó  el  Printemps?  Quedan  también  los  pues- 
tos de  la  Administración  en  Correos  y  Telégrafos,  así  como  el 
Orédit  Lyonnais  y  los  ferrocarriles,  donde  se  gana,  por  térmi- 
no medio,  90  francos  mensuales  pagados  al  día.  Con  eso,  ves- 
tíos,  alimentaos,  alojaos  y  sed  buenas. 

Esto,  por  lo  que  hace  á  las  condiciones  materiales.  Pero 
¿en  qué  estado  de  espíritu  han  de  colocar  estas  condiciones  á 
una  joven  de  veinte  años?  La  ciencia  que  tiene  estimula  su  or- 
gullo; se  juzga  ignorada  al  no  encontrar  sino  con  trabajo  un 
modestísimo  puesto  para  gozar  de  la  vida.  La  sujeción  á  que 
la  someten  es  tanto  más  penosa  cuanto  más  desarrollada  está 
su  sensibilidad.  La  excitación  intelectual  se  le  ha  hecho  nece- 
saria, como  la  morfina  ó  el  éter  á  quienes  lo  toman;  no  tenien- 
do ya  exámenes  que  preparar,  se  embriaga  de  sueños,  se  em- 
borracha con  palabras,  mide  sus  aspiraciones  con  la  realidad 
y  oye  ese  rumor  incesante  de  la  sociedad  moderna:  ¡dinero, 
dinero,  dinero!  Y  se  tortura  en  vano:  «Para  vivir  se  necesita 
dinero;  mi  ciencia  no  me  produce  dinero;  ¿que  podría  propor- 
cionarme dinero?» 

Este  ser  sin  ley  siente  despertarse  en  su  alma  pasiones,  de- 
seos, codicia  quizá.  Demasiado  refinada,  no  puede  disfrutar  de 
los  placeres  de  la  obrera,  que  se  va  los  domingos  de  gresca 
con  sus  amigas,  y  tampoco  puede  obtener  los  placeres  refina- 
dos con  que  sueña.  Un  corazón  de  veinte  años  no  se  llena  con 
geografía  y  matemáticas.  La  modestia  natural  de  muchas  jó- 
venes las  hace  cruzar  las  manos  sobre  su  corazón  en  casta  y 
discreta  actitud  para  comprimir  sus  latidos,  pero  no  por  eso 
deja  de  palpitar.  ¿Quién  de  vosotros  desenhizará  esas  manos 
para  ponerlas  en  las  vuestras?  ¡Dichosas  en  aquel  momento, 
E.  U.— Julio  1902.  13 


194  LA   ESPAÑA   MODERNA 


bien  dichosas  las  que  conservan  todavía  las  creencias  de  su 
infancia!  Pero  ¡ay  de  las  que,  apartadas  del  dogma,  se  pre- 
guntan: «¿Dónde  estoy?  ¿Dónde  voy?  ¿Qué  soy?»!  Hay  que  de- 
cirlo muy  alto:  la  instrucción  actual,  falsa  en  su  principio, 
mortal  en  sus  efectos,  asegura  rara  vez  á  la  mujer  el  medio  de 
bastarse  á  sí  misma  y  no  le  da  nunca  la  ley  moral  que  la  hace 
falta. 

Y  si,  dejando  á  las^jóvenes  de  la  clase  media,  pasamos  á  las 
más  favorecidas,  veremos  que  el  mal  es  casi  igual,  aunque  la 
sobrecarga  sea  menor.  Para  éstas  la  vida  es  la  disipación,  las 
diversiones  demasiado  numerosas  y  variadas  y  ciertas  lecturas 
demasiado  prontamente  permitidas.  Se  las  deja  en  demasiada 
grande  libertad,  y  casi  siempre,  fuera  de  las  inquietudes  ma- 
teriales, se  encuentra  también  en  ellas  el  nervosismo  agudo, 
la  impaciencia  de  todo  freno;  y  hasta  cuando  son  creyentes  so 
observa  su  afecto  á  las  prácticas  externas  y  hasta  supersticio- 
sas, más  bien  que  la  comprensión  y  la  aceptación  consentida 
de  la  regla  moral. 

¿Y  las  mujeres?  Supongamos  una  artesana  con  su  modesta 
situación  de  maestra  y  casémosla.  El  hombre  con  quien  se 
casa  cuenta  con  las  ganancias  de  su  mujer  para  equilibrar  el 
presupuesto  y  con  sus  conocimientos  caseros  para  conducir  la 
casa.  Pero  ¿qué  es  conducir  una  casa?  Nuestros  novelistas  pa- 
recen ignorarlo.  Cuando  nos  presentan  una  mujer  es  siempre 
para  preguntarla:  ¿Qué  dirá  tu  corazón  á  mi  corazón?  Lo  de- 
más no  existe.  Y,  sin  embargo,  hay  que  comer,  hay  que  ves- 
tirse, hay  que  alojarse.  ¡Qué  prosaico  es  todo  eso!  Pero  es  la 
realidad.  Pongamos  las  cosas  en  el  mejor  caso:  el  marido  está 
en  condiciones  de  permitir  que  su  mujer  no  tenga  que  salir  de 
casa.  ¿Creéis  que  ella  se  complace  con  esto?  De  los  quince  á 
los  veinticinco  años  ha  estado  siempre  fuera:  primero  para 
asistir  á  clase,  y  luego  para  ejercer  su  profesión.  Además  de 
esto,  el  trabajo  intelectual  aparta  del  trabajo  manual.  Las 
mujeres  instruidas  de  la  presente  generación  son,  en  general, 
malas  amas  de  casa. 


REVISTA   DE    REVISTAS  195 


¿Serán  siquiera  la  compañera  soñada?  Es  íauy  dudoso;  de 
jóvenes  han  estado  en  desacuerdo  con  su  medio  ambiente,  y  de 
temer  es  que  el  desacuerdo  continúe.  ISTadie  puede  prever  cómo 
podrá  realizarse  la  conciliación.  Sobrecargadas,  agotadas  por 
la  adquisición  del  saber,  que  constituiré  la  instrucción  moder- 
na; orgullosas  con  unos  conocimientos  que  tanto  les  han  cos- 
tado; despreciando  á  los  que  creen  inferiores  á  sí  mismas  y 
poco  dispuestas  á  aceptar  su  yugo;  víctimas  de  las  condicio- 
nes económicas  más  opresivas:  aguijoneadas  por  .la  cuestión  del 
problema  del  dinero  que  todos  los  días  se  les  plantea;  moral- 
mente  empatadas  entre  la  ley  antigua,  que  abandonan,  y  la 
ley  nueva,  que  no  aciertan  á  formular,  las  mujeres  actuales 
son  verdaderamente  unas  desafinadas. 

¿Quién  las  devolverá  la  calma,  la  quietud,  la  posibilidad  de 
«er  normalmente?...  Ese  es  el  secreto  de  un  porvenir  próximo 
ó  quizá  muy  remoto. 


ijvxr>jB^ii:sioiNES  y  isotas 

Los  PARTIDOS  LIBERALES. — La  obscrvacíón  hecha  por  la 
FortnigTitly  al  afirmarla  decadencia  del  partido  liberal  se  re- 
fiere especialmente  al  partido  liberal  americano,  pero  puede 
aplicarse  también  á  nuestros  viejos  partidos  europeos,  siquie- 
ra cambie  algo  el  alcance  de  ciertos  pormenores. 

Es  evidente  la  decadencia  del  partido  liberal;  pero  ¿á  qué 
atribuirla?  El  colaborador  anónimo  de  la  Fortniglitly  la  rela- 
ciona con  la  indiferencia  de  los  jefes  de  industria,  los  grandes 
fabricantes  y  grandes  comerciantes,  hacia  la  clase  obrera. 
Estos  grandes  industriales  se  interesaban  antes  por  los  prole- 
tarios, siendo  los  más  calurosos  abogados  de  las  reivindicacio- 
nes populares  en  el  orden  político  y  social.  Hoy  forman,  con  el 
desarrollo  de  los  negocios,  una  verdadera  aristocracia,  que  no 
sueña  sino  con  acercarse  á  la  nobleza  de  sangre  ó  imitarla  en 
todo  lo  posible,   libreas,   palacios,   reuniones,    etc.    De  ahí  la 


196  LA   ESPAÑA   MODERNA 


transformación  de  esos  antiguos  demócratas  en  imperialistas- 
El  rico  no  se  cuida  ya  para  nada  del  pobre;  en  general  for- 
ma parte  de  una  sociedad  anónima  que  le  paga  sus  dividendos 
corrientemente,  y  ni  sabe  quiénes  son  los  que  trabajan  para  él 
ni  menos  se  pone  en  relación  directa  é  inmediata  con  los  obre- 
ros que  le  enriquecen.  Sin  otra  preocupación  que  la  de  acapa- 
rar negocios  y  dinero  para  gozar  de  la  vida,  dominando  en 
todas  partes  la  actual  plutocracia,  se  desentiende  de  todas 
aquellas  cuestiones  que  antes  le  apasionaban,  y  encerrado  en 
su  egoísmo,  ó  ha  dejado  de  ser  liberal,  ó  no  lo  es  más  que  en 
el  nombre,  contribuyendo  en  uno  y  otro  caso  al  descrédito  del 
antes  robusto  partido  liberal. 


* 
*  * 


¿Le  gusta  tener  amo  á  la  raza  humana? — Esta  es  la  pre- 
gunta que  Marco  Twain  se  dirige  en  la  North  American 
Review,  y  á  la  que  contesta  sin  vacilar  afirmativamente,  fun- 
dándose en  que  todo  hombre  gusta  de  ser  notado  por  quien 
goza  de  poder  y  de  consideración,  y  en  que  todos  nos  sentimos 
orgullosos  del  respeto  que  se  nos  demuestra. 

Sea  el  que  quiera  nuestro  rango  y  nuestra  posición,  todos 
— en  general,  pues  claro  es  que  aquí,  como  en  toda  regla,  hay 
excepciones — formamos  parte  de  un  grupo  de  cualquier  clase, 
de  pares  de  Inglaterra  ó  de  grandes  de  España,  de  marinos  ó 
de  alabarderos,  de  políticos  ó  de  estudiantes,  á  la  cabeza  del 
cual  ponemos  siempre  á  una  persona,  cuya  atención  aspiramos 
á  cautivar;  y  cuando  el  que  está  en  la* cumbre  de  esa  jerarquía 
que  nosotros  mismos  hemos  fabricado  se  digna  fijar  los  ojos  en 
los  que  están  abajo,  estos  se  estremecen  de  placer  y  se  sienten 
orgullosos  de  la  distinción  recibida. 

Tal  es  la  tesis  de  Marco  Twain,  que  no  deja  de  ofrecer  in- 
teresantes puntos  de  vista  á  los  cultivadores  de  la  Sociología- 


*  * 


REVISTA   DE   REVISTAS 


197 


Horas  de  alumbrado  al  año. — En  La  Energía  eléctrica 

publica  J.  Gr.  B.  un  curioso  cuadro  que  indica  por  meses  las 

horas  de  alumbrado  que  por  término   medio   suele   haber  en 

cada  casa  diariamente,  y  que  con  gusto  reproducimos  por  su 

aplicación. 

» 

Horas  de  alumbrado,  desde  1.°  de  Enero  hasta  31  de  Diciembre. 


NUMERO  DE  HORAS  DE  ALUMBRADO  DE  CADA  MES 

TOTALES 

DKSDE    EL    ANOCHECEK 

de  Lis 

horas  de  ahiinbrado 

HORA 

HASTA    LA    HORA    INDICADA    EN    LA    PRIMERA    COLUMNA 

en  todo  el  .iño 

des  le  el  aiioch.ecer 

hasta  la 

DÍA  Ó  NOCHE 

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43 

122    hora  de  a- 

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26 

47 

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77 

85 

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78 

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107 

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67 

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112 

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407  i 
i 

446 

3  764  horas. 

La  curva  superior  indica  la  hora  de  anochecer  en  los  dis- 
tintos meses,  refiriéndola  á  la  primera  columna. 

La  inferior  indica  la  hora  de  apagar  en  cada  mes,  refirién- 
dola también  á  la  primera  columna. 

Marchando   por  la  horizontal  de  una  hora  de  la  primera 


198  LA   ESPAÑA    MODERNA 


columna,  vamos  viendo  cuánto  suman  en  cada  mes  las  horas  de 
luz;  por  ejemplo:  hasta  las  11  de  la  noche  (1.^  columna)  ve- 
mos que  en  Enero,  encendiendo  cuando  anochece  (4,30  tarde), 
si  apagáramos  á  las  11  de  la  noche  todo  el  mes,  habríamos  te- 
nido 180  horas  de  luz;  en  Febrero,  encendiendo  á  las  6  (curva 
del  anochecer)  hasta  las  11,  al  final  del  mes  tendríamos  15G» 
horas  de  luz;  en  Marzo,  129;  en  Abril,  98,  etc.,  etc.,  y  en  todo 
el  año  (apagando  siempre  á  las  11)  1.563  horas  de  luz,  según 
indica  la  última  columna. 

Por  esta  última  columna  se  ve  también  que,  encendiendo 
todo  el  año  desde  que  anochece  hasta  que  amanece,  el  número 
total  de  horas  de  alumbrado  es  de  3.764. 


El  ANALFABETISMO  EN  ITALIA. — La  patria  de  Ferri  y  de 
Lombroso,  de  Marconi  y  de  Verdi  sufre  también  como  Espa- 
ña el  mal  del  analfabetismo,  en  proporciones  que  han  llamada 
seriamente  la  atención  del  Gobierno. 

Los  primeros  resultados  del  censo  de  10  de  Febrero  de 
1901,  que  acaban  de  hacerse  públicos,  han  sido  una  dolorosa 
revelación  por  lo  que  concierne  á  la  instrucción  popular  en 
Italia.  En  1881,  de  cada  100  habitantes  de  más  de  quince  años, 
había  62'7  varones  y  49^1  hembras  que  sabían  leer,  en  los  mn- 
nicipios  capitales  de  provincia;  veinte  años  después,  á  pesar 
de  los  grandes  esfuerzos  hechos  por  la  administración,  el  nú- 
mero de  adultos  que  leen  no  ha  pasado  de  74'1  por  100  en  los 
varones,  y  de  64'3  en  las  hembras.  Es  realmente  bien  poca 
cosa,  teniendo  en  cuenta  los  sacrificios  hechos  y  la  difusión  d© 
la  cultura  á  que  donde  quiera  se  ha  llegado. 

He  aquí  la  lista  de  las  capitales  de  provincia  con  el  tant^ 
por  ciento  de  adultos  que  saben  leer* 


KE VISTA   DE   ilE VISTAS 


199 


Caltanissetta 34,7 

Teramo 4'},9 

Girgenti 45,3 

Siracnsa 46,7 

Ascoli  Piceuo 47,4 

Potenza 47,7 

Catania 49,0 

Cataiizaro 49,0 

Forli 49,0 

Beneveuto 49,á 

Cosenza 50,2 

Reggio  Calabria.  .  .  50,2 

Campobasso 51,4 

Perugia 52,7 

Chieti .  53,0 

Bari 53,2 

Raveniia 54,7 

Arezzo 5i,9 

Foggia 55,3 

Avellino 55,4 

Salerno 55,4 

Sassari 55,5 

Pesaro 55,8 


Massa 58,8 

Ferrara 59.2 

Lecce.' 59,6 

Cagliari 60,2 

Macerata 60,4 

Trapaui 61,5 

Grosseto     61,9 

Caserta 63,0 

Nápoli 63,5 

Ancona 66,8 

Módena 69,1 

Reggio  Emilia  ....  69,3 

Aquila 71,2 

P  í^a 74,3 

Padova     74,9 

Siei)a 75,5 

Lucca 75,7 

Cremona 76,5 

Parma 77,9 

Livorno 78,5 

Piacenza 78,8 

Rovigo     78,9 

Treviso 78,9 


Vicenza 79,7 

Bellano 80,8 

Venezia 81,4 

Mantova 81,6 

Bologna,  .  , 82,0 

Roma 82,0 

Cuneo 82,3 

Udiue 83,0 

Pavia 83,2 

Novara 88,5 

Firenze 84,1 

Veroua 84,1 

Alessaiidría 84,2 

Brescia 84,6 

Genova 85,5 

Porto  Maariz'O  ....  87,1 

Bérgamo 87,4 

Soudrio 88,4 

Como 89,3 

Milano. 90,1 

Torino í»,6 


La  situación  es  realmente  poco  lisonjera,  y  requiere  para 
mejorar  la  adopción  de  medidas  eficaces. 


* 
*  * 


El  Marqués  de  Santillana. — Un  niimero  entero  y  extra- 
ordinario, ricamente  exornado  de  grabados,  dedica  Madrid 
Científico  á  dar  á  conocer  los  grandiosos  proyectos,  ya  en  par- 
te convertidos  en  realidad,  que  el  joven  Marqués  de  Santilla- 
na  está  llevando  á  cabo  para  dotar  á  Madrid  de  energía  eléc- 
trica bastante  y  de  agua  suficiente  para  producir  una  verda- 
dera revolución  en  la  vida  madrileña. 

El  Marqués  de  Santillana  ha  hecho  un  canal  de  7  kilóme- 
tros de  largo  para  crear  un  salto  de  2.000  caballos  de  fuerza, 
y  ha  derivado  de  ese  canal  la  cantidad  de  agua  necesaria  para 
abastecer  á  Colmenar  de  luz  eléctrica,  agua  y  harinas;  se  pro- 
pone cortar  el  Manzanares  á  unos  30  kilómetros  de  Madrid  con 
una  enorme  presa  que  embalsará  40  millones  de  metros  cúbi- 
cos, formando  un  lago  de  10  kilómetros  cuadrados  y  produ- 
ciendo un  salto  de  3.000  caballos,  cuyas  aguas  vendrán  al  gran 


200  LA    ESPAÑA   MODERNA 


depósito  de  Chamartín  para  abastecer  los  barrios  altos,  vol- 
viendo el  sobrante  al  Manzanares  con  una  faerza  de  4.000  ca- 
ballos; en  el  Guadarrama  se  proyecta  un  canal  de  derivación 
de  11,60  kilómetros  con  un  salto  de  4.700  caballos,  y  en  el 
Gupwdalix  otro  canal  de  27  kilómetros,  para  verterlo  en  el  Man- 
zanares, reforzando  el  caudal  de  éste  con  1.800  litros  de  dota- 
ción por  segundo. 

¡Bien  merece  entusiasta  aplauso  el  noble  procer  por  su  ge- 
nerosa iniciativa,  y  todos  debemos  desearle  el  más  cumplido 
éxito! 

Fernando  Araujo. 


NOTAS  BIBLIOGRÁFÍGAS 


Los  Despilfarros  de  las  sociedades  modernas,  por  J.  Novicow:  un  voliimeo 
de  448  páginas.— Madrid.  L  v  España  Moderna.— Su  precio,  S  pesetas. 

J.  Novicow  es,  aute  todo,  un  sociólogo,  y  un  sociólogo- 
eminente.  Hace  tiempo  ya  que  viene  publicando  muy  intere- 
santes libros,  todos  ellos  mu}''  leídos  y  estudiados  entre  los  so- 
ciólogos de  todos  los  países,  y  todos  acerca  de  problemas  ca- 
pitales de  la  nueva  ciencia. 

La  obra  de  que  voy  á  dar  hoy  brevísima  noticia,  aunque 
al  pronto  parece  trabajo  de  un  economista,  por  decirlo  así, 
profesional^  es,  en  rigor,  trabajo  de  un  sociólogo.  So  estudia  en 
ella  un  aspecto  de  la  cuestión  social^  pero  se  procede  al  efec- 
tuar el  estudio,  aprovechando  los  procedimientos  de  indaga- 
ción que  pueden  estimarse  como  propios  de  la  sociología. 

M.  Novicow  reconoce  el  hecho  evidente,  evidentísimo,  de 
la  desigualdad  y  del  malestar  social,  así  como  el  no  menos 
cierto  de  las  nuevas  condiciones  en  que  el  mundo  social  se 
desenvuelve,  merced  á  la  transformación  realizada  en  la  vida 
de  todas  las  clases,  especialmente  de  la  clase  obrera,  ó  mejor, 
de  las  clases  populares.  En  efecto,  «las  masas  populares,  dice, 
ya  no  son  un  rebaño  miserable  de  ciegos  y  de  mudos  dispues- 
tos á  entregar  sin  protestas  las  cuatro  quintas  partes  de  sus 
ganancias,  ni  á  dejarse  ametrallar  sobre  los  campos  de  bata- 
lla por  causas  que  les  sean  completamente  extrañas.  Comienzan 
á  comprender  sus  intereses  y  á  exigir  que  sean  tenidos  en  con- 


202  T.A   ESPAÑA   MODERKA 


sideración;  dentro  de  algunos  años,  no  sólo  no  querrán  obede- 
cer, sino  que  querrán  mandar». 

El  advenimiento  rápido  de  estas  grandes  masas  populares 
á  la  vida  pública  y  social,  con  la  conciencia  despierta  y  con 
las  necesidades  humanas  vivas  y  deseosas  de  una  justa  satis- 
facción, ha  determinado  el  planteamiento  del  llamado  proble- 
ma social,  que  es  en  cierto  sentido  un  problema  de  bienestar, 
un  problema  de  miseria. 

J.  Novicow  acomete  el  examen  de  este  problema  con  brío, 
con  cierta  originalidad  y  apoyándose  en  sólida  erudición.  La 
solución  para  él  no  está  en  la  igualdad:  la  igualdad,  nos  dice, 
«no  puede  asegurar  el  bienestar.  Ante  todo,  añade,  es  preciso 
aumentar  la  riqueza...  ¿Por  qué,  se  pregunta,  somos  pobres? 
No  vacilamos,  responde,  en  contestar:  porque  producimos  poco 
y  gastamos  demasiado.  La  riqueza  está  siempre  en  razón  di- 
recta de  la  inteligencia;  la  miseria  en  razón  directa  de  la  mio- 
])ía  mental.  Hasta  el  día,  tres  errores  fundamentales  nos  han 
dominado  por  completo:  la  confusión  de  la  riqueza  con  el  oro, 
su  confusión  con  la  propiedad  y  nuestra  falsa  concepción  del 
universo». 

Pues  bien;  el  propósito  principal  del  libro  de  M.  Novicow 
estriba  en  examinar  en  qué  medida  cada  uno  de  estos  errores 
e*^  un  obstáculo  que  se  opone  al  acrecentamiento  de  la  rique- 
za, para  indicar  después  los  medios  á  su  parecer  eficaces  para 
disnjinuir  la  miseria. 

A.  Posada. 


Lucha  de  sexos,  por  Pío  Viazzi,  cou  adiciones  y  correcciones  escritas  ex- 
presamente para  la  edición  española.  Traducción  de  los  Sres.  Bernaldo 
de  Quirós  y  Llanas  Aguilaniedo.  Madrid,  1902. — Un  tomo  (pertenecien- 
te á  la  «Biblioteca  Scaevola»)  de  392  pcágs.,  4  ptas. 

Me  ha  pasado,  leyendo  este  libro,  una  cosa  singular,  que 
pocas  veces  me  ha  sucedido,  y  ninguna — que  yo  recuerde — en 
grado  tan  intenso  como  ahora. 


NOTAS   BIBLIOGRÁFICAS  203 


Generalmente,  cuando  me  cae  en  las  manos  alguna  publi- 
cación que  no  sea  completamente  anodina  y  huera,  como  lo 
son  muchas  de  Jas  que  por  acá,  en  España,  se  estilan,  la  leo 
con  interés,  y  casi  siempre  saco  algo  provechoso  de  la  lectura. 
Si  el  escrito  se  refiere  á  cuestiones  científicas  de  las  que  más 
«apasionan  los  ánimos»,  y  el  autor  de  aquél  lo  ha  elaborado 
concienzuda  y  escrupulosamente,  estudiando  y  reflexionando, 
madurando  el  tema  y  tratándolo  con  cariño,  entonces  el  inte- 
rés y  el  provecho  mencionados  adquieren  la  mayor  intensidad 
posible.  Obras  semejantes,  si  no  me  convencen  siempre,  sí  me 
producen,  de  ordinario,  verdadera  delectación  intelectual. 

El  libro  de  Viazzi,  Lucha  de  sexos,  denuncia  en  quien  lo 
ha  hecho  un  espíritu  muy  culto,  eruditísimo,  que  tiene  talento 
y  que  conoce  á  maravilla  y  superabundantemente  la  biblio- 
grafía de  todos  los  tiempos,  así  la  científica  como  la  propia- 
mente literaria,  tocante  á  la  materia  que  trata.  Esta,  á  su  vez, 
se  refiere  á  uno  (ó  más  bien,  á  varios)  de  los  problemas  que  en 
la  actualidad  dividen  y  caldean  más  las  opiniones,  no  sólo  de 
los  hombres  de  ciencia  y  de  los  literatos,  sino  hasta  del  gran 
público,  de  la  masa. 

En  condiciones  tan  favorables,  era  esperar  del  autor  de  un 
libro  «de  vigor  y  empuje»,  «de  palpitante  interés»,  cuya  lec- 
tura atrajese  á  todo  el  mundo,  aun  al  mundo  que  nutre  las  filas 
del  infinitus  numerus,  á  la  multitud. 

Pero  no  es  así.  Nadie  podrá  negar  los  méritos  de  Viazzi; 
nadie  tampoco  dirá  que  La  lucha  de  sexos  carezca  de  materia- 
les en  abundancia  para  un  buen  libro.  Pero  no  creo  que  nadie 
tampoco  se  atreva  á  asegurar  que  éste  lo  sea,  después  de  leer- 
lo escrupulosamente.  Hay  en  él  doctrina,  observaciones  saga- 
ces, citas  á  porrillo,  tantas,  que  el  lector  llega  á  juzgarlas 
excesivas,  pues  á  menudo  estorban  en  vez  de  aprovechar  y 
aclarar;  pero  en  raras  ocasiones  despierta  interés.  Y  un  libro 
(como  otras  muchas  cosas)  que  no  nos  interesa,  podrá  hasta 
ser  objeto  de  nuestra  admiración,  mas  no  lo  tendremos  nunca 
por  un  buen  libro. 


204  LA   ESPAÑA   MODERNA 


¿Cuál  es  la  causa  del  fenómeno  referido?  Probablemente 
exigiría  su  explicación  muclio  más  espacio  del  que  ahora  dis- 
pongo. Sólo  diré  que,  á  mi  juicio,  depende  por  modo  princi- 
palísimo del  savoir  faire  y  del  acento  de  convicción  con  que 
se  dicen  las  cosas,  el  cual  se  trasparenta  al  través  de  los  ren- 
glones; aunque  también,  de  haber  consagrado  demasiado  tiem- 
po á  deglutir,  y  relativamente  poco  á  digerir  y  asimilarse  las 
sustancias  deglutidas. 

A  pesar  de  todo,  yo  recomiendo  la  lectura  de  esta  obra,  en 
la  seguridad  de  que,  sea  el  que  sea  quien  recorra  sus  páginas, 
no  perderá  nada  con  la  lectura. 

P.  Dorado. 


índice 


Páge. 


Bloqueados  por  la  nieve  (novela),  conclusión,  por  Bret  Harte 5 

''"  Poetas  americanos:  Sitrsum,  por  Eugenio  C.  Noe 59 

Panteón  nacional  de  españoles  ilustres ,  por  Juan  Pérez  de  Guzmán.  61 

)^La  devastación  en  el  Sur  de  África,  por  José  Ibáñez  Marín  ......  97 

'-^  Memorias  de  una  dama  del  siglo  XIV  y  XV (de  1363  á  1412): 

Doña  Leonor  López  de  Córdoba,  por  A.  de  Castro 120 

Educación  y  enseñanza,  por  Adolfo  Posada 147 

Crónica  literaria,  por  E.  Gómez  de  Raquero 162 

Revista  de  Revistas ,  por  Fernando  Araujo 176 

Notas  bibliográficas,  por  A.  Posada  y  P.  Dorado 201 


VIDAS   DE   PERSONAJES  ILUSTRES 


Jorge  Salid,  por  Zola,  í  pta. 

-^ictor  Hngo,  por  idem,  id. 

Balzae,  por  id.,  id. 

Alfonso  Daudet,   por  id.,  id. 

Sardón,  por  id.,  id. 

Dumas  (liijo),  por  id.,  id. 

G.  Floubert.,  por  id.,  id. 

Cliateaubriniid,  por   id.,  id. 

(loncoiirt,  por  id.,  id. 

Musset,   por  id.,  id. 

El  P.  Coloma,  por  E.  Pardo 
Bazíiií,  2  ptas. 

Tsúñez  de  Arce,  por  M  y 
í'eiayo,  1  pta. 

Ventura  de  la  Vega,  por  Va- 
lera,  id. 

Toófilo  (iautier,  por  Zola,  id. 


Sainte-Beuve,  por  Zola,  id. 

Concepción  Arenal,  por  Pe- 
dro Dorado,  id. 

Heine,  por  Teófilo  Gautier- 
ídem. 

losen,  por  L.  Passarge,  id. 

Taine,  por  Bourget,  f50  cén- 
timos. 

Bretón,  por  Molins,  1  pta. 

Campoíunor,  por  E  Pardo 
Bazán,  id. 

Fernán-Caballero,  por  Asen 
sio,  id. 

E.  Zola,  por  Maupassant  y 
Alexis,  id. 

Mouton  (Merinos),  por  Ber- 
geret,  id. 


Hartzenbuscb,  por  Guerra 

1  pta. 
Cánovas,  por  Canfipoamor, 

ídem. 
Alarcón,porE.  P.Bazan,id. 
Zorrilla,  por  Fernán-Flor, 

idem. 
Steiidliad,  por  Zola,  id. 
M.  de  la  Rosa,  por  M.  y  Pe- 
layo,  id. 
Ayala,  por  J.  O.  Picón,  id. 
Tamayo.  por  Fernán- Flor, 

ídem. 
Trneba,  por  Becerro  de  Ben- 

goa,  id. 
Lord  Macaulay,  por  Glads 

tone,  id. 


COLECCIÓN  DE  LIBROS  ESCOGIDOS  A  XRES  PESETAS  TOMO 


48, 


Tolstoy,    La    Sonata    de 

Kreutzer. 

Barbey     d'Aurevilly,     El 

Cabecilla. 

Tolstoy,  Marido  y  mujer. 

WagneV,  llecuerdos  de  mi 

vida. 

Tolstoy,  Dos  generacianes. 

Goncourt,  Querida. 

Tolstoy,  Kl  Ahorcado 

Turgeneíf,  Humo. 
.  Zola,  Las  Veladas  de  Mé- 

dan. 
.  Tolstoy,  El   Principe  Ne- 

kbli. 
.  Goncourt,  E.enais  Maupe- 

rin. 
.  Baibey,  El  dandismo. 

y  14.  Daudet,  .üack. 
.  Tolstoy,  En  el  Cáucaso. 
.  Turguenef,  Mido  de  hidal- 
gos. 

.  Zola,  Estudios  literarios. 
.  Cberbuliez,  Miss  llovel. 
.  Renán,   Mi  infancia  y  mi 

juventud. 

.  Tolstoy,  La  Muerte. 
.  Goncourt,  Germinia,    La- 

certeux. 

,  Daudet,  La  Evangelista. 
,  Zola,    La    Kovela  experi- 
mental. 

,  Flaubert ,  Un  corazón  sen- 
cillo. 

Turguenef,  El  Judío. 

Cberbuliez,  La  Tema  de 
Juan  Tozudo. 

Stuart  Mili,  Mis  memorias. 

y   29.  Macaulay,   Estudios 
jurídicos. 

Zola,  Mis  odios. 

Dostoyuski,  La  casa  de  los 
muertos. 

Zola,  K  uevos  estudios  lite- 
rarios. 

Dostoyuski  La  Novela  del 

presidio. 

Tolstoy,  El  Sitio  de  Sebas- 
topol, 

Zola,  Estudios  oriticos. 

y  37.  Campe,  Historia  de 

América. 

Daxidet,  El  Sitio  de  París. 

Asensio,  Pinzón. 
,  Cberbuliez.  Amores  frági- 
les. 

Heine,  Memorias. 

Ferri,    Antropología    cri- 
minal. 

,  Ibsen,  Casa  de  muñeca. 
,  Goncourt,  Lí  Elisa. 

Loinbroso ,    Antropología 

y  osiquiatria. 

,  Daudet.  Novelas  del  lunes. 
,  Turguenef,  El  Rey  Lear 

déla  Esrepa. 

To  Istoy,  Los  Cosacos. 


49.  Sainte-Beuve,  Tres  muje- 
res. 

50  y  51.  Zola,  El  Naturalismo 
en  el  teatro. 

52.  Tolstoy,  Iváu  el  Imbécil. 

613.  Ibsen,  Los  Aparecidos. 

54.  Balzae,  Eugenia  Grandet. 

55.  Ramillete  de  cuentes. 

56  y  57.  Renán,  Memorias  ín- 
timas. 

58.  Caro,  El  Pesimismo  en  el 
Piglo  XIX. 

69.  Daudet,  Cartas  de  mi  mo- 
lino. 

60.  Turguenef,  üu  Desespe- 
rado. 

61.  Goncourt,  La  Faustín. 

62.  Balzae,  Papá  Goriot. 

6y.  Tolstoy,  El  Canto  del  cisne 

64.  Coppée,  Un  idilio. 

65.  Caro,  El  Suicidio  y  la  ci- 
vilización. 

66.  Taine,  Filosofía  del  arte. 
67  y  68.  Zola,  Los  Novelistas 

naturalistas. 

69.  Campoamor,  Ternezas  y 
flores.  —  Ayes  del  alma. — 
Fábulas. 

70.  Sofía  Gay,  Salones  céle- 
bres. 

71.  Tolstoy,  El  Camino  de  la 
vida. 

72.  Lombroso,  líl  Hipnotismo. 
7b.  Ferri,  Nuevos  eí^tudios  de 

antropología. 

74.  Taine,  La  Pintura  en  los 
Países  Bajos. 

75.  Tolstoy,  Placeres  viciosos. 

76.  Balzae,  Úrsula  Mirouet. 

77.  Totstoy,  El  Dinero  y  el 
trabajo. 

78.  Si'bopenhaucr  ,  Estudios 
escogidos. 

79.  Campoamor,  Doloras  y  hu- 
moradas. 

80.  Turguenef,  Primer  amor. 

81.  Tolstoy,  El  Trabajo. 
b2.  Tesoro  de  Cuentos. 

83.  Lombroso ,  Aplicaciones 
judiciales  y  médicas. 

84.  Sardou,  La  Perla  negra. 

85.  Tolstoy,  Mi  confesión. 

86  y  87.  Zola,  El  Doctor  Pas- 
cual. 

88.  Kropotkin,  La  Conquista 
del  pan. 

89.  Turguenef,  Aguas  prima- 
verales. 

90.  Tolstoy,  Los  Hambrientos. 

91.  Cherbíiliez,  Paula  Mere. 

92.  Ferrán,  Obras  completas. 

93.  Cher])uliez,  Meta  Hoidenis 

94.  Tolstoy,  ¿Úué  hacer? 

95.  ídem,  Lo  que  debe  hacerse 

96.  Taine.  El  Arte  en  Grecia. 
97    Turguenet,  Demetrio  Ru- 

din. 


98.  Gautier,  lías  Bombas  pru- 
sianas. 

99.  Lubbock,  La  Vida  dichosa. 

100.  Daudet,    Tartarin   en   los 
Alpes. 

101.  Taine,  Ei  Ideal  en  el  arte. 

102.  Caro,   Costumbres    litera- 
rias. 

103.  Taine,  Ñapóles. 
104  y  105.  ídem,  Roma. 

106.  ídem,  Florencia. 

107.  ídem,  Venecia. 

108.  ídem,  Milán. 

109.  Tarde,  Estudios  penales 
sociales. 

1 110.  Barbey  d'Aurevilly,  Ven- 
ganza de  una  mujer. 

111.  Balzae,  César  Birotteau. 

112.  ídem.  La  Quiebra  de  César 
Birotteau. 

113.  Tolstoy,  Mi  infancia. 

114.  Amold,   lia  critica  e«  la 
actualidad. 

115.  Tolstoy,  Fisiología  de  la 
guerra. 

116.  Varios    autores,    Cuentos 
escogidos. 

117.  Tolstoy,    La   Escuela  de 
Yasnaia  Poliana. 

118.  P.  Merimée,  Colomba. 

119.  Ibsen,  La  Dama  del  mar  y 
Un  enemigo  del  pueblo. 

120.  Barbey,  Las  Diabólicas. 

121.  Gautie,    Nerval  .y  Baude- 
laire. 

122.  Sainte-Beuve,  Retratos  de 
Mujeres. 

123.  Turguenef,  El  Reloj. 

124.  Barbey   d'Awevilly,   Una 
historia  sin  nombre. 

125.  Daudet,  Cuentos  y  fanta- 
sías. 

126.  Tolstoy,  Mi  juventud. 

127.  Caro,  Littré  y  el  Positi- 
vismo. 

128.  Zola,  Los  Hombros  de  la 
marquesa. 

129.  Goncourt,  La  Señora  Ger- 
vaisais. 

IBO.  Baudelaire,  Los  Paraísos 

srtiíi  cíalos 
131.  D'Aurevilly,  I-a  Hechizad» 
182.  G antier.   Madama  de   Gi- 

rardin  y  Balzae. 

133.  Mis  perlas,  por  Merimée. 

134.  Tcheng-Ki-Tong,  La  Chi- 
na contemporánea. 

135.  Lombroso,    Últimos    pro- 
gresos de  la  Antropología. 

136.  Stendhal,  E   Amor. 

137.  Turguenet,  iPadres  é   hi- 
jos. 

138.  Stendhal,   Curiosidades 
amatorias. 

189.  Turguenef,  La  Guillotina, 
140.  Caro,  El  Derecho  y  la  tuer- 
za. 


BIBLIOTECA  DE  JURISPRUDENCIA,  FILOSOFÍA  E  HISTORIA 


AgiiaiiiK».— I.a  (-Jénesis  y  la  iCvoliicióii  del    \ 
Dereclio  Civil,  15  pe -elMS.— La  Reforma  iii- 
tefíi-al  (ie  la  leKisiacióii  Civil,  (.segunda  par- 
te de  La  (íónesÍB),  4  pesetas. 
Al4M»t'iirad«.— Cartirs  amatorias,  B  pesetas. 
Ai»icl. — Diario  intimo,  9  pesetas. 
Aiiíoiíic— Cin-so  de  Economía  social,  2  vo- 

lúuenes.  16  pesetas. 
Ai'iiiiio  Sánchez.— Coya,  B  pesetas. 
AiM'iúiI.-  VA  Derecho  de  Cracia,  ;3  pts.— El  v¡- 
Mitadoi-  del  preso,  H.-El  Delito  Colecivo,  1'50. 
Amó.— Lasservidumbresrústicas  y  urbanas, 

7  pesetas. 
AHister.-Derecho internacional  privado, 6 pts. 
Bagehot.— La  Constitución  inglesa,  7  ptas.  . 
Boccíivdo.— Historia  del  Comercio,  de  la  In- 
dustria y  de  la  Economía  política,  10  ptas. 
Boisaier.— Cicerón  y  sus  amigos:  estudio  de 
la  sociedad  romana  en  tiempo  de  César,  8  pts. 
lfiiii8soii.  —  I>a  Educación  popular  de    los 

aiiultos  eu  Inglaterra,  6  pesetas. 
Bunge.— La  Educación,  12  ptas. 
ltin*S,e.ss.— Ciencia  ))olítica  y  Deieclio  cons- 
titucional comparado,  ¡los  tomos,  14  ptas. 
Kiiylla,    ]\euiiiaiiii ,    li  leíitwacliter, 
Xarsc,   ^laguer,  3litliwí'  y    íiCxis.— 
Economía,  12  pesetas. 
Carlj-le.— La  llevolucióu  francesa,  tres  to- 
mos', 24  pesetas. 
Cariievale.— Filosofía  jurídica,  5  pesetas. — 
La  Cuestión  de  la  pena  de  muerte,  8  pesetas. 
Car©.— Filosofía  de  Goethe,  6  pesetas. 
diampeomniunale.— La  Sucesión    Abín- 
testato  en  Derecho  internacional   privado, 
10  pesetas. 
Castro.— El  Libro  de  los  (íalicismos,  3  ps. 
<Tolliiis.~Ilesuníeii  de  la  lilosofia  de  llerbert 

Spencer,  2  tomos,  lo  pesetas. 
I>avwíii.— Viaje  de  \in  natural i.sta  alrededor 

del  mundo,  dos  tomos,  15  pesetas. 
i>orado   illontevo.  — Problemas  jurídicos 
conteuíporáneos,  í5  pts.— El  Reformatorio  de 
l'ilmira.  (IC.-tudio  de  Derecho  penal),  3  pts. 
lío^vden.- Historia  de  la  literatura  fran- 
cesa, 9  pesetas. 
Eltzbacher.— El  Anarquismo  según  sus  más 

ilustres  representantes,  7  pesetas. 
£Ilis  Steveiis.— La  Constitución  de  los  Es- 
tados Unidos,  4  pesetas. 
límerson.  — Lii  l^ey  de  la  vida,  5  pesetas.— 

Hombres  simbolices,  4  pesetas. 
Kiigels.— Origeii  de  la  familia,  de  la  propie- 
dad privada  3'  del  ICstado,  6  pesetas. 
Ficlitc— Discursos   á  la  Nación  Alemana, 
regeneración  y  educación  de   la   Alemania 
rnoderna,  5  pesetas. 
Finot.— Filosofía  de  la  longevidad.  5  ptas. 
FUzmaurice-BLelly.— Historia  de  la  Lite- 
ratura española,  desde  los  orígenes  hasta  el 
año  1900,  10  pesetas. 
Foiii  I  lee. —Novísimo  concepto  den)ereeho 
en  Alemania,  Inglaterra  y  Francia,  7  ptas. 
—La  Ciencia  social  contemporAnea,  8  ptas. 
—Historia  de  la  Filosofía,  2  tomos,  12  ptas. 
Foiiriiiev.— El  Ingenio  en  la  Historia,  3  pts. 
Framariiio.— liógica  de  las  pruebas,  2  to- 
mos, 15  pcsett^s. 
<j5abl»a.— Derecho  civil  moderno,  2  ts.,  15  ptas. 
tJaviiet.— Historia  de  la  Literatura  Italiana, 

9  i»esetas. 
«ai'ofalo.— lia  Criminología,  10  pesetas.— 
indemni/.ación  á  his  víctiunis  del  delito,   4 
pesetas.— La  superslición  socialista,  5  ptfts. 
^líeorge.  —  I'rotección  y  librecambio,  9  ptas. 
<>J¡ddiiigs.  — Trincipiosde  Sociología,  10  pts. 
4iiiiiriati.  — Los  errores  judiciales  ,7  pesetas. 
<MlndHl,oiie.  -Los  grandes  nombres,  6  ptas. 
4jJ«etlie.- Memorias,  5  pesetas. 
<»ioiicourt.— Historia  de  María  Antonicta,  7 
pesetas.- Historia  de  la  Pompadour,  6  ptaa. 
—  Las  Favoritas  de  Luis  XV.  tí  pesetas.- La 
du  Barry,  4  pesetas. 
CíonzáleK.— Derecho  usual,  5  pesetas, 
tíoodnoiv-— Derecho    administrativo    com- 
parado,  dos  tomos,  14  pesetas. 
€io8cIieii.    Teoría  sobre  los  cambios  extran- 
jeros 7  pesetas. 


fírave.— La  Sociedad  futura,  8  pesetas. 

<»;»•<»««.— Manual  del  Juez,  12  pesetas. 

íjíMniplowiciB.— Derecho  político  tilosófico, 
10  pesetas.— Lucha  de  razas,  8  ptas.— Com- 
pendio de  Sociología,  9  pesetas. 

<íiiyaii.— La  ICducacióny  la  herencia,  8  ptas. 

—  La  Moral  inglesa  Contemporánea,  12  ptas. 
Haiuiltoii.— Lógica  parlamentaria,  2  ptat^. 
Haussonvílle.— La  .Tuventud  de  liord  By 

ron, 5  pesetas, 
Heiiie.— Alemania,  6  pesetas. 
Hiintei'.- Snm^kfiode  Derecho  romano, 4ptH. 
Iliixlcy-— La  Educación  y  las  Ciencias  Na 

turales,  6  ptas. 
Ilieriíigr.— Cuestiones  jurídicas,  5  pesetas. 
.laiiet. —  La  Familia,  5  pesetas. 
Kclls   SsíSrraiii.— Historia  de  la  Economía 

Política,  7  pesetas. 
Ikidd.— La  Evolución  social,  7  i)eseta8. 
KoehM,  ISirscía,  í>*tokvis  y  Wiirzbitrg:. 

—  Estudios  de  Higiene  general,  3  pesetas. 
Ki'opotkÍH.  — Oauípos,  fábricas  y  talleres, 

tí  pesetas. 

Slrllger.— Historia,  fuentes  y  literatura    de 
D<irecho  Romano,  7  pesetas. 

I^aiige. — Luis  Vives,  2'o0  pesetas. 

l^aveleye.- Economía  política,  7  ptas  — Ei 
Socialismo  contemporáneo,  8  pesetas. 

liemcUe.— lístética,  8  pesetas. 

l<eniouiiier.— La  Carnicería  (Sedán),  3  pts. 

Jieroy-Beaulieu.-Economía  política,  8  pts. 

liOntbi'Oíüo,  Feí'vy,  <«íavofaI«  y  Fi«i*e- 
tti.— La  Fscuelp  (Jriminaiógica  i'ositivista., 
7  pesetas. 

liUbbock.  —  El  empleo  de  la  vida,  3  pesetas. 

JSIacaulay.— La  educación,  7  ))tas.— Vida, 
Memorias  y  Cartas,  dos  tomos,  14  j)tas. 

ülaiidiiea.- E!  Procedimiento  Penal  y  su 
desarrollo  científico,  5  pesetas. 

]»I  a vtens.— Derecho  Internacional,  3  tomos, 
22  pesetas. 

Max-11  ti  ller.— Origen  y  desarrollo  de  la  re- 
ligión 7  pesetas. — Historia  de  las  Religio- 
nes, 8  pesetas. 

i^leueval  y  diantelaiice. —María  Estuar- 
do,  6  pesetas. 

USeyer.— La  Administración  y  la  organiza- 
ción luimiuistrativa  en  Inglaterra,  Francia- 
Alcnaniay  Austria.  Introducción  y  exposi- 
ción de  ia  Organización  administrativa  de 
España,  por  Adolfo  Posada,  o  pesetas. 

Miraglia-— Filosofía  del  Derecho,  do.'i  to- 
!no3,  15  pesetas. 

Momiiisen.— Derecho  público  romano,  12  ps. 

jílurray.— Hi.stor¡a  de  la  Literatura  clásica 
griega,  10  pesetas. 

3í  Alisen.- Hacia  el  Polo,  6  pesetas. 

Keiiiaaun.— Derecho  Internacional  público 
moderno,  6  p^-setas. 

Kietzsehe.— Así  hablaba  Zaratustra,  7  ptas. 

—  La  (lenealogía  de  la  Moral,  3  ptas. — Má« 
allá  del  bien  y  del  mal,  5  pesetas. — Humano, 
demasiado  huma,no,  6  ptas. — Aurora,  7  pets. 

Kovicoiv.— Los  despilfarros  de  las  Socieda- 
des modernas,  8  pesetas. — El  Porvenir  ae  la 
Riza  blanca,  4  pesetas. 

Posada.— La  Administración  política  y  la 
Administración  social,  5  pesetas. 

Keiián.— Estudios  de  Historia  Religiosa,  6 
pes.?tas. — Vida  de  los  Santos,  H  pesetas. 

Ilieci.— Tratado  de  las  pruebas,  dos  toinoí», 
20  ptas. — Derecho  Civil,  dos  tomos,  15  ptas. 

Itogei'í». —Sentido  económico  de  la  Hiatoria, 
10  pesetas. 

Rnslíin.— Las  siete  lámparas  de  la  Arqul- 
teclura,  (El  sacrificio.  -Lu  verdad.— La  fuer- 
za.—La  belleza.— Lii  v  da.— El  recuerdo. — 
La  obediencia),  y  La  Corona  de  Olivo  Silves- 
tre (Kl  trabajo.— El  comercio.— La  guerra), 
7  pesetas. 

Havierny.— De  la  vocación  de  nuestro  siglo 
para  la  legislación  y  para  la  ciencia  del  de 
recho,  3  pesetas. 

M»eUoi>ciibaiier.--Fundamento  de  la  mo 
ral,  5  pesetas.— El  mundo  como  voluntad  y 
como  representación,  3  vols.,  30  pesetas. — 
Estudios  escogidos,  Bptas.jj 


JSigfliele.— El  Delito  de  dos,  4  pesetas.— La 
Mucheduinbre  delincuente,  4  pesetas.— La 
Teoría  ])08iti va  de  la  coir>i)líc¡dad,  5  })fisctns, 

ÍSolini.— Derecho  privado  romano,  14  ptaK. 

Wpeiicei*.— La  .lustieia,  7  ptas.— l^a  Moral, 
7  ptas.— I^a  lienelicencia,  H  ptas.— Las  Ins- 
tituciones eclesiásticas,  6  ptas  —Institucio- 
nes socialCí,  7  ptas.— Instituciones  política, 
dos  tomos,  12  ptas.    VA  Organismo  social, 

7  ptas.— El  Progreso  7  ptas.— Exceso  de  le- 
gislación, 7  ptas,— De  las  Leyes  en  genera!, 

8  ptas.— lítica  de  las  prisiones,  10  ptas.— Los 
datos  de  la  Sociología,  dos  tomos,  12  ptas.— 
Las  Inducciones  de  la  Sociología  y  las  Insti- 
tuciones domésticas,  9  ptas. — Instituciones 
profesionales,  d  pesetas.— Instituciones  in- 
dustriales, 8  xíesetas. 

Stalil.— Historia  de  la  Filosofía  de!  Derecho, 
12  pesetas. 

Starke.— La  Familia  en  las  diferentes  socie- 
dades, 5  pesetas. 

SteHd.— El  (Gobierno  de  Nueva  York,  ?>  ptas. 

Stiriier.— El  Único  y  su  propiedad,  9  ptas. 

Sii<leriiia«ii.  — El  Deseo,  B,riO  ptas. 

>*tBii»íiier-15siiiie.— ICl  Antiguo  Dereclio  y  la 
costumbre  i)rimitiva,  7  pesetas.— I^a  tíuerr;^, 
según  el  Derecho  internacional,  4  pesetas. — 
Historia  dei  Derecho,  8  pesetas!— Las  insti 
tuciones  jM-'mitivas.  7  r,cset<>c!, 

S»iii»Iií«.— Derecho  Mercantil,  12  pesetas, 

Tkíhc— Historia  de  la  literatura  inglesa:  5 
vols.  i34i)eseras. —  Los  orígenes  de  la  Francia 
conten>j)oránea  ,  10  peseta».  —  Los  til<')sofos 
del  siglo  XIX,  6  pesetas. —  La  Inglaterra, 
7  pesetas.— Notas  sobre  París,  6  pesetas. 


Tarde.— Las  Transformaciones  del  Derecho 
6  pesetas.— El  Duelo  y  el  delito  político,  3 
pesetas.— T>a  Oriminalidad  comparada,  3  pe- 
setas.—  Estudios  penales  y  sociales,  3  ptas. 

Todd. — El  ÍTobieri\o  parlamentario  en  Ingla- 
teria,  dos  tomos,  15  pesetas. 

I] riel. —Historia  <ie  Chile,  8  pesetas. 

Varios  autores.  —  (Aguanno,  Altamira, 
Aramburu,  Arenal,  Buyíla,  Carnevale,  Do- 
rado, Fioretti,  Ferri,  Lombroso,  Pérez,  Oli- 
va, Posada,  Salillas,  Sanz  y  Escartín,  Silió 
Tarde,  Torres  Campos  y  Yidí\.).—La  Nueva 
Ciencia  jurídica,  dos  tomos,  15  pesetas.  Con- 
tiene grabados. 

ídem.— (Aguanno,  Alas,  Azcárate,  Bances, 
Benito,  Bustamente,  Buylla,  Costa,  Dorado, 
F.  Pello,  F.  Prida,  García  Lastra,  Gide, 
Giner  de  loK  Ríos,  González  Serraig^,  Gum- 
piovvicz,  López  Selva,  Menger,  Pedregal, 
Pella  y  Forgás,  Posada,  Rico,  Richard,  8e- 
la.  Uña  y  Sarthou,  etc.)— El  Derecho  y  la 
Sociología  contemporáneos ,  12  pesetas. 

ídem.— Novelas  y  Caprichos,  3  pesetas. 

Virg:ilii.— Manual  de  Estadística,  4  pesetas. 

Vivasite. — Derecho  Mercantil,  10  pesetas. 

Witt.— Historia  de  Washington,  7  pesetas. 

"IVallsaewski.— Historia  de  la  Literatura 
rusa,  y  pesetas. 

Wc8terniarck.— El  Matrimonio  en  la  espe- 
cie humana,  V¿  pesetas. 

IVilson.— El  Gobierno  Congresional,  5  ptas. 

Wolf.— La  Literatura  castellana  y  portugue- 
sa, con  notas  de  1\L  y  Pelayo,  dos  volúmem  s, 
15  pesetas. 


OBRAS   RECIÉN   PUBLICADAS 

POR  LA  ADMIN1STJÍ,ACÍÓN  DE  «LA  ESPAÑA  MODERNA. 

Virgilii:  Manual  de  Estadística,  4  peseías.— Todd:  El  Gobierno  parlamentario  en  Ingla- 
terra, dos  tamos,  15  7))'rtS.— EItzl>acher:  El  anarquismo  según  sus  más  ilustres  representantes, 
7  pías.— Stirner:  El  Único  y  su  propiedad,  9  pfas.—C  Ellis  Steveiis:  La  Constitución  de 
los  Estados  Unidos,  4  pía.*.— "Spencer:  Institución 'S  profesionales,  4  pías.- Iistituciones  in- 
dustriales, 7  7)¿as.— Scliopeiíliauer:  El  Mundo  como  voluntad  y  como  reptesentación  (secun- 
da parte),  ÍO  p^a.s.— George:  Protección  y  librecajnbio,  9  ptus.—Mnf^Kin:  Las  siete  lámparas 
de  la  Arquitectura  (E]l  sncriíicio.— La  verdad.— La  fuerza.— La  belleza.— La  vida.— El  recuerdo. 
—La  obediencin),  y  La  Corona  de  Olivo  Silvestre  (El  ti-abajo.-El  comercio.— La  guerra),  7^6- 
ícíaa.— Taine:  Historia  de  la  literntura  inglesa.  La  Edad  Moderna,  7  ptos.—  Ricci:  Derecho 
Civii,  dos  vols  ,  15  ptas.—lXietxsdic:  Humano,  demasiado  humano,  6  ptas.—Vlnot'.  Filosofía 
de  la  longevidad,  5  ptas.-  Boccardo:  Historia  del  Comercio,  de  la  Industria  y  de  la  Econo- 
mía polírca,  io  pías.— CarlyJe:  La  Revolución  francesa,  tomo  II,  La  Constitución.  8  pías.— 
Xovicow:  Los  despilfarro»  de  las  Sociedades  modernas,  8  pfas.—^Wilson:  El  Gobierno  Con- 
gre-íional;  Régimen  político  de  los  Estados  Unidos,  5  pífi.s.— Fitzmaiirice-Iíelly:  Historia 
de  la  Literatura  española,  desde  los  orígenes  hasta  el  año  1900.  JO  pías.  -Goncoui't:  La  Du- 
Barry,  4  pías.— Taine:  Los  filósofos  del  siglo  XIX,  6píns.-Cliampconiunale:  La  sucesión 
abintestato  en  Derecho  internacional  privado,  íO  pías.  — Starcke:  La  familia  en  las  diferentes 
sociedades,  6  pías.— 4 'aré:  La  filosofía  de  Goethe,  ^pír^s.- Spencer:  La  Moral  délos  diversos 
pueblos  V  la  Moral  personal:  3.*^  edición,  7  pías.- L/ul»líock:  El  empleo  de  la  vida:  8.*  edición, 
5pías.— "Witt:  Historia  de  Washiígton  y  de  la  fundación  de  la  República  de  los  Estados  Uni- 
dos, 7  pí<js, -Kovico^-:  El  porvenir  de  la  raza  blanca,  *4  pías.  — Max  MiiHer:  Historia  de 
las  Religiones,  8  pías.— Buiísre:  I^a  educación,  12  pías.— Bagreliof:  La  Constitución  ingle- 
sa, 7  pías.— liaveleye:  El  Socialismo  contemporáneo.  8  pías.— üfietzsche:  Aurora,  7  ptas.— 
Carlyle:  Revolución  francesa,  tomo  III,  S  pías.— Mommsen:  El  Derecho  penal  romano 
10  ptas. 

LA  ESPAÑA  MODERNA 

AÑO  XIV 

Esta  Revista,  escrita  por  los  más  eminentes  publicistas  nacionales  y  extran- 
jeros, ve  la  luz  todos  los  meses  en  tomos  de  más  de  200  páginas. 

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año.  A  los  que  se  suscriban  después,  .se  les  entregarán  los  números  publicados. 


Director:  J.  LÁZARO 


LA  ESPASA   moderna 


AÑO   U.  NUM.  164. 


LA 


ESPAÑA  MODERNA 


Olr-eotoi*:  jroSE  OE  LÁZARO 


AGOSTO,    1902 


MADRID 

«STABLKCIMIKNTO    TIPOGRÁFICO    DE    IDAMOR    MORENO 

Blatc0  de  Caray,  nwm.  g.—TeU/$H0  J.OMO. 


Para  la  reproducción  de  los  articu- 
los  comprendidos  en  el  presente  tomOj 
es  Í7idispensahle  el  permiso  del  Dirte- 
ior  de  La  España  Moderna. 


EL  FILÚN  DEL  VADO  DEL  DIABLO 


(irOVELA     COBTA  ) 


El  Vado  del  Diablo  acababa  de  inaugurar  una  era  de  pros- 
peridad fabulosa.  A  las  cinco  ó  seis  chozas  allí  establecidas  en 
un  principio,  no  tardaron  en  adicionarse  unas  treinta  cabanas, 
construidas  en  una  semana  de  febril  entusiasmo,  y  de  las  cua- 
les unas  se  hundían  en  la  estrecha  garganta  del  Monte  del  Dia- 
blo y  otras  trepaban  por  sus  áridas  pendientes.  El  éxito  había 
sido  tan  repentino  y  tan  brillante,  que  los  primeros  ocupantes 
no  habían  tenido  tiempo  de  colocarse  á  la  altura  de  su  fortuna. 
Del  mismo  modo  que  continuaban  vistiendo  sus  antiguos  trajes, 
conservaban  sus  primitivas  costumbres.  La  escudilla  de  barro 
en  la  que  migaban  su  pan  cotidiano  permanecía  en  la  mesa 
groseramente  pulimentada  al  lado  de  las  vasijas  medio  llenas 
del  oro  lavado,  producto  de  una  mañana  de  trabajo;  las  ven- 
tanas de  sus  cabanas  daban  sobre  el  único  camino  irregular- 
mente trazado,  mientras  que  la  puerta  falsa  se  abría  sobre  te- 
rrenos incultos  amenazados  aún  por  los  osos  y  por  los  que  s© 
deslizaban  por  la  noche  los  furtivos  pasos  de  los  gatos  mon- 
teses. 

La  riqueza  no  había  en  manera  alguna  alterado  la  alegre 
y  descuidada  existencia  de  los  mineros  ni  la  negligencia  de 
«US  costumbres  primitifas;  se  regocijaban  con  ingenua  satis- 


LA  E8pa:Sía  moderna 


facción  y  formaban  proyectos  para  el  porvenir  con  la  exage- 
ración y  la  importancia  de  colegiales  en  vacaciones. 

— Estoy  decidido — dijo  Dick  Mattingly,  apoyándose  gra- 
vemente en  el  mango  de  su  azadón. — En  cuanto  vaya  á  París 
el  próximo  invierno,  encargaré  una  estatua  á  uno  de  los  mejo- 
res marmolistas,  y  la  colocaré  en  el  mismo  lugar  en  donde  he-^ 
mos  encontrado  el  filón  grueso.  Será  una  especie  de  monu- 
mento conmemorativo,  ¿qué  tal? 

— ¿Y  qué  representará  tu  estatua?  ¿Washington?  ¿Webs- 
ter?— preguntó  uno  de  los  hermanos  Kearney  sin  levantar  los 
ojos. 

— No,  no,  nada  de  eso;  un  grupo  de  fantasía,  una  de  esa& 
diablas  latinas  de  las  que  Fairfax  se  burla  siempre,  una  ninfa 
que  nos  señale  con  el  dedo  el  punto  exacto  en  el  que  se  debe 
cavar. 

— ¡Harás  una  buena  figura  en  el  grupo! — replicó  Kearney^ 
dirigiendo  una  mirada  crítica  á  un  enorme  remiendo  del  pan- 
talón de  Mattingly. — Créeme,  valdría  más  una  fuente. 

— ¿De  dónde  se  tomaría  el  agua? — replicó  el  primer  mine- 
ro.— No  hay  en  el  río  ni  la  necesaria  siquiera  para  hacer  el  la- 
vado del  campamento  durante  ocho  días. 

— Eso  es  de  mi  cuenta — dijo  Kearney  con  arrogante  segu- 
ridad.— Cuando  haya  establecido  mi  depósito  en  el  Monte  del 
Diablo  y  traído  las  aguas  de  Unión  Ditch  por  encima  de  la 
cresta,  la  fuente  tendrá  de  sobra. 

— ¿Por  qué  no  matar  de  un  tiro  dos  pájaros  y  combinar  la 
cosa? — observó  Joe  de  Maryland. — Podría  plantarse  el  monu- 
mento, mitad  fuente,  mitad  estatua,  ante  la  Casa  de  la  Villa 
ó  la  Biblioteca  Nacional  que  yo  quiero  construir  para  contri- 
buir á  embellecer  el  lugar.  Hacedlo  así  y  contad  conmigo. 

Tras  una  discusión  bastante  larga,  los  asociados  llegaron 
á  la  conclusión  siguiente:  Kearney  traería  al  campamento  las- 
aguas  de  Unión  Ditch,  situada  á  veinte  millas  de  allí,  y  con- 
sagraría á  estos  trabajos  una  suma  de  200.000  doUars;  estas 
aguas  alimentarían  una  fuente  conmemorativa  de  100.000  do- 


EL  FILÓN  DEL  VADO  DEL  DIABLO 


llars  de  coste,  erigida  por  Mattingly,  y  esta  fuente  sería  á  la 
vez  el  coronamiento  de  la  obra  de  Joe  de  Maryland,  que  do- 
taría á  la  comunidad  de  edificios  públicos,  en  lo  que  gastaría 
medio  millón.  Estas  sumas  colosales,  votadas  por  hombres  de 
sucios  y  rotos  trajes,  no  excitaban  la  menor  burla;  al  formar 
tan  grandiosos  proyectos,  su  entusiasmo  no  admitía  duda  ni 
vacilación,  ni  incertidumbre.  Formaban  castillos  de  naipes  so- 
bre los  cimientos  que  les  ofrecía  aquella  faja  de  tierra  que  se 
extendía  á  sus  pies  á  orillas  del  río,  cuyo  brusco  recodo  babía 
facilitado,  desde  hacía  siglos,  el  depósito  de  arena  aurífera 
arrancada  á  la  estrecha  garganta  del  Monte  del  Diablo.  Ape- 
nas habían  tocado  los  mineros  aquel  suelo  pródigo,  y  ya  se  en- 
contraban ricos;  así,  pues,  ¡cuántos  tesoros  podrían  amonto- 
nar una  vez  que  comenzara  la  explotación  regular!  Su  con- 
fianza era  tan  absoluta,  que  el  oro  ya  obtenido  era  inmedia- 
tamente empleado  en  maquinas  é  instrumentos  destinados  á 
construir  pozos,  abrir  zanjas  y  traer  el  agua  necesaria  que  el 
río  exhausto  se  negaba  á  suministrarlos.  Se  hubiera  dicho  que 
el  precioso  metal,  arrancado  á  la  tierra  por  la  mano  del  hom- 
bre, tenía  prisa  por  volver  á  ella,  sirviéndose  de  los  mismos 
medios  empleados  para  extraerlos. 

Tal  era  la  situación  del  Vado  del  Diablo  el  13  de  Agosto 
de  1868.  Acababan  de  dar  las  doce,  la  hora  más  cálida  de  un 
día  ardoroso.  El  imperceptible  movimiento  del  aire  se  veía, 
más  bien  que  sentirse,  en  la  tenue  cortina  de  impalpable  polvo 
que  se  extendía  por  los  flancos  de  la  montaña,  y  al  través  de 
la  cual  se  dibujaban  vagamente  las  cimas  de  los  pinos.  No  ha- 
bía agua  en  el  arenoso  y  árido  lecho  del  río  que  irradiaba  los 
rayos  de  un  sol  implacable.  De  trecho  en  trecho,  el  tejado  de 
zinc  de  una  cabana  despedía  chispas,  y  las  blancas  tiendas  y 
las  paredes  del  corral  (1)  de  la  mensajería,  deslumhraban  la 
vista.  Desde  hacía  dos  horas  nadie  se  había  aventurado  á  salir 
al  descubierto,  nadie  había  intentado  siquiera  á  atravesar  el 


(1)    En  castellano  en  el  original. 


LA   B«PA*A   MODERNA 


camino  lleno  de  sol  que  corría  entre  las  casas  y  cuyo  polvo  rojo 
parecía  una  brasa.  La  caldeada  madera  de  las  habitaciones 
exhalaba  acres  emanaciones  resinosas.  El  febril  trabajo  de  la 
mina  estaba  paralizado;  palas  y  azadones  permanecían  ocio- 
sos, abandonados  en  la  rica  arena;  los  mismos  mineros,  sucios» 
despechugados,  llenos  de  sudor,  se  tumbaban  á  la  sombra  allí 
donde  la  encontraban,  dejando  que  sus  pipas  se  apagaran  y  la 
conversación  languideciese. 

— Ahí  viene  Fairfax — dijo  de  repente  Dick  Mattingly  con 
penoso  esfuerzo. 

Miraba  hacia  la  vertiente  de  la  montaña  y  acababa  de  ver 
á  un  hombre  que  salía  del  bosque,  y  que  se  detuvo  irresoluto 
ante  el  ancho  espacio  sembrado  de  grava  y  de  trozos  de  mica 
que  le  separaba  del  grupo  echado  á  la  sombra. 

— Va  á  tomar  carrera — añadió  Dick. 

En  efecto;  el  que  llegaba  se  puso  la  blusa  en  la  cabeza, 
tomó  carrera  y,  desafiando  el  ardor  del  sol,  se  dirigió  hacia 
los  mineros.  Estos  comprendieron  perfectamente  aquella  sin- 
gular maniobra;  sabían  todos  que  en  aquella  época  de  calor 
seco  y  tropical,  el  peligro  de  una  insolación  disminuía  cuando 
mediante  un  ejercicio  violento  se  provocaba  una  transpiración 
copiosa.  El  corredor  se  encontró  á  los  pocos  minutos  en  me- 
dio de  sus  compañeros,  sofocado,  chorreando  como  si  hubiera 
pasado  bajo  una  tromba  y  secándose  con  la  blusa  sus  cabellos 
ensortijados  y  su  poblada  y  rizada  barba. 

— Sois  los  primeros  á  quienes  doy  la  noticia,  compañeros 
— dijo  en  cuanto  recobró  el  aliento. — El  ingeniero  que  debe 
dirigir  nuestros  trabajos  llega  en  el  coche  de  las  seis.  Sucede 
un  contratiempo,  el  ingeniero  tiene  dos  hijas  y  ¡el  diablo  me 
lleve!  le  ha  dado  la  ocurrencia  de  traerlas  en  su  compañía. 

— ¡Guasón! — exclamaron  á  coro  los  mineros,  incorporán- 
dose para  mirar  al  que  les  traía  tan  increíble  noticia. 

— Mi  palabra  de  honor,  compañeros.  En  cuanto  lo  supe 
me  lancé  á  la  tienda  del  judío,  en  la  Encrucijada,  y  le  he 
comprado  en  montón  cuanto  tenía  de  trajes  presentables,  an- 


EL   FILÓX   DEL   VADO   DEL   DIABLO 


tes  de  que  nadie  oliese  la  cosa.  He  limpiado  su  comercio.  En 
el  montón  hay  de  todo^  pero  me  ha  parecido  limpio  y  en  buen 
estado;  podrá  uno  presentarse  decentemente  ante  señoras.  He 
dejado  el  paquete  cerca  del  manantial^  al  pie  del  algodonero, 
un  lugar  cómodo  al  que  no  irán  á  husmear.  Podréis  vestiros 
allí  sin  que  os  vean  y  presentaros  con  naturalidad  y  sin  afec- 
tación con  los  trajes  nuevos,  cuando  llegue  la  diligencia.  ¿En- 
tendido? 

— ¿Por  qué  no  nos  has  advertido  antes? — preguntó  Mattin- 
gly  con  cierta  acritud. — Hace  por  lo  menos  una  hora  que  estás 
de  vuelta. 

— He  estado  atareadísimo  para  buscarles  un  alojamiento. 
Se  hubiera  podido  meter  al  viejo  en  cualquier  parte,  pero  con 
muchachas  había  que  tener  más  cuidado;  he  pensado  en  la 
barraca  de  Thompson. 

— ¿De  veras? — exclamó  el  auditorio  con  un  tono  mezcla  de 
incredulidad  y  de  protesta  agresiva. 

— Precisamente.  Tendréis  que  beber  y  fumar  bajo  la  tien- 
da como  en  otro  tiempo.  He  obtenido  de  Thompsom  que  inclu- 
ya en  el  trato  los  dos  espejos  de  marco  dorado  que  cuelgan  de- 
trás del  mostrador,  porque,  ya  veis,  eso  amuebla.  Ya  sabéis 
que  la  barraca  es  una  de  esas  construcciones  que  se  desarman, 
y,  poniéndonos  todos  á  ello,  la  transportaremos  fácilmente 
hasta  el  macizo  de  laureles,  allá  arriba;  subiremos  la  barraca 
adosándola  á  la  vivienda  de  Kearney. 

— ¿Qué  me  cuentas? — exclamó  el  mayor  de  los  Kearney 
con  una  singular  mezcla  de  sorpresa,  de  interés  y  de  íntima 
satisfacción. 

— Sí,  porque  la  tuya  es  la  menos  sucia  por  ser  la  más  mo- 
derna; te  mudarás,  quitaremos  uno  de  los  tabiques,  juntare- 
mos la  barraca  y  formaremos  una  sola  casa.  ¿Comprendéis? 
Habrá  dos  habitaciones:  una  para  el  padre,  la  otra  para  las 
dos  hijas. 

El  estupor  y  el  asombro  del  grupo  habían  insensiblemente 
cedido  á  una  simpática  y  alegre  impaciencia. 


10  LA   ESPAÍSíA   MODERNA 


— ¿Vamos  á  empezar  ahora  mismo  y  á  escape? — preguntó 
Mattingly. 

— A  menos  que  no  vayamos  en  seguida  á  ponernos  nuestros 
nuevos  trajes,  para  estar  preparados — dijo  el  menor  de  los 
Kearney  dirigiendo  una  mirada  expresiva  á  su  pantalón  re- 
mendado.— Di,  FairfaXj  ¿de  qué  tienen  aspecto  esas  jóvenes? 

Los  otros  mineros  rabiaban  por  hacer  la  misma  pregunta, 
pero  se  echaron  á  reir  viendo  el  embarazo  y  el  sofoco  del  que 
se  había  atrevido  á  formularla. 

— Vosotros  mismos  juzgaréis — respondió  Fairfax  con  afec- 
tada indiferencia,  poniéndose  él  también  ligeramente  encar- 
nado.— Pero,  antes  de  pensar  en  acicalarnos,  despachemos  la 
tarea.  ¡En  marcha  á  casa  de  Thompson!  A  esta  hora  no  ha- 
brá nadie  y  nos  llevaremos  el  local.  Tanto  vale  sudar  en  ese 
trabajo  como  permanecer  echados  bajo  este  árbol.  Dejaremos 
por  esta  tarde  el  lavado  del  oro  é  inscribiremos  media  jornada 
solamente.  ¡Menearse,  amigos!  ¿Estamos?  ¡Una,  dos,  tres,  y 
en  marcha! 

Casi  inmediatamente  se  encontró  abandonado  el  árbol  hos- 
pitalario; los  cinco  millonarios  del  Vado  del  Diablo  atravesa- 
ron los  terrenos  abrasados,  desafiando  el  sol,  se  destacaron  un 
instante  en  plena  luz  y  desaparecieron  tras  el  macizo  más 
cercano. 


II 


Seis  horas  después,  cuando  la  sombra  del  Monte  del  Diablo 
se  hubo  extendido  sobre  el  río  y  reinó  por  fin  en  el  llano  una 
relativa  frescura,  la  diligencia  de  los  mineros,  descendiendo 
de  las  cimas,  llegó  igualmente  á  bañar  su  vaca  abrasada  en  la 
sombra  descendente.  Entre  los  viajeros  cubiertos  de  polvo  se 
destacaban  los  frescos  y  bonitos  rostros  de  las  dos  hijas  de 
Felipe  Carr,  el  ingeniero  de  las  minas.  Sus  miradas  inquietas 
buscaban  curiosamente  por  la  portezuela  el  sitio  de  su  nueva 


EL   FILÓN   DEL    VADO    DEL   DIABLO  11 

instalación;  se  esforzaban,  á  cada  revuelta  del  tortuoso  cami- 
no, en  encontrar  en  el  valle,  allá  abajo,  el  pequeño  campa- 
mento, que  aparecía  y  desaparecía  alternativamente.  Ellas 
cambiaban  una  rápida  mirada  de  decepción  burlona  al  aspec- 
to de  aquellos  terrenos  estériles  salpicados  de  feas  excrecen- 
cias que  lo  mismo  podían  ser  montones  de  piedra  y  grava, 
como  habitaciones.  ¿Era  aquel  el  término  desconsolador  de  su 
viaje  á  través  de  los  grandiosos  paisajes  que  acababan  de  cru- 
zar? ¿el  grotesco  fin  alcanzado  tras  las  ilusorias  promesas  de 
profundos  desfiladeros,  exuberantes  valles,  salvajes  quebra- 
das? Singularmente  afectadas  ya  por  aquel  triste  paisaje,  las 
viajeras  se  vieron  atacadas  por  una  risa  nerviosa  cuando  el 
coche  salvó  bruscamente  el  último  recodo  y  apareció  ante  ellas 
la  fealdad  monótona  del  llano,  lleno  de  pozos,  surcado  por 
zanjas.  Bajo  pretexto  de  preservarse  del  fino  polvo  levantado 
por  las  ruedas,  se  taparon  vivamente  la  cara  con  los  pañuelos. 
Su  padre,  afortunadamente,  absorto  en  un  estudio  científico  y 
satisfactorio  de  la  topografía  y  de  los  recursos  del  lugar  de  sus 
trabajos  futuros,  no  observó  aquella  demostración  hostil.  Úni- 
camente se  vio  en  la  necesidad  de  darse  cuenta  del  hecho, 
cuando  el  vehículo  se  detuvo  ante  la  informe  construcción 
adornada  con  un  letrero  que  ostentaba  estas  palabras:  «Hotel 
y  oficinas  de  la  Mensajería.» 

— Imposible  pensar  el  quedarse  aquí,  papá — dijo  Cristina 
Carr  con  decisión  meneando  su  bonita  cabeza; — supongo  que 
lo  comprenderás  así. 

Carr  contempló  el  edificio  que  tenía  aspecto  de  taberna. 

— Sin  duda — se  apresuró  á  decir  Carr; — habrá  que  avisar. 
No  pretendo  afirmar  que  esto  se  presente  bien.  Sin  embargo, 
he  avisado  á  Fairfax  nuestra  llegada.  Debía  haber  alguien 
aquí  para  recibirnos. 

— Pues  ese  alguien  no  está — exclamó  Jesusa  Carr  indig- 
nada. —Más  aún,  los  individuos  que  rondaban  por  aquí  han 
escapado  como  liebres  en  cuanto  hemos  bajado  del  coche. 

Decía  la  verdad.  Un  pequeño  grupo  de  desocupados  para- 


12  LA    ESPAÑA    MODERNA 


do  ante  las  oficinas,  se  había  dispersado  como  por  encanto: 
un  individuo  con  camisa  roja  huía  por  un  estrecho  corredor; 
un  par  de  botas  altas  y  una  blusa  azul  desaparecían  tras  una 
pared  cercana;  una  cabeza  rubia  y  rizada  se  retiraba  brusca- 
mente de  una  ventana  sin  cristales.  La  misma  taberna  pare- 
cía desierta,  aunque  una  puerta  perdida  en  el  fondo  de  la  som- 
bra rechinó  misteriosamente.  La  diligencia,  llevándose  á  los 
demás  viajeros,  se  había  puesto  de  nuevo  en  marcha. 

— Yo  estaba  seguro  de  que  Fairfax  me  comprendió  cuando 
le... — empezó  á  decir  Carr. 

Una  exclamación  ahogada  de  Jesusa,  que  miraba  al  extre- 
mo del  camino,  y  una  presión  muda  de  los  dedos  de  Cristina 
sobre  su  brazo,  le  cortaron  la  palabra. 

— ¿Qué  es  eso? — dijo  Jesusa  en  voz  baja  á  su  hermana. — 
¿Saltimbanquis,  ó  qué? 

Los  cinco  millonarios  del  Vado  del  Diablo  acababan  de 
desembocar  en  el  camino  y  avanzaban  en  fila.  Bastaba  una 
sola  ojeada  para  comprobar  que  se  habían  puesto  los  trajes 
comprados  en  bloque  por  Fairfax;  además,  todos  se  habían 
lavado  y  peinado,  y  dos  ó  tres  estaban  recién  afeitados.  El 
conjunto  era  estrambótico.  Por  una  feliz  inspiración  personal, 
Dick  Mattingly  era  el  único  que  hubo  aspirado  á  un  traje 
completo;  pero  este  traje  todo  negro,  aunque  animado  por 
una  corbata  de  color  de  naranja  y  un  alto  sombrero  gris,  era 
mu}^  fúnebre.  Joe  de  Maryland  se  había  encapillado  un  gabán 
de  verano  de  color  amarillo  claro  que  llevaba  muy  abierto,  á 
fin  de  lucir  la  pechera  de  una  camisa  bordada  y  dejar  todo  su 
valor  á  un  pantalón  de  hilo  que  caía  sobre  escarpines.  Los 
hermanos  Kearney  se  habían  repartido  otro  traje:  el  mayor 
llevaba  una  levita  azul  entallada  y  un  pantalón  de  dril  de  ra- 
yas rosa;  el  menor  se  había  adjudicado  el  pantalón  pertene- 
ciente á  la  levita  y  lo  había  completado  con  una  americana 
de  alpaca  negra  y  un  sombrero  flexible.  Fairfax,  con  su  des- 
interés habitual,  se  había  contentado  con  la  blusa  azul  de  un 
obrero  francés  y  un  pantalón  blanco.   Si  los   cinco  asociados 


EL   FILÓN    DEL   VADO   DEL   DIABLO  13 

habieran  tenido  conciencia  de  lo  absurdo  de  sii  aspecto,  hu- 
bieran sido  ridículos;  pero  en  sus  rostros  no  se  leía  más  que 
una  franca  satisfacción  y  una  bienvenida  cordial. 

Se  pararon  ante  Carr,  se  quitaron  de  común  acuerdo  sus 
grotescos  cubrecabezas  y  esperaron  en  silencio  á  que  Fairfax 
se  adelantase  para  presentarles  individualmente  al  ingeniero. 
Jesusa  procuró  disimular  una  sonrisa;  Cristina  se  irguió  alti- 
vamente y  miró  al  vacío. 

— ¡La  hemos  fastidiado  con  faltar  al  coche!...  Es  decir^ 
nuestra  intención  era  la  de  esperar  á  usted,  así  como  á  estas 
señoras,  en  el  último  recodo — dijo  Fairfax  dirigiéndose  al  in- 
geniero y  procurando  corregir  su  lenguaje. — Esto  les  hubiera 
evitado  el  aburrimiento,  quiero  decir,  el  cansancio  de  subir 
hasta  su  casa. 

— ¿Hay,  pues,  una  casa? — exclamó  Jesusa  con  un  suspiro 
de  satisfacción  de  una  franqueza  indiscreta. 

— Sí,  una  casa  tal  cual — respondió  Fairfax  no  sin  vacilar, 
mirando  con  ansiedad  los  vaporosos  y  elegantes  trajes  de  las 
jóvenes  y  dirigiendo  una  ojeada  inquisitorial  á  dos  inmensos 
cofres. — Me  temo  que  no  sea  muy  buena  para  ustedes.  Pero 
no  es  más  que  provisional.  ¿Quieren  hacernos  el  honor  de  que 
les  guiemos? 

La  comitiva  se  puso  en  marcha.  Carr,  preocupado  única- 
mente por  el  negocio  que  le  había  traído,  se  apoderó  de  Fair- 
fax y  se  puso  á  desarrollarle  sus  proyectos  para  la  explotación 
de  la  mina,  deteniéndose  de  cuando  en  cuando  para  examinar 
el  trabajo  realizado  y  el  terreno  de  sus  futuras  operaciones. 
Fairfax,  interiormente  aliviado  por  verse  así  dispensado  de  un 
servicio  más  delicado  cerca  de  las  hijas  del  ingeniero,  echaba, 
sin  embargo,  paternales  ojeadas  sobre  sus  compañeros  para 
ver  cómo  se  comportaban  con  las  jóvenes.  Cada  uno  cogió  una 
de  las  asas  de  los  mundos.  Este  empleo  no  dejaba  el  campo  li- 
bre á  diálogos  animados;  pero,  á  juzgar  por  sus  rostros  ra- 
diantes, ninguno  de  ellos  parecía  quejarse.  La  necesidad  de 
cambiar  de  mano  y  de  asa  hacía  que  los  caballeros  alternaran 


14  LA   ESPAÑA   MODERNA 


al  lado  de  cada  señorita;  sin  embargo,  el  menor  de  los  Kear- 
ney,  á  fin  de  proseguir  una  conversación  entablada  con  Jesu- 
sa, retuvo  tan  obstinadamente  el  puesto  que  le  acercaba  á  su 
interlocutora,  que  su  mano  se  hinchó  y  su  brazo  se  puso  dolo- 
rido sin  que  quisiera  notarlo. 

Por  su  parte,  Dick  Mattingly  se  animó  hasta  dar  algunos 
informes  explicativos  á  Cristina. 

— El  hecho  es — dijo — que  la  única  cosa  que  rueda  aquí  es 
un  carro  con  una  muía;  y  esta  tarde  las  bestias  están  ocupa- 
das en  acarrear  grava,  sin  lo  cual  les  hubieran  llevado  á  uste- 
des hasta  la  barraca,  es  decir,  la  casa.  Pero  denos  usted  quin- 
ce días  solamente  para  que  hayamos  realizado  nuestro  oro  y 
la  proporcionaremos  un  vehículo  de  primera,  una  carretela 
que  les  llevará  adonde  quieran;  á  no  ser  que  prefiera  usted  un 
lando.  Antes  de  un  mes  les  proporcionaremos  una  casa  donde 
gusten.  No  tardaremos,  no,  á  menos  que  no  quieran  ustedes 
una  casa  de  ladrillos,  porque  en  este  caso  habrá  que  traerlos 
de  la  Granja  y  esto  llevará  tiempo... 

A  pesar  de  su  irritación  creciente,  y  aunque  no  compren- 
diese bien  todo  lo  que  decía  Mattingly,  la  joven  comprendió 
suficientemente  el  discurso;  miró  altivamente  á  su  acompa- 
ñante, y  le  respondió  con  un  tono  glacial  que  no  se  preocupa- 
se del  porvenir,  por  cuanto  ella  no  contaba  imponerle  por  mu- 
cho tiempo  su  presencia. 

— Ya — dijo  él, —  ya  se  le  pasará  á  usted.  Lo  mismo  me  su- 
cedió á  mí  cuando  llegué. 

La  afirmación  de  Mattingly  exasperó  á  Cristina,  tanto  más 
cuanto  que  no  podía  desconocer  por  completo  la  benévola  in- 
tención del  joven,  el  cual  añadió: 

— Hasta  que  no  se  haya  aclimatado  usted,  todo  le  parecerá 
salvaje  é  inhospitalario.  Gritará  usted,  jurará,  maldecirá... 

De  repente  se  calló,  lleno  de  confusión  y  de  temor. 

Sin  dejar  á  Cristina  tiempo  para  contestar,  Joe  de  Mary- 
land  acudió  contacto  en  ayuda  de  su  hermano,  le  obligó  á  cam- 
biar de  mano  con  él  y  se  puso  al  lado  de  la  joven  ofendida. 


EL  FILÓN  DEL  VADO  DEL  DIABLO  15 

— No  se  enfade  con  Dick — le  dijo  casi  al  oído,  riendo, — 
pues  de  lo  contrario,  se  irá  avergonzado  á  colgarse  de  la  pri- 
mera rama. — Está  lleno  de  buenas  intenciones;  pero  ya  ve 
usted,  como  no  hablamos  más  que  entre  nosotros,  ha  perdido 
uno  la  costumbre  de  expresarse  delante  del  bello  sexo.  Va  á 
hacer  cuatro  años  que  no  se  ha  encontrado  en  presencia  de  una 
verdadera  señorita. 

Cristina  no  respondió.  La  risa  argentina  y  alegre  de  su 
hermana,  que  había  tomado  la  delantera  con  los  hermanos 
Kearney,  llegaba  hasta  ella  como  una  censura  y  hacía  que  es- 
tuviera completamente  fuera  de  lugar  la  reserva  con  la  cual 
intentaba  reprimir  la  familiaridad  de  sus  acompañantes. 
— ¿Conoce  usted  muchas  óperas,  señorita? 
Ella  miró  el  rostro  de  adolescente  tostado  por  el  sol,  la 
franca  fisonomía  del  hombre  que  le  hablaba  así,  y  vaciló. 
Después  de  todo,  ¿para  qué  aumentar  las  contrariedades  que 
la  molestaban  tomando  por  lo  trágico  á  aquel  ser  incons- 
ciente? 

— ¿En  qué  sentido? — dijo  ella. 

— Pues  para  tocarlas  en  el  piano.  No  se  encuentran  pianos 
sino  en  Sacramento,  pero  creo  que  podremos  traer  uno  de  aquí 
al  jueves  próximo.  ¿No  le  serviría  á  usted  de  nada  un  acordeón? 
Kearney  posee  uno. 

Para  sustraerse  al  probable  ofrecimiento  del  acordeón, 
Cristina  se  apresuró  á  contestar: 

— Me -parece  sumamente  difícil  transportar  un  piano  por 
estas  montañas. 

— Sin  embargo,  hemos  traído  un  billar  de  Stockton — se 
atrevió  á  decir  tímidamente  Dick  Mattingly  desde  el  otro  ex- 
tremo del  cofre, — lo  trajeron  las  muías,  y  no  veo  por  qué... 
Se  calló  ante  una  mirada  de  su  hermano;  después  añadió: 
— Sí,  bien  sé  que  un  piano  es  más  frágil,  más  delicado  y 
todo  lo  demás;  pero  podría  probarse. 

— Fairfax  ha  asegurado  que  tendría  uno,  luego  la  cosa  es 
posible — dijo  Joe. 


16  LA    ESPAÍ^A   MODERNA 


— ¿Es  músico? — preguntó  Cristina. 

— ¡Sí  lo  es!  Apueste  usted  por  él  sin  vacilar — exclamó  Joe 
olvidándose  de  su  comedimiento  en  su  entusiasmo. — Maneja  á 
Mozart  y  á  Beethoven  como  un  condenado  y  daría  que  hacer 
á  una  orquesta. 

Por  fin  llegó  el  grupo  al  linde  de  un  bosque  de  pinos.  En 
este  lugar  el  terreno  había  sido  ligeramente  nivelado,  y  bajo 
la  sombra  de  un  árbol  gigantesco  se  veían  las  dos  habitacio- 
nes reunidas.  No  se  había  tratado  de  disimular  el  punto  de 
intercesión  de  la  cabana  de  Kearney  y  el  barracón  trasplan- 
tado de  Thompson.  La  cabana,  transformada  en  sala  común, 
ocupaba  toda  la  extensión  de  la  choza  del  minero  y  contenía, 
además  de  los  utensilios  más  indispensables  de  un  ajuar,  una 
cama  de  campaña  para  Carr;  la  otra  porción  quedaba  por  com- 
pleto á  disposición  de  las  jóvenes  como  alcoba  y  gabinete. 

Los  acompañantes  explicaron  como  pudieron  el  uso  y  em- 
pleo de  los  diferentes  objetos  contenidos  en  la  primera,  medio 
satisfechos,  medio  avergonzados  de  la  instalación;  y  cuando 
las  dos  jóvenes  franquearon  el  umbral  de  la  habitación  que  les 
estaba  destinada,  se  retiraron  discretamente. 

La  muchacha  más  casta  no  está  nunca  á  la  altura  de  la  refi- 
nada delicadeza  de  un  joven  en  sus  comunes  relaciones,  cuando 
éste  ha  conservado  el  puro  y  profundo  respeto  de  la  mujer. 

La  instalación  del  segundo  cuarto  era  verdaderamente  cu- 
riosa, y  no  carecía,  sin  embargo,  de  gusto  y  originalidad.  El 
antiguo  mostrador  blanco  y  dorado  del  establecimiento  de 
Thompson,  dividido  en  dos  partes  colocadas  en  sitios  opues- 
tos, no  representaba  demasiado  mal  el  papel  de  mesas  de  to- 
cador; enormes  ramos  de  azaleas  recién  cortadas  ocultaban  los 
groseros  cacharros  que  las  sostenían  y  daban  á  las  mesas  cier- 
to aspecto  de  altar.  El  enorme  espejo  que  adornó  el  mostrador 
colgaba  aún  de  una  de  las  paredes,  pero  lo  habían  decorado 
con  restos  de  los  emblemas  patrióticos  que  sirvieron  para  la 
fiesta  nacional.  A  cada  lado  de  la  puerta  se  alzaban  dos  camas 
altas  y  estrechas  cubiertas  por  blanquísima  tela. 


EL   FILÓN  DEL   VADO   DEL   DIABLO  17 


Las  dos  hermanas  examinaban  curiosamente  aquellos  le- 
chos, cuando  Carr,  que  entró  en  el  cuarto,  se  adelantó  á  sus 
}>reguntas. 

— A  propósito.  Esos  señores  me  han  confesado  que  no  exis- 
tían colchones  en  toda  la  colonia,  en  vista  de  lo  cual  han  lle- 
nado de  heno  seco  y  limpio  unos  sacos  de  harina  j  los  han  cu- 
bierto con  media  docena  de  mantas.  Esperan  que  os  conten- 
taréis con  ello  hasta  que  su  mensajero,  que  marcha  esta  noche, 
pueda  regresar  con  ropa  de  cama  más  ortodoxa. 

Jesusa,  con  su  impetuosa  travesura,  se  precipitó  á  una  de 
las  camas  para  asegurarse  de  la  veracidad  de  aquella  explica- 
ción. 

— ¡Pues  sí  es  verdad,  Cristina! — exclamó  riendo  á  carcaja- 
das;— ¡tres  sacos  cada  una!  Pero,  chica,  estoy  celosa;  los  tuyos 
llevan  la  marca  «superfino»,  los  míos  «ordinario». 

Carr  observaba  con  inquietud  la  fisonomía  de  su  hija 
mayor. 

— Está  bien — dijo  ella  secamente. — Está  en  relación  con  lo 
demás. 

— Estoes  sólo  provisional,  el  primer  momento,  ¿sabes? — re- 
plicó Carr  mirando  hacia  la  puerta,  ese  eterno  refugio  de  las 
debilidades  masculinas  frente  á  una  tempestad  domestica. — 
Voy  á  ver  lo  mejor  que  se  pueda  hacer — añadió  dirigiéndose 
imperceptiblemente  hacia  la  salida  y  la  libertad. — Y  además 
tengo  precisión  de  hablar  con  Fairfax. 

— ¡Un  instante,  papá! — dijo  Cristina. — ¿Sabía  usted,  antes 
de  venir  aquí,  á  qué  lugar  nos  traía  y  entre  qué  gentes? 

— Claro  que  sí,  sin  duda...  ¿Por  qué  se  te  ocurre  eso?  Co- 
nocía la  conformación  geológica  del  suelo.  Me  he  enterado  de 
ios  informes  de  Pairfax  y  de  sus  asociados  antes  de  aceptar  la 
dirección  de  los  trabajos.  Te  aseguro  que  se  puede  hacer  una 
fortuna.  Mis  condiciones  son  precisas,  recabo  la  mitad  de  los 
beneficios. 

— ¿Cómo?  ¿No  se  ha  asegurado  usted  honorarios  fijos;  no 
tiene  usted  sueldo? — preguntó  Cristina  con  ademán  resignado. 
l£,lí.— Agosto   1902,  2 


18  LA   ESPAÑA   MODERNA 


— No  soy  un  peón,  Cristina,  un  obrero  asalariado — replio* 
Carr. — No  deberías  obligarme  á  recordártelo. 

— Pues  los  hombres  asalariados,  el  Intendente  y  sus  obre- 
ros fueron  los  únicos,  si  bien  me  acuerdo,  que  sacaron  alguna 
ganancia  de  la  última  empresa  de  usted  en  la  granja  con  el 
coronel  Walker.  Y  allí,  al  menos,  estábamos  en  un  medio  ci- 
vilizado. 

— Esos  jóvenes  no  son  hombres  del  común,  Cristina,  aun- 
que se  hayan  olvidado  momentáneamente  de  las  elegancias  de 
las  costumbres  y  del  lenguaje;  son  caballeros. 

— Que  se  acomodan  á  vivir  como  salvajes. 

— Vaya,  vosotras  dos  haréis  de  ellos  lo  que  queráis. 

Cristina  miró  á  su  padre. 

La  entonación  dada  á  la  última  frase  la  desagradó. 

— Quiero  decir — se  apresuró  á  añadir  aquél — que  mientras 
yo  corrijo  las  faltas  de  trabajo  y  de  material,  vosotras  podéis 
guiar  la  vida  de  esos  jóvenes  por  una  senda  más  regular.  A  fal- 
ta de  cosa  mejor,  eso  os  entretendrá. 

Un  incidente  vino  á  favorecer  la  evasión  de  Carr  y  á  de- 
tener en  los  labios  de  su  hija  mayor  una  viva  respuesta;  Je- 
susa, que  acababa  de  pasar  revista  á  todos  los  detalles  del 
mueblaje,  entró  de  repente  y  se  mezcló  en  la  conversación. 

— Va  á  ser  una  partida  de  campo  perpetua,  una  verdadera 
jira — exclamó  riendo. — Jorge  Kearney  ha  prometido  estable- 
cernos una  hornilla  en  un  árbol;  y  como  de  aquí  á  tres  íaesee 
no  caerá  ni  una  gota  de  agua,  cocinaremos  al  aire  libre;  de 
esta  manera  tendremos  más  sitio  aquí  para  el  piano...  cuando 
llegue.  Una  india  vieja  vendrá  todos  los  días  para  los  queha- 
ceres. Va  á  ser  muy  divertido,  querida. 

Inútil  es  decir  que  Carr  había  aprovechado  el  incidente 
para  desaparecer. 

Cuando  las  dos  hermanas  se  quedaron  solas,  Cristina  se 
puso  á  deshacer  el  mundo  y  á  arreglar  de  la  mejor  manera 
posible  los  efectos  que  sacaba.  Jesusa  dijo  con  voz  acaricia- 
dora: 


EL   FILÓN   DEL   VADO   DEL   DIABLO  19 

— Vamos,  querida,  conven  en  que  no  están  tan  mal. 
— ¿Quiénes? 

— Pues  los  Kearney,  los  Mattingly,  Fairfax  y  compañía. 
Te  concedo  que  no  hay  que  fijarse  en  su  indumentaria.  Pero 
figúrate  que  me  han  contado — porque  lo  dicen  todo  con  una 
extraordinaria  franqueza — que  se  han  puesto  esos  atavíos  úni- 
camente para  agradarnos.  Han  comprado  en  masa  toda  la  pa- 
cotilla de  un  tendero  de  la  granja.  Según  como  hablan  esos 
hombres  singulares,  parecen  Astor  ó  Rotschild.  El  pequeño, 
con  los  cabellos  ensortijados,  y  que  á  pesar  de  su  bigo tillo  no 
pareee  tener  diez  y  siete  años ,  asegura  gravemente  que  va  á 
construir  un  salón  de  baile  y  darnos  una  fiesta  el  mes  próxi- 
mo. Un  instante  después  se  excusaba  por  no  poder  proveernos 
de  leche,  á  causa  de  que  no  hay  una  gota  en  el  país,  y  me 
aconsejaba  que  echase  melaza  en  el  té. 

— ¿Dónde  se  encuentran  todas  esas  fabulosas  riquezas? — 
preguntó  Cristina  procurando  sonreír  ante  la  charla  de  su  her- 
mana . 

— Aquí,  bajo  nuestros  pies,  querida,  y  á  todo  lo  largo  del 
río.  ¡Figúrate!  Lo  que  tomábamos  por  barro  sucio,  es  lo  que 
ellos  llaman  «aluvión  aurífero». 

— Eso  explica  el  por  qué  no  quieren  ni  cepillarse  los  pan- 
talones ni  limpiarse  las  botas;  no  quieren  perder  nada  de  ese 
precioso  barro.  ¿Le  han  convertido  alguna  vez  en  moneda? 

— ¡Pues  claro  que  sí!  Esa  vía  estrecha  que  hemos  visto  á 
lo  largo  del  camino,  les  ha  costado,  según  me  han  dicho,  cer- 
ca de  60.000  dollars,  y  á  papá  le  parece  mal,  dice  que  no  vale 
nada,  y  va  á  construir  otra. 

Un  suspiro  de  impaciencia  de  Cristina  hizo  alzar  los  ojos  á 
Jesusa.  Yió  á  su  hermana  de  pie,  inmóvil,  con  las  cejas  frun- 
cidas. 

— No  te  atormentes — dijo  Jesusa. — Comprendo  que  no  es 
esto  muy  atractivo,  que  esperabas  otra  cosa;  pero,  créeme,  ya 
nos  arreglaremos  hasta  el  día  en  que  papá  se  haga  rico.  Irá  á 
medias  en  la  empresa. 


20  I.A    ESPAÑA  MODERNA 


— Me  parece  que  ya  va — dijo  Cristina  amargamente,  miran- 
do en  torno  de  ella. — Lo  ha  puesto  todo  á  medias  con  estos 
liombres:  nuestras  vidas,  nuestros  gustos,  hasta  nosotras 
mismas. 

— Pudiera  ser — dijo  Jesusa  distraídamente. — Pues  sí,  hasta 
esto — añadió  con  tono  de  broma  mostrando  en  la  palma  de  su 
manecita  abierta  un  par  de  dados. — Los  he  encontrado  en  el 
cajón  de  nuestra  mesa. 

— ¡Tíralos!  — exclamó  imperiosamente  la  hermana  mayor. 

Jesusa  cerró  la  mano. 

— ¡De  ninguna  manera!  Se  los  daré  al  pequeño  Kearney. 
Son,  probablemente,  sus  juguetes. 

Sin  embargo,  la  presencia  de  aquellos  dados  había  sacado 
á  Cristina  de  su  melancólica  apatía. 

— Jesusa — dijo, — busquemos  á  ver  si  hay  algo  más. 

Juntas  exploraron  las  dos  habitaciones;  encontraron  tres  ó 
cuatre  libros,  un  tomo  falto  de  páginas  de  Thackeray,  otro  de 
Dickens  y  un  cuaderno  lleno  de  notas. 

— Esto  es  latín — dijo  de  repente  Jesusa,  sacando  un  volu- 
men más  pequeño. — No  entiendo  una  palabra. 

— Mejor — dijo  Cristina. — Vuelve  á  ponerlo  donde  estaba. 

Jesusa  colocó  de  nuevo  el  libro  en  su  escondite,  y  continuó 
la  investigación. 

— ¡Mira,  Cristina!...  ¡cartas  atadas  con  una  cinta! 

Era,  en  efecto,  un  paquete  de  cartas  de  una  letra  fina  y 
cuidada,  que  exhalaban  un  vago  perfume  de  elegancia,  mez- 
clado al  de  las  flores  marchitas  que  aparecían  entre  las  pági- 
nas. Jesusa  añadió: 

— Distingo  estas  tres  palabras:  «Mi  querido  Fairfax.»  Son 
de  nna  mujer. 

— Una  mujer  que  no  debe  valer  gran  cosa — dijo  desdeño- 
samente Cristina,  colocando  el  paquete  en  su  sitio. 

— Lo  mismo  opino — repuso  Jesusa. 

Sin  embargo,  con  la  eterna  inconsecuencia  femenina,  el 
incidente  de  las  cartas  hizo  que  pensaran  las  jóvenes  en  el 


EL   FILÓN   DEL   YADO   DEL   DIABLO  21 

destinatario  de  aquella  correspondencia;  cuando  estuvieron  en 
su  cuarto,  dijo  Cristina  á  su  hermana: 

— ¡Mira  que  llamar  á  un  hombre  por  su  apellido  cuando  se 
le  hace  preceder  de  un  epíteto  amoroso!  ¿Te  representas  tú  á 
nuestra  madre  esoribieudo  á  papá:  «Mi  querido  Carr»? 

— Pero  si  Fairfax  no  es  apellido — replicó  Jesusa. — Es  nom- 
bre de  pila.  No  me  acuerdo  del  apellido,  porque  todo  el  mun- 
do le  llama  aquí  Fairfax. 

— ¿Y  pretendes  decirme — exclamo  Cristina  con  los  ojos  re- 
lampagueantes y  vibrante  la  voz — que  esos  hombres  se  ima- 
ginan que  van  á  imponernos  esa  insolente  familiaridad?  ¡No 
les  falta  más  que  llamarnos  á  nosotras  de  la  misma  manera! 

— Ya  lo  han  hecho — dijo  maliciosamente  Jesusa, 

— ¿De  veras? 

— Me  han  llamado  Jesusa,  y  Kearney,  el  pequeño,  ya  sa- 
bes, me  ha  preguntado  si  Cristina  tocaba  el  piano. 

— ¿Y  le  has  respondido? 

— Sí — dijo  Jesusa  con  naturalidad. — ¿Estás  de  broma,  no 
es  verdad? — Vamos — añadió  cambiando  de  tono, —  ¿qué  quie- 
res que  hiciera?  No  podía  pulverizarle,  y  además  lo  decía  con 
absolusa  ingenuidad. 

Cristina  se  calló.  Había  vuelto  á  caer  en  su  abatimiento 
y  demostraba  en  todo  lo  que  hacía  una  especie  de  tácita  pro- 
testa que  revelaba  claramente  que  no  esperaba  nada  del  por- 
venir. (Jarr,  que  había  comido  con  sus  nuevos  socios,  volvió 
tarde;  vino  cargado  de  papeles  y  dibujos,  que  se  puso  á  estu- 
diar después  de  entregar  á  sus  hijas  un  misterioso  paquete  que 
los  mineros  le  habían  dado  para  ellas.  Contenía  el  envoltorio 
una  cuchara  y  un  servilletero  de  plata,  que  Jesusa  consideró 
desde  luego  como  pertenecientes  á  la  infancia  del  joven  Kear- 
ney, lo  que,  después  de  todo,  parecía  probable. 

Las  dos  hermanas  se  retiraron  temprano,  y  Jesusa  no 
tardó  en  dormirse.  Cristina  no  dormía,  escuchaba  los  gemidos 
del  viento  en  el  exterior;  no  era  el  fresco  y  suave  murmullo 
del  crepúsculo,  sino  el  poderoso  hálito  nocturno  de  la  monta- 


22  LA   ESPAÑA   MODERNA 


ña.  Unas  veces,  la  frágil  construcción  temblaba  y  crujía,' 
otras,  una  ráfaga  saturada  de  las  fuertes  emanaciones  resino- 
sas del  bosque,  entraba  por  entre  las  paredes  mal  unidas  é  iba 
á  acariciar  las  mejillas  de  la  joven.  De  ésta  se  apoderó  un  vago 
ensueño;  el  pasado  se  presentaba  ante  ella  con  sus  reminiscen- 
cias confusas;  el  estremecimiento  de  los  pinos  evocaba  en  ella 
ecos  de  otros  tiempos,  palabras  olvidadas,  frases  familiares, 
mientras  que  el  viento  de  la  noche  depositaba  en  su  frente 
un  beso. 

Volvió  á  ver  á  su  madre,   pobre  mujer  pálida  y  silenciosa  ^ 
que  se  separó  un  día  de  las  arriesgadas  especulaciones   de  su 
marido  para  aventurarse  al  través  de  la  tumba  en  una  especu- 
lación más  arriesgada  todavía.  Cristina  había  jurado  reempla- 
zarla al  lado  de  su  padre.  La  brisa  le  traía  desde  el  triste  ce- 
menterio y  desde  la  tumba  abandonada  de  la  muerta,    el  eco 
desús  últimas  palabras:   «¡Vela  por  él,  hija  mía!»   Y  ella  se 
decía  que  había  cumplido  fielmente  su  promesa.  Pero  "pensaba 
con  amargura  que  su  abnegación,  sus  sacrificios,  habían  sido 
estériles;  no  había  conseguido  prevenir  las  decepciones,  evitar 
los  peligros,  á  los  que  la  había  expuesto  la  fogosa  imaginación 
de  su  padre.  Se  compadecía  de  él,   que  dormía  allí  en  la  habi- 
tación contigua,  dispuesto  á  consagrarse  á  una  nueva  empre- 
sa; comprendía  que  la  prevención  con  la  cual  ella  condenaba 
de  antemano  la  nueva  tentativa,  era  no  menos  absoluta  y  po- 
día ser  no  menos  nociva  que  las  ilusiones  entusiastas  del  inge- 
niero. Comprendía  también  que  cada  día  perdía  más  la  influen- 
cia que  ejerciera  sobre  el  espíritu  de  su  padre.  Convencida  de 
los  inconvenientes  que  había  producido  la  sumisión  pasiva  de 
su  madre,  se  había  convertido  en  un  censor  severo  é  implaca- 
'ble  de  los  proyectos  de  su  padre;  semejante  actitud  tuvo   por 
resultado  suscitar  la  desconfianza  de  aquél,  el  cual  poco  á  poco 
dejaba    de  consultarla.   Hasta    empezaba  á  engañarla  como 
nunca  hubo  engañado  á  su  mujer;  la   aturdida  Jesusa  sabía 
más  que  su  hermana   en  lo  concerniente  á  aquella  nueva  em- 
presa. 


EL   FILÓN   DEL   VADO    DEL    DIABLO  23 

Tales  pensamientos  no  eran  propios  para  calmar  á  Cristi- 
na. Era  ya  más  de  media  noche  cuando  le  pareció  que  el  vien- 
to caía.  Había  refrescado  con  su  aliento  el  abrasado  suelo;  el 
equilibrio  de  la  Naturaleza  estaba  restablecido;  una  bruma  va- 
porosa se  extendía  sobre  el  lecho  del  río;  una  quietud  más  pe- 
nosa, más  enervante  que  el  anterior  tumulto,  flotaba  sobre  la 
casa  y  sobre  el  bosque.  Cristina  escuchaba  la  respiración  re- 
gular de  los  durmientes;  le  parecía  que  llegaban  hasta  ella  las 
pulsaciones  de  la  lejana  vida  del  campamento.  El  ladrido  de 
■an  perro,  un  rumor  confuso,  el  vago  murmullo  de  un  hilo  de 
agua,  todos  los  ruidos  fantásticos  de  la  noche,  acentuaban  el 
profundo  silencio.  Excitada  por  el  insomnio,  la  joven  se  levan- 
tó, se  vistió  de  prisa,  se  echó  un  abrigo  y  pasó  á  la  sala 
común.  Se  deslizó  sin  hacer  ruido  para  no  despertar  á  su  pa- 
dre, descorrió  el  cerrojo  de  la  puerta  y  salió  fuera. 

Cuando  recorrió  aquella  tarde  el  camino  que  conducía  á  su 
morada,  situada  en  el  lindero  del  bosque,  la  cólera  y  el  despe- 
Gho  la  habían  impedido  observar  el  sitio  en  que  se  encontraba. 
Después,  ni  siquiera  había  pensado  en  mirar  per  la  puerta  ó 
por  la  ventana.  El  espectáculo  que  entonces  se  ofreció  ante  su 
vístala  cautivó;  fue  una  revelación,  una  censura.  La  luna  aca- 
baba de  levantarse  sobre  el  horizonte;  su  argentada  luz  brilla- 
ba sobre  la  presa  espumosa  del  río  que  corría  á  los  pies  de  la 
joven;  la  cima  del  Monte  del  Diablo,  bañada  por  azuladas  cla- 
ridades, aparecía  no  ya  como  la  masa  sombría  y  confusa  que 
Cristina  había  creído  ver,  sino  con  el  sublime  amontonamien- 
to de  sus  mesetas,  de  sus  barrancos  y  de  sus  picachos  con  in- 
decible esplendor.  La  mágica  luz  parecía  surgir  misteriosa- 
mente del  cauce  del  río,  y  trepando  por  las  alburas  de  la  mon- 
taña iba  á  perderse  en  la  blancura  de  las  primeras  nieves. 
Detrás  d©  la  joven,  por  encima  de  ella,  el  sombrío  bosque  pa- 
recía tenderle  los  brazos  para  atraerla  á  sus  profundidades,  y 
la  casita  desaparecía  casi  en  la  grandiosidad  del  paisaje.  Cris- 
tina no  distinguía  ningún  signo  de  vida  ó  de  habitación;  bus- 
caba en   vano  el  campamento,  las  groseras  zanjas,  los  infor- 


24  LA   ESPAÑA   MODERIÍA 


mes  montones  de  tierra,  las  miserables  cabanas.  En  el  encan- 
tamiento de  la  luz  de  la  luna,  todo  había  desaparecido  bajo  un 
velo  de  vapores  de  un  gris  luminoso. 

Sobrecogida  por  una  dolorosa  angustia  ante  aquel  silencio 
y  aquella  soledad,  Cristina  se  volvió  á  la  morada  en  la  quero- 
posaban  su  padre  y  su  hermana,  todo  cuanto  le  quedaba  como 
afecciones  vivas  en  medio  de  aquella  imperiosa  invasión  de  su 
alma,  por  el  espectáculo  de  las  montañas,  del  bosque  y  del 
cielo.  Pero  la  desesperación  producida  por  aquella  soledad 
profunda  no  tardó  en  borrarse.  Experimentó  una  inefable  sen- 
sación de  confianza  y  seguridad  en  la  hospitalaria  ternura  d@ 
aquella  muda  inmensidad.  La  Naturaleza,  desdeñada,  olvida- 
da, no  comprendida,  pero  siempre  generosa  y  clemente,  se  in- 
clinaba hacia  la  joven,  murmurando  á  su  oído  consoladoras 
promesas  de  libertad  é  independencia.  Su  corazón  se  dilataba 
bajo  las  sanas  y  vigorosas  aspiraciones  de  la  campiña,  mien- 
tras su  alma  se  llenaba  de  tranquilos  y  saludables  pensamientos. 

De  repente  sus  meditaciones  se  vieron  interrumpidas.  ¿Que 
ocurría? 

Una  voz  aguardentosa  berreaba  una  canción  de  borrachos 
al  pie  de  la  vertiente. 

Cristina  se  puso  roja  de  vergüenza  y  de  indignación  com© 
si  el  invisible  cantor  se  hubiera  presentado  ante  ella. 

La  canción  continuaba. 

— ¡Silencio!  ¡Cállate,  imbécil! 

-¿Qué? 

—¡Sí! 

—  ¡No! 

Estas  interpelaciones  contradictorias  se  suqpdieron  rápida- 
mente en  medio  de  la  noche;  después  reinó  el  silencio.  La  jo- 
ven, protegida  por  la  sombra  de  los  laureles,  se  deslizó  dulce- 
mente hasta  el  borde  de  la  meseta.  Pudo  entonces  distinguir 
la  vacilante  silueta  de  un  hombre  en  el  sendero;  otras  dos  for- 
mas confusas  le  detenían  y  le  dirigían  evidentemente  enérgi- 
cas censuras. 


EL  FILÓN  DEL  VADO  DEL  DIABLO  25 

— ¡Pardiez,  no  lo  sabía!... 

El  borracho  trató  de  afianzar  el  paso  y  se  perdió  en  direc- 
ción del  campamento.  Las  dos  sombras  amenazadoras  se  reti- 
raron bajo  la  profunda  oscuridad  de  nn  árbol  corpulento  que 
sin  duda  les  había  servido  de  abrigo.  Cristina  se  volvió  á  la 
cabana  precipitadamente  y  entró  sin  hacer  ruido  en  su  cuarto. 

— Me  ha  parecido  oir  unas  voces  que  me  han  despertado — 
dijo  Jesusa  frotándose  los  ojos. — No  estabas  aquí...  ¿Has  visto 
algo? 

— No — contestó  Cristina  desnudándose. 

— ¿Y  no  has  tenido  miedo? 

— Absolutamente  ninguno  —  respondió  Cristina  con  una 
sonrisa  extraña. — ¡Durmamos! 


III 


Los  cinco  fastuosos  millonarios  del  Vado  del  Diablo  cum- 
plieron algunas  de  sus  más  extravagantes  promesas.  En  menos 
de  seis  semanas,  el  ingeniero  Carr  y  sus  hijas  estuvieron  ins- 
taladas en  otra  vivienda,  elevada  no  lejos  del  lugar  en  que  es- 
tuvo la  barraca  que  les  prestara  asilo.  Esta  última  fue  trans- 
portada nuevamente  al  valle,  á  fin  de  asegurar  mejor  la  inde- 
pendencia y  el  aislamiento  de  la  familia  del  ingeniero.  La 
nueva  casa  consistía  en  una  espaciosa  villa  de  un  solo  piso;  un 
amplio  terrado  ocultaba  la  monótona  desnudez  de  la  fachada 
y  prestaba  una  especie  de  gracia  pintoresca  á  los  terrenos  in- 
cultos y  recientemente  desmontados  que  la  rodeaban.  Un  pia- 
no vertical,  traído  de  Sacramento,  se  alzaba  en  un  ángulo  del 
salón;  de  la  misma  lejana  procedencia  era  también  todo  el  mo- 
biliario, de  una  riqueza  chillona,  que  las  dos  hermanas  habían 
juzgado  prudente  disimular  bajo  frescas  y  sencillas  fundas  de 
tela.  A  cada  paso  se  encontraban  objetos  cuyo  extraño  orna- 
mento recordaba  el  gran  espejo  de  marco  dorado  del  barraco 
de  Thompson,  único  adorno  de  la  antigua  vivienda  de  las  via- 


26  LA   ESPAÑA   MODERNA 


jeras.  En  su  apresuramiento  para  completar  aquel  nuevo  pa- 
lacio de  Aladino,  los  modernos  poseedores  de  la  lámpara  ma- 
ravillosa habían  comprado  al  azar  todo  artículo  de  mobiliario 
que  pudiese  aumentar  su  magnificencia,  sin  preocuparse  mu- 
cho de  la  oportunidad  de  sus  adquisiciones. 

— Se  me  figura  que  esto  se  parece  mucho  á  una  caverna  de 
contrabandistas — dijo  Jorge  Kearney  cuando  los  mineros  pa- 
saron por  última  vez  revista  á  sus  tesoros  antes  de  entregar 
las  llaves  al  ingeniero. 

— O  á  una  casa  de  juego — añadió  su  hermano. 

— Es  lo  mismo,  poco  más  ó  menos — apuntó  tranquilamen- 
te Dick  Mattingly,  el  cual,  en  su  borrascosa  juventud,  había 
tenido  ocasión,  según  se  decía,  de  establecer  el  paralelo. 

Sin  embargo,  las  dos  jóvenes,  inspiradas  por  sus  gustos  de- 
licados, consiguieron  combinar  con  singular  acierto  su  hete- 
róclito  mobiliario.  Una  enorme  araña  de  cristal  que  en  otro 
tiempo  prestara  ilusorios  atractivos  á  un  tapete  verde,  fue  re- 
legada al  inmenso  vestíbulo  en  compañía  de  otros  muebles 
cuyo  carácter  recordaba  demasiado  las  vulgares  riquezas  de 
los  establecimientos  públicos,  como,  por  ejemplo,  una  larga 
banqueta  ó  diván  carmesí  que  se  adivinaba  había  servido  en 
una  sala  de  billar.  Estas  disposiciones  tuvieron  por  resultado 
hacer  que  el  vestíbulo  fuese  infinitamente  más  atractivo  que  el 
salón  para  los  miembros  más  jóvenes  y  más  rústicos  de  la  co- 
munidad del  Vado  del  Diablo;  como  no  querían  sustraerse  á  la 
obligación  de  presentar  sus  homenajes  á  las  damas,  se  sentían 
menos  embarazados  en  el  vestíbulo  que  en  el  santuario,  del 
que  percibían  los  esplendores  por  las  puertas  entreabiertas. 
El  vestíbulo  era  para  ellos  como  un  lugar  de  preparación  para 
atreverse  á  penetrar  en  la  plena  civilización. 

— Si  no  lo  lleva  usted  á  mal,  señorita— dijo  un  día  el  que 
llevaba  la  voz  cantante  en  uno  de  aquellos  grupos  de  visitan- 
tes tímidos, — nos  instalaremos  aquí;  así  se  irán  ustedes  hacien- 
ée  á  vernos. 

En  otra  ocasión,  uno,  al  que  llamaban   Whisky  Dick,  im- 


EL   FILÓN    DEL   VADO    DEL    DIABLO  27 

pulsado  por  un  concienzudo  sentimiento  de  sus  deberes,  se  di- 
rigió á  la  villa.  Al  día  siguiente,  en  una  reunión  escogida  de 
amigos,  celebrada  en  la  taberna  de  Tecumseh,  comunicó  sus 
impresiones  con  imperturbable  ingenuidad. 

— Así,  pues,  como  veis,  amigos,  me  dirigí  allá  arriba;  y 
mientras  los  otros,  hacían  grandes  cortesías  en  el  salón,  yo 
echó  el  ancla  sin  hacer  ruido  en  un  rincón  del  canapé;  poco  á 
poco  echó  mano  á  un  grueso  diccionario  que  había  en  una 
mesa,  lo  abrí  sobre  mis  rodillas,  así,  al  descuido,  como  para 
estudiar  ortografía,  y  estuve  allí  sin  chistar,  oyendo  á  la  se- 
ñorita Crista,  que  sacaba  música  del  famoso  piano  que  era  un 
gasto.  Hay  que  creer  que  me  dormí,  porque  dos  horas  después 
todavía  me  encontraba  allí.  La  verdad  es  que  descansan  mu- 
cho estas  visitas  en  el  mundo  elegante;  le  dejan  á  uno  al  pelo 
cuando  se  encuentra  harto  de  la  vida  que  se  lleva,  mi  palabra 
de  honor. 

En  aquella  época  la  colonia  del  Vado  no  se  limitaba  ya  á 
ofrecer  las  inocentes  singularidades  de  sus  primeros  explota- 
dores. El  rumor  de  su  rápida  fortuna,  aumentado  por  la  fama, 
había  atraído  una  invasión  de  aventureros  de  otra  especie. 
Gayó  sobre  el  Vado  una  nube  de  merodeadores,  de  desconten- 
tos, de  vagabundos,  de  ociosos,  arrojada  de  las  otras  minas. 

Algunas  carretas  de  emigrantes,  desviadas  de  la  carretera 
por  las  atractivas  relaciones  del  nuevo  filón,  hicieron  alto  en 
las  vertientes  del  Monte  del  Diablo  y  en  el  fondo  del  valle;  de 
aquellos  vehículos  se  apeó  una  banda  de  mujeres  y  de  niños 
ajados  y  prematuramente  envejecidos,  de  hombres  estropeados 
y  tiritando  de  fiebre.  Veíanse,  destacándose  sobre  aquel  fondo 
sombrío,  los  tocados  chillones,  los  rostros  pintados  y  estuca- 
dos de  criaturas  que  llegaban  solas;  se  las  veía,  es  verdad,  más 
á  menudo  por  la  noche,  detrás  de  los  dorados  mostradores, 
que  á  la  luz  brillante  y  reveladora  del  pleno  día;  aquellas  mu- 
jeres llevaban  en  pos  de  sí  hombres  pálidos,  de  negros  bigo- 
tes, vestidos  correctamente,  sin  ocupación  conocida,  y  de  ori- 
gen sospechoso. 


28  LA   ESPAÑA    MODERKA 


Una  docena  de  tabernas  acababan  de  eclipsar  al  barracón 
de  TKoinpson  y  ostentaban  sus  muestras  orgallosamente  á  los 
dos  lados  de  la  estrecha  calle  Mayor...  La  colonia  poseía  ade- 
más dos  hoteles,  llamado  uno  de  la  Templanza^  cuyo  ascetis- 
mo, sin  embargo,  se  limitaba  únicamente  á  no  detallar  el  al- 
cohol; el  segundo,  Oficinas  de  las  diligencias,  era  un  modesto 
edificio  de  un  solo  piso,  sobre  el  cual  notaba  tristemente  la 
bandera  de  las  Sierras,  y  en  el  cual,  para  ser  admitido,  había 
que  abonar  previamente  diez  dollars. 

Más  lejos,  en  el  lugar  más  árido  y  más  desierto  de  todo, 
aquel  campamento,  se  veía  el  mezquino  campanario  de  la  ca- 
pilla presbiteriana,  construcción  de  una  irritante  crudeza  en 
medio  del  esplendor  de  la  tarde  dominical,  fría  y  lúgubre  du- 
rante el  resto  de  la  semana,  y  cu3^a  fealdad,  llena  de  preten- 
siones, delataba  el  sol  del  Mediodía. 

Los  edificios  nacionales,  tan  pomposamente  votados  por  los 
cinco  millonarios  en  los  comienzos  de  su  prosperidad;  el  depó- 
sito, la  fuente,  el  Ayuntamiento,  la  estatua,  faltaban  todavía. 
El  sitio  designado  para  cada  una  de  estas  donaciones  cívicas 
había  sido  poco  á  poco  acaparado,  ya  por  construcciones  más 
urgentes,  ya  por  inevitables  trabajos  de  explotación,  y  el  coste 
de  tales  construcciones  y  trabajos  había  absorbido  las  enormes 
ganancias  al  principio  realizadas. 

Sin  embargo,  la  munificencia  con  la  cual  habían  ejecuta- 
do los  jóvenes  todos  los  proyectos  formados  para  la  instala- 
ción del  ingeniero,  no  había  dejado  de  deslumhrar  á  sus  dos 
hijas  y  de  hacerlas  indulgentes  con  los  embellecimientos  no 
concluidos  de  la  creciente  colonia.  En  su  elevada  meseta,  en 
la  tranquilidad  de  su  aislamiento  relativo,  ignoraban  ellas 
muchas  de  las  cosas  que  ocurrían  en  la  nueva  ciudad  echada  á 
sus  pies,  y  nada  llegaba  hasta  ellas  que  las  inquietara  ó  las 
asustase.  No  frecuentaban  el  trato  de  las  mujeres  de  los  emi- 
grantes desde  que  Jesusa,  impulsada  por  un  sentimiento  de 
benévola  simpatía,  se  aventuró  un  día  hasta  uno  de  los  cam- 
pamentos nómadas,  y  fue  insolentemente  recibida;  adoptaron 


EL   FILÓN   DEL   VADO    DEL   DIABLO  29 


insensiblemente  desde  entonces  la  costumbre  de  atenerse  á  sus 
primeros  amigos  respecto  á  la  elección  de  todo  nuevo  conoci- 
miento, y  les  dejaron  el  cuidado  de  proveer  á  sus  placeres  y  sus 
distracciones. 

Esta  tácita  confianza  les  sirvió  más  de  una  vez:  un  día, 
como  las  dos  hermanas  salieran  de  su  casa  para  ir  á  hacer  al- 
gunas compras  en  la  calle  Mayor,  en  los  «Almacenes  reunidos 
de  la  Villa  de  Paris»,  se  vieron  detenidas  á  los  cien  pasos  por 
Dick  Mattingly,  quien  les  manifestó  que  se  estaban  verifican- 
do en  la  población  las  elecciones  municipales,  y  les  aconsejó 
que  dejasen  su  expedición  para  otro  día.  Consideró  superfino 
añadir  que  dos  ciudadanos,  fuertes  en  sus  privilegios  de  hom- 
bres libres,  acababan  de  apoyar  sus  candidaturas  mediante  un 
cambio  de  balas  en  presencia  de  una  multitud  de  partidarios 
simpáticos;  las  señoritas  de  Carr  no  supieron  nunca  el  acci- 
dente que  provocó  la  pronta  desaparición  de  un  amable  ex- 
tranjero que  les  fue  presentado  la  víspera  por  la  noche. 

Otro  día,  Cristina  y  Jesusa  regresaban  de  un  largo  paseo 
por  el  bosque,  cuando  se  encontraron  con  Jorge  Kearney  y 
Fairfax  que  l^s  esperaban;  bajo  pretexto  de  enseñarlas  laí^ 
pintorescas  bellezas  de  una  senda  recién  trazada,,  desviaron  á 
las  dos  jóvenes  lejos  del  camino  abierto.  Esta  maniobra  estra- 
tégica dio  tiempo  á  los  hermanos  Mattingly  para  descolgar  el 
cadáver  de  un  hombre  ahorcado  en  un  árbol  por  el  celo  del 
Comité  de  vigilancia.  Maryland  Joe  aprovechó  esta  ocasión 
para  hacer  observar  severamente  á  los  miembros  del  Comité 
lo  que  perjudicaba  una  ejecución  de  este  género  á  las  bellezas 
del  bosque  admiradas  por  ojos  tímidos  y  compasivos. 

— ¿No  tenéis  todo  el  país  para  colgar  á  vuestro  hombre? 
¿Por  qué  habéis  de  escoger  precisamente  el  bosque  de  Carr? 

Inútil  es  decir  que  las  dos  hermanas  no  tuvieron  conoci- 
miento de  aquel  acto  de  justicia  expeditiva  ni  de  la  delicadeza 
que  las  mantuvo  en  una  feliz  ignorancia.  Carr,  por  su  parte, 
ocupado  en  sus  asuntos,  no  prestaba  sino  una  mediana  aten- 
ción á  incidentes  que  consideraba  filosóficamente  como  con- 


30  LA    ESPAÑA   MODERNA 


vulsiones  sociales  tan  inevitables  como  una  conmoción  geoló- 
gica; además  un  instinto  de  prudencia  le  aconsejaba  no  des- 
pertar, discutiéndolas,  las  prevenciones  de  sus  hijas,  aun  mal 
encubiertas. 

Otros  intereses,  sin  embargo,  iban  á  ocupar  á  la  familia. 
Una  mañana  el  ingeniero,  después  de  almorzar,  so  detuvo  más 
que  de  ordinario  en  la  conversación  que  sostenía  habitualmen- 
te  de  sobremesa  con  sus  hijas.  Con  la  torpeza  de  un  hombre 
que  vela  secretas  preocupaciones  bajo  un  interés  afectado  ha- 
cia un  objeto  secundario,  dijo  con  tono  ligero,  cuando  Jesusa 
hubo  salido  del  comedor. 

— ¿Qué  vais  á  hacer  hoy,  Cristina? 

— Nada  de  nuevo:  poco  más  ó  menos  lo  que  hacemos  todos 
ios  días.  Si  Jorge  Kearney  puede  procurarse  caballos  de  silla, 
iremos  de  expedición  hasta  la  fuente  India,  con  él  y  Fairfax, 
es  decir,  el  Sr.  Munroe;  la  verdad  es  que  á  fuerza  de  oir  ese 
odioso  nombre,  acabo  por  olvidarme  del  apellido  de  ese 
señor. 

— Me  parece  muy  bien — dijo  el  ingeniero,  queriendo  dar  á 
sus  palabras  cierto  tono  de  malicia. — Seguramente  que  encon- 
trarán los  caballos  y  acudirán  á  la  cita.  No  té  quepa  duda.  ¿Y 
qué  dirán  los  dos  Mattingly  y  Felipe  Kearney?  ¿No  tendrán 
celos? 

— No  es  su  turno — dijo  con  indiferencia  Cristina. — Además 
puede  ser  que  también  vengan. 

— O  pudiera  ser  que  se  hayan  resignado  ya  á  su  suer- 
te, ¿eh? 

— ¡Por  Dios,  papá!  ¿Qué  quiere  usted  decir? 

La  joven  fijó  sus  hermosos  y  límpidos  ojos  en  el  ingeniero. 
Expresaban  tanta  franqueza  mezclada  á  una  sorda  irritación 
causada  por  aquellas  insinuaciones,  que  Carr  tuvo  miedo  d© 
una  explicación  y  cambió  de  táctica.  Su  tono  de  broma  des- 
apareció como  por  encanto,  pero  la  repentina  gravedad  que  le 
sustituyó  no  hizo  que  las  explicaciones  fueran  más  halagüeñas 
para  Cristina. 


EL   FILÓN  DEL   VADO   DEL  DIABLO  31 

— Sabes — dijo  él  con  cierta  vacilación, — me  pareció  que  el 
menor  de  los  Kearney  hacía  la  corte  á  Jesusa. 
— ¡Ese  niño!  ¡Bah! 

— Ese  niño,  no  te  incomodes,  es  uno  de  los  principales  ac- 
cionistas y  socios  de  la  mina.  Es  un  muchacho  lleno  de  auda- 
cia; es  sin  disputa  el  más  emprendedor  y  el  más  activo  de  los 
cinco  asociados;  nunca  he  encontrado  yo  la  menor  dificultad 
para  que  compartiera  mis  puntos  de  vista  ó  adoptar  mis  planes. 
En  cualquier  otra  ocasión  Cristina  hubiera  discutido  aque- 
lla última  prueba  de  la  inteligencia  superior  del  joven,  pero  la 
primera  afirmación  de  su  padre  la  había  profundamente  tur- 
bado para  dejarle  su  libertad  de  espíritu. 

— Seguramente,  papá — dijo  ella, — que  está  usted  de  broma 
cuando  habla  usted  así  de  esos  hombres,  á  los  que  vemos  dia- 
riamente, que  son,  en  suma,  nuestra  única  sociedad. 

— No,  no— se  apresuró  á  replicar  Carr, — te  equivocas;  yo 
no  digo  que  Jesusa  y  tú  os... 

— ¡Yo!  ¡Ah!  ¿Se  trata  ahora  de  mí? 

— No  me  dejas  acabar,  Cristina.  Claro  es  que  estoy  de  bro- 
ma—  repuso  Carr  con  el  tono  más  serio. —  Jesusa  y  tú  estáis 
fuera  de  cuestión;  pero  pudiera  ser  que  hubiese  algún  peligro 
para  esos  jóvenes  en  encontrarse  continuamente  en  compañía 
de  dos  personitas  tan  agradables  como  sois  vosotras. 

— Perfectamente.  Comprendo.  A  usted  le  parece  que  sería 
mejor  no  verles  tan  á  menudo — dijo  Cristina  con  una  adhesión 
tan  completa  y  tan  franca  que  desconcertó  profundamente  al 
ingeniero. —  Tal  vez  tenga  usted  razón,  aunque  no  he  obser- 
vado nada  comprometedor  en  la  actitud  de  Kearney  con  mi 
hermana,  ni  en  la  de  ningún  otro  conmigo.  Nada  más  fácil, 
sin  embargo,  que  precaver  esa  eventualidad.  Recibiremos  á 
esos  señores  con  menor  frecuencia,  y  para  empezar  buscare- 
mos hoy  mismo  un  pretexto  para  renunciar  á  la  partida  pro- 
yectada. 

— Sin  duda;  sí,  eso  es —  balbuceó  Carr  sintiéndose  en  toda 
derrota;  pero  como  todos  los  seres  débiles,  consolándose  con  la 


.^2  LA    ESPAÑA   MODERNA 


reflexión  de  que,  después  de  todo,  no  había  descubierto  sus  ba- 
terías ni  entregado  la  llave  de  la  plaza. —  Tienes  razón,  como 
siempre;  pero  ¿no  crees  que  tal  vez  sería  mejor,  al  menos  por 
el  momento,  dejar  las  cosas  como  están?  Ya  volveremos  á  ha- 
blar del  asunto,  tengo  prisa  ahora,  adiós. 

Y  el  ingeniero,  tomando- precipitadamente  la  puerta,  des- 
apareció. 

— Adivina  lo  que  se  le  ha  ocurrido  á  papá — dijo  Cristina  á 
su  hermana  en  cuanto  la  vio,  con  acento  de  cólera  reprimida. 
— jSe  imagina  que  Jorge  Kearney  te  hace  la  corte! 

— ¡No  es  posible! —  exclamó  Jesusa,  respondiendo  á  la  mi- 
rada escrutadora  de  su  hermana  con  una  franca  carcajada. 

— Como  te  lo  digo,  y  más  aún,  que  Fairfax  —  creo  que  es 
Fairfax — me  lo  hace  á  mí. 

Esta  vez  Jesusa  frunció  las  cejas  y  dirigió  á  Cristina  una 
mirada  inquieta  y  atenta. 

— Es  absurdo.  ¿Quién  le  habrá  metido  eso  en  la  cabeza? 
Jamás  se  le  hubiera  ocurrido  á  él  solo.  ^ 

— No  lo  sé — respondió  Cristina  pensativa. — Pero  más  vale 
tal  vez  así.  Les  tendremos  á  distancia. 

— ¿Lo  ha  exigido  papá? — preguntó  bruscamente  Jesusa. 

— No,  precisamente,  pero  á  ello  quería  venir  á  parar. 

— ¡Ya!  A  no  ser  que... 

— ¿El  qué,  Jesusa? —  exclamó  Cristina  con  tono  severo. — 
Jesusa,  no  me  digas  que  puedas  ni  por  un  instante  prestar  á 
nuestro  padre  ninguna  otra  intención. 

— Al  contrario — respondió  la  joven  con  cierto  airecillo  bur- 
lón y  cogiendo  á  su  hermana  por  el  talle. —  Al  contrario,  en- 
cuentro que  tienes  completamente  razón.  Desengañaremos  á 
esos  irresistibles  paladines  del  Vado  del  Diablo,  y  con  especia- 
lidad al  menor  de  los  Kearney.  Comienzo  á  creer  que  se  mur- 
mura de  nosotras,  porque  recuerdo  que  el  otro  día,  pasando 
ante  la  vivienda  de  Pike  County,  dos  ó  tres  mujeres  charlaban 
á  la  puerta,  y  una  palabra  que  se  escapó  á  una  de  ellas  hizo 
palidecer  y  ponerse  colorado  á  Kearney,  que  se  estremeció  de 


EL  FILÓN  DEL  VADO  DEL   DIABLO  33 

ftiror.  Probablemente  aquella  mujer,  que  se  llama  Mac-Cokle, 
creería  justo  que  nuestros  caballeros  rindieran  homenaje  á  sus 
niñas.  No  me  parece  mal.  Estoy  dispuesta  á  prestarles  ese  que- 
rubín de  cuando  en  cuando,  y  tú  podrías  cederles  al  señor 
Munroe  dos  veces  por  semana.  ¿Qué  te  parece? 

Se  reía,  pero  al  mismo  tiempo  fijaba  en  su  herma;ia  una 
mirada  extraña  y  profunda. 

Cristina  se  encogió  de  hombros. 

— No  bromees — dijo  desdeñosamente, — hubiéramos  debido 
prever  lo  que  sucede. 

— ¿Y  qué  piensas  tú? 

— Dime,  Jesusa,  ¿has  observado  tú  que  Munroe  me  hiciese 
la  corte? 

— Chica,  francamente  que  no. 

— Entonces,  ¿por  qué  inexplicable  error  se  les  ocurre  atri- 
buirme precisamente  el  menos  interesante  de  esos  señores? 

Jesusa  dio  un  salto.  * 

— ¡No  tan  insignificante,  querida! —  exclamó. —  Entiendes 
poco  de  eso.  Pero,  en  fin,  nada  importa,  puesto  que  hemos  de 
renunciar  á  frecuentar  su  trato. 

— Van  á  venir  para  el  paseo  de  hoy —  replicó  Cristina  con 
aire  de  resignación. — A  papá  le  parece  que  vale  más  no  rom- 
per bruscamente. 

—  ¡Ah!  con  que  á  papá  le  parece... — exclamó  Jesusa,  dete- 
niéndose en  el  momento  que  iba  á  salir. 

—Sí.  ¿Te  choca? 

Pero  la  joven  había  ya  salido  de  la  habitación,  y  se  la  oía 
cantar  en  el  vestíbulo. 

IV 

Sin  embargo,  por  la  tarde  no  llegaron  los  que  eran  espe- 
rados, y  sí  solamente  Wislcy  Dick;  era  portador  de  un  lacónico 
billete  en  el  cual  Fairfax  manifestaba  á  las  señoritas  de  Carr 
que  negocios  urgentes  le  retenían,  así  como  á  Jorge  Kearney, 
E.  VL.—Agosto  1902.  3 


34  LA   ESPAÍirA  MODERNA 


y  les  privaría  del  honor  de  servir  de  dos  escolta  á  las  dos  jó- 
venes. El  billete  añadía  que  los  caballos  quedaban  á  su  dispo- 
sición, y  que  si  ellas  querían  designar  algunos  jinetes  para 
que  las  acompañasen,  Whiskey  Dick  se  apresuraría  á  trans- 
mitir sus  órdenes. 

Las  dos  hermanas  cambiaron  una  mirada  de  contrariedad; 
Jesusa  no  disimuló  un  gesto  de  despecho. 

— Se  diría  que  se  nos  quieren  adelantar — dijo  esforzándose 
por  sonreír. — Pudiera  ser  que  en  realidad  se  hubiese  murmu- 
rado. Pero  esto  no  les  detendría.  A  menos  que... 

Se  calló,  fijando  una  curiosa  mirada  en  su  hermana. 

— ¡Acaba! — exclamó  ésta.  —  ¡Qué  misteriosa  estás  hoy, 
querida! 

— ¿De  veras?  No  importa.  Pero  esperan  una  respuesta.  Por 
supuesto,  que  contestaremos  que  no. 

— ¿Para  que  esos  señores  se  alaben  de  que  á  lo  que  única- 
mente aspiramos  es  á  su  compañía?  Al  contrario,  lamentare- 
mos cortésmente  su  obligada  ausencia  y  tomaremos  los  caba- 
llos. Saldremos  solas;  las  dos  podemos  prescindir  de  acom- 
pañantes. 

—  ¡Muy  bien! — exclamó  Jesusa  batiendo  palmas. — Les 
probaremos... 

— ¡Absolutamente  nada! — replicó  interrumpiéndola  Cristi- 
na.— En  nuestra  situación,  nuestra  conducta  está  trazada.  ¿En 
dónde  está  ese  "Whiskey  Dick? 

— En  el  salón. 

— ¡En  el  salón,  él! — exclamó  Cristina  estupefacta. — ¡Ese 
hombre! 

— ¡Naturalmente!  No  te  ofusques,  querida.  No  es  la  pri- 
mera vez  que  viene;  solamente  que  el  otro  día  se  quedó  en  el 
recibimiento  por  exceso  de  modestia.  ¿No  reparaste  en  ól? 

— Ciertamente  que  no,  ¡un  Wiskey  Dick! 

— ¡Oh!  si  gustas  puedes  llamarle  Sr.  Holl — dijo  Jesusa 
riendo, — Ricardo  Holl.  Y  cuando  tengas  intenciones  de  fami- 
liarizarte le  llamas  Aleo  Holl,  como  los  otros. 


EL  FILÓN  DEL  VADO  DEL  DIABLO  35 


Cristina  no  contestó  á  la  broma  de  su  hermana  sino  con 
una  mirada  de  censura  desdeñosa,  y  atravesó  lentamente  el 
vestíbulo  para  dirigirse  al  salón. 

Entonces  se  realizó  repentinamente  una  de  esas  resolucio- 
nes inesperadas,  inauditas,  inexplicables  y  misteriosas,  que 
confunden  la  inteligencia  de  los  hombres  y  les  entregan  sin 
defensa  en  las  manos  victoriosas  de  las  mujeres.  Cuando  la 
joven  atravesó  el  umbral,  ya  se  había  transformado  su  fisono- 
mía. Leíase  en  sus  ojos  un  saludo  cordial  de  bienvenida;  su 
placentera  sonrisa  acusaba  una  acogida  calurosa,  la  alegría 
de  volver  á  ver  un  huésped  distinguido  y  estimado.  Avanzó 
rápidamente  con  su  paso  ligero  y  gallardo,  se  paró  ante 
Whiskey  Dick  y  le  tendió  ambas  manos. 

Este  se  había  preparado  evidentemente  ante  la  eventuali- 
dad de  una  posible  entrevista.  Vestido  con  un  traje  completo 
de  brillante  alpaca  negra,  se  había  sentado  cerca  de  una 
puerta  que  daba  al  terrado,  para  procurarse  en  caso  de  nece- 
sidad un  medio  de  retirada.  Escrupulosamente  lavado  y  afei- 
tado, un  uso  demasiado  pródigo  del  jabón  parecía  haberle  en- 
rojecido los  ojos  ó  inflamado  los  párpados,  mientras  que  sus 
cabellos  cortos,  muy  peinados  y  relucientes,  hacían  juego  con 
e\  brillo  de  su  traje.  Sentado  en  una  butaca  con  elegante  ne- 
gligencia, había  desplegado  sobre  sus  rodillas,  para  comple- 
tar la  elegancia  de  su  actitud,  un  gran  pañuelo  blanco  que 
flotaba. 

— ¡Qué  amable  es  usted,  caballero — dijo  Cristina  con  voz 
de  sirena, — al  proporcionarme  ocasión  para  desquitarme  del 
contratiempo  del  otro  día.  Deploré  muchísimo  no  ver  á  usted 
cuando  su  anterior  visita,  pero  no  tuve  yo  la  culpa;  tenía 
usted  prisa,  según  creo,  y  sus  amigos  le  acapararon  á  la 
entrada. 

Se  calló  ella.  El  gran  pañuelo  había  caído  al  suelo;  y 
cuando  Whiskey  Dick  se  levantó  bruscamente  al  aparecer 
aquella  fantástica  visión  de  belleza,  su  sombrero  rodó  hacia 
la  ventana.  Sin  soltar  las  manos  de  la  joven,  que  había  coo-ido 


36  LA   ESPAÑA   MODERNA 


casi  sin  darse  cuenta,  procuraba  echar  á  puntapiés  á  su  cubre- 
cabeza  en  dirección  del  terrado.  Cristina  se  separó  riendo  y 
acudió  á  cazarle. 

—  ¡No  le  toque  usted!  ¡Déjele,  señorita! — dijo  lleno  de  con- 
fusión Whiskey  Dick. — No  es  digno  de  que  usted  se  baje  á 
recogerlo.  Ni  siquiera  hubiera  pensado  en  introducirle  aquí, 
señorita  Carr,  si  los  más  lechuguinos,  más  conocedores  del 
gran  género,  no  hubiesen  declarado  el  otro  día  que  así  se 
hacía  en  la  buena  sociedad.  Esto  me  parece  tonto  de  todo» 
modos,  porque  ¿para  qué  iba  á  estar  dispuesto  un  señor  de 
mundo  á  cubrirse  ante  una  dama  dentro  de  cuatro  paredes? 

Sin  embargo,  Cristina  atrapó  el  sombrero  y  lo  colocó  en  una. 
mesa;  Whiskey  creyó  de  su  deber  ir  á  depositar  también  allí  su 
pañuelo  con  una  negligencia  de  una  distinción  suprema;  des- 
pués se  dirigió  al  piano,  apoyó  en  él  un  codo,  cruzó  un  pie  sobre 
el  otro  y  permaneci(i  en  pie,  en  una  actitud  copiada  de  un  pe- 
riódico ilustrado,  en  el  que  recordaba  haber  visto  representa- 
do así  al  irresistible  héroe  de  un  drama  del  gran  mundo. 
Aquella  actitud  le  había  cautivado;  pero  como  no  leyó  el 
texto,  no  se  daba  bien  cuenta  de  si  era  más  favorable  á  la 
meditación  ó  á  la  conversación. 

— Veo  que  es  usted  de  mi  parecer,  caballero — dijo  Cristi- 
na.— Usted  piensa  como  yo  que  la  cortesía  está  en  la  atención, 
no  en  la  estricta  observancia  de  ciertos  usos.  Presumo — aña- 
dió con  una  sonrisa  deslumbradora — que  hubiera  sido  más  co- 
rrecto haberle  entregado  á  usted  un  billete  para  el  Sr.  Mun- 
roe,  aceptando  su  proposición,  en  vez  de  venir  á  darle  á 
usted  un  mensaje  verbal.  Pero  al  elegir  este  último  medio  me 
procuro  el  placer  de  ver  á  usted,  de  hablar  con  usted;  esto 
vale  más,  ¿no  es  cierto? 

— ¡Por  vida  de...!  ¡Señorita  Carr!  ¡Pardiez!  ¡Da  usted  en 
el  blanco  al  primer  tiro! — exclamó  Dick. 

Acaba  de  convencerse  de  que  su  sabia  actitud  no  era  pro- 
picia á  la  elocuencia  oratoria,  y  volvió  á  su  primer  puesto. 

— Tiene  usted  razón — añadió. — Es,  poco  más  ó  menos,  la 


EL   FILÓÍÍ   DEL   TADO    DEL   DIABLO  37 

que  yo  decía  hace  poco  á  los  compañeros.  Os  hace  falta  un 
pretexto,  les  decía,  para  no  pasear  con  esas  señoras,  y  escribís 
unas  líneas,  diciendo  que  los  negocios,  el  trabajo  y  eccetera 
os  retienen.  Está  bien.  O  es  ó  no  es  uno  como  le  fó,  ¡qué  dia- 
blo! Y  como  tú  lo  eres,  tú  y  Jorge  también,  no  os  engañáis, 
vais  diariamente  á  casa  del  ingeniero,  con  ó  sin  motivo  estáis 
allí  como  en  familia,  como  en  vuestra  casa.  Así  es  que  se  ha- 
bla, que  ventean  cosas  que  más  valdría  no  ventear,  y  ¡el  dia- 
blo me  lleve!  cosas  que  vosotros  no  tenéis  derecho  á  permitir, 
•que  corran.  ¡Eso  es! 

Esta  vez  fue  la  joven  la  que  cambió  de  sitio. 

Al  pasar  cerca  del  piano  para  aproximarse  á  su  locuaz  vi- 
sitante, tiró  una  partitura,  cuyas  hojas  se  desparramaron  por 
e\  suelo.  Whiskey  Dick  se  precipitó  á  recogerlas. 

— ¡Oh!  por  favor,  déjelo.  Es  igual — dijo  Cristina  con  im- 
paciencia. 

Pero  Whiskey  Dick,  sintiéndose  en  un  terreno  seguro,  no 
paró  hasta  que  hubo  reunido  todas  las  dispersas  páginas  del 
Trov  atore. 

La  joven  preguntó  en  voz  baja ,  vacilando  un  poco: 

— ¿Dice  también  eso  el  Sr.  Munroe? 

— No  me  lo  ha  dicho  ahora  en  esos  términos;  pero  es  poco 
más  ó  menos  lo  que  ese  muchacho  tiene  sobre  el  corazón  desde 
hace  algún  tiempo — contestó  Dick  con  una  fina  sonrisa  de  in- 
teligencia y  una  mirada  llena  de  misteriosas  confidencias.  A 
Dios  gracias,  señorita  Carr,  personas  como  usted  y  yo  no  ne- 
cesitan que  les  pongan  los  puntos  sobre  las  is.  Yo  no  me  he 
puesto  guantes  para  decírselo.  ¡No  escribáis!  les  repetía,  id  á 
casa  del  Ingeniero,  decid  allí  sin  rodeos  cuanto  viene  al  caso. 
Pero  que  si  quieres.  Estaban  empeñados  en  su  billete,  y  no  he 
querido  negarme  á  traerlo.  Pero  en  cuanto  la  he  visto  á  usted, 
en  cuanto  la  he  oído  hablar  como  acaba  usted  de  hacerlo,  me 
he  dicho:  «Dick,  amigo  mío,  aquí  hay  una  señorita,  de  lo  me- 
jor, que  se  burla  de  las  modas  y  de  las  etiquetas,  como  se  las 
llama,  con  perdón;  así  pues,  esta  señorita  y  yo  vamos  á  ha- 


38  LA   ESPAÑA   MODERNA 


Mar  de  la  cosa  á  la  buena  de  Dios  y  sin  engaños.»  Los  compa- 
ñeros,  ya  ve  usted,  señorita  Carr,  son  buenos  muchaolios,  bue- 
nos sujetos,  honrados  como  el  primero;  pero  son  sencillos,  im- 
presionables, candidos,  á  causa  de  haber  vivido  en  los  bosques; 
no  miento  cuando  digo  que  adoran  el  suelo  que  usted  y  su  her- 
mana pisan,  y  hay  que  confesar,  porque  es  verdad,  que  los 
amigos  se  echarían  con  gusto  al  suelo  si  á  ustedes  les  agradase 
pasar  por  encima  de  sus  espaldas  para  no  ensuciarse  las  boti- 
nas con  el  polvo  del  campo  ¡es  un  decir!  Pero,  después  de  todo, 
no  pueden  convertirse  en  camino  vecinal  para  que  toda  la  co- 
lonia les  pisotee.  Esto  sería  un  disparate,  ¿no  es  verdad? 

Cristina  se  levantó;  se  había  puesto  encarnada,  pero  en  se- 
guida  dijo  con  su  voz  acariciadora: 

— Permítame  usted  que  le  ofrezca  un  refresco,  Sr.  Holl.  Me 
avergüenzo  no  haberlo  hecho  antes;  pero  no  culpe  usted  sino 
á  sí  mismo;  me  hace  usted  olvidar  mis  deberes  de  ama  de  casa. 
¡No,  no,  no  admito  réplicas! 

Salió  y  volvió  inmediatamente  con  un  vaso  y  una  botella. 
Su  boca  había  recobrado  su  sonrisa  de  sirena  cuando  preguntó 
con  una  pérfida  y  encantadora  afectación: 

— ¿Tal  vez  no  le  gustará  á  usted  el  whiskey,  Sr.  Holl? 
Por  primera  vez  en  su  vida,  Whiskey  Dick  vaciló  entre  dos 
embriagueces;  pero  á  pesar  de  su  turbación  y  su  encantamien- 
to triunfó  la  costumbre,  aceptó;  solamente  que,  cuando  dejó 
el  vaso,  se  pasó  el  pañuelo  por  los  labios  con  un  ademán  so- 
lemne^ destinado,  segiin  él,  á  borrar  lo  que  hubiera  podido 
haber  de  poco  distinguido  en  la  absorción  del  whiskey. 

— Sí,  señorita — dijo  tras  una  pausa  de  beatitud; — coma 
acabo  de  explicar,  esta  es  una  pequeña  cuestión  que  podemos 
discutir  entre  nosotros,  como  personas  de  mundo.  Tengo  mi 
opinión:  es  que  los  compañeros  deberían  tener  más  cuidado. 
Convendría  que  cortejasen  por  ahí  en  el  Yado.  Hay  dos  ó  tres- 
familias  que  tienen  hijas  mozas;  pues  bien,  si  nuestros  mo- 
zos echaran  chicoleos  á  esas  jóvenes,  les  hiciesen  la  corte, 
las  acompañaran  á  paseo  ó  á  la  iglesia,  esto  cerraría  un  pico 


EL  FILÓN  DEL  VADO  DEL  DIABLO  39 

venenoso  y  no  daría  que  hablar  á  nadie.  ¿Ve  usted  adonde 
voy,  no  es  cierto?  Esto  distraería  tal  vez  un  poco  á  nuestros 
mozos,  y  si  no  les  divertía,  podían  volver  á  la  vida  que  hacían 
antes  con  sus  iguales.  No  es  esto  todo.  Es  preciso,  señorita, 
que  la  ponga  en  guardia  contra  una  idea  que  pudiera  habér- 
sele ocurrido — no  digo  que  sea,  pero  que  pudiera  ser — y  me 
he  dicho  que  debía  advertirla. 

— Me  parece  que  nos  comprendemos  muy  bien  ya,  Sr.  Holl, 
para  que  no  estemos  de  acuerdo — dijo  Cristina  sin  dejar  de 
sonreír. — Veamos  la  idea. 

Aquel  delicado  homenaje  á  su  cordial  inteligencia,  unido 
al  ligero  estimulante  del  alcohol,  conmovió  y  exaltó  á  Whis- 
key  Dick.  Miró  con  precaución  por  la  ventana  y  alrededoí  de 
la  estancia;  después  se  acercó  dulcemente  á  la  joven  con  una 
especie  de  familiaridad  á  la  vez  paternal  y  torpe.  Sin  soltar  el 
pañuelo,  como  para  atenuar  lo  que  el  contacto  de  su  mano 
desnuda  pudiera  tener  de  vulgar  y  temerario,  la  posó  así  ve- 
lada en  el  brazo  de  Cristina  y  dijo: 

— Tal  vez  piense  usted,  señorita,  que  por  parte  de  ustedes 
seria  conveniente  hac«r  que  vinieran  algunos  de  los  elegantes 
pollos  que  les  harían  la  rueda.  No  digo  que  esté  mal,  y  no  veo 
nada  que  se  oponga.  Pero,  créame  usted,  los  compañeros  no  lo 
sufrirían. 

A  pesar  de  su  imperio  sobre  sí  misma,  los  ojos  de  Cristina 
se  ensombrecieron,  é  involuntariamente  hizo  un  movimiento 
de  altivez.  Dick,  comprendiendo  que  había  faltado,  atribuyó 
aquella  emoción  á  la  inoportunidad  de  su  contacto  indiscreto, 
y  se  puso  á  frotar  con  su  pañuelo  ligeramente  el  brazo  de  la 
joven,  como  para  borrar  toda  huella,  diciendo: 

— Con  perdón,  señorita. 

Tranquilizado  por  la  sonrisa  que  reapareció  en  los  labios 
de  Cristina,  siguió  diciendo: 

— ^No,  no  lo  soportarían,  y  habría  tiros.  ¡No  delante  de  us- 
tedes, no  tenga  usted  cuidado,  no  delante  de  ustedes!  Pero  el 
mejor  día  rogarían  á  los  ciudadanos  á  que  pasaran  al  bosque 


40  LA   ESPAÑA   MODERNA 


y  les  propondrían  arreglar  el  asunto  con  una  carabina  á  cien 
metros,  ó  tal  vez,  en  atención  á  que  son  señoritos,  se  les  deja- 
ría elegir  la  pistola  á  doce  pasos.  Lo  digo  y  lo  repito,  los  com- 
pañeros son  buenos  muchachos,  pero  no  hay  que  darles  piso- 
tones. Jorge,  sobre  todo,  y  se  comprende,  puesto  que  es  más 
joven,  se  sulfura  por  cualquier  cosa.  Ya  ve  usted,  su  cara  bo- 
nita de  niña,  y  su  poco  bozo,  le  han  valido  ya  media  docena 
de  escaramuzas.  Se  ha  batido  por  cada  pelo  de  barba  que  le 
ha  salido  desde  que  es  de  los  nuestros. 

— Entendido  todo,  caballero — dijo  Cristina  levantándose  y 
poniendo  su  mano  entre  los  temblorosos  dedos  de  Whiskey 
Dick. — Si  se  me  hubiera  ocurrido  semejante  idea,  renunciaría 
á  ella.  Tiene  usted  razón  en  esto,  cómo  en  todo.  Agradeceré 
eternamente  á  los  Sres.  Munroe  y  Kearney  el  que  le  hayan 
confiado  á  usted  esta  delicada  misión, 

— A  decir  verdad — replicó  el  embajador  enrojeciendo  de 
placer  y  de  amor  propio  halagado, — tal  vez  no  es  completa- 
mente exacto  decir  que  me  hayan  encargado  de  discutir  sus 
asuntos  con  usted  en  estos  términos;  pero... 

— Comprendo — dijo  interrumpiendo  Cristina. — Sus  amigos 
se  han  limitado  á  entregar  á  usted  un  billete.  Yo  he  tenido  la 
buena  suerte  de  encontrar  en  usted  un  hombre  de  mundo,  in- 
teligente y  simpático. 

Al  escuchar  estas  palabras  que  acariciaban  tan  agradable- 
mente su  vanidad,  Dick  se  esponjó  y,  como  para  sustraerse  al 
cumplido  que  le  dirigían,  agitó  su  pañuelo  en  sentido  negati- 
vo. La  joven  añadió : 

— Pero  nos  olvidamos  de  la  respuesta.  Aceptamos  los  ca- 
ballos. No  hay  para  qué  decir  que  no  tenemos  necesidad  de  ir 
acompañadas;  pero...  Perdone  mi  indiscreción:  ¿tiene  usted 
algún  compromiso  esta  tarde? 

— Dispénseme,  señorita...  no  he  comprendido  bien... — bal- 
buceó Dick  atónito,  no  queriendo  dar  crédito  á  sus  oídos. 

— ¿Quiere  usted  ser  nuestro  acompañante? — preguntó  Cris- 
tina con  su  insinuante  voz. 


EL   FILÓlí  DEL    VADO    DEL    DIABLO  41 

¿Dormía?  ¿Estaba  despierto?  ¿Era  juguete  de  una  alucina- 
ción de  su  cerebro  desequilibrado  por  el  alcohol?  ¡El,  Whis- 
key  Dick,  el  escarnio  de  la  mina,  el  pilar  de  las  tabernas,  el 
cual,  aun  á  través  de  su  grotesca  é  insaciable  vanidad,  sentía 
vagamente  la  humillación  del  ridículo  y  del  desprecio  de  que 
era  objeto;  él,  tan  fanfarrón  en  palabras,  tan  desdichado  en 
acciones;  él,  que  se  había  entregado  ante  ella  á  todas  las  ex- 
travagancias, á  las  que  le  impulsaba  su  deplorable  inclina- 
ción, acababa  de  ver  abrirse  la  más  halagüeña  perspectiva! 
¡Whiskey  Dick  era  el  compañero  elegido,  solicitado  por  aque- 
llas incomparables  jóvenes!  ¿Qué  dirían  en  el  Yado  del  Diablo? 
¿Qué  pensarían  sus  compañeros?  Porque  el  rumor  de  tal  aven- 
tura se  j)ropagaría  por  toda  la  colonia.  Su  pasado  se  encon- 
traba absuelto;  su  porvenir  asegurado.  Aquella  idea  le  irguió; 
hasta  su  voz  pareció  otra  cuando,  sin  el  menor  vestigio  de 
afectación,  respondió  sencillamente: 

— Con  mucho  gusto. 

— Entonces  tenga  la  bondad  de  ir  á  buscar  los  caballos. 
Mi  hermana  y  yo  estaremos  preparadas  para  cuando  usted 
vuelva. 

Dick  se  apresuró  á  obedecer.  Temía  exponer  su  felicidad  á 
los  azares  de  un  retraso  ó  de  la  reflexión.  Al  cabo  de  media 
hora  estaba  de  vuelta,  montado  en  un  brioso  alazán  y  condu- 
ciendo dos  caballos  de  silla.  Se  había  puesto,  en  atención  á  las 
circunstancias,  unas  espuelas  de  plata  y  un  sombrero  de  ala 
ancha,  procedentes  de  la  misma  fuente  misteriosa  que  el 
alazán. 

Las  dos  hermanas  no  estaban  todavía,  pero  el  criado  chino 
introdujo  á  Dick  en  el  salón  y  se  encargó  de  cuidar  los  caba- 
llos. Aún  estaban  en  la  mesa  el  tarro  de  whiskey  y  el  vaso. 
El  calor,  el  triunfo,  la  emoción,  eran  tentadores.  Dick  avan- 
zó, y  había  puesto  ya  la  mano  en  el  tarro  cuando  cruzó  un 
pensamiento  por  su  cerebro.  ¡No  bebería,  no!  No  se  diría  que 
el  caballero  designado  para  servir  de  escolta  á  la  crema  del 
Vado  se  había  atiborrado  de  whiskey  en  el  momento  de  mon- 


42  LA   ESPAÑA    MODERNA 


tar  á  caballo.  Los  compañeros  podrían  lanzar  miradas  de  es- 
tupor viéndole  pasar  orgullosamente  entre  aquellas  adorables 
amazonas  y  exclamar,  en  su  sorpresa:  «¡Es  Whiskey  Dick!»; 
pero  ¡por  todos  los  diablos!  no  añadirían:  «¡Borracho  como 
siempre!»  ¡No,  no  sería  así! 

A  los  pocos  momentos  apareció  Cristina,  la  cual  dirigió 
una  mirada  furtiva  á  la  mesa. 

— ¿No  toma  usted  nada    antes  de  marchar? — le  preguntó. 

— No,  gracias — dijo  Dick  con  heroica  abnegación. 

Ella  le  llevó  al  comedor,  en  donde  le  sirvió  un  vaso  de  té 
helado.  El  desgraciado  no  esperaba  aquel  final.  ¡Whiskey 
Dick  y  té  helado! 

— Tómelo  usted  por  complacerme  —  dijo  Cristina  dulce- 
mente. 

El  lo  bebió  de  un  trago. 

•7-Y  ahora — añadió  alegremente  la  joven — vamos  á  buscar 
á  Jesusa,  y  en  marcha. 


Whiskey  Dick,  si  no  era  por  todos  conceptos  una  escolta 
irreprochable^  era  por  lo  menos  un  excelente  jinete;  su  mane- 
ra firme  y  segura  de  dominar  las  briosidades  de  su  caballo 
tranquilizó  pronto  á  las  dos  hermanas  acerca  de  su  aptitud 
para  desempeñar  el  papel  que  le  habían  impuesto;  se  sintie- 
ron  más  confiadas  en  sus  propios  caballos,  que  se  mostraban 
bastante  inquietos  al  probar  por  primera  vez  una  silla  de  mu- 
jer. Jesusa,  advertida  sin  duda  por  su  hermana  de  las  inespe- 
radas revelaciones  de  Dick,  le  había  acogido  con  tanta  bene- 
volencia como  Cristina  y  quizás  con  mayor  placer;  al  saltar 
ligeramente  á  la  silla  con  la  ayuda  tímida  y  respetuosa  del 
minero,  se  mostró  resplandeciente  de  juventud  y  de  alegría. 
Cristina,  más  seductora  aún  con  su  amazona  oscura,  se  puso  á 
su  lado,  y  cuando  franquearon  juntos  los  límites  de  la  propie- 


EL   FILÓN   DEL   VADO    DEL    DIABLO  43 

dad,  Dick  sintió  que  su  corazón  se  desbordaba  de  orgullosa 
felicidad.  ¡Entraba  triunfalmente  en  la  sociedad  y  en  el  mun- 
do! Se  felicitaba  por  haberse  privado  de  sus  libaciones  favo- 
ritas. Era  aquella  una  aventura  que  le  serviría  de  caballo  de 
batalla  para  el  porvenir  en  todas  sus  sesiones  de  taberna;  es- 
taba seguro  en  adelante  de  confandir  ó  deslumhrar  á  su  audi- 
torio y  formulaba  ya  en  su  mente  cierta  frase  sacramental 
que  comenzaba  así:  Esto  me  recuerda,  señores,  un  día  en  que 
yopaseaba  con  damas  de  la   alta,  etc.,  etc. 

Por  el  momento,  sin  embargo,  procuraba  desempeñar  sus 
funciones  de  guía  y  acompañante  con  tanta  desenvoltura  como 
le  permitían  sus  frecuentes  altercados  con  el  intratable  alazán. 
El  sendero  seguía  la  vertiente  de  la  montaña  y  cortaba  la  ca- 
rretera en  ángulo  recto  para  perderse  en  seguida  en  la  frondo- 
sidad de  los  bosques.  Dick  hubiera  querido  permanecer  más 
tiempo  en  la  calzada,  bajo  pretexto  de  enseñar  á  sus  compa- 
ñeras el  nuevo  acueducto  recientemente  construido;  pero  en 
realidad,  para  mostrarse  en  toda  su  gloria  á  los  paseantes  y 
transeúntes.  Desgraciadamente,  quemaban  tanto  todavía  los 
rayos  del  sol,  que  se  vio  obligado  á  dirigirse  hacia  la  sombra 
del  bosque,  tributando  al  mismo  tiempo  elogios  al  ingeniero. 
Decía: 

— Miren  ustedes  bien  la  obra  de  su  padre.  No  hay  en  toda 
California  otro  hombre  como  Felipe  Carr,  que  tenga  el  tupé 
de  hacer  tales  cosas  y  jugarse  todo  á  la  suerte  como  él.  Ese 
acueducto  se  ha  tragado  ya  250.000  dollars  y  se  comerá  otros 
500.000  antes  de  decir  su  última  palabra,  y,  lo  que  es  más  cu- 
rioso aún,  cada  dollar  sale  del  mismo  terreno,  ó  saldrá  de  él. 
¿Dónde  se  encontraría  un  hombre  tan  atrevido  que  se  jugara 
así  todo  lo  que  tiene  y  hasta  todo  lo  que  espera  tener? 

— Pero  ¿y  si  no  encontrara  nada? — preguntó  Cristina  po- 
niéndose seria. 

— Siempre  le  quedaría  el  acueducto  -contestó  Dick  imper- 
turbablemente. 

— ¿Y  de  qué  le  serviría  si  no  había  oro? — replicó  la  joven. 


44  LA    ESI' AÑA   MODERNA 


— Es  cliocaiite  oírselo  decir  á  usted — exclamó  Dick  con  un 
acceso  de  repentina  hilaridad. — Es  graciosísimo  que  una  her- 
mosa dama,  la  propia  hija  de  Felipe  Carr,  se  pregunte  para 
qué  serviría  esa  construcción  si  no  hay  oro. 

Y  Dick  ponía  por  testigos  de  lo  chusco  del  caso  á  los  árbo- 
les del  camino. 

— Habrá  que  contarlo  á  ios  compañeros. 

— ¿Y  para  qué  el  oro  oculto  en  la  tierra  si  no  hay  agua 
para  extraerlo? — dijo  Jesusa  dirigiendo  á  su  hermana  una  mi- 
rada significativa. 

Dick,  entusiasmado  con  la  broma  aun  más  refinada  de  Je- 
susa, exclamó: 

— ¡Anda!  ahora  pregunta  la  otra  para  qué  sirve  el  oro  sí 
no  hay  agua.  Con  perdón,  señoritas,  ustedes  han  puesto  el 
dedo  en  la  cuestión  que  revoluciona  al  campamento,  y  con 
dos  frases  tan  claras  como  el  agua.  Todos  los  que  no  están  en 
©1  negocio,  y  hasta  algunos  que  están,  como  Fairfax,  por  ejem- 
plo, hablan  como  la  señorita  Cristina.  Otros,  como  yo,  pensa- 
mos como  la  señorita  Jesusa. 

— Nunca  he  oído  al  Sr.  Munroe  decir  que  desaprobaba  esos 
trabajos — dijo  vivamente  Jesusa. 

— Delante  de  usted,  claro  que  no  lo  hará — replicó  Dick 
mirando  á  Cristina  con  aire  de  inteligencia; — pero  apostaría 
á  que  quisiera  tener  en  el  bolsillo  un  poco  del  dinero  que  ha 
puesto  en  el  negocio.  Pero  en  fin,  no  importa.  El  oro  está  ahí 
y  lo  encontraremos  nosotros. 

El  pronombre  posesivo  no  era  más  que  una  figura  retóri- 
ca, pues  Whiskey  Dick  era  sencillamente  el  capataz  de  una 
banda  de  obreros  asalariados  que  habían  reemplazado  á  los 
millonarios  en  los  rudos  trabajos  de  explotación. 

La  conversación  puesta  en  este  terreno  era  violenta;  así 
fue  que  las  dos  hermanas  experimentaron  un  alivio  al  tomar 
la  estrecha  senda  que  conducía  á  la  fuente  india,  pues  era  ne- 
cesario caminar  de  uno  en  uno,  y  Dick  tomó  la  delantera. 
Cristina,  a  fin  de  rechazar  las  ideas   inoportunas  y  molestas, 


EL   FILÓN    DKL   VADO    DEL    DIABLO  45 

resolvió  no  pensar  sino  en  el  objeto  del  paseo  y  en  el  esplén- 
dido paisaje  que  la  rodeaba;  cabalgaba  así  largo  tiempo,  y 
cuando  miró  hacia  adelante  observó  que  sus  compañeros  ha- 
bían desaparecido.  Espoleó  al  caballo  y  llegó  á  un  recodo 
desde  el  que  se  descubría  un  gran  trozo  de  la  senda,  pero  no 
vio  á  nadie.  No  se  sorprendió  ni  se  asustó.  Le  sería  fácil  alcan- 
zar á  su  hermana  y  á  Dick,  porque  sin  duda  éstos,  en  cuanto 
notaran  su  falta,  se  detendrían  para  esperarla,  y,  de  todos 
modos,  no  le  sería  .difícil  volverse  á  casa.  En  la  disposición  de 
espíritu  en  que  se  encontraba  no  le  desagradaba  el  aislamien- 
to; hahjta  la  hubiera  molestado  la  presencia  de  cualquiera  en 
aquella  bienvenida  silenciosa  que  parecían  darla  el  bosque  y 
la  montaña. 

Sin  embargo,  no  debían  realizarse  sus  deseos;  no  había 
recorrido  cien  pasos  cuando  vio  á  una  persona  que  caminaba 
delante  de  ella.  Su  curiosidad  se  despertó  y  salió  al  trote  para 
pasar  al  caminante.  Este  pareció  como  que  vacilaba  y  torció 
como  para  meterse  por  la  maleza,  pero  de  repente  se  volvió  y 
marchó  resueltamente  al  encuentro  de  Cristina.  Esta,  sorpren- 
dida y  tranquilizada  á  la  vez,  reconoció  la  gallarda  estatura  y 
el  rostro  de  adolescente  de  Jorge  Kearney.  Este  estaba  páli- 
do y  visiblemente  afectado,  aunque  procurase  disimularlo. 

La  joven  resolvió  aprovechar  la  ocasión  que  se  presentaba 
ante  ella  tan  inesperadamente.  Tenía  seguridad  de  que  el  jo- 
ven había  visto  pasar  á  Jesusa  y  que  no  la  había  seguido  por 
timidez.  Si  ella  consiguie«e  inspirarle  mayor  confianza,  obten- 
dría sin  duda  algún  indicio  que  desmintiera  ó  confirmase  las 
sospechas  de  Carr  acerca  de  los  sentimientos  del  joven.  Si  es- 
taba sinceramente  enamorado  de  su  hermana,  conseguiría  ella 
fácilmente  entrever  sobre  qué  esperanzas  fundaba  su  amor  y 
le  haría  comprender  de  una  manera  delicada  la  inutilidad  de 
sus  atenciones.  Si,  por  el  contrario,  como  ella  suponía,  no  se 
trataba  sino  de  un  arrebato  juvenil,  le  curaría  burlándose 
amistosamente  con  la  franqueza  con  que  le  trataba.  La  mira- 
da apasionada  y  profunda  que  brillaba  en  los  ojos  del  pobre 


46  LA.   ESPAÑA   MODERNA 


muchacho,  la  compasión  que  le  inspiraba,  llevaron  á  Cristina 
á  una  indulgencia,  por  decirlo  así,  maternal,  y  se  acercó  á  él 
con  una  sonrisa  de  inefable  dulzura. 

— Se  conoce  que  ha  terminado  usted  sus  negocios  ó  que  ha 
cambiado  de  parecer — dijo  ella  con  malicia. — Se  dice,  sin  em- 
bargo, que  lo  último  es  un  privilegio  exclusivamente  reserva- 
do á  las  mujeres. 

— ¿Cambian  siempre  las  jóvenes  de  parecer? — preguntó  él 
sonriendo  penosamente. 

— No  siempre,  pero  sí  á  menudo;  sobre  todo  cuando  son 
todavía  casi  unas  chiquillas;  ni  ellas  mismas  saben  lo  que 
quieren,  y  más  adelante,  cuando  les  llega  el  juicio,  los  hom- 
bres que  interpretaron  á  su  gusto  la  ignorancia  de  aquéllas, 
las  acusan  de  caprichosas  ó  ligeras. 

Se  calló  para  observar  el  efecto  de  sus  palabras,  que  le  pa- 
recían contener  una  exposición  clara  y  significativa  de  la  res- 
pectiva situación  de  Jesusa  y  Jorge;  pero  la  entristeció  ver  la 
expresión  de  resignación  abrumadora  del  joven,  cuyas  meji- 
llas palidecían  al  mismo  tiempo  que  se  empañaba  el  brillo  de 
sus  ojos. 

— jOh!  No  es  que  le  acusemos  á  usted  de  inconstante — se 
apresuró  á  decir  Cristina  en  tono  de  broma, — aunque  se  haya 
negado  usted  á  ser  de  los  nuestros,  lo  que  nos  ha  obligado  á 
rogar  al  Sr.  Holl  que  nos  acompañe.  Le  habrá  usted  visto  con 
Jesusa. 

Jorge  no  contestó.  Poco  á  poco  recobró  el  color,  pero  le 
pareció  á  la  joven  que  le  miraba  á  hurtadillas,  que  había  en- 
vejecido de  pronto  en  dos  ó  tres  años. 

—La  verdad  es — añadió  ella  con  cierta  acritud,  casi  con 
QjioJQ^ — que  podría  pensarse  que  ha  sido  usted  juguete  de  al- 
o-una muchacha  aturdida,  frivola,  coqueta  y  mal  educada. 

Cristina  pronunció  con  convicción  los  injuriosos  epítetos; 
involuntariamente  empezaba  á  creer  que  Jesusa  había  alenta- 
do al  joven  más  de  lo  conveniente. 

— Ella  no  es  ni  frivola,  ni  aturdida,  ni  mal  educada — res- 


EL  FILÓK  DEL  VADO  DEL  DIABLO  47 

pondió  Jorge  alzando  sus  ojos,  en  los  que  se  leía  una  triste 
censura. — Yo  soy  quien  es  todo  eso,  señorita.  No.  Ella  tiene 
razón  al  obrar  así,  y  harto  lo  sabe  usted. 

Cristina  apreciaba  sin  duda  el  encanto  y  la  seducción  de  su 
hermana;  pero  no  pudo  menos  de  pensar  que  Jorge  exageraba 
el  valor  de  la  misma.  ¿Qué  había  hecho,  pues,  Jesusa?  ¿Quién 
era  Jesusa,  después  de  todo,  para  provocar  una  abnegación  tan 
ciega  y  permanecer  insensible?  Cuanto  más  consideraba  al  jo- 
ven, le  parecía  que  su  juventud  no  era  tan  extremada.  Fuera 
que  su  desgraciada  pasión  hubiera  desarrollado  en  él  mayor 
cantidad  de  viril  energía,  fuese  que  la  fuerza  latente  y  seria 
de  su  naturaleza  no  hubiera  tenido  ocasión  para  revelarse 
antes,  lo  cierto  es  que  Jorge  no  parecía  un  niño  en  aquel 
momento.  Su  misma  pasión  no  era  de  las  que  se  disipan  burlán- 
dose de  ella.  Todo  esto  se  presentaba  de  una  manera  sumamen- 
te  desagradable.  Cristina  comenzaba  á  sentir  el  haber  encon- 
trado al  joven,  ó,  por  lo  menos,  el  haber  tenido  aquella  entre- 
vista antes  de  que  se  hubiese  explicado  más  formalmente  con 
su  hermana. 

El  marchaba  al  lado  de  Cristina  con  una  mano  en  las  rien- 
das del  caballo.  Cuando  la  senda  comenzaba  á  internarse  en 
el  bosque,  se  detuvo. 

— Voy  á  despedirme  de  usted,  señorita — dijo. 
— ¿Me  deja  usted?  Debemos  estar  ya  cerca  de  la  fuente,  y 
Jesusa  y  su  acompañante  no  deben  estar  lejos.   Venga  usted 
conmigo  hasta  que  los  encontremos. 

— No — contestó  Jorge  en  voz  baja. — No  he  venido  sino 
para  despedirme  de  usted.  Me  marcho  del  Vado. 

— ¿Que   se  va  usted  del  Vado? —exclamó   Cristina  muy 
asombrada. — Supongo  que  será  por  poco  tiempo. 
— Para  no  volver  más. 

— Es  una  decisión  bien  extraña — replicó  vivamente  la  jo- 
ven, comprendiendo  vagamente  que  de  una  manera  ridicula 
había  provocado  aquel  ridículo  desenlace. — ¿No  se  irá  usted 
sin  embargo,  sin  despedirse  de  Jesusa  y  de  mi  padre? 


48  I^A    ESPAÑA    MODERNA 


— Yero  á  su  padre  de  usted,  no  hay  que  decirlo,  y  usted 
tendrá  la  bondad  de  ofrecer  mis  respetos  á  su  hermana. 

Parecía  resuelto.  Era  absurdo.  Ella  se  indignó. 

— No  le  detengo  á  usted — dijo  con  frialdad. — Por  lo  visto 
su  marcha  de  usted  es  urgente  y  no  me  acordaba,  es  decir,  no 
había  pensado  hasta  ahora  que  tiene  usted  obligaciones  más 
serias  que  la  de  constituirse  en  nuestro  acompañante.  Mé 
hacía  la  ilusión  de  que  no  dejaría  usted  el  Vado  de  una  mane- 
ra tan  inesperada.  Por  lo  visto,  si  la  casualidad  no  me  hubiese 
puesto  en  su  camino,  se  habría  usted  marchado  sin  despedirse 
ni  de  mi  hermana  ni  de  mí. 

Jorge  no  replicó.  Después  de  una  pausa,  dijo: 

— ¿Quiere  usted  darme  la  mano,  señorita? 

— Un  instante,  Sr.  Kearney.  Si  una  sola  de  mis  palabras 
ha  podido  motivar  ó  precipitar  su  marcha,  le  ruego  que  la  ol- 
vide y  me  la  perdone,  ó  por  lo  menos,  que  no  preste  á  mis  pa- 
labras sino  la  importancia  efímera  que  se  da  á  los  vagos  dichos 
de  una  mujer.  He  hablado  en  general,  y  pudiera  ser  que  sin 
fundamento. 

Los  ojos  del  joven,  que  se  habían  dilatado  al  escucharla^ 
volvieron  á  ponerse  sombríos;  su  rostro,  súbitamente  colorea- 
do, palideció  con  igual  prontitud.  Replicó  en  voz  baja: 

— No  diga  usted  eso,  señorita.  No  lo  piense  usted.  Además, 
¿para  qué?  Usted  ha  comprendido  perfectamente  lo  que  guar- 
daba en  el  alma,  lo  he  visto  bien  en  su  respuesta;  me  ha  pro-| 
bado  con  toda  claridad  que  me  había  engañado. 

La  leal  mirada  de  Jorge,  al  encontrarse  con  la  de  Cristina, 
la  obligaba  á  una  lealtad  igual.  Sabía  que  Jesusa  no  le  ama- 
ba, que  no  se  casaría  con  él,  aunque  hubiese  coqueteado  tal 
vez  excesivamente.  Así  fue,  que  respondió  con  triste  y  dulce 
acento: 

— Le  aseguro  que  no  quería  herirle.  Además,  apenas  si 
tenía  vagas  sospechas. 

— Y  ha  querido  usted  evitarme  una  declaración — dijo  él 
amargamente. 


EL  FILÓN  DEL  VADO  DBL  DIABLO  49 

— Evitarla  previniéndola — se  apresuró  á  decir  Cristina. — 
Ignoro  qué  engañosas  esperanzas  ó  qué  imprudentes  indiscre- 
ciones de  Jesusa  y  de  mi  padre  hayan  podido  hacer  que  nazca 
en  usted... 

— ¡No  he  hablado  jamás  de  ello  á  ninguno  de  los  dos! — ex- 
clamó con  viveza  Jorge. 

Se  calló,  y  tras  un  instante  de  amargas  reflexiones,  añadió: 

— He  sido  educado  en  los  bosques,  señorita;  he  aprendido 
en  ellos  á  no  escuchar  sino  mis  sentimientos,  no  á  conformar- 
me á  las  exigencias  del  mundo  de  usted...  ¡Adiós! — exclamó 
tendiendo  la  mano  por  segunda  vez. 

— ¡Adiós! — repitió  la  joven  dándole  la  suya,  desguantada^ 
con  una  sonrisa  de  confianza. 

Él  retuvo  prisionera,  durante  algunos  segundos,  la  mane- 
cita  blanca,  con  los  ojos  fijos  en  los  de  C\istina.  De  pronto, 
arrastrado  por  un  irresistible  impulso,  se  llevó  la  mano  á  sus 
ardientes  labios  y  la  llenó  de  besos.  Después,  soltándola  brus- 
camente, desapareció  en  el  bosque. 

Cristina  dio  un  grito  de  sorpresa,  de  susto  y  de  dolor.  ¿Se 
había  vuelto  loco  aquel  muchacho?  ¿Se  estilaban  en  el  Vado 
del  Diablo  semejantes  despedidas  por  procuración?  Miró  á  su 
mano,  enrojecida  por  la  febril  presión  del  joven,  y,  de  repeló- 
te, aquel  color  invadió  su  frente  y  sus  mejillas. 

— ¡Es  incomprensible! — se  dijo. 

— ¡Cristina! 

Su  hermana  salía  del  bosque  y  galopaba  hacia  ella. 

— Creíamos  que  venías  detrás...  Pero  ¿qué  tienes?...  ¿Qaé 
te  ha  sucedido?... 

— Nada,  nada.  Acabo  de  encontrar  á  Kearney,  que  se  mar- 
eha...,y...  y... 

La  indignación  y  el  despecho  no  la  dejaron  concluir. 

— ¿Y  por  fin  te  ha  confesado  que  te  amaba? — preguntó 
Jesusa. 

—  ¡Ah! — exclamó  Cristina. 

E.  M.~ Agosto  1902.  4 


50  LA   ESPAÑA   MODERNA 


VI 


La  brusca  marcha  de  Jorge  Kearney  no  produjo  sino  un 
mediano  efecto  en  la  comunidad  del  Vado  del  Diablo  y  fue 
prontamente  olvidado.  Se  atribuyó  por  la  mayoría  á  diferen- 
cias entre  él  j  sus  consocios  en  lo  concerniente  á  la  aplicación 
de  las  ganancias  á  costosos  y  futuros  trabajos  de  explotación. 

Con  Felipe  Carr,  representaba  una  minoría  emprendedora, 
con  una  confianza  inquebrantable  en  el  porvenir  de  la  mina  y 
dispuesto  á  sacrificarlo  todo.  Los  unos  pretendían  que  había 
vendido  su  parte  en  la  asociación  á  un  hermano,  otros  afirma- 
ban que  había  ido  á  Sacramento  para  tomar  á  préát^amo  el  di- 
nero necesario  para  proseguir  á  su  costa  las  mejoras  necesa- 
rias. Sus  antiguos  compañeros  hablaban  poco;  el  mismo 
Whiskey  Dick,  el  cual,  con  gran  sorpresa  de  él  mismo,  pro- 
nunciaba muchos  menos  oráculos,  desde  su  asombrosa  eleva- 
ción social,  se  limitaba  á  indicar  que,  como  el  fogoso  tempe- 
ramento de  Jorge  no  sufría  la  menor  contradicción  aunque 
viniera  de  su  hermano,  su  momentánea  separación  había  pro- 
bablemente aplazado  una  seria  ruptura. 

Carr  no  ocultaba  la  contrariedad  que  le  causaba  la  súbita 
deserción  de  su  joven  discípulo  y  más  íirme  aliado.  Un  día  se 
atrevió  á  hacer  una  alusión  inoportuna  á  sus  precedentes  ob- 
servaciones sobre  la  corte  hecha  por  Kearney  á  su  hija  menor, 
lamentando  agriamente  la  terminación  de  sus  buenas  relacio- 
nes; fue  acogido  con  tanta  frialdad  y  desaprobación,  no  sola- 
mente por  parte  de  Cristina,  sino  también  por  la  aturdida 
Jesusa,  que  se  refugió  en  un  mutismo  confuso  y  resignado. 
Después  de  un  silencio  bastante  largo,  durante  el  cual  tuvo 
tiempo  de  recobrar  su  actitud  de  ofendido,  dijo: 

— Lo  que  quería  decir  es  que  Fairfax,  que  no  se  distingue 
entre  mis  partidarios,  continúa  viniendo  aquí  con  tanta  fre- 
cuencia como  antes. 


EL  FILÓN  DEL  VADO  DEL  DIABLO  51 

— Al  contrario,  es  amigo  de  usted  y  se  interesa  mucho — 
dijo  Jesusa. — Por  lo  demás,  no  viene  sino  para  tenerle  á  usted 
^1  corriente  del  progreso  de  los  trabajos. 

— Y  sin  duda  á  criticar  á  tu  padre — añadió  Carr,  afectando 
un  tono  de  broma  que  disimulaba  imperfectamente  el  enojo. — 
Me  parece  que  me  ha  suplantado  en  tu  opinión  como  suplantó 
al  pobre  Kearney. 

— ¡Vamos,  papá! — dijo  con  viveza  Jesusa  abrazando  á  su 
padre  como  con  mimos,  pero  en  realidad  para  ocultar  su  tur- 
bación ocasionada  más  bien  por  una  mirada  escrutadora  de 
Cristina  que  por  las  palabras  de  Carr; — vamos,  me  prometió 
usted  no  volver  á  hablar  de  ese  ridículo  asunto.  Acabará  usted 
por  ponernos  tan  nerviosas  á  las  dos,  que  no  nos  atreveremos 
á  abrir  la  puerta  á  un  visitante  sin  exigir  que  se  declare  inc- 
óente de  toda  intención  matrimonial.  ¿Quiere  dar  razón  á  los 
rumores  que  circulan?  Se  dice  ya  que  para  ser  bien  recibido 
por  nosotras,  hay  que  ser  en  absoluto  de  la  opinión  de  usted 
acerca  de  todo  lo  que  ocurre  en  el  Vado. 

— ¿Quien  propaga  esos  chismes? — exclamó  Carr  poniéndose 
encarnado. — ¿Se  entretiene  en  eso  Fairfax? 

— Desde  luego  que  no,  porque  todo  el  mundo  sabe  perfec- 
tamente que  no  comparte  las  ideas  de  usted,  y  sin  embargo 
sigue  viniendo. 

Cristina,  que  desde  hacía  algún  tiempo  se  abstenía  por 
completo  de  tomar  parte  en  semejantes  discusiones,  esperó  á 
'  que  se  fuera  su  padre  para  decir  á  su  hermana  con  la  mayor 
oalma: 

— ¿Así,  pues,  es  esa  la  única  razón  por  la  que,  á  despecho 
de  lo  que  resolviste,  continúas  viendo  al  Sr.  Munroe? 

Jesusa,  que  había  intentado  seguir  á  su  padre  en  la  huida, 
se  vio  obligada  á  renunciar  y  se  detuvo  en  el  umbral.  Antes 
de  volverse,  procuró  tomar  una  expresión  de  candor  y  de  ig- 
norancia simulada. 

—¿Resolver?  ¿Qué?  ¿Cuándo? — exclamó  abriendo  mucho  sus 
hermosos  ojos  azules. 


52  ,  LA.   ESPAÑA   MODERNA 


— Pues  el  día  en  que  se  despidió  Kearney — dijo  Cristina^ 
que  se  ruborizó  ligeramente. 

— ¡Ah!  ¡ese  día!,.,  ¡el  día  en  que  te  llenó  la  mano  de  besos 
frenéticos  antes  de  lanzarse  al  bosque  para  ocultar  su  confu- 
sión! 

— ¡El  día  en  que  se  condujo  como  un  loco! — replicó  Cristi- 
na severamente. 

Pero  la  severidad  de  su  acento  contrastaba  con  la  dulzura 
que  anegaba,  ante  aquel  recuerdo,  el  brillo  de  sus  ojos  bajo  un 
húmedo  velo. 

— El  día  en  que  me  dijiste... 

— Que  tales  efusiones  no  eran  para  mí... 

— Y  que  las  atenciones  del  Sr.  Munroe  no  eran  sino  para 
ti — se  apresuró  á  añadir  Cristina. — ¿No  quedamos  entonces  en 
que  para  prevenir  atenciones  tan  comprometedoras  renuncia- 
ríamos á  toda  relación  familiar  con  esos  señores? 

—  ¡Sí! — dijo  Jesusa. — Me  acuerdo.  Pero  no  pretendas  con- 
fundir las  raras  visitas  de  Munroe  con  aquella  otra  actitud. 
El  no  me  besa  las  manos  como  un  insensato — añadió  sumida 
en  una  contemplación  retrospectiva. 

— ¡Pero  no  se  marcha! — replicó  Cristina,  revelándose  al 
fin  y  lanzando  aquel  último  dardo. 

El  silencio  que  siguió  á  ese  choque  de  sordas  hostilidades 
estaba  preñado  de  amenazas. 

— ¿Sabes  que  nuestra  provisión  de  café  está  casi  agotada? 
— dijo  por  fin  Jesusa  sofocada,  avanzando  hacia  la  puerta. 

— Sí,  y  es  preciso  también  que  desde  hoy  nos  ocupemos  de 
la  lejía — respondió  la  mayor,  disponiéndose  á  marchar  por 
una  salida  opuesta,  y  procurando  dominar  su  violenta  emo- 
ción. 

La  prosperidad  material  del  Vado  del  Diablo  continuaba 
en  aumento,  si  es  que  una  prosperidad  sin  fundamentos  visi- 
bles, descansando  únicamente  sobre  las  esperanzas  y  la  fe  de 
los  interesados,  puede  calificarse  de  material. 

Una  mañana  corrió  la  noticia  de  que  los  trabajos  habían. 


EL   FILÓN   DEL    VADO   DEL    DIABLO  53 

cesado  en  el  Vado.  Se  decía,  es  cierto,  que  no  se  trataba  más 
que  de  una  medida  temporal,  y  los  obreros  habían  recibido  la 
orden  provisional  de  efectuar  excavaciones,  á  lo  largo  del  río, 
en  enormes  acumulaciones  de  grava  aurífera.  Se  esperaba  es- 
tablecer así  de  una  manera  irrefutable  la  riqueza  inagotable 
del  aluvión,  y  justificar  no  solamente  los  gastos  ya  hechos, 
sino  nuevos  empréstitos  y  renovar  así  el  crédito.  La  suspen- 
sión temporal  de  los  trabajos,  especialmente  dirigidos  por  el 
ingeniero,  le  permitió  marchar  á  San  Francisco,  bajo  pretex- 
to de  atender  á  los  asuntos  de  la  mina  en  general  y  preparar 
nuevas  combinacicnes  financieras.  Carr  se  llevó  á  sus  hijas. 
Esto  era  para  ellas  una  ocasión  propicia  para  renovar  su  ro- 
pero, cambiar  de  aires  y  resolver  sin  sacudidas  el  arduo  pro- 
blema de  sus  relaciones  sociales  en  el  Vado  del  Diablo.  La  de- 
cisión de  su  padre,  procurándoles  aquellas  vacaciones  deseadas, 
suscitó  bastante  reconocimiento  para  restablecer  la  armonía 
de  las  relaciones  de  familia,  puestas  en  peligro  por  los  recien- 
tes acontecimientos. 

Sin  embargo,  las  alegres  previsiones  de  las  dos  hermanas 
no  se  realizaron  por  completo.  No  tardaron  en  experimentar 
cierta  desilusión  ante  el  aspecto  de  la  civilización  á  la  que 
habían  vuelto.  Echaron  la  culpa  de  ello  al  cambio  realizado 
-en  sus  costumbres  por  tres  meses  de  destierro  en  la  sierra;  se 
decían  que  se  habían  vuelto  salvajes  y  lugareñas,  y  no  se  les 
ocultaba  que  en  materia  de  modas  estaban  atrasadas;  les  bas- 
taba mirar  los  escaparates  de  los  grandes  almacenes. 

Pero  los  efímeros  consuelos  de  algunas  sesiones  en  casa  de 
la  modista  y  la  costurera  no  disiparon  su  malestar.  El  caballe- 
resco y  leal  homenaje  del  que  se  burlaran  en  el  Vado  les  fal- 
taba ahora;  se  sentían  tanto  más  dispuestas  á  desconfiar  de  las 
exquisitas  cortesanías  de  los  elegantes,  cuanto  con  mayor  ce- 
remonia les  eran  presentados;  comprendían  que  aquellos  caba- 
lleros de  modales  civilizados  tenían  en  el  fondo  una  agitación 
febril,  un  egoísmo  disimulado  más  irritantes  que  las  maneras 
libres  y  naturales   de  sus  antiguos  compañeros.  Les  parecía 


54  LA   ESPAÑA   MODERNA 


entonces  que  los  cinco  millonarios  del  Vado  del  Diablo,  con 
su  rectitud  sencilla  é  innata,  realizaban  mejor  el  tipo  del  per- 
fecto caballero  que  aquellos  ciudadanos  afectados  que  se  es- 
forzaban por  desempeñar  un  papel  mundano  superior  á  sus- 
fuerzas. 

En  cuanto  á  las  mujeres,  les  daban  miedo;  las  encontra-- 
ban,  todavía  más  que  los  hombres,  engolfadas  en  sus  preten- 
siones y  en  sus  modas,  insaciables  en  su  necesidad  de  movi- 
miento y  emoción.  Al  cabo  de  una  semana,  las  dos  hermanas 
convinieron  en  que  echaban  de  menos  no  ya  la  villa  nueva  en 
la  falda  de  la  meseta,  cuya  extraña  riqueza  había  sido  eclip- 
sada últimamente  por  nuevas  construcciones  de  una  ostenta- 
ción más  bárbara  todavía,  sino  la  doble  barraca  al  abrigo  de 
los  pinos,  que  se  les  representaba  ahora  con  cierto  aspecto  de 
aristocracia  en  su  primitiva  y  sobria  sencillez.  En  medio  de  la 
vida  febril  de  la  ciudad  se  detenían  á  veces,  angustiadas,  so- 
focadas, mareadas;  el  rumor  de  las  calles  y  plazuelas  llenas  de 
gente  no  tenía  para  ellas  ningún  sentido  si  no  es  cuando  evo- 
caba el  vago  recuerdo  de  la  monótona  y  sonora  queja  del 
viento  nocturno  sobre  la  Sierra;  nacidas  y  educadas  en  una 
ciudad,  aquellas  sensaciones  nuevas  ó  inexplicables  las  inquie- 
taban. 

— Es  perfectamente  absurdo — decía  Jesusa — tener  seme- 
jantes ideas  y  encontrarnos  aquí  tan  azoradas  como  aquella 
criada  del  Condado  de  Pike  que  tuvimos  en  Sacramento  y  que 
jamás  había  visto  un  vapor.  ¿Sabes  tú  que  el  otro  día  me  dio 
un  vuelco  el  corazón  al  encontrarme  en  el  desembarcadero  de 
Stockton  con  un  hombre  de  camisa  roja  y  fusil  en  bandolera» 

— ¿Sentiste  deseos  de  hablarle? — preguntó  Cristina  con  me- 
lancólica sonrisa. 

— No,  pero  me  puse  furiosa  porque  no  se  dignó  dirigirme 
la  palabra;  furiosa  y  triste.  ¿Habremos  cogido  allí  abajo  algu- 
na fiebre,  alguna  malaria?  Te  aseguro  que  me  hago  supersti- 
ciosa. 

Cristina  no  respondió.  También  ella  había  tenido  diferentes 


EL   FILÓN   DEL  VADO   DEL   DIABLO  55 

veces  extraños  pensamientos.  Sin  embargo,  si  las  hijas  del  in- 
geniero no  se  acostumbraban  al  género  de  vida  de  la  gran 
ciudad,  Carr,  en  cambio,  se  las  arreglaba  en  grande.  Con 
asombro  de  las  dos  hermanas,  se  engolfó  en  los  placeres  y  en 
el  movimiento  de  San  Francisco.  No  se  permitía  graves  desór- 
denes, no  bebía,  no  jugaba,  pero  se  mostraba  sumamente  so- 
lícito cerca  de  las  mujeres.  Sin  embargo,  las  dos  hermanas  no- 
taban algo  extraño  en  la  conducta  de  su  padre,  tan  distinta 
de  lo  que  había  sido  siempre.  Parecía  como  si  quisiera  atur- 
dirse. 

De  repente,  Carr  anunció  que  los  negocios  de  la  mina  le 
llamaban  á  Sacramento,  y  que  dejaría  á  sus  hijas  en  la  ciudad 
hasta  su  vuelta,  bajo  la  salvaguardia  de  una  familia  amiga. 
Aquellas  le  propusieron  volverse  inmediatamente  al  Vado  del 
Diablo,  pero  rechazó  tal  proyecto  de  una  manera  terminante; 
acogió  igualmente  muy  mal  el  ofrecimiento  que  le  hicieron  de 
acompañarle  en  su  viaje,  y  concluyó  por  decir  secamente: 

— Me  estorbaríais.  Divertiros  aquí  mientras  podáis; 

Una  vez  solas,  las  dos  hermanas  se  dedicaron  á  seguir  el 
consejo  paterno.  Tal  vez  comenzaban  á  experimentar  cierta 
reacción  en  su  decepción  primera;  tal  vez  también  sentían  la 
vaga  necesidad  de  distraerse  de  sus  recientes  inquietudes  res- 
pecto del  ingeniero.  Salieron  más,  se  dejaron  llevar  á  concier- 
tos y  fiestas  por  sus  encargados. 

Un  día  aceptaron  una  invitación  para  una  de  las  suntuo- 
sas recepciones,  con  las  cuales  un  célebre  millonario  de  San 
Francisco  celebraba  los  raros  momentos  de  vida  de  campo  que 
se  concedía;  la  fiesta  se  daba  en  un  espléndido  palacio  cons- 
truido en  la  falda  de  una  de  las  colinas  que  rodean  la  ciudad, 
y  debía  durar  tres  días;  el  género  de  diversiones  se  dejaba  en 
absoluto  á  la  libre  elección  de  los  invitados.  Así  fue  cómo  Je- 
susa y  Cristina,  deseosas,  al  segundo  día  de  su  estancia,  de 
visitar  un  desfiladero  cercano,  no  encontraron  dificultad  algu- 
na en  escoger  caballos  en  las  cuadras  bien  provistas  del  dueño 
de  la  finca  y  en  hacerse  acompañar  por  algunos  invitados  harto 


56  LA    ESPAÑA   MODERNA 


felices  con  ser  distinguidos  por  aquellas  dos  encantadoras  jó- 
venes que  pasaban  con  razón  por  las  más  exclusivas  y  más 
difíciles  de  la  reunión. 

El  hombre  designado  para  acompañar  á  Cristina  era  uu 
joven  banquero  bastante  bien  educado  y  de  amena  cjnversa- 
ción;  pero  ella  no  podía  menos  de  comparar  el  lenguaje  de  su 
caballero,  reservado  y  atildado,  con  la  sencillez  y  naturalidad 
de  los  cinco  millonarios  del  Vado  del  Diablo. 

El  encanto  de  una  tarde  soberbia  y  las  seducciones  de  un 
paisaje  espléndido,  les  llevaron  más  lejos  de  lo  que  habían 
pensado;  el  sol,  que  declinaba  rápidamente,  les  advirtió  de  la 
necesidad  de  buscar  un  atajo  que  les  conduj-era  antes  á  la  casa. 

— Veo  un  vaquero  (1)  allí  abajo — dijo  el  joven  que  con 
Cristina  había  tomado  la  delantera; — esos  diablos  conocen  el 
país  en  veinte  leguas  á  la  redonda.  Voy  á  buscarle  y  pondré  á 
contribución  lo  que  só  de  español.  Pero  ha  echado  á  galopar; 
si  no  consigo  alcanzarle,  tal  vez  conseguirá  usted  cortarle  el 
camino,  y  sus  ojos  de  usted  se  hacen  comprender  en  todas  las 
lenguas. 

El  banquero  partió  al  galope  sin  esperar  una  respuesta. 
Cristina  miró  en  la  dirección  indicada,  y  vio,  en  efecto,  un 
vaquero  ocupado  en  perseguir  al  ganado,  y  que  no  hacía  apa- 
rentemente ningún  caso  de  las  reiteradas  llamadas  del  ingenie- 
ro que  corría  hacia  él;  de  pronto  volvió  bruscamente  grupas 
para  cortar  la  retirada  á  una  bestia  fugitiva,  mientras  que  el 
banquero,  arrastrado  por  el  ímpetu  de  su  caballo,  pasó  ade- 
lante sin  poder  dirigirle  la  palabra. 

La  maniobra  del  vaquero  le  llevó  sin  que  se  fijase  en  la  di- 
rección seguida  por  Cristina:  la  vio  de  pronto  frente  á  frentd 
y  hubo  de  tirar  violentamente  de  las  riendas  para  evitar  un 
choque.  Cristina  dio  un  grito  y  paró  también  á  su  caballo. 
Ante  ella  estaba  Jorge  Kearney  con  el  cutis  tostado  y  un  bi- 
gote poblado;  vestido  con  el  traje  ordinario  pero  pintoresco  da 


(1)    En  castellano  en  el  original. 


EL   FILÓN   DEL   VADO   DEL   DIABLO  57 

SU  profesión,  estaba  verdaderamente  apuesto  y  arrogante. 
La  sangre  afluyó  bruscamente  al  rostro  de  la  joven,  que  se 
tiñó  de  carmín.  Los  ojos  del  joven  relampaguearon  un  mo- 
mento, después  los  bajó  ante  la  mirada  de  Cristina;  inclinóla 
frente,  su  mano  se  crispó  de  un  modo  convulsivo  y  se  reflejó 
en  su  cara  una  sombría  violencia. 

— ¡Usted  aquí,  Sr.  Kearney! — dijo  por  fin  la  joven. — Es 
extraño,  pero  me  alegro  mucho  volverle  á  ver. 

Ella  trataba  de  sonreír;  pero  su  voz  estaba  alterada  y  la 
mano  que  le  tendía  temblaba.  . 

Jorge  la  miró  con  tristeza;  después,  con  un  brusco  movi- 
miento, puso  su  caballo  al  lado  del  de  Cristina.  Entonces,  vi- 
niendo súbitamente  al  sentimiento  de  su  situación  recíproca, 
dirigió  una  furtiva  y  rápida  ojeada  sobre  su  persona  y  se  puso 
en  seguida  á  mirar  en  la  dirección  en  que  galopaba  el  caba- 
llero de  la  joven. 

En  un  instante  comprendió  ésta  la  gravedad  y  el  peligro 
del  incidente.  Las  palabras  de  Wliiskey  Dick:  «¡No  lo  sufri- 
ría!» cruzaron  por  su  mente  como  un  relámpago.  El  tiempo 
apremiaba.  El  banquero,  que  había  conseguido  hacerse  dueño 
de  su  caballo,  volvía  rápidamente  sin  fijarse  en  la  singular 
mirada  de  Jorge.  Cristina  cogió  de  pronto  la  mano  de  Kear- 
ney, y  le  dijo  tranquilamente: 

— ¿Quiere  usted  acompañarme  un  poco? 

El  se  volvió  hacia  ella  y  la  consideró  atentamente.  Sus  ojos 
se  encontraron  con  los  ojos  claros  y  francos  de  la  joven.  Creyó 
ver  en  ellos  una  sombra  de  censura. 

— Se  lo  ruego — dijo  ella  con  viveza, — se  lo  pido  como  un 
favor.  Tengo  que  hablar  con  usted.  Jesusa  y  yo  estamos  solas 
aquí.  Mi  padre  está  ausente.  ¿No  es  usted  uno  de  nuestros  an- 
tiguos amigos? 

El  vacilaba  aún.  El  joven  banquero  los  alcanzó  y  los  con- 
templó con  asombro.  Dirigiéndose  á  él,  se  apresuró  á  decir 
Cristina  con  la  mayor  sangre  fría: 

— Acabo  de   encontrar  por  casualidad  un  antiguo  conocí- 


58  LA   ESPAÑA   MODERNA 


miento.  Vuelva  usted  pronto  al  lado  de  mi  hermana,  y  dígale 
que  el  Sr.  Kearney  está  aquí  y  que  la  esperamos. 

El  banquero,  mudo  de  estupefacción  á  la  vista  de  la  in- 
abordable Cristina,  mano  á  mano  con  un  vaquero  mejicano^ 
obedeció  con  docilidad  la  orden  ligeramente  imperiosa  de  la 
joven  y  marchó  al  galope.  Cuando  hubo  desaparecido,  la  jo- 
ven se  volvió  hacia  Jorge  con  deslumbradora  sonrisa: 

— Ahora  condúzcame  usted  á  casa  por  el  sitio  más  corto  lo 
más  pronto  posible. 

— ¿A.  su  casa  de  usted? — preguntó  Kearney. 

— Es  decir,  á  casa  del  Sr.  Prince,  en  donde  estamos  estos 
días.  Pronto,  antes  de  que  los  otros  puedan  alcanzarnos. 

El  espoleó  á  su  caballo,  que  salió  al  galope,  seguido  por  el 
de  Cristina.  Pronto  llegaron  á  un  sendero  que  les  condujo  á 
un  camino  groseramente  practicado  en  el  bosque  para  el  trans- 
porte de  maderas. 

— Esto  es  lo  más  corto;  ganamos  dos  millas — dijo  Jorge. 

Seguían  galopando.  Cristina  moderó  insensiblemente  la 
marcha,  y  Jorge  la  imitó.  Estaban,  por  el  instante  al  menos, 
al  abrigo  de  toda  sorpresa,  aun  en  el  caso  de  que  los  otros  ji- 
netes hubieran  descubierto  el  sendero  y  les  hubiesen  seguido. 
Pero  Cristina,  tan  atrevida  y  tan  segura  de  sí  misma  hacía  un 
momento,  se  sentía  invadir  por  un  insuperable  malestar.  ¿Qué 
había  hecho? 

Detuvo  bruscamente  á  su  caballo. 

— ¿Les  esperaremos? — dijo  en  voz  baja. 

— Tenía  usted  prisa  por  volver  á  casa — dijo  Jorge  con  dul- 
zura sin  mirarla,  acariciando  con  la  mano  el  satinado  cuello 
de  su  caballo; — y...  y  tenía  usted  que  decirme  algo. 

—  ¡Ah,  sí! — replicó   ella  con  una  sonrisa  tímida. — Pero  la 

sorpresa  de  encontrarle  á  usted  así,   me  ha  trastornado  por 

completo.  ¿Vive  usted  aquí?  ¿Nos  ha  abandonado  usted  para 

comprar  un  rancho? — añadió  ella  considerándole  con  atención. 

El  se  puso  ligeramente  encarnado. 

— jNo! — dijo  con  violencia. — Vivo  aquí,  es  verdad,   pero 


EL   FILÓN   DEL   VADO   DEL   DIABLO  59 

no  tengo  rancho.  Estoy  á  sueldo  de  un  propietario  para  cui- 
dar de  sus  ganados. 

Al  decir  esto  la  miró  á  la  cara;  vio  que  los  hermosos  y  lím- 
pidos ojos  de  Cristina  se  llenaban  de  asombro  y...  de  otra  cosa 
también.  La  frente  del  joven  se  iluminó,  sus  ojos  brillaron,  y 
añadió  con  la  risa  juvenil  de  otros  tiempos: 

— El  hecho  es,  señorita,  que  aquí  tiene  usted  un  mozo  cuya 
miseria  es  completa.  Desde  la  última  vez  que  vi  á  usted,  lo 
he  perdido  todo.  Pero  sé  montar  á  caballo,  el  trabajo  no  me 
asusta,  y  salgo  adelante. 

— ¿Ha  perdido  usted  el  dinero  en...  la  mina? — preguntó 
Cristina  bruscamente. 

jOh,  no! — exclamó  él  con  precipitación  eludiendo  su  mira- 
da.— Mi  hermano  tiene  mi  parte.  Yo  he  cometido  impruden- 
cias por  cuenta  propia,  y  ya  ve  usted  cómo  me  encuentro... 
Pero  si  los  demás  no  sufren  por  ello...  si  los  demás  no  me  acu- 
san de  locura,  ¡qué  importa! 

— ¿Pero  y  si  alguien  sufriera,  sin  acusarle  á  usted,  sin  em- 
bargo, de  locura? 

Se  calló  confusa  y  turbada  ante  la  repentina  animación  del 
rostro  de  Jorge  y  la  ardiente  mirada  que  le  lanzó. 

—  Es  decir...  ¡Oh!  Sr.  Kearney,  dígame  usted  la  verdad 
entera.  Yo  no  entiendo  nada  de  negocios,  pero  sé  que  las  co- 
sas van  mal  en  la  mina  del  Vado  del  Diablo.  Contésteme  ua- 
ted  francan^ente;  mi  padre  tiene  que  ver  algo  en  esto,  ¿no  es 
verdad?  Si  yo  pudiese  pensar  que  usted  ha  sufrido  por  su  cau- 
sa; si  pudiera  creer  que  sus  desgracias  de  usted  provienen  de 
él...  de  nosotros...  no  me  consolaría  nunca. 

Hizo  una  pausa  y,  dirigiéndole  una  mirada  sombría, 
añadió: 

— ¡Jamás  le  perdonaré  á  usted  el  haberse  marchado! 

La  expresión  dolorosa  del  joven  al  oir  las  primeras  pala- 
bras de  Cristina,  se  borró  al  escuchar  aquella  conclusión  tan 
esencialmente  ilógica  y  femenina;  sus  labios  se  entreabrieron 
con  una  sonrisa. 


60  LA  esi'a:&a  moderna 


— Señorita — se  apresuró   á  contestar  con  ingenua  vivaoi-  • 
dad, — al  que  viniera  á  decirme  que  su  padre  no  es   el  mejor, 
-el  más  recto  de  los  hombres,  demasiado  hábil  y  demasiado  sa- 
bio para  ser  cómplice  de  los  imbéciles  que  le  rodean,  le...  le 
rompería  la  cabeza. 

Confundida  ante  aquella  pronta  y  caballerosa  respuesta  á 
un  secreto  pensamiento  que  ella  no  había  expresado,  Cristina, 
en  su  aturdimiento,  precipitó  la  explicación  que  había  buscado. 

— Todavía  una  palabra,  Sr.  Kearney — dijo  bajando  los 
ojos  y  poniéndose  colorada. — En  nuestra  última  entrevista,  el 
día  de  su  marcha,  me  debió  usted  encontrar  dura  y  cruel. 
Pero  cuando  le  diga  á  usted  que  creí  oir  la  confesión  de  sus 
sentimientos  hacia  Jesusa... 

— ¿Hacia  Jesusa?— exclamó  interrumpiendo  Jorge. 

— Comprenderá  usted  que...  que... 

— ¿Qué? — preguntó  el  joven  acercándose. 

— Que  mis  palabras  no  eran  sino  el  eco  de  las  que  mi  her- 
mana le  hubiera  dirigido  si  le  hubiese  usted  hablado  de  mí  en 
los  mismos  términos. 

Se  calló  bruscamente  ó  imprimió  á  su  caballo  un  movi- 
miento de  retroceso,  para  poner  alguna  distancia  entre  Jorge 
y  ella. 

Pero  aquel  era  demasiado  buen  jinete  para  favorecer  la 
maniobra.  Con  un  movimiento  imperceptible  de  muñeca  y  ta- 
lones mantuvo  juntos  los  dos  caballos. 

— Sigamos  adelante — dijo  ella  penosamente. 

—No. 

Kearney  levantó  la  mano  con  autoridad,  y  su  acento  esta- 
ba revestido  de  una  viril  gravedad. 

— No,  no  daremos  un  paso  más  juntos.  Es  preciso  que  yo 
vuelva  al  trabajo  por  el  cual  me  pagan,  y  que  usted  siga  su 
camino  con  sus  compañeros,  que  no  tardarán  en  llegar.  Pero 
en  el  momento  de  separarnos,  no  será  la  hermana  de  Jesusa 
la  que  me  diga  adiós,  será  Cristina,  la  única  mujer  á  quien 
amo,  la  única  á  quien  he  amado  en  mi  vida. 


EL  FILÓN  DEL  VADO  DEL  DIABLO  61 

Tendió  la  mano.  Palpitante  al  acordarse  de  otra  despedi- 
da, ella  le  dio  la  suya  temblando.  El  la  cogió,  pero  no  se  la 
llevó  á  los  labios.  Fue  ella  la  que,  confusa  y  arrebatada,  retu- 
vo un  segundo  entre  los  suyos  los  dedos  del  joven  antes  de  de- 
jarlos caer. 

—  ¿Y  esa  es  la  razón  por  la  cual  nos  deja  usted  ahora,  del 
mismo  modo  que  desertó  del  Vado  del  Diablo? — preguntó  ella. 

El  levantó  los  ojos  con  una  extraña  sonrisa. 

—Sí. 

Y  sin  decir  más,  volvió  grupas,  salió  al  galope  y  desapa- 
reció en  el  bosque. 

Ya  en  otra  ocasión  la  había  abandonado  con  igual  brus- 
quedad; se  quedó  sola,  con  la  mano  enrojecida  por  sus  ardien- 
tes besos;  en  aquella  nueva  ocasión  volvía  á  quedarse  sola^ 
indignada,  pero  pálida  y  sin  que  los  labios  del  joven  la  hubie- 
ran siquiera  rozado  la  punta  de  los  dedos. 

Sin  embargo,  había  recobrado  ya  su  calma  y  sangre  fría 
cuando  su  hermana  y  los  dos  caballeros  la  alcanzaron  algunos 
instantes  después.  La  explicación  que  les  dio  de  aquel  extraño 
encuentro  y  de  la  brusca  marcha  del  extranjero  fue  tan  clara 
y  sencilla,  que  no  suscitó  comentario  alguno.  Solamente,  Je 
susa  la  deslizó  al  oído  esta  observación  maliciosa: 

— ¿Te  has  convencido  por  completo  de  que  no  se  trataba 
de  mi  persona? 

— Sí — respondió  Cristina. 


Yll 


Pocos  días  después  del  regreso  de  las  dos  hermanas  á  San 
Francisco,  recibieron  una  carta  de  su  padre.  Los  negocios  — 
decía — le  retenían  indefinidamente  en  Sacramento,  y  no  veía 
la  necesidad  para  sus  hijas  de  marchar  por  el  momento  al  Yada 
del  Diablo  y  con  los  fuertes  calores.  Los  amigos  que  las  habían 
recibido  le  rogaban  que  las  dejase  más  tiempo,  y  puesto  que 


62  LA    ESPAÑA   .MODERNA 


ellas  estaban  contentas,  mejor  era  aceptar  aquella  hospitali- 
dad cordial.  Había  llegado  además  á  sus  noticias  que  se  habían 
divertido  mucho  en  casa  de  Prince,  y  que  un  joven  banquero 
se  había  mostrado  particularmente  atento  con  Cristina. 

—  ¿Sabes  tú  lo  que  quiere  decir  todo  esto?  —  preguntó  Je- 
susa con  una  expresión  desacostumbrada  de  gravedad  en  su 
picaresco  rostro,  observando  á  su  hermana. 

Cristina,  cuj^os  pensamientos  habían  volado  ya  muy  lejos 
de  la  carta  paterna,  respondió  distraídamente: 

— Pues  por  lo  visto  que  hay  que  esperar  aquí  el  regreso  de 
papá. 

—  Significa  otra  cosa.  Significa  que  papá  acaba  de  sufrir 
nuevos  reveses,  que  los  asuntos  van  muy  mal  en  la  mina,  que 
cuanto  más  se  ahonda,  menos  aurífero  es  el  suelo,  que  todo  el 
oro  que  se  ha  obtenido  ya,  ó  el  que  se  encuentre  en  la  super- 
ficie, significa,  en  fin,  que  la  mina  del  Vado  del  Diablo  no  es 
más  que  una  «bolsa»,  y  no  un  filón. 

— ¿Quién  dice  eso? — preguntó  Cristina  palpitante. 

—  Fairfax...,  el  Sr.  Munroe  me  escribe  como  si  estuvié- 
ramos informadas — balbuceó  Jesusa. — Me  dice  que  no  me  des- 
aliente, que  la  cosa  no  es  desesperada,  y...  y... 

— ¿Desde  cuándo  sucede  eso? —  preguntó  Cristina  con  cal- 
ma, aunque  extraordinariamente  pálida,  cogiendo  la  mano  de 
su  hermana. 

— Me  figuro  que  desde  nuestra  llegada.  Tal  vez  Fairfax 
tenga  razón.  Dice  que  el  pobre  papá  está  todavía  lleno  de  es- 
peranzas. 

—  ¿El  Sr.  Munroe  está,  pues,  en  correspondencia  conti- 
go?— preguntó  Cristina. 

— ¡Claro! — se  apresuró  á  decir  Jesusa. —  Por  interés  hacia 
nosotros. 

— ¡Y  nadie  me  ha  dicho  nada  á  mí! — exclamó  Cristina  con 
voz  sorda. 

— ¿Ni  siquiera...? 

— ¡No! — respondió  amargamente  Cristina. 


EL   FILÓN   DEL   VADO   DEL   DIABLO  63 

— ¿De  qué  habéis  hablado  entonces?  Por  supuesto,  que  si  no 
se  te  confían,  querida,  es  porque  te  tienen  miedo.  Eres  tan... 

— ¿Tan  qué? 

— Tan  digna,  tan  superior — replicó  Jesusa  abrazando  tier- 
namente á  su  hermana;  —  tienes  siempre  aspecto  de  decir  con 
tu  sonrisa  de  serena  indulgencia:  «¡Ya  sé  que  no  es  culpa  de 
ustedes,  pobres  gentes!»  Querría  ser  como  tú.  Oye,  Cristina, 
¿no  te  parece  que  deberíamos  volver  al  Vado  del  Diablo?  ¿Qué 
opinas?  Munroe  cree  que  nuestra  presencia  allí  sería  conve- 
niente. Los  mineros  no  podrían  decir  que  nos  divertimos  y 
echamos  el  dinero  por  la  ventana. 

—  Permíteme  que  no  considere  al  Sr.  Manroe  como  un 
consejero  completamente  desinteresado.  No  estaría  bien  que 
te  volvieses  al  Yado  por  la  sola  invitación  de  ese  señor  y  siu 
tu  padre.  No  es  el  único  accionista,  no  hacemos  gastos  locos, 
y  además  hemos  prometido  á  Prince  volver  a  su  casa  la  sema- 
na próxima. 

—  Como  quieras,  querida  —  dijo  Jesusa  volviéndose,  para 
ocultar  una  sonrisa  involuntaria. 

Pocos  días  después  Jesusa  llegó  corriendo  á  donde  estaba 
su  hermana,  y  le  dijo  alegremente: 

— Te  quejas  de  que  nadie  te  confía  nunca  nada.  Pues  no 
tienes  razón;  abajo  está  Whiskey  Dick. 

— ¡"Whiskey  Dick! — exclamó  Cristina. — ¿Qué  viene  á  hacer 
aquí? 

— Por  lo  visto  visitarte  á  ti  sola.  Ya  sabes  que  no  me  en- 
cuentra ni  bastante  distinguida,  ni  bastante  gran  señora  para 
honrarme  con  sus  opiniones  sociales.  Me  desdeña,  y  no  ha  pre- 
guntado más  que  por  ti. 

Con  un  vago  presentimiento  de  alguna  revelación  inespe- 
rada, Cristina  bajó  al  salón.  Desde  la  puerta  reconoció  los  fuer- 
tes efluvios  de  jabón  de  olor  y  de  agua  de  Colonia  con  los  cua- 
les Whiskey  Dick  había  tomado  la  costumbre  de  velar  las  hue- 
llas de  recientes  libaciones.  A  pesar  de  un  traje  completamen- 
te nuevo,  cuyos  pliegues  rebeldes  se  negaban  todavía  á  amoi- 


64  LA   ESPAi^A   MODERNA 


darse  á  los  contornos  de  su  persona,  parecía  intimidado  por  la 
magnificencia  inesperada  de  la  habitación  en  que  le  habían 
introducido.  Sin  embargo,  la  primera  ojeada  sobre  el  rostro 
risueño  y  dulce  de  la  joven  le  devolvió  su  aplomo;  sacó  de  su 
sombrero  un  cucurucho  de  papel,  y  de  él  una  magnífica  rosa 
amarilla,  que  ofreció  ceremoniosamente  á  Cristina;  después, 
habiendo  así  reivindicado  sus  derechos  á  la  reputación  de  cum- 
plido caballero,  s©  sentó  eon  elegante  naturalidad. 

— ¿Se  debe  á  una  feliz  casualidad  el  que  se  encuentre  usted 
aquí,  Sr.  Holl,  ó  ha  venido  usted  realmente  á  visitarnos? — 
preguntó  graciosamente  Cristina. 

—  Mitad  casualidad,  señorita,  mitad  premeditación;  un 
poco  de  lo  uno  y  de  lo  otro — dijo  Dick  con  tono  ligero. — Como 
no  hay  mucho  que  hacer  en  el  Vado  del  Diablo,  me  he  ofreci- 
do un  pequeño  paseo  á  Frisco,  un  pequeño  chapuzón  en  el 
torbellino  de  la  moda,  entrar  y  salir,  esto  es  todo. 

Y  agitaba  lentamente  su  gran  pañuelo  nuevo,  imitando  el 
pesado  vuelo  de  una  ave  acuática,  á  fin  de  ilustrar  lo  que  decía. 

— El  gran  género  y  el  buen  tono,  á  la  larga  revienta,  se- 
ñorita; usted  y  yo  lo  sabemos,  á  menos  que  no  se  tenga  juicio 
y  experiencia.  Así,  pues,  cuando  los  compañeros  han  preten- 
dido que  todo  este  ruido  mundano,  todo  este  jaleo  en  la  capi- 
tal, no  era  juego  limpio,  les  he  dicho:  «Metéis  la  pata,  señores. 
Lo  que  necesitamos  es  que  los  ojos  populares  se  fijen  .en  nos- 
otros, es  un  decir.  Así,  pues,  cuando  una  luminaria  número 
uno  como  la  señorita  Carr  se  presenta  en  el  horizonte  de 
Frisco  y  da  en  los  ojos  al  público,  es  un  decir,  el  público  des- 
lumhrado pregunta  quién  es.»  Le  responden:  «Es  la  incompa- 
rable hija  del  incomparable  Director  de  la  mina  del  Vado  del 
Diablo,  llamada  por  otro  nombre  la  diosa  del  Vado,  es  un  de- 
cir. El  capital  afluye,  el  golpe  está  dado.  Y  cuando  los  amigos 
vienen  á  cantarme  que  el  viejo  (con  perdón,  pero  así  llaman  á 
su  padre  de  usted,  sin  ofenderle),  que  el  viejo,  en  lugar  de  ha- 
cer la  corte  á  viudas  opulentas,  para  hacer  que  metan  sus  ca- 
pitales en  los  trabajos,  haría  mejor  en  emplear  su  talento  en 


EL  FILÓN  DEL  VADO  DEL  DIABLO  65 

realizar  el  oro  que  ya  se  ha  descubierto,  les  respondo  que  así 
es  como  lo  entiende  su  padre  de  usted.  Su  género,  les  digo,  es 
«ontruir.»  En  cuanto  lia  concluido,  se  dirige  á  los  hombres  de 
negocios  y  les  dice:  «Aquí  están  los  trabajos  que  necesitáis; 
precio:  un  millón;  aquí  está  el  agua  que  necesitáis;  precio: 
otro  millón;  aquí  está,  arriba  y  abajo,  la  arena  aurífera  que 
necesitáis;  precio:  otros  dos  millones.  Mi  tiempo  es  demasiado 
precioso,  mi  condición  demasiado  alta,  para  explotar  minas. 
Yo  las  hago.  Pasadme  un  cheque  de  seis  millones  y  estamos  en 
paz,  la  mina  es  de  ustedes.»  Los  hombres  de  negocios  le  firman 
©I  cheque,  vienen  á  mirar  su  adquisición,  y  mientras  los  pri- 
meros asociados  se  pasean,  con  las  manos  en  los  bolsillos,  con 
seis  millones  de  beneficio,  los  hombres  de  negocios  toman  el 
trabajo  y  la  responsabilidad. 

Cristina  no  interrumpió  aquel  desbordamiento  de  palabras 
y  comentarios;  pero  cuando  por  ñn  el  orador  se  detuvo,  falto 
de  aliento,  dijo  ella  tranquilamente: 

— He  encontrado  el  otro  día  á  Jorge  Kearney,  en  el  campo. 

Whiskey  Dick  tosió  tras  un  pañuelo  y  miró  de  reojo  á  la 
joven. 

— Kearney...  sí...  sí...  ciertamente.  ¿Con  que  le  ha  visto 
lasted?  ¿Y  cómo  se  encuentra? 

— Bien  de  salud;  pero  está  arruinado,  completamente  arrui- 
nado— dijo  Cristina  mirando  con  fijeza  á  Dick. 

— Sí,  claro — respondió  el  minero  sin  acertar  á  manifestar 
su  asentimiento  de  manera  menos  brutal. 

— Se  ha  visto  obligado  á  aceptar  para  vivir  un  oficio  indig- 
no de  él — añadió'Cristina  sin  dejar  de  mirar  á  Dick. 

— Justo,  justo — exclamó  éste. — Precisamente  eso,  señorita. 
Bien  decía  yo  á  los  compañeros:  «¡No  es  justo!» 

El  que  Jorge,  para  complacer  á  Carr,  haya  fundido  en  la 
mina  el  último  dollar  que  poseía  é  hipotecado  su  parte  futura; 
el  que  para  no  contrariar  á  ese  hombre  venerable,  no  haya 
qnerido  dejarle  ver  que  estaba  arruinado,  ¿es  una  razón,  les 
dije,  para  que  se  deshonre  y  humille  al  Vado  con  una  fuga 
E.  }A,--Agosto  1902.  5 


66  LA  K8PA*A  MODERNA 


primero,  y  con  el  oficio  de  vaquero  que  desempeña  por  misera- 
bles piastras  mejicanas?  ¿Es  justo  que  imponga  esa  humilla- 
ción á  una  señorita  del  gran  mundo,  con  la  que  ha  paseado  á 
pie  y  á  caballo,  que  ha  bailado  con  él,  cambiado  flores,  cinta- 
jos,  con  perdón,  de  cotillón,  y  sentimientos  con  él?  Estas  son 
las  propias  palabras  de  que  me  he  servido  con  los  amigos. 
¿Con  que  le  ha  visto  usted?  Por  supuesto,  que  habrá  sido  para 
mandarle,  por  ejemplo,  que  apretase  la  cincha  de  su  caballo 
de  usted,  y  le  habrá  usted  dado  cinco  dollars  por  su  trabajo. 

Pero  Cristina,  que  se  había  levantado,  miraba  por  la  ven- 
tana. De  pronto  se  volvió,  con  el  rostro  pálido  y  los  ojos  bri- 
llantes. 

— Señor  Hall — dijo  esbozando  una  sonrisa, — nos  conoce- 
mos desde  hace  tiempo.  ¿Quiere  usted  prestarme  un  servicio? 
Ya  una  vez  nos  acompañó  usted  en  un  corto  y  delicioso  paseo. 
¿Quiere  usted  hacer  más?  Mi  padre  está  en  Sacramento  para 
asuntos  de  la  mina.  ¿Quiere  usted,  sin  decir  nada  á  nadie,  lle- 
varnos esta  tarde  á  Jesusa  y  á  mí  al  Vado  del  Diablo? 

— ¡Que  si  quiero! — exclamó  Dick  medio  sofocado  por  la 
alegría  que  le  causaba  aquella  proposición  y  el  deseo  de  no 
parecer  demasiado  vulgar  mostrando  una  vehemencia  excesi- 
va.— Tengo  mucho  honor  en  ello. 

— Cuando  le  digo  que  guarde  el  secreto — replicó  Cristina 
poniéndose  encarnada, — no  es  que  me  oponga  á  que  informo  del 
caso  á  Kearney,  si  sabe  usted  dónde  está. 

— Comprendido,  señorita,  comprendido— dijo  Dick  agitan- 
do su  pañuelo. — Cuestión  de  escribir  unas  líneas:  «Asuntos  de- 
licados y  sociales,  la  necesidad  de  acompañar  á  las  señoritas 
de  Carr  al  Vado  del  Diablo,  me  impiden  ir  á  verte.»  ¿Va  bien? 

— Perfectamente,  Sr.  Hall — respondió  Cristina,  sonrientes 
los  labios  y  húmedos  los  ojos. — Ahora  vaya  usted  á  tomar  si- 
tio en  el  vapor  que  sale  esta  noche,  y  tráiganos  los  billetes. 
Jesusa  y  yo  arreglaremos  lo  demás. 

— A  sus  órdenes — exclamó  Dick  entusiasmado,  disponién- 
dose á  salir. 


EL   FILÓN   DEL   VADO   DEL   DIABLO  67 

— Espero  su  vuelta  con  impaciencia — dijo  Cristina. 

Dick  estrechó  la  mano  de  la  joven  y  se  dirigió  á  la  puerta 
-con  gravedad;  pero  al  llegar  á  ella  se  detuvo. 

— ¿Es  preciso  tomar  los  billetes  ahora  mismo? — preguntó 
<5on  vacilación. 

— Claro  es — respondió  Cristina  vivamente; — tengo  empeño 
en  marchar  hoy  mismo,  y  si  no  se  toma  un  camarote  de  ante- 
mano... 

— Sí.  sí — balbuceó  Dick  confuso. — Pero... 

— ¿Pero  qué? — exclamó  Cristina,  que  se  impacientaba. 

El  vacilaba  todavía.  Por  fin,  cerrando  la  puerta  con  pre- 
<3aución  después  de  haber  mirado  por  todos  los  ángulos  de  la 
habitación,  sacudió  su  pañuelo  como  para  rechazar  jUna  supo- 
sición importuna,  y  dijo  con  risa  forzada: 

— El  caso  es  tonto...  estúpidamente  tonto;  pero  el  caso  es 
que  no  tengo  costumbre  de  llevar  dinero  sobre  mí,  y  me  he 
olvidado  de  tomar  un  cheque  sobre  Wells,  Fargo  y  compañía. 

— ¡Ni  una  palabra  más! — se  apresuró  á  decir  Cristina. — 
Soy  verdaderamente  una  aturdida.  Perdone  usted  que  no  haya 
pensado  en  ello,  Sr.  Hall.  Voy  á  ver  á  nuestro  excelente  ami- 
go el  señor  de  esta  casa;  será  nuestro  banquero. 

— ¡Un  instante,  señorita! — dijo  Dick  deteniéndola. 

El  pulgar  y  el  índice  de  la  mano  derecha,  que  se  habían 
«rispado  dolorosamenbe  en  el  bolsillo  de  su  chaleco  y  sobre  la 
única  moneda  que  poseía  en  el  mundo,  desde  la  compra  de  la 
rosa  amarilla  que  lucía  en  la  blusa  de  Cristina,  se  aflojaron. 

— ¡Un  momento!  j  Disponga  usted  de  mi  nombre  en  esa  pe- 
queña transacción  si  puede  serle  útil;  consiento  en  ello. 


VIII 


Cristina  y  Jesusa  Carr  miraban  por  la  portezuela  do  la  di- 
ligencia, cuyas  ruedas,  que  levantaban  una  nube  de  polvo,  les 
hacían  recorrer  lentamente  la  última  etapa  que  les  separaba 


68  LA  ESPAÑA   MODERNA 


aún  del  Vado  del  Diablo.  Observaban  nn  cambio  en  el  paisa- 
je, independiente  del  creado  por  sus  nuevas  sensaciones.  La 
cumbre  del  monte,  las  mesetas,  antes  verdes  y  aterciopeladas, 
se  presentaban  áridas  y  amarillas;  hasta  las  mismas  sendas  que 
se  abrían  en  el  bosque  parecían,  por  decirlo  así,  marcadas  por 
el  hierro  al  rojo  blanco  con  el  que,  desde  hacía  seis  meses,  les 
abrasaban  sin  cesar  los  eternos  rayos  de  un  sol  implacable.  El 
tórrido  verano  lo  había  cubierto  todo  con  sus  incandescentes 
cenizas.  Moribundos  olores  aromáticos  llegaban  hasta  ellas; 
se  sentían  envueltas  por  una  atmósfera  abrumadora,  semejan- 
te á  esas  pasiones  espirantes,  de  un  ardor  reprimido,  que  se 
consumen  en  una  inmensa  hoguera. 

Con  gran  consuelo  percibieron  por  fin  las  dos  hermanas  los 
desperdigados  edificios  del  Vado  del  Diablo,  cuando  el  coche 
comenzó  la  larga  bajada  que  allí  conducía.  Pero  al  entrar  en 
poblado,  las  impresionó  vivamente  otro  cambio  mucho  más  si- 
niestro que  el  realizado  en  el  paisaje.  La  población  continua- 
ba allí;  ¿pero  qué  se  habían  hecho  los  habitantes?  Cuatro  me- 
ses antes  habían  dejado  la  larga  calle  irregular  llena  de  gen- 
tes afanadas,  de  grupos  animados,  un  caos  de  mercancías  y 
negociantes  en  la  plaza,  ante  la  iglesia  presbiteriana.  Ahora,, 
raros  transeúntes  apenas  levantaban  la  cabeza  al  paso  de  la 
diligencia;  la  desierta  plaza  estaba  obstruida  por  cajones  va- 
cíos, las  casas  estaban  abandonadas,  los  escaparates  de  las 
tiendas  sin  géneros  y  hasta  sin  cristales.  El  gran  acueducto  sin 
concluir,  enhiesto  sobre  gigantescos  postes,  atravesaba  el  ría 
y  avanzaba  sobre  la  villa  como  un  reptil  monstruoso  que  la 
había  chupado  la  sangre  y  permanecía  allí  ante  su  víctima. 

Whiskey  Dick  había  dejado  el  coche  en  lo  alto  del  Monte 
del  Diablo  para  bajar  por  un  atajo  de  peatones  que,  hacién- 
dole ganar  media  hora  sobre  la  diligencia,  le  permitía  tomar 
algunas  disposiciones.  Esperaba  á  sus  compañeras  en  el  punto 
de  parada  con  un  cochecillo,  para  llevarlas  á  su  casa.  Bastó 
una  ojeada  para  que  comprendiese  que  una  conversación  lige- 
ra y  broniista  estaría  fuera  de  lugar,  pues  los  rostros  de  las 


EL  FILÓN   DEL   VADO   DEL  DIABLO  69 

jóvenes  reflejaban  tristemente  la  desolación  que  las  rodeaba; 
él  mismo  experimentaba  cierto  malestar,  y  el  corto  trayecto 
se  hizo  en  un  silencio  absoluto. 

La  villa  estaba  recientemente  pintada,  y  á  los  ojos  preocu- 
pados de  las  dos  hermanas  se  presentó  más  graciosa  y  atracti- 
va que  nunca.  Solícitas  manos  habían  cuidado  los  macizos  de 
rosas  y  las  enredaderas.  El  agua,  aquel  elemento  tan  precioso 
«n  el  Vado  del  Diablo,  había  sido  generosamente  prodigada 
para  mantener  verdes  y  lozanas,  no  obstante  la  prolongada 
sequía,  las  plantas  de  que  las  jóvenes  gustaban.  Aquello  era 
como  un  riente  oasis  en  donde  reinaban  aún  las  gracias  de  la 
primavera,  y  sin  embargo,  cuando  penetraron  en  él  las  dos 
hermanas,  experimentaron  como  la  triste  sensación  de  una  se- 
paración próxima.  Parecía  que  la  casa  no  les  pertenecía  ya. 

— Si  yo  fuese  usted,  señorita  Cristina — dijo  Whiskey  Dick 
con  tono  insinuante, — me  quedaría  en  casa  uno  ó  dos  días. 
Merodean  ahora  muchos  vagabundos  por  los  caminos,  y  no  es 
agradable  tropezar  con  ellos.  Mi  opinión  es  que  estarían  uste- 
des mejor  en  otra  parte,  más  cerca  de  poblado,  como  quien 
dice  allí  donde  vivieron  ustedes  antes. ' 

— ¿En  nuestra  antigua  y  querida  cabana? — preguntó  Gris- 
tina. — Pienso  á  menudo  en  ella  y  quisiera  encontrarme  allí. 

— ¿De  veras? — exclamó  Dick,  cuyos  ojos  brillaron  de  sa- 
tisfacción.— ¿Qué  es  lo  que  yo  decía? — añadió  dirigiéndose  á 
un  invisible  auditorio, — que  para  poner  el  dedo  en  la  llaga, 
para  buscar  el  filón  hasta  lo  último,  no  hay  como  una  señorita 
de  alto  tono...  Voy  á  decir  á  los  amigos  que  han  tomado  uste- 
des posesión  de  la  casa.  Es  un  fastidio  que  Fairfax  y  Mattin- 
gly  se  hayan  marchado  precisamente  ayer  á  la  granja  para 
un  asunto,  pero  seguramente  volverán  mañana.  Servidor  da 
ustedes. 

Al  quedarse  solas  las  dos  hermanas  comenzaron  á  darse 
cuenta  do  su  singular  situación.  Antes  de  salir  de  San  Fran- 
cisco escribieron  á  su  padre  una  carta  seria  y  cariñosa,  dicién- 
dole  que  habiendo  sabido  la  verdad  sobre  los  reveses  de  la 


70  LA   ESPAÑA   MODERNA 


mina,  estaba  en  el  deber  de  regresar  al  Vado  del  Diablo  y  to- 
mar parte  en  sus  desgracias.  Encontraría  á  sus  bijas  dispues- 
tas á  compartir  su  mala  suerte  en  los  mismos  lugares  donde 
juntos  intentarían  remediarla. 

— Nuestro  padre  volverá — decía  Cristina; — no  puede  dejar- 
nos solas  aquí,  y  en  cuanto  llegue  arreglaremos  la  situación 
con  él — con  ellos.  Me  parece  que  ya  no  estamos  en  nuestra 
casa. 

No  se  engañaba.  Cuando  al  día  siguiente  por  la  tarde  llegó 
á  toda  prisa  Carr  procedente  de  Sacramento,  encontró  la  villa 
desierta.  Sus  bijas  no  se  encontraban  allí.  Los  vagos  presen- 
timientos que  turbaron  su  conciencia  inquieta  al  leer  la  carta 
de  Cristina  y  apresuraron  su  rápido  viaje,  parecían  realizarse 
de  repente.  Al  disponerse  á  salir  de  la  casa  abandonada,  cuya 
soledad  pesaba  sobre  él  como  una  censura,  encontró  en  el  um- 
bral á  Fairfax  Munroe. 

— Le  estaba  á  usted  esperando  en  la  plaza — dijo  el  último. 
' — Sin  duda  lia  tomado  usted  el  atajo. 

— Sí — dijo  Carr  con  ira. — Tenía  prisa  por  ver  á  mis  hijas, 
saber  la  causa  de  sus  locas  alarmas  y  conocer  el  nombre  de 
quien  se  ha  atrevido  á  asustarlas.  ¿En  dónde  están? 

— En  lugar  seguro,  en  la  antigua  vivienda,  puesta  en  con- 
diciones de  recibirlas — contestó  tranquilamente  Fairfax. 

— ¿Pero  qué  significa  todo  esto?  ¿Por  qué  no  están  aqní.^ 
en  su  casa? — exclamó  Carr,  cuya  intranquilidad  se  manifestó 
en  un  furor  sin  dignidad  y  sin  medida. 

— ¿Es  usted  quien  lo  pregunta,  Sr.  Carr? — dijo  tristemente 
Fairfax. — ¿Quería  usted  que  permaneciesen  aquí  hasta  que  el 
Juez  viniese  á  echarlas?  ¿Quién  mejor  que  usted  puede  saber 
que  las  sumas  recibidas  por  hipoteca  de  esta  propiedad  no  han 
sido  devueltas? 

Carr  se  estremeció,  pero  repuso,  si  no  con  tanto  aplomo, 
por  lo  menos  con  mayor  violencia: 

— Desde  el  momento  en  que  está  usted  tan  bien  informado 
¿e  lo  que  me  concierne,  ¿sabe  usted  si  se  hubiera  reclamado 


EL  PILÓN    DEL    VADO   DEL   DIABLO  71 

nunca  el  pago  de  esa  cantidad?  ¿Sabe  usted  si  se  trata  de  un 
adelanto  hecho  por...  por  un  amigo? 

— Lo  só  porque  he  visto  á  la  mujer  que  ha  proporcionado 
el  dinero.  Vino  aquí  para  examinar  la  propiedad  antes  de  la 
llegada  de  sus  hijas  de  usted. 

— ¿Y  bien? — preguntó  Carr  estupefacto. 
• — Pues  bien,  me  obliga  usted  á  decir  algo  que  hubiera 
querido  olvidar;  me  obliga  usted  á  precipitar  una  revelación 
que  yo  no  hubiera  hecho  hasta  el  día  en  que  hubiese  venido  á 
pedirle  la  mano  de  su  hija  Jesusa.  Caando  me  haya  usted  oído, 
comprenderá  que  ni  quiero  ni  puedo  juzgar  la  conducta  de 
usted,  que  vengo  solamente  á  explicar  la  mía. 

— ¡Adelante! — dijo  Carr  exasperado. 

— Cuando  llegué  á  este  país,  encontró  á  una  mujer  que  me 
inspiró  una  pasión  insensata.  Me  trató  como  las  mujeres  de  su 
especie  tratan  á  los  hombres  como  yo,  es  decir,  que  me  dejó 
después  de  haberme  arruinado.  Esto  sucedía  hace  cuatro  años. 
Hoy,  Sr.  Carr,  amo  á  su  hija  de  usted,  pero  la  confesión  de 
este  amor  no  ha  salido  de  mis  labios;  yo  no  quería  hablar 
hasta  haberle  dicho  eso.  Ya  lo  intenté  varias  veces,  sin  deci- 
dirme. Tal  vez  ahora  no  es  el  momento  propicio,  pero... 

— ¿Pero  qué?— exclamó  Carr  cada  vez  más  exasperado. — 
¡Hable  usted! 

— Sea.  Mire  usted — dijo  Fairfax  sacando  de  su  bolsillo  el 
paquete  de  cartas  que  encontró  Jesusa  detrás  de  un  mueble. — 
¿Reconoce  usted  esta  escritura? 

— ¿Qué  significa?... — balbuceó  el  ingeniero. 

— Que  esta  mujer,  mi  antigua  querida,  es  la  mujer  que  re- 
clama sus  derechos  sobre  esta  propiedad. 

Aquella  entrevista  quedó  secreta  entre  los  dos  hombres. 
Cuando  Carr  aceptó  por  segunda  vez  la  hospitalidad  de  la  vi- 
irienda  primitiva,  corrió  el  rumor  de  que  había  sacrificado  su 
9Íüa  y  su  rico  mobiliario  para  satisfacer  á  los  acreedores  más 
•premiantes  de  la  mina,  y  tal  proceder  le  devolvió  una  parte 
«leí  prestigio  que  comenzaban  á  negarle.  Pero  un  sentimiento 


72  LA.  ESPAfíA  MODERNA 


más  sincero  de  simpatía  y  de  confianza  reapareció  en  el  Vado 
del  Diablo  cuando  se  supo  que  Fairfax  Munroe  había  pedido 
la  mano  de  Jesusa  Carr,  y  que  se  la  habían  prometido  me- 
diante condiciones  que  dependían  de  un  arreglo  equitativo  de 
los  asuntos  de  la  empresa.  Pero  no  podía  pensarse  en  hacer 
ningún  trabajo  antes  de  la  estación  de  las  lluvias,  antes  de  que 
aquella  agua,  tan  ardientemente  deseada,  viniese  libremente, 
á  su  tiempo,  por  los  caminos  que  eligiera  con  independencia 
de  los  ínfimos  auxiliares  que  en  vano  hendieron  la  roca  j  en 
vano  suspendieron  sobre  las  colinas  el  estéril  armatoste  del 
acueducto  no  terminado. 

La  estación  de  las  lluvias  llegó  por  fin.  Cada  barranco  se 
hizo  un  torrente,  cada  arroyuelo  un  río.  Los  aguaceros  se  su- 
cedían impetuosos  y  sin  interrupción;  caían  verdaderas  trom- 
bas de  agua.  El  exhausto  río  del  Vado  se  transformó  en  una 
impetuosa  corriente  y  no  tardó  en  amenazar  á  la  colonia  con 
sus  aguas  espumosas  y  amenazadoras.  Llegó  la  estación  tan 
deseada,  pero  con  harta  violencia;  una  noche  el  río,  saltando 
por  todos  los  obstáculos,  se  desbordó,  barrió  con  cruel  e  in- 
consciente ironía  los  montones  de  arena  aurífera  laboriosa- 
mente amontonados  y  se  extendió  como  un  vasto  lago  sobre 
el  llano  sumergido. 

En  el  espanto  y  en  la  confusión  de  aquella  noche  siniestra 
las  dos  hermanas  abrieron  su  vivienda  á  los  mineros  que,  hu- 
yendo de  la  inundación,  subían  por  la  meseta. 

De  pronto  Cristina  se  sintió  cogida  violentamente  por  un 
brazo.  Era  su  padre,  que  la  preguntó  con  voz  alterada: 
— ¿En  dónde  está  Jorge  Kearney? 

— ¡Jorge  Kearney! — repitió  Cristina,  creyendo  que  los 
acontecimientos  de  la  noche  habían  turbado  la  razón  de  su 
padre. — Pues  en  San  Francisco. 

— |No!  ¡Te  digo  que  está  aquí! — dijo  Carr  con  extravío. — 
Está  aquí  desde  la  crecida  de  las  aguas,  para  salvar  el  acae- 
ducto  y  el  depósito. 

—  ¡Jorge  aquí! — exclamó  Cristina  palpitante. 


EL   FILÓír  DEL  VADO   DEL   DIABLO  73 

— Sí.  Ha  pasado  por  aquí  hace  un  momento,  para  ver  si 
estabas  segura,  y  se  ha  dirigido  hacia  el  acueducto.  Lo  que 
ya  á  intentar  es  insensato.  Si  le  ves,  haz  que  desista  de  su 
proyecto.  ¡Que  perezca  esa  maldita  construcción!  Nos  ha  he- 
cho ya  bastante  daño,  para  que  nos  vaya  á  arrebatar  á  ese 
animoso  y  excelente  muchacho. 

La  joven  echó  á  correr  tras  la  muchedumbre  que  corría. 
Avanzaba  maquinalmente,  sin  saber  adonde  iba  ni  darse 
cuenta  de  lo  que  ocurría;  pero  las  palabras  de  su  padre  reso- 
naban en  sus  oídos  con  un  eco  siniestro.  De  repente  se  detuvo, 
espantada,  aterrorizada,  en  el  extremo  de  la  meseta;  á  sus 
pies  saltaba  el  río. 

A  la  indecisa  luz  de  la  aurora  Cristina  vio  y,  á  pesar  de  su 
inexperiencia,  comprendió  toda  la  extensión  del  desastre.  El 
acueducto  se  había  venido  abajo  y  su  enorme  masa,  lanzada 
sobre  la  orilla  opuesta,  rechazaba  al  río,  que  se  había  abierto 
nuevo  paso.  Mientras  contemplaba  aquel  espectáculo,  inmóvil 
y  aterrada,  una  parte  de  la  meseta  comenzó  á  vacilar  y  se 
precipitó  por  último  en  las  tumultuosas  aguas.  Se  oyó  un 
grito  de  espanto,  y  la  joven  se  sintió  coger  por  la  cintu- 
ra y  arrastrar  lejos  de  la  orilla.  Su  padre  estaba  ante  ella, 
presa  de  una  gran  exaltación.  Miraba  el  agua  con  ojos  de 
loco. 

— ¡Mira! — exclamó. — ¿Sabes  lo  que  es  eso? 

—  Que  el  acueducto  se  ha  derrumbado  y  que  el  río  ha  cam- 
biado de  curso...  Pero  ¿le  ha  visto  usted?  ¿Dónde  está? 

— ¿Quién? — preguntó  vagamente  el  ingeniero. 

—  ¡Jorge  Kearney! 

— Está  sano  y  salvo.  Pero  ¿comprendes,  Cristina,  lo  que 
eso  significa? — añadió  señalando  hacia  las  aguas. 

— Significa  que  estamos  arruinados  —  dijo  la  joven  con 
oalma. 

— ¡Nada  de  eso!  Significa  que  el  río  realiza  lo  que  no  hu- 
biéramos podido  terminar  en  un  año.  Estamos  salvados.  Pero 
hay  que  dominar  el  agua  y  dirigirla,  pues  si  no  arrastrará  loa 


74  LA   ESPAÑA   MODERNA 


yacimientos  auríferos,  y  entonces  sí  que  estaremos  realmente 
arruinados. 

Con  un  gesto  frenético  se  lanzó  hacia  un  grupo  de  mineros 
reunidos  en  un  punto  más  elevado  de  la  vertiente;  gritaban  y 
gesticulaban  con  furor,  interpelando  á  otros  Hombres  que  en 
la  orilla  opuesta  escalaban  el  maderamen  amontonado  del 
acueducto  derrumbado  en  el  punto  en  que  oponía  un  obstácu- 
lo al  río.  Evidentemente  se  les  babía  ocurrido  á  todos  la  mis- 
ma idea,  y  arriesgaban  su  vida  en  una  tentativa  desesperada 
para  quitar  el  obstáculo.  Cristina,  humillada  al  principio  y 
rebelada  ante  el  egoísmo  que,  en  semejantes  momentos,  no 
veía  más  que  el  interés  material,  se  dejó  ganar  por  el  general 
ardimiento  cuando  el  peligro  á  que  se  exponían  vino  á  digni- 
ficar con  el  heroísmo  la  labor  de  aquellos  hombres.  Bajo  los 
ataques  reiterados  de  las  hachas,  el  enorme  trozo  de  madera 
concluyó  por  desprenderse;  le  empujó  un  remolino  y  pareció 
encaminarse  hacia  el  antiguo  cauce  del  río.  Una  aclamacióa 
alegre  hendió  el  espacio,  pero  murió  casi  en  seguida:  el  ma- 
deramen tropezó  en  la  punta  dó  un  islote  de  escombros  y  vol- 
vió á  formar  un  invencible  obstáculo  á  las  aguas. 

Los  mineros  prorrumpieron  en  interjecciones  de  desespe- 
ración, cuando  salió  del  grupo  un  hombre  joven,  ágil,  arro- 
gante. Provisto  de  un  hacha  franqueó  rápidamente  la  distan- 
cia que  le  separaba  del  obstáculo,  saltando  de  madero  en  ma- 
dero. Comenzó  á  asestar  vigorosos  hachazos,  pero  desde  el 
primero  se  comprendió  que  el  audaz  joven  no  tendría  tiempo 
de  volver  á  la  orilla  y  sería  arrastrado  por  el  maderamen  en 
cuanto  se  desprendiese  éste.  El  mozo  no  parecía  preocuparse, 
continuaba  en  su  faena;  pero  en  el  momento  en  que  el  obs- 
táculo se  puso  en  movimiento,  saltó  atrevidamente  á  las  aguas 
inmultuosas.  Cristina  dio  un  grito,  su  corazón  dio  un  vuelco 
y  le  pareció  que  había  llegado  hasta  sus  ojos  el  agua  que  sal- 
picó al  caer  el  joven. 

Este  no  volvió  á  la  superficie  sino  después  de  haber  pasado 
del  lugar  en  que  se  encontraba  el  ingeniero;  sea  porque  estu- 


KL  FILÓN   DBL  VADO  DEL  DIABLO  75 

viese  atnrdido  ó  herido,  parecía  luchar  débilmente  contra  el 
torrente;  le  pareció,  sin  embargo,  á  Cristina  qne  intentaba 
aeercarse  al  punto  en  que  ella  se  encontraba.  ¿Lo  conseguiría? 
¿Podría  ella  prestarle  ayuda? 

Cristina  estaba  sola.  Se  acordó  de  un  sauce  que  crecía  á 
orillas  del  agua,  casi  á  la  puerta  de  la  casa.  Corrió  á  él,  arran- 
có una  rama  larga  y  flexible,  se  inclinó  sobre  el  torrente  y, 
por  primera  vez,  pronunció  este  solo  nombre: 

—¡Jorge! 

Como  obedeciendo  á  la  magia  de  su  voz,  el  joven  apareció 
á  dos  ó  tres  brazadas  de  la  orilla,  en  plena  corriente,  y  dirigió 
haeia  Cristina  sus  ojos  mortecinos.  Un  instante  más,  y  la  vio- 
lencia del  agua  le  arrastraría  fuera  de  alcance;  con  un  supre- 
mo esfuerzo  se  acercó  á  la  orilla;  la  joven  le  cogió  por  una 
manga.  Durante  un  segundo  le  pareció  que  el  río  la  arrastra- 
ba con  él;  se  apoderó  de  ella  el  vértigo,  y  ya  se  iba  á  dejar 
llevar,  cuando  recobró  la  energía;  levantó  el  cuerpo  del  joven 
con  un  esfuerzo  sobrehumano  y,  agotada,  sin  fuerzas  ya,  se 
dejó  caer  al  suelo,  estrechando  contra  su  pecho  la  cabeza  del 
salvado. 

— ¡Jorge,  amado  mío,  habíame  una  sola  palabra,  para  de- 
cirme que  te  has  salvado! 

£1  abrió  los  ojos.  Brilló  en  su  rostro  la  alegría  de  otros 
iiempos  y  sonrió. 

— ¿Salvado  por  usted  ó  por  Jesusa? — preguntó. 

Ella  dirigió  una  rápida  mirada  en  rededor,  asustada  y  te- 
merosa. No  había  más  que  una  respuesta  que  pudiese  cerrar 
aijuella  boca  burlona.  La  dio 

— Es  lo  que  he  dicho  siempre,  señores — peroraba  grave- 
mente Whiskey  Dick  algunas  semanas  después,  apoyado  en 
el  mostrador  con  el  vaso  en  la  mano. — «Jorge,  dije  á  éste,  lo 
qne  se  cuenta  á  una  señorita  del  gran  género,  del  gran  tono, 
no  vale  tanto  para  ganar  ó  perder  la  partida  como  lo  que  se 
hace.»  Lo  mismo  digo  con  relación  á  los  asuntos  del  Vado  «m 


T6  LA  espaSa  moi>eena 


general.  No  es  tanto  á  lo  que  Carr  y  los  compañeros  se  han 
propuesto  hacer,  como  á  lo  que  han  hecho  las  mismas  cosas, 
á  lo  que  debéis  los  triunfos  que  se  han  presentado  en  Tues- 
tro  juego,  compañeros;  ahí  está  la  causa  de  que  por  fin  hayáis 
encontrajio  el  filón. 

BsET  Hartb. 


POETAS  AMERICANOS 


MARCHÉ    Á     ESTUDIAR , 

«Marché  á  estudiar  con  redoblado  brío. 

>Ni  el  ocio  ni  el  hastío 
^Mitigaron  un  punto  mi  ardimiento. 
»No  tuve  un  solo  instante  de  desmayo: 

»¡E1  rayo,  el  puro  rayo, 
»De  su  amor  me  encendía  el  pensamiento!* 


¡Tú,  cantor  del  Idilio,  lo  escribiste! 
Yo  no  comprendo  ¡ay  triste! 
Esta  sentencia  en  que  mi  afán  se  estrella. 
Si  un  momento  tus  libros  no  dejaste, 

Si  nunca  desmayaste, 
¿Cuándo,  amante  inmortal,  pensaste  en  ella? 

Juan  Francisco  Ibabba, 

Argentino. 


psicología  religiosa  del  pueblo  espabol 


Dios  no  esfcá  en  la  tormenta.  Esta  expresión  sublime  de  la 
Escritura  debe  ahora  más  que  nunca  repetirse  por  los  que  solos 
y  con  espontáneos  bríos  marchen  por  el  camino  de  la  polémi- 
ca dogmática.  No  es  de  espíritus  nobles,  á  la  verdad,  el  pre- 
tender en  un  mundo  moral  y  espiritual  tan  dividido  como  el 
nuestro  dedicarse  á  la  triste  tarea  de  destruir  creencias  y  con- 
fianzas cuando  no  se  tiene  nada  con  que  reemplazar  lo  des- 
truido; pero  también  es  cierto  que  se  subleva  el  ánimo  contra 
las  absurdas  pretensiones  de  los  que,  olvidando  que  Dios  dejó 
el  mundo  á  las  disputas  y  controversias  de  los  hombres,  pre- 
tenden imponer  á  éstos  en  nombre  de  Aquél  viejas  supersticio- 
nes y  antiguos  dogmatismos,  sólo  por  haber  sido  apadrinados 
con  mayor  ó  menor  sinceridad  por  algunos  sabios  ortodoxos. 
Como  entre  éstos  supongo  que  no  se  me  tachará  de  exclusivis- 
ta si  coloco  en  primera  línea  á  Santo  Tomás,  á  él  se  dirigen 
principalmente  mis  ataques,  hoy  que  tanto  pregonan  su  infa- 
libilidad los  secuaces  de  su  escuela,  aristotélicos  en  el  seno 
del  Cristianismo,  escolásticos  en  el  seno  de  la  conciencia  mo- 
derna. 

A  mí  también  me  ha  seducido  esa  escuela;  pero  lo  declaro 
altamente,  casi  nunca  me  acerco  á  sus  enseñanzas.  Educado  en 
ellas,  he  tenido  ocasión,  no  ya  de  tragarlas,  sino  de  saborear- 


PSICOLOGÍA.  RELIGIOSA  DEL   PUEBLO    ESPAÑOL  7^ 

las  á  mi  placer  durante  mi  época  de  hambre  intelectual  en  el 
Seminario,  y  só  siquiera  que,  aunque  no  hayan  envenenado  mi 
razón,  tampoco  han  sido  del  agrado  de  mi  espíritu.  Entien- 
do, y  no  faltará  quien  entienda  como  yo,  que  el  error  más 
trascendental  y  al  mismo  tiempo  más  generalizado  en  la  orto- 
doxia española  es  la  identificación  de  las  teorías  de  Santo  To- 
más con  las  del  verdadero  Cristianismo.  España,  nación  indo- 
lente, ajena  á  toda  metafísica,  se  ha  atenido  hasta  aquí  á  la 
ciencia  del  pensador  de  Aquino  y  á  la  de  Suárez,  que  es — di- 
gámoslo sin  falso  patriotismo  y  con  legítimo  pesimismo  de 
raza — una  variación  desdichada  del  tema  de  Santo  Tomás.  La 
religiosidad  española,  inspirada  eula  ortodoxia  docente,  tiene 
su  fe  hecha;  no  la  realiza  en  la  vida  y  en  la  sociedad,  no.  Si 
así  fuera,  esa  fe — que,  por  otra  parte,  no  daría  frutos  buenos 
por  ser  ella  en  sí  específicamente  mala — acabaría  por  hacerse 
á  sí  misma  y  reconocer  su  impotencia  y  la  necesidad  de  su 
ampliación. 

Del  conjunto  de  tendencias  que  singularizan  la  historia 
presente  de  la  reacción  neo-escolástica,  surge  una  que  ilustra 
el  punto  que  á  nuestra  generación  conviene  especialmente  que 
sea  ilustrado:  el  clericalismo.  «Tal  sistema — ha  dicho  el  filó- 
sofo alemán  Caspari — se  acerca  á  la  metafísica  de  Santo  To- 
más y  de  Aristóteles;  sus  abogados  más  celosos  son  los  jesuí- 
tas, vaticanistas  y  ultramontanos.  Si  salen  con  la  su3'^a  los 
aristotélicos,  habremos  de  ir  á  Canosa  (1)  moral  ó  efectiva- 
mente.» Yo  he  combatido   en  otros  escritos  de  controversia 
teológico-social  esa  pésima  dirección,  de  la  misma  manera  que 
Diógenes  rebatió  los  raciocinios  excépticos  contra  la  posibili- 
dad del  movimiento,  recordando  con  Stuart  Mili  que  el  argu- 
mento de  Diógenes  hubiera  sido  igualmente  eficaz,  aun  cuan- 
do sus  particulares  perambulaciones  no  hubiesen  podido  ex- 
tenderse más  allá  del  recinto  de  su  tonel.  Aquí  voy  á  concretar 


(1)    clr  á  Canosa»  es  frase  usada  por  Bismarck  en  el  Parlamento  pru- 
siano contra  las  reclamaciones  del  partido  católico. 


80  LA  espaSa  modeena 


hasta  el  límite  posible  mis  ideas,  verificando  al  mismo  tiempo 
alguna  de  las  muchas  aclaraciones  que  su  importancia  de- 
manda. 

Por  de  contado,  es  inútil  buscar  en  lo  que  sabemos  sobre 
]  as  creencias  de  la  España  primitiva  datos  en  que  basar  la  psi- 
cología religiosa  de  nuestro  pueblo.  En  el  fiel  retrato  que  hace 
Estiabón  de  la  raza  celtíbera,  segiín  el  historiador  Marina, 
se  dice  que  nuestros  antepasados,  antes  de  corromperse  con  el 
comercio  y  la  dominación  extranjera,  conservaron  puros  ó  in- 
corruptos los  principios  de  religión  natural  y  noáchida.  No  se 
encuentra  en  los  pueblos  de  origen  céltico  en  España  huella 
alguna  de  dioses  seculares  ni  de  sacrificios  sangrientos.  Estas 
ideas  y  estas  prácticas,  tan  generalizadas  más  tarde,  son  de 
origen  fenicio. 

Informaciones  de  tal  suerte  vagas  y  remotas  sirven  para 
orientar  el  juicio,  pero  no  ofrecen  punto  alguno  por  donde  se 
pueda  empezar  la  investigación  sociológica.  Más  nos  interesa 
lo  que  en  la  historia  religiosa  posterior  pudiera  haber  influido 
la  lucha  entre  los  elementos  romano  y  germano.  El  elemento 
romano  ha  sido  el  elemento  civil  que  ha  creado  las  leyes,  el 
elemento  formal  que  ha  creado  la  disciplina  eclesiástica  y  el" 
derecho  canónico,  el  elemento  unitario  que  ha  creado  todas  las 
grandes  intolerancias  que  son  todavía  la  base  de  la  conciencia 
dogmático-social  del  pueblo  español.  El  elemento  germano  ha 
sido  idéntico  al  de  las  demás  naciones  que  se  asimilaron  y  pa- 
cificaron á  los  bárbaros,  y  no  ha  quedado  perpetuado  directa- 
mente por  la  diversidad  de  creencias  religiosas  en  la  nuestra, 
sino  sólo   de  una  manera  mediata,  y  en  tal  caso  muy  débil- 
mente. La  fusión  de  ambos  elementos  no  fue  más  que  la  unión 
de  la  Iglesia  y  el  Estado  antes  del  regalismo,  y  después  un 
agente  de  contradicción.  A  través  de  un  antropomorfismo  apa- 
rente, la  religión  islamítica  influyó  sin  duda  en  la  dirección 
dogmática  de  España,  particularmente  entre  los  mozárabes; 
pero  fuera  de  las  supersticiones  populares  de  Andalucía,  no 
hallamos  hoy  restos  bien  determinados  de  esa  influencia.   En 


PSICOLOGÍA   RELIGIOSA  DEL   PUEBLO   ESPAÑOL  81 

cuanto  á  la  unificación  verificada  bajo  los  E»eyes  Católicos, 
únicamente  haré  observar  que,  aparte  de  su  carácter  esencial- 
mente político,  produjo  en  el  espíritu  castellano  la  placidez  de 
un  buen  sentido  religioso,  incapaz  de  crear  nada.  Además,  en 
aquel  siglo,  gracias  al  descubrimiento  de  América,  las  corrien- 
tes sociales  iban  muy  por  otro  camino. 

Felipe  II:  be  aquí  realmente  el  tipo  genuino,  castizo  y  clá- 
sico de  la  religiosidad  ibera;  lo  que  mejor  caracteriza  la  socie- 
dad española  en  su  absolutismo  teocrático.  Los  juicios  de  los 
extranjeros  no  son  siempre  de  desdeñar,  y  recuerdo  á  este  pro- 
pósito el  que  sirve  de  conclusión  y  de  resumen  á  la  Histoire  de 
Philippe  II  del  Dr.  Baumstark,  según  el  cual  ese  monarca 
supo  resistir  á  sus  enemigos,  pero  no  crear  nada,  confundien- 
do siempre  en  su  vida,  como  en  el  Escorial,  el  sentimiento 
cristiano  con  la  excesiva  exterioridad.  ¿Buscáis  el  juicio  que 
sintetice  nuestra  genialidad  religiosa?  Abí  le  tenéis;  en  esas 
frases  está  revelado  de  cuerpo  entero.  Es  imposible  expresar 
mejor  el  origen  bistórico  y  la  causa  social  de  ese  bigotismo  es- 
trecbo  y  ese  ritualismo  intransigente  que  dan  á  la  religiosidad 
patria  un  carácter  tan  tristemente  original. 

No  ba  llegado  aún  la  hora  de  formular  mi  opinión  sobre 
los  resultados  de  la  política  de  Felipe  II.  Quiero,  antes  de  pa- 
sar adelante,  analizar  el  sentimiento  religioso,  no  ya  en  lo 
que  tuvo  de  coercitivo  y  formal,  sino  en  lo  que  tuvo  de  franco 
y  espontáneo,  en  su  expresión  más  castiza  y  sistemática,  en 
la  escolástica  y  en  la  mística.  Sin  necesidad  de  extenderme  en 
las  consideraciones  en  que  con  la  brevedad  posible  me  babró 
de  extender,  ¿no  se  comprende  á  primera  vista  que  los  esco- 
lásticos (hablo  de  los  grandes)  concentrasen  su  actividad  inte- 
lectual en  dar  variedad  y  novedad  á  los  métodos  de  explica- 
ción y  de  aplicación,  ya  que  á  las  doctriuas  era  imposible? 
Esto  hizo  que  nuestra  teología  padeciese  de  falsa  originalidad, 
que  se  sirviese  para  conservar  su  apariencia  ortodoxa  hasta 
del  ergotismo;  aspirando  á  la  independencia  final  en  el  dog- 
ma, no  lo  consiguió  por  su  preocupación  excesiva  de  las  for- 
E.  M.— Agosto  1902,  6 


82  LA  espaSa  moderna 


mas  del  pensamiento  abstracto.  A  esto  se  redujo  todo  nuestro 
intelectualismo  religioso,  todo  nuestro  escolasticismo:  fue  la 
libertad  aplicada  á  la  discusión. 

El  misticismo,  por  su  parte,  fue  como  lo  había  sido  en  toda 
Europa  en  la  Edad  Media,  la  libertad  aplicada  á  la  contem- 
plación (1).  Pero  se  distinguió  del  misticismo  medioeval  en 
que  no  se  abismó  en  la  devoción  estática,  ni  perdió  el  senti- 
miento de  lo  real,  ni  se  despegó  de  la  razón  ni  del  mismo  ra- 
zonamiento. Santa  Teresa,  sin  dejar  de  revelar  á  las  claras  su 
desdén  por  los  principios  del  culto  externo  y  el  poco  caso  que 
hacía  de  la  autoridad  en  materia  de  religión,  se  mantuvo 
siempre  en  los  límites  de  un  buen  sentido  entusiasta.  Como 
ella,  las  otras  raras  místicas  sólo  negaban  una  pequeña  parte 
de  la  reflexión  popular,  y  los  místicos  caminaron  á  la  eman- 
cipación de  las  trabas  dialécticas  y  filosóficas,  pero  estuvieron 
lejos  de  haberlas  roto;  los  más  ilustres.  Malón  de  Chaide,  Fray 
Juan  de  los  Angeles,  Alonso  de  Orozco,  Ponseca,  eran  pro- 
fundamente metafísicos  y  casi  platónicos.  En  nuestra  mística 
hay  una  parte,  que  pudiéramos  llamar  oficial,  cristalizada  en 
fórmulas  más  ó  menos  vagas;  pero  hay  otra  parte — y  es  la 
principal — que  elevada  por  Santa  Teresa  por  encima  de  las 
persecuciones  y  de  las  condenaciones  de  las  autoridades  ecle- 
siásticas de  su  tiempo  (2),  fortaleció  las  raíces  del  sentimiento 
religioso  de  nuestro  pueblo,  avivándolas  por  la  infusión  del 
espíritu  cristiano,  razonador  y  militante,  é  inició  la  floración 
de  nuestros  dogmas  inmortales,  de  los  que  vemos  brotar,  á 
manera  de  rosas  primaverales  y  límpidas,  hermosas  como  la 
esperanza,  los  mayores  portentos  de  la  espontaneidad  cristia- 
na, las  elegías  del  divino  Herrera,  los  celestiales  fulgores  del 
Cantar  de  los  Cantares ^  y  los  entrañables  ideales  cimentados 
sóbrelos  Nombres  de  Cristo   por  Fr.  Luis  de  León. 


(1)  Véase  á  Fischer:  Geschichte  der  neuern  philosophie,  einleitung. 

(2)  Sabido  es  que  casi  todos  nuestros  místicos  sufrieron  la  tiranía  y 
las  molestias  de  la  Inquisición. 


PSICOLOGÍA  RELIGIOSA   DEL   PUEBLO   ESPAÍÍOL  83 


¡Tradición  ciertamente  magnífica,  que  nos  deja  entre  ad- 
mirados y  suspensos,  y  que  preparaba  con  su  platonismo  ro- 
mántico á  la  poesía  filosófica  moderna  un  instrumento  de  gran 
potencia  que,  después  de  haber  sido  aprovechado  solamente 
para  los  sueños  intensos  de  amor  á  Dios,  había  de  ponerse  al 
servicio  del  amor  á  la  humanidad  en  Dios  y  por  Dios!  Tam- 
bién vemos  esta  última  tendencia  desempeñando  un  papel  al 
<jomienzo  de  la  literatura  dramática  piadosa,  y  sobre  todo  de 
la  de  Calderón,  cuya  íntima  relación  con  el  neo-cristianismo 
de  los  románticos  alemanes  es  una  hipótesis  que  no  se  puede 
probar,  pero  que  tampoco  debemos  rechazar.  Y,  en  efecto, 
¿quién^ignora  que  gracias  á  Calderón  se  efectuaron  en  Alema- 
nia notables  conversiones  del  protestantismo  al  catolicismo? 
Los  teólogos  que  con  ideas  tomadas  de  los  autos  de  Calderón, 
empezaron  á  predicar  desde  las  cátedras  nuevos  dogmas,  nue- 
vas máximas,  un  nuevo  Evangelio,  ¿proclamaban  algo  más  con 
su  panteísmo  catolizado  que  aquel  gran  principio  de  la  Uni- 
dad (Fray  Luis  de  León),  como  pió  universal  de  las  criaturas? 
ÍToethe,  que  se  conmovía  con  la  lectura  y  meditación  del 
Principe  perfecto,  obra  calderoniana,  ¿podría  desasirse  en  sus 
inferencias  de  una  concepción  que  estaba  robada  á  nuestros 
piadosos  prosistas  del  siglo  xvi? 

Fácil  es  comprender  ahora  hasta  qué  punto  ha  sido  origi- 
nal nuestra  mística  (1).  «Eso  que  se  llama  ciencia  de  Alemania 
(decía  Monescillo),  eso  que  se  llama  la  profundidad  de  Alema- 
nia... eso,  en  lo  que  tiene  de  sólido  y  bueno,  no  es  de  Alema- 
nia... Alemania  no  tiene  más  que  la  niebla:  Alemania  no  tiene 
más  que  el  sueño:  Alemania  no  tiene  el  fondo:  es  de  Teresa  de 
Jesús,  es  de  Juan  de  la  Cruz,  es  de  Fray  Luis  de  Granada:  y 
si  ellos  llegan  á  lo  alto,  no  han  llegado  como  Juan  de  la  Cruz 
al  Monte  Carmelo.»  Si  la  ortodoxia  española,  fiel  á  este  sano 
misticismo  no  mendigado  del  extranjero,  sino  engendrado  y 


(1)    Sobre  esta  materia  hay  notables  observaciones  en  Les  mystiques 
espagnols  de  Rousselot. 


81  LA    ESPA:&A   MODEllNA 


crecido  dentro  de  casa,  hubiese  perfeccionado  sus  ideales  e» 
los  siglos  posteriores,  ¿quién  hubiera  soñado  nunca  en  comba^ 
tir  su  influencia  y  pedir  su  exclusión  del  ideal  nacional  y  re- 
ligioso? 

Y  entramos  ya  en  la  cuestión  concreta  de  que  tratamos. 
¿Es  ó  no  cierto  que  la  política  de  Felipe  II  fue  el  elemento 
perturbador  que  desvió  aquella  dirección  soberana  y  atrofió  el 
órgano  religioso  de  la  nación?  No  es  mi  ánimo  hablar  de  esa 
política  con  extensión  y  latitud  eruditas;  pero  á  lo  menos,  no 
puedo  dispensarme  de  hacer  una  observación  general.  Entre 
las  atrofias  religiosas,  la  producida  por  el  absolutismo  política 
es  una  de  las  más  comprobables.  Por  esto  se  ha  comprendido 
muchas  veces  por  intransigencia  únicamente  lo  que  en  mate- 
ria de  fe  se  refiere  á  ese  absolutismo.  Y  bien  sabido  es  que  en- 
Eelipe  II  se  reunieron,  no  sólo  la  intolerancia — que  si  hubiese 
sido  sincera  podría  disculparse, — sino  la  mala  fe,  el  considerar 
la  intolerancia  como  un  medio  de  satisfacer  sus  ambiciones 
políticas;  mala  fe  que  nos  recuerda  siempre  aquellas  palabras 
que  escribía  á  Isabel  de  Inglaterra:  «la  religión  sirve  ahora  de 
máscara  á  la  revolución  y  á  la  anarquía»,  y  mala  fe  á  la  que 
unía  ese  formalismo  dogmático  que  aún  no  ha  desaparecido  de 
nuestra  conciencia  religiosa  colectiva.  Este  formalismo,  que 
sólo  vive  y  se  llena  con  supersticiones,  debía  traer  consigo  la 
indiferente  incredulidad  de  nuestros  días.  Los  vientos  de  la 
cultura  moderna  han  barrido  de  las  ciudades  españolas  todas 
esas  supersticiones  que  en  otro  tiempo  fueron  su  único  con- 
suelo moral  y  social,  y  hasta  el  pueblo  de  los  campos  ha  per- 
dido casi  por  todas  partes  la  fe  en  lo  sobrenatural.  En  una  de 
sus  mejores  novelas  (1),  titulsiáa,  Las  ilusiones  del  doctor  íaus- 


(1)  La  labor  religioso-novelesca  de  psicología  nacional,  aunque  redu- 
cida al  campo  de  las  clases  medias  por  sus  argumentos,  no  deja  de  ser  in- 
teresante. La  familia  de  León  lioch,  de  Galdós,  me  parece  algo' acertada 
por  su  finalidad;  pero  representa  un  problema  de  religiosidad  doméstica 
que  ya  no  cabe  en  nuestra  patria,  más  adelantada  y  avanzada  en  materias 
dogmáticas  que  lo  que  el  superficial  autor  de  Electra  se  figura.  La  fe,  de 


PSICOLOGÍA   RELIGIOSA.   DEL   PUEBLO   ESPAÑOL  85 


tino,  muestra  Valera  con  su  maligno  gracejo  cómo  el  espíritu 
crítico  de  nuestra  época  descreída  ha  penetrado  hasta  en  su 
aldea  imaginaria,  amortiguando  el  entusiasmo  por  su  Santo 
Patrono,  y  recuerda  á  la  vez  el  frenesí,  el  profundo  afecto  de 
gratitud  con  que  le  aclamaban,  años  ha,  cuando  le  sacaban  en 
procesión  ó  iba  la  fervorosa  muchedumbre  gritando  delante 
de  él:  «¡Viva  nuestro  Santo  Patrono,  que  es  tamaño  como  un 
pepino  y  hace  más  milagros  que  dos  mil  demonios!»  expresión 
sincera  de  la  persuación  en  que  estaban  de  que  su  santo,  si  es 
lícito  buscar  ejemplos  en  lo  profano  para  lo  sagrado,  y  en  lo 
material  para  lo  espiritual,  así  como  tal  máquina  de  vapor 
tiene  fuerza  mecánica  de  tantos  miles  de  caballos,  tenía  fuerza 
taumatúrgica  nada  menos  que  de  cinco  mil  demonios,  á  pesar 
de  lo  pequeño  que  era.  Y  no  se  diga  que  esto  es  poner  las 
cosas  en  caricatura,  porque  supersticiones  tan  pueriles  y  ridí- 
<íulas  como  esas,  prolongan  su  existencia  en  la  nación  española 
mediante  corrupciones  emanadas  de  una  ortodoxia  adulterada 
por  la  civilización,  de  una  ortodoxia  bastante  generosa  ó 
modernizada  para  poner  esas  corrupciones  en  armonía  con  la 
genuina  clásica  religiosidad  de  nuestro  pueblo,  á  la  que  desde 
luego  se  oponen.  Persisten,  además,  dichas  supersticiones, 
a-unque  tan  extraordinariamente  modificadas  que  nuestros 
padres  no  las  conocerían  de  fijo,  en  una  parte  del  clero  refrac- 
tario á  priori  y  á  posteriori  á  que  los  españoles,  sacudiendo  de 


Palacio  Valdés,  tiene  aún  menos  verosimilitud:  es  una  producción  abs- 
tracta, sin  base  alguna  en  los  sentimientos  religiosos  nacionales,  en  la 
<5ual  aquellas  partes  que  presentan  elevación  están  tomadas  de  la  filosofía 
alemana,  y  muy  especialmente  de  Strauss,  así  como  también  de  nuestro 
Pí  y  Margall,  no  sólo  imitados  y  explotados,  sino  traducidos  alguna  vez 
literalmente  por  Palacio  Valdés.  En  cambio  La  tierra  de  campos^  de  Ma- 
clas Picarea,  contiene  preciosos  datos  é  informaciones  sobre  el  espíritu 
dogmático  de  Castilla  la  Vieja.  Es  de  sentir  que  no  se  generalicen  estos 
ensayos  novelescos  regionales.  Los  queso  han  hecho,  ó  son  generales  ó 
sectarios,  y  nada  más;  lo  cual  es  muy  de  extrañar  en  una  tan  dilatada 
serie  de  novelistas  de  pretensiones  como  nos  deparó  el  cielo. 


86  LA   ESPAÑA  MODERNA 


los  ojos  de  su  espíritu  las  telarañas  tradicionales,  contemplen 
directamente  el  cielo  invisible  de  lo  absoluto  para  saber  cómo 
han  de  cumplir  su  fin  religioso.  Este  fin,  en  mi  sentir,  no  pue- 
de ser  otro  que  lo  que  se  denomina  la  libertad  de  conciencia^ 
fruto  penosamente  conseguido,  luchando  sin  fatiga  por  la 
cultura  y  la  sociabilidad,  y  opuesto  al  ideal  de  la  política  or- 
todoxa. 

Hemos  llegado  ya  á  tratar  de  los  liberales  españoles  del  co- 
mienzo y  mediados  del  pasado  siglo,  liberales  en  cuyas  ideas 
y  acciones  no  tiene  el  mismo  valor  intrínseco  la  concepción  de 
la  libertad  de  conciencia  á  que  acabo  de  aludir.  EHiberalismo 
español,  noble  rapsodia  de  la  Revolución  francesa  y  del  Gro- 
bierno  déla  República  francesa  de  1793,  se  ha  desenvuelto  en 
el  curso  del  citado  siglo  como  la  larga  cola  de  un  cometa,  que, 
siquiera  de  una  manera  aparente,  se  destaca  y  distingue  del 
núcleo  del  astro  primitivo.  Nos  hallamos,  á  estas  alturas,  para 
formar  juicio  sobre  él,  en  una  situación  más  favorable  que  la 
generación  que  nos  ha  precedido;  nuestros  padres  lo  predica- 
ron, pero  lo  redujeron  á  la  esfera  de  los  tumultos  políticos,  y 
nosotros  tendemos  ya  á  socializarlo,  mejor  aún,  á  nacionali- 
zarlo. Los  principios  del  89,  formados  por  la  filosofía  de  Rous- 
seau y  modificados  por  la  ciencia  social  moderna,  no  tuvieron 
en  su  primera  importación  á  nuestra  patria  grandes  garantías 
de  adaptación,  y  presentaban  ciertamente  un  lado  bueno,  pero 
que,  á  causa  de  su  rudeza,  dio  lugar  á  errores.  Sin  embargo, 
con  ser  muchos  los  desaciertos  de  nuestra  política  liberal,  han 
dejado  en  nuestra  conciencia  colectiva  huellas  de  impresiones 
más  saludables  que  las  medidas  de  los  que,  abandonando  las 
alas  y  caminando  con  pies  de  plomo,  han  tomado  francamente 
el  camino  de  la  reacción.  Los  partidos  moderados  y  cultos^ 
por  otra  parte,  nunca  han  sido  causa  inmediata  de  las  equivo- 
caciones y  excesos  de  nuestra  impresionable  raza.  Cuando  los 
clericales  sacan  á  relucir  estos  excesos  y  esas  equivocaciones^ 
pretenden  referirlos  á  todos  sus  adversarios  en  general;  pero 
saben,  como  cada  cual,  lo  que  en  realidad  sucede. 


PSICOLOGÍA  RELIGIOSA  DEL   PUEBLO   ESPAÑOL  8? 

Quisiera  repetir  una  y  otra  vez  que  los  errores  más  eviden- 
tes del  liberalismo  español  han  sido  más  fecundos  en  buenos 
resultados  que  los  mayores  aciertos  de  los  elementos  retrógra- 
dos. Barcia  ha  llegado  á  decir:  «Mendizábal,  llamado  ladrónipor 
sus  contemporáneos,  es  el  creador  de  la  España  actual;  hasta 
el  día  de  la  fecha,  es  el  único  santo  social  del  siglo  xix.»  ¿Por 
los  despojos  de  que  fue  causa?  No;  por  los  ideales  que  se  pro- 
puso. La  generación  que  oyó  decretar  en  pleno  parlamento  la 
venta  á  pública  subasta  de  los  bienes  del  clero  y  vio  á  los  im- 
píos de  entonces  viviendo  ricos  y  tranquilos  sobre  el  patrimo- 
nio de  la  Iglesia,  no  podía  ni  debía  juzgar  bien  á  Mendizábal. 
Hoy,  empero,  sabemos  que  la  venta  de  los  bienes  de  la  Iglesia 
puso  en  circulación  diez  mil  millones  amortizados,  que  á  poco 
representaron  veinte  mil  millones  de  reales,  comenzando  así 
la  España  antigua  á  convertirse  en  la  España  moderna.  No  ig- 
noramos tampoco  que  al  esmerarse  en  llevar  á  cabo  las  leyes 
desamortizadoras,  Mendizábal  hacía  que  se  interesase  en  la 
compra  de  bienes  nacionales  el  mayor  número  de  ciudadanos, 
porque  cada  comprador  representaba  un  enemigo  del  absolu- 
tismo. Y  estos  son  actos  que,  realícelos  quien  los  realice,  me- 
recen el  aplauso  de  todo  el  mundo. 

No  trato  de  lavar  la  cara  al  negro  carácter  de  Mendizábal 
para  tornarlo  blanco:  lo  que  digo  y  afirmo  es  que  sus  medidas 
tuvieron  un  carácter  más  democrático,  más  noble 'y  más  útil 
que  otras  de  políticos  más  afamados,  elogiadas  sin  medida. 
Mientras  que  en  Inglaterra,  bajo  Cromwell,  la  expoliación  de 
la  Iglesia  y  la  destrucción  de  los  monasterios  pasaba  las  gran- 
des riquezas  nacionales  de  la  aristocracia  sacerdotal  y  frailuna 
á  la  aristocracia  cortesana  de  Enrique  VIII,  provocando  la 
resurrección  de  la  antigua  nobleza  feudal  bajo  una  capa  de 
favoritismo  y  seudo-civilización  (1),  en  España  las  medidas  de 


(1)  El  historiador  inglés  Ilallam  dice  en  su  Constitutional  History^ 
ocupáudose  de  los  servidores  del  Rey  en  aquella  época:  «Las  familias  más 
considerables  de  nuestros  días  que  tocan  de  cerca  ó  de  lejos  á  la  Cámara 


88  LA   ESPA^^A   MODERNA 


ese  género  fueron  la  primera  realización,  en  el  terreno  eco- 
nómico, de  los  principios  democráticos.  Por  otra  parte,  con 
haber  sido  tan  poderosa  la  corriente  liberal  en  la  primera 
mitad  de  nuestro  siglo,  ha  corrido  siempre  por  cauce  muy  di- 
verso que  el  cauce  individualista.  He  aquí  por  qué,  en  mi  sen- 
tir, la  causa  de  que  nuestro  liberalismo  haya  abundado  en  in- 
tolerancias é  intransigencias,  es  por  haber  sido  nuestra  nación 
la  que  más  ha  sufrido  con  la  confusión  entre  las  teorías  socia- 
listas y  autócratas. 

Esto  supuesto,  necesario  es,  antes  de  pasar  adelante,  poner 
muy  en  claro  nuestra  tesis;  porque  no  por  ser  nuevos  los  pesi- 
mismos dejan  de  ser  á  veces  infundados.  Importa  poco  que  se 
trate  de  quitar  á  la  religión  la  responsabilidad  del  malestar 
social  refiriéndola  al  genio  de  raza,  pues  este  genio,  como  el 
de  la  especie,  ha  sido  creado  en  parte  por  la  religión  misma. 
E/Ccientemente  se  ha  hecho  cargo  de  esta  idea  cierta  escuela 
novísima  de  España,  un  tanto  nebulosa,  tendiendo  á  demos- 
trar que  nuestra  actual  decadencia,  así  en  lo  religioso  como  en 
lo  civil,  es  un  problema  de  antropología  puramente  nacional. 
Creo  que  mis  lectores  habrán  adivinado  de  qué  se  trata.  No 
hay  equívoco  en  la  expresión  de  mi  pensamiento .  Me  refiero  á 
la  teoría  de  la  «Inquisición  inmanente»  desarrollada  por  Llu- 
ria,  por  Duran,  por  Maeztu.  por  Baroja,  por  André,  sobre  la 
base  de  las  opiniones  de  Unamuno. 

Lluria,  principalmente,  da  de  la  teoría  una  explicación 
más  asequible  y  más  empírica,  aunque  no  más  feliz.  Según  él, 
«de  la  misma  manera  que  se  contagian  los  movimientos  (?),  se 
contagian  las  emociones  y  los  sentimientos...  La  sugestión  re- 
cíproca multiplícala  emoción...  y  al  sentimiento  religioso  le 
sucede  lo  que  á  todos  los  sentimientos:  se  comunica  de  unos  á 


de  los  Lores,  han  surgido,  con  ligeras  excepciones,  bajo  los  Tudor,  y  si 
nos  pudiésemos  remontar  al  origen  de  sus  propiedades,  veríamos  que  pro- 
vienen casi  todas  de  los  grandes  establecimientos  monásticos  y  eclesiás- 
ticos.» 


PSICOLOGÍA  RELIGIOSA   DEL   PUEBLO   ESPAÑOL  89 

otros  y  se  multiplica  en  razón  del  número  de  adeptos...  Yo 
creo  que  son  muy  pocas  las  personas  verdaderamente  piadosas 
entre  las  que  van  á  los  jubileos  ú  ostentan  la  placa  del  cora- 
zón de  Jesús.  Los  que  hacen  esto  (y  para  mí  están  en  su  per- 
fecto derecho)  son  los  más  débiles,  los  que  necesitan  de  esa 
sugestión  recíproca  que  multiplica  sus  sentimientos,  llegando 
en  ella  la  exaltación  mutua  á  tal  grado,  que  acuden  á  las  pro- 
cesiones armados  de  garrotes  y  revólvers.  Los  anticlericales 
que  concurren  á  disolver  esas  procesiones,  incurren  en  una 
contradicción,  dando  importancia  á  una  cosa  que  no  la  tiene». 
No  transcribo  este  párrafo  para  juzgarlo:  es  una  aplicación 
inoportuna  de  un  principio  de  la  Psychologie  des  senfiments^  de 
Ribot,  á  la  determinación  de  nuestro  modo  de  ser  religioso.  Y 
yo  no  admitiría  aplicación  semejante  aunque  pareciese  venir 
perfectamente  ad  Jioc.  Debemos  librarnos  de  la  prevención 
positivista  de  que  sea  menester  explicar  la  evolución  de  los 
pueblos  como  se  explica  la  de  los  organismos  y  hacer  de  la  so- 
ciología una  ciencia  natural.  Las  naciones  son  seres  morales 
más  aún  que  físicos,  con  lo  cual  hay  que  contar  ante  todo  y 
sobre  todo.  Querer  reconocer,  explicar  ó  sorprender  el  secreto 
de  su  vida  por  el  método  empírico  riguroso,  es  de  todo  punto 
imposible.  Un  sociólogo  penetrante  necesita  una  cosa:  ¡psico- 
logía! Psicología,  eso  sí;  pero  una  física,  no.  Los  hechos  so- 
ciales son  una  complicación  ó  especie  de  los  fenómenos  psíqui- 
cos, y  ninguna  investigación  puede  guiarla  en  sus  inducciones 
sino  la  investigación  psicológica.  Todas  esas  explicaciones  pe- 
dantescas de  «física  social»  son  puras  frases  sonoras  y  de  sabor 
científico,  que  nada  dicen  al  entendimiento,  dejándole  tan 
ayuno  de  verdad  como  estaba  antes  de  leerlas,  y  en  las  que 
pugnan  por  formar  un  conjunto  absurdo  la  falta  de  sólidos  co- 
nocimientos sociales  y  la  ausencia  de  verdaderas  convicciones 
psicológicas.  Ateniéndonos  á  lo  sentado  por  Lluria  sobre  las 
relaciones  entre  la  sugestión  recíproca  y  la  multiplicación  de 
la  emoción,  ¿qué  se  explica  con  eso?  ¿Qué  se  saca  de  ahí?  Nada, 
sino  que  los  sentimientos  religiosos  se  comunican   de  unos  á 


90  LA   ESPAÑA  MODERNA 


otros  y  se  multiplican  en  razón  del  número  de  adeptos.  Esto 
es  lo  único  que  hemos  aprendido.  Dígaseme  ahora  si  tan  su- 
perficial punto  de  vista  aclara  en  algo  la  razón  de  nuestra  in- 
tolerancia. 

Hay  ya  teorías  á  la  hora  presente  que  sobre  la  misma  base 
quieren  explicar  nuestra  intolerancia  por  lo  que  está  en  nues- 
tro organismo  y  en  las  leyes  fatales  de  nuestra  naturaleza; 
hay  grandes  pensadores  contemporáneos  que  inexorablemente 
nos  condenan  por  genio  de  raza  á  ser  intolerantes.  El  sutilísi- 
simo  TJnamuno  cree  que  «no  perdió  á  España  la  Inquisición, 
sino  que  España  se  la  hizo,  sacándola  de  sus  entrañas,  de  su 
espíritu  inquisitorial».  Y  se  funda  para  ello  en  que  aun  hoy 
nuestros  anticlericales  son  por  dentro  archiclericales  del  laicis- 
mo, teólogos  del  revés,  como  les  llamó  Clarín.  «Hasta  los  que 
combaten  el  dogmatismo  se  hacen  aquí  dogmáticos  del  antidog- 
matismo.» Pero  ¿proceden  así  los  anticlericales  en  cuanto  anti- 
clericales y  los  clericales  en  cuanto  clericales,  ó  unos  y  otros  en 
cuanto  eflorescencias  de  esa  planta  del  absolutismo  teocrático, 
cuyo  germen  está  escondido  en  nuestro  suelo  bajóla  espesa  capa 
que  tantos  años  de  decadencia  han  amontonado?  ¿Quién  no  ve 
que  ese  dogmatismo  délos  antidogmáticos  es  un  mero  resulta- 
do del  desequilibrio  entre  las  creencias  tradicionales  y  las  ideas 
nuevas?  ¿Hay  nada  más  natural  que  el  hecho  de  que  aquellos 
cuya  inteligencia  está  profundamente  penetrada  por  una  idea 
que  llega  á  ser  para  ellos  un  dogma,  una  fe,  un  fanatismo,  re- 
accionen cuando  lo  pierden,  yendo  á  parar  inevitablemente  á 
otro  fanatismo,  á  otra  fe,  á  otro  dogma?  Y  siendo  así,  ¿no  de- 
bemos culpar  á  la  manera  como  la  Iglesia  nacional  y  los  hom- 
bres de  Estado  del  país  los  enseñaron  ó  inculcaron  las  intole- 
rancias que  hayan  traído  consigo?  En  otros  términos:  ¿no  nos 
es  lícito  referir  la  responsabilidad  de  estas  consecuencias  la- 
mentables, no  á  los  dogmas,  sino  al  método  irracional  con  que 
se  ha  permitido  que  se  concibieran  y  apreciaran?  (1).  No  hay 


(1)    Aquí  me  hallo -completamente  de  acuerdo  con  Lhiria.  Como  él, 


PSICOLOGÍA   RELIGIOSA   DEL   PUEBLO  ESPAÑOL  91 

dnda  que  existen  situaciones  en  la  complejidad  de  la  historia 
patria  que  hacen  difícil  la  aplicación  de  estos  principios  gene- 
rales; pero  el  contraste  mismo  entre  las  energías  religiosas  y 
sociales  de  nuestro  pueblo  momentos  antes  de  la  imposición 
del  monstruoso  régimen  nacional  de  Felipe  II  y  su  inmediato 
aplanamiento  posterior,  ¿no  evidencia  que  fue  este  régimen 
monstruoso  quien  en  realidad  nos  hizo  supersticiosos,  fanáti- 
cos é  intransigentes?  ¡Cosa  singular  y  digna  por  cierto  de  que 
Unamuno  la  considere!  Sólo  en  poco  tiempo  é  inmediatamen- 
te después  del  entronizamiento  del  absolutismo  de  Felipe  se 


pienso  que  «la  ciencia,  que  se  apoya  en  hechos  prácticos  y  demostrables, 
no  ha  quemado  ni  martirizado  á  nadie  aún  porque  crea  ó  deje  de  creer; 
la  religión,  en  cambio,  cuya  fuerza  toda  está  en  la  fe,  se  hace  intransi- 
gente. Cada  vez  que  la  Iglesia  ha  visto  algo  que  comprometía  su  fervor, 
es  decir,  que  le  quitaba  fuerza,  no  ha  retrocedido  ni  ante  el  auto  de  fe;  ha 
considerado  y  considera  como  un  enemigo  al  que  no  crea  cuanto  ella 
cree.  Digo  enemigo,  y  es  verdad,  en  virtud  de  lo  que  he  dicho  de  cómo  la 
expresión  de  la  fisonomía  y  la  actitud  sugestionan  á  todo  individuo  reli- 
gioso; la  mayor  parte,  al  eacontrarse  frente  á  frente  con  un  individuo  que 
no  cree  lo  mismo  que  él,  experimenta  una  sensación  de  dolor,  porque 
aquel  individuo  debilita,  á  pesar  suyo,  su  fuerza,  ya  que  no  su  fe,  es  de- 
cir, no  tiene  la  misma  sensación  de  placer  que  se  tiene  al  sentirse  multi- 
plicar su  emoción  religiosa,  al  comunicar  sus  sentimientos  con  otro  fer- 
viente como  él;  por  eso  todas  las  religiones  se  han  esforzado  en  convertir 
¿  los  demás  á  su  propia  doctrina,  porque  ese  nuevo  creyente  aumentaba 
la  propia  fe;  en  cambio,  al  que  no  quisiera  creer  ó  encontrara  algo  que 
perjudicase  al  dogma  era  menester  humillarlo,  matarlo,  aniquilarlo,  por- 
que la  presencia  de  aquel  sujeto  era  un  verdadero  tormento;  porque  ejer- 
cía una  sugestión,  una  fuerza  que  era  contraria  y  lastimaba  sus  propias 
creencias  y  la  paz  de  su  conciencia...  El  sentimiento  religioso  se  ofende, 
no  porque  haya  un  prójimo  que  por  no  creer  se  condene — eso  les  tiene 
muy  sin  cuidado  á  los  creyentes,— sino  porque  el  incrédulo  disminuye  su 
satisfacción.  De  ahí  esa  frase  sin  sentido:  el  liberalismo  es  pecado^  esto  es: 
todo  el  que  no  esté  con  nosotros  está  contra  nosotros...  Aparte  algunos 
religiosos  sinceros,  almas  grandes  y  bondadosas,  la  inquina  contra  el  li- 
beralismo no  es  por  amor  al  prójimo,  sino  por  propio  egoísmo.  La  toleran- 
cia, el  respeto  á  las  creencias  de  los  demás,  es  lo  más  indicado  para  con- 
firmar á  cada  uno  en  sus  respectivas  ideas». 


92  LA    ESPAÑA    MODERNA 


produjo  la  decadencia  de  aquella  España  que  al  moverse  hacía 
temblar  al  mundo. 

Bien  sé  yo  que  semejanije  decadencia  se  explica  per  razo- 
nes anteriores,  por  causas  históricas  más  íntimas;  pero  aunen 
estas  causas,  nada  encuentro  que  pueda  favorecer  á  Unamuno. 
Veo,  par  el  contrario,  agitarse  en  todas  la  ambición  religiosa 
de  los  soberanos,  bajo  el  velo  de  las  llamadas  al  patriotismo. 
Veo  asomar  la  pezuña  de  Mefistófeles  bajo  las  locas  guerras 
de  religión  con  que  la  encubría  el  maligno  Carlos  V  de  una 
manera  tan  cómica,  y  que  llevaba  con  tan  perfecto  desemba- 
razo. Unamuno,  en  su  nueva  teoría,  no  expresa  francamente 
esta  flagrante  realidad:  lo  qae  expresa  es  que  cuando  se  trata 
de  buscar  el  origen  de  los  males  públicos,  es  más  sociológico, 
es  más  sencillo  hallarlo  en  el  fondo  étnico  de  la  nación  que  en 
las  arbitrariedades  de  los  que  dirigen,  en  ios  gobernados  más 
que  en  los  gobernantes.  Si  bien  se  mira,  su  opinión  no  es  otra 
cosa  que  una  ampliación,  originalísima  en  los  detalles,  de 
aquel  antiguo  y  popular  principio,  según  el  cual  las  naciones 
tienen  por  lo  común  los  gobiernos  que  se  merecen.  Pero  lo  que 
en  todo  caso  podría  decirse,  con  relación  á  la  nuestra,  es  que 
los  suyos  se  aprovecharon  de  sus  buenas  cualidades  étnicas 
para  aventurarla  en  empresas  enervadoras  á  la  larga,  no  que 
se  enervase  ella  misma  por  fatal  genialidad  de  raza.  Desde  el 
punto  de  vista  de  esta  distinción,  ¿es  concebible  ni  posible  que 
dependiese  del  pueblo  español  lo  que  no  era  falta  de  energías, 
«fino  perversa  dirección  política,  moral  y  social  de  energías 
superabundantes?  ¿Quién  se  ha  creído  nunca  autorizado  para 
atribuir  á  uu  niño  de  facultades  excelentes  el  mal  uso  que 
una  mala  educación  le  fuerce  á  hacer  de  ellas?  Y  el  Estado  no 
era  entonces  más  que  esto:  un  mero  educador  de  los  ciudada- 
nos españoles.  El  que  haya  profundizado  la  trama  de  las  nu- 
merosas hazañas  de  la  España  de  Felipe  II  (sobre  todo  la  con- 
quista de  América,  á  donde  se  mandaron  los  caracteres  fuertes 
y  enérgicos);  el  que  haya  concentrado  los  elementos  de  vida 
que  allí  se  esparcieron  como  por  especie  de  regresión  psicoló- 


PSICOLOGÍA   RELIGIOSA    DEL   PUEBLO   ESPAÑOL  93 


gica  á  la  indolencia  meridional,  á  la  aversión  alas  novedades, 
al  predominio  de  las  formas  y  de  la  regla  imaginativa,  á  la 
conversión  del  caballero  épico  en  caballero  de  industria,  etcé- 
tera, es  imposible  no  llegue  á  la  convicción  de  que  aquella 
uniformidad  impuesta  por  Felipe  II  tenía  que  conducir  nece- 
sariamente á  la  degeneración.  Todo  eso  no  fue  más  que  un 
canard  dado  á  nuestras  naturales  tendencias,  pues  Felipe  11^ 
con  su  bigotismo  estrecho,  con  su  «disimulo»,  padre  de  la  hi- 
pocresía posterior,  con  la  sangría  suelta  que  suponía  la  In- 
quisición, pareció  realizar  la  unidad,  ideal  del  español,  como 
paració  realizarla  ya  la  tan  comentada  expulsión  de  los  judíos. 
De  donde  nace  la  aparente  paradoja,  ó  más  bien  la  verdad 
profunda,  de  que  nuestra  perdición  proviene  de  buenas  y  no 
de  malas  cualidades.  No  fue  el  uso,  sino  el  abuso  de  nuestra 
proverbial  caballerosidad,  de  nuestra  religiosidad  profunda ,^ 
de  nuestra  adhesión  monárquica,  de  nuestra  refinada  galante- 
ría, de  nuestro  espíritu  guerrero,  lo  que  nos  llevó  á  la  ruina. 
Si  la  guerra  de  las  comunidades  no  hubiese  acabado  con  las- 
libertades  públicas,  ¿hubieran  sido  esas  nuestras  prendas  cau- 
sa de  pasividad  y  aplanamiento?  Y  ¿quién  consumó  esa  des- 
trucción sino  la  política  personal  é  impopular  de  Felipe  II?  Si 
la  presión  de  la  conciencia  no  hubiese  ahogado  el  verdadero 
espíritu  religioso,  ¿tendríamos  hoy  que  lamentar  nuestra  iner- 
cia espiritual  presente,  y  ese  malhadado  y  esclavizador  indi- 
ferentismo que  Unamuno  tan.  justísimamente  deplora?  ¿Ten- 
dríamos que  ver  agonizar  nuestra  fe  entre  la  rutina  tradicio- 
nal y  eso  que  llaman  librepensamiento  sin  serlo?  ¿Tendríamos 
que  aprobar  aquel  dicho  de  Darío  de  que  Nakens  y  Torque- 
mada  son  dos  líneas  paralelas  que  se  encuentran  en  el  infinito 
del  horizonte  patrio  como  representantes  genuinos  y  por  igual 
caracterizados  de  la  indestructible  intolerancia  española?  Fá- 
cil es  ver,  por  otra  parte,  que  al  tomar  el  efecto  por  la  causa,, 
Unamuno  olvida,  como  ya  he  insinuado,  que  si  caímos  no  fue 
porque  nos  mostrásemos  ingobernables,  sino  porque  nos  go- 
bernaron políticos  que  no  sentían  el  calor  de  nuestra  vida  na- 


94  LA   ESPAÑA    MODERNA 


cional  más  que  para  provocar  la  dilafcaoión  ó  desunión  de 
nuestras  fuerzas;  que  no  oían  los  latidos  de  nuestro  corazón 
más  que  para  acallar  la  voz  de  la  razón  en  el  espíritu  patrio; 
que,  en  suma,  pervirtieron  nuestras  soberanas  facultades, 
dándoles  un  giro  antiespañol,  antimoral  y  antisocial.  En  este 
sentido,  y  en  este  tan  sólo,  he  podido  sostener  en  otra  par- 
te (1),  apoyándome  en  los  testimonios  de  frailes  como  Campa- 
nella  y  Peñalosa,  que  «por  ser  los  españoles  tan  hidalgos,  tan 
católicos,  tan  realistas,  tan  generosos,  tan  guerreros,  están 
siempre  tan  perdidos».  Tales  son,  en  efecto,  las  «cinco  exce- 
lencias del  español  que  despoblaron  á  España»  (sic). 

A  fin  de  poder  reunir  el  mayor  número  posible  de  razones 
probables  en  apoyo  de  mi  teoría,  voy  á  dirigir  á  la  de  Una- 
muno  una  nueva  objeción  sacada  de  la  historia.  Según  vimos 
más  atrás,  Unamuno  asegura  que  «no  perdió  á  España  la  In- 
quisición, sino  que  España  se  la  hizo,  sacándola  de  sus  entra- 
ñas, de  su  espíritu  inquisitorial».  La  historia,  empero,  se  en- 
cuentra en  el  más  vivo  contraste  con  esta  suposición  (2).  Dios 
sabe  las  tretas  y  ardides  que — bajo  Felipe  II,  sobre  todo — fue 
preciso  emplear  para  vencer  la  general  repuguancia  del  alma 
española  á  consentir  el  entronizamiento  del  infame  tribunal. 
Por  de  pronto,  es  indudable  que  antes  de  que  existiese  en  su 
forma  concreta  posterior,  es  decir,  en  plena  Edad  Media,  Es- 
paña fue,  ó  por  naturaleza  ó  por  la  mezcla  de  razas — esta  últi- 
ma muy  problemática, — la  más  tolerante  de  las  naciones  euro- 
peas. La  legislación  mudejar  es  prueba  de  ello:  en  lugar  de 
perseguir  la  religión  de  los  moros  vencidos,  ordenó  respetarla. 


(1)  Democracia  y  clericalismo,  II,  12  (Madrid,  1901). 

(2)  Se  puede  consultar  con  fruto  la  excelente  Memoria  presentada  por 
Llórente  á  la  Academia  de  la  Historia  con  el  título  de  La  opinión  nacio- 
nal de  España  acerca  del  Tribunal  de  la  Inquisición.  Si  los  discípulos  de 
Unamuno,  que  con  tanto  desdén  miran  los  optimismos  de  nuestra  antigua 
noble  democracia,  hubiesen  leído  esa  disertación  de  Llórente,  se  hubieran 
librado  de  muchos  falsos  juicios  á  que  suele  llevar  la  seg^uridad  de  la  eru- 
dición ilimitada. 


PSICOLOGÍA  RELIGIOSA   DEL   PUEBLO   ESPAÑOL  95 


Permitióles  tener  sus  mezquitas  y  sus  jueces,  gobernándose 
con  arreglo  á  su  tradición.  Hasta  mandaba  que  cuando  fuese 
robado  un  moro  se  le  devolviese  el  doble  del  robo,  mientras 
que  cuando  era  robado  un  cristiano  sólo  quería  que  se  le  de- 
volviese lo  que  se  le  robaba.  Los  musulmanes  que  vivían  en- 
tonces en  nuestros  dominios,  no  se  vieron  forzados  nunca  á 
mudar  de  creencias  ni  expulsados  del  reino. ^  Y  los  mozárabes 
ó  españoles  que  residían  en  tierra  de  moros,  se  encontraban 
en  el  mismo  caso.  Lejos  de  ser  intransigentes,  fueron  toleran- 
tísimos los  verdaderos  creadores  de  nuestra  nacionalidad. 

¿Cómo  apercibiremos,  pues,  en  el  proceso  de  la  formación 
de  la  sociedad  española  la  intolerancia  étnica  que  tanto  exage- 
ra Unamuno?  En  vano  voy  buscando;  y  cuenta  que  no  he  que- 
rido en  tan  capital  asunto  formar  mi  opinión  por  lo  que  hayan 
dicho  los  apóstoles  del  pasado,  sino  por  el  atento  examen  de 
nuestra  evolución  histórica.  Es  verdad  que  veo  en  el  siglo  xiv 
una  persecución  contra  los  judíos  provocada  por  las  predica- 
ciones de  San  Vicente  Ferrer,  pero  es  una  cosa  de  circunstan- 
cias, no  es  una  ley  general,  y  además  confirma  mi  tema  de  que 
el  pueblo  español,  por  sí  solo,  sin  falsos  guías  que  tergiversasen 
su  entusiasmo  por  todo  lo  bueno,  no  ha  sido  nunca   intransi- 
gente. Todo  el  resto  de  aquel  siglo  lo  sigo  viendo  tolerante  y 
sin  persecución  alguna.  Tan  sólo  descubro  al  final  del  xv,    en 
este  gran  río  de  dos  siglos  de  libertad  religiosa,  una  pequeña 
isla  que  se  levantaba  en  medio  de  las  aguas  y  que  si  en  el  xvi 
no  pudo   impedir  que   afluyesen  por  sus  dos  costados  las  co- 
rrientes del  genio  religioso  y  social  de  la  España  engrandeci- 
da, se  dilató  hasta  convertirse  en  el  xvii  en  valla  enorme  que 
nos  estancó,  valla  sólo  resuelta  en  catarata  y  en  torrente  por 
la  fuerza  del  liberalismo  de  los  bienhadados  doceanistas.  Esa 
isla  fue  el  regalismo. 

Y  contrayéndome  al  establecimiento  concreto  y  preciso  de 
la  Inquisición  en  España ,  ¿ha  encontrado  Unamuno  algún  ante- 
cedente étnico,  verdadero  y  nacional  de  esa  institución?  Si,  en 
efecto,  lo  ha  encontrado,  haría  un  gran  beneficio  á  la  historia 


96  LA  espaSa  moderna 


en  publicarlo.  Por  mi  parte,  y  dada  la  erudición  de  un  hombre 
docto  como  él,  creería  ofenderle  recordándole  hecbos  históri- 
cos que  le  hiciesen  ver  con  claridad,  después  de  tanta  luz  coma 
se  ha  hecho  sobre  el  particular  en  nuestros  mismos  días;  pero 
ya  que  se  empeña  en  renovar  contra  España  las  acusaciones 
de  los  extranjeros,  justo  será  que  le  pruebe  que  «la  Inquisición^ 
que  parece  ha  contribuido  á  íijar  principalmente  el  carácter 
de  nuestra  nación,  según  el  juicio  de  los  extranjeros,  no  habría 
tal  vez  penetrado  en  España  sin  las  repetidas  instancias  de 
Italia  y  sin  el  ejemplo  de  Alemania»  (1).  Cierto  que  en  Ara- 
gón, desde  el  siglo  xiii,  imperó,  gracias  á  Don  Jaime  I;  mas 
¿sucedió  lo  propio  en  Castilla?  No  ya  el  espíritu  público  y  las 
Cortes,  los  mismos  Reyes  castellanos  la  rechazaron  constante- 
mente. Fuera  de  los  comilitones  del  Nuncio  Nicolao  Franco, 
¡cuan  pocos  eran  sus  prosélitos!  Hasta  1478  no  se  consiguió 
aprobar  la  bula  papal  que  creaba  la  Inquisición  en  España: 
hasta  1480  no  fueron  nombrados  los  primeros  inquisidores.  Y 
las  primeras  instrucciones  que  por  aquel  entonces  aparecieron, 
en  nada  denuncian,  ni  en  el  espíritu  ni  en  la  letra,  nuestra  ge- 
nialidad regional.  La  mayor  parte  del  trabajo  nos  lo  dio  he- 
cho Eymerich,  de  cuyas  ordenanzas  son  una  pobre  rapsodia 
las  mencionadas  instrucciones. 

Es  preciso  advertir  todavía,  para  que  se  acabe  de  ver  el 
ningún  fundamento  de  la  teoría  de  Unamuno,  que  la  Inquisi- 
ción no  hizo  sus  primicias  con  criterio  jurídico  objetivo,  sino 
«halagando  el  sentimiento  nacional  de  los  españoles  y  su  or- 
gullo de  raza  en  contra  de  los  moros  y  judíos».  Digo  más:  el 
plan  de  Cisneros  no  se  presentó  á  los  españoles  más  que  como 
el  proyecto  de  establecer  una  fiscalía  que  inquiriese  quiénes 
eran  judíos,  quiénes  moros,  quiénes  cristianos.  «Su  pensamien- 
to era  inquirir  la  pohlación  jndieij  y  musulmana,  con  el  objeto 
de  expulsarla  y  limpiar  la  raza  latina.  Cisneros  creyó  que  el 
cruzamiento   de  las  razas  acabaría  por  hacer  impura  nuestra 


(1)    Picatoste:  El  siglo  XVII,  cap.  IV,  pág.  67.  (Madrid,  1887.) 


PSICOLOGÍA  RELIGIOSA   DEL   PUEBLO   ESPAÑOL  97 


sangre,  ahogando  las  virtudes  de  nuestro  origen  y  los  méritos 
de  la  revelación.  El  grande  hombre  no  obró  como  verdugo: 
obró  como  español  y  como  cristiano.  Se  engañó  su  siglo  con 
él,  y  él  con  su  siglo;  pero  su  pensamiento  no  era  inventar  el 
auto  de  fé. »  El  inquirir  se  tornó  más  tarde  en  quemar;  mas  por 
de  pronto  se  mostró  sólo  como  inquirir.  Cisneros  no  hubiera 
podido  prever  el  porvenir  reservado  á  su  sistema  de  gobierno 
cuando  decía  á  Fernando  el  Católico:  «Señor,  mientras  vos 
formáis  capitanes,  yo  trabajo  por  formaros  hombres  que  hon- 
ren á  España»  (1).  Y,  obsérvele  bien,  la  Inquisición  se  mos- 
traba además  á  los  españoles  como  un  arma  política,  que  iba 
á  contribuir  á  dar  unidad  á  la  patria.  ¿Querrá  creer  Unamuno 
que,  á  pesar  de  esto,  y  aun  con  todo  esto,  nuestros  intoleran- 
tes antepasados  opusieron  al  intolerante  tribunal  la  más  viva 
resistencia?  Los  demás  tribunales  y  las  autoridades  en  gene- 
ral, y  lo  mismo  los  particulares,  no  miraban  con  buenos  ojos 
la  Inquisición  y  trataron  de  aniquilarla,  primero  con  represen- 
taciones y  súplicas,  después  con  conflictos  permanentes  y  duras 
discusiones.  ¿No  sabe  Unamuno  lo  que  hizo  el  pueblo  amotina- 
do contra  aquel  inquisidor  Lucero  que  fue  en  Córdoba  el  émulo 
de  Torquemada?  ¿Ni  la  cuenta  que  los  zaragozanos  dieron  de 
Pedro  Arbués,  Inquisidor  Santo?  ¿Y  no  recuerda  el  dictamen 
del  consejo  de  Castilla,  el  cual,  respondiendo  á  la  consulta  de 
Felipe  II,  le  decía:  «que  es  cosa  dura  que  la  prisión  corporal 
que  aflige  al  cuerpo  no  la  haga  la  jurisdicción  real  en  los  mi- 
nistros de  la  Inquisición,  y  que  ella  tenga  esta  ventaja  de  afli- 
gir, como  lo  hace,  el  alma  con  censuras,  la  vida  con  descon- 
suelos y  la  honra  con  demostraciones»?  ¿Olvidó  ya  la  contes- 
tación que  dio  Nebrija  (2)  al  Santo  Oficio,  cuando  se  vio 
denunciado  por  sus   enemigos?   ¿Tampoco  se  acuerda  de  las 


(1)  Consúltese  á  Simonet:  Cuadros  históricos  y  descrijjtivos  de  Grana- 
da, apéndice  IV. 

(2)  En  los  siguientes  atrevidos  términos:  «¿Qué  es  esto?  ¿Dónde  esta- 
mos? ¿Qué  tiránica  dominación  es  esta  que  tanto  oprime  los  ingenios?... 
No  basta,  no,  que  yo  cautive  mi  entendimiento  en  obsequio  de  la  fe,  sino 

E.  M.— Agosto  1902.  7 


98  LA  ESPAÍ^A  MODERNA 


perturbaciones  públicas  que  originó  el  proceso  del  Brócense  y 
el  escándalo  y  tumultos  que  los  estudiantes  promo  vieron  al 
recibir  la  noticia  de  que  la  Inquisición  pensaba  prohibir  sus 
honras  fúnebres?  ¿Se  borraron  de  su  memoria  las  protestas  de 
las  personas  ilustradas  de  todas  posiciones,  muchas  délas  cua- 
les se  han  conservado  á  despecho  de  la  diligencia  con  que  la 
Inquisición  se  dedicaba  á  recoger  y  destruir  cuanto  en  contra 
suya  se  escribía?  Pues  oiga  más  y  entérese  de  que  la  intoleran- 
cia española  no  tenía  límites  por  aquel  entonces.  Cisneros,  el 
Cardenal  eminente  y  promovedor  del  patriotismo,  el  primer 
inquisidor  de  hecho,  llegó  á  ser  censurado  en  las  populares 
coplas  tituladas  Quejas  de  Castilla. 

Hay,  sin  embargo,  aquí  un  rasgo  que  dista  bastante  de  ser 
indiscutible,  pero  que  parece  favorecer  en  parte  la  teoría  de 
Unamuno,  y  no  sin  motivo  ha  llamado  la  atención  de  Mazzo 
y  otros  extranjeros  eminentes.  La  Inquisición,  principio  here- 
ditario de  todas  nuestras  intransigencias,  no  era  preciso  que 
provocase  una  adhesión  y  una  aprobación  decididas  para  adap- 
tarse al  medio  nacional.  Distinguiendo  entre  sus  abusos  cir- 
cunstanciales y  su  severidad  nata,  parece  quedar  explicada  en 
algún  modo  la  fama  de  ferocidad  que  nos  dio  en  toda  Europa. 
Se  le  ha  llamado  cruel,  pero  injustamente,  si  por  crueldad  se 
entienden  las  hazañas  del  odio  arbitrario;  la  mayoría  de  nues- 
tros inquisidores  fueron  hombres  sinceros  y  creyentes  muy 
poco  dados  á  considerar  como  instrumento  las  terribles  leyes 
que  tenían  la  convicción  de  cumplir.  No  se  vio  una  sola  vez  que 
en  los  asuntos  de  aquella  especie  creyesen  admisible  el  juego. 
Todo  era  allí  formal  y  grave,  el  bien  como  el  mal.  Por  eso  no 
transigían  nunca  y  condenaban  lo  mismo  al  pobre  y  al  rico,  al 
Obispo  y  al  seglar.  Si  en  algún  país  debe  aprenderse  lo  que 


que  en  materias  en  que  se  puede  hablar  sin  ofensa  de  la  piedad  cristiana 
no  se  permita  publicar  lo  que  estoy  viendo.  ¿Qué  digo  yo  publicar?...  pero 
ni  aun  pensarlo,  cuanto  menos  escribirlo  á  puerta  cerrada  y  para  mí  solo. 
iNo  puede  llegar  á  más  la  esclavitud!» 


PSICOLOGÍA  RELiaiOSA   DEL   PUEBLO   ESPAÑOL  99 

•era  la  Inquisición,  no  salgamos  de  España.  No   es  cierto  que 
perteneciese  á  otra  época  y  á  otra  sociedad;  fue  hija  de  aque- 
lla sociedad  y  de  aquella  época;   fue,  mal  que  nos  pese,  más 
feroz  en  España,  por  ser  España,  no  por  otra  razón;  fue  la 
encarnación  de  un  principio  equivocado  en  caracteres  que  con 
facilidad  se  veían  arrastrados  al  fanatismo  y  á  la  intolerancia, 
y  sobre  todo  á  la  expresión  del  odio  contra  los  que  nos  habían 
arrebatado  la  patria  por  espacio  de  ocho  siglos.  Los  mismos 
Papas  se  asustaron  de  aquel  puritanismo  de  acción,  rayano  en 
galicanismo,  en  Iglesia  nacional,  y  procuraron  hábilmente  dis- 
minuir su  poder.  España,  con  su  poderoso  realismo,  con  su  se- 
riedad, con  su  verdad,  con  su  pureza,  con  aquellos  caracteres 
inflexibles   que  ponían  siempre  el  honor  y  el  deber  sobre  la 
vida  y  sus  comodidades,  aplicó  sinceramente  los  principios  de 
la  Inquisición  y  demostró  en  breve  tiempo  que,  aplicados  es- 
trictamente, convertirían  al  mundo  en  un  desierto  de  cenizas. 
«¿No  te  parece — decía  el  maestro  Q-racián  en  su  Criticón ^ — no 
te  parece  muy  seca  (España),  y  que  de  ahí  les  viene  á  los  es- 
pañoles su  sequedad  de  condición  y  melancólica  gravedad?  (1).» 
A  esta  altura,   la  Inquisición  es   verdaderamente   española, 
porque  se  identifica  con  el  carácter  nacional,  que  todo  lo  toma 
por  lo  serio,  y  la  religión  más  que  cosa  alguna. 

Esta  explicación  está  demasiado  alambicada,  aunque  tenga 
en  el  fondo  aspectos  de  verdad,  y  será  siempre  el  único  punto 
de  vista  que  Unamuno  y  sus  discípulos  podrán  oponer  con  al- 
gunas probabilidades  de  buen  éxito  al  patriotismo  optimista 


(1)  Lo  mismo  asegura  Fouillée,  eu  perfecta  consonancia  cen  G-  .nn, 
á  quien  iia  adivinado  y  no  leído.  En  su  estimada  disertación  sobre  Lepeu- 
ple  eapagnol  afirma  que  «la  mezcla  del  punto  de  honor  con  celos  feroces 
DOS  han  llevado  á  una  moral  extraordinaria^  reflejada  en  las  obras  de 
Lope  de  Vega  y  Calderón.  A  la  sensibilidad  del  español,  como  voluntad 
indomable  pero  limitada,  le  falta  un  alto  desarrollo  intelectual.  Kant  ob- 
serva que  la  chacota  francesa  es  antipática  al  español,  grave,  según  aquel 
filósofo,  hasta  cuando  baila  el  fandango.  En  todo  español  típico  hay  uu 
Don  Quijote  idealista  y  un  Sancho  Panza  amante  de  la  realidad». 


100  LA   ESPAÑA   MODERNA 


y  á  la  antigua  idea  romántico-liberal.  Pero  es  lo  cierto  que  ese 
punto  de  vista  olvida  algunas  fases  de  la  cuestión  y  toma  por 
realidad  las  apariencias.  Habla  en  nombre  de  nuestra  seriedad 
y  de  nuestra  severidad,  y  no  tiene  en  cuenta  para  nada  la  se- 
veridad y  la  seriedad  morales  de  la  Inglaterra  puritana,  por 
ejemplo.  Sin  embargo,  esa  Inglaterra  puritana,  contemporá- 
nea de  la  España  inquisitorial,  fue  el  origen  del  individualis- 
mo y  basta  del  liberalismo  británicos.  Los  odios  religiosos  y 
el  instinto  perseguidor  eran  entonces  mayores  en  las  naciones- 
donde  combatían  sectas  encontradas;  se  destruyeron  á  sí  pro- 
pios por  la  prolongación  de  la  lucha,  y  si  tal  lucha  se  hubiera 
prolongado  también  en  nuestro  país,  hubiera  de  igual  modo- 
perecido  en  él  el  instinto  perseguidor.  Las  mismas  causas  pro- 
ducen siempre  los  mismos  efectos.  Este  es  un  principio  de  sana 
filosofía. 

Además  (y  sin  hacer  un  paralelo  entre  la  intolerancia  es- 
pañola y  la  de  los  demás  Estados  europeos  en  aquella  época)^ 
para  que  sin  adhesión  ni  aprobación  populares  se  hubiera,  en 
efecto,  adaptado  la  Inquisición  por  simpatía  más  íntima  y  pro- 
funda á  nuestro  medio  nacional,  habría  que  suponer  que  este 
medio  era  de  suyo  inquisitorial.  Obsérvese  por  de  pronto  un 
hecho:  ¿Cuál  fue  el  producto  religioso-social  de  nuestro  medio? 
— se  podría  preguntar  á  los  partidarios  de  Unamuno.  Y  se 
contestaría:  La  Inquisición.  Pero  ¿cómo  se  produjo  la  Inquisi- 
ción? «Por  el  espíritu  de  nuestro  medio.»  Tal  es  el  círculo  vi- 
cioso en  que  acabaría  por  encerrarse  la  teoría  pesimista  de 
Unamuno. 

La  explanación  de  las  ideas  que  aquí  no  hago  más  que 
apuntar  será  objeto  de  otra  obra.  Ahora  voy  á  examinar  la 
opinión  motivo  de  mi  crítica  en  sus  últimas  consecuencias. 
Unamuno  pretende  que  en  la  vida  social,  que  es  la  de  la  in- 
mensa mayoría  y  forma  las  tres  cuartas  partes  de  la  vida  del 
creyente,  la  intolerancia  obesiva  ó  impulsiva  es  todavía  entre 
los  españoles  una  cualidad  general.  No  lo  dice  en  estos  térmi- 
nos, pero  lo  da  á  entender  de  un  modo  muy  claro.  Soy  poco 


PSICOLOGÍA   RELIGIOSA  DEL   PUEBLO   ESPAÑOL  lOl 


amigo  de  sorprender  los  caracteres  nacionales  en  la  experien- 
cia de  unos  cuantos  individuos;  los  examino  en  el  mayor  nú- 
mero posible  y  me  aprovecho,  siempre  que  puedo,  de  los  mo- 
mentos de  sinceridad.  En  el  lenguaje  y  en  las  acciones  del 
hombre,  sobre  todo  observado  en  el  hogar  doméstico  y  en  las 
situaciones  críticas  de  la  existencia,  hay  muchas  veces  ocasión 
de  verlo  revelarse  tal  y  como  es  en  realidad  y  no  tal  como  nos 
lo  figuramos.  Pues  bien;  yo  he  sondeado  el  corazón  de  muchos 
que  á  mis  ojos  eran  intransigentes,  y  no  he  encontrado  la  in- 
tolerancia en  ninguno  y  sí  en  todos  la  indiferencia.  Esto  por 
lo  que  respecta  á  los  descreídos.  Estudiando  detalladamente 
los  rasgos  característicos  de  la  intransigencia  de  los  creyentes 
he  hallado  que,  fuera  de  los  que  se  han  educado  en  casas  de 
jesuítas  ú  otros  centros  eclesiásticos,  las  tendencias  sociales  de 
los  que  han  sido  educados  en  religión  por  sus  madres  siguen 
siendo  las  mismas  que  cuando  muy  niños,  y  que  lo  propio  su- 
cede respecto  de  su  conducta  y  prácticas  que  son  y  siguen 
siendo  los  de  la  infancia.  En  mi  familia  misma  tengo  la  prue- 
ba: los  miembros  de  ella — y  se  cuentan  varios — que  han  pasa- 
do por  seminarios  ó  conventos,  se  muestran  intolerantes  por 
convicción  y  por  aspiración,  teórica  y  prácticamente;  por  el 
contrario,  los  que  no  han  recibido  más  enseñanza  religiosa 
que  la  de  mis  padres,  brillan  como  éstos  por  su  espíritu  de  ca- 
ridad y  de  piedad  universal.  Y  aun  he  de  añadir  que  entre 
unos  y  otros  existen  excisiones  y  querellas  morales  más  pro- 
fundas que  pudieran  existir  entre  personas  de  familias  dife- 
rentes, lo  que  no  sucedería  si  la  teoría  deUnamuno  fuese  cier- 
ta. Personalmente  no  se  corrobora  esa  teoría;  es  una  genera- 
lización aventurada  que  el  corazón  de  todo  buen  español  re- 
chaza como  una  impostura.  Con  el  gran  respeto  que  Unamuno 
me  inspira,  creo  que  él  no  se  ha  querido  referir  más  que  á  la 
turba  sinnúmero  de  semieruditos  que  van  con  la  corriente  y 
repiten  lo  que  oyen  y  leen  los  disparatados  artículos  de  un 
DemófilOj  por  ejemplo,  con  la  misma  devoción  que  antes  leían 
acaso  los  libros  místicos  ó  ascéticos.  De  lo  contrario,  habría 


102  LA   ESPAÑA   MODERNA 


motivo  para  pensar  que  calumniaba  al  común  de  los  espa- 
ñoles. 

Repito  que,  hoy  por  hoy,  los  mismos  que  gritan  ¡Abajo  el 
catolicismo! j  son  en  el  fondo  indiferentes,  y  los  católicos,  cuyo 
catolicismo  trae  un  origen   puramente  doméstico,  no  son   en 
modo  alguno  intolerantes.    Y  no   se  extrañe  ni  se  tenga  por 
imposible  semejante  contradicción,  pues  ya  hemos  visto,  apo- 
yándonos en  pensamientos  de  Unamuno,  que  ambas  clases  de 
individuos  son  dogmáticas  de  pura   cepa;  y  el  criticismo  y  la 
espontaneidad  asocian,  el  dogmatismo  j  la  uniformidad  agre- 
gan, y  en  pos  de  la  agregación  viene  de  seguro  la   disolución. 
Por  otra  parte,  Unamuno  acaba  por  no  negarlo;  solamente 
dice:  la  constitución  histológica  de  nuestro  espíritu  religioso 
colectivo  no  se  adapta  ya  á  las   condiciones  de  la  vida   social 
moderna,  porque  las  tendencias   generales   del    dogmatisma 
que  fueron  generosas  para  razas  fuertes  y  cultas,  han  condu-- 
cido  á  un  desequilibrio  desastroso  á  una  ignorante  y  agotada 
como  la  nuestra.  Confieso  que  comprendería  mucho  mejor  al 
que  me  dijera:  aspiraciones  buenas  para  aquellos  pueblos  que 
están  preservados  de  todo  peligro  radical,  pueden  ofrecer  in~ 
convenientes  para  aquellos  que  están  tachados  de  bajos  y  me- 
diocres: luego  el  nuestro  no   está  adaptado  por  naturaleza  al 
estado  á  que  por  el  progreso  ha  llegado  el  resto  de  la  huma- 
nidad. 

Si  critico  aquí  á  Unamuno,  no  es  porque  mi  opinión  sobre 
la  psicología  religiosa  de  nuestro  pueblo  esté  en  abierta  opo- 
sición con  la  suya.  Reconozco  la  precisión,  la  perspicacia  de 
sus  ideas,  y  con  ellas  simpatizo  en  parte:  no  me  propaso  á  acep- 
tarlas de  un  modo  definitivo,  porque  no  me  he  dado  cuenta  de 
su  alcance.  Unamuno  ha  querido  presentarlas  bajo  un  aspecto- 
demasiado  concreto,  que  no  corresponde  á  la  vaguedad  con 
que  sus  objetos  se  muestran  en  la  vida  nacional.  O  mucho  me 
engaño,  ó  la  ampliación  de  sus  doctrinas  ha  de  llegar  á  con- 
cordarlas en  un  todo  con  las  de  los  pocos  que  en  España  estu- 
diamos el  problema  religioso  desde  el  punto  de  vista  cientí- 


PSICOLOGÍA  RELIGIOSA   DEL    PUEBLO   ESPA:&OL  103 


fico.  Al  considerarlas  dignas  de  ser  largamente  examinadas, 
no  sé  si  no  habré  comprendido  bien  sus  intenciones  y  respon- 
dídole  de  una  manera  que  le  parecerá  débil. 

Insistiré  más  adelante  en  este  punto  de  vista.  Ahora,  una 
vez  determinado  la  genialidad  religiosa  de  los  españoles  en 
general,  permítaseme  delinear  la  del  clero  español.  ¡Qué  dife- 
rencia la  que  nos  ofrecen  estos  cuadros! 

El  ¡qué  se  me  da  á  mi!  de  los  seglares  no  es  la  nota  domi- 
nante de  los  clérigos.  Esta  última  clase  nos  presenta  una  vas- 
t8>  intolerancia,  una  intolerancia  completa,  y  con  ella  se  hacen 
esfuerzos  para  sostener  en  todo  y  por  todo  la  vieja  trama  de 
los  privilegios  teocráticos.  La  característica  de  la  religiosidad 
de  nuestro  clero  es  la  ambición  y  el  apego  á  lo  temporal.  Ahí 
está  su  point  d'arret.  Cuéntase  de  San  Anselmo,  el  más  gran- 
de y  más  espiritualista  de  los  doctores  de  la  Iglesia,  que  cuan- 
do por  deberes  de  su  cargo  y  por  deberes  de  cortesía  tenía 
que  asistir  á  las  discusiones  sobre  las  rentas  del  clero  y  los 
territorios  de  su  arzobispado  de  Cantorbery,  discusiones  que 
tanto  apasionaban  entonces  á  los  hombres  religiosos,  mostra- 
ba la  mayor  indiferencia,  y  mientras  los  batalladores  legistas 
disputaban,  él  cerraba  los  ojos  y  se  dormía  tranquilamente  en 
pleno  tribunal.  Ese  es  el  privilegio  de  las  almas  grandes:  apre- 
ciar el  ideal  de  la  religión  en  toda  su  pureza  y  sin  la  bajeza  y 
la  nulidad  con  que  el  egoísmo  y  los  cuidados  materiales  han 
mancillado  las  grandes  verdades  de  instinto  dogmático,  en- 
trevistas por  la  fe  y  expresadas  por  el  culto.  Al  poner  esa  con- 
ducta en  parangón  con  el  espíritu  mundano  de  nuestro  clero, 
nos  sentimos  avergonzados;  aunque  en  realidad  la  culpa  no  es 
toda  de  los  clérigos  en  general,  sino  del  episcopado  que  tal 
espíritu  consiente,  recomienda  ó  manda. 

En  cambio  de  este  espíritu  modernista^  positivista  y  utili- 
tario para  cuanto  atañe  á  sus  intereses  materiales ,  nuestro 
clero,  en  lo  concerniente  á  los  ideales  nacionales  y  al  derecho 
social,  está  plantado  en  sus  intransigencias  doctrinarias,  como 
en  lo  más  recio  de  la  dominación  teocrática.  Se  ha  petrificado 


104  LA  espaS:a  moderna 


en  el  non  est  jnetas,  sed  impietas  tolerare  peccata.  Se  inspira 
todavía  en  el  Preservativo  contra  la  irreligión  del  P.  Vólez  y 
en  el  Ensayo  de  Donoso  Cortés.  Tiene  por  Biblia  la  Summa 
de  Santo  Tomás.  No  le  habléis  de  la  tolerancia  y  de  la  ampli- 
tud del  clero  de  otros  países,  porque  perdéis  el  tiempo.  Es 
preciso  que  descienda  de  arriba  el  soplo  de  las  tempestades  (1), 
de  que  habla  el  espíritu  de  Dios,  para  que  sean  arrojados  como 
la  paja  seca  y  el  polvo  (2).  «El  espíritu,  dice  Renán,  sopla 
donde  quiere,  y  el  espíritu  es  libertad.»  La  prevención  contra 
esta  libertad,  llevada  á  los  mayores  temores,  pero  sin  el  ver- 
dadero celo  de  los  hijos  de  Dios,  ha  hecho  de  sus  ministros  en 
España  los  últimos  de  los  retrógrados. 

La  intransigencia  no  es  posible.  ¡Cuántas  veces  y  con  qué 
aceptación  no  se  ha  oído  repetir,  durante  estos  últimos  tiem- 
pos, que  la  tolerancia  es  el  medio  más  seguro  de  atraer  á  las 
almas  á  la  religión!  Pero  esta  bella  máxima  en  boca  de  un  cle- 
rical no  es  sino  una  frase,  flatus  vocis,  diariamente  desmenti- 
da por  los  hechos.  Y  lo  mejor  del  caso  es  que,  no  ya  hoy,  sino 
en  los  siglos  de  mayor  intolerancia,  los  que  con  más  convic- 
ción la  practicaban  como  poderosos  y  como  políticos,  la  des- 
mentían á  las  veces  en  sus  actos  como  hombres  y  como  cris- 
tianos, viendo  en  esta  conducta  la  prueba  más  convincente 
que  podían  dar  de  la  verdad  de  su  fe.  Curioso  es  en  tal  sentido 
el  ejemplo  del  más  intolerante  de  los  intolerantes,  del  duque 
de  Gruisa,  á  quien  cierto  hugonote  quiso  asesinar  por  el  celo 
que  mostraba  en  su  defensa  del  Catolicismo.  Se  descubrió  el 
proyecto,  é  informado  de  él  el  duque,  hizo  llamar  al  asesino, 
y  le  preguntó  con  aire  de  asombro :^¿0s  he  perjudicado  yo  en 
algo? — No — respondió  el  protestante. — ¿Qué  es,  entonces,  lo 
que  os  ha  movido  acometer  semejante  crimen? — He  querido 
defender  mi  religión  y  sostener  sus  intereses,  librándola  de  su 
más  cruel  enemigo. — Pues  bien — replicó  Guisa, — si  vuestra 


(1)  Spiritus  procellarum,  pars  calicis  eorum. 

(2)  Tamquam  pulviSf  quem  projicit  ventus  á  facie  terrae. 


PSICOLOGÍA   RELIGIOSA  DEL   PUEBLO   ESPAÑOL  105 


religión  os  manda  asesinar,  la  mía  me  manda  perdonar  al  ase- 
sino: juzgad  por  esto  solo  cuál  es  la  verdadera.  A  pesar  de 
ello  exterminaba  continuamente  á  los  hugonotes  en  el  campo 
de  batalla,  y  no  daba  paz  á  la  mano  mientras  se  trataba  de 
perseguir  la  herejía. 

Actualmente  el  fanatismo  ha  sido  sustituido  por  una  tole- 
rancia general  de  todas  las  Iglesias,  y  aunque  la  intolerancia 
de  alguna  de  éstas  se  rechace,  también  se  perdona,  bajo  la 
consideración  de  que  ese  sentimiento,  como  el  del  egoísmo,  es 
una  cierta  necesidad  del  corazón  humano.  No  se  quiere  ya  le- 
vantar bandera  contra  bandera;  no  se  trata  de  que  reine  algo 
en  religión  con  exclusión  de  un  contrario.  La  armonía  de  la 
humanidad  resulta  ahora,  no  de  una  unidad  exterior  y  facti- 
cia, sino  de  la  unidad  verdadera  que  nace  de  la  comunión  ínti- 
ma y  libre  de  ideas  y  sentimientos.  La  lectura  fija  y  detenida 
del  erudito  y  entusiasta  libro  del  publicista  católico  francés 
Vaton  sobre  la  universalidad  de  las  civilizaciones  (1),  que  fue 
para  mí  la  primer  causa  inmediata  de  la  corrección  de  mis 
ideas  en  materia  de  sociología  religiosa,  aprueba  la  libre  emi- 
sión de  las  notas  más  discordantes  y  sostiene  que  ninguna 
fuerza  debe  poder  suprimir  á  las  demás.  No  hay  que  exagerar, 
sin  embargo,  estas  esperanzas,  ni  hacerse  ilusiones  en  religión, 
que  al  cabo  no  es  hoy  todavía  más  que  un  ideal  sociológica- 
mente considerada.  Sólo  se  realiza  la  obra  de  la  verdad  y  de 
la  justicia  divina  luchando  y  triunfando  en  buena  lid  espiri- 
tual; pues  la  defensa  y  gloria  de  los  eternos  principios  de  ele- 
vación de  la  vida  levantan  el  nivel  de  los  pueblos,  y  un  pue- 
blo que  careciese  en  absoluto  de  este  espíritu,  sería  un  pueblo 
muerto.  Se  ha  concedido  un  valor  excesivamente  importante 
á  las  palabras  de  Schiller  en  su  Wallenstein:  «Amplio  es  el  ce- 
rebro, estrecho  el  mundo.  Los  pensamientos  viven  sin  dificul- 
tad unos  al  lado  de  otros;  pero  las  cosas  chocan  duramente 


(1)    La  civilisation  universelle,  unión  des  peuples,  des  pontifes  et  des 
rois.  (París,  1861.) 


106  LA    ESPAÑA   MODERííA 


en  el  espacio  inmenso.  Donde  quiera  que  una  cosa  ocupe  un 
lugar,  otra  debe  cederlo.  Para  ser  aplastado,  es  preciso  aplas- 
tar. La  lucha  reina,  y  el  triunfo  es  de  la  fuerza.»  Ciertamente 
que  sería  lisonjero  ver  la  paz  realizada  en  los  pensamientos  in- 
dividuales, cómodamente  alojados  en  el  cerebro,  y  dejar  á  la 
dura  realidad  exterior  en  su  perpetuo  estado  de  guerra;  pero 
no  van  así  las  cosas  en  el  mundo.  Las  ideas  luchan  en  la  socie- 
dad tanto  como  las  fuerzas  en  la  naturaleza;  son  fuerzas  aní- 
micas por  medio  de  las  cuales  absorbemos  del  medio  la  esen- 
cia de  nuestro  ideal  y  el  fondo  apetitivo  de  nuestros  deseos.  Y 
una  tal  observación  aflige  tanto  más,  cuanto  que  no  se  puede 
menos  de  conceder  que,  tratándose  de  la  religión  y  del  Estado, 
cada  uno  hace  valer  sus  derechos,  de  tal  suerte  y  en  tal  forma^ 
que  ©s  preciso  casi  siempre  decir  sí  y  no.  «Por  esta  contradic- 
ción y  por  la  ignorancia  dominante  de  esta  contradicción  es 
por  lo  que  sufre  nuestro  tiempo»,  escribió  Hegel  en  una  de  sus 
obras  filosóficas  respecto  á  la  religión;  y  en  efecto,  no  data 
sólo  desde  ayer  el  que  el  Estado  haya  visto  á  una  convicción 
religiosa  oponerse  á  su  legislación  sin  en  realidad  entrar  en 
conflicto  con  el  derecho  y  la  moralidad  política. 

Con  no  menos  gracia  que  verdad  se  ha  observado  por  al- 
gunos investigadores  de  la  vida  social  que  la  lucha  más  horri- 
ble no  es  la  de  la  razón  contra  la  insensatez,  sino  la  de  la 
razón  contra  la  razón.  En  las  querellas  de  la  religión  con  el 
Estado  defienden  ambos  poderes  un  derecho  indiscutible;  pero 
el  modo  que  tienen  cada  cual  de  concebir  su  misión  respecti- 
va recrudece  la  lucha ,  aumentando  siempre  la  confusión. 
Como  el  Estado  no  es  más  que  representante  de  la  justicia,  no 
puede  dar  á  la  humanidad  la  satisfacción  suprema.  Por  otra 
parte,  la  religión,  que  impone  sus  dogmas  con  una  autoridad 
externa,  y  que  presenta  á  Dios  como  una  autoridad  exterior 
también  á  la  conciencia  humana,  no  puede  darnos  plena  con- 
ciencia de  nuestra  libertad.  «El  espíritu,  dice  Hegel,  no  puede 
someterse  más  que  al  espíritu»;  pues  entonces,  sometiéndose  á 
sí  mismo,  reconoce  que  es  libre.  La  filosofía  se  opone,  por  con- 


PSICOLOGÍA  RELIGIOSA  DEL   PUEBLO   ESPAlSíOL  107 


siguiente,  á  sobrenaturalistas  é  incrédulos,  enseñando  que  el 
cristianismo  debe  pasar  al  estado  de  pietismo,  «adquirir  con- 
ciencia de  sí  propio». 

Mas  no  os  asombréis  aún,  tradicionalistas.  Como  he  reco- 
nocido el  Cristianismo,  reconozco  la  imposibilidad  de  que 
sean  cristianos  los  espíritus  mezquinos;  como  he  dicho  que  la 
religión  es  todavía  un  ideal,  digo  que  puede  no  hallarse  con- 
forme con  la  dura  realidad.  A  medida  que  se  vigoriza  el  senti- 
miento religioso,  se  debilitan  los  sentimientos  materiales;  á 
medida  que  se  debilitan  los  sentimientos  materiales,  se  conso- 
lidan lo  sentimientos  sociales.  Así,  es  preciso,  para  que  la  hu- 
manidad se  eleve  sobre  sí  misma,  por  encima  de  esta  vida  ras- 
trera y  de  sus  estrechos  horizontes,  que  se  guíe  por  los  pre- 
ceptos religiosos  y  por  el  espíritu  cristiano  en  sus  costumbres 
públicas  y  privadas.  Pero  este  espíritu  y  esos  preceptos  re- 
quieren un  alto  grado  de  cultura  y  de  civilización  para  ser 
apreciados  y  seguidos  en  toda  su  verdad  y  en  toda  su  grandeza. 
Por  eso  no  se  han  visto  nunca  practicados  por  los  nómadas, 
por  los  países  orientales,  por  los  individuos  de  razas  débiles, 
por  cuantos  se  resienten  del  predominio  de  la  vida  afectiva  en 
su  modo  de  concebir  y  realizar  los  ideales  místicos  y  dogmá- 
ticos. Ya  lo  dijo  Chateaubriand  con  su  sentido  tan  justo  en 
estas  materias:  «Para  los  verdaderos  santos  y  hombres  supe- 
riores, la  Religión  es  un  avisador  severo,  que  les  enseña  la 
humildad  y  la  verdadera  virtud;  para  los  hombres  de  pasiones 
impetuosas  y  vulgares,  sus  lecciones  sirven  únicamente  para 
fomentar  el  orgullo,  dándole  apariencias  de  virtud.  Piso  la 
cabeza  de  mis  amigos  y  enemigos:  ¿quién  puede ^  no  obstante^  su- 
poner que  carezco  de  humildad?  ¿No  me  he  puesto  de  rodillas?» 

No  puedo  impedir  que  los  hombres  que  se  creen  inteligen- 
tes vean  en  mi  opinión  una  paradoja,  por  figurarse  que  los 
prestigios  religiosos  sólo  son  necesarios  en  razón  del  estado  de 
atraso  y  de  incultura  en  que  aún  se  hallan  las  muchedumbres. 
Esta  consideración,  sin  embargo,  no  obsta  para  que  yo  tenga 
un  modo  de  ver  opuesto.  Todo  lo  que,  á  mi  juicio,  cabe  con- 


108  LA   ESPAÑA   MODERNA 


ceder  en  este  punto,  es  lo  que  Hegel  concedía:  que  la  religión 
es  la  conciencia  de  la  verdad,  en  la  forma  que  conviene  á  los 
hombres,  cualquiera  que  sea  el  grado  de  cultura  intelectual  en 
que  se  encuentren.  Pero  la  verdad  en  religión  no  ha  de  enten- 
derse, segán  lo  hace  notar  muy  bien  Unamuno,  como  la  adhe- 
rencia con  la  razón  á  un  dogma,  sino  con  la  voluntad  á  una  con- 
fianza en  Dios.  Esta  observación  está  fundada  en  el  principio 
mismo  de  la  libertad  religiosa,  á  saber:  en  que  la  salvación  es 
posible  para  todos  y  en  todas  partes,  y  que  depende  del  grado 
de  «ardor  divino»,  del  6slx  ^^ii.-t\  ^v  8p,ua:<;  de  Platón  que  lleva  cada 
uno  en  sí  propio.  Comprendiendo  que  este  ardor  divino  es  po- 
tencialmente  el  mismo  para  todos  los  espíritus  religiosos,  tene- 
mos derecho  á  emplear  toda  la  autoridad  que  da  el  dogmatis- 
mo sano  para  proclamar  por  principio  de  la  fe  absoluta  la  re- 
latividad misma  del  humano  conocimiento,  sin  manifestar  por 
eso  un  desprecio  aristocrático  hacia  limitaciones  dogmáticas 
que  dependan  de  determinadas  creencias  (1). 

Problema  digno  de  atención  para  el  historiador  y  para  el 
psicólogo  es  el  del  carácter  social  de  la   religiosidad  futura. 


(1)  Eenan  advirtió  ya,  tocante  á  la  propensión  al  desdén  para  con  el 
ocultamiento  religioso:  «Hay  personas  encarceladas  en  cierto  modo  en  la 
fe  absoluta,  como  los  hombres  afiliados  á  órdenes  sagradas  ó  revestidas 
de  un  ministerio  pastoral.  -Sin  embargo,  aun  entonces,  un  alma  hermosa 
sabe  encontrar  salidas.  Uu  digno  cura  de  aldea  liega  á  ver,  mediante  sus 
estudios  solitarios  y  la  pureza  de  su  vida,  las  imposibilidades  del  dogma- 
tismo literal:  ¿es  preciso  que  contriste  á  aquellos  á  quienes  ha  consolado 
hasta  entonces  y  que  les  explique  cambios  que  ellos  no  pueden  compren- 
der? ¡No  lo  quiera  Dios!  No  hay  dos  hombres  en  el  mundo  que  tengan  ab- 
solutamente los  mismos  deberes.  Al  escribir  sus  dudas  tan  pronto  como  se 
le  ocurrieron,  el  obispo  Colenso  llevó  á  cabo  un  acto  de  honradez  como  no 
ha  visto  otro  la  Iglesia  desde  su  origen.  Pero  el  humilde  sacerdote  cató- 
lico que  habita  un  país  dotado  de  un  espíritu  estrecho  y  tímido,  debe  ca- 
llarse. ¡Oh!  ¡cuántas  tumbas  discretas  situadas  eii  torno  de  las  iglesias  de 
las  aldeas  no  ocultan  poéticas  reservas  y  angelicales  silencios!  Aquellos 
cuyo  deber  ha  sido  hablar,  ¿igualaron  en  grandeza  de  muerte  á  estos  hé- 
roes secretos  conocidos  únicamente  de  Dios?» 


PSICOLOGÍA    RELIGIOSA   DEL   PUEBLO    ESPAÍÍOL  109 

Ante  la  evolución  posible  de  esta  religiosidad,  si  no  se  reco- 
noce el  valor  moral  del  pueblo  que  la  efectúe,  no  hay  más  que 
dos  caminos:  ó  individualizarla  ó  socializarla.  Pero  la  oposi- 
ción entre  ambos  extremos  quizá  no  es  rigurosa,  y  cabe  for- 
mar una  idea  de  la  autonomía  y  de  la  diferenciación  probables 
de  la  fe  que  la  haga  compatible  con  su  integración  y  su  adap- 
tación á  lo  colectivo  de  la  sociedad. 

Aclaremos.  El  individualismo  religioso,  como  concepción 
al  menos,  ha  sido  el  nervio  oculto  de  todos  los  debates  ecle- 
siásticos fundados  en  la  unidad  de  la  fe.  Hasta  cuando  esta  fe 
ha  negado  la  libertad,  ha  dejado  existencia  y  significación  á  la 
responsabilidad  individual,  es  decir,  ala  personalidad,  que  es, 
sin  embargo,  la  esencia  de  la  libertad.  Tarde  observa  que  si 
un  hereje  hubiese  alegado  en  favor  de  su  herejía  que  no  era 
libre  de  creer  ó  no  creer  en  el  dogma,  la  defensa  hubiese  sido 
completamente  estéril;  pero  si  Galileo  hubiera  dicho  que  si 
había  creído  lo  creído,  íue  puramente  soñando,  quizá  los  jue- 
ces le  hubieran  absuelto,  no  porque  no  fuera  libre  de  pensar 
otra  cosa,  sino  porque  su  espíritu,  dormido  y  soñando,  hubie- 
ra sido  juzgado  no  idéntico  á  su  persona  normal  y  social.  Con 
mayor  razón,  pues,  debe  admitirse  que  el  fundamento  de  la 
fe  del  porvenir  ha  de  ser  su  individualización.  Y  se  compren- 
de que  dentro  de  tan  bizarra  independencia  quepa  en  nosotros 
el  asentimiento  á  la  parte  bella  y  esencial  de  las  doctrinas 
cristianas  y  aun  de  las  específicamente  católicas.  Conozco 
muchos  individuos  en  quienes  existe  realizado  tan  en  aparien- 
cia extraño  contraste.  Al  corresponder  á  una  disminución  en 
la  cantidad  de  creencias,  el  individualismo  suele  señalar  un 
aumento  en  la  calidad  de  los  dogmas,  cumpliéndose  aquello 
de  que  «lo  que  se  pierde  en  extensión  se  gana  en  intensidad». 

Cuando  los  integristas  hablan  de  los  anticlericales,  nos 
atribuyen  un  odio  rabioso  contra  la  religión  de  nuestros  ma- 
yores; y  poco  falta  si  no  nos  acusan  de  tratar  con  nuestras 
polémicas  de  quitar  la  fe  á  buenos  católicos.  Los  integristas 
serían  más  leales  si  apreciasen  el  sano  fondo  de  religiosidad 


lio  LA  espa:Sa  moderna 


que  existe  en  nuestra  alma.  Me  repugna  citarme;  pero  por  lo 
que  á  mí  toca,  digo  á  los  integristas  que  si  mis  escritos  contra 
el  clericalismo  hubiesen  servido  para  descristianizar  y  aun 
para  descatolizar  á  alguien,  rompería  mi  pluma,  pues  emplear- 
la en  labor  tan  cruel,  es,  á  mis  ojos,  un  delito  de  lesa  religio- 
sidad. Tal  vez  se  asombrarán  cuando  sepan  que  tengo  inédita 
una  Teología  cristiana,  donde  defiendo  con  un  entusiasmo  que 
no  necesita  distingos  ni  reservas,  todos  los  dogmas  de  nuestra 
religión,  desde  la  creación  del  mundo  hasta  la  Encarnación 
del  Yerbo.  Aunque  no  haya  sido  en  el  seminario  donde  esta 
mi  fe  se  ha  robustecido,  de  algo  me  lian  servido  sus  enseñan- 
zas, con  las  que  se  mezclan  las  de  una  madre  venerada,  único 
ser  capaz  de  mantener  con  su  recuerdo  y  su  sincera  piedad  la 
poca  que  he  conservado  durante  una  vida  llena  de  las  más 
tristes  y  contradictorias  peripecias. 

No  se  me  podrá  reprochar  por  el  juicio  que  me  inspiran  las 
creencias  cristianas.  Pero  ¡ay!  no  todos  hacen  aprecio  de  esta 
fe  secularizada.  Los  que  se  atienen  á  la  religión  pura,  que  por 
muy  positiva  que  sea,  no  puede  ser  una  secta,  aumentan  las 
iras  de  los  sectarios.  Por  eso,  si  nuestra  Iglesia  nos  rechaza  por 
leves  discrepancias  en  la  doctrina,  no  recriminemos,  sepamos 
apreciar  la  dulzura  de  las  costumbres  modernas  que  han  hecho 
impotentes  tales  odios,  y,  como  dice  Renán,  «consolémonos 
pensando  en  esa  Iglesia  invisible  que  encierra  á  los  santos  ex- 
comulgados, á  las  mejores  almas  de  cada  siglo.  Los  desterra- 
dos de  una  Iglesia  son  siempre  sus  elegidos,  y  el  hereje  de  hoy 
es  el  ortodoxo  del  porvenir.  Por  otra  parte,  ¿qué  es  la  exco- 
munión de  los  hombres?  El  Padre  celestial  no  excomulga  más 
que  á  los  espíritus  secos  y  á  los  corazones  estrechos.  Si  el  sa- 
cerdote se  niega  á  admitirnos  en  su  cementerio,  prohibamos  á 
nuestras  familias  que  hagan  reclamación  alguna.  Dios  es  el 
que  juzga,  la  tierra  es  una  buena  madre  que  no  establece  di- 
ferencias, y  el  cadáver  del  hombre  creyente  que  entra  en  el 
hoyo  no  bendito,  lleva  la  bendición  consigo».  Este  es  el  lado 
individualista  de  la  religión,  su  unidad  legítima  y  posible.  Mas 


PSICOLOGÍA  RELIGIOSA  DEL  PUEBLO   ESPAÑOL  111 

el  carácter  humano  de  este  elemento  requiere  y  exige  en  su 
aspecto  social  otra  propiedad  más  amplia:  la  perpetuidad. 

Para  perpetuar  la  religión  es  preciso  socializarla,  y  para 
socializarla  es  preciso  librarla  de  todos  los  lazos  políticos  que 
detienen  su  desarrollo  franco  y  verdadero  (1).  Puede  discutir- 
se si  convendría  realizar  esta  socialización  de  una  manera 
propiamente  social,  mediante  las  comuniones  llamadas  libres, 
como  en  otros  países  sucede,  ó  de  una  manera  impropiamente 
social,  mediante  la  enseñanza  del  hogar  doméstico.  Délos  dos 
métodos^  yo  me  quedo  con  el  segundo,  que  encuentro  más 
adaptable  á  nuestra  patria.  No  cabe  negar  el  provechoso  in- 
flujo de  las  madres  cristianas  en  la  conciliación  de  la  integri- 
dad religiosa  con  la  libertad  de  conciencia,  así  como  su  cam- 
paña inconsciente  contra  el  intelectualismo  escolástico,  padre 
del  clericalismo  de  cátedra.  Mas  para  que  aquí  fuera  ese  influ- 
jo poderoso  á  la  vez  que  provechoso,  convendría  que  la  mujer 
española  recibiese  una  educación  más  amplia  que  la  que  recibe 
en  la  actualidad,  porque  en  este  nuestro  siglo  en  que  todo 
conspira  á  mejorar  la  condición  del  bello  sexo,  sería  conve- 


(1)  No  hay  que  confundir  esta  socialización  religiosa  y  moral  con  la 
socialización  clerical  y  exclusivista;  no  es  una  socialización  en  los  proce- 
dimientos, sino  en  el  espíritu,  y  no  estorba  en  nada  la  secularización  de 
todos  los  elementos  de  la  vida.  Desde  este  punto  de  vista  podremos  apre- 
ciar en  su  justo  valor  la  opinión  de  Pesch,  cuando  dice:  «La  religión, 
como  consagración  obligatoria  de  todo  el  hombre  á  Dios,  debe  compren- 
der al  hombre  exterior^  al  hombre  social,  pues  no  puede  imaginarse  una 
verdadera  religión,  propia  de  hombres,  que  no  busque  y  halle  su  expre- 
sión correspondiente  aun  en  los  ejercicios  del  culto  externo.  Así  como  las 
varias  necesidades  y  disposiciones  profanas  del  hombre  conducen  nece- 
sariamente á  una  institución  ó  forma  externa,  que  es  el  Estado,  así  con  la 
misma  necesidad  natural  germina  la  religión  en  una  forma  externa  social 
en  el  seno  de  la  Iglesia.  Es,  por  otra  parte,  innegable  que  no  sólo  la  con- 
ducta externa  de  cada  uno,  sino  también  las  instituciones  sociales  ejercen 
poderosa  influencia  en  la  manera  íntima  de  ser  de  los  hombres.  Este  in- 
flujo está  dirigido  en  el  orden  natural  á  procurar  al  hombre  un  auxilio 
suficiente  para  que  viva  de  un  modo  ordenado.  Lo  propio  se  puede  apli- 


112  LA   ESPAÑA   MODERNA 


ni  ente  que  éste  supiese  identificarse  con  el  carácter,  las  cos- 
tumbres y  las  creencias  de  nuestro  país,  que  tanto  promete 
aun  con  la  base  de  su  dosis  de  sangre  africana,  resultado  de  la 
invasión  sarracena,  y  sus  elementos  celtas  y  germánicos  con- 
servados en  el  Norte  y  en  el  Oeste.  De  este  modo  las  mujeres 
vendrían  á  constituir,  religiosa  y  sccialmente,  poderoso  lazo 
de  ideales;  promoverían  en  lo  moral  el  patriotismo  y  darían 
unidad,  dentro  de  las  variaciones  provinciales,  al  carácter  na- 
cional. El  conjunto  de  las  influencias  maternas  produciría  una 
religión  sentimental  y  prasológica,  alejada  de  todo  raciona- 
lismo enervador. 

Sin  atribuir  una  importancia  exagerada  al  método  que 
acabo  de  señalar,  creo  que  el  non  tam  vera  quam  pia  dogmata 
de  Spinosa  lo  aplican  inconscientemente  todas  las  madres  cris- 
tianas en  la  educación  religiosa  de  sus  hijos,  por  lo  cual  ataco 
con  toda  cortesía  en  otro  libro  (1)  á  Unamuno;  y  como  quiera 
que  también  en  dicho  libro  agoto  la  cuestión  y  la  explano  con 
arreglo  á  mis  puntos  de  vista,  no  voy  á  recocer  la  misma  ber- 
za cien  y  mil  veces.  Pero  considero  de  mi  deber  y  de  mi  de- 


car  á  la  religión.  La  religión  no  puede  encerrarse  en  la  vida  interior  mar- 
cando linderos  con  la  vida  social  y  externa,  sin  dar  en  un  abismo  de  aflic- 
ción. Una  religión  interior  sin  religión  externa  y  social,  es  contra  la  Na- 
turaleza y  no  puede  subsistir  mucho  tiempo.»  Hay  en  estas  frases  de 
Pesch  un  fondo  de  verdad  perfectamente  aplicable  al  objeto  de  nuestro 
trabajo;  pero  si  se  les  diera  un  valor  absoluto,  habría  que  desterrarla 
justicia  del  mundo,  pues  para  discurrir  y  proceder  así,  maldita  la  falta 
que  nos  haría.  La  diversidad  de  ritos,  la  libertad  social  y  la  lucha  de  cla- 
ses y  religiones,  constituyen  advertencias  y  enseñanzas  fecundas,  que  se 
desprenden  de  la  experiencia  histórica  como  otras  tantas  consecuencias 
de  alcance  moral  y  aun  dogmático,  en  el  recto  sentido  de  la  palabra.  Sólo 
pueden  equÜibr'arse  públicamente  las  atribuciones  de  las  sectas,  redu- 
ciendo sus  derechos  á  las  manifestaciones  pr'iimdas,  y  esta  idea  nos  con- 
duce al  postulado  que  he  citado  al  frente  de  mi  obra  Deynocracia  y  cleri- 
calismo (estudios  de  política  aplicada):  «Los  templos,  para  la  expansión 
religiosa;  las  calles,  para  la  expansión  de  la  vida  puramente  civil.» 
(1)     Las  iglesias  del  Estado  (cuestiones  de  derecho  social). 


PSICOLOGÍA   RELIGIOSA   DEL   PUEBLO    ESPA:&OL  113 

rec"'j.o  sacar  de  aquí  una  conclusión.  Los  tres  elementos  capita- 
les de  nuestra  religiosidad  han  sido  la  escolástica  tomística, 
]a  especulación  mística  y  la  moral  católica.  Pues  bien;  por  lo 
que  á  la  escolástica  toca,  hay  que  afirmar  con  energía  que  no 
puede  conservarse  como  elemento  de  futura  religiosidad.  La 
religión  es  en  sí  una  relación  de  voluntad;  pero  la  escolástica 
no  se  ha  elevado  nunca  por  encima  del  intelecto.  A  despecho 
de  su  formalismo  abstracto,  la  escolástica  es  en  el  fondo  onto- 
logista,  como  probaré  en  mi  extensa  obra  sobre  La  filosofía  de 
Santo  Tornas^  y  en  ella,  como  en  Oersted,  como  en  los  libros 
bramánicos,  como  en  el  panteísmo  de  Alejandría,  Dios  es  la 
unidad  intuitiva  del  pensamiento,  concebida  por  la  razón  que 
se  eleva  sobre  el  discurso  como  intuición  verdadera.  Ese  inte- 
lectualismo  tan  árido  y  tan  glacial  de  la  escolástica  tomista, 
no  satisface  ni  satisfará  nunca  las  nobles  necesidades  de  nues- 
tro corazón,  ni  el  íntimo  sentimiento  de  dependencia  de  nues- 
tra mente,  y  es  que,  como  dijo  Topffer:  «A  Dios  puede  subir 
nuestra  oración,  pero  no  nuestra  mirada.» 

Más  probabilidades  de  subsistencia  tienen  las  partes  esen- 
ciales de  nuestro  misticismo  clásico,  mejor  entendido  que  en 
otros  siglos.  La  adquirirá,  por  lo  menos,  si  la  damos  base  me- 
tafísica y  le  limpiamos  de  sus  impurezas  y  de  su  superstición, 
en  el  perfecto  acuerdo  indicado  por  Víctor  Hugo  de  «defender 
el  misterio  contra  el  milagro».  Nuestra  fe  debe  convertirse, 
como  en  el  siglo  xvi,  en  una  vasta  aspiración  mística. 

Pero  el  elemento  por  excelencia  del  Catolicismo  y  el  que  á 
toda  costa  debe  conservarse  es  el  elemento  moral.  El  valor  de 
la  conciencia  ha  tenido  en  España  una  baja  considerable.  «Soy 
honrado,  no  he  robado  ni  matado  á  nadie»,  he  aquí  la  única  y 
suprema  ética  de  todos  los  españoles  libres  en  estos  momentos. 
No  conozco  país  en  el  mundo  donde  se  abriguen  ideas  más 
falsas  sobre  los  deberes  morales.  La  maj^oría  de  nuestros  com- 
patriotas llevan  una  existencia  relajada  y  llena  de  vicios,  y 
á  pesar  de  esto  están  muy  convencidos  de  ser  hombres  de  una 
moralidad  intachable,  porque  no  son  bandidos  ni  asesinos. 
E.  U— Agosto  1902.  8 


114  LA   ESPAÑA  MODERNA 


Este  lamentable  criterio  ha  nacido  de  la  indiferencia  religiosa 
y  coincide  con  la  debilitación  en  España  de  la  moral  católica, 
que  no  ha  de  confundirse  con  el  casuismo  jesuítico.  El  casuis- 
mo  exageró  el  papel  del  pecado,  poniéndolo  en  evidencia;  pero 
la  moral  católica,  tal  como  nos  la  lian  inculcado  nuestras  ma- 
dres, arguye  horror  al  pecado  en  el  sentido  de  su  distinción 
radical,  y  á  la  vez  subjetiva  y  objetiva  de  la  bondad  (1).  «La 
ausencia  del  crimen,  dice  Lubbock,  no  constituye  virtud,  y  la 
simple  inocencia  sin  tentación  no  es  un  mérito...  Hacer  una 
cosa  que  es  buena,  no  es,  ni  con  mucho,  lo  mismo  que  hacerla 
porque  es  buena.»  Tal  es  también  la  doctrina  de  los  católicos, 
doctrina  que  á  la  vez  que  sirve  para  inducir  al  hombre  á  que 
adquiera  ciencia  y  conciencia  del  bien,  favorece  el  individua- 
lismo, convirtiendo  el  negocio  de  nuestra  salvación  en  un  ne- 
gocio pura  y  exclusivamente  personal.  Semejantes  sublimes 
caracteres  de  la  moral  católica  la  harán  siempre,  no  sólo  com- 
patible, sino  insustituible  en  el  seno  de  las  sociedades  mo- 
dernas. 

Lo  que  nos  hace  ver  que  una  catedral  tiene  subsistencia  y 
derecho  á  subsistir,  es  que  su  masa  está  profundamente  arrai- 
gada en  la  materia  de  la  tierra.  ¡Nolle  sua  Statl  Lo  que  nos 
hace  ver  que  una  religión  tiene  subsistencia  y  derecho  á  sub- 
sistir, es  que  su  fe  está  profundamente  arraigada  en  el  espíritu 
de  la  humanidad  ó  por  lo  menos  en  el  espíritu  de  la  nación  (2). 
Así  mirado  el  problema  del  porvenir  del  Catolicismo  en  Espa- 


(1)  «Por  grande  que  sea  la  Insensibilidad  de  un  hombre,  con  frecuen- 
cia debe  conmoverse  ante  escenas  de  virtud  ó  de  maldad;  y  por  tenaces 
que  sean  sus  prejuicios,  debe  observar  que  otros  son  susceptibles  de  tales 
impresiones...  Los  que  niegan  la  realidad  de  las  distinciones  morales  de- 
ben ser  clasificados  entre  los  ergotistas  sin  convicción,  porque  no  es  con- 
cebible que  una  criatura  humana  pueda  seriamente  creer  que  todos  los 
caracteres  y  todas  las  acciones  tengan  iguales  títulos  al  afecto  y  estima 
de  cada  uno.»  (Hume:  EssaySy  t.  II,  p.  203.) 

(2)  En  este  sentido,  dice  Bain  en  su  Logic  que  «los  límites  del  Estado 
respecto  á  la  religión,  deben  ser  determinados  según  ías  circunstancias  y 


PSICOLOGÍA  RELIGIOSA  DEL   PUEBLO   ESPAÑOL  115 

ña,  resulta:  que  no  podrá  ni  deberá  quedar  nada  de  su  parte 
escolástica;  que  se  conservará  con  modificaciones  lo  esencial 
de  su  parte  mística,  y  que  su  parte  moral  persistirá  como  el 
elemento  permanente  de  su  paso  por  la  historia  nacional.  A 
pesar  de  la  indiferencia  que  hoy  domina  en  la  conciencia  his- 
pana con  imperio  casi  despótico,  es  de  esperar  que  el  mismo 
poder  que  trae  consigo  la  secularización  siempre  en  aumento 
y  la  independencia  y  exención  de  todo  vínculo,  lejos  de  pro- 
vocar el  desorden  social,  haga  volver  á  los  españoles  al  gran 
centro  de  atracción  de  la  idea  cristiana,  mal  comprendida  por 
cuantos  la  niegan  sistemáticamente.  Puede,  pues,  anunciarse 
con  seguridad  que  cuando  la  conciencia  dogmática  de  nuestra 
nación  se  ensanche  y  vigorice,  entrará  de  lleno  en  la  vida  de 
la  fe,  y  con  los  restos  esparcidos  de  las  antiguas  creencias  for- 
mará una  religión  nueva,  semejante  á  la  cristiana  en  todo  lo 
que  toca  al  orden  fundamental,  pero  diferente  en  lo  que  varía 
con  los  tiempos,  tal  cual  resultará  de  los  elementos  que  entra- 
rán en  su  composición.  Y  en  ese  día  dichoso  se  pacificará  el 
mundo  moral  y  nuestro  país  se  pondrá,  directa  ó  mediata- 
mente, bajo  una  ley,  un  soberano  y  un  culto:  sub  una  lege^ 
suh  uno  rege,  sub  uno  Deo. 

Edmundo  Gtonzález-Blanco. 


ia  época.  Una  religión  del  Estado  puede  convenir  en  un  medio  social  y  no 
convenir  en  otro;  por  grandes  que  sean  las  ventajas  que  hay  en  desemba- 
razar al  gobierno  de  esta  intervención,  puede  haber  casos  en  que  sea  con- 
veniente no  abandonarla.»  Procede  esta  observación  de  Bain  del  punto  de 
-vista  utilitario  y  estrecho,  propio  de  su  sociología;  pero  no  menos  moti- 
vada que  este  convencionalismo  de  cátedra  es  la  ley  empírica  que  formu- 
la con  palabras  de  Lewis,  y  según  la  cual  «la  unidad  religiosa  es  contra- 
ria á  los  intereses  civiles». 


DE  UNA  DAMA  DEL  SIGLO  XIV  Y  Vi 

(de  1363  á  1412) 
DGÑA  LEONOR  LÓPEZ  DE  CÓRDOBA 


PAETE    SEGUNDA 

PROSECUCIÓN    DE    LA    VIDA    DE    DOÑA    LEONOR    LÓPEZ 
DE    CÓRDOBA,    POR    EL    EDITOR. 


Las  Memorias  de  Doña  Leonor  López  de  Córdoba  que- 
dan  en  el  año  de  1400.  En  la  relación  de  sus  desdichas,  ¿al- 
canzó prosperidades?  Sí,  y  las  mayores  que  pudiera  anhelar; 
pero  todas  fueron  por  breves  días.  ¿Cómo  ocurrió  ese  cambio 
de  forma?  Se  ignora;  mas  hay  medios  de  inferirlo.  Cuando 
ocupaba  el  trono  Enrique  III,  ¿quién  tenía  per  esposa?  La 
nieta  de  Don  Pedro  I  de  Doüa  María  de  Padilla.  Los  odios  de 
partido  se  habían  amortiguado,  y  los  leales  ó  los  descendien- 
tes de  los  leales  á  la  causa  que  recibió  la  muerte  en  Montiel, 
alcanzaban  cerca  de  los  Soberanos  benevolencia  ó  valimiento. 
No  hay  que  extrañar,  pues,  que  Doña  Leonor  López  y  su  es- 
poso Don  Juan  Fernández  de  Henestrosa  y  sus  parientes  hu- 
bieren logrado  protección  general  en  la  Corte. 

Doña  Catalina,  la  Reina,  era  hija  de  Doña  Constanza,  ca- 
sada en  Inglaterra  con  el  Duque  de  Lancaster.  Por  medio  del 
casamiento  de  Don  Enrique,  siendo  niño,  con  aquella  Señora, 
aseguró  Don  Juan  I  en  la  dinastía  la  Corona  de  Castilla. 


MEMORIAS   DE   UNA   DAMA   DEL   SIGLO   XIV   Y   XV  1Í7 


El  Rey  Don  Enrique  III  vino  á  Andalucía  el  año  de  1402 
para  sosegar  las  inquietudes  entre  los  parciales  de  las  Casas  de 
Marcliena  y  de  Niebla  en  Sevilla.  A  su  paso  por  Córdoba, 
quizás  Doña  Leonor  tuvo  ocasión  de  representar  al  E-ey,  y 
aun  á  la  Reina,  si  acompañó  á  su  esposo  en  la  jornada,  los 
sufrimientos  suyos  y  de  los  suyos,  haciendo  al  par  prevalecer 
el  parentesco  que  tenía  con  el  uno  y  con  la  otra.  Lo  evidente 
de  todo  esto  que  digo  como  verosímil,  es  que  al  morir  Don 
Enrique  III  en  1406,  Doña  Leonor  López  de  Córdoba  ejercía 
el  cargo  de  Camarera  Mayor  de  la  Reyna  Doña  Catalina,  y  su 
hermano  el  beato  Fra}^  Alvaro  de  Córdoba  el  de  confesor,  así 
como  más  adelante  lo  fue  del  Rey  Don  Juan  el  II.  Este  reli- 
gioso fundó  extramuros  de  Córdoba  el  convento  de  Santo  Do- 
mingo de  Scala  Cosli  (1). 

Del  poder  de  Doña  Leonor  para  con  la  Reina,  nos  habla  la 
parte  de  la  Crónica  de  Don  Juan  II  que  dejó  escrita  Alvar 
Oarcía  de  Santa  María  y  que  corre  impresa  con  las  adultera- 
ciones que  introdujo  Fernán  Pérez  de  G-uzmán,  adversario  de 
esta  Señora,  al  par  de  la  continuación  y  del  fin  de  este  libro 
que  se  atribuyen  inciertamente  á  varios  autores. 

El  original  ms.  de  la  Crónica  de  Don  Juan  existe  en  la 
Biblioteca  Colombina  (F.  4.^,  494-24),  con  una  nota  de  mano 
•del  discretísimo  Deán  de  la  Santa  y  Patriarcal  Iglesia  de  Se- 
villa, Don  Manuel  López  Cepero,  en  que  se  dice:  «Este  libro 
procede  del  Monasterio  de  la  Cartuja  y  era  uno  de  los  que 
donó  á  ella  el  Marqués  de  Tarifa»  (2). 

En  la  hoja  anterior  se  lee  de  letra  antigua  esta  noticia: 
«Esta  Crónica  del  Rey  Don  Juan  el  II,  que  reinó  en  Castilla  y 
•en  León,  fue  la  que  escribió  Alvar  Grómez  de  Santa  María... 
y  que  se  halló  en  la  Cámara  de  la  Serenísima  Reyna   Doña 


(1)  Ms.  Biblioteca  Colombina:  Genealogía  de  Zo.s  Barradas. — Pelli- 
<5br:  Memorias  de  la  gran  casa  de  Priego.— Ksgot:  Memorias  de  Don 
Diego  Fernández  de  Córdoba. 

(2)  Esta  nota  del  Sr.  Cepero  tiene  la  fecha  de  7  de  Diciembre  de  1845. 


118  LA  ESPAiÍA   MODERNA 


,  Isabel,  su  hija,  y  esta  es  la  más  verdadera  que  todas  las  otras 
que  hay  escritas  ni  imprimidas»  (1). 

Imprimióse  por  vez  primera  la  Crónica,  año  de  1517,  en 
Logroño,  corregida  por  el  Doctor  Lorenzo  Galíndez  de  Car- 
vajal, con  las  Generaciones  y  Semblanzas  de  Fernán  Pérez  de 
Guzmán. 

Sigo  el  texto  de  la  Crónica  ms.  en  cuanto  habla  de  Doña 
Leonor  López  de  Córdoba,  como  se  ve  en  el  pasaje  siguiente: 

«E  estaba  y  con  ella  una  dueña  que  es  natural  de  Córdoba, 
que  dicen  Leonor  López  Carrillo,  fija  del  Maestre  Don  Martín 
López,  Maestre  que  fué  de  Calatrava,  en  tiempo  que  reynara 
en  Castilla  el  Rey  Don  Pedro,  la  qual  dueña  era  muy  privada 
de  la  Eeyna,  en  tal  manera,  que  cosa  del  mundo  no  fazía  sin 
su  consejo.  E  cuando  venía  á  decir  lo  que  había  visto  con  los 
del  su  consejo,  si  ella  en  él  acordaba,  eso  se  facía.  Tanto  era 
el  amor  que  con  ella  tenía>  (2). 

Refiérese  la  Crónica  á  lo  que  aconteció  al  morir  Enri- 
que III.  Este  dejó  ordenado  en  su  testamento  que  la  Reyna  y 
su  hermano  el  Infante  Don  Fernando  gobernasen  durante  la- 
minoridad  de  su  hijo  Don  Juan,  teniendo  juntamente  su  tute- 
la, y  que  la  guarda  y  crianza  del  niño  Rey  quedaba  confiada 
á  Diego  López  de  Záñiga  y  á  Juan  de  Velasco.  No  se  avino  la 
Reina  con  esto  iiltimo:  oponíase  á  ello  el  amor  maternal.  Al 


(1)  El  Sr.  Cepero  dice  que  en  un  trozo  que  falta  en  la  hoja  se  veía  este 
pasaje: 

«En  ella  leía  la  Reyna  los  fechos  de  su  padre.» 

Eli  el  índice  de  los  libros  que  fueron  del  cronista  Don  Luis  de  Salazar 
y  Castro,  índice  que  está  firmado  por  Don  Juan  de  Iriarto  (Biblioteca 
Colombina,  B.  4.^,  450-13)  hallo  esta  nota...  «Historia  de  Don  Juan  el  II 
de  Castilla,  por  Alvar  García  de  Santa  María,  de  mano  y  letra  de  Zurita, 
de  que  en  las  márgenes  de  este  libro  hay  muchas  notas...  Al  fin  hay  esta 
subscripción  de  mauo  del  dicho  Zurita.  Trasladóse  de  un  libro  que  fue 
de  el  Marqués  de  Tarifa  viejo,  que  le  dejó  de  su  librería  al  Monasteriot 
de  las  Cuevas  de  la  Cartuja  de  la  ciudad  de  Sevilla,  que  está  en  la  ^sa- 
cristía, año  1571,» 

(2)  En  la  Crónica  impresa  se  lee  esto  con  otras  palabras:  «Tenia  una 
dueña,  natural  de  Córdoba,  hija  de  Don  Martín  López,  Maestre  que  fue  de 


MEMORIAS   DE   UNA   DAMA   DEL   SIGLO   XTV  Y   XV  119 

fin  consiguióse  por  medio  de  la  energía  y  de  la  astucia  que  ella 
criase  á  su  hijo  y  lo  tuviese  bajo  su  custodia. 

Dividiéronse  en  parcialidades  adulatorias  los  Cortesanos, 
unos  por  la  Reyna  Doña  Catalina,  otros  por  el  Infante.  Sem- 
bráronse recelos  entre  la  una  y  el  otro,  como  medios  de  alcan- 
zar cada  cual  valimiento  ó  poderío.  Estas  desconfianzas  mis- 
mas y  más  de  parte  de  la  Reyna,  llegaron  á  ser  peligrosas,  y 
sólo  merced  á  la  condición  prudente  y  caballeresca  del  Infante 
no  ensangrentaron  á  Castilla. 

Atribuíanse  á  diferentes  áulicos  de  la  Heyna  las  desavenen- 
cias que  un  día  y  otro  se  levantaban.  Al  fin,  los  del  Consejo 
del  Rey,  persuadidos  del  Infante,  pidieron  á  éste  que  apartase 
del  lado  de  Doña  Catalina  los  que  la  guiaban  en  sus  determi- 
naciones sospechosas.  Por  otra  parte,  la  gobernación  del 
Reyno  entre  los  dos  fue  concertada  en  esta  forma:  que  la  mi- 
tad estuviese  confiada  enteramente  á  la  Reina  viuda,  y  la  otra 
mitad  al  Infante  Don  Fernando,  el  cual,  siguiendo  el  parecer 
de  los  que  bien  lo  querían  y  deseaban  el  sosiego  de  la  nación, 
animosamente  exigió  que  saliesen  de  la  Corte  los  que  llamaban 
malos  consejeros  de  la  Reyna. 

Entre  ellos  se  contaba  en  primer  término  Doña  Leonor 
López  de  Córdoba,  cuyo  talento  y  fortaleza  de  alma  fueron  los 
que  alentaron  á  Doña  Catalina  á  pedir  y  obtener  la  crianza  y 
guarda  de  su  hijo  Don  Juan  el  II  y  no  dejarse  dominar  por 
muchos  de  los  grandes  y  caballeros,  los  más  poderosos,  que  se 
proponían  que  el  Infante  Don  Fernando  fuese  sin  contradic- 


Calatríiva  eu  tiempo  del  Rey  Don  Pedro,  de  la  que  fiuba  tanto  y  la  amaba 
en  tal  manera,  qne  ninguna  cosa  hacía  sin  su  consejo;  y  aunque  algo 
i^ese  determinado  en  el  consejo,  donde  estaba  la  Reyna  y  el  Infante  y 
los  Obispos  de  Sigüen^ía  y  Segovia  y  Falencia  y  Cuenca  y  Doctores  Pero 
Sánchez  y  Periañez  y  muchos  como  doctores  y  caballeros,  si  ella  lo  con- 
tradecía, no  se  hacía  otra  cosa  de  lo  que  ella  quería;  de  lo  que  se  siguió 
mucha  turbación  en  estos  Reynos  y  gran  mengua  de  justicia;  y  lo  que  uu 
día  se  determinaba  otro  día  se  contradecía,  en  tal  manera,  que  el  Infante 
uo  se  sabía  dar  ordeu  para  fazer  lo  que  según  buena  conciencia  en  el 
cargo  que  tenía  debía  hacer.» 


120  LA  espaSa  moderna 


ción  el  único  y  verdadero  Gobernador  del  Reino,  si  bien  con- 
servando la  apariencia,  y  sola  la  apariencia,  de  Grobernadora 
la  madre  de  Don  Enrique  III. 

Alcanzaron  su  designio,  en  parte,  los  que  solicitaban  el 
alejamiento  de  Doña  Leonor  López  de  Córdoba,  como  princi- 
pio de  esta  empresa,  para  que,  falta  de  su  consejo  la  Reina, 
sin  gran  inteligencia  por  sí,  fácilmente  pudiese  ceder  á  las  am- 
biciones. 

Dice  la  Crónica  ms.  á  este  respecto: 

«Ya  avedes  oido  e  la  historia  lo  ha  contado  en  como  á  Doña 
Leonor  López  Carrillo,  muy  privada  de  la  Reyna  fizo  echar 
de  la  casa  el  Infante  segund  que  avedes  oido;  ó  se  fue  de  la 
casa  de  la  Reyna  para  Córdoba;  ó  maguer  que  no  estaba  en  la 
corte  é  estaba  en  Córdoba  Doña  Leonor  López,  maravilla  era 
de  la  Reyna  el  amor  que  con  ella  tenía,  e  de  las  mercedes  que 
le  fazía  á  ella,  donde  en  ella  ó  á  todos  los  sus  deudos  suyos, 
tanto  que  todos  lo  auian  á  gran  maravilla.» 

A  este  tiempo  debe  pertenecer  la  carta  amorosísima  que  la 
Reina  Doña  Catalina  escribió  á  Doña  Leonor  López,  tratándo- 
la de  madre,  y  que,  tomada  de  un  códice  (73  papeles  varias 
fóliOj  Biblioteca  Colombina),  es  del  tenor  siguiente: 

Carta  de  la  Reina  Doña  Catalina  á  Doña  Leonor  López  de 
Córdoba. 

«Yo  la  sin  ventura  Reyna  de  Castilla  é  León,  madre  del 
Rey  ó  Señor,  tutora  é  regidora  de  los  Regnos,  envió  mucha  sa- 
lud á  vos  la  muy  amada  y  deseada  madre  Doña  Leonor  López, 
mi  dueña,  fija  del  Maestre  Don  Martin  López,  que  Dios  perdo- 
ne, como  aquella  que  mucho  os  (1)  amo  y  precio  y  de  quien  mu- 
cho fio^  fagovos  saber  como  (2)  el  Rey,  mi  fijo,  ó  yo  ó  las  Infan- 
tas, mis  fijas,  somos  sanos  ó  en  buena  disposición  nuestras 
personas,  Dios  loado  (3).  Enviovoslo  á  decir,  porque  soy  cierta* 


(1)  ^sta  palabra  os  es  variante  de  otro  códice. 

(2)  Qae  eu  vez  do  como  está  eii  el  códice  que  se  cita. 

(3)  Eu  otro  códice  Dios  sea  loado. 


MEMORIAS   DE    UNA    DAMA    DEL    SIGLO    XIV   Y    XV  121 

que  vos  plascerá  dello,  por  que  (1)  vos  ruego  que  lo  mas  con- 
tiiiuamente  que  vos  pudieredes  me  certifiquéis  de  vuestra  sa- 
lud ó  vida  é  de  Doña  Leonor  Gutiérrez,  vuestra  fija  y  mi  sobri- 
na, en  lo  qual  ya  sabedes  quanto  placer  é  consolación  me  fa- 
gades.  Obrosí,  Sabed  que  Don  Jiian^  nuestro  fijo,  edá  bien  sano. 
Otrosí^  Sabed  (2)  que  el  pleito  que  él  ha  (3)  con  el  conde.  Su  her- 
mano, que  está  en  buenos  términos  y  tiene  mu}^  buenos  letrados 
que  le  ayuden  y  sed  (4)  cierta  que  yo  trabajaré  para  que  su 
derecho  le  sea  bien  guardado  bien  é  ver  dad  e7*  amenté  (5).  Dada 
en  Valladolid  á  nueve  dias  del  mes  de  diciembre. — La  Reyna, 

VUESTRA  LEAL  FIJA.» 

Con  efecto,  no  puede  ser  mayor  testimonio  del  afecto  de  la 
E,eina  hacia  Doña  Leonor  López  de  Córdoba. 


II 


Sin  embargo,  todo  esto  desapareció,  según  resulta  de  la 
Crónica  ms.^  en  estos  términos: 

«E  con  todo  esto  Doña  Leonor  López  estaba  tan  quejosa  ó 
tan  cobdiciosa  de  volver  á  su  privanza  é  de  venir  á  la  E-eyna, 
que  todo  cuanto  avia  la  parescia  nada.  Enviaba  cada  dia  mu- 
cho á  quejar  al  Infante  sobre  ello  que  le  pluguiese  é  que  le 
atornase  á  la  merced  de  la  Eeyna.  El  Infante  se  lo  alongaba 
porque  ahí  no  tornase,  temiendo  que  seria  ocasión  por  ella  ó 
por  los  que  á  ella  llegasen  de  estorbo  ó  discordia  entre  la  Rey- 
na  é  él.  Estando  en  Cuenca  el  Infante,  seguiid  a  vedes  oido, 
Doña  Leonor  López  le  escuchó  sobre  ello  é  el  Infante  en  su 
cuita  de  su  gran  menester  (6)...  para  su  negocio,  vio  las  cartas 


(1)  Parece  que   debe  decir  por  lo  que.   Ea   otro  códice  se  escribe 
para  que. 

(2)  Lo  subrayado  no  existe  eu  el  códice  que  se  sigue,  sino  en  otro. 

(3)  El  da.  Así  en  el  códice  que  sirve  de  origñtial. 

(4)  Estad.  ídem. 

(5)  No  existe  lo  subrayado  eu  el  códice  que  se  sigue. 

(6)  La  eleccióu  de  Rey  de  Aragóu. 


122  LA   ESPAÑA   MODERNA 


de  Doña  Leonor  López;  é  diz  que  ovo  sus  consejos  sobre  ello 
é  determinó  que  seria  bien  que  viniese  á  él,  porque  se  viese  con 
ella  é  la  pusiese  de  su  mano  en  la  casa  de  la  Reyna,  entendien- 
do librar  bien  sus  fechos  con  ella;  é  por  ende  diz  que  mandó  á 
Diego  Fernández  de  Vadillo,  su  escribano  de  Cámara,  que  le 
escribiese  sobre  ello  una  carta,  en  que  le  enviase  á  decir  que 
se  viniese  á  Cuenca;  y  el  dicho  Diego  Fernández  le  escribió;  y 
Doña  Leonor  López,  como  vido  la  carta  de  Diego  Fernández 
plógole  mucho,  y  con  ella  escribió  á  la  Reyna  como  partia  ó  le 
iba  para  el  Infante.  Envióle  sus  cartas  con  Juan  Grutierrez  de 
Camargo,  Jurado  de  Sevilla,  á  la  Reyna.  Antes  que  viese  las 
cartas  que  Doña  Leonor  López  le  enviaba,  supo  que  por  parte 
del  Infante  era  enviada  á  llamar  y  escribióla  sus  cartas  que  si 
no  era  partida  que  no  partiese,  ó  si  era  partida  que  se  tor- 
nase. E  llegaron  las  cartas  á  Doña  Leonor  López  en  el  cami- 
no, é  tan  gran  fiucia  avia  ella  en  la  Reyna  con  el  amor  que  le 
mostraba,  que  no  lo  quiso  facer  teniendo  que  desque  allí  fuese, 
lo  faria  todo  en  paz.  Andobo  por  su  camino  fasta,  que  llegó  á 
Cuenca.  Antes  que  llegase  á  Cuenca  llegó  Juan  Gutiérrez  á  la 
líeyna  é  la  Reyna  ansi  como  lo  vido  ansi  lo  comenzó  á  denos- 
tar ó  maltraello  ó  mandóle  que  fuese  de  delante  della  ó  que  se 
fuese  luego  de  la  corte,  si  no  que  lo  mandaría  matar.  E  luego 
Juan  Gutiérrez  se  fue  luego  en  punto  para  Tordesillas  por  ver 
si  podia  librar  de  aquel  fecho  de  su  Señora,  ó  como  non  pudo 
en  ello  librar  cosa  alguna,  fuese  dende  para  su  casa  á  Sevilla. 
E  antes  que  Doña  Leonor  López  llegase  á  Cuenca,  siete  dias 
antes  llegaron  al  Infante  cartas  de  la  Reyna  en  que  le  enviaba 
á  rogar  que  luego  en  punto  le  mandase  tornar  para  Córdoba 
si  en  el  mundo  la  avia  de  facer  placer,  si  no  que  fuese  cierto 
qne  la  mandaba  quemar.  En  tal  manera  fue  que  como  estaban 
muchos  en  Cuenca  para  salir  á  recibirla  non  salieron...  otros 
non  osaron  por  no  facer  desplacer  á  la  Reyna.  E  como  Doña 
Leonor  López  entró  en  Cuenca  ó  sopo  de  las  cartas  ó  del  man- 
damiento que  la  Reyna  facia,  tornóse  como  muerta.  Fue  al 
palacio  del  Infante  como  mujer  que  era  fuerte  é  de  seso,  ó  el 


MEMORIAS   DE   UNA   DAMA  DEL   SIGLO   XIV   Y    XV  123 


Infante  la  conortó  qnanto  pudo  é  le  dijo  que  no  ficiese  pesar 
á  la  E»eyna,  ó  que  se  tornase  ó  Doña  Leonor  López  se  tornó. 
Dejemos  de  contar  esto  ó  contaremos  lo  que  fizo  la  E,eyna  des- 
pués que  sopo  de  su  partida.  Luego  que  la  Reyna  sopo  como 

Doña  Leonor  López del  Infante  echó  de  su 

casa  á  su  fijo,  ó  á  su  hermano,  ó  tiró  á  ella  ó  á  ellos  é  á  Don 
Fadrique,  su  yerno,  los  oficios  que  del  Rey  ó  della  ó  de  su  fijo 
tenian  é  quantas  mercedes  de  ella  tenia  ella  é  todos  sus  fijos... 
Acaescióle  tan  gran  desamor  en  el  corazón  contra  ella  que  era 
una  gran  maravilla,  que  hombre  del  mundo  no  quería  que  se 
la  nombrase  (1).» 

Se  comprende,  pues,  que  la  Reyna,  siempre  desconfiada  y 
malqueriendo  al  Infante,  seguía  dando  su  mayor  protección  á 
Doña  Leonor  López  de  Córdoba,  á  pesar  de  estar  alejada  de 


(1)  El  texto  en  la  Crónica  impresa  es  como  sigue:  «Estando  asi  el  In- 
fante en  Cuenca  viniéronle  cartas  de  Doña  Leonor  López,  que  estaba  en 
Córdoba,  á  la  qual  tenia  seido  mandado  por  todo  el  Consejo  que  se  par- 
tiese de  la  corte  porque  de  su  estado  se  seguia  poco  servicio  al  Rey  é  ala 
Reyna.  E  como  quiera  que  siempre  favorescia  mucho  y  fazia  merced  á  ella 
y  á  sus  parientes,  aunque  estaba  absenté,  todo  lo  tenia  en  poco  y  traba- 
jaba por  todas  las  vías  que  podia  á  la  tornar  á  la  corte  y  por  eso  envió 
suplicar  al  Infante  que  por  fazer  merced,  le  pluguiese  tener  manera  como 
ella  tornase  al  continuo  servicio  de  la  Reyna,  é  al  Infante  pesaba  desto, 
porque  ella  hauia  muchas  veces  dado  ocasión  á  las  discordias  que  acaes- 
cieron  entre  la  Reyna  y  el  Infante,  é  acordó  de  escribir  á  Doña  Leonor 
López  se  viniese  para  él  allí  á  la  cibdad  de  Cuenca  donde  estaba,  é  la 
Reyna  sopo  como  Doña  Leonor  López  partiera  de  Córdoba  para  ir  á  Cuen- 
ca: escribió  luego  al  Infante  que  si  placer  le  había  de  hacer  que  luego 
que  Doña  Leonor  López  ende  llegase,  la  mandase  luego  tornar  pjira  Cór- 
doba; y  que  en  esto  le  rogaba  mucho  que  no  hubiese  otra  cosa,  certificán- 
dole que  si  Doña  Leonor  López  á  ella  fuese,  que  la  mandaría  quemar.  E 
como  Doña  Leonor  López  llegó  á  Cuenca  é  supo  de  las  cartas  que  la  Rey- 
na habla  enviado  al  Infante,  fue  tan  turbada  que  pensó  morir  y  el  Infan- 
te la  consoló  quanto  pudo  y  le  rogó  que  luego  se  volviese  á  Córdoba  y  no 
quisiese  enojar  á  la  Reyna,  de  quien  muchas  y  grandes  mercedes  habla 
recibido.  E  luego  que  la  Reyna  supo  que  Doña  Leonor  López  era  partida 
del  Infante  é  ida  á  Córdoba  é  tiró  á  ella  é  á  él  (.9¿c)  y  á  Don  Juan  su  yerno 
los  oficios  que  del  Rey  su  hijo  é  della  tenian;  é  echó  asimesmo  de  su  casa 
todos  los  oficiales  que  por  su  mano  eran  puestos  en  sus  oficios.» 


124  LA   ESPAÑA   MODEIINA 


la  corte.  Esto  había  acontecido,  no  por  voluntad  de  Doña  Ca- 
talina, sino  por  exigencia  de  los  del  Consejo  del  Key,  patro- 
cinados por  Don  Fernando,  exigencias  á  que,  por  la  turbación 
de  los  tiempos,  por  la  flaqueza  mujeril  y  por  el  deseo  de  no  le- 
vantar dificultades  invencibles,  tuvo  que  ceder  la  Reyna.  To- 
davía, pues,  ausente  en  Córdoba  Doña  Leonor,  era  más  amada 
y  más  atendida  de  ésta,  la  cual  miraba  en  ella  lina  víctima  de 
sus  contrarios,  un  modelo  de  inquebrantable  lealtad  y  una  per- 
sona cariñosa  y  de  gran  consejo,  perseguida  por  la  injusticia 
y  la  malevolencia  de  los  ambiciosos.  Pero  cuando  Doña  Cata- 
lina vio  que  Doña  Leonor  había  solicitado  del  Infante  volver 
al  lado  de  la  Seyna,  encendióse  en  celos  y  ya  creyó,  porque 
así  se  lo  hicieron  creer,  que  su  antigua  amiga  trataba  de  en- 
trar en  palacio  para  ser  cerca  de  su  persona  un  agente  de  Don 
Fernando,  á  quien  ella  había  rendido  enteramente  su  volun- 
tad. Bajo  esta  sospecha  injuriosa  á  Doña  Leonor  procedió  la 
]Beyna  contra  su  consejera,  contra  la  que  llamaba  madre. 


III 


En  la  Crónica  impresa  hallamos,  después  de  la  relación  del 
enojo  de  la  Reina  Doña  Catalina  contra  Doña  Leonor  López, 
las  reflexiones  siguientes: 

«Lo  que  debe  ser  muy  gran  ejemplo  a  todos  los  que  tienen 
privanza  de  üeyes  é  Señores  ó  deben  siempre  mucho  mirar 
que  siempre  fagan  lo  que  deuen  é  miren  más  al  servicio  de 
sus  Señores  que  á  sus  propios  intereses,  porque  Nuestro  Señor 
da  muchas  veces  logar  cerca  de  los  Reyes  é  grandes  Señores 
á  los  771  al  os  2)07'  mal  de  ellos  mismos^  de  que  muchos  ejemplos 
se  podían  mostrar,  é  la  condición  de  los  hombres  es  á  tal,  que 
lo  que  un  tiempo  amaron  en  otro  lo  aborrescieron;  é  por  ende 
tanto  quanto  alguno  en  mayor  lugar  está,  tanto  más  se  deue 
conocer  é  dar  gracias  á  Dios  del  bien  que  reciue  é  ser  á  todos 


MEMORIAS   DE    UNA   DAMA   DEL    SIGLO   XIV   Y    XV  125 

humano  é  gracioso^  pues  muy  poco  cuesta  el  hien  hablar  é  mu- 
cho aprovecha.^ 

Tal  es  el  pasaje  introducido  en  vituperio  de  Doña  Leonor 
en  la  Crónica  de  Alvar  García  de  Santa  María;  pasaje  que  de- 
muestra venir  de  mano  quejosa,  y  así  enemiga. 

Ya  esto  se  conoció  por  un  anónimo  de  los  tiempos  de  Car- 
los Quinto,  que  anotó  un  ejemplar  impreso  de  la  Crónica  (edi~ 
ción  de  Logroño  de  1517),  ejemplar  que  se  halla  en  1^  Biblio- 
teca Colombina.  Hállanse  al  margen  del  texto  las  observacio- 
nas  mss.  de  este  curioso;  el  cual,  al  llegar  á  las  que  he  tras- 
ladado, y  evidentemente  sin  haber  tenido  ala  vista  la  Crónica 
original,  no  pudo  menos  de  advertir  que  la  pasión  hablaba  en 
el  autor.  Por  eso  escribió  lo  siguiente: 

«En  esto  que  el  autor  dice  me  parece  qne  va  fuera  de  toda 
razón,  porque  no  vemos  otra  cosa  sino  esta  en  la  casa  de  los 
Keyes  aver  privados  y  de  muy  baja  generación,  á  quien  todos 
los  Príncipes  del  Reino  obedecen  por  diversos  respetos;  y  si 
ansí  no  lo  hiciesen,  caerían  en  la  ira  de  los  Reyes,  á  quien  con 
toda  razón  son  obligados  á  contentar,  como  al  presente  se 
pueden  poner  exemplo  bien  palpable,  que  dejo  de  decir  por 
ser  en  todo  el  mundo  notorio,  pero  creo  que  el  autor  no  debía 
estar  bien  con  estos  que  aquí  relata,  y  por  eso  escribió  lo  pre- 
sente. y> 

Compréndese  desde  luego  quién  ha  sido  el  autor  de  aquel 
párrafo  introducido  en  la  Cróiiica:  el  famoso  Fernán  Pérez  de 
Guzmán,  corrector  de  ésta.  Pruébase  fácilmente  con  recordar 
lo  que  luego  escribió  en  el  libro  de  Generaciones  y  Semblan- 
zas, al  hablar  de  Hernán  Alonso  de  Robles,  de  Doña  Leonor 
López  de  Córdoba  y  Fernán  López  de  Saldaña  (cap.  30). 

Tratando  del  primero  dice  que  «su  oficio  fue  escribano  ó 
después  Leonor  López  de  Córdoba  fizóle  secretario  de  la  Rey- 
na  Doña  Catalina,  con  quien  él  ovo  gran  lugar». 

Seguidamente,  refiriéndose  á  que  los  grandes  prelados  y  ca- 
balleros no  solamente  le  honraban  vergonzosamente,  sino  que- 
je obedecían,  escribe:  «Aun  por  mayor  reprehensión  ó  iucre- 


126  LA   ESPAÑA   MODERNA 


pación  dellos  digo  que  no  sólo  á  este  simple  hombre,  mas  á 
una  liviana  é  pobre  mujer,  ansí  como  Leonor  López,  é  á  un  pe- 
queño ó  raez  hombre,  Hernán  López  de  Saldaña,  ansí  se  so- 
metían é  inclinaban.» 

Y  como  si  esto  no  bastase,  se  lamenta  de  que  estos  tres 
usasen  maneras  é  palabras  desdeñosas  é  aun  injuriosas  que  los 
susodichos  dijeron  á  muchos  grandes  é  buenos,  y  prosigue  en 
una  serie  de  reflexiones  sobre  los  males  de  las  privanzas  y  la 
falta  de  virtud  de  los  privados. 

Como  se  ve,  Fernán  Pérez  de  Guzmán  acomodó  á  sus  pa- 
siones y  rencores  la  parte  de  la  Crónica  que  dejó  escrita  Alvar 
Grarcía  de  Santa  María.  Borró  las  palabras  de  éste  cuando 
llama  á  Doña  Leonor  mujer  que  era  fuerte  é  de  seso.  Y  no  po- 
día hacer  otra  cosa  el  que  la  llamaba  liviana  é  pobre  mujer. 

El  que  haya  leído  la  vida  de  esta  señora  podrá  ver  el  ex- 
tremo á  que  lleva  á  los  hombres  el  deseo  de  satisfacer  alguna 
personalísima  venganza  por  algún  disfavor  recibido  de  manos 
de  quien  se  halla  en  la  cumbre  del  poderío.  A  Doña  Leonor 
López  de  Córdoba,  conocidas  como  son  sus  adversidades  y  en- 
tereza de  su  alma,  se  contará  siempre  entre  las  mujeres  fuer- 
tes y  de  gran  juicio,  á  pesar  de  Fernán  Pérez  de  Guzmán.  La 
llama  de  sus  rencores  encendida  en  oprobio  de  aquella  señora, 
queda  extinguida  con  la  publicación  de  estos  documentos. 


IV 


Pero  todavía  hay  más:  Fernán  Pérez  de  Guzmán,  que  atri- 
buye á  castigo  de  la  Providencia  la  caída  de  Doña  Leonor, 
habiéndola  puesto  en  la  privanza  por  aquello  de  que  muchas 
veces  da  estos  lugares  á  los  malos  para  mal  de  ellos  mismos, 
suprimió  en  la  Crónica  de  Alvar  García  de  Santa  María  las 
causas  que  éste  señala  á  la  ruina  de  aquella  señora  y  su  fa- 
milia y  al  desamor  de  la  Reyna,  que  no  fueron   otras  que  la 


MEMORIAS   DE   ÜNA  DAMA  DEL  8I«L0   XIV  T   XV  127 

ingratitud  de  una  joven,  favorecida  de  la  misma  Doña  Leo- 
nor y  llevada  á  palacio  por  ella,  la  cual,  con  olvido  de  los  be- 
neficios y  con  el  ánimo  dominado  de  la  ambición,  se  convirtió 
en  enemiga  de  su  protectora,  apoderándose  de  la  voluntad  in- 
constante y  caprichosa  de  la  Reina  Doña  Catalina  y  suscitan- 
do sus  celos  con  el  Infante. 

Véase  el  texto  de  la  Crónica  ms. 

cEstabacon  la  noble  líey na  Doña  Catalina  una  doncella  que 
llamaban  Inés  de  Torres,  la  qual  llevó  al  palacio  ó  puso  en  mer- 
cedes Doña  Leonor  López,  la  que  dijimos  en  las  historias  an- 
tes desta  que  era  muy  privada  de  la  Reyna.  E  quando  la  Rey- 
na  tomó  enojo  de  Doña  Leonor  López  é  no  quiso  que  viniese 
á  ella  é  quitó  todas  las  mercedes  que  ella  ó  su  fijo  é  los  suyos 
avían  della,  esta  Inés  de  Torres  fue  causa  dello,  de  la  poner 
en  enojo  con  la  Reyna,  por  quanto  ella  quedó  en  la  privanza  de 
Doña  López  quando  partió  de  la  corte  é  fué  echada  della.  E 
ende  desque  se...  igualaba  con  el  Infante  Don  Fernando  para 
se  ir  para  la  Heyna,  ella  fiso   de  manera  que  la  Heyna  o  viese 
enojo  de  ella  é  que  le  enviase  á  mandar  que  no  viniese  á  ella... 
Esta  Inés  de  Torres  llegó  á  tan  gran  privanza,  que  todas  sus 
cosas  deliberaba  por  ella  la  Reyna.   En  esta  sazón...   estaba 
la  guardia  del  Jtey  Juan  Alvarez  de  Osorio,  un  caballero  bien 
heredado  en  tierra  de  León,  por  guarda  mayor  del  Rey,  ó  era 
privado  de  la  Reyna...  D.  Fernando  de  Robles,  contador  ma- 
yor del  Rey,  mucho  privado  de  la  Reyna.» 

Cuenta  además  la  Crónica  ms.,  que  á  los  del  Consejo  «no 
parecía  bien  la  privanza  de  Inés  de  Torres,  por  quanto  se  de- 
cía que  Juan  Alvarez  Osorio  faría  su  (un  blanco  en  el  origi- 
nal)... por  ende  fablaron  á  la  Reyna  é  dijóronla  que  no  cum- 
plía á  su  servicio  que  Inés  de  Torres  estuviese  ende,  ni  Joan 
Alvarez;  é  porfiaron  en  ello  de  manera  que  á  la  Reyna  plogo 
que  Inés  de  Torres  fuese  á  Toledo;  é  porque  era  desposada  con 
un  caballero  de  Córdoba  que  decía  (otro  blanco  en  el  origi- 
nal)... antes  que  ella  fuese  privada  de  la  Reyna;  ó  después  de 
la  privanza  no  lo  quiso;   ó  mandó  que  la  pusiesen  monja  en 


128  LA   ESPAÑA   MODEUNA 


Toledo  en  un  Monasterio,  ó  á  Joan  Alvarez  mandóle  que  se 
fuese  á  su  tierra». 

Bien  puede  deducirse,  sin  recelo  de  engaño,  que  la  Inés 
de  Torres  acriminó  la  acción  de  Doña  Leonor  al  solicitar  del 
Infante  que  pues  él  fue  quien  con  la  autoridad  de  su  persona 
consigviió  de  la  Reyna  su  forzosa  retirada  de  la  corte,  él  mis- 
mo pidiese  su  vuelta.  Este  hecho,  sencillo  en  sí,  pero  descrito 
como  haberse  pasado  Doña  Leonor  López  de  Córdoba  á  la 
parcialidad  de  Don  Fernando,  en  ingratitud  y  deservicio  de 
Doña  Catalina,  bastó  para  encender  su  ánimo  en  tamaño  en- 
cono. Evidentemente,  Doña  Leonor  quiso  probar  de  esta  suer- 
te al  Infante  Don  Fernando,  que  no  era  capaz  de  rencor  ó 
venganza  su  ánimo,  y  que  estaba  pronto  á  contribuir  á  que 
saliesen  victoriosas  las  armas  con  gran  renombre  del  caudillo 
sitiador  de  Antequera.  Valióse  de  todo  el  poder  que  tenía  so- 
bre la  voluntad  de  la  Reyna,  y  consiguió  el  auxilio  que  el  In- 
fante solicitaba  para  el  logro  de  su  empresa. 

El  Infante  es  conocido  por  Don  Fernando  el  de  Antequera, 
título  glorioso  que  le  ayudó  á  adquirir  la  misma  señora  á  quien 
él  había  alejado  de  la  corte,  y  cuya  intercesión  él  pretendió 
como  la  decisiva  en  sus  intentos. 

Después  de  estos  sucesos  del  año  de  1412,  nada  de  Doña 
Leonor  López  de  Córdoba  he  hallado  en  las  historias  y  noti- 
cias antiguas;  solamente  algo  de  su  descendencia. 

Cuando  ocurrió  la  enemistad  de  Doña  Catalina,  era  Alcal- 
de Mayor  en  Córdoba,  líui  Fernández  de  Hinestrosa,  el  mari- 
do de  Doña  Leonor.  La  Crónica  ms.  dice  que  echó  de  su  casa 
la  üeyna  á  su  hijo,  y  á  su  hermano  y  á  Don  Fadrique  su  yerno  y 
los  oficios  que  del  Bey  é  della  é  de  su  fijo  tenían.  La  impresa 
dice  que  cuando  Doña  Leonor  fué  á  Córdoba,  tiró  á  ella  y  á  él 
(aquí  debe  faltar  la  descripción  de  otra  persona)  y  á  Don  Juan 
su  yerno j  los  oficios,  etc. 

Del  hijo  de  que  habla  la  Crónica  ms.y  nada  sé:  quizás  qui- 
siese decir  su  hija,  que  tuviese  cargo  en  palacio,  como  nombra 
luego  á  su  yerno  Don  Juan, 


MEMORIAS   DE    UNA   DAMA  DEL   SIGLO   XIV   Y   XV  129 

En  cuanto  al  hermano,  pudo  ser  ó  Fr.  Alvaro  de  Córdoba 
ó  Rui  Fernández  de  Córdoba. 

En  algún  autor  cordobés  que  trata  de  linajes  y  pueblos,  se 
niega  que  San  Alvaro  de  Córdoba  fuese  hermano  de  Doña  Leo- 
nor; pero  esto  contradice  el  proceso  canónico  en  que  consta 
que  aquel  bienaventurado  tuvo  por  padre  al  poderoso  y  luego 
malaventurado  Maestre  Don  Martín  López  de  Córdoba.  La 
Orden  de  Predicadores  que  promovió  y  sostuvo  la  causa  de  la 
Beatificación,  probó  suficientemente  el  origen  de  San  Alvaro, 
según  los  documentos  de  su  archivo  y  las  tradiciones  respeta- 
bles y  no  contradichas  de  su  religión  y  de  los  particulares  lla- 
mados como  testigos  á  declarar  en  el  proceso.  Y  estas  autori- 
dades, tratándose  de  un  Santo  moderno  (de  principios  del  si- 
glo XV  al  xvi)  en  que  existían  archivos  regularizados  y  me- 
morias de  hombres  ilustres  en  las  órdenes,  obligan  á  que  se 
diga  lo  que  tan  solemnemente  aparece  demostrado. 

El  autor  de  la  vida  del  Santo  dice,  que  la  madre  de  Doña 
Catalina,  al  ajustarse  el  casamiento  de  Doña  Catalina  con  En- 
rique III,  le  recomendó  con  todo  empeño  á  los  hijos  y  parlen 
tes  del  Maestre  D.  Martín  López  de  Córdoba,  que  hallase  en 
Castilla  por  los  grandes  servicios  que  habíu  prestado  á  ella  y 
sus  hermanas  aquel  caballero,  habiendo  padecido  aquéllos  tra- 
bajos grandes  y  miserias  mayores. 

Sin  duda  este  fue  el  origen  del  valimiento  de  Doña  Leonor 
con  la  Reina. 


YI 


Doña  Leonor  de  Guzmán  tuvo  una  hija:  Doña  Leonor  Gu- 
tiérrez de  Hinestrosa,  la  cual  casó  en  Córdoba,  el  año  de  1409, 
con  Don  Juan  de  Guzmán,  llamado  el  Postumo  por  haber  na- 
cido después  del  fallecimiento  de  su  padre  Don  Juan  de  Guz- 
mán, primer  Conde  de  Niebla.  Era  su  madre  Doña  Beatriz  de 
Castilla,  hija  de  Don  Enrique  II,  la  cual,  viuda,  tomó  el  há- 
E.  U.— Agosto  1902.  9 


130  LA   ESPAÑA   MODERNA 


bito  de  religiosa  y  murió  Abadesa  en  el  convento  de  San  Cle- 
mente el  Real  de  Sevilla  (1). 

El  dote  que  llevó  Doña  Leonor  de  Hinestrosa  al  Monaste- 
rio era  de  veinte  mil  doblas  de  oro;  lo  que  prueba  que  sus  pa- 
dres recuperaron  en  gran  parte  los  cuantiosos  bienes  que  les 
fueron  confiscados  por  Don  Enrique  II.  Don  Juan  de  Guzmán 
le  dio  en  arras  dos  mil  doblas,  también  de  oro. 

Délos  dos  hijos  de  este  matrimonio,  el  uno.  Donjuán  Alon- 
so de  Guzmán,  que  unos  dicen  que  fue  el  primogénito  y  otros 
el  segundo,  murió  sin  sucesión  en  los  años  de  su  mocedad  (2). 
El  otro,  Don  Pedro  de  Guzmán,  conocido  por  el  Bayo  á  causa 
del  color  de  sus  cabellos,  tomó  por  esposa  á  Doña  Isabel  Pon- 
ce  de  León,  hija  legítima  de  los  Condes  de  Arcos,  Don  Juan 
Ponce  y  Doña  Leonor  Núñez.  Seis  hijos  nacieron  de  estas  bo- 
das. El  mayor  fue  Don  Martín  de  Guzmán,  el  cual  casó  en  Se- 
villa con  Doña  María  de  Ayala  y  Cervantes,  hija  de  Gonzalo 
Gómez  de  Cervantes  (3)  y  Doña  Juana  Melgarejo  de  las  Rodas. 

Doña  Juana,  hermana  de  Doña  María,  erigió  en  Sevilla  el 
Monasterio  de  Nuestra  Señora  del  Socorro,  de  monjas  francis- 
cas; «donde  la  reciben  sin  dote  ni  gasto  alguno  las  hijas  y  des- 


(1)  Fue  enterrada  en  el  coro  en  una  sepultura  llana.  En  un  pequeño 
azulejo  se  puso  esta  inscripción:  «Aquí  yace  Doña  Beatriz  de  Castilla,  hija 
del  Rey  Don  Enrique  el  Segundo,  mujer  que  fue  de  Don  Juan  de  Guz- 
mán, Primer  Conde  de  Niebla,  que  después  de  viuda  murió  Abadesa  des- 
te  Monasterio.»  El  autor  del  Aparato  para  la  Historia  de  Sevilla^  Ms.  (Bi- 
blioteca Colombina,  tomo  f.**  122,  de  varios  en  folio)  dice:  «No  sé  si  volun- 
tad suya  humilde,  ó  descuido  de  las  monjas  la  tiene  en  tan  humilde  sepul- 
tura.» Barrantes  Maldonado,  en  sus  Ilustraciones  de  la  casa  de  Niehlay 
dice  que  el  Rey  la  llamaba  sobrina  y  no  hija,  y  le  da  el  nombre  de  Juana 
y  no  Doña  Beatriz. 

(2)  Como  se  verá  más  adelante,  en  una  lápida  sepulcral  se  llama  En- 
rique á  un  hijo  de  Don  Juan. 

(3)  «Fue  el  dicho  Gonzalo  hermano  del  Cardenal  de  Ostia  Don  Juan  de 
Cervantes,  que  fue  Arzobispo  de  Sevilla  y  fundó  allí  el  hospital  que  lla- 
man del  Cardenal.»  Biblioteca  Colombina,  tomo  73  en  folio  de  papeles 
varios.  En  la  Historia  de  la  ciudad  de  Sevilla,  por  el  Bachiller  Luis  db 
Peraza  (ms.  de  la  misma  Biblioteca,  B.  4.%  442-11),  se  dice:  «Las  casas  de 
Gonzalo  Gómez  de  Cervantes  que  es  Monasterio  agora  de  Nuestra  Señora 
del  Socorro.» 


MEMORIAS   DE    UNA   DAMA   DEL  SIGLO   XIV   Y   XV  131 

cendientes  de  los  dichos  Don  Martin  de  Guzmán  y  su  mujer 
Doña  María  de  Ayala,  como  consta  de  la  dicha  fundación»  (1). 

El  Don  Juan  de  G-uzmán  el  Postumo^  había  muerto  en  Se- 
villa en  Febrero  del  año  de  1433.  Fue  sepultado  en  el  Monas- 
terio de  San  Isidro  del  Campo  entre  sus  progenitores  (2). 

Don  Pedro  de  Gruzmán  el  Bayo  sirvió  el  cargo  de  veinte  y 
■cuatro  de  Sevilla,  otorgó  su  testamento  en  Córdoba  en  14  de 
Agosto  de  1479,  y  dispuso  su  entierro  en  San  Pablo  de  Córdo- 
ba, en  la  capilla  que  su  abuela  Doña  Leonor  López,  hija  del 
Maestre  Don  Martín  López,  difunto,  labró,  en  donde  estaban 
enterrados  los  dichos  su  abuela  y  madre,  y  los  otros  sus  pa- 
rientes en  una  sepultura  suya,  «que  dejó  dotada  ó  señalada  ó 
<íertificada  en  dicha  capilla  la  nominada  su  abuela,  que  es  pe- 
gada al  altar  mayor  de  la  dicha  capilla,  como  se  entra  á  mano 
izquierda»  (3).  El  Don  Pedro  el  Bayo  declaró  por  sucesor  en  su 
casa  y  mayorazgo  á  Don  Martín  de  G-uzmán,  su  hijo  mayor, 
en  la  forma  que  al  otorgante  se  los  dejó  su  abuela  Doña  Leo- 
nor López,  y  se  los  dejó  su  madre  Doña  Leonor  Henestrosa 
por  su  testamento  (4). 

Existe  aún  esta  capilla  en  la  iglesia  de  San  Pablo  de  Cór- 
doba, si  bien  reedificada  ó  modificada,  puesto  que  la  arquitec- 
tura es  diferente  de  la  del  siglo  xv.  Doña  Leonor  mandó  eri- 
girla el  año  de  1409  para  su  enterramiento  y  el  de  los  suyos 
y  dedicóla  á  Santo  Tomás  de  Aquino.  Hoy  lo  está  á  Nuestra 
Señora  en  la  advocación  del  Rosario.  En  esta  capilla  fue  se- 
pultada Doña  Leonor  López  de  Córdoba.  En  la  parte  interior, 
sobre  el  arco  y  sustentada  por  las  figuras  de  unos  ángeles,  se 
ve  un  medallón  que  dice: 


(1)     Ms.  eu  folio,  citado  en  la  anterior  nota. 

(3)  «Como  parece  de  una  información  que  se  hizo  en  la  ciudad  de  Cór- 
doba para  proveer  de  tutores  á  los  dichos  sus  hijos  Don  Pedro  y  Don 
Juan...  puso  la  información  en  Córdoba  á  18  de  Marzo  de  1433,  ante  Juan 
Sánchez  del  Campo,  Alcalde  ordinario,  por  ante  Juan  Ruiz,  escribano 
del  Rey  y  su  notario.»  Ms.,  Biblioteca  Colombina. 

(3)  Biblioteca  Colombina  Ms.,  tomo  73,  folio  de  Papeles  varios^  p.  204. 

(4)  ídem  id. 


132  LA    ESPAÑA   MODERNA 


«J.  H.  S.  In  Dei  nomine.  Amén.  Esta  capilla  fiso  Doña 
Leonor  López,  fija  del  Maestre  Don  Martín  López,  qve  Dios 
dé  Santo  Paraíso,  á  honor  y  reuerencia  de  la  Santíssima  Tri- 
nidad, día  del  muy  alto  ó  poderoso  señor  Don  Juan,  qve  Dios 
ensalce,  fijos  de  los  mvi  altos  é  esclarecidos  Rey  Don  Enriqua 
é  üeyna  Doña  Catalina,  qve  Dios  dé  santo  Paraíso,  por  el  qval 
de  ella  fve  consolada  en  la  muerte  de  dicho  señor.» 

En  el  centro  de  la  capilla  se  halla  en  el  suelo  esta  inscrip- 
ción: 

«Aquí  yaze  el  Maestre  Don  Martín  López,  qve  Dios  de 
santo  Paraíso,  criado  del  Señor  Rey  Don  Pedro,  el  qval  mvrid 
como  noble  cauallero»  (1). 

Estas  son  las  noticias  que  mi  curiosidad  ha  encontrado 
para  complementar  las  Memorias  de  Doña  Leonor^  de  las  que 
resultan  que,  al  morir  Enrique  III,  servía  de  camarera  mayor 
en  palacio,  y  gozaba  de  todo  valimiento  con  la  Reina  Doña 
Catalina;  que  en  1410  contribuyó  por  medio  de  él  y  cartas  que 
aquella  señora,  cuya  avaricia  consta  de  los  historiadores,  auxi- 
liase con  dinero  al  Infante  Don  Fernando  para  el  asedio  do 
Antequera,  que  no  se  habría  victoriosamente  terminado  sin 
los  haberes  que  les  otorgó  tan  á  tiempo  la  Regente. 

¿Cuándo  falleció  Doña  Leonor?  Lo  ignoro;  mas  debió  ocu- 
rrir su  muerte  después  del  año  de  1412,  en  que  se  pierden  sus 
recuerdos.  Doña  Catalina  falleció  en  1418,  j  la  inscripción  de- 
la  capilla  habla  sólo  de  Don  Enrique  III  como  ya  difunto. 

Antes  hemos  juzgado  á  Doña  Leonor  López  de  Córdoba 
más  como  escritora  que  como  mujer.  ¿Qué  habremos  de  pen- 
sar acerca  de  su  espirita?  Fortalecido  en  las  desdichas,  fijo  es- 
taba, en  los  tiempos  de  sus  calamidades  y  las  de  su  familia,  en 
medio  de  las  sucesivas  venturas.  Cercábanla  siempre  tristes 
celajes  y  lúgubres  sombras.  El  refugio  para  su  consuelo  era  el 


(1)     Al  lado  de  esta  inscripción  se  lee  estotra: 
«Aquí  yaze  Don  Enriqve  de  Guzmán,  Señor  de  la  Torre  de  Falencia, 
como  descendiente  de  Doña  Leonor  López  de  Córdoua  y  de  Don  Jvan 
Alonso  de  Gvzmán  el  Póstvmo,  hijo  del  primer  Conde  de  Niebla.» 


MEMORIAS   DE    UfíA   DAMA   DEL   SIGLO    XIV   T    XV  133 


tiempo  pasado,  que  quería  que  hubiera  .podido  conservar  en 
presente  para  desagravio  de  los  suyos. 

Para  juzgar  el  alma  de  esta  insigne  mujer,  véase  cuál  pre- 
ferente empleo  dio  á  sus  riquezas,  cuando  llegó  á  sus  puertas 
aquella  fortuna  sonada  en  vano  durante  una  niñez  infeliz  y 
horrenda  y  una  juventud  llorosa,  incierta  y  solitaria. 

La  matrona  tenía  constantemente  á  su  presencia  la  ensan- 
grentada imagen  del  padre,  tal  como  llegó  á  trazarla  en  su 
alma  el  horror  de  su  suplicio. 

La  que  en  la  cumbre  del  poderío  lo  usó  para  dar  honorífica 
sepultura  al  padre,  consideración  muy  respetuosa  merece  á  los 
ojos  de  los  que  llegan  á  contemplarla. 

¿Qué  respondió  Don  Martín  López  de  Córdoba  á  Don  Ber- 
trán Duguesclín?  «Más  vale  morir  como  leal,  como  yo  lo  he 
hecho,  que  no  vivir  como  vos.» 

Doña  Leonor  López  de  Córdoba  erigió,  cual  consta,  una 
capilla,  y  en  medio  de  ella  mandó  colocar  los  restos  de  su  pro- 
genitor' ilustre,  haciéndolo  trasladar  de  la  bóveda  ignorada 
donde  la  piedad  de  los  religiosos  de  San  Francisco  de  Sevilla 
los  guardó  contra  las  iras  del  vengativo  Don  Enrique  II. 

Don  Martín  López  de  Córdoba,  en  una  de  sus  postrimeras 
palabras,  habló  de  ínorir  como  leal.  La  hija  excelente,  cum- 
pliéndolas cual  si  faeren  el  deseo  de  que  su  pensamiento  se 
perpetuase,  mandó  escribir  en  la  losa  de  su  sepultura  que  mu- 
rió como  noble  caballero,  el  denostado,  el  herido  reiterada- 
mente por  el  verdugo  y  el  escarnecido  por  sus  adversarios. 

¿Qué  importa  que  nada  más  se  sepa  de  Doña  Leonor  que 
«este  acto  ejemplar  de  desagravio  paterno  antes  de  su  muerte? 
Es  la  voz  del  Maestre,  que  nos  habla  desde  su  tumba  ante  el 
altar  del  Dios  de  la  justicia. 

Honrosamente  pueden  reposar  las  cenizas  de  su  hija  ea 
íiquel  recinto,  porque  el  que  murió  como  noble  caballero,  tuvo 
«en  el  amor  de  ella  una  protestación  elocuente  contra  las  ven- 
ganzas de  los  hombres. 

Adolfo  de  Castbo. 


LA  DE? ASTACIÓN  EN  EL  SÜR  DE  ÁERICA 


(1) 


Cuando  en  Noviembre  de  1900  el  venerable  Pablo  Krüger 
arribaba  á  las  hospitalarias  tierras  de  Francia,  Europa  oyó 
con  asombro  aquellas  sus  elocuentes  frases  pronunciadas  en 
Marsella,  á  presencia  de  la  muchedumbre  cosmopolita  que 
aclamaba  en  su  personalidad  augusta  las  virtudes  de  una  raza 
sin  par.,.  «La  guerra  que  se  nos  hace  es  más  atroz  que  la  que 
se  hacía  á  los  bárbaros...  He  asistido  á  campañas  de  cafres,  y 
jamás  he  visto  realizar  actos  tan  horribles  como  los  que  se  co« 
meten  cada  día  con  nosotros.  Se  queman  nuestras  granjas,, 
creadas  con  tantos  sacrificios;  se  persigue  á  las  mujeres  cuyos 
maridos  están  en  la  guerra,  y  se  las  separa  brutalmente  de  sus 
hijos  á  los  que  se  priva  del  pan  y  de  lo  necesario  para  vivir... > 

La  honrada  palabra  del  patriarca  boer,  todavía  halló  in- 
crédulos en  los  que  no  podían  admitir  de  parte  de  Liglaterra 
el  rigor  de  aquellos  azotes  providenciales  de  las  antiguas  le- 
yendas...; y  sin  embargo,  para  mengua  del  siglo  del  derecho  y 
de  la  civilización,  cerraban  sus  días  con  una  hecatombe  bru- 
tal, como  meses  después  vinieron  á  comprobar  relatos  ingle- 
ses, particulares  y  oficiales,  unos  referentes  á  la  odiosa  «re- 
concentración» de  ancianos,  mujeres  y  niños  burghers^  y  otros 
relativos  á  la  devastación  de  propiedades  rústicas,  urbanas  é 


(1)    Véase  el  número  de  La  España  Moderna  correspondiente  al  mes 
de  Jalk). 


DEVASTACIÓK  EN  EL   SÜR  DE   ÁFRICA  135 

industriales.  Pasamos  por  alto  cuanto  tiene  relación  con  los 
campos  de  reconcentrados  y  con  la  horrible  mortandad  de  ni- 
ños boers,  y  para  corroborar  la  política  de  que  los  caudillos 
boers  protestaban  en  su  correspondencia  con  lord  Roberts 
primero,  y  con  el  Sirdar  Kitchener  después, ;  traducimos  el 
texto  del  documento  presentado  á  las  Cámaras  por  el  War 
Office.  Su  lectura,  singularmente  viendo  entre  líneas  en  la  úl- 
tima casilla,  ahorra  todo  comentario.  Jamás  lucha  alguna  en- 
tre pueblos  cristianos  ofrecerá  cuadro  más  desolador. 

* 

Para  honor  del  pueblo  inglés,  no  contaminado  del  pestífe- 
ro jingoismOf  hemos  de  recordar  que,  desde  el  leader  del  libe- 
ralismo sensato,  sir  H.  Campbell  Bannerman,  hasta  los  maes- 
tros del  saber  y  los  representantes  de  la  religión,  protestaban 
de  aquellos  cuadros  de  estrago  y  de  ruina  ejecutados  por  las 
tropas  inglesas,  especialmente  por  las  irregulares,  contra  las 
personas  y  las  propiedades  de  los  hurghers.  Mas  nada  bastó 
para  atajar  la  ola  de  fuego  y  de  muerte.  Especialmente  en  lo 
que  fue  Estado  de  Orange,  la  desolación  es  absoluta,  pues  á 
los  datos  que  damos,  rigurosamente  oficiales,  hay  que  agregar 
las  razzias  sistemáticas  de  las  columnas  móviles,  realizadas 
por  zonas  y  demarcaciones  durante  el  último  año  de  campaña ^ 
sin  contar  los  vejámenes  y  atropellos  individuales  de  la  solda- 
desca movilizada  para  la  guerra.  Comenzamos  por  exponer  los 
datos  referentes  á  este  Estado: 


136 


LA   ESPAÑA   MODERNA 


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Hostilizar  á  nuestras  fuerzas. 
Hostilizarnos.   En  las   inmediaciones  de  la 

casa  se  encontró  el  casco  de  un  soldado 

que  habían  asesinado. 
Hostilizar  á  nuestras  patrullas. 
Asesinar  á  dos  soldados  de  la  caballería  de 

Kitchener. 
ídem. 

Hostilizarnos. 
Esta  casa  só  quemó  sin  orden  para  ello.  No 

obstante,  el  dueño  es  guerrillero  de  Maga- 

liesberg. 
El  dueño  está  prisionero  en  Santa  Elena;  la 

casa  se  quemó  por  accidente  casual. 

Hostilizarnos;  se  encontraron  municiones, 
ídem. 

Complicados  los  dueños  en  un  asesinato. 

Este  sujeto  sustituyó  á  Vander  Merwe  en  el 
mando  de  la  referida  fuerza,  y  continuó 
hostilizándonos.  Su  casa  fue  quemada  tres 
semanas  después  de  avisarle. 

Este  sujeto  fue  Comandante  del  comando  de 
Krugersdorp  en  Septiembre  de  1900:  vivía 
en  Hekpoort  Walley,  y  se  internó  en  Ma- 
galiesberg  cuando  se  acercaron  las  tropas 
inglesas;  su  partida  nunca  presentó  una 
resistencia  organizada,  pero  nos  hostiliza- 
ba constantemente  desde  las  alturas  y  co- 
linas. Se  le  avisó  de  que  si  seguía  hostili- 

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W.  Swanepoel.   .. 

Lawis  Albert,  Mrs. 
D.  Oosthuizeu, 
D.  J.  Oosthuizen. 

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Neekpoort ........ 

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164  LA  ESPAiíA  MODEENA 


Burlábase  con  ironía  sangrienta  el  feld-Mariscal  Blücher, 
délos  políticos  y  diplomáticos  á  qnienes  imputaba  el  desarre- 
glo y  la  pérdida  de  lo  que  él  con  su  espada  vigorosa  había  en- 
cauzado y  ganado...  Fuerza  es  convenir  en  que  aquel  espíritu 
indomable  padecía  de  un  mal  harto  frecuente  por  acá  entre 
meridionales,  es  á  saber:  miopía  intelectual  agravada  por  el 
interés  de  clase. 

Ha  sido,  es  y  será  la  política  y  sus  órganos  el  Parlamento, 
la  diplomacia,  las  instituciones  de  todo  orden,  la  generadora 
y  la  base  de  todos  los  conflictos  guerreros.  Allí  donde  ha  exis- 
tido armonía  y  la  espada  ha  sido  la  fiel  ejecutora  del  pen- 
samiento y  del  plan  del  estadista,  el  triunfo  ha  sido  es- 
pléndido. 

Desequilibrado  el  poder  marcial  de  Gran  Bretaña  por  la 
ceguera  de  su  dirección  política  y  por  el  egoísmo  de  la  burgue- 
sía opulenta,  enemiga  del  servicio  militar  general  y  obliga- 
torio; avasallador  el  imperialismo  como  en  los  días  de  nuestro 
auge  guerrero  ó  cual  en  los  más  cercanos  tiempos  de  Napo- 
león; con  una  mala  escuela  para  la  Nación  y  para  el  espíritu 
público  en  las  fáciles  empresas  contra  aschantis,  matabeles  y 
bechuanos,  se  ha  ido  al  desastre,  porque  desastre  ha  sido  la 
empresa  militar  del  África  del  Sur,  que  no  podrán  aliviar  la» 
cláusulas  del  convenio  negociado  para  atajarle,  y  que  sola- 
mente con  una  política  prudente,  amplia  y  generosa  se  ate- 
nuará en  el  orden  del  tiempo.  En  .el  Modder  y  en  el  Tugela 
quedó  hecho  pedazos  un  Imperio  guerrero,  y  en  los  agobios  de 
la  Semana  negra^  en  las  improvisaciones  de  unidades  y  de  ofi- 
cialidad, en  la  paladina  confesión  de  estar  agotados  los  solda- 
dos por  haber  puesto  en  armas  300.000  á  peso  de  oro  y  con  el 
auxilio  de  las  colonias,  patentizada  la  esterilidad  de  unas  ins-- 
tituciones  añejas  y  raquíticas. 

Todo  ello  lo  ha  contemplado  el  mundo,  que  nunca  conside- 
ró tan  flaco  el  poder  terrestre  del  Reino  Unido,  comprometido- 
por  un  puñado  de  míseros  labradores  abandonados  á  sus  pro- 
pios recursos,  y  cuyo  número  en  armas  jamás  excedió  de  80.000 


DEVASTACIÓN    Eíí   EL   SUR   DE   ÁFRICA  165 


€iii  el  período  de  mayor  auge,  pues  norraalinente  osciló  entro 
16  y  22.000  burghers  armados. 

Obra  de  la  torpeza  política,  de  la  falta  de  medida  en  tiem- 
po y  en  elementos,  de  la  imprevisión,  en  fin,  del  estadista, 
aun  habida  cuenta  que  la  población  boer  apenas  si  llegaba  al 
número  de  soldados  que  Gran  Bretaña  ha  llevado  para  tritu- 
rarla. 

Sin  política  acertada,  no  puede  irse  á  la  guerra  en  condi- 
ciones, ni  los  triunfos  serán  jamás  proporcionales  al  esfuerzo 
y  de  permanente  beneficio.  La  epopeya  napoleónica  demues- 
tra la  ineficacia  del  genio  militar,  del  esfuerzo  bélico,  de  la 
gloria  guerrera,  cuando  no  se  asientan  sobre  bases  constitui- 
das por  el  talento  del  estadista. 

La  gloria  de  Blücher,  de  Bülow,  de  Yorck,  con  ser  tan 
grande,  no  supera  la  de  los  Stein,  los  Scharnhorst,  los  Grnei- 
seneau...  Ahí  está  el  toque.  Porque,  sin  la  revolución  política 
y  social  del  estadista,  al  que  ayuda  el  maestro,  el  sabio,  el  filó- 
sofo, la  nación  toda;  sin  los  elementos  acumulados,  preparados 
y  adiestrados  por  el  organizador;  sin  la  fuerza  generadora  y 
directriz,  ¿cómo  hubiera  resurgido  aquella  Prusia  amilanada 
ante  Isapoieón,  triturada  por  el  sable  de  Murat,  y  que  en  Ber- 
lín ofrecía  «afrancesados*  eu  sus  clases  directoras  que,  oual 
ios  nuestros,  lamían  las  espuelas  del  Amof 

Bismarck  y  Roon,  heraldos  del  sentir  público  templado  en 
las  Universidades  y  en  la  Escuela,  y  de  la  organización  mili- 
tar preparada  lenta  y  pacienzudamente,  son  los  pilares  sobre 
que  se  apoya  la  obra  de  Moltke  y  del  ejército  alemán.  La 
campaña  de  1870-71  es  el  modelo  para  el  estadista  y  para  el 
soldado. 

La  política  exigió  allí  á  las  Armas  un  objetivo  racional, 
limitado,  preparando  de  antemano  los  elementos  y  el  herra- 
mental. Y  las  Armas  vencieron  sin  extremar  los  rigores  ni  sa- 
lirse de  los  usos  sancionados  por  las  campañas  modernas. 

Pero  si  el  estadista  hubiese  exigido  á  las  Armas  la  con- 
quista de  Francia,  empresa  que  constituye  absurdo  en  poKticay 


166  LA   ESPAÑA   MODERNA 


las  Armas  alemanas  hubiesen  fracasado,  aun  cuando  la  cien- 
cia de  Moltke,  la  pericia  de  su  Estado  Mayor,  el  brío  y  la 
dasireza  de  Generales,  Oficiales  y  soldados  y  el  rigor  de  los 
méfeodo»  d©  dominación,  hubiesen  sobrepujado  4  cuanto  se 
hizo  en  la  memorable  campaña. 


Joba  Ibáüez  Marín. 


CKONICA  LITERARIA 


FlariUgio  de  poesías  castellanas  del  siglo  XIX,  forma<lo  por  D.  Juan 
Yaiera  (tomos  I,  II  y  III). 


Tres  tomos  van  publicados  del  Florilegio  de  poesías  caste- 
llanas del  siglo  XlXj  con  introducción  y  notas  biográficas  y 
críticas  de  D.  Juan  Valora,  y  aunque  todavía  han  de  seguir- 
les otros  dos,  por  lo  publicado  puede  ya  formarse  juicio  de 
esta  interesante  antología,  sobro  que  de  antemano  era  prenda 
de  acierto  la  autoridad  literaria  de  su  autor. 

El  primer  volumen,  tras  una  breve  advertencia  preliminar 
acerca  del  plan  de  la  obra,  contiene  el  estudio  sobre  La  poesía 
Úrica  y  épica  en  la  España  del  siglo  XIKj  que  forma  la  intro- 
ducción al  Florilegio  y  fue  publicado  anteriormente  en  La 
Ilustración  Española  y  Americana,  Completan  el  volumen 
poesías  de  Meléndez  Valdós,  Jovellanos,  D.  José  de  Vargas 
Ponce,  D.  Leandro  Fernández  de  Moratín,  D.  Juan  Bautista 
Arriaza,  D.  Manuel  José  Quintana,  D.  Juan  Nicasio  Gallego, 
D.  Dionisio  Solís,  D.  Bartolomé  José  Gallardo,  JD.  Juan  Ma- 
ría Maury,  D.  José  So  moza,  D.  Francisco  Martínez  de  la 
Kosa  y  D.  Manuel  María  de  Arjona. 

Así  como  en  el  tomo  primero  la  Introducción  ocupa  la  ma- 


168  LA  ESPAÍiA   MODERNA 


yor  parte  y  no  más  de  la  tercera  el  Florilegio j  el  segundo  ©s 
todo  de  antología,  salvo  algunas  páginas  finales,  en  que  el  co- 
lector expone  consideraciones  acerca  de  ciertas  causas  de  in- 
ferioridad de  nuestra  poesía  del  pasado  siglo  y  algunos  defec- 
tos que  en  nuestros  poetas  se  notan,  principalmente  cierto 
desfallecimiento  del  espíritu  nacional.  Comprende  este  volu- 
men poesías  de  D.  Félix  José  Reinoso,  D.  Alberto  Lista, 
D.  Javier  de  Burgos,  D.  Manuel  Bretón  de  los  Herreros, 
D.  Serafín  Estóbanez  Calderón,  D.  Agustín  Duran,  D.  Ven- 
tura de  la  Vega,  D.  Manuel  de  Cabanyes,  D.  Nicomedes  Pas- 
tor Diez,  D.  Bernardino  Fernández  de  Velasco,  Duque  d© 
Frías;  D.  Juan  Arólas,  D.  Pablo  Piferrer,  D.  Juan  Francisco 
Carbó,  D.  Manuel  Milá  y  Fontanals,  el  Conde  de  Cheste,  don 
Mariano  José  de  Larra,  D.  E-amón  de  Mesonero  E-omanos, 
D.  José  Joaquín  de  Mora,  D.  Antonio  Alcalá  G-aliano,  D.  Án- 
gel de  Saavedra,  Duque  de  Rivas;  D.  Juan  Bautista  Salazar, 
D.  José  de  Espronceda,  D.  Miguel  de  los  Santos  Alvarez,  don 
Antonio  Eos  de  Glano,  D.  Julián  Eomea,  D.  Aureliano  Fer- 
nández Guerra,  el  Marqués  de  Valmar,  D.  Pedro  de  Madrazo, 
el  Marqués  de  Molins,  D.  Jaime  Balmes,  D.  José  María  Cua- 
drado, D.  Joaquín  Eoca  y  Cornet,  D.  Tomás  Aguiló,  don 
Francisco  Eodríguez  Zapata  y  D.  Gabriel  García  Tassara. 

También  el  tomo  III  lleva  al  final  Advertencias  en  que 
el  colector  se  sincera  por  anticipado  de  algunos  cargos  que 
pudieran  formularse  contra  el  Florilegio  por  la  inclusión  ó  ex- 
clusión de  poetas,  y  expone  el  motivo  de  no  haber  incluido  ©a 
la  colección  á  los  poetas  de  la  América  española,  á  no  ser  por 
rara  y  justificada  excepción.  Dicho  tomo  III  contiene  com- 
posiciones de  D.  José  Zorrilla,  D.  Juan  Eugenio  lEarzen- 
busch,  D.  Juan  Floran,  Marqués  de  Tabuérniga;  D.  Baltasar 
Lirola,  D.  Antonio  María  Segovia,  D.  Fermín  de  la  Puente  y 
Apecechea,  D.  Enrique  Gil,  D.  Fernando  de  la  Vera  ó  Isla, 
D.  Antonio  García  Gutiérrez,  D.  Gregorio  Eomero  Larraña- 
ga,  D.  José  Amador  de  los  Eíos,  D.  Antonio  Trueba,  D.*  Ca- 
rolina Coronado,  D.*  Gertrudis  Gómez   de  Avellaneda,  doa 


CUÓNIOA   LITERARÍA  169 


Rafael  M.  Baralt,  D.  José  Heriberfco  García  de  Que  vedo,  dan 
José  de  Salgas,  T>.  Antonio  Arnao,  D.  Pedro  A.  de  Alarcón, 
D.  Eulogio  Florentino  Sanz,  D.  Carlos  Rubio,  D.  Antonio 
Aparisi  y  Guijarro,  D.  Manuel  de  la  Revilla,  D.  Ventura  Ruiz 
Aguilera,  I).  Antonio  Hurtado,  D.  Joaquín  García  Cervino, 
D.  José  García,  D.  Gumersindo  La  verde  Ruiz,  D.  Enrique 
R.  Saavedra,  Duque  de  Rivas;  D.  Luis  A.  Ramírez  Martínez 
Güertero  (Larmig),  D.  Manuel  Cañete,  D.  José  Coll  y  Vehi, 
D.  José  Martínez  Monroy,  D.  Bernardo  López  García,  don 
Fernando  Velarde,  D.  Casimiro  del  Coliado,  D.  Nicolás  Zuri- 
calday,  D.  José  María  Bartrina,  D.  Narciso  Campillo,  D.  Ra- 
món Rodríguez  Correa,  D.  Augusto  Ferrán  y  D.  Gustavo 
Adolfo  Becquer.  De  muchos  de  estos  poetas  se  inserta  ana 
sola  composición,  de  otros  dos  ó  tres,  y  del  que  más  siete  ú 
ocho,  y  no  todas  las  incluidas  en  la  Golección  lo  están  por 
entero,  pues  figuran  en  el  Florilegio  fragmentos  de  algu- 
nas muy  extensas.  Sólo  así  es  posible  comprender  tan  gran 
número  de  poetas  en  menos  de  dos  tomos  y  medio  de  alrede- 
dor de  380  páginas  en  8.^,  cada  uno. 

Con  el  cuarto  tomo  terminará  el  Florilegio  propiamente 
dicho,  puesto  que  el  quinto  ha  de  contener  exclusivamente, 
según  anuncia  el  autor,  las  notas  biográficas  y  críticas  sobre 
los  poetas  incluidos  en  esta  antología  y  las  composiciones  oo~ 
leccionadas.  Así  pues,  la  parte  publicada  ya  del  Morilegto  re- 
presenta más  de  las  dos  terceras  de  su  total  extensión,  supo- 
niendo que  no  so  diferencie  en  tamaño  el  tomo  IV  de  los  an- 
teriores; puesto  que  falta  un  tomo  de  versos  y  van  dos  y  al- 
guna parte  del  primero. 

La  enumeración  anterior  de  los  autores  incluidos  en  el 
Florilegio  puede  verla  cualquiera  en  los  índices,  y  no  la  he  he- 
cho yo  por  afición  excesiva  á  la  minuciosidad,  ni  menos  por 
llenar  espacio.  Parto  del  supuesto  de  que  el  lector  no  ha  com- 
prado el  libro,  y  en  tal  hipótesis,  creo  que  indicación  alguna 
puede  ser  tan  útil  para  formar  idea  de  una  obra  de  esta  cla- 
se como  la  lista  de  los  autores  que  contiene,  y  hasta  sería  con^ 


170  LA  espaSía  moderna 


veniente  también,   aunque  resultaría  demasiado  pesada  para, 
un  artículo,  la  de  las  composiciones  coleccionadas. 


* 
*  * 


El  plan  seguido  por  D.  Juan  Valora  para  la  formación  del 
Florilegio  me  parece,  en  general,  acertado.  Toma  como  punto 
de  partida  aquel  en  que  termina  la  Colección  de  poetas  líricos 
del  siglo  XVIII,  formada  por  el  Marqués  de  Yalmar,  y  que  figu- 
ra en  la  Biblioteca  de  Autores  Españoles^  de  Rivadeneira;  y 
como  bastantes  de  estos  poetas  del  siglo  xviii  llegaron  al  xix 
y  siguieron  escribiendo  en  él,  el  Sr.  Yalera  omite  por  lo  ge- 
neral á  los  que  en  este  caso  se  encuentran,  incluyendo  en  su 
Antología  tan  sólo  á  alguno  que  otro,  como  Meléadez  Valdés, 
á  título  de  origen  y  precedente  del  movimiento  literario  que 
á  continuación  se  inicia  y  prosigue. 

Aunque  haya  la  natural  diferencia  de  extensión  entre  un 
Florilegio  y  una  Colección  extensa  como  la  aludida  del  Mar- 
iones de  Yalmar,  en  cierto  sentido  puede  decirse  que  la  Anto- 
logía de  D.  Juan  Valera  continúa,  aunque  sólo  sea  en  sucinto 
resumen,  dicha  Colección.  Esto  sólo  bastaría  para  graduar  de 
importante  la  empresa.  La  Biblioteca  de  Autores  JEspañoles. 
de  Hivadeneira,  que  á  pesar  de  ser  notoriamente  incompleta 
representa  un  gran  esfuerzo  de  vulgarización  literaria  y  ha 
contribuido  mucho  á  facilitar  y  extender  el  estudio  de  nues- 
tra literatura,  no  llega  más  que  hasta  el  siglo  xviii  inclusive 
en  los  géneros  en  que  más  avanza,  con  alguna  excepción  como 
por  ejemplo,  la  del  tomo  que  contiene  la  Historia  del  levanta- 
miento j  guerra  y  revolución  de  España  del  Conde  de  Toremo. 
Queda,  pues,  tras  aquélla  un  siglo  entero  de  historia  literaria, 
y  no  decadente  como  algunos  creen,  siuo  más  bien  floreciente 
y  rico,  pues  aunque  en  otras  manifestaciones  de  la  vida  haya 
sido  el  XIX,  siglo  en  extremo  infeliz  para  nosotros,  en  las  le- 
tras apenas  hay  género  en  que  no  se  haya  observado  renaci- 
miento, y  aun  alguno,  como  la  novela,  ha  llegado  á  altura  ape- 


CRÓNICA  LITERARIA  171 


ñas  superada  nunca.  Y  aunque  los  derechos  de  los  autores  li- 
mitan la  posibilidad  de  estas  colecciones,  tratándose  de  escri- 
tos recientes,  todavía  quedaba  margen  de  tiempo  suñciente  y 
producción  literaria  sobrada  para  haber  aumentando  y  prose- 
guido considerablemente  la  Biblioteca  de  Rivadeneira. 

Preciso  es  confesar,  sin  embargo,  que  no  se  ha  hecho  mu- 
cho para  ello.  Se  han  publicado  varias  Colecciones  bibliográ- 
ficas eruditas  que  la  amplían  y  suplen  algunas  de  sus  omisio- 
nes en  lo  referente  á  la  literatura  antigua.  Pero  la  moderna 
del  siglo  XIX,  sólo  han  contribuido  á  difundirla  algunas  Bi- 
bliotecas populares,  como  la  Biblioteca  universal  y,  sobre  todo, 
la  importante  Colección  de  Autores  Castellanos^  dirigida  por 
el  Sr.  Catalina.  Lástima  es  que  esta  Colección  no  haya  alcan- 
zado mayor  desarrollo.  Hasta  en  las  Obras  completas  de  algu- 
nos ingenios  empezadas  á  publicar  en  dicha  Biblioteca,  se 
echan  de  menos  escritos  importantes.  Entre  las  de  D.  Marceli- 
no Menéndez  Pelayo,  por  ejemplo,  no  figura  aún  su  Historia  de 
tos  Heterodoxos  españoles^  no  obstante  hallarse  agotada  la  edi- 
ción primera  y  alcanzar  alto  precio  los  raros  ejemplares  que 
circulan,  todo  lo  cual  parecía  augurar  buen  éxito  á  la  reim- 
presión. 

La  empresa  de  continuar  ó  completar  de  algún  modo  la 
Biblioteca  de  Rivadeneira  es,  pues,  laudable  en  extremo  y 
hasta  necesaria^  y  hay  que  aplaudir  á  D.  Juan  Valera  por  ha- 
ber empleado  su  buen  gusto  y  su  extensa  erudición  literaria. 
en  obra  como  el  Florilegio^  que  algo  tiene  de  continuación  tal, 
ó  por  lo  menos  ha  de  facilitarla  en  lo  porvenir. 

En  lo  que  me  parece  menos  acertado  el  autor  de  esta  An- 
tología, es  en  no  haber  reunido  en  un  sólo  cuerpo  todos  sus 
comentarios,  noticias  históricas  y  observaciones  críticas,  re- 
fundiendo la  Introducción  sobre  la  poesía  lírica  y  épica  en  la 
España  del  siglo  xix,  con  las  notas  biográficas  y  críticas  que 
formarán  el  tomo  V  y  lo  que  es  materia  de  las  advertencias 
contenidas  al  final  de  los  tomos  II  y  IIT.  Incorporando  todos 
estos  materiales  habría  formado  sin  duda  el  Sr.  Valera  una 


172  LA    KSPA^A    MODKUNA 


Historia  de  la  poesía  castellana  en  el  siglo  xix,  de  subido  va- 
lor, y  habría  podido  también  corregir  algunos  defectos  de  mé- 
todo, en  particular  falta  de  unidad,  que  á  mi  parecer  se  ob- 
servan en  la  Introducción,   por  otra  parte  tan  amena  y  abun- 
dante en  acertados  juicios,  defectos  que  es  probable  se  deban 
á  la  forma  en  que  fue  escrita  para  publicarse  en  sucesivos  ar- 
tículos. Tal  como  aparece  el  comentario  histórico  crítico  en  el 
MorilegiOj    diseminado  é  intercala io  en  los  diferentes   volú- 
menes, es  muy  difícil   evitar    las   repeticiones,  y  alguna  hay 
ya    entre    las    Advertencias    y  la    Introducción,    aunque    la 
disimule   el   encanto   del    estilo    del   Sr.    Yalera   y    el  seso   y 
sagacidad  con  que  discurre.    Todavía    ha   de  ser   más  difícil 
evitar  estas  repeticiones  en  las  notas  biográficas  y  críticas  del 
tomo  y,  en  que  el  colector  volverá  á  hablar  de  muchos  de  los 
poetas  de  quienes  ya  trata  en  la  Introducción.  También  habría 
evitado    la  refundición  las   faltas  parciales   de   concordancia 
que  se  observan  entre  la  Introducción  y  el  cuerpo  del  Florile- 
gio^ puesto  que  en  aquélla  se  habla  de  poetas  que  no  figuran 
en  éste,  y  en  ésto  se  han  incluido  poetas  no  mencionados  en 
aquélla,  pero  que   lo  serán  sin  duda  en  las   notas  del  último 
tomo.  Dado  que  el  Sr.  Valera  no  hubiese  querido  dar  entrada 
en  el  Florilegio  á  fcodos  los  poetas  de  quienes  habla  en  su  nota- 
ble estudio  sobre  la  poesía  lírica  y  épica  en  el  siglo  xix,  al  me- 
nos habría  en  éste  noticia  de  todos  los  pjetas  de  la  Antología. 
Y  por  último,  el  lector  no  perdería  el  hilo  del  discurso  viéndo- 
se obligado  á  pasar  del  comentario  á  los  versos  y  de  éstos  á  un 
nuevo  comentario,  ni  á  coordinar  á  su  manera  y  como  se  le 
alcance  el  principio  y  el  fia  de  la  obra,  la  Introducción  y  las 
notas  biográficas  y  críticas. 

Como  estas  razones  parecen  atendibles,  creo  yo  que  el  no 
haberlas  tenido  en  cuenta  el  Sr.  Valera  dependerá  de  haber 
juzgado  excesivo  el  trabajo  que  semejante  refundición  le  ha- 
bría impuesto.  Y  justo  es  reconocer  que  cuando  un  escritor 
tiene  redactado  y  publicado  ha  tiempo  un  trabajo  literario  de 
mérito,   como   la  Introducción   al  Florilegio^   ha  de  ser  para 


CRÓNICA    LITERARIA  173 


él  tarea  ingrata  y  pesada  la  de  deshacerlo  para  volverlo  á 
edificar  de  nueva  planta  con  mayor  acopio  de  materiales  y 
mejoras  en  el  plan,  y  en  cambio  ha  de  parecerle  más  cómodo 
y  fácil  completarle  por  medio  de  adiciones  independientes  que 
no  obliguen  á  poner  mano  en  lo  ya  escrito. 


*  * 


Las  dimenbiones  que  ha  dado  el  Sr.  Valera  á  su  Florilegio 
son,  en  mi  opinión,  prudentes,  y  más  peca  de  brevedad  que 
por  exceso  de  extensión,  que  es  por  cierto  el  más  discreto  pe- 
cado que  puede  cometerse  en  la  materia,  pues  vale  mucho 
más  que  un  libro  sepa  á  poco  al  lector  que  no  que  le  deje  ahito 
y  empachado.  «Mi  Florilegio  será  como  un  muestrario»,  dice 
ol  Sr.  Valera,  y  sin  duda  llena  cumplidamente,  y  aun  con  ex- 
ceso, este  fin,  y  debemos  esperar  que  contribuya  á  fomentar 
ia  afición  á  nuestra  poesía  lírica  del  siglo  xix,  y  el  estudio  do 
ella,  bastante  decaídos  por  cierto,  circunstancia  que  también 
era  de  considerar  al  fijar  las  dimensiones  del  Florilegio. 

Con  indudable  acierto  ha  preferido  D.  Juan  Valera  incluir 
en  su  Antología  gran  número  de  poetas,  publicando  sólo  muy 
corto  número  de  composiciones  de  cada  uno,  á  aumentar  éstas 
á  costa  de  la  cifra  de  aquéllos.  Así  ofrece  la  colección  más  va- 
riedad y  resulta  más  completa,  en  aquel  sentido  en  que,  dada 
su  índole,  es  más  útil  que  lo  sea,  con  lo  cual  cumple  mejor  su 
fin  de  estimular  al  público,  para  que  con  más  extensas  lectu- 
ras llegue  á  conocer  á  nuestros  poetas  modernos,  3^a  que  le 
ofrece  más  donde  escoger  según  sus  gustos,  al  par  que  pre- 
senta un  más  fiel  y  exacto  reflejo  de  la  historia  de  la  poesía  en 
el  sifflo  xix. 

o 

Cuanto  á  la  elección  de  los  poetas  y  de  las  poesías  coleccio- 
nadas, no  es  empresa  fácil,  sino  que  supone  mucha  crítica  tá-- 
cita  y  conocimiento  anterior  profundo  del  género  y  del  perío- 
do literario  que  dan  materia  á  la  Antología.  Al  vulgo,  poco 
enterado  de  las  tareas  literarias,  suelen  parecerle   muy  fá- 


174  LA    ESPAÑA   MODEKííA 


ciles  estos  trabajos  de  compilación,  y  no  faltará  quien  se 
ilgure  que  todo  se  reduce  á  coger  unas  cuartillas  de  pí^el  ó  ir 
negando  allí  ordenadamentente  con  obleas  trozos  de  anterio- 
res ediciones,  ó  bien  á  dárselos  á  copiar  á  un  amanuense  que 
venga  buena  lefcra  y  enviarlos  en  seguida  á  la  imprenta.  Pero 
lejos  de  esto,  requieren  los  trabajos  de  tal  índole  mucha  com~ 
i)etencia,  erudición  copiosa  y  lecturas  anteriores  de  las  que 
no  se  improvisan,  hasta  el  punto  de  que  sin  exageración  pue- 
de decirse  que  no  habrá  en  España  muchos  escritores  capaces 
Aq  formar  con  acierto  un  Florilegio  como  el  que  viene  dando 
á  las  prensas  el  Sr.  Valera. 

Tiene  completa  razón  éste  al  decir  que  en  la  elección  sólo 
pueden  seguirse  dos  criterios:  el  de  la  fama,  que  no  deja  de 
ser  falible  tratándose  de  escritores  recientes,  y  el  del  gusto 
particnlar  del  colector,  y  aun  podría  añadirse  que  éste  será  el 
que  por  lo  general  prepondere,  como  es  justo  y  natural  que 
ocurra.  Confío  yo  en  que  ambos  han  de  armonizarse  en  el 
Florilegio^  y  en  que  cuando  éste  quede  terminado  no  ha  de 
faltar  en  él  ningún  poeta  lírico  verdaderamente  importante 
ílel  siglo  XIX,  como  no  esté  justificada  su  exclusión  por  alguna 

;e  las  razones  que  invoca  el   ihistre   autor  de  la  Antología. 

Verdad  es  que  en  ésta  figuran  muchos  á  quienes  no  puede 
e-onsiderarse  en  justicia  grandes  poetas,  aunque  no  carez- 
can de  mérito;  pero  por  lo  mismo  que  son  poco  conocidos, 
Y  algunos  tal  vez  desconocidos  para  la  generación  actual,  se 
justifica  su  inclusión  en  el  Florilegio,  Si  en  coleociones  seme- 
jantes se  hubiese  de  reunir  sólo  lo  excepcional,  la  obra  del 
genio,  se  reduciría  en  extremo  su  volumen,  y  hasta  en  largos 
espacios  de  tiempo  no  se  hallaría  materia  con  que  formarlas. 
ISTo  hay  que  olvidar  tampoco  que  en  este  género  de  elec- 
ción no  puede  menos  de  influir  mucho  el  gusto  individual, 
pues  el  mérito  literario  no  es  cosa  sujeta  á  peso  y  medida, 
como  nada  de  lo  que  á  la  belleza  atañe.  Por  casualidad  ó  abe- 
rración pueden  gustar  las  mujeres  feas;  pero  entre  las  guapas, 
éste  preferirá  á  la»s  rubias,  aquél  á  las  morenas,  uno  á  los  tipo» 


CRÓNICA    LITERARIA  175 


orientales,  otro  á  los  septentrionales,  sin  hablar  de  ios  ecléc- 
ticos, que  á  ninguna  desprecien.  Algo  semejante  ocurre  con 
los  poetas,  sin  que  de  las  preferencias  individuales  pueda  de- 
ducirse conclusión  cerrada  respecto  del  mérito  intrínseco  de 
cada  uno,  tratándose  de  aquellos  entre  los  cuales  no  hay  muy 
visibles  diferencias  de  categoría.  Podrá  ocurrir,  y  ocurrirá 
probablemente,  que  alguno  de  los  lectores  del  Florilegio ,  ter- 
sado en  la  lectura  de  nuestros  poetas,  eche  de  menos  alguno  y 
considere  que  debía  ocupar  allí  un  lugar,  con  tantos  títulos 
como  los  que  figuran,  ó  bien  entienda  que  D.  Juan  Valora  ha 
dado  más  ó  menos  importancia  de  la  debida  á  éste  ó  á  aquél 
de  los  comprendidos  en  la  Antología.  Pero  á  esto  contesta  el 
ilustre  autor  de  Pepita  Jiménez,  negando  que  la  exclusión 
lleve  consigo  presunción  de  demérito,  y  tales  discrepancias 
posibles  nada  dicen  en  contra  del  Florilegio^  por  tratarse  de 
negocio  no  sujeto  á  infalibilidad  ni  regla  siquiera,  sino  que 
cae  en  gran  parte  bajo  la  variable  y  caprichosa  jurisdicción 
del  gusto. 

Es  de  esperar  que  el  Florilegio  alcance  el  favor  del  público 
aficionado  á  las  letras.  Aparte  de  los  ligeros  reparos  de  que 
antes  se  hace  mención,  la  introducción  sobre  la  Poesía  lírica 
3'  épica  en  el  siglo  xix  es  un  excelente  trabajo  literario,  y 
aunque  poco  sistemática  y  en  algunos  puntos  no  muy  profun- 
da, es  muy  amena  y  abunda  en  exactos  y  perspicaces  juicios, 
como  el  de  la  influencia  que  lo  chico  del  escenario  en  que  vi- 
vieron ejerció  sobre  nuestros  poetas,  para  que,  con  facultades 
■iicaso  iguales,  no  pudiesen  alcanzar  la  altura  de  otros  más 
universales  y  famosos  de  extranjeras  tierras.  Hábilmente  mez- 
cla D.  Juan  Valera  la  historia  política  y  la  general  de  las 
ideas  en  España  durante  la  pasada  centuria  con  la  literaria, 
para  sacar  de  aquéllas  interpretaciones  y  luces  de  que  la  últi- 
ma se  aproveche.  Como  el  colector  de  estas  poesías  goza  do 
merecida  fama  y  tiene  su  público  personal,  la  introducción 
fiervirá  de  cebo  al  Florilegio^  que  tal  vez  no  conseguiría  llamar 
mucho  la  atención,  por  lo  decaída  que  anda  la  afición  á  los 


176  LA   ESPAÑA   MODERNA 


Tersos,  y  más  á  los  pretéritos,  si  lo  presentara  al  público  un 
escritor  poco  conocido,  en  vez  de  contar  con  tan  ingenioso  é 
ilustre  padrino,  y  digo  padrino,  porque  al  cabo  la  paternidad 
en  las  colecciones  de  escritos  ajenos  es  muy  relativa. 

Si  se  difande  efectivamente  el  Florilegio  y  estimula  á  la 
lectura  de  los  poetas  españoles  del  siglo  xix,  prestará  esta 
obra  un  buen  servicio  á  las  letras  y  representará  una  justa 
reparación,  sacando  del  olvido,  no  ya  á  aquellos  poetas  menos 
notables  á  quienes  ha  incluido  en  su  Antología  el  Sr.  Valera 
j  que  nunca  gozaron  de  extraordinario  renombre,  sino  á  aque- 
llos otros,  muy  celebrados  en  su  tiempo,  de  quienes  apenas  se 
acuerda  la  generación  actual. 

Si  quitamos  á  Gampoamor  y  á  Núñez  de  Arce,  apenas  tie- 
nen lectores  en  la  actualidad  nuestros  mejores  poetas  del  siglo 
anterior.  Hasta  poetas  tan  populares  y  que  tan  notoria  influen- 
cia ejercieron  como  Becquer  y  Zorrilla,  apenas  son  hoy  mas  que 
un  nombre  y  un  recuerdo.  Sus  obras  no  se  reimprimen,  y  si  al- 
guna vez  son  reimpresas,  como  ha  ocurrido  recientemente  con 
las  Leyendas  del  autor  de  Don  Juan  Tenorio,  lo  son  en  esos  enor- 
mes libros  de  lujo,  considerados  como  objetos  de  adorno,  cuyo 
tamaño  los  hace  incómodos  para  la  lectura  y  que  suelen  com- 
prar las  gentes  por  las  láminas  ó  para  ponerlos,  bien  encua- 
dernados, encima  de  un  velador.  La  maj^or  parte  de  los  poe- 
tas incluidos  en  la  colección  de  D.  Juan  Valera,  si  no  todos, 
están  en  aquel  punto  difícil  de  la  historia  en  que  se  está  de- 
masiado cerca  para  ser  tradición  y  demasiado  lejos  para  ser 
actualidad.  Y  no  será  exageración  decir  que  algunos  de  ellos 
«on  menos  conocidos  del  público  contemporáneo  que  los  clá- 
sicos del  siglo  XVI,  á  quienes  al  menos  leen  y  estudian  los  eru- 
ditos y  los  amantes  del  casticismo. 

Este  injusto  olvido,  que  injusto  es,  aunque  acaso  no  sea 
raro  y  aunque  no  crea  yo  como  D.  Juan  Valera  que  la  poesía 
lírica  es  lo  mejor  que  han  dado  de  sí  las  letras  castellanas  en 
el  siglo  XIX  (lo  mejor,  á  mi  parecer,  es  la  novela),  se  nota  en  lo 
poco  que  influyen  aquellos  poetas  en  la  mayoría  de  los  actúa- 


CRÓNICA  UTiaiARlA  177 


les,  aficionados  por  lo  general  á  buscar  modelos  fuera  de  Es- 
paña. Poetas  muy  afamadosy  notables,  cual  Becquery  Campo- 
amor,  tuvieron  sin  duda  considerable  séquito  de  imitadores, 
frecuentemente  medianos  y  malos;  pero  ya  ha  desaparecido 
por  completo  esta  especie.  Tal  vez  en  el  ambiente  apaci- 
ble y  conservador  de  la  vida  provinciana  es  donde  no  se  ob- 
ierva  tanto  la  indicada  laguna  déla  tradición  poética,  y  á  ve- 
ces vieue  de  estos  lagares  algún  libro  de  versos  que  denota  co- 
municación ó  vínculo  espiritual  con  aquellos  poetas  y  cierta 
semejanza  con  ellos  en  el  sentir;  pero  en  Madrid  y  en  Barce- 
lona, los  poetas  nuevos  siguen  evidentemente  otras  sendas. 

Como  observación  final,  consignaré  que  leyendo  el  Florile- 
gio se  atenúa  algo  la  impresión  de  la  decadencia  de  la  poesía 
lírica  entre  nosotros,  en  el  período  en  que  nos  hallamos.  Ver- 
dad es  que  no  vemos  al  presente  figuras  poéticas  de  la  talla  de 
Quintana,  de  Zorrilla,  de  Becquer,  ni  un  nuevo  Campoamor, 
ni  otro  Núñez  de  Arce,  que  es  el  único  gran  poeta  supervi- 
viente; pero  si  se  hace  abstracción  de  estas  grandes  figuras, 
que  al  cabo  tienen  algo  de  excepcional,  muchos  de  los  poetas 
de  hoy  resisten  sin  desventaja  suya  la  comparación  con  los  in- 
cluidos en  el  Florilegio  hasta  donde  su  publicación  alcanza,  de 
lo  cual  debemos  deducir  que  en  esto,  como  en  tantas  otras 
cosas,  hay  cierta  ilusión  óptica  de  lejanía,  efecto  del  tiempo, 
que  embellece  con  su  pátina  lo  pasado  y  nos  lo  hace  ver  más 
deleitoso  y  poético  que  lo  que  tenemos  al  alcance  de  la  mano 
y  vemos  muy  de  cerca. 

E.  Gómez  db  Baquebo. 


E.  M.—Agosto  J902.  12 


ÜEYISTA  DE  REVISTAS 


SUMARIO.— Feminismo:  El  movimiento  feminista. =FiLoeoFfA  socukf.: 
La  filosofía  del  aDarquisnio.=CuBSTiONBS  sociales:  El  trabajo  de  las 
mujeres  en  Franc!a.=Psico-FísiCA:  Psicología  de  la  mentira.=LiTB- 
ratura:  La  Asociación  de  los  críticos  literarios.=lMPRESioNKS  y  ko- 
TAS:  Las  enfermedades  en  los  Rejes.— Influencia  de  la  educación  ca 
los  grandes  hombre^,— Los  libros  que  no  se  leen.— Las  reputaciones 
literarias. 


F^EMIISISMO 

El  movimiento  feminista. — En  la  antigua  Bevue  des  Re- 
vueSy  que  ha  consagrado  al  feminismo  tan  interesantes  traba- 
jos, inserta  la  Sra.  Schirmacher,  agregada  de  Universidad,  un 
capítulo  más  de  la  historia  del  desarrollo  de  las  ideas  y  reivin- 
dicaciones feministas  en  los  diversos  países  de  Europa  y  Amé- 
rica. 

En  Zurich,  el  Consejo  cantonal  se  ha  declarado  en  contra 
del  sufragio  femenino  en'materia  eclesiástica. 

En  Bélgica  continúa  sobre  el  tapete  el  sufragio  municipal 
y  político  de  las  mujeres.  Gracias  á  la  iniciativa  de  Vander- 
velde,  el  Parlamento  tendrá  que  resolver  sobre  la  admisión  de 
las  mujeres  al  servicio  de  la  abogacía. 

Italia  ha  votado  una  ley  sobre  el  trabajo  de  las  mujeres. 
El  Estado  ha  creado  Institutos  de  segunda  enseñanza  para  las 
jóvenes,  pudiendo,  por  otra  parte,  seguir  los  de  los  Institu- 
tos de  varones  las  que  quieran  hacer  estudios  clásicos.  En 


RKVI8TA  DE   REVISTAS  179 


Eoma  y  en  Florencia  se  han  establecido  instituciones  para 
preparar  á  las  jóvenes  para  el  bachillerato.  En  cuanto  á  las 
Universidades,  están  abiertas  á  las  mujeres,  habiendo  132  en- 
tre 21.813  estudiantes  de  las  diversas  Facultades;  18  han  he- 
cho el  Doctorado  y  58  la  Licenciatura.  En  Italia,  donde  la  mu- 
jer no  puede  ejercer  la  abogacía,  hay  una  Profesora  de  Derd- 
oho,  Teresa  Labriola,  en  la  Universidad  de  Bolonia. 

Rusia  avanza  siempre  en  el  camino  de  la  emancipación  in- 
telectual de  la  mujer.  Allí  hay  650  medicas  entre  unos  15.030 
médicos,  y  una  mujer,  la  Dra.  Wiber-Schuraow,  hu  sido  nom- 
brada Profesora  de  Química  de  la  Universidad  de  San  Pe- 
tersburgo.  Los  sueldos  son  iguales  en  ambos  sexos,  pero  el  ra- 
tiro  es  de  900  rublos  para  el  hombre  y  de  600  para  la  mujer. 
El  Ministerio  de  Agricultura  ha  decidido  emplear  á  las  muje- 
res en  los  servicios  de  seguros  de  incendios:  en  San  Pefcers- 
burgo  se  ha  abierto  la  primera  escuela  de  relojería  para  mu- 
jeres, haciéndose  los  estudios  en  tres  años  y  debiendo  poseer 
las  aspirantes  á  ingreso  los  conocimientos  de  ios  cuatro  pri- 
meros años  de  los  liceos  de  jóvenes;  en  Finlandia  ha  sido  nom- 
brada una  mujer  arquitecta  de  los  edificios  públicos  de  Hel- 
singfors. 

Servia — ¿quién  había  de  esperarlo? — ha  puesto  sobre  el  ta- 
pete la  cuestión  del  voto  político  de  la  mujer;  el  Senado  ha  re- 
chazado la  proposición,  y  el  metropolitano  y  los  obispos  han 
votado  en  pro. 

En  Noruega  las  mujeres  han  tomado  parte  por  primera 
vez  en  las  elecciones  municipales;  allí  son  electoras  todas  las 
casadas  cuyos  maridos  paguen  300  coronas  de  contribución. 
Las  elecciones  de  Cristianía  han  sido  un  verdadero  aconteci- 
miento, y  dos  mujeres  han  sido  elegidas  concejales;  la  mayo- 
ría del  Ayuntamiento,  que  era  liberal,  se  ha  convertido  en 
conservadora  por  la  intervención  de  las  mujeres. 

El  feminismo  inglés  permanece  estacionario.  El  último 
Qongreso  de  las  Irade-Unions  ha  votado  por  la  concesión  del 
sufragio  á  las  mujeres,  y  GO.OOO  obreras  han  pedido  lo  mismo, 


180  LA   ESPAÍÍA   MODERNA 


pero  sin  resultado.  La  educación  inglesa  está  en  manos  de  la 
mujer,  habiendo  36.435  maestras  contra  23.439  maestros  y 
22.671  adjuntas  contra  4.165  adjuntos.  Lo  mismo  ocurre  en 
los  Estados  Unidos,  donde  el  95  por  100  del  total  de  educado- 
res públicos  es  de  mujeres.  Inglaterra  cuenta  ya  con  su  pri- 
mera doctora,  en  Derecho,  miss  Temple  Orm,  alumna  de  la 
Universidad  de  Londres. 

En  los  Estados  Unidos  se  sigue  trabajando  en  favor  del 
sufragio;  en  1901,  la  Sociedad  constituida  al  efecto  ha  con- 
quistado muchos  prosélitos,  y  no  ha  perdonado  gasto  de  acti- 
YÍdad  ni  de  dinero  para  hacer  su  propaganda. 

En  Austria,  las  empleadas  de  Correos  y  Telégrafos  han  ce- 
lebrado el  30.°  aniversario  do  su  entrada  al  servicio  del  Esta- 
do: en  1872  eran  40  con  40  francos  mensuales;  hoy  son  3.000,  y 
la  paga  ha  sido  aumentada  en  un  tercio  y  con  derecho  al  retiro. 
En  Bada  Pest  tiene  la  Universidad  dos  mujeres:  una  como  Au- 
xiliar de  clínica  y  otra  como  Ayudante  del  Instituto  ñsiológico. 

Francia  sigue  figurando  á  la  cabeza  del  movimiento,  aun- 
que sin  gran  resultado  por  lo  que  hace  á  las  concesiones  de 
orden  político.  En  el  Consejo  de  Administración  de  una  Com- 
pañía de  tranvías  figuran  dos  mujeres,  y  en  la  diplomacia  ha 
tenido  entrada  otra. 

En  Alemania,  en  fin,  la  agitación  en  favor  del  sufragio  fe- 
menino y  de  la  enseñanza  de  la  mujer  continúa  con  ardor; 
pero  las  alemanas  tropiezan  con  las  convicciones  del  Ministro 
de  Instrucción  pública  Studt,  para  quien  el  ideal  de  la  mujer 
os  siempre  la  dulce  Gretchen,  manejando  la  aguja  y  espu- 
mando el  puchero. 


p^ir_.OSOFIA  SOOIAL. 

La  FILOSOFÍA  DEL  ANARQUISMO. — A  ,toda  doctriua  social — 
dice  Sauz  y  Escartín  en  La  Lectura — corresponde  determinado 
concepto  del  hombre  y  de  su  fin  en  la  vida.  Toda  organización 


REVISTA   DE  REVISTAS  181 


política  rasbriotiva  se  fiíiida  ea  un  coiicspto  posimisba;  todo 
régimen  de  libertad  ea  uaa  apreoiacióa  opbiaiisfca.  El  anar- 
quisaio  contemporáneo  obedece  á  la  misma  ley;  pero  en  él  hay 
dos  direcciones  fandameataies,  que  sólo  tienen  de  comúa  el 
odio  á  la  pre.íonbe  organización  política  y  social. 

La  primera  de  estas  airecciones  constituye  lo  que  pudiera 
llamarse  anarquismo  egoísta  ó  antisocial^  considerando  al  in- 
dividuo  como  la  única  realidad;  su  representante  mis  genuino 
es  Max  Stirner  con  su  obra  EL  único  z/  su  propiedal.  Para 
Stirncr,  el  hombre  no  tiene  cíeberes  ni  misión  ninguna  que 
cumplir;  su  fuerza  e::>  su  deber;  debe  hacer  lo  que  pueda,  siu 
más  norma  de  sus  actos.  Tiene  derecho  á  hacerlo  todo,  si  pue- 
de; el  fuerte  está  por  encima  de  toda  ley.  Esto  es  la  renova- 
ción de  la  doctrina  de  Protágoras:  homo  mensura  rerum;  sólo 
que  Protágoras  hablaba  teóricamente,  y  Srirner  y  su  discípulo 
Nietzsehe  pretenden  llevar  á  la  realidad  las  falacias  del  sofista. 

Stirner  se  declara  enemigo  del  Estado  porque  su  existeucia 
implica  la  mutilación  del  individuo,  y  como  él  dice,  «puedQ. 
suceder  que  el  bien  público  y  el  Estado  estén  radiantes  de  sa- 
tisfacción y  yo  tenga  hambre».  El  egoísmo  es  la  única  ver- 
dad. La  propiedad  de  cada  cual  llega  iiasta  donde  alcance  su 
brazo;  «reivindicaré  como  mío  todo  lo  que  pueda  conquistar  y 
no  estimaré  como  verdaderos  límites  de  mi  propiedad  más  que 
mi  fuerza,  única  fuente  de  mi  derecho,  sin  detenerme  ante 
ninguna  acción,  sea  la  que  quiera;  el  derecho  de  vida  y  muer- 
te que  se  reservan  la  Iglesia  y  el  EjtaJo,  me  pertenece».  Gomo 
se  ve,  esta  doctrina  os  fruto  de  una  aberración. 

Tucker  y  Nietzsehe  nos  muestran  las  consecuencias  de  la 
doctrina  de  Stirner.  Tucker  legitima  el  régimen  de  la  fuerza 
y  justifica  la  trama.  «Todo  individuo— dice, — llámese  Syckies 
ó  Alejandro  Romanoff,  y  todo  conjunto  de  individuos,  lláme- 
se liga  de  chinos  ó  Congreso  Norteamericano,  tiene  el  derecho 
de  matar  ó  esclavizar  á  otros  individuos  y  de  sujetar  al  Uni- 
verso, si.  tiene  poder  para  ello.» 

Lo  mismo  afirma  Nietzsehe,    verdadero  anarquista  en  el 


182  LA   ESPAÑA   MODERNA 


sentido  puramente  negativo  de  la  palabra,  al  declarar  que  el 
hombre  es  un  ser  insociable,  que  la  sociedad  es  contra  natura- 
leza, y  que  el  hombre  que  ama  la  sociedad  es  un  animal  de- 
pravado. Adversario  de  toda  democracia,  proclama  que  nin- 
guno de  los  pueblos  que  han  figurado  en  la  historia  se  ha  en- 
grandecido por  instituciones  liberales.  Para  él  no  hay  más  que 
fuertes  y  débiles:  para  los  fuertes,  libertad  ilimitada  sin  tra- 
bas legales  ni  morales;  para  los  débiles,  la  obediencia  y  la  es- 
clavitud. El  llamado  hombre  bueno  es  un  síntoma  de  decaden- 
cia, un  veneno,  un  narcótico;  la  moral  es  el  peligro  por  exce- 
lencia; les  mayores  peligros  para  el  porvenir  están  en  los 
biienos  y  los  justos.  ¡Destruidme  los  buenos  y  los  justos! 

El  procedimiento  constante  de  Nietzsche,  según  Fouiilóe^ 
consiste  en  deformar  progresivamente  las  verdades  más  sen- 
cillas, y  gran  parte  de  su  éxito  se  debe  á  este  procedimiento 
^e  paradojas  sistemáticas,  que  viene  á  ser  como  una  especie 
de  locura  de  buena  fe.  Por  eso  ha  producido  efecto  en  nuestra 
juventud,  ávida  de  novedades,  pero  sin  suficiente  vigor  de  dis- 
cernimiento. 

El  anarquismo  de  Stirner,  Tucker  y  Nietzsche  no  puede 
considerarse  como  doctrina  social  de  carácter  positivo.  La 
doctrina  del  egoísmo  y  de  la  fuerza  haría  retroceder  á  la  hu- 
manidad á  los  tiempos  prehistóricos;  claro  es  que  este  es  el 
verdadero  anarquismo,  en  el  sentido  de  carencia  de  toda  nor- 
ma, sólo  concebible  en  los  tiempos  primitivos,  en  que  el  hom- 
bre vivía  como  una  fiera  en  su  guarida.  Contra  este  concepto 
se  levanta  Bakunine  atacando  toda  posición  privilegiada,  y 
Aspirando  á  la  justicia  y  al  bien  para  todos.  León  Tolstoi,  por 
sn  parte,  flagela  sin  piedad  á  los  egoístas,  calificando  á  quienes 
profesan  las  ideas  de  Nietzsche,  no  de  hombres  extraviados, 
sino  de  hombres  pervertidos,  que  es  lo  más  exacto.  Afortuna- 
damente, frente  al  anarquismo  de  Stirner  y  de  Nietzsche  se  le- 
vanta otro  anarquismo,  cuyos  más  genuinos  representantes, 
Tolstoi,  Bakunine  y  Kropotkine,  revelan  á  la  humanidad  otra 
«lase  de  horizontes. 


REVISTA   DB    RUTISTAS  183 


OUESTIOlSm^S   SOOIALES 

El  trabajo  db  las  mujeres  en  Francia.— No  tiene 'desper- 
^üio  el  artículo  consagrado  por  la  Rassegna  internazionale  á 
este  interesante  asunto . 

Según  el  último  censo  de  población,  hay  en  Francia 
28.329.988  adultos,  de  los  cuales  son  varones  13.947.626,  y 
hembras  14.382.462,  constituyendo  la  población  activa  ó  que 
ejecuta  un  trabajo  personal  6.382.658  mujeres  y  12.061.121 
hombres;  en  estas  últimas  cifras  no  figuran  las  mujeres  que  se 
ocupan  en  los  quehaceres  de  su  casa,  pues  entonces  habría  que 
agregar  7.728.8o4  mujeres  casadas,  de  las  cuales  2,685.796 
trabajan  además  fuera  de  casa. 

Atendiendo  á  las  profesiones,  las  mujeres  pueden  clasifi- 
carse del  modo  siguiente: 

Araas  de  casa. , , c  . . .  7.728.854 

Dedicadas  á  la  agricultura  ......    ....,.......*.  2.754.593 

A  la  industria  .  .•  . 1.888.947 

Al  servicio  doméstico  . .    737.941 

Al  comercio . . . . ; . .  571 .079 

A  la  mauutencióii  y  transportes. . . 160.760 

A  las  profesionOvS  liberales . 138.460 

Religiosas 120.000 

Al  «ervicio  del  E-stado,  de  las  prorinc'as  y  Municipios  . .  104.648 

A  los  espectáculos  y  agencias. 12.645 

A  la  prestación  personal,. , 6.418 

A  la  pesca ; . , 5,236 

A  las  minas. . , : . . . . 4.759 

La  profesión  de  mujer  casada  ó  de  su  casa  es  la  más  nume- 
rosa: pero  mientras  las  ricas  trabajan  poco  y  gozan  de  todas 
las  consideraciones  sociales,  las  pobres  tienen  que  hacerlo  todo 
y  contentarse  con  la  propia  estimación;  la  carrera  del  matri- 
monio se  ha  hecho  muy  difícil  para  las  muchachas  sin  dote. 

De  las  2.754.693  mujeres  dedicadas  á  la  agricultura,  son 


184 


LA  ESPAÑA  MODERNA 


directoras  de  explotaciones  agrícolas  ó  forestales  1.250.738,  no 
llegando  de  ellas  más  que  3.720  á  tomar  parte  en  los  Sindica- 
tos agrícolas,  que  cuentan  con  572.794  miembros;  como  de- 
pendientes, trabajan  en  el  cultivo  de  la  tierra  1.073.650  muje- 
res, á  las  que  hay  que  añadir  412.824,  que  no  tienen  trabajo 
constante.  El  salario  agrícola  de  la  mujer  varía  desde  noven- 
ta céntimos  en  Morbihan  á  dos  francos  en  el  Sena;  el  salario 
del  hombre  es  un  tercio  más  que  el  de  la  mujer.  La  pesca  pro- 
piamente dicha,  la  ostricultura,  ocupa  á  5.236  mujeres  y  66.388 
hombres,  siendo  un  trabajo  fatigoso  que  á  veces  requiere  vein- 
te horas  de  labor  para  obtener  cuatro  francos  de  salario. 

En  las  diversas  industrias,  englobando  patrones  y  obreros 
(las  patronas  son  193.905,  de  las  cuales  117.115  pertenecen  á 
las  industrias  de  vestuario),  he  aquí  los  números  que  arrroj* 
la  estadística: 


INDUSTRIAS 

Mujeres. 

Hombres. 

Vestuario   

Textiles 

1.135.553 

463.217 

81.460 

46.453 

37.273 

51.774 

15.898 

24.287 

15.749 

12.260 

9.143 

8.198 

3.446 

2.518 

1.773 

1.717 

1.313 

794 

168.096 
438.082 

Aliuieutücióii ................. 

363.113 

Cueros  y  pieles  . . 

Maderas c ......... . 

Hierros  y  aceros 

Tierras  y  piedras  de  fuego 

Papel 

288.249 
640.320 
575.921 
129.842 
34.054 

Libros 

60.786 

Plumas  y  crines 

Industrias  químicas 

Metales  finos 

21.948 
74.;)  18 
18.317 

Minas .       , . . ■      

151.180 

Movimiento  de  tierras  . .    .. 

Labrado  de  la  piedra 

Piedras  preciosas. . , « . 

Canteras     ..    . ...■•    • 

550.060 
53.721 
2.607 
59.558   * 

Metalurgia  . 

55.116 

Los  salarios  industriales  son  muj  variados:  las  que  traba- 


REVISTA   DE   REVISTAS  185 


jau  en  piedras  preciosas  ganan  5,25  francos  en  provincias 
y  9,25  en  París;  las  que  se  dedican  á  vestidos  y  á  las  indas- 
trias  textiles,  ganan  de  1,93  á  2,10;  en  metalurgia,  canteras  y 
construcciones,  de  1  á  1,55;  el  promedio  en  los  demás  trabajos 
es  de  2  francos,  lo  cual  no  llega  ni  á  la  mitad  del  salario  del 
hombre,  cuyo  promedio  varía  de  3,20  á  T,50.  Y  como  los  gas- 
tos apenas  pueden  cubrirse  con  tan  escaso  estipendio,  las 
829.057  mujeres  que  se  dedican  á  la  industria  no  pueden  casi 
nunca  equilibrar  su  presupuesto,  á  pesar  de  sus  nueve  ú  once 
horas  diarias  de  trabajo.  Los  salarios  se  resienten  del  exceso 
de  la  demanda,  y  de  ahí  que  la  mujer  necesite  alguien  que  la 
ayude,  marido  ó  no. 

El  servicio  doméstico  es  una  de  las  mejores  salidas  para  la 
mujer,  pues  se  encuentran  generalmente  alimentadas,  vesti- 
das y  alojadas,  y  ganan  además  de  30  á  50  francos  de  salario. 
Esto,  sin  embargo,  es  en  teoría,  pues  en  la  práctica  el  aloja- 
miento y  la  comida  dejan  mucho  que  desear,  y  la  vida  de  do- 
mesticidad  es  penosísima. 

De  las  dedicadas  al  comercio,  165.574  son  patr  o  ñas,  157.370 
son  empleadas,  y  el  resto  son  vendedoras,  alimentadas  por  el 
patrón  y  ganando  además  de  50  á  100  francos  mensuales,  sin 
contar  la  participación  en  las  ganancias,  novedad  introducida 
por  los  grandes  almacenes  y  que  ha  dado  excelentes  resulta- 
dos, lo  mismo  para  los  patronos  que  para  los  obreros  ó  em- 
pleados. 

En  los  servicios  de  manutención  y  transportes  se  compren- 
den los  relativos  al  embalaje,  distribución,  expedición  de  mer- 
cancías, etc.;  las  mujeres  dedicadas  á  los  mismos  no  ganan 
más  de  1,50  francos,  excepto  las  encargadas  de  los  despachos 
de  billetes,  que  ganan  unos  tres  francos. 

La  categoría  de  las  profesiones  liberales  comprende  138.400 
mujeres  (por  199.546  hombres)  y  casi  todos  se  reducen  al  per- 
sonal dedicado  á  la  enseñanza;  hay  dos  mujeres  abogadas,  82 
módicas,  18  dentistas,  una  oculista,  tres  boticarias,  9.000  per- 
tenecientes  al  teatro,  4.000  compositoras  de  música  ó  ejecu- 


186  LA   ESPAÑA   MODERNA 

tantes,  2.188  pintoras  ó  dibujantes,  87  escnltoras,  un  centena- 
de  periodistas  y  otro  centenar  de  escritoras  de  todas  clases?, 
especialmente  novelistas. 

De  las  120.000  religiosas,  58.836  pertenecen  á  órdenes  an- 
torizadas  y  el  resto  á  las  no  autorizadas,  correspondiendo  las 
primeras  á  3.247  congregaciones,  de  las  cuales  15  son  contem- 
plativ^as,  33  arrepentidas,  49  enfermeras,  300  hospitalarias, 
587  de  instrucción  y  2.661  de  instrucción  y  hospitalarias  jun- 
tamente. 

El  servicio  del  Estado  y  de  los  Municipios  da  ocupación  á 
90.330  mujeres,  de  las  cuales  14.825  corresponden  á  Correos  y 
Telégrafos,  y  la  mayor  parte  á  la  enseñanza.  En  la  enseñanza 
primaria  figuran  50.538  con  sueldos  que  varían  de  1.000  á 
1.500  francos,  teniendo  además  una  indemnización  en  los  pue* 
blos  de  más  de  1.000  habitantes  de  75  á  400  francos  anuales, 
y  existiendo  además  tres  inspectoras.  En  la  enseñanza  secun- 
daria figuran  solamente  1.172,  de  las  cuales  901  son  solteras 
y  271  casadas;  los  sueldos  llegan  desde  1.000  francos,  que  tie- 
nen las  vigilantes,  hasta  7.000,  que  tienen  las  directoras  de 
Liceos.  En  la  enseñanza  superior  no  hay  más  que  211  asisten- 
tas, sin  que  ninguna  mujer  ocupe  cátedra  alguna  oficial.  Apar- 
te de  esto,  el  Ministerio  de  Comercio  emplea  17  mujeres  como 
Inspectoras  del  Trabajo,  con  sueldos  de  2.000  á  5.000  francos. 


J^SIOO-F'ISIOA 

Psicología  de  la  mrjntisa. — La  mayor  parte  de  las  cues- 
tiones políticas,  sociales,  jurídicas  y  domésticas — dice  en  La 
R&Due  Camilo  Melinand — son  inextricables  por  la  mentira  uni- 
versal, que  todo  lo  invade,  y  cuyo  estudio,  siempre  de  actua- 
lidad, es  eterno. 

¿Cómo  nos  hacemos  embusteros?  El  niño  no  miente  ni  sabe 
disimular  en  sus  primeros  años;  para  llegar  á  mentir  pasa  por 
varias  etapas.   La  primera  es  el  descubrimiento  de  la  mentira 


REVISTA   DE   REVISTAS  187 


en  el  juego;  una  niña  que  juega  con  su  muñeca  afirma  qué 
tiene  una  hija,  que  crece,  que  habla,  que  se  pone  mala,  etc.;  de 
ahí  á  la  mentira  no  hay  más  que  un  paso.  Un  niño  viene  gi- 
miendo á  decirnos  que  un  compañero  la  ha  pegado;  nosotros 
le  creemos,  nos  indignamos,  y  entonces  declara  riendo  que  ha 
dicho  aquello  «por  jugar».  Moralmente,  allí  no  hay  mentira, 
porque  falta  la  mala  intención;  pero  psicológicamente,  ape* 
ñas  puede  notarse  el  matiz. 

Descubierto  por  el  niño  que  hay  un  medio  de  engañar  alas 
gentes,  aparece  la  segunda  etapa,  que  es  la  enseñanza  de  la 
mentira  por  el  ejemplo.  Hasta  en  las  familias  más  honradas, 
el  niño  coge  á  sus  padres  en  flagrante  delito  de  embuste,  como 
cuando  se  hace  responder  á  la  criada  que  no  estamos  en  casa, 
cuando  cumplimentamos  á  alguien,  y  luego  que  se  va,  le  cri- 
ticamos, etc. 

El  tercer  momento  es  el  encuentro  del  niño  en  la  sociedad: 
lo  dice  todo,  lo  cuenta  todo  tal  como  es,  y  sus  padres  le  re- 
prenden; claro  es  que  no  le  dicen  que  mienta,  pero  sí  que  no 
debe  decir  todo  lo  que  siente:  es  la  revelación  de  la  mentira 
obligatoria,  cuyas  ventajas  no  tarda  en  comprender  en  sus  re- 
laciones con  los  demás  niños.  Y  es  que  no  se  puede  vivir  so- 
cialmente  sin  mentir.  Nadie  se  muestra  tal  como  es.  La  corte- 
sía nos  prohibe  la  sinceridad  absoluta;  la  modestia  nos  impone 
el  disimulo  inconsciente;  el  pudor  nos  prohibe  descubrir  cier- 
tos sentimientos.  El  niño  percibe  todo  esto  y  se  hace  embus- 
tero, como  todo  el  mundo,  y  gracias  si  se  detiene  en  la  dosiíi 
obligatoria. 

Y  así  llegamos  al  cuarto  momento  de  la  evolución:  el  niño 
sabe  que  la  mentira  le  aprovecha,  y  la  emplea;  y  al  nsar  de  ella 
uno  y  otro  día,  por  unas  ú  otras  causas,  llega  á  convertirse  en 
mentiroso,  pues  siendo  tan  fácil  el  mentir,  y  habiendo  tantos 
pretextos  para  hacerlo,  á  la  menor  tentación  que  se  sienta,  se 
miente,  creándose  así  el  hábito  de  la  mentira.  La  verdadera 
causa  de  todo  está  en  la  irregularidad  de  la  vida.  La  mentira 
es  un  esfuerzo  para  aparentar  una  conducta  regular;  es  la 


188  LA    ESI'AtA    MODHIiNA 


máscara  que  se  lleva  desde  el  día  ea  que  no  gusfca  verse  tal 
como  se  es.  Basta,  pues,  saber  que  uu  hombre  es  embustero, 
para  sospechar  que  no  es  honrado. 

Ya  sabemos  cómo  el  hombre  se  ha  hecho  mentiroso;  vea- 
mos ahora  los  procedimientos  que  emplea  y  los  móviles  que 
le  guían. 

Mentir  es  sustituir  á  la  realidad,  tal  como  es,  una  ficción 
que  nos  parece  preferible.  E.^ta  sustitiioión  puede  operarse  do 
diferentes  modos.  En  primer  término  está  la  mentira  por 
creación  total;  esta  especie  no  es  la  más  frecuente,  porque  su 
empleo  es  peligroso;  por  eso  la  mentira  suele  bordarse  sobro 
trama  de  verdad.  Hay  tres  modos  de  alterar  la  realidad:  la 
sustracción j  la  exageración  y  el  bordado.  El  primero  consiste 
en  suprimir,  en  una  serie  de  sucesos,  el  que  nos  molesta;  esta 
especie  de  mentira  es  sumamente  frecuente:  como  no  se  inven- 
ta nada,  no  parece  que  se  miente;  como  no  todo  es  confesa- 
ble,  se  disculpa  perfectamente  cualquier  omisión,  aunque  lle- 
gue á  descubrirse.  También  es  muy  frecuente  la  mentira  por 
exageración;  la  tendencia  á  la  amplificación  es  natural,  y  has- 
ta liaj^  regiones — Andalucía  y  Gascuña — que  tienen  fama  en 
la  materia.  Ninguna  de  estas  clases  de  mentira  es,  sin  embar- 
go, tan  corriente  como  la  mentira  por  embellecimiento;  sobre 
el  tema  dado  por  la  realidad  se  ejecuta  una  obra  de  arte,  y 
todo  el  mundo,  en  más  ó  menos  grado,  es  artista  de  este 
género. 

En  cuanto  á  los  móviles,  es  indudable  que  en  general  no  so 
miente  por  mentir.  La  pasión  es  la  que  ordinariamente  sugie- 
re la  mentira.  ¡Qué  poder  de-  invención  tiene  el  odio  para  re- 
bajar al  aborrecido!  ¿Y  el  amor?  ¿Cuántos  embustes  no  inven- 
ta el  que  ama?  Se  miente  para  hacerse  valer  más;  se  miente 
para  despreciar  á  sus  rivales;  se  miente  para  excitar  los  celos; 
se  miente  para  despistarlos.  Y  lo  mismo  que  con  el  odio  y  el 
amor,  ocurre  con  el  espíritu  de  partido,  con  la  pasión  del  po- 
der, con  el  afán  de  ganar,  fuentes  inagotables  del  mentir, 
aunque  ninguna  iguala  en  este  punto  á  la  vanidad  y  á  la  co- 


REVISTA   DE   REVISTAS  189 


bardía,  que  sou  los  dos  móviles  más  poderosos  del  embuste. 
Hay  tam.bien  tentaciones  de  mentir  procedentes  de  la  bondad, 
de  la  caridad,  de  la  abnegación;  pero  son  casos  raros,  y  no 
pueden  considerarse  como  elementos  integrantes  del  estudio 
del  hombre  mentiroso. 

Aunque  se  conozca  que  se  ha  mentido,  gusta  probarse  á  si 
mismo  que  se  tiene  razón  para  mentir;  estos  sofismas  de  justi- 
ficación son  numerosos.  Uno  de  los  más  frecuentes  puede  for- 
mularse así:  «Con  esto  no  hago  daño  á  nadie»,  añadiéndose 
aparte:  «y  á  mí  me  conviene».  Es  decir,  cuando  una  mentira 
puede  aprovecharme  sin  perjuicio  de  otro,  tengo  derecho  de 
mentir.  El  sofisma  es  evidente,  pues  si  miento,  engaño  á  quien 
me  oye  y  falto  á  mi  deber;  lejos,  pues,  da  no  hacer  daño  á  na- 
die, daño  al  prójimo  y  me  daño  á  mí  mismo.  Otro  sofisma  más 
seductor  es  este:  «Miento  á  esta  persona,  pero  es  por  su  bien.» 
El  hecho  es  frecuentísimo  y  altamente  inmoral.  ¿No  es  mejor 
tratar  de  convencer  á  esa  persona  en  lugar  de  engañarla? 
Otra  justificación  sofística  consiste  en  decir:  «Miento  á  esta 
persona,  pero  es  para  no  disgustarla»;  un  autor,  por  ejemplo, 
nos  pregunta  sobre  su  obra;  nos  parece  mala,  pero  le  decimos 
que  es  buena  por  evitarle  un  disgusto. 

Hay  que  reconocer,  sin  embargo,  que  á  veces  hay  conflic- 
to entre  la  delicadeza  y  la  sinceridad;  pero  realmente  no  hay 
más  que  una  excusa  valedera  de  la  mentira:  la  de  impedir  una 
injusticia.  Es  evidente  que  si,  á  costa  de  una  mentira,  puedo 
yo  salvar  á  un  hombre  de  los  malhechores  que  le  buscan,  yo 
debo  mentir.  Hay  además  m.entiras  hermosas,  generosas,  he- 
roicas: una  madre  que  se  acusa  falsamente  por  salvar  á  su  hijo, 
merece  con  justicia  nuestra  admiración.  Pero  .estas  mentiras 
no  son  mentiras  de  mentirosos. 

¿Cómc  disminuir  la  mentira?  Los  padres  y  los  pedagogos 
deben  procurarlo,  castigando  la  mentira  más  que  otra  falta 
cualquiera,  inculcando  en  el  espíritu  del  niño  el  horror  al 
jnentir  y  recompensando  con  elogios  la  sinceridad. 

¿Cómo  reconocer  al  embustero?  No  hay  medio  ninguno, 


190  LA    ESPAÍfA   MODERNA 


absolutamente  seguro;  pero  la  sinceridad  se  reconoce  en  do» 
cosas:  el  valor  de  dar  un  disgusto  y  el  valor  de  confesar  sus 
faltas.  Por  lo  demás,  al  que  miente  se  le  puede  reconocer  en  la 
falsía  de  la  dicción;  las  gentes  demasiado  francas  y  las  dema- 
siado políticas  dan  también  respetable  contingente  de  em- 
busteros. 

LITJUlRA'ríJ.Í^A 

La  AsociAciÓN^  DB  LOS  ceíticos  literarios. — iQué  finura  de 
sátira  la  que  desplega  en  la  Revue  Bleue  Ernesto  Carlos  para 
criticar  á  los  críticos  que  han  pensado  en  asociarse  para  formar 
un  sindicato!...  El  artículo  en  cuestión  aparece  en  forma  de 
carta  dirigida  á  Eugenio  Ledrain. 

¡Cómo!  ¿Con  que  formamos  una  Asociación  de  críticos  lite- 
rarios— dice — y  no  forma  usted  parte  de  ella?...  Hay  que  for- 
mar parte  de  todas  las  asociaciones,  y  particularmente  de  todas 
las  asociaciones  sindicales,  pues  el  sindicato,  como  es  sabido, 
no  es  sólo  el  presente,  es  el  porvenir.  El  porvenir  es  de  Dios, 
decía  Víctor  Hugo;  pero  desde  que  Dios  ha  resignado  algunos 
de  sus  poderes,  el  porvenir  es  del  sindicato. 

Los  críticos  se  han  sindicado,  y  eso  sólo  es  ya  un  bien. 
¿Creéis  que  el  sindicato  sea  inútil?  Fijaos  en  que  algunos  de 
los  primeros  que  firmaron  la  convocatoria  anuncian  ya  su  re- 
tirada; esto  prueba  que  la  creación  del  sindicato  les  ha  hecho 
reflexionar,  y  por  lo  visto  antes  no  tenían  costumbre  de  ha- 
cerlo. Otros,  que  sin  asistir  á  las  sesiones  habían  dado  encar- 
go especial  á  sus  colegas  de  hacerlos  elegir  miembros  del  Co- 
mité— pues  toda  asociación  tiene,  naturalmente,  unComité — se 
han  retirado  incomodados  porque  han  sido  desconocidas  sus 
aptitudes.  Y  he  ahí  cómo  la  formación  de  un  sindicato  nos 
hace  conocer  á  fondo  á  los  hombres  y  á  los  críticos  penetran- 
do en  su  alma,  como  pudieran  hacerlo  los  verdaderos  psicólo- 
gos y  Pablo  Bourget. 

Y  luego — no  os  riáis — la  Asociación  de  los  críticos  tiene  un 


REVISTA   DE   REVISTA»  191 


programa,  pues  es  conveniente  que  los  asociados  sepan  exacta- 
mente cuáles  son  los  puntos  en  que  no  pueden  entenderse. 
¿Se  obligará  á  todos  los  editores  á  «hacer  el  servicio»  regular  de 
los  libros  que  publican  á  los  críticos  literarios?  ¿Cómo  obligar 
á  un  editor  á  mandar  sus  obras  á  un  crítico  que  lo  es  sin  serlo 
por  no  tener  sitio  donde  criticar?  Hay  que  hacer  un  promedio, 
se  dice,  y  los  editores  están  dispuestos  á  ello.  ¡Magnífico! 

Pero  hay  más.  Es  preciso  forzar  á  todos  los  directores  de 
revistas  y  periódicos  á  tomar  críticos  literarios,  así  como 
suena,  verdaderos  críticos,  y  no  críticos  de  pega.  La  cosa  no 
es  vulgar,  y  mucho  más  viniendo  de  los  mismos  críticos  lite- 
rarios: todos  los  sindicatos  fundados  hasta  el  presente,  se  fun- 
dan para  disminuir  los  efectos  de  la  concurrencia;  pero  los  crí- 
ticos literarios  fundan  un  sindicato  para  desarrollar  la  concu- 
rrencia. ¡Ese  es  el  sindicato  del  siglo  xx! 

No  hay  que  decir  que  los  editores,  cediendo  á  nuestras  ins- 
tancias, no  pagarán  derechos  de  publicidad  más  que  á  los  pe- 
riódicos que  tengan  un  crítico  literario.  Y  no  es  esto  todo: 
estos  críticos  sindicados  han  acordado  descubrir,  revelar  algu- 
nos jóvenes;  para  el  invierno  próximo  tendremos  esa  revela- 
ción. ¿Quiénes  serán  los  descubiertos?...  No  tardaremos  en  sa- 
berlo, y  no  se  dirá  que  la  Asociación  de  los  críticos  no  sirve 
para  nada  útil. 

Y  tal  vez  llegaremos — ¡son  hoy  tan  poderosos  los  sindica- 
tos!—  á  resucitar  la  crítica  literaria  independiente.  ¡Un sueño, 
-un  verdadero  sueño!  Gustavo  Planche  decía  que  «un  talento 
serio  ó  independiente  no  cuenta  con  el  apoyo  de  la  mayor  parte 
de  los  críticos,  que  saben  sólo  alentar  á  los  espíritus  vulgares, 
lisonjear  el  orgullo  unido  á  la  opulencia  y  allanar  el  camino  á 
los  que  no  temen  ver  llegar,  y  que  no  tienen  sino  desdén  para 
los  que  pueden  ser  sus  émulos».  Si  la  crítica  está  hoy  tan  reba- 
jada, no  es  porque  la  aplasten  las  exigencias  de  los  editores  y 
directores  de  periódicos,  ni  porque  la  industria  literaria  lo 
haya  invadido  todo,  sino  porque  hay  lepóridos  de  la  crítica 
que  con  las  orejas  ai  aire  recogiendo  todos  los  ruidos,  andan 


192  LA   ESPAÍÍrA   MODERNA 


siempre  buscando  á  quién  podrán  adular  ventajosamente. 
En  verdad  que  la  asociación  está  ahora  sólo  en  sas  comien- 
230S;  Brunetiére,  Doumic,  Lemaitre,  Rod,  Fagaet,  France  y 
tantos  otros,  no  se  han  inscribo  todavía  en  ella;  pero  ¡ya 
vendrán!  Y  perded  cuidado,  que  sus  títulos  serán  examinados 
escrupulosamente.  La  Asociación  sólo  exige  dos  padrinos,  una 
pequeña  cuota  y  mucho  ardor  para  operar  el  saneamiento  de 
la  crítica.  ¡Entremos  en  ella,  aanque  sólo  sea  por  el  inrifable 
placer  de  ser  presididos  por  Gastón  Deschamps,  con  cuyo 
nombre  está  dicho  todo! 


IMr*R,Ti:SI01VES  Y   ivo-rAs 

Las  enfermedades  kn  los  Reyes. — El  que  fue  Ministro  de 
Napoleón  III,  Emilio  OUivier,  viene  publicando  en  la  Eevue 
des  Deux  Mondes  una  serie  de  artículos  que  constituyen  una 
verdadera  historia  del  segundo  Imperio,  avalorada  por  las  ob- 
servaciones personales  del  autor,  que  tan  importante  papel 
desempeñó  en  los  sucesos  mismos  que  relata.  Al  trazar  el  cua- 
dro de  los  últimos  años  del  Gobierno  de  Napoleón  III,  dice: 

«En  adelante,  en  la  historia  del  Emperador  va  á  interve- 
nir un  elemento  invisible,  pero  siempre  activo,  y  del  que  no 
puede  prescindirse  si  se  ha  de  ser  justo:  la  enfermedad.  El 
Emperador  estaba  minado  sordamente.  Su  voluntad  desapa- 
reció, y  en  los  momentos  de  crisis,* desapareció  hasta  el  punto 
de  ponerse  á  disposición  de  sus  consejeros.  Según  Michelet,  ha 
habido  dos  Luis  XIV:  el  de  antes  y  el  de  después  de  la  fístula. 
También  ha  habido  dos  Napoleón  III:  el  de  antes  y  el  de  des- 
pués de  la  piedra.  El  segundo  período  comienza  definitivamen- 
te en  el  año  1865.  Cada  vez  más,  lo  que  era  prudencia  se  con- 
vierte en  incertidumbre;  lo  que  era  reflexión,  en  marcha  á 
tientas;  la  audacia  se  detiene  en  las  veleidades;  el  que  antes 
«onducía  á  sus  Ministros  va  á  ser  ahora  guiado  por  ellos.  Y 
«so,  en  el  momento  en  que  la  muerte  acababa  de  arrebatarle  á 


REVIRTA   DE   REVISTAS  193 


Iforny,  el  único  hombre  que  hubiera  podido  suplir  su  volun- 
tad desfallecida  en  medio  de  complicaciones  cada  vez  mayores, 
que  exigían  más  que  nunca  la  prontitud  del  golpe  de  vista  y 
la  firmeza  de  la  resolución. » 


Influencia  de  la  educación  en  los  grandes  hombres. — 
La  Revue  Blanche  se  ha  dirigido  á  varios  escritores  pregun- 
tándoles cuál  ha  sido  la  influencia  que  en  ellos  ha  ejercido  la 
educación  recibida.  Entre  las  respuestas  recibidas  recogemos 
las  siguientes,  no  tanto  por  el  valor  que  pueda  dárseles,  pues 
harto  se  ve  el  espíritu  de  parcialidad  que  á  veces  las  anima, 
cuanto  por  la  notoriedad  de  los  nombres,  y  á  título  de  docu- 
mentos curiosos: 

«La  educación  de  la  familia — dice  Berenger — ha  sido  para 
mí  el  principal  agente  del  desarrollo  intelectual  y  moral.»  De 
aquí  que  Berenger  se  declare  resueltamente  en  favor  del  ex- 
ternado. 

Anatolio  France,  que  ha  sido  alumno  del  colegio  Stanislas, 
«que  ha  fabricado  tantos  clericales»,  salió  del  mismo  hecho  un 
librepensador.  Por  eso  no  cree  gran  cosa  en  la  influencia  de  la 
educación,  cuando  se  opera  sobre  espíritus  independientes. 

Mauricio  Maeterlinck,  educado  por  los  jesuítas,  se  revuelve 
-eontra  ellos,  declarando  que  ha  necesitado  diez  años  para  res- 
tablecer su  salud  intelectual  y  moral.  «No  hay — dice — más 
-que  una  sola  enseñanza  libre:  la  que  no  reconoce  ninguna  re- 
ligión positiva.» 

Octavio  Mirbeau,  educado  también  por  los  jesuítas,  es  to- 
davía más  explícito:  «De  esta  educación — dice — que  no  des- 
cansa sino  sobre  la  mentira  y  el  miedo,  he  conservado  mucho 
tiempo  todos  los  terrores  de  la  moral  católica,  y  sólo  tras  lar- 
gas luchas  y  á  costa  de  dolorosos  esfuerzos  he  logrado  librar- 
me de  esas  supersticiones  abominables  con  las  que  se  encade- 
»a  el  espíritu  del  niño  para  mejor  dominar  al  hombre  más 
E.  M.— Agosto  1902.  13 


194  LA   B8PA&A   MODBKITA 


tarde.  No  tengo  más  que  un  odio  en  el  corazón,  pero  profundo 
y  vivaz:  el  odio  á  la  educación  religiosa.  Por  eso,  siendo  par- 
tidario de  todas  las  libertades,  me  sublevo  con  indignación 
contra  la  libertad  de  enseñanza,  que  es  la  negación  misma  de 
la  libertad.  ¿Es  que  so  pretexto  de  libertad  se  permite  á  lajs 
gentes  envenenar  los  manantiales?» 

No  es  menos  enérgico  Emilio  Zola:  «Como  hombre  social — 
dice — estimo  que  es  preciso  suprimir  absolutamente  la  ense- 
ñanza religiosa.»  Este,  sin  embargo,  va  todavía  más  allá,  afir- 
mando que  «el  Cristianismo  es  una  doctrina  antisocial,  anti- 
humana, una  doctrina  de  muerte  que  suprime  la  vida,  la  tie- 
rra, en  provecho  de  una  existencia  supraterrestre,  cebo  falaz 
con  cuya  ayuda  se  persigue  un  fin  de  dominación  demasiado 
real  y  demasiado  tangible.  Socialmente,  no  se  tiene  derecho 
para  hacer  mal;  es  preciso,  por  consiguiente,  quitar  á  todo 
trance  á  esta  secta  malsana  su  nocivo  poder».  No  estaría  demás 
que  Zola  se  pusiera  al  habla  con  Tolstoi  para  recibir  alguna» 
de  las  hermosas  lecciones  del  novelista  ruso,  tan  diametral- 
mente  opuestas  á  las  sostenidas  por  el  novelista  francés. 


* 
*  * 


Los  LIBROS  QUE  NO  SE  LEEN. — Tal  OS  el  título  de  un  artícu- 
lo publicado  por  Fernando  Laban  en  la  Deustche  Rundschau, 
Laban  se  sorprende  de  que  sus  compatriotas  los  alemanes 
permanezcan  indeferentes  ante  las  obras  del  italiano  Leopardi 
y  el  poeta  de  Oriente  Ornar  Khaijam,  dos  genios  que  á  él  le 
parecen  los  más  notables  de  nuestra  época. 

Y  no  es  porque  ni  uno  ni  otro  poeta  sean  desconocidos  en 
Alemania,  pues  Heyse  ha  traducido  á  Leopardi,  y  Schack  y 
Bodensteck  á  Omar  Khaijam;  pero  á  pesar  del  meritorio  es- 
fuerzo de  estos  traductores,  Alemania  ha  seguido  sin  hacer 
caso  de  sus  obras,  siendo  así  que  nO  hay  ningún  país  eñ  donde 
se  hayan  hecho  más  traducciones  del  italiano  y  del  oriental  que 
en  Alemania/ y  algunas  llegando  al  éxito  más  grande,  pues  el 


REVISTA   DE   REVISTAS  195 


mismo  Rodensteck  ha  tradncido  las  poesías  de  Mirza-Scliaffj, 
habiendo  llegado  nada  menos  que  á  145  ediciones.  ¿Por  qué, 
al  lado  de  este  entusiasmo  por  un  poeta,  existe  tal  frialdad 
respecto  de  otros  que,  como  Leopardi,  es  el  ídolo  de  los  italia- 
nos, y  como  Khaijam,  es  admirado  y  celebrado  tanto  en  Ingla- 
terra y  en  América?  Laban  no  se  lo  explica,  ni  la  cosa  es  fáoil 
de  explicar. 

Las  keput aciones  literarias. — Con  este  título  ha  publica- 
do Pablo  Stapfer  un  libro  interesante.  ¿Pasaré  yo  á  la  poste- 
ridad? Tal  es  la  pregunta  que  se  hace  el  autor,  contestándola 
negativamente,  y  dedicando  dos  volúmenes  al  examen  de  las 
causas  de  esta  «incapacidad  para  la  gloria  literaria». 

La  argumentación  de  Stapfer  es  la  siguiente:  «Yo  he  es- 
crito algunos  volúmenes  de  crítica  bastante  buenos  que,  sin 
darmeja  gloria,  podían  darme  la  notoriedad  que  esperan  todos 
los  que  escriben.  Hay  que  distinguir  la  inmortalidad  del  nom- 
bre de  la  inmortalidad  de  la  obra,  y  ver  el  trabajo  ciego  del 
tiempo  que  ñunde  una  y  otra  en  el  olvido,  y  el  trabajo  no  me- 
nos ciego  de  los  hombres  dirigido  á  limitar  inexorablemente 
la  inmortalidad,  discutiendo  la  legitimidad  del  éxito  y  la  ini- 
quidad del  olvido.  ¿Y  cuál  es  la  conclusión  que  se  desprende 
de  esas  nobles,  tenaces  y  sublimes  tentativas  del  alma  hacia 
un  sueño  de  ideal  inmortalidad?  La  misma  que  se  lee  en  los 
l)lancos  túmulos  de  la  humilde  aldea  y  de  los  fastuosos  mau- 
soleos de  los  grandes  cementerios:  «¡Hermanos!...  ¡Hay  que 
morir!» 

Desoladora  es  la  conclusión;  pero  el  autor  ofrece  cuatro 
consuelos  á  los  que  quieren  Ser  consolados:  1.**  El  del  buen 
sentido  vulgar  que  opone  la  vida  presente,  como  único  bien  y 
realidad  única,  al  enigma  obscuro  de  la  muerte.  2.®  El  pensa- 
miento de  que  no  es  el  hombre,  sino  la  humanidad,  lo  que 
existe  real  y  perennemente.  3.**  La  persuasión  de  que  el  pro- 


196  LA   ESPAÑA  MODEEKA 


dncir,  el  crear  en  las  artes  y  en  las  letras  es  un  mérito  que  no 
necesita  recompensa,  un  deleite  al  que  nada  aumenta  la  parti- 
cipación de  la  multitud  ni  de  la  posteridad.  4.**  El  convenci- 
miento de  que  es  bastante  satisfacción  el  ejercicio  mismo  de 
la  inteligencia,  con  el  logro  del  saber  y  comprender  el  por 
qué  de  las  cosas  mediante  la  serena  actividad  del  espíritu  diri- 
gida á  la  libre  investigación  de  la  verdad. 


Feenando  Araüjo. 


NOTA  BIBLIOGRÁFICA 


II  socialismo  e  la  sua  tattica,  per  Giovauai  Lerda. —Geaova,  Librería 
moderna,  1902.— Folleto  de  62  páginas,  0,50  liras. 

L'individualisino  económico  ei  11  socialismo  contemporáneo,  per  Niccol¿ 
Pinsero.— Milano,  Societá  editrice  libraría,  1901.— Un  volumen  de  cer- 
ca de  200  pág-inas,  2  liras. 

Socialismo  contro  socialismo,  per  Giuseppe  Zoppola. — Milano,  Tipog^rafia 
editrice,  1901.— Un  volumen  de  407  pág-inas,  3  liras. 


Pertenecen  estas  tres  obras  á  la  abundantísima — demasia- 
do abundante  quizá — literatura  contemporánea  relativa  al  so- 
cialismo, doctrinas  que  sostiene,  posible  actuación  práctica 
del  mismo,  vías  para  lograrla,  etc.;  y  están  escritas  por  tres 
hombres  que  se  hallan,  respecto  de  él,  en  una  muy  diferente 
actitud,  pues  mientras  Lerda  es  un  socialista  militante,  Pin- 
sero no  cree  en  el  advenimiento  del  socialismo,  aunque  tam- 
poco defiende  el  statu  quo  económico,  ni  tiene  por  buenas  la 
mayor  parte  de  las  afirmaciones  optimistas  de  los  individualis- 
tas antiguos,  y  Zoppola  es  un  adversario  resuelto  del  ideal  so- 
cialista, al  que  contrapone  el  ideal  cristiano. 

El  breve  opúsculo  de  Lerda  es  la  reproducción — con  algu- 
nas adiciones  y  un  prefacio — de  otro  que  publico  el  año  1897 
el  propio  autor,  tocante  al  problema,  tan  debatido  en  los  úl- 
timos años  por  los  socialistas,  de  la  táctica  que  éstos  deben 
«mplear  para  hacerse  dueños  del  poder,  una  vez  que  en  gran 


198  LA   ESPAÑA  MODERNA 


número  de  Estados  constituyen  ya  un  partido  fuerte:  v.  gr.,  si 
han  de  luchar  siempre  solos  en  las  elecciones,  ó  coligados  al- 
guna vez,  y  cuándo,  con  partidos  burgueses,  sobre  todo  con 
los  más  liberales;  si  han  de  entrar  socialistas  á  formar  parte 
de  gobiernos  burgueses;  valor  que,  según  la  teoría  del  mate- 
rialismo histórico,  ha  de  darse  al  elemento  intelectivo,  direc- 
tor, como  medio  de  lucha  socialista;  conducta  del  socialismo 
con  los  pequeños  propietarios  rurales;  etc. 

Pinsero,  como  se  infiere  de  lo  dicho,  al  discutir  las  dos  di- 
recciones económicas  extremas  del  individualismo  á  ultranza  y 
del  socialismo,  huye  por  igual  délas  dos,  y  de  las  dos  también 
acepta  algo;  colocándose,  por  lo  tanto,  en  la  posición  interme- 
dia, tan  común  en  nuestros  días,  y  á  la  vez  tan  cómoda,  que 
suele  denominarse  de  la  reforma  social.  El  autor  no  dice  en  su 
libro  nada  nuevo,  ni  apenas  tampoco  nada  interesante;  pero, 
•orno  resumen  de  doctrinas  esparcidas  aquí  y  allá,  puede  ser 
átil  á  los  principiantes,  á  los  profanos  que  quieran  tomar  un 
barniz  de  cultura  en  cuestiones  económicas,  y  á  los  holgazanes 
á  quienes  guste  encontrarse  las  cosas  sencillamente  expuestas 
y  reunidas  en  poco  volumen. 

Finalmente,  la  obra  de  Zoppola,  espíritu  religioso  y  cre- 
yente, aun  cuando  también  anticlerical,  es  una  de  esas  obras 
que  al  presente  abundan  bastante,  sobre  todo  fuera  de  España, 
cuyos  autores  son  más  que  nada  literatos,  y  los  cuales  tratan 
literariamente,  con  amenidad  y  soltura  de  dicción,  sin  la  se- 
quedad que  impone  casi  siempre  el  verdadero  rigor  científico, 
múltiples  cuestiones  filosóficas,  sociales,  políticas.  El  lector, 
por  poco  versado  que  esté  en  el  conocimiento  de  los  problemas 
sociales  que  hoy  agitan  las  cabezas,  no  aprenderá  cosa  alguna 
en  el  libro  del  Sr.  Zoppola;  sin  embargo,  es  probable  que  pase 
á  veces  buenos  ratos  leyéndolo.  En  él  se  tocan  multitud  de 
asuntos.  Pero  el  teorema  que  el  autor  sienta  al  principio  del 
mismo,  y  á  cuya  demostración  está  encaminado  todo  el  razo- 
namiento, es  el  siguiente:  «El  socialismo  colectivista  ó  de  Es- 
tado, hacia  el  cual  nos  impulsa  la  tendencia  demagógica  mo- 


NOTAS  BIBLIOGRÁFICAS  199 


tierna,  es  contrario  á  la  naturaleza  del  hombre,  y  en  el  supues- 
to de  que  se  pudiera  actuar — cosa  sumamente  difícil, — con- 
duciría ala  sociedad,  de  regresión  en  regresión,  al  punto  de 
donde  la  misma  ha  partido,  ó  sea  á  la  primitiva  barbarie.» 

«Llegaremos,  por  el  contrario,  al  verdadero  socialismo, 
digno  de  la  raza  que  con  razón  pretende  estar  algo  por  encima 
de  los  brutos;  es  decir,  que  los  hombres  podrán  hallarse  algún 
día  constituyendo  una  sola  familia,  á  satisfacción  de  todos 
ellos,  si,  respetando  la  ley  natural  de  la  desigualdad,  y  me- 
diante una  orgánica  constitución  político-social  y  con  un  alto 
ideal  religioso,  conseguimos  realizar  una  justa  armonía — hoy 
<3ompletamente  rota — entre  los  distintos  intereses  de  las  diver- 
sas clases,  la  moral  de  todos  y  el  progreso  general.» 


P.  DOBADO. 


índice 


PAg». 


El  filón  del  Vado  del  Diablo  (uovela),  por  Brefc  Harte 5 

Poetas  americanos:  Marché  á  estudiar. ..,  por  Juan  Francisco  Ibarra.  77 
Psicología  religiosa  del  pueblo  español,  por  Edmundo  González- 
Blanco  , 78 

Memorias  de  una  dama  del  siglo  XIV  y  XV  {de  1363  á  14Í2): 
Doña  Leonor  López  de  Córdoba  (parte  segunda),  por  Adolfo  de 

Castro IIG 

La  devastación  en  el  Sur  de  África^  por  José  Ibáñez  Marín  . 134 

Crónica  literaria,  por  E.  Gómez  de  Raquero 167 

Revista  de  Revistas,  por  Fernando  Araujo 178 

Nota  bibliográfica,  por  P.  Dorado. . . ; 197 


CATALO&O 

por  orden  alfabético  de  míiterias,  de  las  obras  que  se  rendeu  en  la 

Mmmistracióii  de   LA^  ESPAÑA  MODERNA,    Calle    de    Foineuto, 

nAmero   7,    bajo,    Msidrid. 


ANTROPOLOGÍA 

Ferri. — Antropolog-ía  criminal,  3 
pesetas. — Nuevos  estudios  de  an- 
tropología criminal,  3  pesetas. 

Lombroso.  —  Antroi)ología  y  psi- 
quiatría, 3  pesetas. —El  hipnotis- 
mo, 3  pesetas.— Aplicaciones  judi- 
ciales y  médicas  de  la  antropología 
eriminal,  3  pesetas. — Últimos  pro- 
gresos de  la  Antropología  crimi- 
nal, 3  pesetas.— En  colaboración 
con  Ferry,  G-arofalo  y  Eioretti: 
La  Escuela  criminológica  positi- 
vista, 7  pesetas. 

Lemcke. — Estética,  8  pesetas. — G-a- 
rofalo y  Fioretti:  La  escuela  cri- 
minológica positivista,   7   pesetas. 

Westermarck. — El  matrimonio  en 
la  especie  humana,  12  pesetas. 

ARTE 

Lemcke.— Estética,  8  pesetas. 

Taine.— Filosofía  del  Arte,  3  pese- 
tas.— La  pintura  en  los  Países  Ba- 
jos, 3  pesetas. —  El  ideal  en  el  Ar- 
te, 3  pesetas.  —  El  Arte  en  Grecia, 
3  pesetas. — Ñapóles,  3  pesetas. — 
Roma,  2  tomos,  6  pesetas. — Flo- 
rencia, 3  pesetas. — Venecia,  3  pe- 
setas .—Milán,  3  pesetas. 


BIOGRAFÍA 

Araujo. — Goya,  3  pesetas. 
Asensio.— Pinzón,  3  pesetas. 
nán  Caballero,  1  peseta. 


Fer 


Barbey.  —  El  Dandismo  j  Jorge 
Brummel,  3  pesetas. 

Becerro  de  Bengoa.  —  Trueba,  1 
peseta. 

Bergeret. — Mouton  (Merinos)  1  pe- 
seta. 

Boissier.  —  Cicerón  y  sus  amig-os, 
Estudio  de  la  sociedad  romana  dol 
tiempo  de  César,  8  pesetas. 

Bourget.— Taine,  0,50  pesetas. 

Campo  amor. — Cánovas,  1  peseta. 

Dorado. — Concepción  Arenal,  1  pe- 
seta. 

Fernández  Guerra.  —  Hartzen- 
busch,  1  j)eseta. 

Fernán-Flor.  —  Zorrilla,  1  peseta. — 
Tamayo,  1  peseta. 

Gautier. — Nerval  y  Baudelaire,  3 
pesetas.— Madama  de  Girardin  y 
Balzac,  3  pesetas.  —  Heine,  1  pta. 

Goncourt— María  Antonieta,  7  pe- 
setas.— La  Pompadour,  6  pesetas. 
Las  favoritas  de  Luis  XV,  6  ptas. 
— La  Du-Barry,  4  pesetas. 

Gladstonne.  —  Los  Grandes  Nom- 
bres, 5  pesetas. — Lord  Macanlay,  1 
peseta. 

Go3the.— Memorias,  5  pesetas. 

Haussonville.  —  La  Juventud  de 
Lord  Byron,  5  pesetas. 

Heine.— Memorias,  3  pesetas. 

Lange.— Luis  Vi  ver,  2,50  pesetas. 

Macaulay.— Vida, Memorias  j  Car- 
tas, 2  tomos,  14  pesetas.  —La  Edu- 
cación de  Lord  Macaulay,  7  pesetas- 

Maupassant. — Zola,  1  peseta. 


202 


LA    ESPAÑA  MODEUNA 


Menéndez  y  Pelayo. — lí^úñez  de 
Arce,  1  peseta.  —  Martínez  de  la 
Rosa,  1  peseta. 

Meneval.  —  María  Stuardo ,  6  ptas. 

Molins.  —  Bretón  de  los  Herreros,  1 
peseta. 

Fardo  Bazán.— El  P.  Coloma,  2 
pesetas.— Alarcón,!  peseta. — Gam- 
poamor,  1  i>eseta. 

Passarge.— Ibsen,  1  peseta. 

Picón. — Ayala,  1  peseta. 

Henao.— Mi  infancia  y  mi  juventud, 
(agotada). —  Memorias  íntimas,  2 
tomos,  6  pesetas. 

Sainte-Beuve— Tres  mujeres,  3  pe- 
setas.— Retratos  de  mujeres,  3  pe- 
setas. 

Stuart-Mill. — Mis  Memorias,  3  ptas. 

Tolstoy, — Mi  infancia,  3  pesetas. — 
Mi  Juventud,  3  pesetas. — Mi  con- 
fesión, 3  pesetas. 

Valera.  —Ventura  de  la  Vega,  1  pta. 

Wagner.  —  Recuerdos  de  mi  vida,  3 
pesetas. 

Zola.— Jorge  tíand,  1  peseta.— Víctor 
Hugo,  1  peseta.— Balzac,  1  peseta. 
l>audet,  1  peseta. —  Sardou,  1  pe- 
seta.— Dumas,l  peseta.— Flaubert, 
1  peseta.  —Chateaubriand,  1  pese- 
ta.— GoncourtJL  peseta. — Mousset, 
1  peseta,— Gautier,  1  peseta. — 
Stendhal,  1  peseta,— Sainte-Beu- 
T«,  1  peseta . 

CRÍTICA  LITERARIA 

Caro. — Nuestras  costumbres  litera- 
ria», 3  pesetas. — La  crítica  en  la 
actualidad,  3  pesetas , 

Zola. — Estudios  literarios,  3  pesetas. 
Mis  «dios,  3  pesetas. — Nuevos  es- 
tadios literarios,  3  pesetas. — Estu- 
dios críticos,  3  pesetas.— El  natu- 
ralismo en  el  teatro,  2  tomos.  6  pe- 
«etou. — Lo«  novelistas  naturalistas, 


2  tomos,  6  pesetas. — La  novela  ex- 
perimental, 3  pesetas. 

DERECHO 

Aguanno. — La  Génesis  y  la  evolu- 
ción del  Derecho  civil,  15  pesetas. 
— La  Reforma  integral  de  la  legis- 
lación civil,  (2.'*  parte  de  La  Géne- 
sis), 4  pesetas. 

Arenal.— El  Derecho  de  Gracia,  3 
pesetas.— El  Visitador  del  preso,  3 
pesetas.— El  Delito  colectivo,  1,60 


Arnó. — Las  servidumbres  rústicas  y 
urbanas,  7  pesetas. 

Asser. — Derecho  internacional  pri- 
vado, 6  pesetas. 

Burgess. — Ciencia  política  y  Dere- 
cho constitucional  comparado,  2 
tomos,  14  pesetas. 

Carne  vale. — Filosofía  jurídica,  5  pe- 
setas.— La  Cuestión  de  la  pena  de 
muerte,  3  pesetas. 

Dorado  Montero.  —  Problemas  ju- 
rídicos contemporáneos,  3  pesetas. 
— El  Reformatorio  de  Elmira  {De- 
recho penal),  3  pesetas. 

Fouillée.  —  Novísimo  concepto  del 
Derecho  en.  Alemania,  Inglaterra 
y  Francia,  7  pesetas. 

Framarino.— Lógica  de  las  pruebas 
(en  Derecho  penal),  2  tomos,  15  ptas. 

Gabba.  —  Derecho  civil  moderno,  2 
tomos,  15  pesetas. 

Garofalo.  — La  criminología,  10  pe- 
setas.— Indemnizaciones  á  las  víc- 
timas del  delito  (2.*  parte  de  La 
criminología),  4  pesetas. 

Giariati.— Los  errores  judiciales,  7 


Gronzáiez. — Derecho  usual,  5  pta». 
GrOodnoAW.— Derecho  administrativo 

comparado,  2  tomos,  14  pesetas. 
Gposs.— Manual  de    Juez,  12  ptas. 


OBllAS    EN    VENTA 


2on 


Gumplo-wicz. —  Dereclio  político 
filosófico,  10  pesetas. 

Haater.  —  Sumario  de  Derecho  ro- 
mano, 4  pesetas. 

Ihering.  —  Cuestiones  jurídicas,  5 
pesetas . 

Krüger. — Historia,  fuentes  y  litera- 
tura del  Derecho  romano,  7  ptas. 

L»ombroso,  Ferry,  y  Garofa'o, 
Fioretti. — La  escuela  criminológi- 
co-positivista,  7  pesetas. 

Macaulay.  —  Estudios  jurídicos,  2 
tomos,  6  pesetas. 

MaQduca.~Ei  i)rocedimiento  penal 
y  su  desarrollo  científico,  5  pesetas- 

Martens.  —  Derecho  Internaciona. 
(público  y  jH'ivado),  3  ts.,  22  ptas. 

Meyer.-  -Laadministración  y  la  orga- 
nización administrativa  en  Ingla- 
terra, Francia,  Alemania  y  Aus- 
tria.—Introducción  y  exposición 
de  la  organización  administrativa 
en  España,  por  A.  Posada,  5  ptas. 

Miraglia.— Filosofía  del  Derecho- 
2  tomos,  15  pesetas. 

Mommsen. — Derecho  público  romal 
no,  12  pesetas. 

Neumann.— Derecho  Internaciona 
público  moderno,  6  pesetas. 

Posada.— La  Administración  políti- 
ca y  la  Administración  social,  5  ptas. 

Rice  i.— Tratado  de  las  pruebas  en 
Derecho  civil,  2  tomos,  20  pesetas. 

Saviguy.— De  la  vocación  de  nues- 
tro siglo  para  la  legislacin  y  para- 
la ciencia  del  Derecho,  3  pesetas. 

Sighcle.— El  delito  de  dos,  4  pese- 
tas.— La  muchedumbre  delincueno 
te,  4  pesetas.  -La  teoría  positiva 
de  la  complicidad,  5  pesetas. 

Sohm. — Historia  é  Instituciones  del 
I>orecho  Privado  E.omano,  un  gran 
▼olumen,  14  pesetas. 

Spancer.— La  Justicia,  7  peseta». — 
Bxceso  de  legislación,  7  peeetae. — 


De  las  leyes  en  general,  8  pesetas. 
— Ética  de  las  prisiones,  10  pesetasl 

Stahl. — Historia  de  la  filosofía  del 
Derecho,  12  pesetas. 

Sumner-alaine. — El  antigmo  Dere- 
cho y  la  costumbre  primitiva,  7  pe- 
setas.— La  guerra  según  el  derecho 
internacional,  4  pesetas. — Historia 
del  Derecho,  8  pesetas. — Las  insti- 
tuciones primitivas,  7  pesetas. 

Supino. — Derecho  mercantil,  12  pe- 
setas. 

Tarde.- Las  transformaciones  del 
Derecho,  G  pesetas.— El  duelo  y  el 
delito  político,  3  pesetas. — La  cri- 
minalidad comparada,  3  pesetas. — 
Estudios  penales  y  sociales,  3  ptas. 

Todd.— El  Gobierno  parlamentario 
en  Inglaterra,  8  pesetas. 

Varios  autores.— (Aguanno,  Alta- 
mira,  Aramburu,  Arenal,  Buylla» 
Carne  vale,  Dorado,  Fioretti,  Ferri, 
Lombroso,  Pérez  Oliva ,  Posada, 
Salillas,  Sana  y  Escartín,  Silió, 
Tarde,  Torres-Campos  y  Vida). — 
La  Nueva  Ciencia  Jurídica,  2  to- 
mos, 15  pesetas. 

ídem.— (Aguanno,  Alas,  Azcárate,. 
Bances,  Benito,  Bustamante,  Buy- 
Ua,  Costa,  Dorado,  F.  Pello,  F.  Pri- 
da,  García  Lastra,  Gide,  Giner  de 
los  Ríos,  González  Serrano,  Gum- 
plowicz,  López  Selva,  Menger,  Pe- 
dregal, Pella  y  Forgas,  Posada^ 
Rico,  Richard,  Sela,  Uña  y  Sarthou, 
etcétera).— El  Derecho  y  la  Socio- 
logía contemporáneos,  12  pesetas. 

Vivaate.  —  Derecho   mercantil,  10 


ECONOMÍA 

Antolne.— Curso  de  Economía  so- 
cial, 2  tomos  16  pesetas. 
Buylla,   Neumann,  KleinAvhac- 


204 


LA.    BSPAÍÍA.    MODEUJÍA 


ter,  Nasse,  'Wagner,  Mithof  y 
Lexis. — Eüonomía,  12  pesetas. 

Goschen.— Teoría  sobre  los  cambios 
extranjeros,  7  pesetas. 

Kells  lagram. — Historia  de  la  Eco- 
nomía política,  7  pesetas. 

Kropotkin.  —  Campos,  fábricas  j 
talleres,  6  pesetas. 

Xiaveleye.— Economía  política,  7  p9 
setas. 

Leroy-Beaulieu.  —  Economía  polí- 
tica, 8  pesetas. 

Rogers.— Sentido  económico  de  la 
Historia,  10  pesetas. 

Virgilii.-=-Manual  de  Estadística,  4 
pesetas 

FILOSOFÍA 

Amiel.— Diario  íntimo,  9  pesetas. 

tlaro.  — El  pesimismo  enelsiglo  XIX, 
3  pesetas. — ^El  suicidio  y  la  civili- 
zación, 3  pesetas.— Littre  y  el  po- 
sitivismo, 3  pesetas. — El  derecho  y 
la  fuerza,  3  pesetas. 

Collins. — liosumen  do  la  filosofía  de 
Spencer,  2  tomos,  15  pesetas. 

ISmerson. — La  ley  de  la  vida,  5  pts. 
— Hombres  simbólicos,  4   pesetas. 

Fichte. — Discursos  á  la  nación  ale- 
mana, sobre  regeneración  y  edu- 
cación de  la  Alemania  moderna,  5 
pesetas. 

Fouillée. — Historia  de  la  Filosofíaj 
2  tomos,  12  pesetas. 

Gayau. — La  moral  inglesa  contem- 
poránea, ó  Moral  de  la  utilidad  y 
de  la  evolución,  12  pesetas. 

Heine. — Alemania,  6  pesetas. 

L,ubbock.  — El  Empleo  de  la  vida,  3 
pesetas. — La  vida  dichosa,   3  ptas 

Nietzsche. — Así  hablaba  Zaratus- 
tra,  7  pesetas.— Más  halla  del  bien 
y  del  mal,  5  pesetas.  —  Genealogía 
de  la  moral,  3  pesetas. 


Scliopeahaüer. — Fundamento  d©  la 
moral,  5  pesetas. — El  Mundo  como 
voluntad  y  como  representación, 
12  pesetas.  —  Estudios  escogidos, 
3  pesetas. 

Spencer.— Los  datos  de  la  Socio- 
logía, 2  tomos,  12  pesetas,— Las 
inducciones  de  la  Sociología  y  Las 
instituciones  domésticas,  9  pese- 
tas. —  Las  instituciones  sociales, 
7  pesetas. — Las  instituciones  polí- 
ticas, 2  tomos,  12  pesetas.— Las 
instituciones  eclesiásticas,  6  ptas. 
Las  Instituciones  profesionales  é 
industriales  (en  prensa). 

— Comprenden:  La  moral  de  los  di- 
versos pueblos  y  La  moral  perso- 
nal, 7  pesetas.  — La  justicia,  7  pese- 
tas.— La  beneficencia,  6  pesetas. 

—El  Organismo  social,  7  pesetas. — 
El  Progreso,  7  pesetas. — Exceso  de 
legislación,  7  pesetas.— De  las  le- 
yes en  general ,  8  pesetas. — Etica 
de  las  prisiones,  10  pesetas. 

Stahl. — Historia  de  la  Filosofía  del 
Derecho,  12  pesetas. 

Taine.— Filosofía  del  Arte,  3  ptas. 
— Los  orígenes  de  la  Francia  con- 
temporánea, 10  pesetas. 

HIGIENE 

Kirsch,  Stokvis,  Kochs,  "Würz- 
burg.  —  Estudios  de  higiene  gene- 
ral, 3  pesetas.  Comprende  las  si- 
guientes monografías:  Desarrollo 
histórico  de  la  higiene  pública,  por 
Hirsch,  profesor  en  Berlín. — Pa- 
tología comparada  de  las  razas, 
por  Stokvis,  profesor  en  Amster- 
dam. — Las  infecciones,  por  Kochs 
profesor  en  Berlín,  y  Cómo  decaen 
las  naciones.  Causas  y  remedios^, 
por  Würzburg,  jefe  de  estadístic* 
de  Berlín. 


OBRAS    EN    VENTA 


205 


HISTORIA 

Boissier.— Cicerón  y  sus  amigos. — 
Estudio  de  la  sociedad  romana  del 
tiempo  del  César,  8  pesetas. 

Campe.  -  Historia  de  América,  2 
tomos,  f)  pesetas. 

Carlyle. —  La  Revolución  francesa, 
8  pesetas. 

Dow^den.  — Historia  de  la  Literatu- 
ra francesa,  9  pesetas. 

Fouillée,— Historia  de  la  Filosofía, 

2  tomos,  12  pesetas. 
Fournier. — El  Ingenio  en  la  Histo- 
ria, 3  pesetas. 

Garnet.—  Historia  de  la  Literatura 
Italiana,  9  pesetas. 

Gonce urt.— Historia  de  María  An- 
tonieta,  7  pesetas.— Historia  de  la 
Pompadour,  6  pesetas.  —  La^  favori- 
tas de  Luis  XY,  6  pesetas. 

Heine. — Alemania,  6  pesetas. 

Mu'-  ray. — Historia  de  la  Literatura 
clásica  griega,  10  pesetas. 

Renán. — Estudio  de  Historia  reli- 
giosa. 6  pesetas. — Las  Yidas  de  los 
santos,  6  pesetas. 

Stahl.— Historia  de  la  Filosofía  del 
Derecho,  12  pesetas. 

Taine. —  Historia  de  la  Literatura 
Inglesa:  Los  contemporáneos,  7 
pesetas.  —  Los  Orígenes,  7  pese- 
tas.—El  Renacimiento,  7  pesetas. 
— ^^La  Edad  Clásica,  6  pesetas. — 
— Los  orígenes  de  la  Francia  con- 
temporánea, 10  pesetas. 

Tolstoy.  —  El  sitio  de  Sebastopol, 

3  pesetas. 

üriel. — Historia  de  Chile,  8  pesetas. 
Walísze^wsky. —  Historia    de    la 

Literatura  Rusa,  9  pesetas. 
Westerinarck.  — El  matrimonio  en 

la  especie  humana,  12  pesetas. 
"Wolf.— Historia  de  las  Literaturas 

Castellana  y  portuguesa,  con  no- 


tas  de   M.    Menéndez  y   Pelayo,. 

2  volúmenes,  15  pesetas. 

MISCELÁNEA 

Alcofurado. — Cartas  amatorias  de 
la     Monja    Mariana    Alcofurado 

3  pesetas. 

Baudelaire. — Los  paraísos  artificia- 
les, 3  pesetas. 

Castro. — El  libro  de  los  galicismos,. 
3  pesetas. 

Gautier. — Bajo  las  bombas  prusia- 
nas, 3  pesetas. 

Gay.— Salones  célebres,  3  pesetas. 

Hamiiton. — Lógica   parlamentaria,. 

2  pesetas. 

Lemonnier. — La  Carnicería  (Sedan) 

3  pesetas. 

Stead. — El  Gobierno  de  New  York, 
3  pesetas. 

Stendhal.— El  Amor,  3  pesetas. — 
Curiosidades  amatorias,  3  pesetas. 

Tolstoy.— Fisiología  de  la  guerra,  S 
pesetas.  —  Placeres  viciosos,  3  ptas. 

Varios  autores.— (Thebussem,  Ma- 
nuel del  Palacio,  Picón,  Campoa- 
mor,  Pardo  Bazán,  Zorrilla,  Pala- 
cio Yaldés,  Ferrari,  011er,  Selles^ 
Yalbuena,  etc.) — Novelas  y  capri- 
chos, 3  pesetas. 

NOVELA 

Balzac. — Eugenio  Graudet,  3  pese- 
tas.—Papá  Goriot,  3  pesetas.— Úr- 
sula Mironet,  3  pesetas.  —  César 
Birotteau,  3  pesetas.—  La  quiebra 
de  César  Birotteau,  3  pesetas- 

Barbey  d'Aurevilly.- El  Cabeci- 
lla, 3  pesetas. — Venganza  de  un^ 
mujer,  3  pesetas.— Las  Diabólicas, 
3  pesetas.— Una  historia  sin  nom- 
bre, 3  pesetas.— La  Hechizada,  5 
pesetas. 


206 


LA   ESPAÑA   MODElíNA 


Cherbuliez. — Misa  E-ovel,  3  pesetas. 
La  tema  de  Juan  Tozudo,  3  pese- 
tas.—Amores  frágiles,  3   pesetas. 
Paula  Mere,  3  pesetas. — Meta  Hol- 
denis,  3  pesetas. 
Coppée.— Un  idilio,  3  pesetas. 
Daudet.  — Jack,  2  tv>moa,  6  pesetas. 
— La  Evangelista,  3  pesetas.— El 
sitio  de  París,  3  pesetas. —  Novelas 
del  lunes,  3   péselas. —  Cartas  do 
mi  molino,  3  pesetas. — Tartarín  en 
los  Alpes,  3  pesetas.— Cuentos  j 
fantasías,  3  pesetas. 
Dostoyuski. — La  Casa  de  los  muer- 
tos, 3  pesetas. — La  novela  del  pre- 
sidio, 3  pesetas. 
Ferrán. — Obras    completas,    3   pe- 
setas. 
Flaubert. — Un  corazón  sencillo,   3 

pesetas. 
Goncourt. —  Querida,   3    pesetas. — 
Renata  Mauperin,  3  pesetas.— Ger- 
minia   Lacerteux,    3   pesetas. — La 
Elisa,  3  pesetas.— La   Faustin,  3 
pesetas. — La  señora  Gervaisais,  3 
pesetas. 
Heiberg. — Novelas  danesas,  3  ptas. 
K!orolenko. — El  Desertor  de  Saja- 
lín, 2,50  pesetas. 
Lemonnier.  —  La   Carnicería    (Se- 
dán), 3  ])esetas. 
Merimée.-  Colomba,    3    pesetas.  — 

Mis  perlas,  3  pesetas. 
Neera.— Teresa,  3  pesetas. 
Red.— El  Silencio,  3  pesetas. 
Sardo u.— La  PerlaNegra,  3  pesetas. 
Sudermann. — El  Deseo,  3,50  ptas. 
Tolstoy.— La  sonata  á  Kreutzer,  3 
pesetas.— Marido  y  mujer,  3  pese- 
tas,— Dos  generaciones,  3  pesetas. 
El  Akorcado,  3  pesetas. — El  prín- 
cipe   Nekhli,    3    pesetas. — En    el 
Caucase,  3  pesetas.— La  Muerte,  3 
pesetas.— El  sitio  de  Sebastopol,  3 
pesetas.— Los  Cosacos,  3   pesetas. 


— Ivan  el  Imbécil,  3  pesetas. — El 
canto  del  cisne  ,  3  pesetas.— El  ca- 
mino de  la  vida,  3  pesetas.— Mi 
confesión,  3  pesetas. — Los  Ham- 
brientos, 3  pesetas. 

Turguenef.  — Humo,  3  pesetas.— Ni- 
do de  hidalgos,  3  pesetas.— El  Ja- 
dío, 3  pesetas.— El  rey  Lear  de  la 
Estepa,  3  pesetas.— Un  desespera- 
do, 3  pesetas.  —Primer  amor  3  pe- 
setas,—  Aguas  primaverales,  3  pe- 
setas.— Demetrio  Rudin,  3  pesetas. 
El  Reloj,  3  pesetas.—  Padres  é  hi- 
jos, 3  pesetas.— La  Guillotina,  3 
pesetas. —  Tierras  vírgenes,  5  pe- 
setas. 

Varios  autores.  —  Ramillete  de 
cuentos,  3  pesetas.  —  Tesoro  de 
Cuentos,  3  pesetas. —  Cuentos  es- 
cogidos, 3  pesetas. 

Zola.  —  Las  veladas  de  Medan,  3 
pesetas. — La  novela  experimental, 
3  pesetas .  —Los  novelistas  natura- 
lietas,  2  tomos,  6  ptas. — El  Doctor 
Pascual,  2  tomos,  6  pesetas.— Los 
hombros  de  la  Marquesa,  3  pesetas. 

PEDAGOGÍA 

Buisson. — La  educación  popular  de 
los  adultos  en  Inglaterra,  6  pe- 
setas, 

Fichte.— Discursos  á  la  nación  ale- 

,  mana,  sobre  regeneración  y  educa- 
ción de  la  Alemania  moderna,  5  pts. 

Huxley.— La  educación  y  la  heren- 
cia, 8  pesetas. 

Guyau.  — La  educación  y  la  heren- 
cia, 8  pesetas. 

Macaulay. — La  educación,  7  ptas. 

Tolstoy.  —  La  escuela  de  Yasnaya 
PoHana,  3  pesetas. 

POESÍAS 

Campoamor. —  Ternezas  y  flor«i, 
Ayes  del  alma.  Fábulas;  todo  en 


OBRAS    EN    VENTA 


207 


un  tomo,  3  pesetas.— Doloras,  Can- 
tares, Humoradas;  todo  en  nn  tomo, 
3  pesetas. 
Ferrán ,  —  Obras  completas,  3  ptas , 

SOCIOLOGÍA 

Antoine.— Curso  de  Economía  so- 
cial, 2  vols.,  16  pesetas. 

Caro. — El  suicidio  y  la  civilización, 
3  pesetas. — El  derecho  y  la  fuerza, 
3  pesetas. 

Engels.— Origen  de  la  familia,  déla 
propiedad  privada  y  del  Estado,  6 
pesetas, 

Fouillée. — La  ciencia  social  contem- 
poránea, 8  pesetas. — Novísimo  con- 
cepto del  Dereclio  en  Alemania, 
Inglaterra  y  Francia,  7  pesetas. 

Garofalo.  —  La  superstición  socia- 
lista, 5  pesetas. 

GiddÍDgs.  —  Principios  de  Sociolo- 
gía, 10  pesetas. 

Grave. — La  sociedad  futura,  8  ptas. 

Gumplowicz.— Lucha  de  razas,  8 
ptas.— Compendio  de  Sociología, 
9  ptas. 

Guyau.— La  educación  y  la  heren- 
cia, 8  pesetas. — La  moral  inglesa 
contemporánea,  ó  sea.  Moral  de 
la  utilidad  y  de  la  evolución,  12 
pesetas. 

Janet. — La  familia,  5  pesetas, 

Kid.— La  Evolución  social,  7  pesetas- 

Kropotkin.  —  Campos,  fábricas  y 
talleres,  6  pesetas. 

Max-MuUer.— Origen  y  desarrollo 
de  la  religión,  7  pesetas. 

Spencer.  —  Principios  de  Sociología, 
Comprenden:  Los  datos  de  la  Socio- 
logía, 2  tomos,  12  pesetas.—  Las 
inducciones  de  la  Sociología  y  Las 
instituciones  domésticas,  9  pesetas. 
— Las  instituciones  sociales,  7  pe- 
setas,— La.s  instituciones  políticas, 


2  tomos,  12  pesetas.— Las  institu- 
ciones eclesiásticas,  6  pesetas.— Las 
Instituciones  profesionales  é  in- 
dustriales (en  prensa). 

Spencer.— Principios  de  moral.  Com- 
prenden: La  moral  de  los  diversos 
pueblos  y  La  moral  personal,  7ptae. 
—La  justicia,  7  ptas.— La  benefi- 
cencia, 6  pesetas. 

— El  organismo  social,  7  pesetas— El 
progreso,  7  pesetas.  —  Exceso  de 
legislación,  7  pesetas.— De  las  lejea 
en  general,  8  pesetas.— Etica  de  las 
prisiones,  10  pesetas. 

Sumner-Maine.  —  Las  institucio- 
nes primitivas,  7  pesetas. 

Tarde.— Las  transformaciones  del 
Derecho,  6  pesetas.— Estudios  pe- 
nales y  sociales,  3  pesetas. 

Tolstoy. — Placeres  viciosos,  3  pese- 
tas.— El  dinero  y  el  trabajo,  3  pe- 
setas.— El  Trabajo,  3  pesetas. — 
Los  Hambrientos,  3  pesetas.  — 
¿Qué  hacer?  3  pesetas. —  Lo  que 
debe  hacerse,  3  pesetas. 

Varios  autores.— (Aguanno,  Alas, 
Azcárate,  Bancos,  Benito,  Busta- 
mante,  Buylla,  Costa,  Dorado,  Po- 
llo, Prida,  García  Lastra,  Gide, 
Giner  de  los  Ríos,  González  Serra- 
no, Gumplowicz,  López  Selva, 
Menger,  Pedregal,  Pella  y  Forgas, 
Posada,  Hico,  Richard,  Sela,  Una  y 
Sarthou,  etc.)— El  Derecho  y  la  So- 
ciología contemporáneos,  12  pt-as. 

TEATRO 

Ibsen. — Casado  muñeca,  3  pesetas. 
—  Los  Aparecidos  y  Edda  Gabler, 
2  dramas,  3  pesetas.— La  dama  del 
mar  y  Un  enemigo  del  Pueblo, 
2  dramas,  3  pesetas. 

Zola. — El  Naturalismo  en  el  teafero, 
2  tomos,  6  pesetas. 


208 


LA    ESPAÑA    MODERNA 


VIAJES 

Darvirin.— Yiaje  de  un  naturalista  al- 
rededor del  mundo,  2  tomos,  15  ptas. 

Heine.— Alemania,  6  pesetas. 

Nansen. — Hacia  el  Polo,  6  pesetas. 

Taine. — La  Inglaterra,  7  pesetas.  — 
2íotas  sobre  París,  6  pesetas. — Via- 
je á  Italia,  6  tomos,  18  pesetas. 

Tcheng-Ki-Tong.— La  China  con- 
temporánea, 3  pesetas. 


LOS  GRANDES  AUTORES 

CONTEMPOB  AN  BOS 

Neera.— Teresa,  3  pesetas. 

Rod. — El  Silencio,  3  pesetas. 

Lemonnier.  —  La  Carnicería  ( Se- 
dan); 3  pesetas. 

Sudermann.— El  deseo,  3,50  ptas. 

Korolenko.— El  desertor  de  Saja- 
lín, 2,50  pesetas. 

Turguenef— Tierrasvírgenes,  5  pts. 

Heiberg.— Novelas  danesas,  3  ptas. 


LA   ESPAÑA    MODERNA 


AÑO   14.  .  -NUM.  165. 


LA 


ESPAÑA  MODERNA 


Olreotoi*:   JOSÉ  r>E  LAZAFiO 


SEPTIEMBRE,    1902 


MADRID 

CSTABLKCIlálBNTO   TIPOGRÁFICO    DE   IOAMOR    MORSNO 
MUue*  dt  G»ray,  núm,  9.—TtU/0H0   #.•«•. 


Para  la  repi^oducción  de  los  artícu- 
los comprendidos  en  el  presente  tomo^ 
es  indispensable  el  permiso  del  Direc-^ 
tor  de  La  España  Moderna. 


LA   NOVELA 


DE   UN 


HOMBRE   SENSATO 


Estábamos  sentados  frente  á  frente  Olenina  y  yo,  en  un 
■departamento  del  tren  tranvía.  La  joven  debía  apearse  dentro 
de  dos  minutos,  en  la  primera  estación.  Ella  estaba  triste,  pá- 
lida, hablaba  poco,  y  su  mirada  no  se  apartaba  de  la  mía.  Su 
aspecto,  hasta  cuando  se  encontraba  alegre,  me  impresionaba 
profundamente.  Sabía  yo  que  apenas  le  quedaban  uno  ó  dos 
años  de  vida.  Estaba  tísica. 

— Venga  usted  á  vernos,  Andrei  Nicoíaevitch — me  dijo 
ella  cuando  el  tren  se  detuvo.  ^ ' 

Aquel  á  «vernos»  quería,  decir  á  «verme»,  porque  vivía 
sola,  á  menos  que  no  se  tenga  en  cuenta  á  su  anciana  tía,  pa- 
ralítica y  casi  ciega.  Hube  de  prometer  el  ir,  aunque  precisa- 
mente hubiera  deseado  evitar  semejante  visita.  Desde  hacía 
-algunos  meses  había  notado  que  Olenina  me  distinguía.  Alta- 
nera con  los  demás,  me  trataba  con  excepcional  favor.  Estaba 
enamorada  de  mí,  lo  sabía  y  me  contristaba. 

x^l  bajar  del  coche  reiteró  su  invitación. 

— Vendrá  usted,  lo  exijo  terminantemente,  ¿lo  oye  us- 
ted?...— dijo  ella  sonriendo  á  través  de  un  velo  de  tristeza. 


LA    ESPAÑA   MODERNA 


Su  rostro  pálido  y  demacrado  se  animó,  sus  mejillas  toma- 
ron un  tinte  sonrosado,  sus  grandes  ojos  negros,  de  profunda 
mirada,  relampaguearon.  Abrió  su  sombrilla,  y  echó  á  andar 
saludándome  graciosamente  con  la  cabeza.  Alta  y  esbelta,  su 
talle  se  cimbreaba  al  andar  como  flexible  junco. 

Había  en  aquella  muchacha  algo  enigmático;  pero  no  me 
sentía  llamado  á  descifrar  semejante  enigma. 

Arrancó  el  tren,  y  la  perdí  de  vista.  Algunos  minutos  des- 
j)ués  ya  no  pensaba  ella. 

La  tarde  estaba  hermosa,  un  poco  fresca.  El  sol  declinaba,, 
y  sus  rayos  iluminaban  con  reflejos  rojos  los  cristales  de  las 
casas  de  campo  diseminadas  por  las  cercanías.  Al  subir  una 
colina  de  escasa  altura,  vi  de  lejos  la  casita  azul  hacia  la  que 
me  dirigía,  con  su  jardín,  en  donde  las  flores  predominan 
sobre  lo  verde.  Una  mujer  con  traje  gris  iba  y  venía  por  el  te- 
rrado, alrededor  de  una  mesa  redonda.  Reconocí  á  Ana  Ga- 
vrilovna  Turtchaninof,  la  señora  en  cuya  casa  habitaba  yo: 
estaba  preparando  el  té. 

A  los  pocos  pasos,  pasé  ante  la  espléndida  morada  de  Mas- 
lovity,  el  vecino  de  las  señoras  de  Turtchaninof.  El  edificio, 
de  arquitectura  pretenciosa  y  construido  en  medio  de  un  par- 
que magnífico,  no  pertenecía  á  ningún  estilo,  es  cierto,  pero 
en  cambio,  cada  uno  de  sus  detalles  habla  en  voz  alta  de  los 
millones  que  posee  el  Sr.  Maslovity,  y  el  conjunto  no  deja,  en 
general,  de  provocar  la  admiración. 

¡Cuánto  mejor  estarían  este  parque  y  este  castillo  en  ma- 
Bos...  de  las  Turtchaninof!  pensé  yo,  con  un  sentimiento  bas- 
tante próximo  á  la  envidia,  sentimiento  que  me  apresuré  de 
desechar,  porque  odio  todos  los  pensamientos  ruines  y  sé  ven- 
cerlos. Por  lo  demás,  lo  que  me  hacía  en  aquella  ocasión  fácil 
la  victoria,  era  probablemente  la  convicción  de  que  no  depen- 
día sino  de  mí  el  hacer  que  pasara  á  las  Turtchaninof  la  vi- 
vienda de  Maslovity.  Sí,  la  cosa  estaba  en  mi  poder... 

Cuando  llegué  á  la  puerta  de  la  casita  azul,  el  té  hervía  ya 
en  la  tetera  colocada  sobre  la  mesa,   cubierta  de  un  blanco 


LA   NOVELA  DE   UN   HOMBRE   SENSATO 


mantel,  y  Ana  Gavrilovna  servía  la  bebida.  A  dos  pasos,  Na- 
denka,  inclinada  sobre  un  macizo,  regaba  sus  flores,  y  cerca  de 
ella  estaba  el  afortunado  propietario  del  palacio. 

— Presentía  su  llegada — ^me  dijo  Ana  Gavrilovna. — Vea 
usted:  ya  le  he  servido  el  té. 

— Me  parece  admirablemente,  porque  me  muero  de  sed — 
respondí  cerrando  la  verja  del  jardín. 

Mi  aparición  no  pareció  ser  particularmente  agradable  á 
Maslovity. 

— No  sabía  yo  que  también  usted  pasaría  este  verano  en 
el  campo — declaró  guiñando  sus  ojuelos  de  una  manera  que  él 
hubiese  querido  que  fuera  desdeñosa. 

Semejante  mímica  estaba  encaminada  á  demostrar  el  poco 
caso  que  hacía  de  mi  persona.  Pero  le  salió  bastante  mal.  Mas- 
lovity no  tenía  el  arte  de  mandar  en  su  fisonomía  y  le  era  di- 
fícil hacer  que  su  caraza  bovina  expresase  otra  cosa  que  una 
especie  de  satisfacción  bonachona.  Era,  por  lo  demás,  la  ex- 
presión que  sentaba  mejor  á  aquel  rostro  ordinario  con  pati- 
llas grises.  Hasta  el  verdadero  despecho  que  experimentaba 
con  mi  presencia  no  se  manifestó  sino  como  una  sombra  fugi- 
tiva, reemplazada  en  seguida  por  el  aspecto  de  plácido  con- 
tento que  le  era  hubitual. 

Maslovity  era  bajo  y  muy  obeso.  Vestía  un  ligero  traje  de 
franela  y  demostraba  que  el  calor  le  hacía  sufrir  horriblemen- 
te, aunque  no  estuviésemos  más  que  á  12  de  Mayo. 

En  cuanto  me  vio,  corrió  Nadenka  á  mi  encuentro  y  se  co- 
gió afectuosamente  de  mi  brazo.  Noté  que  lo  estrechaba  de 
uaa  manera  significativa,  como  si  tuviera  algo   que  decirme. 

En  la  mesa  hablamos  de^pesca,  no  sé  por  qué,  pues,  por  lo 
%ue  á  mí  toca,  detesto  ese  pasatiempo.  Es  verdad  que  Maslo- 
vity lo  adoraba,  y,  á  no  ser  por  la  necesidad  de  gastar  sus 
trescientos  mil  rublos  de  renta,  se  hubiera  pasado  toda  la  vida 
eon  la  caña  ©n  la  mano. 

Ana  Gavrilovna  se  mostró  aquella  tarde  particularmente 
obsequiosa  conmigo.  Cierto  que  éramos  íntimos   amigos  (¿no 


LA   ESPAÑA    MODERNA 


me  consideraba  como  el  futuro  sostén  de  la  familia?),  pero  eu 
aquella  ocasión,  los  testimonios  de  amistad  que  me  prodiga- 
ba me  parecieron  más  solícitos  que  nunca*.  No  tardó  en  vis- 
lumbrar alguna  turbación  en  su  solicitud:  se  hubiera  dicho 
que  se  sentía  en  falta  conmigo. 

Yo  no  tomaba  casi  ninguna  parte  en  la  conversación  y  ob- 
servaba á  las  tres  personas,  esforzándome  por  comprender, 
antes  de  que  me  lo  dijeran,  lo  que  había  ocurrido  en  mi  au- 
sencia. Maslovity  describía  con  minuciosos  detalles  un  com- 
plicado aparejo  destinado  á  la  pesca  del  lenguado. 

— Por  lo  demás,  podemos  probarle  en  seguida,  si  ustedes 
quieren — añadió. — Vamos  á  mi  casa... 

Nadenka  me  miró  como  para  preguntar  mi  parecer. 

— ¿Vendrá  usted,  Andrei  Nicolaevitch? — ^dijo  ella. 

— Espero  qvLQ  Andrei  Nicolaevitch  me  dispensará  ese  ho- 
nor— dijo  Maslovity  con  tono  ceremonioso. 

Yo  me  inclinó  y  prometí  unirme  á  ellos  un  poco  más  tarde. 

— ¡Oh!  no...  vamos  todos  juntos,  Andrei  Nicolaevitch... — 
exclamó  Nadenka  con  tono  de  tierna  súplica. 

— Espero  que  nos  dará  usted  ese  gusto — añadió  Maslovity. 

Repetí  que  iría  en  cuanto  hubiese  acabado  de  arreglar  mis 
libros  y  mis  papeles  en  mi  cuarto. 

— No  tardaremos  nada  apenas  en  estar  con  ustedes,  Ana 
Gavrilovna  y  yo — añadí — dando  así  á  entender  á  la  excelente 
señora  que  me  alegraría  de  que  se  quedase  ella  tambión. 

Nadenka  frunció  las  cejas  y  se  levantó. 

— Marchemos,  pues — dijo  á  Maslovity,  dirigióndose  con 
paso  resuelto  hacia  la  puerta  de  la  verja. 

^  A  pesar  de  su  obesidad,  Maslovity  saltó   como  una  pelota 
de  goma  y  siguió  al  objeto  de  sus  sueños. 

Después  que  salieron,  Ana  Gravrilovna  continuó  guardan- 
do silencio,  con  los  ojos  fijos  obstinadamente  en  su  taza,  en  la 
que  no  quedaban  sino  dos  ó  tres  sorbos  de  té.  Pero  bebía  tan 
lentamente,  que  se  podía  temer  que  no  llegara  nunca  al  fondo. 
Además,  su  respiración  se   hacía  penosa  y  oprimida.  En  una 


LA  NOVELA  DE  UN  HOMBRE  SENSATO 


palabra,    era    evidente  que  tenía   algo   sobre    la  conciencia. 

Pero  yo  había  comprendido  ya  lo  que  significaba  todo 
aquello.  Según  mi  costumbre,  en  toda  circunstancia  grave, 
deliberé  en  el  acto  sobre  la  mejor  línea  de  conducta  que  había 
que  seguir,  y  no  tardé  en  tomar  mi  partido.  Desde  este  mo- 
mento me  sentí  capaz  de  hablar  con  calma  de  un  asunto  que, 
al  parecer,  hubiera  debixlo^conmo verme  en  alto  grado. 

— Hoy  le  han  hecho  á  usted  una  proposición  de  boda,  ¿no 
es  verdad? — pregunté  con  voz  en  la  que  no  se  traslucía  la 
sombra  de  censura  ó  de  despecho. 

La  taza  que  tenía  en  la  mano  Ana  Gavrilovna  descansó 
bruscamente  sobre  la  mesa  y  no  sobre  el  platillo.  La  buena 
señora  no  se  esperaba  en  manera  alguna  una  pregunta  tan  di- 
recta, y,  toda  azorada,  no  sabiendo  qué  responder,  dijo  ton- 
tamente: 

— ¿Para  quién?... 

Yo  sonreí,  sin  mala  intención,  sin  embargo,  y  respondí 
con  tono  de  broma  amistosa: 

'    — Pues  para    Nadenka...  á  menos  que  la  cosa  no  vaya  con 
usted... 

Ella  me  miró  de  reojo,  queriendo  sin  duda  leer  en  mi  ros- 
tro la  verdadera  disposición  de  mi  espíritu.  Pero  mi  fisonomía, 
estoy  seguro  de  ello,  no  expresaba  sino  la  curiosidad  más  na- 
tural. Entonces  la  pobre  mujer  cerró  los  ojos,  lo  que  debía 
probablemente  facilitarla  la  confesión  que  iba  á  hacer,  y 
dijo: 

— Ha  hedióla  petición... 

Un  suspiro  profundo  se  escapó  de  su  pecho. 

— Pero,  como  nos  es  imposible  aceptar  semejante  proposi- 
ción, vale  más  no  pensar  en  ella —  añadió  comenzando  á  en- 
juagar las  tazas. 

— Entonces,  ¿la  ha  rechazado  usted? — pregunté  con  el  mis- 
mo tono  afectado. 

—  ¡Qué  pregunta,  Andrei  Nicolaevitch!  ¿Qué  podíamos 
hacer? 


10  LA   ESPAÑA   MODERNA 


Evidentemente,  Ana  Gavrilovna  no  tenia  valor  para  decir 
todo  su  pensamiento.  Yo  no  traté  de  ayudarla. 

— ¿Vamos?... — dije  ofreciéndola  mi  brazo. 

Ella  dejó  la  servilleta  con  la  que  se  disponía  á  secar  las 
tazas,  y  toda  aturdida,  me  siguió  sin  decir  palabra.  Visible- 
mente, mi  silencio  le  pesaba.  Esperaba,  estoy  seguro  de  ello, 
censuras,  quejas  por  parte  mía.  Como  yo  continuaba  callado, 
no  pudo  más,  y  en  el  momento  en  que  penetrábamos  en  el  do- 
minio de  Maslovity,  dijo: 

— Ya  ve  usted,  Andrei  Nicolaevitch,  desde  hace  mucho 
tiempo  hacía  alusiones...  Pero  hoy  se  ha  expresado  con  toda 
claridad:  «Soy  solo  en  el  mundo,  ha  dicho,  y  á  mi  muerte, 
todo  mi  haber  caerá  en  manos  de  parientes  lejanos,  á  los  que 
ni  siquiera  he  visto  nunca.  Yo  quisiera  dejar  cuanto  poseo  á 
las  personas  á  quienes  amo,  y  como  estoy  locamente  enamo- 
rado de  su  JSTadenka...»  Así  me  habló  á  mí.  En  cuanto  á  Na- 
denka,  la  dijo  sin  rodeos:  «¡Déme  usted  algunos  días  de  feli- 
cidad! Sea  usted  mi  mujer.  Comprendo  que  sea  poco  tentado^' 
casarse  con  un  viejo...  pero  garantizo  á  usted  que  no  viviré 
mucho  tiempo.  Los  médicos  me  le  han  dicho.» 

Y  Ana  G-avrilovna,  después  de  haber  pronunciado  esta  re- 
lación, respiró  con  más  libertad,  descargada  así  del  peso  que 
la  oprimía. 

A  los  últimos  rayos  del  sol  poniente,  la  posesión  de  Mas- 
lovity tenía  verdaderamente  un  aspecto  fantástico.  Soberbios 
geráneos  alineados  todo  á  lo  largo  del  gran  terrado  en  her- 
mosos tiestos  de  porcelana,  semejaban  una  encendida  hogue- 
ra. Una  inmensa  vidriera  de  forma  redondeada,  con  cristales 
de  color,  evocaba  el  recuerdo  de  algún  templo  antiguo.  De 
las  umbrosas  profundidades  del  verde  parque  se  escapaba  el 
murmurio  de  claras  fuentes,  y  á  lo  lejos  se  escuchaba  el  ruido 
de  la  cascada,  cuyas  aguas  caían  con  estrépito  en  el  mar. 

Entramos  en  el  famoso  paseo  de  acacias,  en  donde  jamás 
penetraban  los  rayos  del  sol.  Oscurecía  ya,  y  cuanto  más 
avanzábamos,  más  densas  se  hacían  las  tinieblas.  Se  hubiera 


LA   KOVELA   DE   UN   HOMBRE    SENSATO  11 

dicho  que  aquel  camino  conducía  á  algún  antro.  Un  brusco 
recodo  nos  llevó  de  nuevo  bajo  el  cielo  azul,  y  ante  nosotros 
apareció  de  repente  el  infinito  espacio  de  la  mar.  Anchos  es- 
calones de  granito  descendían  hasta  la  playa.  A  la  derecha 
resonaba  la  cascada,  esparciendo  por  ^1  aire  impalpables  go- 
tas; ala  izquierda,  una  rampa  recubierta  de  un  musgo  ater- 
ciopelado, conducía  á  una  caseta  débanos,  tan  espaciosa  como 
coqueta.  Frente  á  nosotros,  más  allá  de  la  franja  de  arena 
amarilla,  un  yate  anclado  balanceaba  su  elegante  silueta,  ro- 
deado de  una  docena  de  canoas  ligeras. 

— ¡Sabe  usted,  Ana  Gavrilovna,  que  no  sería  desagradable 
poseer  todo  esto! — exclamó.      ' 

Mi  compañera  hizo  un  vago  ademán,  ya  por  aprobar  lo  que 
yo  decía,  ya  porque  quisiera  demostrar  la  inutilidad  de  la  pro- 
posición. Aquella  tarde  mi  futura  suegra  ofrecía  una  actitud 
bastante  equívoca.  Pero  debo  reconocerlo,  daba  pruebas  de 
mayor  fuerza  de  alma  de  la  que  muchas  otras  hubieran  mos- 
trado en  su  lugar.  Su  deseo  de  entrar  en  posesión  del  palacio 
Maslovity  estaba  para  mí  fuera  de  duda;  sin  embargo,  se  es- 
forzaba en  disimular  sus  sentimientos.  Hubiera  preferido  cier- 
tamente que  no  insistiese  yo  en  aquel  asunto  delicado,  porque 
todo  ser  sensible  sufre  al  encontrarse  en  la  necesidad  de  men- 
tir. Pero  yo  tenía  un  objetivo  definido,  no  era  hombre  que  me 
dejase  desviar,  y  resolví  formular  una  pregunta  directa,  sa- 
zonada, es  verdad,  con  una  sonrisa  que  podía  hacer  que  se 
trataba  de  una  broma. 

— Dígame  usted,  Ana  Gravrilovna,  si  Nadenka  fuese...  En 
fin,  si  Nadenka  no  me  amara  y  no  me  hubiese  dado  su  palabra 
de  casamiento...,  ¿la  hubiera  usted  casado  con  Maslovity? — le 
preguntó  netamente. 

— Hubiera  reflexionado...  — respondió  ella,  sin  demostrar 
la  menor  sorpresa, — lo  que  me  probó  que  pensaba  en  lo  mismo 
cuando  yo  le  dirigí  mi  pregunta. 

— Y  después  de  haber  reflexionado...,  ¿la  hubiera  usted 
casado? 


12  LA    ESPAÑA    MODERNA 


Ana  Gravrilovna  cerró  un  momento  los  ojos  como  para  re- 
coger sus  ideas. 

— Pues  bien,  sí,  probablemente... — contestó. — Ivan  Evse- 
vitch  es  un  hombre  bueno...,  tranquilo. 

Ivan  Evsevitcli  era  el  nombre  de  pila  de  Maslovity. 

Precisamente  en  aquel  momento  divisamos  su  gorra  blan- 
ca, en  compañía  del  gran  sombrero  de  paja  de  Nadenka.  Gro- 
rra  y  sombrero  parecían  seguir  un  camino  tortuoso  sobre  la 
verde  rampa  y  venían  á  nuestro  encuentro. 

Llegábamos  demasiado  tarde;  la  demostración  del  famoso 
aparejo  de  pesca  se  había  ya  realizado. 

— ¿Por  qué  no  han  venido  ustedes  antes? — nos  gritó  de  le- 
jos Maslovity,  cuando  nos  vio  en  los  escalones. 

— Le  creemos  á  usted  bajo  palabra  —  exclamé  yo  á  mi  vez. 

Bajamos  una  veintena  de  escalones  y  nos  reunimos  con 
ellos  en  un  vasto  terrado  al  pie  de  la  escalera.  Miré  á  Maslo- 
vity. Estaba  rojo  como  un  cangrejo  cocido,  y  su  calva  relucía 
de  sudor.  Tal  vez  reflexionaba  en  aquel  momento  que  no  es 
fácil  para  un  viejo  desempeñar  el  papel  de  galán  de  una  joven 
rozagante.  Nadenka  me  dirigió  una  mirada,  después  apartó 
los  ojos.  No  me  perdonaba  todavía  el  haberme  negado  á  acom- 
pañarles j  haber  proporcionado  á  Maslovity  la  ocasión  de  ha- 
cerla la  corte. 

Cuando  llegamos  á  la  casa  el  sol  había  desaparecido,  y  se 
habían  apagado  los  fuegos  del  terrado.  Maslovity  ordenó  en 
seguida  á  sus  criados  que  iluminasen  los  salones. 

— Espero — dijo  él  dirigiéndose  á  las  señoras,  —  que  me  ha- 
rán ustedes  el  honor  de  entrar  un  momento... 

Pero  como  ni  una  ni  otra  respondía,  como  si  esperaran  mi 
parecer,  añadió: 

— Así  como  Andrei  Nicolaevitch,  por  supuesto... 

El  bueno  de  Maslovity  creía  de  buena  fe  que  yo  iba  á  apre- 
surarme á  aceptar  la  invitación. 

— Imposible — respondí. — Tengo  que  trabajar.  Me  preparo 
para  mis  exámenes,  ya  lo  sabe  usted. 


LA   NOVELA   DE   UN    HOMBRE   SENSATO  13 

— ¡Cuánto  lo  siento...!  Entonces  tendré  el  placer  de  llevar 
á  estas  señoras... 

¡Pobre  hombre!  Ño  supo  disimular  su  alegría.  Al  hablar 
de  sentimiento,  lo  dijo  como  quien  dice:  «¡Cuánto  me  alegro!» 

Yo  me  despedí,  disponiéndome  á  marchar.  Como  esperaba, 
Nadenka  y  su  madre  se  excusaron  también,  diciendo  que  te- 
nían que  hacer  en  su  casa.  Maslovity  se  quitó  la  gorra  y  se  en- 
jugó la  frente,  visiblemente  contrariado,  sin  acertar  qué  decir. 
Había  esperado  sin  duda  que  una  conferencia  íntima  con  aque- 
llas señoras  adelantaría  su  asunto.  Porque  no  admitía  eviden- 
temente que  el  compromiso  de  Nadenka  conmigo  se  pudiese 
mantener  en  serio  ante  una  proposición  como  la  suya.  Los  mi- 
llones constituían,  según  él,  un  argumento  sin  réplica,  ante  el 
cual  debía  ceder  el  amor  más  ardiente. 

¡Y,  después  de  todo,  quizás  habría  tenido  más  de  una  vez 
ocasión  para  comprobar  cuántas  cosas  santas  se  venden  en 
este  mundo  por  una  buena  suma  de  dinero!... 

Cuando  nos  retiramos,  la  mirada  de  Maslovity,  al  darme 
éste  las  buenas  noches,  expresó  todo  el  odio  que  permitía  su 
bonachonería  de  hombre  gordo.  El  ridículo  de  la  situación 
aumentó  cuando  en  el  momento  en  que  nos  dirigíamos  hacia 
la  salida,  dejándole  solo  en  medio  de  las  magnificencias  de  su 
parque,  se  iluminó  de  repente  la  casa  brillantemente,  según 
sus  órdenes,  como  para  una  fiesta. 


II 


Yo  tomó  la  delantera  con  Nadenka.  Ana  Gavrilovna  nos 
seguía  á  una  distancia  prudencial.  Mi  novia  seguía  enfadada 
j  no  quiso  cogerse  de  mi  brazo.  Se  disponía  sin  duda  á  darme 
una  escena.  Pero  yo  afectaba  no  reparar  en  nada:  con  el  ros- 
tro impasible,  la  voz  tranquila,  hablaba  de  cosas  indiferentes 
mientras  me  formulaba  esta  pregunta:  «¿Sospecha  ella  que  yo 
ló  comprendo  todof...» 


14  LA   ESPAÍ^A   MODERNA 

La  indecisa  luz  que  aún  quedaba  en  el  cielo  me  permitía 
ver  bien  á  Nadenka.  Estaba  particularmente  encantadora  en 
aquella  tarde.  Delgada,  esbelta,  airosa,  andaba  con  ligero 
paso,  sin  movimientos  bruscos  ni  balanceos  de  poca  gracia. 
Su  bonita  cabeza  de  cabellos  naturalmente  rizado's  (se  había 
quitado  el  sombrero  y  lo  llevaba  en  la  mano),  la  blancura  de 
su  adorable  cuello,  la  expresión  ingenua  de  su  delicioso  rostro, 
todo  me  atraía  poderosamente.  Lo  que  sobre  todo  me  encan- 
taba era  aquella  expresión  de  ingenuidad  infantil;  tanto  más 
■cuanto  que  en  ello  había,  por  decirlo  así,  un  divertido  juego 
de  la  naturaleza,  porque  la  candidez  de  Nadenka  no  era  más 
que  aparente:  sus  grandes  ojos  de  un  azul  oscuro,  en  los  que 
se  leía  una  pregunta  eterna  y  misteriosa,  habían  visto  muchas 
X30sas  y  habían  adivinado  más  aún.  Fisonomías  de  ese  género, 
-enigmáticas,  difíciles  de  descifrar,  son  una  rareza.  Yo  aprecia- 
ba esa  rareza. 

Nadenka  llevaba  un  sencillo  traje  de  percal  lila,  falda  rec- 
ta, cuerpo  bien  ajustado;  un  ancho  cinturón  ceñía  su  elegante 
talle;  su  seno,  moderadamente  desarrollado,  ondulaba  con  un 
^movimiento  rítmico  y  ligero. 

Al  cabo  de  algunos  instantes  me  fijé  en  que  Ana  Gravrilov- 
na  había  desaparecido.  Esto  era  muy  delicado  por  su  parte^ 
pero  yo  no  estaba  muy  seguro:  la  excelente  señora  era  muy 
capaz  de  haberse  puesto  en  acecho  detrás  de  algún  árbol.  Por 
lo  demás,  me  era  indiferente  por  el  momento  que  nos  espiase 
ó  no,  y  si  me  interesaba  el  caso  era  por  pura  curiosidad. 

— ¡Nadenka!— dije  de  repente — desahogue  usted  su  cora- 
zón. Estoy  dispuesto  á  escuchar  todas  sus  censuras,  y  cuanto 
antes  mejor,  porque  tengo  que  hablar  á  usted  seriamente. 

El  tono  que  yo  di  á  mis  palabras  era  de  chanza,  y  el  «usted» 
que  le  dirigía  (nos  tuteábamos  siempre  cuando  estábamos 
solos)  acentuaba  la  broma. 

— ¡Déjeme  usted  en  paz! — respondió  Nadenka  con  enojo. 

Aquel  «déjeme  usted»  no  se  parecía  ya  á  una  broma.  Mi 
novia  estaba  realmente  enojada  conmigo,  y,^i  yo  no  era  muy 


LA   NOVELA   DE   UN   HOMBRE    SENSATO  15 

hábil,  tal  vez  no  lograría  llevarla  á  una  conversación  seria. 
— Examinemos  mis  culpas,  Nadejda  Alexsevna — repliqué 
en  el  mismo  tono. — Son  estas.  No  acepté  su  reiterada  invita- 
ción, no  la  acompañó  á  usted.  De  esta  manera  la  he  condena- 
do á  escuchar  las  declaraciones  de  Maslovity.  Pero,  dígame 
usted,  ¿por  qué  habíamos  de  prohibir  á  ese  hombre  que  hable 
de  su  pasión?  ¿Puede  uno  impedir  á  las  gentes  que  amen?... 
Yo,  por  ejemplo,  la  quiero  á  íisted  porque  es  usted  bonita, 
porque  tiene  usted  ojos  encantadores,  una  cabecita  inteligen- 
te y  un  corazón  no  demasiado  malo.  ¿Por  qué  no  permitir  que 
ese  desdichado  de  Maslovity  la  quiera  á  usted  también  por 
todos  esos  buenos  motivos?  Pero,  ya  lo  adivino,  ese  millonario 
no  se  ha  contentado  con  expresar  sus  sentimientos.  Se  ha  es- 
forzado sin  duda  en  demostrar  que  su  deber  de  usted  es  ca- 
sarse con  él.  Esto  es  lo  que  la  ha  molestado  á  usted,  ¿no  es 
verdad? 

Habíamos  pasado  la  casita  azul,  y  torciendo  maquinalmen- 
te  hacia  la  izquierda,  tomamos  un  ancho  camino  bordeado  de 
muros,  tras  los  cuales  se  resguardaban  las  villas.  Abajo,  man- 
sas olas  se  extendían  perezosamente  por  la  playa.  En  torno 
nuestro  reinaba  el  silencio.  En  el  cielo  se  encendían  miles  de 
es'trellas.  La  luna  acababa  de  levantarse;  su  dulce  luz  impri- 
mía ai  mar,  á  las  rocas,  á  la  playa,  á  las  lilas  que  se  alzaban 
por  encima  de  los  muros,  un  tinte  extraño  y  melancólico. 

Nos  habíamos  detenido  en  lo  alto  de  un  acantilado  de  poca 
elevación;  á  nuestros  pies,  un  sendero  tortuoso  conducía  á  la 
arena.  Nadenka  se  volvió  de  repente  hacia  mí,  y  poniendo  sus 
manos  en  mis  hombros,  fijó  en  los  míos  sus  ojos  brillantes  de 
lágrimas. 

— ¡Andrei!...  ¿por  qué  me  atormentas? — exclamó. 

Un  sufrimiento  real  vibraba  en  su  voz. 

Me  estremecí,  y  sentí  que  repentinamente  me  invadía  una 
ternura  inmensa;  mi  corazón  comenzó  á  palpitar  con  fuerza; 
mi  respiración  se  hizo  anhelante.  ¡Estaba  Nadenka  tan  her- 
mosa en  aquel  momento,  brillaba  un  fuego  tal  en  su  mirada, 


16  LA    ESPAÑA    MODERNA 


temblaban  sus  finos  labios  de  una  manera  tan' expresiva!... 
Me  sentí  desfallecer  por  un  momento,  me  creí  incapaz  de  rea- 
lizar el  plan  del  que  estaba  tan  seguro  un  instante  antes...  La 
pasión  me  atenazaba...  ¿Me  sería  posible  renunciar  á  aquella 
mujer?... 

La  cogí  entre  mis  brazos. 

— ¡Te  atormento  porque  te  adoro,  hermosa  mía!... — mur- 
muré con  ardor. 

Ella,  palpitante,  se  apretó  contra  mí.  Yo  la  estrechó  con 
mayor  fuerza,  y,  perdida  la  cabeza,  levantándola  en  mis  bra 
zos,  descendí  por  el  sendero.  Un  minuto  después  estábamos  en 
la  playa;  la  coloqué  como  á  un  niño  en  la  blanda  arena;  uní 
mis  labios  á  los  suyos.  Sus  mejillas  ardían;  rodeaba  mi  cuello 
con  sus  brazos  flexibles;  balbuceaba  palabras  tiernas  é  inco- 
herentes. Estaba  dispuesta  á  entregarse  á  mí... 

Una  brisa  del  mar  llegó  á  inundarme  con  su  frescura. 
Aquel  socorro  de  fuera  llegaba  muy  oportunamente.  Volví  á 
tiempo  en  mí.  Suavemente  desenlacé  los  brazos  de  mi  novia, 
y  haciendo  un  esfuerzo  para  recobrar  mis  sentidos: 

— ¡Nadia! — dije  con  ternura, — jseamos  razonables! 

Ella  se  incorporó  lentamente,  y  se  apoyó  en  un  codo. 

— ¿Sabes  tú,  Andrei?... — respondió  ella  sonriendo — me  pa- 
rece... ¡me  parece  que  eres  demasiado  noble! 

— E-azonable,  querrás  decir — repliqué  sonriendo  .'también 
y  sintiendo  que  lo  volvía  á  ser,  en  efecto. — ¡Pero  no  puedes 
imaginarte  lo  que  me  cuesta!...  ¡Ser  razonable  en  una  noche 
semejante,  al  lado  de  una  encantadora  como  tú!...  ¡Verda- 
deramente, jamás  había  experimentado  tan  bien  el  encanto 
que  emana  de  tu  persona!...  ¡Quisiera  verte  menos  hermosa! 
Me  sería  más  fácil  renunciar  á  ti... 

— ¿Pensarías  en  renunciar  á  mí?... 

Permanecimos  largo  rato  sin  hablar. 

— A  propósito — dije  de  repente, — todavía  no  me  has  co- 
municado tu  resolución  respecto  de  la  petición  que  te  han 
hecho... 


LA  NOVELA  DE  UN  HOMBRE  SENSATO  17 

— ¿Puedes  creerme  capaz  de  casarme  con  Maslovity? 

— ¿Qué  habría  en  eso  de  imposible? 

—  ¡Tú  me  lo  preguntas!... 

— Si  es  imposible,  explícame  por  qué  no  has  contestado 
con  un  ¡no!  bien  categórico  á  la  proposición  de  ese  señor,  qui- 
tándole de  una  vez  toda  esperanza  y  prohibiéndole  continuar 
sus  visitas... 

Nadenka  se  callaba,  pero  yo  no  tenía  necesidad  de  oir  su 
respuesta:  la  conocía  de  antemano.  ¿Cómo,  en  efecto,  respon- 
der «¡No!»  á  tantos  millones? 

Las  Turtchaninof  llevaban  una  existencia  bastante  estre- 
cha. Tenían  lo  necesario.  Pero  en  nuestro  siglo,  únicamente 
el  salvaje  se  contenta  con  lo  necesario;  antes  bien,  entre  gen- 
tes civilizadas,  lo  necesario  está  relegado  á  segundo  término: 
todo  el  encanto  de  la  vida  reside  en  lo  superfino.  El  padre  de 
Nadia  fue  un  modesto  funcionario  que  al  morir  no  dejó  á  su 
mujer  sino  la  casita  á  orillas  del  mar  y  una  escasa  viudedad. 
Era  bien  poca  cosa.  Nadia  se  vio  obligada  á  renunciar  á  sus 
sueños  de  educación  superior,  y  de  cuando  en  cuando  á  dar 
lecciones.  Sin  embargo,  era  una  naturaleza  de  aspiraciones, 
de  vastas  exigencias;  se  rebelaba  en  el  fondo  contra  la  modes- 
ta suerte  que  le  parecía  destinada;  yo  lo  había  comprendido 
desde  hacía  mucho  tiempo.  Así,  pues,  me  fue  fácil  adivinar 
que,  cuando  se  abrieron  de  repente  ante  ella  perspectivas  des- 
lumbradoras, le  faltaba  valor  para  desecharlas  bruscamente. 
Por  lo  demás,  ¿por  qué  apresurarse  en  rechazar?  ¿No  hay 
siempre  tiempo  para  hacerlo? 

Por  de  contado,  Nadenka  no  se  explicaba  así  la  cosa.  Pen- 
saba probablemente  que  era  inútil  ofender  á  un  pretendiente 
(¡y  un  pretendiente  varias  veces  millonario!)  con  una  brusca 
negativa... 

Esto,  por  lo  menos,  es  lo  que  me  respondió.  Se  creyó,  ade- 
más, en  el  deber  de  mostrarse  herida  y  decirme  con  tono 
enojado: 

— Parece  que  tienes  muchos  deseos  de  desembarazarte  de 
E.  U.— Septiembre  1902,  2 


18  LA    ESPAÑA   MODERNA 


mi  persona...  ¡Pues  no  lo  dejes  por  tan  poco!...  Si  tanto  te 
agrada,  estoy  dispuesta  á  casarme  con  Maslovity... 

— jAh!  ¡qué  bromista!  Pero  hablemos  seriamente:  si,  por 
ejemplo,  yo  te  hubiera  ofendido  gravemente...  si  tú  quisieras 
vengarte  de  mí...  ¿serías  capaz  de  casarte  con  el? 

— En  ese  caso...  ¡sí!...  ¡me  casaría  con  el  primero  que  pa- 
sase!... tengo  mucho  amor  propio. 

—  ¡De  verdad!...  Pero  mira  qué  hermoso  está  el  mar...  ¡ja- 
más se  le  puede  admirar  bastante!... 

Cambió  de  conversación,  comprendiendo  que  sería  inútil, 
cuando  no  peligroso,  continuar  en  aquel  terreno  resbaladizo. 

Al  subir  la  escalera,  Nadia  parecía  fatigada;  se  apoyaba 
con  todo  su  peso  en  mi  brazo  y  guardaba  silencio.  Yo  hablé 
del  último  examen  que  iba  á  sufrir  y  de  mi  proyecto  de  ir  á 
establecerme  en  la  ciudad,  para  mayor  comodidad,  durante 
los  últimos  quince  días;  añadí  que  pararía  en  casa  de  mi  ami- 
go Kr  emt  chato  f. 

— ¿No  se  ha  casado  todavía? — preguntó  Nadia  distraída- 
mente. 

No  quería  á  Kremtchatof  y  se  extrañaba  de  que  yo  man- 
tuviese relaciones  con  él. 

— Se  casará  dentro  de  un  mes...  si  es  que  no  miente. 

— ¿Y  continúa  mintiendo? 

— ¡Siempre!  Es  en  él  un  vicio  orgánico. 

¡He  aquí  el  prosaico  diálogo  con  que  terminó  nuestro  pa- 
seo, tan  poético  al  principio!  Pero  de  intento  había  yo  dado 
aquel  giro  á  nuestra  conversación,  porque  necesitaba  toda  mi 
sangre  fría  para  examinar  la  situación. 

Ana  Gavrilovna  me  esperaba  con  impaciencia.  Contaba 
evidentemente  conmigo  para  saber  qué  género  de  explicacio- 
nes habíamos  tenido,  sabiendo  muy  bien  que  no  sacaría  á  Na- 
denka  ni  una  palabra.  Así  fue  que  se  mostró  muy  complacida 
cuando  su  hija,  después  de  haber  bostezado  varias  veces,  de- 
claró que  tenía  sueño,  y  se  retiró. 

— Y  bien...  ¿han  hablado  ustedes?... — me  preguntó  en  se- 


LA  NOVELA  DE   UN   HOMBRE   SENSATO  19 

guida  la  señora  con  aire   de  misterio,   acercando  su  silla  á 
la  mía. 

— ¡Hemos  hablado,   Ana  Gavrilovna!... — respondí  con  el 
tono  semiburlón  que  tomaba  á  menudo  con  ella. 
—¿Y  qué? 

— ¿Cómo  qué,  Ana  Gavrilovna? ¿De  qué  quiere  usted  hablar? 
Ciertamente,  ella  no  podía  contestar  de  un  modo  categóri- 
<ío  á  la  pregunta,  y  se  quedó  muy  confusa.  Se  había  vendido 
sin  quererlo.  Ya  no  lo  podía  negar.  Esperaba  que  la  negativa 
de  su  hija  no  era  defiüitiva,  que  aún  no  se  había  perdido  todo, 
que  todavía  se  podía  contar  con  aquellos  millones.  Por  lo  de- 
más, yo  no  pretendo  insinuar  aquí  una  censura:  no  hago  sino 
sentar  un  hecho. 

— Pues...  de  nada  de  particular— dijo  ella  con  embarazo. 
— Únicamente,  como  ustedes  han  debido  hablar  de  eso...  que- 
ría saber. 

— Creo  que  se  inquieta  usted  sin  motivo,  Ana  Gavrilovna 
— dije  hipócritamente. — Nadenka  me  quiere  á  mí  sólo,  y  Mas- 
lovity  no  tiene  ninguna  probabilidad  de  suplantarme.  Todo 
•está  como  antes,  para  dicha  de  todos. 

Me  complacía  en  extremo  turbar  así  á  la  respetable  dama. 
Ana  Gavrilovna  no  tenía  nada  de  tonta,  pero  no  sabía  hacer- 
se dueña  desde  luego  del  asunto:  todo  lo  imprevisto  la  trastor- 
'  naba,  y  únicamente,  al  cabo  de  algún  tiempo,  reaccionaba  y 
hacía  frente  á  la  situación.  Estas  escenas  me  divertían  mucho. 
— ¡Pues  bien,  alabado ^ea  Dios!... — dijo  piadosamente  tras 
un  breve  silencio. — Era  seguro  que  las  cosas  no  podían  suce- 
<ler  de  otra  manera... 

¡Pobre  mujer!  ¡qué  difícil  le  era  ajustarse  á  su  papel!  ¡Ver 
desvanecerse  unos  millones  en  perspectiva  y  poner  buena  ca- 
ra!... A  la  pálida  luz  de  la  luna  vi  contraerse  su  frente.  Un 
instante  después,  la  noche  le  pareció  húmeda  y  experimentó 
la  necesidad  de  retirarse.  Le  di  las  buenas  noches,  respetuosa- 
mente, hasta  con  ternura,  como  conviene  á  un  futuro  yerno, 
y  me  fui  á  mi  habitación. 


20  LA   ESPAÑA   MODERNA 


III 


El  cTiartito  que  me  estaba  asignado  daba  al  jardín.  Las  ra- 
mas de  un  árbol  lleno  de  lilas  llegaban  hasta  mi  ventana  y  pa- 
recían  mirarme. 

Tengo  la  costumbre,  cuando  reflexiono  sobre  un  asunto 
importante,  de  pasearme  de  un  lado  á  otro.  Pero,  en  a']|uella 
ocasión,  me  acostó  en  cuanto  entró  en  mi  cuarto.  Las  paredes 
eran  muy  delgadas,  temía  que  las  señoras  oyesen  mis  pasos, 
cada  uno  de  los.  cuales  hubiera  hecho  vibrar  el  corazón  de 
Ana  G-avrilovna:  como  conocía  muy  bien  mis  costumbres,  no 
hubiera  dejado  de  hacer  conjeturas  y  tal  vez  de  adivinar... 
Ahora  bien,  yo  no  puedo  sufrir  que  adivinen  mis  planes.  Soy 
capaz,  en  semejante  caso,  de  detenerme  en  mi  camino  y  has- 
ta de  tomar  el  opuesto. 

No  apaguó  la  luz.  Las  ideas  sanas  tienen  necesidad  para 
desarrollarse,  de  la  influencia  de  la  luz;  la  oscuridad  no  es 
propicia  sino  para  crear  quimeras. 

Cuando  se  trata  de  pesar  un  objeto  de  importancia,  lo  pri- 
mero que  uno  examina  es  la  bondad  de  la  balanza.  Precisa- 
mente, mi  balanza  se  encontraba  aquella  noche  en  estado  poco- 
satisfactorio.  Cuando  me  encontró  solo  en  el  silencio  de  la  no- 
che, la  escena  de  la  orilla  del  mar,  los  brazos  que  enlazaban 
mi  cuello,  los  ardientes  besos  que  se  apresuraban  sobre  mis  la- 
bios, el  dulce  contacto  de  aquella  joven  encantadora  que  se  me 
ofrecía  con  la  conmovedora  confianza,  y  al  mismo  tiempo  con 
el  ardor  del  primer  amor,  todas  estas  cosas  aparecieron  invo- 
luntariamente en  mi  imaginación.  De  nuevo  ardía  mi  sangre. 
En  vano  trataba  de  rechazar  tal  recuerdo:  permanecía  siem- 
pre presente  perturbando  mis  pensamientos,  paralizando  mi 
voluntad,  haciéndome  incapaz  de  formular  la  menor  idea. 

Me  levantó,  metí  la  cabeza  en  agua  fría,  hice  algunos  mi- 
nutos de  gimnasia,  despuós  me  sentó  ante  mi  mesa  con  la  firme 


LA   NOVELA  DE   UN   HOMBRE   SENSATO  21 

Toluntad  de  estudiar  la  «Colección  de  casaciones  del  Senado» . 
Al  principio  no  hice  nada  de  provecho:  leía  diez  veces  la  mis- 
ma frase,  la  misma  palabra,  sin  comprender.  Pero  poco  á  poco 
me  tranquilicé;  mi  corazón  recobró  su  ritmo  normal,  y  dejó  el 
libro.  De  esta  manera  me  probó  una  vez  más,  que  uno  puede 
dominarse,  si  se  quiere. 

A  decir  verdad,  no  necesitaba  quebrármela  cabeza.  Desde 
antes  de  mi  pequeña  explicación  con  Nadenka,  á  orillas  del 
mar,  sabía  poco  más  ó  menos  lo  que  tenía  que  hacer.  Pero  me 
gusta  precisar  las  cosas  y  no  dejar  nada  á  la  casualidad.  La 
claridad:  ésta  es  la  principal  cualidad  de  mi  espíritu.  No  sabría 
yo  mismo  decir  cómo  la  he  adquirido;  tal  vez,  gracias  á  la 
costumbre  que  tomó  desde  muy  joven  de  analizar  todas  las  co  - 
sas.  También  Nadenka  poseía  hasta  cierto  punto  ese  don  pre- 
<íioso.  Quizás  es  esto  lo  que  nos  aproximó. 

Sin  embargo,  en  cuanto  mis  pensamientos  se  dirigían  hacia 
•ella,  los  recuerdos  de  la  reciente  escena  se  apoderaban  de  mí 
con  nueva  fuerza.  Volvía  á  ver  aquellos  labios  palpitantes, 
aquel  seno  henchido  de  suspiros,  aquellas  mejillas  abrasado- 
ras... Y  de  nuevo  perdía  el  hilo  de  mis  ideas. 

Decidí,  por  fin,  recurrir  al  último  medio,  el  más  eficaz  de 
todos.  Tomé  un  pliego  de  papel  y  una  pluma,  resuelto  á  ex- 
poner mis  reflexiones  por  escrito.  El  papel  tiene  el  poder  de 
calmarme  y  volverme  á  mi  estado  normal.  Me  imaginó,  pues, 
que  escribía  á  Víctor  el  hermano  mayor  de  Nadia  y  mi  com- 
pañero de  colegio,  estudiante,  á  la  sazón,  de  medicina  en  Kief. 
Ciertamente,  yo  no  quería  enviar  aquella  carta;  pero  esto  no 
alteraba  en  nada  la  eficacia  del  remedio.  Escribí: 

«Querido  compañero  Víctor  Alexevitch: 

»Me  he  decidido  á  comunicarte  cosas  graves;  pero  te  lo  pre- 
vengo, es  preciso  que  domines  tu  fogoso  carácter.  En  mi  con- 
ducta hallarás  más  razón  que  nobleza...» 

(Escribí  esta  última  frase  para  ponerme  á  su  nivel.  En  cuan- 
to á  mí,  no  reconozco  nobleza  sin  razón.)  Continuó: 

«Tú  ignoras  que  el  millonario  Maslovity  hacía  la  corte  á 


22  LA   ESPAÍÍA   MODERNA 


Nadenka.  Ayer  ha  pedido  su  mano,  prometiendo  dejarle  toda^ 
su  fortuna.  Comprenderás  (yo  sabía  perfectamente  que  no  lo 
comprendería)  que  esta  circunstancia  cambia  la  situación.  Ha 
reflexionado  mucho  sobre  lo  que  me  incumbía  hacer,  y  he  aquí 
el  resultado  de  mis  reflexiones...» 

Pero  comprendí  que  no  necesitaba  continuar.  El  papel 
había  ya  producido  su  saludable  efecto.  Mi  espíritu  volvió  á 
ser  lúcido  como  de  costumbre.  Al  mismo  tiempo  cruzó  por  mi 
cerebro  una  especie  de  relámpago,  y  me  mostró  el  camino  que 
había  de  seguir  para  realizar  mi  plan:  resolví  obrar  el  mismo 
día  siguiente.  Sin  más  tardar  volví  á  acostarme,  y  como  mis- 
nervios  ya  no  podían  estar  más  en  calma,  me  dormí  en  seguida. 


IV 


Dormí  profundamente  y  sin  soñar.  Los  pájaros  me  desper- 
taron muy  temprano,  como  había  previsto:  dejé  abierta  la  ven- 
tana toda  la  noche,  á  fin  de  que  el  canto  de  aquéllos  me  des- 
pertase muy  de  ijiañana.  La  mañana  era  admirable;  gorrio- 
nes y  golondrinas  piaban  en  competencia  en  mi  ventana;  lo& 
rayos  del  sol  doraban  el  follaje  de  las  lilas;  gruesas  gotas  de 
rocío  brillaban  en  la  hierba;  el  aire  era  puro,  vivificante.  Eran 
las  cinco  y  media. 

Salí  sin  hacer  ruido  de  mi  habitación,  y  pasando  de  punti- 
llas ante  las  ventanas  de  las  señoras  para  que  no  crujiera  la 
arena,  me  deslicé  como  un  ladrón  fuera  de  la  verja  del  jardín. 

Un  instante  después  llegaba  á  la  morada  de  Maslovity. 
Todo  estaba  ya  en  movimiento  en  el  parque;  los  jardineros, 
con  delantal  azul,  regaban  y  limpiaban  los  paseos.  Entré  sin 
llamar. 

— ¿Duerme  todavía  el  señor? — pregunté  al  primer  hombre 
con  delantal  que  encontró.  ^ 

Sabía  de  antemano  lo  que  iban  á  contestarme.  Maslovity^ 
yo  no  lo  ignoraba,   se  levantaba  muy  temprano  para  entre- 


LA  NOVELA   DE   UN   HOMBRE   SENSATO  23 

garse  á  ejercicios  gimnásticos  violentos ,  por  orden  de  su 
módico. 

— ¡Oh!  no...  ni  siquiera  se  ha  acostado — respondió  el  jardi- 
nero sonriendo. — Ha  estado  dando  vueltas  toda  la  noche,  como 
un  diablo,  según  dicen  los  criados... 

Parece  que  está  realmente  enamorado,  pensó,  tomando  nota 
de  aquel  hecho. 

Me  dirigí  hacia  el  paseo  de  las  acacias,  en  donde,  según  el 
jardinero,  debía  encontrar  á  su  amo.  En  efecto,  en  cuanto  en- 
tró le  vi  de  lejos.  Me  volvía  la  espalda.  Vestido  de  una  manera 
extraña,  con  pantalón  de  seda  muy  amplio,  chaquetón  de  ra- 
yas, zapatillas,  minúscula  gorra  blanca,  andaba  dando  gran- 
des zancadas,  balanceando  los  brazos,  como  le  había  aconse- 
jado e}  módico.  Le  seguí  á  pasos  lentos,  queriendo  dejarle  re- 
correr todo  el  paseo  antes  de  acercarme,  á  fin  de  tener  tiempo 
de  estudiar  su  fisonomía,  cuando  se  volviese  hacia  mí.  Al  lle- 
gar á  un  recodo,  me  detuve  y  esperé.  Al  cabo  de  un  instante 
se  oyeron  los  pasos  de  Maslovity,  volvía  y  apareció  de  repen- 
te entre  los  árboles.  Me  bastó  una  ojeada  para  ver  que  la  no- 
che no  le  había  traído  ningún  consuelo ;  su  rostro  expresaba 
el  más  profundo  desaliento.  Esto  era  una  nueva  ventaja  para 
mí.  Andaba  con  la  cabeza  baja,  con  la  mirada  fija  en  la  pun- 
ta de  sus  zapatillas  bordadas,  y  me  hubiera  tropezado  si  yo  no 
hubiese  tomado  la  precaución  de  apartarme.  Levantó  los  ojos, 
me  vio  y  retrocedió  como  si  viera  una  serpiente. 

— ¡Usted!... — exclamó  con  voz  apagada. 

Su  fisonomía  era  tan  cómica,  que  á  duras  penas  pude  con- 
tener una  carcajada. 

— ¿No  me  invitó  usted  ayer?... — dije  con  tono  estudiado. — 
Pues  bien...  vengo  hoy... 

Ivan  Evsevitch,  habiendo  tenido  tiempo  de  recobrar  algo 
su  sangre  fría,  tomó  la  actitud  de  un  hombre  obligado  á  ser 
amable  con  arreglo  á  las  circunstancias. 

— Sin  duda...  sin  duda...  sea  usted  bienvenido — dijo  con  es- 
fuerzo.— En  el  primer  momento  me  sorprendió  usted  un  poco... 


24  LA   ESPAÑA  MODERNA 


—Se  comprende...  Cuando  no  se  ha  dormido  en  toda  la 
noche... 

— ¡Cómo!  ¿Usted  sabe?... 

— Juzgo  por  mí  mismo.  Tampoco  yo  he  dormido.  Usted  y 
yo  giramos  en  torno  de  la  misma  estrella...  ¿no  es  verdad, 
Ivan  Evsevitch? 

El  millonario  lanzó  una  exclamación  que  se  parecía  mucho 
á  un  juramento.  Pero  se  repuso  enseguida  y,  con  voz  casi 
tranquila,  dijo : 

— Dispensará  ueted  mi  costumbre,  ¿no  es  cierto?  Yo  hago 
gimnasia  todos  los  días:  por  esto  me  he  vestido  como  un  sal- 
timbanqui. 

— Sí,  la  vida  es  una  cosa  rara:  á  menudo  cambia  en  saltim- 
banquis á  las  gentes  más  respetables... — dije  con  aire  pen- 
sativo . 

— ¿Y  por  qué  no  ha  dormido  usted  en  toda  la  noche? — in- 
terrumpió bruscamente  Maslovity. 

— ¡Me  gusta  la  pregunta! . . .  Me  quita  la  novia,  y  encima  me 
pregunta  por  qué  no  he  dormido. 

Maslovity  tomó  esta  observación  como  una  burla;  quiso 
responderme  algo  mordaz,  no  encontró  nada  y  se  contentó 
con  lanzar  un  nuevo  gruñido. 

— Usted  se  imagina,  por  lo  que  veo,  que  yo  he  venido  ex- 
presamente á  pasearme  con  usted — repliqué  yo. 

— ¿Por  qué  no? 

— Yo  no  puedo  soportar  el  pasearme  en  el  parque  de  otros. 
Vengo  á  hablar  á  usted  de  negocios,  y  es  de  desear  que  nadie 
pueda  oírnos. 

.Al  escuchar  estas  últimas  palabras,  Maslovity  levantó  la 
cabeza  y  su  mirada  interrogó  vivamente  la  mía.  No  me  costó 
gran  trabajo  adivinar  lo  que  pasaba  ea  el  cerebro  del  millona- 
rio. Las  gentes  de  su  especie,  habituadas  á  comprarlo  todo,  se 
imaginan  fácilmente  que  todos  están  dispuestos  á  vender.  Sin 
duda  pensaba  que  su  oro,  en  aquella  ocasión  como  en  otras  mil, 
iba  á  acudir  en  su  ayuda  y  que  yo  le  cedería  mi  novia  por  una 


LA  NOVELA  DE   UN  HOMBRE   SENSATO  25 

bonita  suma...  ¿Qué  era  yo,  después  de  todo,  á  sus  ojos?  ¡Un 
pobre  diablo  condenado  á  ganarse  penosamente  el  pan  coti- 
diano y  á  privarse  de  todas  las  venturas!  El,  por  el  contrario, 
había  tenido  siempre  por  ley  á  su  capricho.  Había  nacido  rico. 
Sus  millones  procedían  de  su  padre^  que  los  había  amontona- 
do en  el  comercio  de  granos.  Dueño  desde  que  abrió  los  ojos 
de  una  fortuna  considerable,  se  había  entregado  de  lleno  á  los 
placeres,  y  después  de  una  larga  carrera  de  disipación,  le  ha- 
bía acometido  repentinamente  el  deseo  de  conocer  los  goces 
domésticos. 

Este  deseo,  cuando  se  experimenta  á  los  sesenta  años,  es 
irresistible.  Yo  no  sabría  decir  si  la  idea  de  casarse  se  le  ocu- 
rrió á  Maslovity  por  el  hecho  de  conocer  á  Nadia,  ó  si  bien 
este  encuentro  coincidió  con  la  disposición  de  su  espíritu.  En 
todo  caso,  Nadia,  desde  la  primera  entrevista,  produjo  en  él 
una  impresión  vivísima;  los  ojazos  de  mi  novia,  la  expresión 
ingenua  de  su  rostro,  le  conquistaron  desde  luego.  La  belleza 
de  la  muchacha  realizaba  bajo  todos  conceptos,  á  lo  que  pare- 
ce, el  sueño  senil  del  ricacho.  • 

Comprendió,  pues,  que  lo  qae  yo  tenía  que  decirle  era  cosa 
de  importancia,  y,  sin  comentarios,  me  invitó  á  seguirle. 

Cinco  minutos  después  subíamos  la  escalinata  del  terrado. 
Dos  lacayos  galoneados  se  lanzaron  sobre  mí  como  para  apre- 
sarme; pero  viendo  que  no  llevaba  gabán,  se  contentaron  con 
tomar  de  mis  manos  el  sombrero  y  el  bastón.  Atravesamos 
una  serie  de  habitaciones  ricamente  amuebladas  y  notables, 
sobre  todo  por  la  cantidad  de  relojes  que  allí  había.  Maslovi- 
ty tenía  por  los  relojes  una  pasión  desordenada.  Compraba 
indistintamente  todos  los  que  le  presentaban,  con  tal  de  que 
diferenciasen  de  los  que  ya  poseía. 

— ¿Quiere  usted  pasar  al  balcón? — me  dijo. — Se  goza  de 
una  espléndida  vista  de  mar. 

— Es  preciso  que  estemos  completamente  solos — res- 
pondí. 

— En  ese  caso,  sírvase  entrar  en  mi  despacho. 


LA   ESPAÑA   MODERNA 


— Confieso  que  no  esperaba  en  modo  alguno  su  visita  de 
usted — añadió  Maslovity  cuando  nos  sentamos. 

En  el  fondo,  comprendí  lo  que  quería  decir:  «Su  visita  no 
me  es  precisamente  agradable.»  Como  acostumbro  siempre  á 
pagar  mis  deudas — repliqué  en  el  acto. 

— Confieso  que,  por  mi  parte,  no  esperaba  tener  nunca  que 
tratar  de  nada  con  usted. 

En  aquel  momento,  una  docena  de  relojes  dieron  á  un 
tiempo  las  seis  y  media.  Como  mis  señoras  se  levantaban  por 
lo  general  á  eso  de  las  ocho  y  yo  no  quería  que  tuviesen  tiem- 
po de  notar  mi  ausencia,  resolví  abordar  sin  dilaciones  el  ob- 
jeto de  mi  visita. 

— Ayer,  Ivan  Evsevitch,  ha  dirigido  usted  una  proposición 
á  Nadejda  Alexsevna — dije  sin  preámbulos. 

Maslovity  volvió  la  cabeza  y  se  puso  á  teclear  en  la  mesa. 

— Debía  usted  saber,  sin  embargo,  que  nos  queríamos;  que- 
desde  hace  ya  mucho  tiempo  es  mi  novia. 

Inclinó  la  cabeza  con  un  signo  afirmativo  y  continuó  te- 
cleando. Proponíase  evidentemente  conservar  aquella  actitud 
olímpica  que  tan  mal  sentaba  á  su  rostro  vulgar  y  á  su  calva 
cabeza.  «Tendría  curiosidad  de  saber  cuánto  tiempo  va  á  per- 
manecer impasible» — pensó — divertido  ó  interesado.  Continué: 

— Nadejda  Alexsevna  tiene  veintiún  años,  yo  tengo  vein- 
tiséis. Usted,  Ivan  Evsevitch,  sesenta  cumplidos... 

Aquí  el  millonario  se  sobresaltó  y  se  encogió  vivamente  de 
hombroSi 

— No  veo  el  objeto  de  esa  cuenta — dijo  con  voz  irritada. 

Después  tuvo  un  violento  acceso  de  tos. 

Su  aparente  sangre  fría  la  abandonaba,  estaba  claro. 

— Hela  aquí;  quisiera  saber  con  qué  probabilidades  de  éxi- 
to se  ha  lanzado  usted  á  semejante  aventura.  ¿Puede  usted  de- 
círmelo? Si  es  que  usted  mismo  lo  sabe... 

Evidentemente  hubiera  podido  responderme:  «¡Caballero, 
métase  usted  donde  le  llamen!  No  tiene  usted  ningún  derecho 
para  hacerme  tal  pregunta.  Le  ruego  que  se  retire.»   Pero  yo 


LA   NOVELA   DE   UN    HOMBRE  SENSATO  27 

tenía  su  suerte  en  mis  manos;  no  se  atrevió  á  recurrir  á  las 
medidas  extremas.  Se  limitó  á  ponerse  colorado,  y  levantan^ 
dose  con  vacilante  paso,  fué  á  apoyarse  en  la  ventana. 

— ¿Qué  probabilidades? — murmuró  volviéndome  la  espal- 
da.— En  verdad  que  me  hace  usted  una  extraña  pregunta... 
¡Yo  amo  á  Nadejda  Alexsevna! 

— ¿Y  es  eso  todo?  La  única  probabilidad  que  yo  veo  en 
ello  para  usted  es  la  de  perder  la  razón — respondí  con  calma. — 
Pero  no  malgastemos  el  tiempo.  Esas  señoras  no  tardarán  en 
levantarse,  y  como  no  deben  sospechar  la  visita  que  hago  á 
usted,  es  preciso  que  esté  de  vuelta  antes  de  que  se  despierten. 
Hablemos  sin  rodeos.  Usted  dice  que  ama  á  Nadejda  Alex- 
sevna. ¿Cree  usted  de  buena  fe  que  á  los  sesenta  años  basta 
amar  para  ser  correspondido?...  Pero  yo  veo  en  usted  un  au- 
xiliar más  poderoso  que  su  amor...  Se  volvió  vivamente  hacia 
mí;  toda  su  persona  parecía  preguntarme:  «¿Qué  auxiliar? 
¿Hablarás  tú  del  verdugo?» 

—  Su  fortuna  de  usted  —  respondí  categóricamente  á  la 
pregunta  muda. 

Se  puso  como  la  grana. 

— ¿Acaso  piensa  usted  que  se  pueda  comprar  á  Nadejda 
Alexsevna? — exclamó  con  acento  de  noble  indignación. 

¡Un  millonario  idealista!  La  cosa  era  curiosa  y  merecía  la 
pena  de  ser  notada. 

— Sí.  Se  puede  comprármela  á  mi — respondí,  gozando  de 
antemano  con  el  efecto  de  mi  respuesta. 

¡Oh!  ¡Qué  divertida,  qué  indecible  expresión  tomó  la  cara 
de  Ivan  Evsevitch!  Se  volvió  hacia  mí,  se  dejó  caer  en  el  al- 
féizar de  la  ventana,  hundió  ambas  manos  en  los  bolsillos  de 
su  pantalón  y  me  miró  de  pies  á  cabeza.  Toda  su  actitud  pa- 
recía decir:  «¡Su  presencia  mancha  mi  casa!» 

— ¿Qué  suma  pide  usted? — articuló  por  fin  desdeñosamente 
y  con  el  tono  de  un  hombre  que  pide  la  cuenta  al  mozo  de  un 
restaurant. 

— ¡Oh!  ¡Muy  caro! 


28  LA   ESPAÑA   MODERNA 


— ¡Diga,  diga!  Se  regateará — dijo  entre  dientes,  conser- 
vando su  aire  de  desprecio. 

— No,  no  se  regatea.  ¿Debo  decir  la  cifra? 

— Se  lo  ruego. 

Le  observé.  Le  sentaba,  en  verdad,  muy  bien  su  papel  de 
ricacho,  despreciando  al  mundo.  Con  la  frente  alta,  la  mirada 
arrogante,  estaba  casi  majestuoso.  Hasta  parecía  ser  más  alto, 
menos  gordo,  más  joven...  ¡Qué  lástima  que  no  estuviera  allí 
JSÍadia  para  ver  á  su  pretendiente!  En  presencia  de  ella,  él 
siempre  sería  esclavo. 

Sin  embargo,  era  preciso  hablar  y  sentía  que,  á  pesar  de 
todo,  yo  no  podía  dominar  cierta  agitación.  El  momento  era 
solemne:  iba  á  decidir  de  mi  suerte.  Renunciaba  á  Naden- 
ka,  y  Nadenka  me  era  muy  querida.  Mi  emoción  se  aumen- 
taba por  el  deseo  de  llamar  al  orden  á  aquel  millonario 
cuya  dignidad  descansaba,  en  suma,  sobre  un  saco  de  es- 
cudos. 

Me  erguí  en  toda  mi  estatura  y  miré  cara  á  cara.  La  fiso- 
nomía de  Maslovity  perdió  al  punto  su  aplomo. 

— Antes  de  decir  á  usted  esa  cifra — dije  con  voz  clara  y 
enérgica, — es  necesario  que  le  someta  algunas  consideracio- 
nes. Excúseme  usted  si  mi  franqueza  le  parece  brutal.  Y,  por 
de  pronto,  no  hay  motivo  para  creer  que  su  vida  de  usted  se 
prolongue  mucho.  ¿No  es  verdad,  Sr.  Maslovity?  Desearía, 
créalo  usted,  que  no  fuese  así;  pero,  en  fin,  la  prudencia  exige 
que  no  nos  hagamos  ilusiones  sobre  ese  asunto.  Pudiera  suce- 
der, por  consiguiente,  que  sucumbiese  usted  de  pronto.  Se- 
gundo punto:  usted  cuenta,  no  lo  dudo,  con  dotar  generosa- 
mente á  su  mujer;  pero  estoy  muy  lejos  de  estar  persuadido  de 
la  estabilidad  de  sus  intenciones.  Su  vida  de  usted — la  vida  de 
un  hombre  rico — no  ha  sido  más  que  un  continuado  capricho. 
El  sentimiento  que  experimenta  usted  hoy,  es  tal  vez  un  ca- 
pricho... Sus  afecciones  presentes  ¡pueden  cambiar  de  obje- 
to... ¿Quién  me  dice,  por  ejemplo,  que  al  cabo  de  un  año  no 
vaya  usted  á  apasionarse  por  alguno  de  sus  sobrinos,  á  legarle 


LA  NOVELA  DE   UN  HOMBRE   SENSATO  29 

toda  su  fortuna,  dejando  á  su  mujer  de  usted  algunos  miles 
de  rublos  únicamente? 

Maslovity  hizo  un  movimiento  de  protesta;  yo  le  contuve 
con  un  ademán. 

— Ahora  bien;  si  yo  le  cedo  á  usted  á  Nadejda  Alexsevna^ 
es  porque  la  amo.  Quiero  que  sea  feliz;  estoy  convencido  de 
que  para  su  felicidad  es  indispensable  la  fortuna,  y  trabajo 
para  asegurársela.  Supongo  que  no  puede  menos  de  serle  á 
usted  bastante  indiferente  saber  á  quién  ha  de  pasar  su  dinero 
cuando  usted  muera.  He  aquí,  pues,  mis  condiciones:  será  us- 
ted el  único  dueño  de  sus  millones  hasta  el  último  día  de  su 
vida;  pero  exijo  que  haga  usted  hoy  mismo  donación  de  todos 
sus  bienes  á  favor  de  Nadejda  Alexsevna,  con  la  cláusula  de 
que  no  gozará  de  ellos  sino  hasta  después  del  fallecimiento  de 
usted.  Realizará  usted  ese  acto  hoy  mismo,  ¿entiende  usted? 
¡Hoy!  El  convenio  queda  secreto  entre  nosotros.  En  cuanto  á 
mí,  me  retiro,  y  usted  se  casa  con  Nadenka.  Tales  son  mis  de- 
cisiones, Sr.  Maslovity. 

Pero  el  Maslovity  de  hacía  un  momento  había  desapareci- 
do. Yo  no  tenía  delante  sino  un  hombre  abrumado,  hasta  el 
punto  de  que  ni  siquiera  encontraba  palabras  para  expresar 
la  admiración  que  le  inspiraba  la  nobleza  de  mi  conducta. 
Comprendí  que  se  moría  de  ganas  de  arrojarse  en  mis  brazos. 
Semejante  perspectiva  me  sonreía  poco. 

—  ¡Ah...! — balbuceó. — ¡Usted...  usted...,  y  yo  que  me  atre- 
vía á  pensar...! 

Se  acercó  á  mí,  todo  confuso,  y  me  estrechó  las  manos 
como  si  fuera  á  aplastarlas. 

—  Cada  cual  es  libre  de  pensar  loque  le  agrade— con- 
testé. 

—  ¡Andrei  Nicolaevitch!  ¡Es  usted  el  más  noble  de  los  hom- 
bres! ¡Jamás  olvidaré  tan  hermosa  conducta,  jamás...!  ¡Un 
sacrificio  semejante!  ¡Inaudito...!  ¡Es  inaudito...!  Permítame 
usted  que  le  abrace... 

El  medio  más  seguro  de   conmover  á  un   hombre  rico  es 


30  LA   ESPAÑA   MODERNA 


prestarle  un  servicio  gratis.  Me  fue  preciso  sufrir  los  abrazos 
del  enternecido  millonario. 

Sin  embargo,  eran  las  siete:  cogí  mi  sombrero. 

— Pero... — dijo  Maslovity,  deteniéndome: — ¿cómo  vamos 
á  proceder?  ¿Sin  duda  tiene  usted  un  plan? 

— Seguramente.  Ante  todo,  es  preciso  que  esas  señoras  no 
sospechen  nada. 

— Indudablemente...  ¿Qué  hombre  es  usted?...  ¡Está  usted 
«n  todo! 

El  pobre  hombre  había  pensado  muy  poco  en  su  vida;  la 
menor  prueba  de  previsión  le  asombraba. 

— Usted  va  á  hacer  el  acto  de  donación  en  casa  del  notario 
Balutzky,  calle  de  la  Iglesia,  con  orden  de  que  me  lo  enseñe  y 
me  dé  una  copia.  La  cosa  me  interesa,  ya  comprende  usted... 

— ¡Cierto!...  ¡cierto!...  No  hay  más  que  hablar.  Así,  pues, 
«sas  señoras  no  deben  saber  nada...  ¿Para  qué  enterarlas,  en 
afecto?  Realizo  con  ello  una  simple  formalidad.  Créalo  usted, 
hasta  sin  su  intervención,  le  hubiera  dado  todo  lo  que  poseo, 
4 todo!...  ¡Ah!  no  puede  usted  imaginarse  hasta  qué  punto 
adoro  á  Nadejda  Alexsevna... 

y  de  nuevo  se  puso  á  estrecharme  las  manos  con  efusión. 

— ¡Hombre  noble!...  ¡el  más  noble  de  todos  los  hombres!... 
— repetía  casi  llorando. 

— ¡Qué  diablo!  me  debía  algunas  alabanzas,  y  lo  menos  que 
podía  hacer  era  no  regateármelas... 

De  regreso  á  casa  experimenté  un  sentimiento  de  satisfac- 
<íión  intensa:  estaba  orgulloso  de  mí  mismo,  orgulloso  hasta  el 
punto  de  olvidar  momentáneamente  que  perdía  á  la  mujer 
íimada.  Lo  que  sobre  todo  me  seducía  era  la  firmeza,  la  san- 
gre fría,  la  recta  conducta  de  que  había  dado  pruebas  al  pro- 
ceder en  la  realización  de  mi  plan. 

Media  hora  después,  como  Ana  Gravrilovna  me  pregunta- 
se, al  servirme  el  té,  cómo  había  dormido,  respondí  con  acen- 
to de  inefable  satisfacción: 

— ¡En  mi  vida  he  dormido  mejor!... 


LA   NOVELA   DE   UN   HOMBRE  SENSATO  31 


En  aquel  instante  experimentaba  un  sentimiento  al  pensar 
que  en  lo  futuro  me  vería  privado  del  excelente  tó  que  nadie 
en  el  mundo  sabía  hacer  como  Ana  Gavrilovna.  Decididamen- 
te, la  nobleza  de  mi  conducta  estaba  fuera  de  duda. 


El  tren  que  debía  tomar  salía  á  las  cinco.  Me  despedí  de 
las  señoras  con  el  aire  más  natural.  Pero  cuando  hube  fran- 
queado la  puerta  de  la  verja  y  me  volví  para  dirigir  una  últi- 
ma mirada  á  Nadenka,  mi  corazón  se  oprimió  dolorosamente 
y  sentí  un  nudo  en  la  garganta.  ¡Aquella  niña,  de  pie  junto 
á  la  verja  del  jardín,  era  tan  fresca,  tan  bonita!...  Volví  sobre 
mis  pasos...  jNo,  era  imposible!...  Pero  recobró  la  posesión  de 
mí  mismo  merced  á  un  violento  esfuerzo,  y,  con  voz  un  poco 
más  firme  de  lo  que  se  necesitaba,  dije: 

— ¡Adiós,  Nadine!... 

Cogí  sus  dos  manos,  las  besó  con  avidez.  Nadenka,  un 
tanto  sorprendida  por  aquella  demostración,  me  besó  en  la 
frente. 

Ana  G-avrilovna,  desde  el  balcón,  nos  devoraba  con  los 
ojos.  La  buena  señora,  en  su  fuero  interno,  esperaba  siempre 
una  ruptura. 

Me  alejó  con  paso  resuelto,  sin  volverme,  oprimido  el  co- 
razón. Pero  apenas  montó  en  el  tren,  me  sentí  más  aliviado. 
El  cambio  de  lugar  produce  siempre  en  mí  un  efecto  saludable. 

El  tren  se  puso  en  marcha;  distraídamente  me  formulaba 
esta  pregunta:  «¿A  dónde  voy?»  La  ciudad  no  me  tentaba 
nada.  No  esperaba  en  ella  nada  de  nuevo.  Siempre  el  mismo 
Kremtchatof,  con  sus  aventuras  imaginarias  y  sus  proyectos 
de  dramas,  de  cuadros,  de  composiciones  musicales.  ¡Siempre 
el  mismo  círculo,  con  sus  conversaciones  insípidas  y  sus  inefi- 
caces resoluciones  de  perfeccionamiento  individual!  Todo  esto 
me  divertía  antes,  y  de  cuando  en  cuando  me  complacía  pasar 


32  LA   ESPAÑA    MODERNA 


una  velada  con  aquellos  jóvenes,  los  cuales  bebían  todos  mis 
palabras  con  respeto.  Pero  en  aquella  ocasión  me  sentía  inca- 
paz de  soportar  fisonomías  tan  conocidas.  A  toda  costa  nece- 
sitaba alguna  nueva  impresión. 

De  repente  me  acordó  de  la  invitación  de  Olenina.  Resolví 
en  seguida  ir  á  pasar  la  tarde  con  ella.  Mi  visita  la  procuraría 
una  sorpresa  agradable.  Además,  aquella  joven  me  inte-^ 
resaba. 

¡Se  parecía  tampoco  Olenina  á  las  otras!  Sabiendo  perfec- 
tamente que  estaba  condenada  (había  heredado  la  enfermedad 
de  su  madre,  muerta  tísica  precisamente  en  aquella  edad),  mi- 
raba al  mundo  con  disgusto  y  llevaba  una  existencia  solitaria, 
metida  entre  libros,  entregándose  al  estudio  con  inconcebible 
ardor.  Muy  asidua  en  otro  tiempo  de  la  escuela  superior  de 
muchachas  en  San  Petersburgo,  hubo,  por  prescripción  de  los 
médicos,  de  buscar  un  clima  más  suave  y  vino  á  vivir  á  nues- 
tra ciudad. 

La  casa  habitada  por  Olga  Mikailovna  estaba  situada  en 
medio  de  un  vasto  jardín  en  el  que  se  encontraban  dispuestas 
sin  plan  ninguno  varias  casitas  parecidas,  adornadas  todas 
con  terraditos  y  alquiladas  á  precios  muy  económicos. 

Cerca  de  una  de  aquellas  casitas,  que  se  parecían  más  bien 
á  cofres  de  madera,  vi  á  la  anciana  tía  de  Olenina  descansan- 
do en  un  gran  sillón.  Con  las  manos  puestas  sobre  las  rodillas, 
cerrados  los  ojos,  inmóvil,  dormitaba^  calentada  por  los  obli- 
cuos rayos  del  sol  poniente.  Blanca  como  el  yeso,  con  la  na- 
riz afilada,  contraídos  los  labios,  saliente  la  barbilla,  su  rostro 
se  parecía  al  de  una  muerta.  Pasó  á  su  lado  sin  despertarla. 
Olga  Mikailovna  estaba  sentada  á  poca  distancia  en  el  terra- 
do; también  ella  parecía  dormitar.  El  libro  que  tenía  se  había 
caído  en  sus  rodillas,  y  permanecía  inmóvil  como  su  tía,  con 
los  ojos  cerrados  también.  Al  mirarlas  alternativamente,  me 
estremecí:  había  entre  ambas  no  sé  qué  parecido,  y  no  era  so- 
lamente un  aire  de  familia.  Aquellas  dos  mujeres,  d©  las  cua- 
les la  una  concluía  casi  la  segunda  mitad  de  un  siglo,  mien- 


LA  NOVELA  DE   UN   HOMBRE  SENSATO  33 

tras  la  otra  apenas  había  pasado  del  cuarto,  llevaban  igual- 
mente el  sello  de  la  muerte. 

Me  detuve  á  algunos  pasos  de  Olga  Mikailovna  y  la  con- 
templé silenciosamente.  Jamás  olvidaré  aquellos  párpados 
surcados  de  venas  azules,  ornados  con  largas  pestañas  negras; 
aquellos  labios  finos,  cerrados  apretadamente,  aquella  boquita 
enérgica,  aquella  cabeza  ligeramente  inclinada,  como  bajo  el 
peso  de  su  abundante  cabellera,  todo  aquel  rostro  envuelto  en 
una  indefinible  sombra  misteriosa... 
La  llamé  dulcemente: 
— ¡Olga  Mikailovna! 

A  mi  voz  se  estremeció,  y  despertándose  sobresaltada,  lan- 
zó un  grito  de  espanto.  Trató  de  levantarse,  volvió  á  caer  en 
su  asiento,  se  cubrió  el  rostro  con  las  manos  y  la  oí  estallar 
en  sollozos. 

Acudí  á  ella. 

— ¡Olga  Mikailovna!  ¿Qué  tiene  usted?...  ¿Qué  he  hecho 
yo?...  ¿Qué  es  esto?... 

Hubiera  necesitado  un  frasco  de  sales ,  agua  fresca  por  lo 
menos;  pero  no  vi  más  que  el  agua  hirviendo  de  la  tetera  que 
humeaba  cerca  del  terrado.  Me  vi  obligado  á  contentarme  con 
palabras. 

— ¡Qué  nerviosa  es  usted!.  .  ¡La  he  asustado!...  jLa  ruego 
que  me  perdone!... 

Ella  trató  de  sonreír,  me  tendió  la  mano  y,  con  gran  alivio 
mío,  se  puso  á  burlarse  de  su  propio  susto: 

— Debe  usted  creerme  loca...  Pero  no  puede  imaginarse  lo 
que  soñaba  cuando  usted  me  ha  llamado...  Le  he  tomado  por 
un  fantasma,  ni  más  ni  menos — dijo. — Y  ahora  siéntese  usted. 
¡Qué  amable  es  usted  por  haber  venido!...  ¿Va usted  á  tomar  el 
té  con  nosotras,  no  es  verdad? 

— A  condición  de  que  me  permita  usted  ayudarla  á  ser- 
virle. 

Puse  la  mesa;  coloqué  las  tazas  y  la  tetera;  después  I0  ofrecí 
servir  el  té.  Ella  me  dejaba  hacer,  sonriendo. 

E.  VL,— Septiembre  1902.  3 


34  L.A  ESPAÑA   MODERNA 


— ¡Está  bien!...  Mímeme  usted  un  poco...  ¡Qué  amable  es 
usted! 

Olenina  llevaba  aquella  tarde  un  traje  negro,  cuyo  cuerpo 
ceñía  bien  el  delgado  talle;  la  falda  caía  al  suelo  en  anchos 
pliegues.  Sus  cabellos,  muy  abundantes,  formaban  en  la  nuca 
un  abultado  moño,  anudado  sin  ninguna  pretensión  ó  coque- 
tería. Estaba  encantadora  con  su  gracia  natural,  y  una  vez 
pasada  su  turbación,  se  puso  á  hablar  y  sonreír:  una  sonrisa 
muy  fina,  un  poco  irónica  é  infinitamente  seductora.  Nuestra 
conversación  fue  animada  y  franca. 

Le  dije,  entre  otras  cosas,  que  su  casa  no  me  agradaba,  que 
se  parecía  á  un  cajón. 

— ¡Querrá  usted  decir  á  un  féretro! — replicó  ella, — y,  en 
contra  de  lo  que  me  esperaba,  ninguna  sombra  de  tristeza  se 
vislumbró  en  su  rostro. 

¡Puede  uno  habituarse  á  todo,  hasta  á  la  idea  de  una 
muerte  próxima!  pensó  yo. 

— Pero  me  encuentro  aquí  bien — añadió  ella; — mi  soledad 
es  absoluta.  Ningún  vecino  se  ocupa  de  mí,  y  no  me  quejo.  En 
cuanto  á  mi  tía,  no  hay  que  contar;  la  absorbe  una  idea  fija, 
la  de  saber  cómo  le  será  más  cómodo  morir,  en  su  cama  ó  en 
su  sillón...  ¿No  es  extraño  el  llegar  á  no  prsocuparse  sino 
de  eso? 

En  seguida  volvió  á  su  alegría  de  verme. 

— La  verdad  que  es  usted  demasiado  bueno  en  haber  veni- 
do... ¿Ve  usted  qué  alegre  estoy?...  Es  gracias  á  usted.  ¡Y  qué 
bien  sirve  usted  el  té!...  Deseo  otra  taza,  hágame  el  favor... 

Y  ella  me  sonreía,  charlaba,  bebía  el  tó  que  yo  la  daba, 
pretendía  no  haberlo  encontrado  nunca  tan  bueno. 

El  sol  se  había  ocultado  y  el  crepúsculo  invadía  lentamen- 
te los  contornos.  La  tía  levantó  la  cabeza  y  pidió  tó:  se  lo  hi- 
cimos tomar  como  á  un  niño.  Después  de  lo  cual  ayudé  á  Olga 
Mikailovna  á  llevarla  rodando  en  su  sillón  hasta  su  cuarto,  en 
donde  pudo  meditar  á  sus  anchas  sobre  la  manera  más  cómo- 
da de  morir. 


LA  NOVELA  DE   UN   HOMBRE   SENSATO  35 

De  nuevo  nos  sentamos  frente  á  frente  en  el  terrado.  La 
noclie  se  presentaba  fresca.  El  mar,  oculto  por  los  árboles,  nos 
«enviaba  ligeros  soplos  de  aire  húmedo;  mi  amiga  tosió  dos  ó 
tres  veces,  y  vi  que  se  estremecía.  Propuse  el  entrar;  pero  ella 
se  negó,  rogándome  únicamente  que  la  diera  su  taima. 

La  humedad  del  anochecer  había  cambiado  su  humor.  Mi- 
rábame aún  con  dulzura;  pero  su  fina  sonrisa  había  desapare- 
cido: tenía  un  aspecto  triste  j  abatido.  De  cuando  encuando 
la  sacudían  ligeros  estremecimientos  y  se  apretaba  la  taima. 
Queriendo  reanimarla  y  distraerla,  trató  de  contarle  el  úl- 
timo embuste  de  Kremtchatof;  pero  ella  meneó  la  ca  beza. 

— Deje  usted  en  paz  á  ese  Kremtchatof — dijo  con  voz  dé- 
bil;— no  es  divertido. 

Comprendí  que  nada  la  interesaba  en  aquel  momento.  La 
humedad  había  reavivado  su  dolencia. 

— ¿Por  qué  está  usted  tan  triste,  Olga  Mikailovna?  —  le 
preguntó  por  un  impulso  repentino. — Dígamelo,  y  su  corazón 
se  aliviará  en  seguida.  ¿No  ha  ensayado  usted  nunca  ese  re- 
medio? 

No  contestó  inmediatamente;  su  mirada  permanecía  fija  en 
las  tinieblas,  como  si  hubiera  entrevisto   alguna  visión  íatal. 
Después,  lentamente,  como  hablándose  á  sí  misma,  murmuró: 
— ¿No  sería  justo  que  todo  ser  humano  pudiera  decirse  an- 
tes de  morir:  «He  vivido»? 

Mi  corazón  se  oprimió.  Aquella  joven  trataba  la  cuestión 
de  la  muerte  como  otros  tratan  la  cuestión  de  su  carrera.  Y 
tenía  razón,  ¡porque  su  carrera  era  la  muerte!  La  compadecía 
■con  toda  mi  alma.  ¡Pobre  criatura!  ¡Tan  simpática,  tan  inte- 
ligente, dotada  de  un  encanto  tan  penetrante,  lo  tenía  todo 
para  ser  dichosa,  y  estaba  condenada!...  Pensé  en  la  amarga 
estupidez  de  las  cosas... 

— Tiene  usted  razón,  Olga  Mikailovna  —  dije  con  tono 
tranquilo,  esforzándome  en  dar  á  la  conversación  el  giro  de 
una  discusión  abstracta. 

— ¿Qué  es  la  vida — añadió  ella — sino  el  alimento  de  la 


36  LA   ESPAÑA   MODERNA 


muerte?...  Y  sin  embargo,  cada  cual  quiere  vivir...  Pero  pa- 
rece que  una  felicidad  semejante  no  está  al  alcance  de  todo  el 
mundo. 

Sonreía  amargamente. 

— ¡No!  Eso  no  es  verdad — exclamé  con  calor. — Todo  ser 
dotado  de  razón  y  de  sentimiento  puede  vivir.  La  vida  no  debe 
medirse  solamente  por  el  número  de  años,  Olga  Mikailovna... 
Uno  puede  experimentar  en  un  mes  mayor  número  de  sensa- 
ciones que  otro  en  cincuenta  años... 

El  entorpecimiento  de  Olenina  desapareció  como  por  en- 
canto. Un  relámpago  brilló  en  sus  ojos. 

— ¡Enséñeme  usted  el  arte  de  vivir! — exclamó  enderezán- 
dose.— Escuche  usted,  Andrei  Nicolaevitch:  que  le  convenga  ó 
no,  le  considero  como  á  mi  mejor  amigo...  Pues  bien,  déjeme 
usted  confesárselo...  ¡Yo  quiero  vivir!...  ¡Lo  quiero  terrible- 
mente, apasionadamente!... 

Se  dejó  caer  en  el  respaldo  de  su  sillón.  Aquel  grito  se  le 
había  escapado  como  á  su  pesar.  En  aquella  confesión  se  sen- 
tía una  desesperación  tan  desgarradora,  que  me  sentí  conmo- 
vido hasta  en  el  fondo  de  mi  alma.  A  toda  costa  era  preciso 
encontrar  palabras  de  consuelo.  Me  apoderé  de  sus  manos  y 
las  besó  con  sincera  compasión. 

— ¡Se  lo  enseñaré  á  usted,  querida  amiga,  lo  mejor  que  yo 
pueda! — le  dije  con  voz  conmovida. 

Sonrió  sin  contestar  y  vi  que  sus  ojos  se  llenaban  de  lágri- 
mas. Mi  simpatía  le  causaba  una  profunda  alegría.  Me  apre- 
suró á  despedirme  para  no  echar  á  perder  aquel  efecto  saluda- 
ble, pretextando  que  iba  á  faltar  al  tren.  El  último,  en  efecto, 
pasaba  á  las  diez. 

— Espere:  voy  á  acompañarle  á  la  estación.  Es  usted  tan 
bueno,  tan  encantador  hoy,  que  quiero  disfrutar  de  su  compa- 
ñía hasta  el  último  momento — dijo . 

Se  cogió  de  mi  brazo.  El  contacto  de  sü  manecita,  de  toda 
su  frágil  persona,  me  llenaba  de  una  ternura  compasiva.  En 
aquel  momento,  deseaba  con  extraño  fervor  que  aquella  en- 


LA   NOVELA  DE   UN   HOMBRE   SENSATO  37 

cantadora  joven,  cuya  vida  debía  ser  tan  corta,  conociera  un 
poco  de  felicidad... 

Atravesamos  en  silencio  la  corta  distancia  que  nos  separa- 
ba de  la  estación.  El  tren  entraba  en  la  estación  cuando  nos- 
otros llegábamos.  Subí  á  un  coche  descubierto,  y  por  encima 
de  la  baranda  estreché  la  mano  de  Olenina. 

— A  propósito — dijo  ella  de  repente  mirándome  con  sus 
ojos  turbados, — no  me  ha  dado  usted  noticias  de  Nadejda 
Alexsevna. 

— Se  casa — respondí  del  modo  más  natural  del  mundo. 

Olga  Mikailovna  apartó  la  vista;  después,  con  voz  débil: 

— ¿Qué  día  es  el  señalado  para  su  boda  de  usted? 

— He  dicho  que  Nadejda  Alexsevna  se  casa;  ¿he  dicho  que 
me  casaba  yo  también? 

Olenina  me  dirigió  una  mirada  ansiosa. 

— Si  es  una  broma...  hace  usted  mal  en  bromearse  de  esa 
manera — murmuró  con  voz  entrecortada. 

— Es  la  verdad,  la  pura  verdad;  se  lo  juro. 

Sonó  el  silbato.  Por  segunda  vez  la  tendí  la  mano.  Ella  la 
tomó  con  visible  vacilación. 

— Entonces...  ¿me  explicará  usted?... — dijo  ella  ya  el  tren 
en  marcha. 

— Pasado  mañana...  le  contaré  á  usted  todo — gritó. 

Ya  no  distinguía  sus  rasgos,  y  su  silueta  se  borró  en  la 
oscuridad. 


VI 


Al  día  siguiente,  á  las  once,  pasé  á  casa  del  notario  Ba- 
lutzky.  Era  un  viejo  muy  respetable,  alto,  delgado,  un  poco 
inclinado  hacia  adelante,  que  tenía  una  marcada  debilidad 
por  todo  lo  que  era  inglés.  Sus  inclinaciones  anglomanas  ie 
obligaban  á  llevar  afeitado  el  labio  superior  y  á  rodearse  el 
rostro  con  una  especie  de  franja  de  barba;  era  muy  reservado 


38  LA   ESPAÑA   MODERNA 


en  su  actitud,  hablaba  lentamente,  sobriamente,  y  no  se  per- 
mitía jamás  ningún  ademán  al  hablar.  Estábamos  hacía  tiem- 
po en  relaciones  amistosas.  Hasta  hubo  una  época  en  que  hice 
la  corte  á  su  hija;  pero  un  rico  comerciante  de  origen  griego 
honró  á  la  señorita  pidiendo  su  mano,  y  ella  aceptó,  no  sin 
suspirar  muy  fuerte.  Yo  encontró  la  cosa  muy  razonable,  y  no 
la  guardó  ningún  rencor.  Precisamente  á  este  hecho  debía  el 
respeto  del  notario,  que  admiraba  mi  precoz  buen  sentido. 

El  respetable  notario  no  dejó  de  extrañarse  al  recibir  la 
orden  de  Maslovity  en  lo  referente  á  la  copia,  no  viendo  bien 
lo  que  podía  haber  de  común  entre  el  millonario  y  yo.  Hube 
de  inventar  una  explicación. 

— La  cosa  es  muy  sencilla — le  dije. — Me  han  recomendado 
á  Maslovity  como  un  joven  jurisconsulto  de  porvenir — recibi- 
ré el  título  uno  de  estos  días; — debo  sustituir  á  su  abogado, 
del  que  está  descontento,  y  quiero  acostumbrarme  á  los  nego- 
cios. Maslovity  va  á  casarse  con  una  joven  pobre,  y  para  con- 
quistar la  ternura  de  su  prometida,  ha  resuelto  hacer  en  su 
favor  ese  acto  de  donación.  Maslovity  piensa  que  sería  enojo- 
so para  él  ofrecer  sus  millones  á  su  futura,  y  me  ha  elegido  á 
mí  para  llevarle  ese  bonito  regalo... 

La  explicación  pareció  satisfactori  aal  notario.  Por  lo  me- 
nos no  manifestó  asombro,  y  me  dijo  que  el  documento  en 
cuestión  sería  firmado  por  Maslovity  á  las  dos,  y  que  yo  reci- 
biría la  copia  á  eso  do  las  cuatro. 

No  me  quedaba  más  que  hacer  sino  esperar  pacientemente. 
Maslovity  no  cambiaría  de  idea,  estaba  seguro  de  ello;  pero, 
á  pesar  de  todo,  no  podía  menos  de  encontrarme  algo  inquie- 
to. El  mismo  Kremtchatof  reparó  en  mi  aire  preocupado. 

— ¿Qué  le  ocurre  á  usted? — me  preguntó  muy  perplejo,  al 
ver  que  no  podía  estarme  quieto  en  un  sitio. 

Como  hombre  de  buen  corazón,  quiso  á  toda  costa  dis- 
traerme. Para  hacerle  justicia,  es  preciso  confesar  que  puso  en 
ello  el  mayor  celo.  Fue  inagotable,  jamás  me  había  contado 
ayenturas  tan  singulares.  Las  de  su  vida,  según  él,  eran  ex- 


LA   NÓTELA   DE   UN   HOMBRE   SENSATO  39 

traordinarias:  recordaba  sin  quererlo  toda  anécdota  que  hu- 
biera leído  ó  escuchado,  y  al  referirla,  sustituía  sencillamente 
su  persona  á  la  del  protagonista. 

Viendo  que  sus  narraciones  más  selectas  no  producían  nin- 
gún efecto  en  mí,  tomó  el  partido  de  comunicarme  una  noti- 
cia, que,  en  efecto,  me  llenó  de  sorpresa. 

— Me  olvidaba  comunicarle  un  ligero  cambio  introducido 
en  mi  vida — dijo  con  tono  negligente. 

— ¿Un  cambio? 

— ¡Oh!  |una  sencilla  bagatela!...  Tal  vez  no  merece  la  pena 
de  contarse...  En  suma,  nadaba  cambiado.  Soy  lo  que  era: 
tan  insignificante,  tan  poca  cosa  como  antes... 

Todo  esto  era  dicho  con  el  solo  fin  de  producir  mayor  efec- 
to. Kremtchatof  se  detuvo  esperando  una  pregunta.  Pero 
como  yo  callaba,  continuó,  como  si  quisiera  responder  á  la 
curiosidad  que  yo  no  expresaba: 

— ¡Nada  de  particular,  se  lo  aseguro!... 

Sencillamente  que  ayer,  al  ir  á  ver  á  mi  novia,  la  encontró 
sola,  y  de  pronto  me  vino  la  idea  de  casarme  en  el  acto.  Y 
aquí  me  tiene  usted  casado. 

— ¿Qué  dice  usted?...  Casado...  ¿en  qué  sentido? 

— ¡Oh!  en  el  sentido  más  vulgar.  Fuimos  á  la  iglesia,  el 
sacerdote  nos  bendijo...  En  una  palabra:  todo  sucedió  en  bue- 
na forma.  Puede  usted  felicitarme. 

Lo  que  me  contaba  era  inaudito;  pero,  por  otra  parte,  me 
era  harto  fácil  comprobar  su  historia  en  el  acto;  bien  lo  sa- 
bía él. 

— ¿Quiénes  han  sido  sus  padrinos? — preguntó. 

— ¿Los  padrinos?...  Pues  los  primeros  que  encontré.  Usted 
no  los  conoce.  Tal  vez  le  extrañe  á  usted  no  ver  á  mi  mujer... 
Es  que  hemos  decidido  que  cada  uno  se  quede  en  su  casa.  T 
así  continuaremos  siempre...  ¿Por  qué  hacer  como  todo  el 
mundo? 

Pero  yo  no  tenía  tiempo  para  escuchar  más.  Era  ya  cerca 
de  las  cuatro,  y  tenía  que  ir  á  casa  de  Balutzky.  Me  sentí  de 


40  LA   ESPAÑA   MODERNA 


nuevo  violentamente  agitado,  y  mis  manos  temblaban  cuando 
cogí  el  sombrero.  ¿Por  qué  las  manos,  me  pregunté?...  Cruzó 
por  mi  mente  una  idea  desagradable:  la  de  extorsión...  Sin 
embargo,  nada  era  para  mí.  Todo  cuanto  hacía  era  para  los 
otros... 

A  medida  que  me  acercaba  al  estudio  del  notario  sentía 
aumentar  mi  agitación,  y  mé  asaltó  el  temor  de  no  poder  des- 
empeñar cenvenientemente  mi  papel  de  intermediario  presun- 
to. Me  vi  obligado  á  dar  cuatro  vueltas  al  barrio  antes  de  en- 
trar en  casa  de  Balutzky.  ¡Oh!  ¡mis  nervios  malditos!...  Creía 
no  tenerlos... 

— ¿Está  usted  malo? — me  preguntó  el  notario  cuando  entró . 

— No,  pero  he  recibido  una  mala  noticia:  mi  prima  está 
enferma. 

Esta  mentira  me  pareció  indispensable. 

— jAh!...  ¿tiene  usted  una  prima?... 

— Sí,  una  prima  á  la  que  quiero  mucho. 

— En  fin,  es  de  esperar  que  no  será  nada  grave...  ¿Quiere 
usted  leer  el  documento? — propuso  el  notario. 

Tomé  el  papel  que  me  tendía  y  le  recorrí  con  la  vista.  Ba- 
lutzky creyó  sin  duda  ver  en  mí  un  joven  jurisconsulto  más 
interesado  en  la  forma  que  en  fondo  del  asunto.  ¿Cómo  no  ha- 
bía de  ser  así?  Tengo  la  certeza  de  que  mi  fisonomía  no  expre- 
saba sino  la  atención  más  desinteresada. 

— ¡Sí!  Todo  estaba  en  debida  forma.  Todos  los  millones  pa- 
saban á  las  Turtchaninof . . .  ¡Y  aquello  era  obra  mía!... 

— Muchas  gracias — dije  cortésmente  al  notario  doblando 
cuidadosamente  mi  copia  y  guardándola  en  mi  bolsillo. 

Salí  del  estudio  con  paso  firme  y  seguro.  Mi  febril  agita- 
ción había  desaparecido.  Experimentaba  ahora,  por  el  contra- 
rio, una  sensación  de  calma,  de  fuerza,  de  confianza  en  mí 
mismo.  Estaba  lleno  de  fe. 

— A  mi  vez,  le  traigo  á  usted  una  noticia — dije  á  Kremfc- 
chatof  al  entrar  en  su  casa. — No  me  caso  con  la  señorita  de 
Turtchaninof. 


LA  NOVELA   DE   UN   HOMBRE  SENSATO  41 

— jAh!...  ¿Han  reñido  ustedes? 

— De  ninguna  manera.  No  hemos  reñido.  Pero  quiero  se- 
guir su  ejemplo  de  usted  y  no  hacer  como  todo  el  mundo. 

M©  echó  á  reir.  Kremtchatof,  asombrado,  me  miraba  con 
la  boca  abierta. 


VII 


Kremtchatof  no  quería  creer  en  nuestra  ruptura.  Afirmaba 
que  todos  mis  amigos  serían  tan  incrédulos  como  él.  Nadie 
querría  dar  fe.  ¿No  estábamos  creados  uno  para  el  otro,  Na- 
denka  y  yo?  Nuestra  unión  sería,  seguramente,  de  las  más 
felices. 

Viendo  que  mi  resolución  era  inquebrantable,  Kremtcha- 
tof, muy  agitado  por  mi  firmeza,  resolvió  marchar  al  campo 
á  fin  de  hablar  él  mismo  á  las  Turtchaninof.  No  solamente  no 
tenía  j'-o  nada  que  objetar  contra  tal  visita,  sino  que  recibí  el 
anuncio  con  placer.  Las  señoras  debían  estar  en  la  mayor  con- 
fusión; era  preciso  sacarlas  de  ella  ó  indicarles  el  camino  que 
para  ellas  había  trazado. 

Kremtchatof  marchó  y  yo  me  quedó  solo.  En  seguida  me 
puse  á  trabajar.  Sucediera  lo  que  sucediese,  estaba  resuelto  á 
salir  airoso  de  mi  último  examen. 

A  las  diez  estaba  de  vuelta  mi  amigo  y  me  daba  cuenta  de 
su  visita.  No  había  podido  hablar  confidencialmente  con  las 
señoras,  en  atención  á  que  un  señor  gordo  que  se  encontraba 
allí  y  que  parecía  gozar  cerca  de  ellas  de  cierta  consideración, 
permaneció  sin  moverse  de  su  puesto  hasta  que  Kremtchatof 
se  marchó. 

— Se  llama  Maslovity.  ¿Es  pariente  acaso  del  millonario 
de  ese  nombre? — añadió  mi  amigo. 

— Es  el  millonario  mismo — contestó. 

El  artista  hizo  un  gesto  de  desprecio  y  manifestó  que  sen- 
tía no  haberlo  sabido,  afirmando  que  no  se  hubiera  mostrado 


42  LA    ESPAÑA   MODERNA 


tan  cortés  si  hubiese  sabido  que  se  encontraba  enfrente  de  un 
ricacho.  Detestaba  á  esos  gordos  nababs.  Nadenka  le  había 
preguntado  si  yo  paraba  en  su  casa.  Él  había  respondido  afir- 
mativamente. En  suma,  había  encontrado  bastante  fría  la  aco- 
gida de  aquellas  señoras,  y  le  había  parecido  que  todos  se 
preguntaban  por  qué  había  ido.  Él,  por  su  parte,  enviaba  á 
Maslovity  á  todos  los  diablos.  Pero  éste,  cómodamente  arre- 
llenado en  su  butaca,  no  manifestaba  intención  de  moverse,  y 
Kremtchatof  había  concluido  por  cederle  el  puesto. 

Sin  embargo,  consiguió,  al  marcharse,  murmurar  al  oído 
de  Ana  Gavrilovna  que  deseaba  decirla  dos  palabras.  La  dama 
le  acompañó  hasta  la  puerta  del  jardín. 

— ¿Es  posible,  Ana  Gavrilovna,  que  todo  haya  concluido 
entre  Andrai  Nicolaevitch  y  su  señorita  hija? — preguntó 
Kremtchatof. 

— ¿Es  él  quien  se  lo  ha  dicho  á  usted? — preguntó  á  su  vez 
vivamente  la  señora. 

Y  sus  ojos  brillaron  de  una  manera  singular;  mi  amigo  lo 
notó  bien. 

— El  mismo — respondió  él. — Así,  pues,  ¿es  verdad? 
— Debe  serlo  cuando  se  lo  ha  dicho  á  usted.  No  es  hombre 
que  hable  á  la  ligera... — contestó  Ana  Gavrilovna. 

Y  ella  le  estrechó  la  mano  con  fuerza,  como  para  darle  gra- 
cias por  una  buena  noticia — decía  él.  Kremtchatof  estaba 
atónito.  En  cuanto  á  Nadenka,  apenas  abrió  la  boca  durante 
su  visita;  le  había  parecido  pálida  y  triste. 

Kremchatof  continuaba  sin  comprender  la  situación.  Pero 
su  viaje  no  había  sido  inútil.  Yo  veía  claramente  lo  que  hubo 
de  ocurrir  en  casa  de  las  Turtchaninof  después  de  salir  mi  ami- 
go: Maslovity  permanecía  en  su  butaca  sin  hablar  palabra — el 
pobre  hombre  no  era  elocuente, — pero  devorando  á  Nadenka 
con  los  ojos.  Tal  vez  hablaba  más  que  de  costumbre,  sintién- 
dose molesto  desde  que  había  pagado  el  derecho  de  hacer  la 
corte.  Pero  Ana  Gavrilovna  ardía  en  deseos  de  alejarle,  á  fin 
de  comunicar  á  Nadenka  lo  que  acababa  de  saber  por  Kremt- 


LA  NOVELA  DE    ÜN   HOMBRE    SENSATO  43 

chatof.  Me  la  representaba  bostezando  sin  cesar  para  llamar  la 
atención  de  Maslovity,  diciendo  que  Nadenka  no  debía  per- 
manecer mucho  tiempo  en  el  terrado,  que  estaba  fatigada,  et- 
cétera. I  van  Evsevitch  comprendía  al  fin  sus  insinuaciones,  se 
retiraba. 

— ¿Sabes lo  que  me  ba  dicho  Kremtchatof? — exclamaría,  sin 
duda  alguna,  Ana  Gavrilovna  en  cuanto  se  hubiese  cerrado 
la  puerta. — Andrei  Nicolaevitch  le  ha  declarado  que  todo  ha 
concluido  entre  vosotros...  ¡que  no  se  casa  contigo!... 

Nadenka  so  arrebataría  ciertamente.  Al  principio  decla- 
raría que  un  hombre  como  yo  no  se  atrevería  á  hacer  una  cosa 
semejante,  que  todo  aquello  era  una  de  las  acostumbradas  in- 
venciones de  Kremtchatof.  Pero  Ana  Gavrilovna  afirma- 
ría que,  en  su  concepto,  Kremtchatof  decía  la  verdad  en 
aquella  ocasión.  Entonces  Nakenda  se  enfadaría  más.  Creía 
oiría. 

— ¡La  comprendo  á  usted,  mamá!  En  el  fondo,  usted  desea 
esa  ruptura. 

La  veía  rabiando,  llorando,  diciendo  que,  aun  cuando  yo 
cometiese  semejante  indignidad — es  decir,  que  renunciase  á 
ella, — por  nada  del  mundo  se  casaría  con  Maslovity.  Ana  Ga- 
vrilovna, con  gran  diplomacia,  se  callaría,  dejando  que  la  in- 
dignación y  el  dolor  de  su  hija  estallasen  en  palabras  y  se  ex- 
tinguieran por  sí  mismos. 

He  aquí  la  escena  tal  como  yo  me  la  representaba  y  como 
debió  desarrollarse  sin  duda  alguna. 

Contaba  con  recibir  en  seguida  la  imperiosa  demanda  de 
una  explicación,  tal  vez  de  una  entrevista;  pero,  en  cuanto  á 
la  entrevista,  estaba  absolutamente  decidido  á  no  prestarme  á 
ella  por  ningún  motivo. 

Al  día  siguiente,  por  la  mañana,  alquilé  dos  habitaciones 
amuebladas,  y  estaba  preparándome  á  marchar  cuando  Kremt- 
ehatof  se  despertó.  Me  preguntó  por  qué  estaba  en  pie  tan 
temprano.  Por  toda  respuesta  le  invité  á  venir  á  tomar  el  té 
en  mi  nuevo  domicilio.  Como  hombre  hospitalario,  Kremt- 


44  LA    ESPAÑA    MODERNA 


chatof  se  ofendió.  ¿A.  qué  obedecía  la  mudanza?  ¿Iba  á  faltar 
el  aire  para  los  dos  en  su  casa? 

— Pero,  puesto  que  se  ha  casado  usted — respondí, — su 
mujer  podría  venir  á  verle... 

— ¿Mi  mujer? — preguntó  sinceramente  sorprendido. 

¡El  pobre  muchacho  se  había  ya  olvidado  de  su  mentira  de 
la  víspera!  No  quise  confundirle  y  me  contenté  con  responderle: 

— ¿Para  cuando  la  boda? 

— Pensamos  que  será  para  la  semana  próxima.  ¿Y  usted?... 
Vamos,  no  es  posible,  usted  no  ha  roto  con  su  novia...  Eso  no 
es  definitivo... 

— Todo  cuanto  hay  de  más  definitivo,  se  lo  aseguro. 

— ¡Increíble!...  ¡Usted  que  amaba  tanto  á  Nadejda  Axsev- 
na!...  ¿Y  no  siente  usted  ningún  dolor? 

— Yo  no  siento  dolor  sino  cuando  me  corto  un  dedo  ó  me 
arrancan  una  muela. 

Con  seguridad,  Kremtchatof  sintió  en  el  fondo  de  su  cora- 
zón no  haber  inventado  aquella  respuesta.  Hubo  de  parecerle 
muy  curiosa,  y  tuve  desde  entonces  la  certeza  de  que  con  el 
tiempo  me  la  repetiría  como  de  su  cosecha. 

— Salgo  con  usted — me  dijo  después  de  un  silencio. — Iré  á 
ver  á  las  Turtchaninof.  Necesito  hablar  con  ellas...  No  puedo 
hacerme  á  esa  idea... 

Quería  evidentemente  apropiarse  el  papel  de  mediador, 
creyendo  que  no  se  trataba  más  que  de  una  riña  de  enamora- 
dos. Le  supliqué  que  abandonase  aquel  proyecto. 

Después  de  haber  pasado  un  rato  en  la  Universidad,  volví 
á  mi  nueva  morada  y  me  puse  á  estudiar.  Al  principio  me 
costó  mucho  trabajo  fijar  mi  atención.  No  era  extraño.  Tenía 
en  mi  mano  la  suerte  de  personas  que  me  eran  queridas.  Pero, 
como  ya  se  ha  visto,  había  llegado  á  ser  maestro  en  el  arte  de 
vencerme  á  mí  mismo,  y,  en  aquella  ocasión  también,  después 
de  unos  momentos  de  lucha,  logré  absorberme  en  mislibracos. 

POTAPENKO. 

[Se  continuará) 


POETAS  AMERICANOS 


A     FEDERICO     BALART 


¡Oh  Balar fc,  sufres  y  lloras! 

Con  9I  alma  de  un  creyente 
Das  al  mundo  tus  estancias 

De  quejosas  vibraciones; 
Te  retuerces  angustiado 

Y  en  el  polvo  hundes  la  frente 
Que  no  abrasan,  que  no  azotan 

Con  su  látigo  candente 
Las  altivas,  las  inmensas 

Formidables  rebeliones! 
En  tus  límpidas  estrofas, 

Tan  galanas  cual  sencillas, 
Es  un  mártir  resignado 

Tu  dolor  hondo  é  inmenso; 
Y  figuróme  al  leerlas 

Y  al  sentir  cómo  te  humillas, 
Que  creaste  tu  Dolores 

Ante  un  Cristo,  de  rodillas 
En  la  nave  de  un  santuario 

Y  entre  el  humo  del  incienso!.. 
¡Dulce  bardo  de  la  pena, 

Si  tus  cánticos  inspira 
El  espíritu  celeste 


46  LA   ESPAlS^A    MODERNA 


De  tu  esposa  noble  y  santa, 
Bien  comprendo  por  qué  lloras 

y  no  truenan  en  tu  lira, 
Los  rugidos  del  rebelde, 

Las  centellas  de  la  ira, 
La  protesta  pavorosa 

Que  hasta  el  Cielo  se  levanta! 
,  ¡Oh  poeta!  En  este  mundo 

No  estás  solo  y  sin  consuelo. 
Hay  perfumes,  hay  fulgores 

En  tu  senda  tenebrosa... 
¡Tú lo  has  dicho...  Tus  estrofas, — 

Expresión  de  amargo  duelo, 
De  ternuras  nunca  muertas 

Que  se  van  buscando  el  Cielo, — 
Te  las  dicta  el  alma  pura 

De  tu  noble  y  santa  esposa! 
Y  por  esto  no  blasfemas 

Aunque  hay  nubes  en  tu  frente, 
Y  sufriendo  resignado 

Das  al  mundo  tus  canciones... 
;Que  si  solo  te  sintieras. 

Tu  santuario  de  creyente 
En  pavesas  cambiarían 

Con  su  látigo  candente 
Las  altivas,  las  inmensas 

Formidables  rebeliones!... 

E.  González  Lorca, 

RIMA 


Cuando  dejo  mi  lóbrego  retiro, 
Mancebos  del  placer,  y  me  encadeno 
A  vuestra  fiesta,  acongojado  giro 


POETAS   AMERICANOS  47 


Entre  el  vaivén;  y  á  vuestro  canto  ajeno, 
De  honda,  tristeza  y  de  nostalgias  lleno 
Desde  el  rincón  en  que  me  oculto  os  miro. 
Con  amorosa  fe  llenáis  la  copa 
Pensando  sólo  en  la  gentil  doncella 
A  quien  buscáis  en  la  festiva  tropa 
Para  agotar  el  ánfora  con  ella. 
¡Ah!  Ni  la  triste  vibración  del  estro 
Os  dirá  lo  que  yo  amo  y  lo  que  ansio. 
Ni  lo  que  escondo  en  mi  retiro  es  vuestro, 
Ni  lo  que  dais  en  el  festín  es  mío. 
Y  tú,  botón  de  candida  camelia, 
Que  en  el  manso  raudal  de  tus  amores 
Vas  como  Ofelia,  derramando  flores, 
Pero  no  delirando  como  Ofelia; 
Que  por  radiante  nimbo  circuida 
De  vigorosa  juventud,  cantando 
Aspiras  el  perfume  de  la  vida 
Sin  sospechar  y  sin  temer  el  dolo, 
¿No  ves?...  La  copa  se  me  está  acabando, 
;Y  tú  me  dejas  agotarla  solo! 

Eduaedo  Obtega. 

Junio   1890. 


LO  INVISIBLE 


Amo  al  ser  racional,  al  ave,  al  bruto 
Y  á  los  árboles  todos.  Mi  abolengo 
Virgilio  lo  ha  cantado;  y  me  entretengo 
En  revivir  y  sazonar  el  fruto. 


48  LA   ESPANTA   MODERNA 

Do  quiera  mi  poder  es  absoluto, 
Del  labrador  la  bendición  obtengo, 
Y,  como  germen  soy  fecundo,  tengo 
Con  que  rendir  á  todos  mi  tributo. 

La  tierra  estéril,  á  mi  influjo  siente 
Que  tiemblan  como  el  feto  en  las  entrañas; 
El  átomo,  el  insecto  y  la  simiente. 

Y  en  forma  de  moléculas  extrañas , 
Vida  le  infundo  con  mi  soplo  ardiente 
Al  mineral  oculto  en  las  montañas. 


II 


Soy  color  en  la  piedra,  en  el  torrente 
Bronco  rumor,  aroma  en  la  violeta; 
Imagen  en  los  sueños  del  poeta 

Y  microbio  en  el  agua  transparente. 

Soy  un  venero  inagotable,  fuente 
De  animación,  y  en  ráfaga  secreta 
Se  verifica  mi  labor  completa 
En  todo  cuanto  existe  y  cuanto  siente. 

Todo  alienta  por  mí,  de  raro  modo: 
Desde  el  hombre  basta  el  átomo  sensible, 
Que  reside  en  los  aires  ó  en  el  lodo. 

Y,  siendo  como  el  oro,  incorruptible. 
Me  agito  y  prevalezco  sobre  todo 

Y  soy  como  el  espíritu:  invisible. 

Juan  Düzan. 
Caracas,  1901. 


LA  GüIA  OFICIAL  DE  ESPAM 


(1) 


EESUMEN  HISTÓRICO  (2) 

A  la  casa  de  los  señores  Marqueses  de  la  Torrecilla  perte- 
nece un  ejemplar  del  Kalend ario  particular  y  Guia  de  Foraste- 
ros en  Madrid,  primer  nombre  que  tuvo  en  su  origen  la  Guía 
Oficial  de  España,  correspondiente  al  año  1722,  según  testi- 
monio ocular  que  me  ha  dado  el  señor  Conde  de  las  Navas, 
Bibliotecario  Mayor  de  S.  M.  La  colección  de  Guias  que  posee 
la  E-eal  Academia  de  la  Historia,  comienza  por  la  del  año  si- 
guiente de  1723;  la  de  la  Biblioteca  de  S.  M.  por  la  de  1729; 
la  del  Ministerio  de  Estado  por  la  de  1742;  la  de  la  Biblioteca 
Nacional  por  la  de  1749,  y  la  de  la  Biblioteca  de  San  Isidro  por 


(1)  Los  nombres  que  sucesivamente  ha  tenido  esta  publicación  oficial 
son  los  siguientes:  1.**,  Kalendaino  particular  y  Guia  del  forastero  en 
Madrid,  desde  su  origen  hasta  1734;  2.**,  Kalendario  y  Calendario  ma- 
nual y  Guia  del  forastero  en  Madrid,  desde  1735  hasta  1838;  3.°,  Guia 
patriótica  de  España  para  el  año  1811,  impresa  en  1810  en  la  isla  de 
León;  4.^,  Guia  política  de  las  Españas,  impresa  en  Cádiz  en  los  años 
1811  y  1812  para  los  de  1812  y  1813;  5.°,  Guia  de  forasteros  en  Madrid, 
de  1838  á  1872;  y  6.**  y  último,  Guia  oficial  de  España,  desde  el  año  1873- 
74  hasta  la  actualidad. 

Desde  su  origen  no  han  dejado  de  publicarse  más  que  las  correspon- 
dientes á  los  años  1809,  1810,  1814  y  1824. 

(2)  Las  noticias  que  incluye  este  Resumen  histórico  son  documenta- 
rias  y  están  adquiridas  en  el  Archivo  Histórico  Nacional,  en  el  General 
Central  (Alcalá  de  Henares)  y  en  el  del  Ministerio  de  la  Gobernación.  En 
la  parte  artística,  los  datos  proceden  de  los  mismos  Archivos  del  Estado, 
de  las  mismas  Guias  y  de  la  Sección  de  Bellas  Artes  de  la  Biblioteca  Na- 
cional. 

E.  U.— Septiembre  1902,  4 


50  LA   ESPAÑA   MODERNA 


la  de  1767.  Ninguna  colección  está  completa  y  en  algunas  son 
muy  numerosos  los  especies  de  continuidad.  No  obstante,  con 
el  examen  de  todas  y  con  los  documentos  de  archivo,  puede 
formarse  completo  el  concepto  histórico  de  esta  publicación 
oficial  (1). 

El  Sr.  Balbín  de  Unquera,  jefe  de  la  Biblioteca  y  Archivo 
del  Consejo  de  Estado,  dice  que  él  posee  una  Guia  del  año 
1716.  He  tratado  de  verla,  y  su  poseedor  no  la  ha  encontrado 
escondida  entre  el  fárrago  de  sus  libros  mal  disciplinados.  Ni 
pongo  en  duda  su  existencia,  ni  puedo  certificar  la  exactitud. 
La  probabilidad  ó  no  probabilidad  de  que  su  publicación  pue- 
da remontarse  á  esa  fecha,  se  colige  de  los  datos  históricos  do- 
cumentales que  aquí  voy  á  recapitular.  Confesaré,  no  obstan- 
te, que  me  parece  verosímil  la  publicación  de  la  Guía  en  el 
año  á  que  el  Sr.  Balbín  de  Unquera  refiere  el  del  raro  ejem- 
plar que  posee  (2). 


(1)  La  colección  de  Guias  de  Madrid  más  completa  que  existe  en  Es- 
paña es  la  perteneciente  á  la  Real  Academia  de  la  Historia,  que  empieza 
en  1723  y  continúa  hasta  el  día,  sin  faltar  en  el  curso  de  estos  ciento  se- 
tenta y  ocho  años  más  que  las  que  corresponden  á  1726  y  1727.  La  colec- 
ción de  la  Biblioteca  de  S.  M.  empieza  en  1729;  pero  le  faltan  los  Kalen- 
darios  y  Guias  de  los  años  1730,  31,  32,  33,  35,  37,  38,  45,  46,  48,  49,  52, 
53,  54,  55,  69  y  80  y  1811.  La  de  la  Biblioteca  Nacio7ial  desde  1749,  en  que 
comienza,  es  completa.  La  de  la  Biblioteca  del  Instituto  de  San  Isidro, 
que  fue  antes  de  los  Padres  de  la  Compañía  de  Jesús,  fempieza  en  1757; 
pero  le  faltan  las  de  los  años  1759  á  1764,  1766  á  1768,  1772,  1774,  1775, 
1777,  1811,  1812  y  1813.  La  de  la  Biblioteca  del  Congreso  de  los  Diputa- 
dos principia  en  1760  y  sólo  le  faltan  las  de  los  años  1766,  1801  y  1811. 
Por  último,  la  Biblioteca  Municipal  de  Madrid  solamente  contiene  las 
de  los  años  1777,  1781,  1798,  1801,  1802,  1805,  1806,  1808,  1813,  1815  á 
1823  y  1825  á  1901. 

Los  Kaleiidarios  primitivos  se  imprimieron  en  16. '^  hasta  1846;  de  1847 
á  1862  en  8.''  y  de  1863  á  1901  en  4.« 

(2)  El  Bibliotecario  de  la  Real  Academia  de  la  Historia  é  individuo  de 
número  de  la  misma,  Sr.  D.  Antonio  Rodríguez  Villa,  después  de  escrito 
este  Bosquejo  me  asegura  que  en  los  Inventarios  de  la  Biblioteca  parti- 
cular que  formó  el  Exmo.  Sr.  D.  Antonio  Cánovas  del  Castillo,  donde 
existe  otra  preciosa  colección  de  Guías  de  Madrid,  las  hay  correspon- 
dientes al  año  1714.  No  las  he  visto. 


LA   GUÍA    OFICIAL   DE   ESPAÑA  51 

El  fundador  del  Kalendario  'particular  y  Guía  de  Foraste- 
ros en  Madrid  fue  D.  Luis  Félix  de  Mira  val  y  Spínola,  á  quien 
el  Rey  Felipe  V  concedió  título  de  Marqués  de  Mira  val  en  31 
de  Octubre  de  1722,  según  textifica  el  Rey  de  Armas,  cronis- 
ta de  S.  M.,  D.  José  Rújula.  Grarma,  en  el  Theatro  Universal 
de  la  Monarquía  de  España,  le  llama  Colegial  mayor  de  Cuen- 
ca, del  Consejo  de  Estado  y  Grobernador  del  de  Castilla,  de 
cuyo  último  cargo  tomó  posesión  en  27  de  Febrero  de  1716, 
sucediendo  al  Obispo  de  Osma,  Arzobispo  de  Sevilla  D.  Felipe 
Antonio  Gil  de  Taboada,  y  siendo  reemplazado  en  Octubre 
de  1724,  en  que  Miraval  cesó  en  su  cargo,  para  pasar  á  su  Pre- 
sidencia, por  el  Obispo  de  Sigüenza,  D.  Juan  de  Herrera  y 
Soba.  Rújula  completa  sus  datos,  diciendo  que  antes  de  ocu- 
par estos  cargos  había  sido  Embajador  en  los  Estados  Gene- 
rales, que  era  natural  de  Jerez  de  la  Frontera,  hijo  de  don 
Francisco  de  Miraval  y  Pavón,  caballero  veinticuatro  de  di- 
cha ciudad  y  hermano  de  D.  Juan  Francisco,  primer  Conde  de 
Yillafuerte  Bermeja  y  caballero  de  la  Orden  de  Calatrava  (1). 


(1)  Lpv  importancia  político-social  del  Consejero  Gobernador  y  Presi- 
dente del  Supremo  de  Castilla  D.  Luis  de  Miraval,  se  deduce  de  su  co- 
rrespondencia particular  y  oficial  con  el  Cardenal  Belluga  durante  los 
años  1722  á  1726.  Cuando  el  Rey  Don  Felipe  V  le  otorgó  el  título  de  Mar- 
qués de  Miraval,  desde  Roma  el  Cardenal  Belluga  le  escribía  en  12  de  Di- 
ciembre de  1722:— «Habiendo  sabido  la  Memoria  que  S.  M.  ha  hecho  de 
los  méritos  de  V.  E.  y  de  su  casa  con  el  título  de  Castilla  que  con  decreto 
tan  honorífico  ha  sobrecondecorado  la  persona  y  casa  de  V.  E.,  le  doy  mil 
enhorabuenas,  no  tanto  por  el  título,  cuanto  por  las  circunstancias  del 
decreto,  todo  muy  condigno  á  los  méritos  de  V.  E.»— Más  adelante  Be- 
lluga, encontrándose  en  el  Real  Sitio  de  San  Lorenzo  á  la  renuncia  de  su 
obispado  de  Oviedo,  volvía  á  escribirle  el  28  de  Agosto  de  1723,  interesán- 
dole en  el  asunto,  y  su  carta  comienza  así:— «Mucho  siento  molestar 
á  V.  E.  y  añadirle  nuevo  trabajo  al  infinito  que  tiene  sobre  sí  de  todos  los 
negocios  de  la  Monarquía...»— Por  último,  muerto  tempranamente  el  Rey 
Don  Luis  I,  de  cuyo  Consejo  privado  Miraval  ocupó  la  Presidencia  y  res- 
tituido de  nuevo  Felipe  V  al  trono  que  había  renunciado,  Belluga  volvía 
á  escribirle  de  la  siguffente  manera:  «¡Viva  Jesús!»— jEJcccmo.  Sr.— Muy 
señor  mío:  No  podré  significar  á  V.  E.  el  dolor  que  me  ha  causado  la 


52  LA   ES1>AÑA  MODERNA 


Hasta  el  año  de  1757  se  ignoró  enteramente  en  las  depen- 
dencias del  Estado,  cómo  había  nacido  y  se  había  desarrollado 
la  publicación  del  Kalendario  antes  particular^  después  ma- 
nual y  Guia  de  Forasteros;  de  dónde  provenía  su  subordina- 
ción á  la  primera  Secretaría  del  Despacho  y  Estado,  la  excep- 
ción de  licencias  y  el  uso  del  privilegio  que  se  atribuía  el  im- 
presor Antonio  Sanz  que  por  tradición  inmemorial  y  continua 
lo  editaba.  Nadie  había  hasta  entonces  mostrado  interés  en 
conocer  estas  cosas,  de  las  que  en  el  archivo  de  aquel  Minis- 
terio no  constaba  el  menor  antecedente.  En  el  año  referido 
otro  impresor  rival,  Manuel  Martín,  ofreció  por  medio  de 
instancia  hacer  una  mejora  en  el  precio  de  los  Kalendarios- 
Almanaques  y  Papeles  de  fiestas  de  corte,  de  que  Sanz  se  atri- 
buía y  disfrutaba  de  hecho  el  privilegio,  mejora  que  redunda- 
ra en  beneficio  del  público.  Sanz  fundó  su  monopolio  en  los 
derechos  de  inventor  y  autor  de  la  Guia,  que  alegó;  y  de  los 
incidentes  de  este  pleito,  en  que  el  Ministerio  de  Estado  y  el 
Juzgado  de  Imprentas  tomaron  parte,  vino  á  descubrirse  toda 
la  verdad. 

Extrajudicialmente,  y  en  connivencia  con  el  Juez  de  Im- 
prentas^ D.  Juan  Curiel,  uno  de  los  Consejeros  de  Castilla,  los 
émulos  de  Sanz,  después  de  varias  tentativas  para  desbara- 


muerte  de  nuestro  angelical  Rey  Luis  Primero,  á  quien  Dios  verdadera- 
mente ha  querido  mejorar  de  Reino,  y  por  este  medio  de  su  incomprensi- 
ble providencia  hacer  ver  al  Rey  Ntro.  Sr.  Phelipe  quinto  que  su  majes- 
tad le  quiere  en  el  trono  y  no  en  el  retiro  de  San  Yldcfonso;  y  es  cierto 
que  sólo  estos  motivos  de  querer  Dios  premiar  al  nuevo  Rey,  llevándoselo 
para  sí,  y  traer  al  antiguo  á  su  solio,  puede  templar  el  justo  dolor,  como- 
el  que  á  mí  me  ha  causado  esta  muerte,  en  el  que  acompaño  á  V.  E.:  que 
en  el  ampr  que  tenia  á  S.  M.  y  con  el  que  S.  M.  juntamente  le  correspon- 
día, no  dudo  habrá  sido  cual  corresponde  á  su  temprana  muerte;  y  yo  por 
mi  parte  doy  á  V.  E.  las  gracias  de  lo  que  ha  cooperado  á  que  S.  M.  se 
restituya  á  la  propiedad  de  su  Gobierno.  Roma  23  de  Septiembre  de  1724, 
— Excmo.  Sr.—B.  L.  M.  de  V.  E.  su  mayor  servidor.— L.  Cardenal  Be- 
LijVGA.—Excmo.  Sr.  Marqués  de  Miraval,  Presidente  de  Castilla. — 
Aroh.  Hist.  NAC.—Estado:  Leg.  2.794». 


LA   GUÍA    OFICIAL   DE   ESPAÑ^A  53 

tarle,  abrieron  ante  escribano  público  una  información  de  tes- 
tigos acerca  del  origen  del  Kalendario  Ma7iual  y  Guía  de  Foras- 
teros^ precisamente  en  los  momentos  en  que,  por  consecuen- 
cia de  un  Memorial  elevado  por  Sanz  á  los  pies  del  Rey  Car- 
los III,  se  extendía  en  el  Palacio  del  Buen  Eetiro,  á  6  de 
Enero  de  1760,  una  Real  Cédula  de  que  en  la  misma  fecha  el 
Ministro  D.  Ricardo  Wall  daba  conocimiento,  para  que  sus 
disposiciones  se  cumplieran,  al  Grobernador  del  Consejo  de 
Castilla,  Obispo  de  Cartagena,  «concediendo  privilegio  exclu- 
sivo, por  el  tiempo  que  la  Real  voluntad  de  S.  M.  quisiere,  á 
Antonio  Sanz,  para  que  continúe  en  la  impresión  anual  del 
Kalendario  y  Guía  de  Forasteros,  que  inventó  j  empezó  á 
componer  años  ha  y  va  perfeccionando  bajo  las  órdenes  de 
«sta  primera  secretaría  de  Estado  y  del  Despacho».  En  la  in- 
formación referida  prestaron  declaraciones  de  gran  importan- 
cia D.  Isidro  Gutiérrez,  criado  mayor  que  había  sido  del  Mar- 
qués de  Miraval  y  el  ciego  Gregorio  Alvarez,  decano  de  la 
Hermandad  de  pobres  ciegos  de  Ntra.  Sra.  de  la  Visitación^  sita 
en  el  convento  del  Carmen  Calzado,  que  tenía  el  privilegio 
por  S.  M.  para  vender  las  Gacetas^  Guías  de  Forasteros  y  otros 
papeles. 

La  declaración  del  criado  mayor  Gutiérrez,  dice  así: — «Que 
con  motivo  de  haber  servido  al  Marqués  de  Miraval  por  el 
tiempo  y  espacio  de  treinta  años,  en  calidad  de  agente  de  su 
casa  y  estados,  sabe  y  le  consta  por  cierto,  por  haberlo  visto, 
que  algunos  años  se  dispuso  por  D,  Gaspar  de  Ezpeleta  y  Ma- 
llón,  ya  difunto,  secretario  y  contador  que  fue  del  dicho  Mar- 
qués de  Miraval,  el  librito  titulado  Guia  de  Forasteros^  que 
hoy  corre,  con  acuerdo  y  disposición  del  citado  Marqués  de 
Miraval,  su  amo,  y  que  de  vida  de  S.  E.  se  imprimió  y  á  su 
costa  en  esta  corte,  y  se  hizo  así  de  cuenta  de  dicho  Sr.  Mar- 
qués por  algunos  años,  hasta  que  á  instancias  del  Conde  de 
Torrehermosa,  Juez  que  era  de  Imprentas,  en  aquellos  tiem- 
pos, le  persuadió  á  S.  E.,  por  sus  muchas  ocupaciones,  el  que 
se  dejara  de  este  quebradero  de  cabeza  y  se  lo  cediera  á  los 


54  LA   ESPAÑA  MODERNA 


Porteros  del  Real  Consejo  de  Castilla;  á  lo  que  condescendió, 
con  tal  de  que  le  entregasen  una  porción  de  dichas  Guias  para 
regalarlas.  No  habiendo  cumplido  los  Porteros  con  la  buena 
armonía  que  correspondía,  se  enfadó  mucho  el  Marqués  de  Mi- 
ra val,  y,  como  autor  y  dueño  propio ^  se  las  quitó  y  las  mandó 
imprimir  en  la  ciudad  de  Murcia;  mas  que  después,  por  instan- 
cias que  volvió  á  hacerle  el  dicho  Sr.  Conde  de  Torrehermosa, 
volvieron  á  correr  los  dichos  Porteros  del  Eeal  Consejo  con  el 
citado  libro  titulado  Guia  de  Forasteros^  con  el  pacto  expreso 
de  pagar  á  S.  E.  una  porción  de  dichas  Guias,  y  que  los  ex- 
presados Porteros  se  compusieron  para  imprimirla  con  el  im- 
presor Juan  Sanz,  ya  difunto,  el  cual  imprimió  dicha  Guía. 
En  los  términos  que  fué  y  con  qué  interés,  lo  ignora  el  que 
depone;  pero  sabe  por  cierto  y  constante  que  el  referido  libro 
Guia  de  Forasteros  tuvo  su  principio  y  origen  en  la  forma  que 
llevo  referida  y  que  fueron  sus  autores  el  Marqués  de  Miraval 
y  Don  GrASPAR  de  Ezpeleta.» 

El  decano  de  la  Hermandad  de  los  ciegos  declaró,  por  su 
parte: — «Que  sí\be  y  le  consta  que  el  año  de  1724,  Juan  Sanz, 
ya  difunto,  solicitó  á  los  pobres  ciegos  de  la  dicha  Hermandad 
para  la  venta  y  despacho  del  librito  titulado  Guia  de  Forasteros, 
dándosela  cada  uno  á  los  precios  de  12  cuartos,  y  siendo  por 
docenas,  aun  con  maj^or  equidad;  que  en  1724  conoció  á  Anto- 
nio y  Vicente  Sanz,  sobrinos  de  Juan  Sanz,  quien  los  trajo  de 
su  lugar  con  el  fin  de  protegerlos  y  ampararlos,  siendo  enton- 
ces muchachos  de  poca  edad;  y  también  sabe  que  en  el  año  de 
1728,  poco  más  ó  menos,  murió  el  referido  Juan  Sanz  y  los 
dejó  por  únicos  herederos  de  su  imprenta  y  bienes  que  tenía, 
corriendo  el  mismo  Antonio  Sanz  con  las  mismas  impresiones 
que  corrió  su  tío;  y  que  tenía  entendido,  por  haberlo  oído  de- 
cir de  mucho  tiempo,  que  el  autor  de  las  Guias  fue  el  Conde 
DE  Miraval»  (1). 


(1)     Con  las  declaraciones  anotadas  concuerdaa  en  gran  parte  los  datos 
qne  suministran  las  portadas  mismas  de  las  Gulas  que  se  han  podido  re- 


LA   GUÍA   OFICIAL   DE    ESPAÑA  55 

Con  estas  y  las  demás  declaraciones  de  los  tres  testigos  que 
fueron  llamados  para  hacer  la  información,  el  Superintenden- 
te de  Imprentas  D.  Juan  Curiel,  en  9  de  Noviembre  de  1760, 
emitió  nuevo  informe  dirigido  al  Marqués  de  Squilache,  en  el 
que  se  reseñan  los  hechos  que  resultaron  probados  en  los  datos 
siguientes: — «Que  Antonio  Sanz,  no  podía  ser,  como  había  ale- 
gado, autor  del  librito,  pues  el  primero  había  aparecido  antes 
de  1724  y  entonces  él  era  un  muchacho  recién  llegado  de  su 
pueblo  y  sin  experiencia  ni  aptitud  para  componerlo;  que  de 
una  manera  pública  y  testificada  se  sabía  que  el  primero  que 
lo  dio  á  luz  fue  el  Marqués  de  Mira  val,  que  lo  compuso  con  el 
auxilio  de  su  secretario  D.  Gaspar  de  Ezpeleta;  que  por  algu- 
nos años  corrió  el  Marqués  con  su  impresión,  repartiéndolo 
sin  interés  entre  sus  conocidos;  que,  después,  fatigado  de  los 
muchos  que  se  lo  pedían  y  para  que  el  público  gozase  de  su 
beneficio,  permitió  su  impresión  á  Juan  Sanz,  impresor  que 
era  en  esta  corte,  tío  de  Antonio  Sanz,  sacando  por  partido 
algunos  ejemplares  que  debía  darle;  que  después  de  la  muerte 
de  Juan  Sanz  por  el  año  de  1728,  continuaron  en  la  impresión 
los  herederos,  y  que,  sin  otro  privilegio  ni  apelación  á  las  li- 


conocer.  Las  de  1723  y  1724  fueron  impresas  «con  privilegio  que  tiene 
Manuel  Román,  para  poder  imprimirla,  de  los  Sres.  del  Consejo  Real  de 
Castilla».  La  de  1725  lo  fue  «con  privilegio  que  tiene  Juan  Sanz».  La  de 
1728  «con  privilegio  que  tienen  los  horederos  de  Juan  Sanz»,  en  cuya  si- 
tuación continuó,  aunque  desde  la  de  1730  hallábase  venal  «en  la  Impren- 
ta de  Antonio  Sanz,  en  la  calle  de  la  Paz».  En  1V35  ya  el  privilegio  perte- 
necía sólo  á  Antonio  Sanz,  en  cuya  imprenta  estaba  de  venta,  y  desde  1737 
ostentó  en  la  portada  el  Escudo  de  Armas  Reales,  determinante  del  carác- 
ter oficial  que  desde  entonces  tomó,  sometiéndose  á  la  dependencia  de  la 
primera  Secretaría  de  Estado  y  del  Despacho.  En  la  de  1740  Antonio  Sanz 
tomó  el  título  honorífico  de  Impresor  del  Consejo,  y  desde  la  de  1742  el  de 
Impresor  del  Rey,  nuestro  señor,  y  del  Consejo.  Estos  datos  corroboran 
las  declaraciones  contenidas  en  el  expediente  del  Juez  de  Imprentas  don 
Juan  Curiel,  y  patentizan  la  superchería  que  en  sus  instancias  cometió 
Antonio  Sanz,  atribuyéndose  el  derecho  exclusivo  de  la  impresión  de  las 
Guias  á  título  de  fundador  v  autor  de  ellas. 


56  LA  ESPAÑA  MODERNA 


eencias  del  Consejo,  había  continuado  publicándose,  siendo  de 
todo  punto  falso  que  Antonio  Sanz  hubiese  sido  el  inventor  ni 
autor  de  la  Guia,  ni  que  tuviese  la  exclusiva  legal  para  su  im- 
presión. » 

Con  esto  queda  suficientemente  testificado  cuál  fue  el  ori- 
gen y  el  primer  confeccionador  del  Kalendario  particular  y 
Guía  de  Forasteros  en  Madrid,  de  que,  por  una  sucesión  no 
interrumpida  de  dos  siglos,  procede  la  actual  Guía  Oficial 
DE  España. 


Al  primer — Kalendario  \  particular  \  y  Guia  \  de  Foraste- 
ros I  en  la  Corte  de  Madrid  \  — que  hemos  examinado,  el  pu- 
blicado I  — para  el  año  de  1723  \  que  contiene  algunas  curiosi- 
da  I  deSj  y  advertencias,  dignas  ^^^^  de  saberse.  "^X  \  — acom- 
paña un  breve  prefacio  al  lector,  en  que  dice: — «Un  aficionado 
á  lo  más  curioso  te  da  algo  que  advertir  en  estas  pocas  hojas 
que  leer:  ellas  te  participarán  el  primer  régimen  del  Kalendario 
con  parte  de  las  correcciones  que  ha  tenido;  te  declararán  él  cóm- 
puto de  las  Edades;  te  explicaráii  lo  que  es  año,  mes,  semana  y 
días;  te  señalarán  los  lyieses  con  las  fiestas  de  precepto  y  movi- 
bles para  este  año  de  1723;  te  advertirán  para  siempre  la  altu- 
ra de  polo  de  Madrid  y  de  otras  ciudades  de  España;  te  darán 
regla  para  saber  la  diferencia  de  hora  que  será  en  ellas;  te  in- 
formarán de  las  horas  á  que  sale  y  se  pone  el  sol  todo  el  año, 
según  la  altura  de  polo  de  Madrid,  y  finalmente  te  explicarán 
otras  curiosidades  que  el  descuido  hace  ignorar.  Perdona  la  cor- 
tedad, pues  mucho  más  se  pudiera  decir;  pero  recibe  el  deseo  de 
no  cansar  y  quédate  con  Dios.»  Como  se  ve,  esta  breve  intro- 
ducción nada  anuncia  de  lo  correspondiente  á  las  noticias  que 
después  inserta,  para  que  sirvan  de  Guía  de  forasteros  en  la 
corte  de  Madrid;  sólo  se  remite  á  las  partes  puramente  técni- 
cas del  calendario,  siendo  de  notar  que  en  el  gran  número  de 
Pronósticos,  Almanaques,  Gottardos  y  Piscatores,  que  desde 


LA   GUÍA   OFICIAL   DE   ESPAÑA  57 

fines  del  siglo  xvi,  y  por  todo  el  siglo  xvii,  anualmente  com- 
ponían y  publicaban  astrónomos  y  astrólogos,  matemáticos  y 
cosmógrafos,  filósofos  y  hasta  alarifes,  hay  varios  en  que  se 
registran  advertencias  como  las  siguientes: — «Otra  cosa  se  ha 
introducido  en  los  Flscatores,  y  es  adornarlos  de  varias  curio- 
sidades y  noticias,  lo  que  no  es  censurable;  antes  me  parece 
útil,  si  se  hiciese  buena  elección  y  no  se  llenasen  de  broza, 
como  en  algunos  sucede»  {Píscator  complutense:  1715). — «Pó- 
nense  los  títulos  de  las  casas  que  gozan  la  Grandeza,  los  Ape- 
llidos y  donde  residen»  {El  Gran  Gottardo  Espafiolr  1723). — 
«También  se  ha  hecho  lugar  á  algunas  selectas  noticias  ecle- 
siásticas de  España  y  otras  curiosidades»  {EL  Pronóstico  entre- 
tenido: 1725). 

Dedúcese  de  todo  esto  que  la  costumbre  de  introducir  no- 
ticias de  utilidad  en  los  Almanaques  y  Calendarios  que  se  pu- 
blicaban cada  año,  estaba  arraigada  en  el  uso  de  estas  impre- 
siones, en  el  primer  tercio  del  siglo  xviii,  y  que  había  entera 
libertad  para  elegirlas,  depurarlas  y  enriquecer  con  ellas  estos 
efímeros  librejos  que  todo  el  mundo  compraba,  y  cuya  efica- 
cia se  circunscribía  al  año  á  que  se  aplicaban  sus  pronósticos 
del  tiempo  y  sus  indicaciones  para  las  prácticas  cristianas. 
Por  lo  tanto,  el  Kalendario  particular  y  Guia  de  Forasteros 
formó  por  iniciativa  particular  también,  pero  dirigida  á  un 
objeto  más  estricto  en  la  esfera  de  su  utilidad,  al  de  informar 
al  público  de  los  detalles  de  la  organización  política,  de  las 
dependencias  superiores  del  Gro bienio  y  administración  del 
Estado,  dando  á  conocer  las  nóminas  de  las  primeras  jerar- 
quías de  todos  sus  institutos,  con  las  señas  de  la  habitación  de 
cada  funcionario.  La  Guia  de  Forasteros  se  fundó  para  com- 
prender en  un  librillo  de  faltriquera,  ó  de  chupa ^  como  vul- 
garmente se  denominó  después,  el  inventario  abreviado  de  la 
Monarquía  y  de  sus  instituciones  administrativas. 

La  del  año  1723,  primera  que  posee  nuestra  Real  Acade- 
mia de  la  Historia^  es  un  cuadernillo  de  92  páginas  foliadas  y 
cuatro  sin  foliar  de   notas  y  anuncios,   cuya  diminuta  caja 


58  LA   ESPAÑA   MODERNA 


mide  9  X  5,50  centímetros.  Se  publicó  con  privilegio,  que  tie- 
ne Manuel  Román^  para  poder  imprimirla,  de  los  Señores  del 
Consejo  de  Castilla;  se  imprimió  en  la  imprenta  de  la  calle 
de  la  Gorgnera,  y  se  puso  de  venta  en  la  puerta  de  los  Reales 
Consejos,  en  la  casa-imprenta  de  Román,  y  en  la  librería  de 
Juan  Antonio  Pimentel,  en  las  Gradas  de  San  Felipe.  Por  úl- 
timo, la  Guia,  para  su  venta,  fue  tasada  por  los  señores  del 
Consejo  Real  en  12  mrs.  cada  pliego.  Los  artículos  de  la  ver- 
dadera Guia  de  Forasteros,  después  del  santoral,  fiestas  y  no- 
ciones astronómicas,  empiezan  en  la  página  62  con  los  Nom- 
bres de  los  sefiores  Ministros  que  componen  los  Consejos  y  Tri- 
hunales  de  S.  M.,  y  comprende  este  capítulo  los  Consejos  de 
Estado,  Supremo  de  Castilla,  con  su  Sala  de  Gobierno,  cuyo 
Gobernador  era  el  Excmo.  Sr.  D.  Luis  de  Miraval,  Marqués 
de  Miraval,  que  vivía  en  sus  casas  de  la  calle  de  las  Rejas,  y 
el  Supremo  de  Guerra,  Liquisición,  Lidias,  Ordenes,  Hacien- 
da y  Cruzada;  á  los  que  seguía  la  Lista  nuevamente  corregida 
de  los  nacimientos  de  muclios  Reyes  y  Principes  que  al  presen- 
te viven  este  año  de  1723  (pág.  82).  Lo  demás  son  anuncios  de 
libros  nuevos. 

La  Guia  de  1724,  cuya  portada  es  idéntica  á  la  del  año  an- 
terior, ofrece  curiosas  variantes: — Primera:  á  la  cabeza  de  la 
nómina  de  los  Ministros  que  componen  los  Consejos  Supremos, 
el  primer  capítulo  decía  así: 

SEÑORES    DEL    GABINETE 

Excmo.  Sr.  D.  Luis  de  Miraval. 
Excmo.  Sr.  Arzobispo  de  Toledo. 

Excmo.  Sr.  D.  Juan  de  Camargo,  Obispo  de  Pamplona  ó 
Inquisidor  General. 

Excmo.  Sr.  D.  Miguel  Francisco  Guerra. 
Excmo.  Sr.  Marqués  de  Valero. 
Excmo.  Sr.  Conde  de  Santisteban. 
Exorno.  Sr.  Marqués  de  Lede. 


LA   GUÍA   OFICIAL   DE   ESPAÑA  59 

Hay  que  observar  que  ni  antes  ni  después  vuelve  á  figurar 
en  la  Guia  este  Gabinete  íntimo  que  Felipe  V,  al  renunciar 
la  Corona,  puso  al  lado  del  Rey  Don  Luis  I,  y  que,  como  se 
advierte,  por  el  orden  en  que  están  colocados,  el  Marqués  de 
Miraval,  autor  y  propietario  de  la  Guia  de  Forasteros^  parece 
ser  el  jefe,  Gobernador  ó  Presidente  de  una  institución  de 
que  no  hallamos  rastro  en  las  historias  de  aquel  tiempo.  Tam- 
bién después  de  la  nómina  de  los  Ministros  que  componían  el 
Consejo  de  Estado,  por  vez  primera  se  introdujo  la  de  los  Mi- 
nistros ó  Secretarios  de  Estado  y  del  Despacho  Universal, 
que  entonces  comprendían,  por  el  orden  con  que  en  la  Guía 
están  significadas  las  Secretarías  de  Gracia  y  Justicia,  Ha- 
cienda, Guerra,  Estado,  Indias,  Marina  y  otras  que  no  llevan 
nombre  especial.  Después  del  Consejo  E,eal,  no  sólo  en  la 
Guía  de  1724  se  particularizó  la  sala  primera  de  Gobierno,  de 
que  D.  Luis  de  Miraval  era  Gobernador,  sino  la  segunda  con 
sus  negociados,  llamadas  también  salas  de  Mil  y  quinien- 
tas, Justicia,  Provincia,  Jueces  de  competencias  y  de  comi- 
siones, señores  Alcaldes  de  casa  y  corte  y  Secretarios  de  la 
Cámara.  En  lo  demás,  la  Guía  de  1724  era  igual  á  la  an- 
terior. 

En  el  Kalend ario  particular  y  Guía  de  1725,  ya  el  privile- 
gio no  lo  tiene  Manuel  Román,  ni  el  librito  se  imprime  en  la 
calle  de  la  Gorgnera,  de  donde  habían  salido  el  año  anterior 
las  Relaciones  de  la  proclamación  del  Rey  Don  Luis  I.  El  privi- 
legio lo  tiene  Juan  Sanz,  el  tío  de  Antonio  Sanz,  que  poste- 
riormente reclamaba  los  derechos  de  autor  de  la  Guía  para 
sostener  inviolable  su  derecho  al  privilegio.  Le  imprimen  en 
su  imprenta  de  la  calle  de  la  Paz  y  se  vende  en  la  librería  de 
Lorenzo  de  Castro,  frente  de  San  Felipe  el  Real.  En  la  nómi- 
na del  Consejo  Real  se  sustituye  el  nombre  del  Gobernador  de 
su  primera  Sala,  Marqués  de  Miraval,  por  el  Obispo  de  Sigüen- 
za,  limo.  Sr.  D.  Juan  de  Herrera,  que  vivía  frente  de  San 
Martín,  en  casas  del  Marqués  de  Mejorada;  pero  no  por  esto 
se  ha  de  entender  que  Miraval  había  muerto,  pues  su  nombre 


60  LA   ESPAÑA   MODERNA 


figura  en  la  lista  del  Consejo  de  Estado  hasta  la  Guía  del  año 
1729,  en  que  falleció. 

En  la  Guía  de  1725,  que  ya  había  aumentado  á  143  pági- 
nas las  92  de  la  primitiva,  aunque  no  de  tamaño,  se  introduje- 
ron las  noticias  referentes  al  servicio  de  Correos,  arregladas 
«según  el  repartimiento  de  las  cajas  del  Correo  de  Castilla  de 
esta  corte»,  y  las  derechuras  por  donde  se  habían  de  enviar 
las  cartas  los  martes  á  Andalucía,  los  miércoles  á  Castilla,  los 
viernes  á  Extremadura  y  los  sábados  alas  provincias  del  Nor- 
te y  Noroeste. 

La  Guía  de  1728,  de  la  que  ya  habían  desaparecido  las  no- 
ciones astronómicas,  tablas  de  longitudes,  ortos  y  ocasos,  et- 
cétera, ofrece  la  particularidad  de  que,  habiendo  fallecido  el 
año  anterior  el  impresor  Juan  Sanz,  se  establece  en  sus  here- 
deros el  orden  de  sucesión  que  llevó  en  adelante  el  privilegio 
que  tenían.  Las  de  los  años  1730  á  1734,  muerto  también  el 
Marqués  de  Mira  val,  continúa  el  privilegio  en  los  Herederos 
de  Juan  Sanz^  aunque  se  imprimen  en  la  hnprenta  de  Antonio 
SanZj  el  mayor  de  sus  sobrinos,  en  la  misma  casa  de  la  calle 
de  la  Paz,  como  antes  se  ha  dicho,  y  hasta  la  de  1735  no  reza 
en  su  portada  que  «Antonio  Sanz  tiene  el  privilegio  y  que  se 
hallarán  en  su  imprenta  de  la  calle  de  la  Paz». 

Desde  la  del  año  1733  se  introduce  la  distribución  diaria  de 
las  Quarenta  Horas  en  las  Iglesias  de  Madrid^  y  en  la  de  1735 
se  restablecieron  las  labias  astronómicas  del  orto  y  ocaso  del 
sol  y  otra  de  equivalencia  de  números  romanos  por  arábigos. 
Por  último,  desde  el  año  1736  corrige  en  la  portada  el  Kalen- 
dario  particular  por  el  nombre  de  Kalendario  manual  que  con- 
servó la  Guía  de  Madrid  hasta  después  del  primer  tercio  del 
siglo  XIX,  habiendo  transmitido  el  mismo  nombre  así  corregido 
á  las  que  desde  1776  se  publicaron  á  su  semejanza  en  la  Penín- 
sula, en  Valencia  y  Barcelona;  á  la  de  Manila,  en  Filipinas, 
desde  el  año  1839,  y  á  la  del  Perú  desde  1807  hasta  1849;  si  bien 
con  otras  denominaciones,  se  publicaron  Guias  políticas,  ecle- 
siásticas y  militares  en  Lima  desde  1792,  en  Méjico  desde  1788, 


LA   GUÍA    OFICIAL    DE   ESPAÑA  61 

en  la  isla  de  Cuba  desde  1791  y  en  Guatemala  desde  1807^ 
todas  emanadas  de  la  de  Madrid,  que  les  sirvió  de  pauta. 


* 
*  * 


Se  lia  indicado  antes  que  la  Guia  de  Forasteros  más  antigua 
que  encabeza  la  colección  de  nuestra  Biblioteca  Nacional  es  la 
de  1749,  en  cuya  portada  campea  el  Escudo  Real  de  España, 
introducido  desde  1737;  en  la  que  Antonio  Sanz,  poseedor  del 
privilegio,  se  titula  Impresor  del  Rey^  nuestro  seflor,  y  de  su 
Consejo,  y  en  la  que  no  sólo  se  había  aumentado  el  tamaño  del 
libro  en  18.°,  siendo  las  medidas  de  la  caja  10  X  5  centímetros 
exactos,  sino  se  habían  eliminado  algunos  de  los  antiguos  ori- 
ginales, de  puro  almanaque,  que  aún  le  quedaran,  y  se  habían 
aportado  nuevos  elementos  de  indicación  oficial.  Mas  en  los 
documentos  de  archivo  se  observa  que  hasta  este  año  no  se  en- 
cuentran documentos  de  oficio  con  aplicación  á  la  Guia,  cons- 
tituida ya  en  dependencia  del  Ministerio  de  Estado  y  exenta, 
como  publicación  gubernativa,  de  las  aprobaciones,  censuras  y 
licencias  á  que  estaban  sometidas  todas  las  demás  impresiones. 
Del  Marqués  de  la  Ensenada  es  una  Real  orden  de  1749 
«para  que  á  Antonio  Sanz,  impresor  de  la  Guía  de  Forasteros, 
se  den  en  los  Hospitales  de  Madrid  las  noticias  conducentes 
para  poner  en  la  Guia».  Aunque  desde  1739  D.  Bernardo  de 
Saavedra  Ñero,  Arzobispo  de  Larisa,  coadministrador  del  Ar- 
zobispado de  Toledo,  había  suministrado  para  la  Guíala,  indi- 
cación de  las  fiestas  y  vigilias  del  año  y  la  distribución  del  Ju- 
bileo de  las  Cuarenta  Horas,  por  Real  orden  de  22  de  Junio 
del  mismo  año  de  1749  se  mandó  á  D.  Manuel  Quintana  Boni- 
faz,  Arzobispo  de  Pharsalia  y  del  Consejo  de  S.  M.,  como  Ad- 
ministrador espiritual  del  de  Toledo,  Primado  de  las  Españas^ 
por  el  Serenísimo  Sr.  Infante  Cardenal  D.  Luis,  «que  á  Anto- 
nio Sanz  se  le  den  para  la  Guía  del  Forastero  del  año  1750» 
estos  mismos  datos.  Todo  lo  concerniente  a  esta  publicación 
fue  acentuando  cada  vez  más  su  carácter  oficial,  del  mismo 


62  LA   ESPAÑA   MODERNA 


modo  que  su  dependencia  inmediata  de  los  poderes  públicos, 
desde  mediados  del  siglo  xviii,  y  existe  otra  Eeal  orden  expe- 
dida en  el  Buen  Eetiro  á  6  de  Diciembre  de  1752  y  dirigida 
también  al  Arzobispo  de  Pharsalia  mencionado,  que  á  la  sazón 
era  Gobernador  del  Consejo  de  Castilla,  en  que  se  le  decía: 
«El  E-ey  quiere  que  la  Guia  de  Forasteros  que  se  imprime  to- 
dos los  años  se  publique  para  el  primer  día  de  cada  uno,  y  que 
para  esto  se  den  con  anticipación  á  Antonio  Sanz,  impresor 
de  ella,  las  noticias  y  las  listas  que  necesita  de  los  tribunales 
y  oficinas  de  la  corte.» 

Por  medio  del  Ministerio  de  Estado,  todas  las  dudas  que 
ocurrían  en  las  alteraciones  de  unos  años  con  otros  se  eleva- 
ban á  la  consulta  del  Eey.  Una  de  estas  consultas  del  año  1753, 
para  la  redacción  de  la  Guia  del  año  siguiente,  empieza  por 
los  capítulos  que  van  á  continuación,  cuyas  respuestas  margi- 
nales son  de  la  Eeal  mano: 


Príncipe  de  Asturias. 

En  ninguno - . 

Como  antes 

Está  bien . 


Si  se  ha  de  poner  al  Príncipe,  de  Asturias  ó  Prin- 
cipe Don  Carlos. 

En  qué  lugar  3''  en  qué  capítulo  se  ha  de  poner 
al  Príncipe  Don  Felipe. 

Si  el  capítulo  de  Ñápeles  ha  de  seguir  al  de  Es- 
paña ó  después  del  de  Francia,  como  antes. 

Si  el  lugar  en.  que  está  puesta  la  Reina  Madre  es 
el  que  conviene. 


Conforme  la  Guia  de  Forasteros  ensanchaba  su  esfera  de 
acción  y  reflejaba  sobre  mayor  número  de  intereses  políticos  y 
sociales,  solicitaban  en  ella  la  notificación  de  la  publicidad  las 
instituciones  que  vivían  del  concurso  común  y  que  necesita- 
ban ante  él  la  justificación  de  sus  operaciones  y  actos.  En  1754 
la  Eeal  Hermandad  del  Eefugio  pretendió  y  obtuvo  de  Eeal 
orden  que  en  la  Guia  de  Forasteros  se  incluyera  cada  año  el 
resumen  del  empleo  de  sus  rentas  y  limosnas  y  la  estadística 
de  los  actos  de  su  benemérita  y  benéfica  eficacia.  Este  mismo 
año  de  1754  el  editor  Antonio  Sanz,  fundándose  en  que  «de 
treinta  años  á  esta  parte  está  á  su  cargo  la  composición  é  im- 


LA    GUÍA    OFICIAL   DE  ESPAÑA  63 

presión  del  librito  Kalendario  manual  y  Guia  de  Forasteros  en 
la  corte»,  que  anualmente  publica,  proponía  que,  «aunque  des- 
de su  principio  comprendía  solamente  los  Ministerios  de  los 
Consejos  de  Y.  M.  y  días  de  los  nacimientos  de  los  Príncipes 
de  Europa,  deseando  que  se  verificase  su  título,  que  es  el  de 
guiar  á  los  forasteros,  le  adicionó  los  Tribunales,  que  tiene 
V.  M.  fuera  de  la  corte,  los  Corregidores  é  Intendentes  de  sus 
provincias,  las  Juntas  permanentes  y  otras  útiles  y  curiosas 
noticias»;  no  satisfecho  su  celo,  á  vista  de  las  muchas  que  po- 
nían en  sus  Kalendarios  otras  cortes  extranjeras,  solicitaba  in- 
cluir las  Juntas  permanentes  que  faltaban,  de  Hospitales, 
Descargos,  Fuentes,  etc.,  más  los  capítulos  siguientes: 

Ayuntamiento  de  Madrid  y  Juzgados  de  los  tenientes  de  Co- 
rregidor; 

Tribunales  eclesiásticos,  Nunciatura,  Vicaria,  Visita  y  Jue- 
ces in  curia; 

Los  Jueces  de  comisiones  particulares,  quiebras,  lanzas, 
penas  de  Cámara,  etc.; 

Las  Superintendencias  de  Correos,  Juros,  Sisas,  etc.; 

Los  Agentes  Fiscales  y  subalternos  de  los  Consejos,  por  tener 
que  tratar  los  litigantes  con  ellos; 

El  Colegio  de  Abogados  y  número  de  procuradores  y  recep- 
tores; 

Los  Oficios  de  Número  y  Provincia  y  qué  Escribanos  los  han 
ejercido  desde  su  creación; 

Las  provisiones  eclesiásticas  que  hace   V.  M.  por  su  Beal 
Patronato; 

Las  Encomiendas  de  las  Ordenes  Militares; 

Las  Universidades  de  España,  mayores  y  menores: 

El  valor  de  las  monedas,  peso  y  medidas  del  marco  de  Cas- 
tilla y  correspondencia  con  el  extranjero; 

Las  fábricas  establecidas  de  paños,  cristales,  lona,  papel,  et- 
cétera; 

Las  Reales  Compañias  establecidas  para  el  Comercio,  Cara- 
cas, la  Habana,  etc.; 


64  LA    ESPAÑA   MODERNA 


Las  Gasas  de  Moneda,  Hospicio,  Hospitales  y  demás  parti- 
cularidades de  la  Corte; 

Los  Embajadores  de  las  Cortes  extranjeras  y  los  que  hay  de 
España  en  ellas; 

Los  Jefes  de  la  Casa  Real  y  sus  Asesores; 

Las  tropas  y  nombres  de  los  regimientos; 

La  Marina  y  número  de  bajeles  con  los  cañones  que  ínontan; 

Los  Vireinatos,  Audiencias  y  Gobiernos  de  las  Indias; 

La  Cronología  de  los  Reyes  de  España  y  sucesos  memorables^ 

Y  otras  muclias  cosas  «que  omite  por  no  molestar  áV.  M.» 

Antonio  Sanz  suplicaba  que  de  estos  capítulos  S.M.  eligie- 
ra los  que  fuesen  de  su  Real  agrado  que  se  pusiesen  en  IsiGuia 
que  se  estaba  disponiendo  para  el  año  1755,  haciendo  á  la  vez 
presente  que  «si  no  conviniese  aumentar  su  volumen,  se  po- 
drían quitar  los  días  en  que  se  escribe  para  el  correo,  median- 
te estar  tan  repetidos  en  los  años  antecedentes»,  y  en  su  lugar 
añadir  las  que  el  Rey  tuviera  por  conveniente  alternar  en  los 
sucesivos. 

Todavía  se  alargaba  Sanz  á  solicitar  que  si  lo  que  propo* 
nía  no  conviniera,  se  le  autorizase  á  publicar  «otro  libro  que 
lo  contenga  concediendo  al  suplicante  la  facultad  perpetua  de 
poderlo  imprimir,  precediendo  la  aprobación  anual,  que  se  ha 
observado  hasta  aqui  con  la  Guía  de  Forasteros  por  la  Subse^ 
cretaría  de  Estado»;  cuyas  prerrogativas  ya  defendió  el  año 
anterior  de  1753,  cuando  el  Vicario  Eclesiástico  le  conminó  á 
que  no  diese  más  Guias  á  la  prensa  sin  que  antes  precediera 
su  licencia. 

No  todo  lo  que  pretendió  incluir  en  su  Guia  le  fue  consen- 
tido á  Sanz,  ni  aun  siquiera  todas  aquellas  materias  de  que 
obtuvo  datos  hasta  de  las  oficinas  del  bureo  de  S.  M.  Por 
ejemplo,  sobre  materia  de  etiquetas  y  ceremonias  de  Palacio 
se  le  facilitó  una  recapitulación  de  las  disposiciones  Reales  de 
21  de  Mayo  y  29  de  Junio  de  1622,  decreto  de  31  de  Mayo  de 
1626,  órdenes  Reales  de  16  de  Julio  y  27  de  Agosto  de  1633^ 
10  de  Marzo  y  30  de  Mayo  de  1634,  20  de  Julio  de  1640,  27  de 


LA   GUÍA   OFICIAL   DE   ESPAÑA  65 

Febrero  y  18  de  Marzo  de  1647  y  20  de  Julio  de  1648  que  re- 
gían para  la  Junta  de  Obras  y  Bosques,  etiquetas  de  los  Gran- 
des, Consejeros  de  Estado,  Presidentes  y  Gobernadores  pro- 
pietarios de  los  Consejos  y  los  cuatro  oficios  mayores  de  Pa- 
lacio; pero  después  le  fue  recogido,  prohibiéndole  su  inser- 
ción. 

Las  reformas  que  por  aquel  tiempo  se  le  permitieron  llevar 
á  ejecución  y  las  adiciones  nuevas,  fueron  de  escasa  importan- 
cia. Entonces  Antonio  Sanz  se  aplicó  á  ilustrar  la  Guia  con 
otros  documentos  que  tanto  hacían  á  su  adorno,  como  á  su 
utilidad.  Ya  en  1749  había  hecho  grabar  el  primoroso  Mapa 
abreviado  de  España,  dedicado  al  Rey^  nuestro  señor,  Don  Fer- 
nando VI  por  el  grabador  Joseph  González.  También  en  el 
mismo  año  añadió  el  retrato  de  Don  Fernando  VI,  Rey  de  Es- 
paña^  dibujado  por  Palomino  y  grabado  por  Antonio  Gonzá- 
lez, padre,  ó  hermano,  ó  hijo  del  anterior. 

El  año  de  1756,  habiendo  sabido  que  en  la  Casa  del  Apo- 
sento se  había  construido  un  hermoso  Plano  de  Madrid^  no 
sólo  lo  solicitó  de  S.  M.  para  hacer  de  él  la  reducción  conve- 
niente y  mandarlo  grabar,  sino  que  obtuvo  una  Real  orden 
para  el  Conde  de  Valdés,  expedida  el  19  dé  Noviembre  en  San 
Lorenzo,  para  que  los  Ministros  de  la  Regalía  se  lo  facilita- 
sen A  pesar  de  esto  tocó  con  inconvenientes  insuperables 
por  entonces,  y  el  proj^ecto  de  Sanz  no  pudo  realizarse 
hasta  el  año  de  1758  para  la  Guia  de  1759^  cuando  ya  era 
del  dominio  de  S.  M.,  con  el  primer  Mapa  de  España  reducido 
por  D.  Ventura  Rodríguez,  y  grabado  y  adornado  por  López. 
En  la  de  1773  apareció  otro  aún  más  precioso  Plano  de  Ma- 
drid ^  que  grabó  Barrenechea,  y  que  en  óvalo  florido  y  con  des- 
cripción numérica,  de  las  principales  plazas,  calles  y  edificios 
de  la  villa,  á  dos  tintas,  negra  y  sepia,  acompañó  como  una 
verdadera  joya  del  grabado  español,  que  sólo  hemos  visto  en 
el  ejemplar  de  la  Guia  de  1773  que  posee  la  Biblioteca  de  San 
Isidro,  á  los  mapas  que  trazaba  López  3^  al  plano  panorámico 
de  Madrid  y  sus  alrededores  que  contiene  la  de  1765. 
E.  M.—Septiembre  1902.  5 


QQ  LA   ESPAÑA   MODERNA 


Desde  el  año  de  1757,  á  x^ntonio  Sanz  no  se  le  dejó  dormir 
sobre  los  monopolios  que  en  forma  de  privilegios  disfrutaba 
la  imprenta  qu.e  heredó  de  su  tío  Juan  Sanz,  y  cuyas  publi- 
caciones todas,  principalmente  la  Guía,  mejoró  sin  descanso 
con  su  celo  y  diligencia.  La  imprenta  de  Sanz  gozaba  las  ex- 
clusivas para  la  impresión  de  las  Pragmáticas,  Cédulas  y  de- 
más documentos  Reales  y  del  Consejo  de  Castilla,  de  la  Guia 
de  Forasteros  que  dependía  del  Ministerio  de  Estado,  y  de  los 
Calendarios^  Lunarios^  Fiestas  del  Consejo  y  otros  papeles  que 
excitaban  la  rivalidad  de  muckos,  aun  fuera  del  círculo  de  su 
profesión.  El  testaferro  para  plantear  las  proposiciones  que 
habían  de  levantarse  en  gravosa  concurrencia  contra  los  intere- 
ses que  de  día  en  día  aumentaban  la  prosperidad  de  Sanz,  fue 
otro  impresor  llamado  Manuel  Martín,  á  quien  había  esta- 
blecido José  Terroba  Tejada,  del  comercio  de  esta  corte,  con 
el  propósito  de  hacer  esta  competencia,  y  detrás  de  estos  dos 
últimos  se  movían,  oculta  la  mano  instigadora,  el  Obispo  de 
Cartagena,  Gobernador  del  Consejo,  y  el  Superintendente  ó 
Juez  de  Imprentas  D.  Juan  Curiel. 

Aunque  por  la  Real  orden  de  15  de  Diciembi*e  de  1760  se 
comanicó  al  Obispo  de  Cartagena  que  el  Rey  quería  «que  An- 
tonio Sanz  prosiga,  como  hasta  aquí,  imprimiendo  los  Calen- 
darios y  papeles  del  Consejo,  etc.,  con  arreglo  á  lo  que  se  tie- 
ne mandado  y  tasado,  sin  que  en  ello  puedan  poner  embarazo 
alguno  el  Superintendente  de  Imprentas,  ni  otro  cualquier 
tribunal  ni  justicia  del  Reino», — Manuel  Martín  volvió  á  re- 
presentar «que  dándosele  privilegio  por  diez  años  para  la  im- 
presión de  Calendarios,  Lunarios^  Guia-,  Fiestas  del  Consejo^  et- 
cétera, se  obligaba  con  suficiente  fianza  á  dar  el  pliego  que  se 
Yendía  á  4  mrs.,  á  los  ciegos  por  manos  ó  resmas  á  3  mrs.  á 
fe  de  que  pudieran  venderlos  á  4  en  vez  de  6,  que  era  su  pre- 
cio ordinario  en  Madrid,  y  para  provincias  á  5  por  mayor  y  6 
por  menor,  obligándose  además  á  dar  al  Portero  de  Estrados 
del  Consejo,  á  quien  pertenece  el  privilegio,  cien  ducados  anua- 
les de  arrendamiento», — y  el  Consejo  providenció,  «que  la  ce- 


LA    GUÍA    OFICIAL   DE    ESPAÍÍA  67 

«ion  del  Privilegio  concedido  al  Portero  de  Estrados^  se  enten- 
diese y  corriese  como  hecha  á  favor  de  Manuel  Martín,  á  re- 
serva de  que  Sanz  se  allanase  á  las  mismas  obligaciones». 
Sanz  se  allanó;  pero  esto  no  obstó  para  que  inopinadamente, 
y  en  ausencia  suya  de  su  casa,  la  Justicia  entrase  en  ella,  se- 
<juestrando  las  ediciones  que  estaban  en  prensa,  suspendiendo 
la  impresión  de  los  pliegos  que  se  estaban  tirando  y  apoderán- 
dose de  los  libros  de  cuenta  y  razón  que  llevaba,  dañando  coa 
semejante  acto  así  sus  intereses  garantidos  por  las  Cédulas 
Heales  que  presentó,  como  su  opinión  y  buena  fama,  «al  verse 
tratado  y  su  casa  como  un  criminal». 

Entonces  se  formó  el  proceso  de  que  antes  se  hizo  referen- 
cia para  acusarle  de  usurpador  del  privilegio  que  había  dis- 
frutado, y  atribuyendo  la  invención  de  la  Guía  al  Marqués  de 
Miraval  y  el  privilegio,  por  cesión  verbal  de  éste,  al  Portero 
de  Estrados  del  Consejo..  Aunque  aquella  intriga,  bien  que 
revestida  de  formas  legales,  no  pudo  prosperar,  fatigado  de 
trece  años  de  inquietudes,  al  fin  allanóse  también  á  transferir 
por  venta  su  propiedad  y  sus  derechos  á  la  Corona,  á  cambio 
de  una  pensión  vitalicia,  que  Ossorio  y  Bernard,  encargado 
que  ha  sido  por  muchos  años  de  los  Archivos  de  la  Imprenta 
Nacional  y  de  la  Gaceta  y  Guia  de  Madrid^  consigna  que  fue 
de  6.000  reales  anuales. 

En  la  Información  extrajudicial  (][ue  se  había  hecho  para 
agregarla  después  á  este  proceso  y  en  que  declararon  el  anti- 
guo agente  del  Marqués  de  Miraval  y  el  decano  de  la  Herman- 
dad de  los  Ciegos,  se  encuentra  otra  declaración  del  afamado 
impresor  D.  Antonio  de  Sancha,  cuñado  de  Antonio  Sanz,  en 
la  que  testifica  que  en  cada  uno  de  los  años  1750,  1751  y  1752, 
Sanz  había  dado  á  encuadernar  12.000  ejemplares  de  GuiaSj  y 
el  Superintendente  de  Imprentas  D.  Juan  Curiel  averiguó  que 
de  estas  Guias  de  Forasteros^  las  encuadernadas  en  tafilete  con 
dos  mapas,  el  de  España  y  el  de  Madrid,  las  vendía  Sanz 
á  13  rs.  ejemplar;  las  de  baldés  blanco  á  15  rs.;  las  en  pasta 
á  8  rs.,  y  sin  mapas  á  5;  á  2  y  medio  en  pergamino  y  á  2  rea- 


LA  ESPAÑA  MODERNA 


les  las  en  rústica  ó  papel.  Sólo  en  la  encnadernación  declaró 
Sancha  que  su  cuñado  se  ganaba  de  3  á  4  rs.  en  las  de  lujo  y 
real  y  medio  en  las  de  pasta. 

Realmente  estos  datos  nada  tiene  que  acrimine  ningún  acto 
de  los  del  afortunado  industrial  que  explotaba  honradamente 
el  fruto  de  su  trabajo  y  lo  hacía  prosperar  introduciendo  en 
su  obra  constantes  mejoras.  Los  que  arrojan  el  examen  délas 
primeras  ediciones  de  la  Guia  confirman,  sin  duda  alguna,  los 
trámites  por  que  pasó  desde  su  primer  redacción  por  el  Mar- 
qués de  Mira  val,  su  impresión  por  Manuel  E-omán  y  tal  vez 
antes  por  otros  impresores,  la  localización  definitiva  en  casa 
de  Juan  Sanz  y  el  paso  por  sus  herederos,  antes  de  que  Anto- 
nio adquiriera  para  sí  el  monopolio  exclusivo.  Es  evidente 
que  al  anunciar  en  las  Gacetas  de  Diciembre  de  1756  la  apari- 
ción próxima  de  la  Guia  de  1757  no  dijo  verdad  al  erigirse  en 
inventor  y  autor  de  ella,  y  que  esta  misma  falsedad  la  había 
cometido  en  algunos  de  los  Memoriales  que  circuló  impresos. 
Pero  esto  no  obsta  para  que  á  su  diligencia  y  cuidado  por  la 
mejora  progresiva  de  la  Guia  se  le  reconozca  que  en  él  se  ci- 
fraron todas  las  muchas  de  que  la  dotó.  En  1757  enriqueció 
sus  nóminas  con  los  de  los  Virreyes,  Presidentes  y  Ministros 
de  los  Tribunales  de  las  Indias;  en  1760  añadió  á  las  Juntas 
de  Montepíos  Militares  las  de  los  empleados  de  las  Oficinas  ci- 
viles, y  en  1768  dio  á  la  estampa,  juntamente  con  la  Guia,  el 
Estado  Militar  de  España,  consignando  en  cada  Cuerpo  é  Ins- 
tituto del  Ejército  y  de  la  Armada  el  año  de  su  creación  (1). 


(1)  A  Antonio  Sanz  fueron  debidos  todos  los  elementos  de  ilustración 
que  hicieron  más  preciosas  las  Guías  de  Madrid:  en  la  de  1749  introdujo 
el  mapa  de  las  provincias  en  que  los  geógrafos  dividían  á  España  y  el  pri- 
mer retrato  del  Rey  Don  Fernando  VI;  en  la  de  1759  añadió  el  Plano  de 
Madrid  reducido  por  D.  Ventura  Rodríguez  j  grabado  y  adornado  por 
López.  De  estos  planos  son  notables  el  de  la  Guia  de  1773,  del  ejemplar  de 
la  Biblioteca  de  San  Isidro,  y  *él  de  la  Guia  de  1765,  á  tres  tintas,  del  ejem- 
plar de  la  Real  Academia  de  la  Historia.  En  este  mismo  de  1765  introdujo 
también  una  vista  panorámica  de  Madrid,  que  después  se  sustituyó  por 
el  plano  geográfico  de  las  cercanías  de  la  capital,  por  D.  Tomás  López. 


LA   GUÍA   OFICIAL   DE   ESPAÑA  69 

El  Kálendario  manual  y  Guía  de  los  Forasteros  del  año  1769, 
último  que  compuso  y  publicó  en  su  imprenta  de  la  calle  de  la 
Paz,  era  ya  una  obra  capaz  de  competir  en  perfección  con  The 
Boyal  Kalender,  de  Londres,  con  el  Almanaque  de  Gotha^  que 
en  sus  dos  ediciones,  una  en  alemán  y  otra  en  francés,  se  pu- 
blicó por  vez  primera  en  1864,  y  con  el  Almanah  royal  de 
France^  que  se  supone  se  publicaba  desde  1679.  Nuestra  Guia 
de  Forasteros  contenía  ya,  en  su  sección  política  y  por  el  or- 
den que  se  designa  aquí:  Caballeros  del  Toisón. — Cardenales 
del  Sacro  Colegio. — Episcopado  de  España  é  Indias  que  pre- 
senta el  Rey  Nuestro  Señor. — Consejo  de  Estado. — Secretaria 
de  Estado  y  del  Despacho  Ministerial. — Embajadores  y  Minis- 
tros del  y  al  Rey. — Cónsules  en  Europa  y  África. — Consejo 
Real. — Los  demás  Consejos,  Juntas  y  Tribunales  con  todas  sus 
dependencias. — Academias. — Tribunales  en  Indias. — Goberna- 
dores de  plazas  y  puertos. — Familias  Reinantes. — Días  de  ga- 
las mayores  de  uniforme  y  besamanos  y  galas  sin  uniforme  en 
la  corte  de  España. — Estadística  del  movimiento  de  la  población 
por  parroquias. — Estadística  y  movimiento  de  los  Hospitales. — 
Operaciones  del  Monte  de  Piedad. 

*  * 

La  Guia  de  Forasteros  de  Madrid,  después  que  fue  incorpo- 
rada á  la  Corona  en  1770,  no  tuvo  más  importancia  sino  la  de 
que  en  lo  sucesivo,  hasta  1808,  fue  redactada  por  los  Oficiales 
mayores  de  la  primera  Secretaría  de  Estado,  á  cuyo  negocia- 
do se  daba  el  nombre  burocrático  de  primera  mesa.  Sus  noti- 
cias, por  lo  tanto,  en  adelante  tuvieron  la  garantía  oficial,  y 
las  ampliaciones  que  fue  admitiendo,  no  habiendo  comprendi- 
do todas  las  del  plan  que  en  1754  propuso  su  antiguo  editor 
Antonio  Sanz,  dio  ocasión  á  que  se  solicitase  la  publicación 
de  otras  muchas  Guías  de  objetos  determinados,  siendo  auto- 
rizadas unas  y  otras  no. 

Las  primeras  para  cuya  publicación  se  solicitó  y  se  otorgó 


70  LA   ESPAÑA    MODERNA 


licencia  por  los  tribunales  competentes  fueron:  el  Kalendario 
manual  y  Guia  de  Forasteros  de  Valencia,  que  se  publicó  desde- 
el  año  1776  á  1831,  y  el  Kalendario  manual  y  Guia  de  Foraste- 
teros  de  Barcelona,  que  comenzó  á  aparecer  algunos  años  an- 
tes y  de  la  que  nuestra  Biblioteca  Nacional  no  posee  más  que 
la  correspondiente  al  año  1806.  El  Kalendario  manual  y  Guia 
de  Forasteros  de  Méjico  comenzó  á  publicarse  en  1778  y  ha  du- 
rado su  publicación  hasta  1854. 

El  año  1782,  D.  Francisco  Antonio  Escartín  solicitó  del 
Consejo  y  Cámara  de  Castilla  licencia  para  dar  á  las  prensas, 
anualmente  un  Kalendario  manual  y  Guia  del  Estado  Eclesiás- 
tico de  España  que  había  compuesto  y  se  proponía  imprimir.. 
Era  en  Madrid  el  primer  particular  que  venía  á  hacer  compe- 
tencia á  la  Guia  de  Forasteros,  y  la  Cámara  sometió  la  cuestión 
al  informe  de  los  Consejeros  D.  Pedro  José  Valiente,  D.  An- 
tonio Beyán,  D.  Juan  Acedo  y  Ruiz  y  el  Conde  de  Balazote,. 
siendo  Secretario  D.  Juan  Francisco  de  Lastiri.  La  cuestión, 
se  debatió  mucho;  pero  habiendo  prevalecido  el  criterio  de 
que  «todo  lo  que  contribuye  á  la  pública  instrucción  debe 
promoverse»,  se  concedió  al  cabo  la  licencia  solicitada  bajo 
las  condiciones  siguientes:  1.*,  que  se  suprimiera  el  nombre 
del  autor;  2.*,  que  no  disonasen  las  fiestas  de  las  que  contenía 
el  Añalejo;  3.*,  que  precediera  el  clero  secular,  que  es  el  que 
forma  la  Jerarquía;  4.*,  que  se  pusiese  lo  relativo  á  las  órde- 
nes regulares  en  cada  diócesis;  5.*,  que  se  omitiese  lo  perte- 
neciente á  la  Eeal  Capilla,  Vicariato  general  Castrense,  Tri- 
bunales Eclesiásticos  é  Inquisiciones,  para  evitar  las  grandes 
rivalidades  de  las  precedencias  en  la  etiqueta;  y  6.*,  que  se 
suprimiera  el  catálogo  de  todos  los  párrocos  y  sus  nombres  y 
todo  lo  que  correspondiese  al  clero  inferior.  En  1802,  la  Guia 
Eclesiástica  de  Escartín,  yerno  de  Nifo,  tiró  y  vendió  4.625 
ejemplares,  j,  deducidos  gastos,  un  año  con  otro  producía  á 
su  autor  20.000  reales  de  utilidad.  Aunque  la  licencia  se  expi- 
dió en  1782,  no  comenzó  á  publicarse  hasta  1788,  habiendo 
subsistido  hasta  1868,   sin  más  interrupciones  que  la  de  los. 


LA   GUÍA   OFICIAL  DE   ESPAÑA  71 

años  1809  á  1813,  1836  á  1847,  1851  y  1852,  1855  á  1857,  1859 
á  1861  y  1863  á  1867,  en  los  que  no  se  publicó. 

El  Mayordomo  del  Marqués  de  Sales,  D.  Ignacio  Grutió- 
rrez,  indudablemente  testaferro  de  su  amo,  se  reconoció  ante 
el  Consejo  de  Castilla  en  8  de  Noviembre  de  1786,  autor  de 
un  Plan  de  los  principales  empleos  de  P alacio  ^  que  con  la  li- 
cencia del  Juez  de  Imprentas  había  mandado  imprimir,  en 
número  de  100  ejemplares,  en  la  imprenta  de  Benito  Cano. 
Habiéndose  mandado  recoger  á  la  Sala  de  Gobierno  del  Con- 
sejo Real,  entregó  el  autor  76  ejemplares  que  aún  conservaba 
en  su  poder,  porque  los  demás  los  babía  regalado.  Se  le  hizo 
declarar  qué  personas  lo  habían  recibido  en  el  E-eal  Sitio  de 
San  Lorenzo,  donde  la  corte  se  hallaba,  y  denunció  al  Duque 
de  Medinaceli,  Mayordomo  Mayor  de  S.  M.;  al  Marqués  de 
Villena,  Caballerizo  Mayor  y  Sumiller  de  Corps;  al  Marqués 
de  Cogolludo,  Gentilhombre  de  la  Cámara;  al  Duque  de  Alba, 
Gentilhombre  de  la  Cámara  de  los  Príncipes  de  Asturias  (Car- 
los IV  y  María  Luisa);  á  la  Marquesa  de  San  Juan,  Camarera 
Mayor  de  la  Princesa;  á  la  Duquesa  de  Sotomaj^or,  su  dama, 
y  á  la  Condesa  de  Ballencourt,  aya  de  los  Infantes.  Esto  no 
obstó  para  que  en  1793  se  publicase  una  Guia  de  Palacio,  Se 
la  encontraron  muchos  defectos  en  la  Cámara  de  SS.  MM.  y 
se  mandó  otra  vez  que  se  suspendiera  su  publicación,  y  cuan- 
do en  1806  la  solicitó  de  nuevo  D.  Juan  Bosmeniel,  le  fue  de- 
negada su  instancia.  Mas  lo  que  no  pudo  perpetuarse  con  la 
Gida  de  Palacio^  logró  hacerlo  permanente  D.  Jerónimo  de 
Zúñiga  y  Bracamente  con  la  Guia  de  la  Grandeza  para  el  cum- 
plimiento de  los  dias  y  años  de  los  excelentísimos  señolees  Gran- 
des de  España  asi  residentes  en  esta  corte  como  fuera  de  ella. 
Esta  publicación  tuvo  tanto  éxito,  que  apareció  anual  y  conti- 
nuadamente desde  1788  hasta  1824.  En  realidad,  su  existencia 
revelaba  la  seria  organización  de  una  sociedad  culta  y  bien 
constituida. 

En  1786  apareció  la  Guia  histórica  de  las  Universidades, 
Colegios^  Academias  y  demás  cuerpos  literarios  de  España  y 


72  LA   ESPAÑA   MODERNA 


Amérirca,  en  que  se  da  noticia  de  sus  fundaciones  y  estado  ac- 
tual^ en  la  misma  forma  que  Antonio  Sanz,  en  1754,  había  pro- 
puesto que  de  esta  materia  se  hiciera  un  capítulo  interesante 
para  la  Guía  de  Forasteros^  y  desde  1790  hasta  1841  se  publicó 
también,  bajo  la  iniciativa  particular,  la  Gula  de  litigantes  y 
pretendientes^  cuya  enjundia  Sanz  había  pretendido,  en  el  año 
mencionado,  intercalar  del  mismo  modo  entre  los  capítulos 
del  Kalendario  manual.  Por  último,  en  7  de  Septiembre  de  1791 
se  presentó  al  Conde  de  Floridablanca,  en  el  Real  Sitio  de  San 
Ildefonso,  el  General  de  la  Real  Armada  D.  Antonio  Valdós, 
no  sólo  á  comunicarle  que  en  el  Ministerio  de  Marina  se  había 
formado  rái  Almanaque  Náutico  y  Guia  de  la  Real  Armada  Es- 
pañola para  1792,  con  propósito  de  renovarlo  cada  año,  sino 
para  que  se  le  otorgara  la  licencia  necesaria  para  que  fuera 
impreso  en  la  Imprenta  de  S.  M. 

Mientras  de  este  modo  se  iban  sucesivamente  cubriendo 
por  la  iniciativa  particular  las  deficiencias  que  en  la  Guía  de 
Forasteros  el  público  encontraba,  la  introducción  de  capítulos 
nuevos  en  ésta  se  hacía  con  pausada  lentitud.  El  primer  año 
(1770)  en  que  en  su  portada  apareció  la  cifra  de — Por  el  Bey^ 
Nuestro  Señor. — En  la  Real  imprenta  de  la  Gazeta. — Se  halla- 
rá donde  se  vende  ésta; — no  se  introdujeron  en  el  Kalendario 
manual  más  novedades  que,  después  del  capítulo  de  las  Aca- 
demias, el  de  la  Biblioteca  Real;  después  del  de  los  Tribuna- 
les de  España  é  Indias,  el  del  Estado  Mayor  Militar^  y  después 
de  la  estadística  de  los  Hospitales  y  los  días  de  llegada  y  par- 
tida de  los  correos,  una  Regulación  del  valor  que  tiene  el  doblón 
de  oro  de  España  en  Europa,  y  el  valor  de  las  monedas  efectivas 
é  imaginarias  de  España  en  Castilla^  Aragón,  Valencia^  Mallor- 
ca y  Cataluña  con  la  Policía  del  giro  de  letras.  En  la  Guía  del 
año  1773,  una  de  las  más  preciosas  de  la  colección,  por  el  Mapa 
de  España^  de  D.  Tomás  López,  el  retrato  del  Rey  grabado 
por  Francisco  Assensio,  y  el  bellísimo  Plano  de  Madrid  debido 
al  buril  de  Barrenechea,  detrás  de  los  Caballeros  de  la  insigne 
Orden  del  Toisón,  figuran  por  vez  primera  los  do  la  Orden  de 


LA   GUÍA   OFICIAL   DE   ESPAÍÍA  73 

Carlos  III,  fundada  por  este  Monarca  el  19  de  Septiembre 
de  1771;  y  en  la  de  1776,  después  de  las  Familias  reinantes  y 
antes  de  los  Días  de  gala,  se  introduce  la  Cronología  de  los  Re- 
yes de  España,  redactada  por  la  Real  Academia  de  la  Historia. 

En  la  Guía  de  1783  se  observan  bastantes  innovaciones. 
La  Cronología  de  los  Reyes  de  España  por  vez  primera  figura 
ya,  definitivamente  para  lo  sucesivo,  a  la  cabeza  del  Kalenda- 
rio  manual.  Al  Calendario  se  añaden  las  Ferias  que  se  cele- 
bran en  muchos  pueblos  de  España,  y  á  las  Cuarenta  horas  sus 
Indulgencias.  A  la  Orden  de  Carlos  III  se  le  añade  la  Junta  de 
la  Concepción,  y  al  capítulo  délos  purpurados  del  Sacro  Cole- 
gio, la  Nunciatura  y  el  Tribunal  de  la  Rota.  Después  de  las 
Academias  se  abre  capítulo  á  la  Sociedad  Económica  Matriten- 
se j  á  las  Academias  de  Derecho  Español,  Medicina  y  Lengua 
latina.  Tras  el  de  la  Biblioteca  Real  vienen  los  Estudios  Rea- 
les de  San  Isidro,  el  Real  Gabinete  de  Historia  Natural  y  el 
Jardín  Botánico.  A  las  operaciones  benéficas  y  económicas  de 
la  Hermandad  del  Refugio,  se  juntan  las  de  la  Esperanza  y  las 
de  la  Real  Casa  de  las  Recogidas.  Por  último,  á  la  expedición 
de  los  correos  en  la  península  se*  añade  el  cuadro  de  servicio 
de  ios  nuevos  Correos  marítimos  con  Nueva  España,  Isla  Es- 
pañola, Filipinas,  provincias  de  Buenos  Aires,  Islas  Canarias 
y  provincias-  del  Perú. 

*  Ya  desde  el  año  anterior,  de  1782,  la  Guia  había  conquis- 
tado otra  mejora  importante:  la  de  sus  propios  índices  que 
tanto  facilitan  su  manejo. 

Conforme  se  creaban  instituciones  nuevas  de  Instrucción, 
de  Economía,  de  Beneficencia,  iban  sucesivamente  aparecien- 
do en  las  páginas  siempre  crecientes  de  la  Guía  de  Forasteros: 
en  la  de  1788,  el  Real  Seminario  de  Nobles;  el  Colegio  de  Ciru- 
gía, creado  el  año  anterior  de  1787,  y  el  Banco  Nacional  de 
San  Carlos;  en  la  de  1792,  la  Junta  de  Gobierno  y  Dirección  de 
Mo7itepio  de  las  viudas  y  pupilos  de  los  Corregidores  y  Alcal- 
des Mayores;  en  la  de  1793,  las  Damas  Nobles  de  María  Luisa. 

Acerca  de  estas  últimas  Señoras  Condecoradas,  hay  en  los 


74  LA   ESPAÑA    MODERNA 


Archivos  de  la  Guía  una  nota  muy  curiosa.  El  Oficial  Mayor 
de  la  primera  Secretaría  de  Estado  había  pedido  al  Canciller 
de  la  Orden,  D.  Miguel  Bañuelos,  que  en  las  listas  que  le  en- 
viase, las  Damas  se  colocaran  por  orden  de  edad.  Bañuelos 
contestó  el  1.°  de  Diciembre  de  1794: 

«Venerado  favorecedor  Sr.  Peñuelas:  Creo  que  esto  es  lo 
que  usted  me  pide  y  lo  que  me  parece  que  basta  para  el  nue- 
vo Guia  de  Forasteros  (1).  Como  en  la  creación  no  me  hallaba 
aquí,  no  supe  las  edades  de  las  primeras  Damas,  ni  me  pareció 
oportuno  preguntárselas.  El  influjo  de  nuestro  valedor  el  se- 
ñor Duque  (de  la  Alcudia),  movido  por  usted,  pudiera  ocurrir 
que  fuese  la  primera  mi  mujer ^  pues  la  sentaría  bien  una  de 
las  dos  insignias  que  están  en  mi  depósito.  Mi  mujer  y  yo  re- 
cordamos á  la  bondad  y  protección  de  usted  la  primera  plaza 
de  paje  para  mi  hijo  Santiago.,  que  me  tiene  ofrecida  S.  E.,  y 
si  no  se  pasa  el  aviso  á  donde  toca  para  que  se  cumpla,  se  pue- 
de olvidar  y  pretenderla  otro.» 

Cevallos,  en  1804,  mandó  por  un  volante  á  la  redacción  de 
las  Guias  que  las  Damas  tituladas  de  la  Orden  de  María  Luisa 
se  citaran  por  sus  nombres,  con  el  título,  con  motivo  de  la 
exoneración  que  se  hizo  de  este  honor  en  la  Marquesa  de  Cas- 
tel-Moncayo,  Doña  María  de  Carvajal.  Pero  la  orden  de  Ceva- 
llos todavía,  después  de  un  siglo,  no  ha  podido  ser  cumplida 
enteramente  en  las  nóminas  de  la  Guía  Oficial  de  España, 

*  * 

Las  relaciones  internacionales  de  España  con  el  Imperio 
del  primer  Bonaparte,  nuestro  funesto  aliado  hasta  1808,  y 
las  perturbaciones  que  su  política  y  su  espada  producían  á  la 
continua  en  la  geografía  del  continente,  crearon  á  los  princi- 
pios del  siglo  XIX  repetidas  dificultades  que  orillar  en  la  redac- 
ción de  algunos  capítulos  del  Guía  de  Forasteros.  Es  interesan- 


(1)     Durante  el  siglo  xviii,  al  Kalendario  manual  se  llamó  El  Guia  y 
lio  La  Guia. 


LA    GUÍA    OFICIAL   DE    ESPAÑA 


75 


tísima  la  siguiente  consulta  que  se  elevó  para  la  de  1806,  por 
mano  del  Ministro  de  Estado,  D.  Pedro  de  Cevallos,  al  Rey 
Carlos  IV,  con  motivo  del  cambio  que  Napoleón  propuso  de 
cierto  número  de  Toisones  por  otros  tantos  Grandes  Cordones 
de  la  Legión  de  Honor,  que  acababa  de  fundar: 

«Señor:  Para  imprimir  el  Guia  de  Foraste- 
ros del  año  1806,  ocurren  algunas  dudas,  que 
si  V.  M.  fuese  servido,  se  dignará  resolver, 
según  sea  más  de  su  Real  agrado. 

Primera:     Si  los  nuevos  Caballeros  del  Toi- 
són de  Oro  se  han  de  poner  en  lista  por  la  fe- 
cha del  día  de  la  gracia  ó  con  la  de  los  días 
Se  ha  de  poner    ^^  ^^^^  recibieron  los  Collares;  pues  aun  cuan- 
m  la  fecha  del(  ^^  e>sto  último  es  lo  que  se  practica,  en  el  or- 


dia  de  la  gracia. 


den  resultará  de  ello  que  el  Príncipe  Borghe- 
se  se  hallará  en  la  lista  antes  que  el  Príncipe 
Luis,  hermano  del  Emperador,  que  recibió  el 
Collar  tarde. 

Segunda:  Si  no  sería  conveniente  poner  al 
fin  de  la  lista  de  la  Orden  del  Toisón,  la  si- 
guiente nota:  «Estos  seis  últimos  Toisones  han 
sido  enviados  por  S.  M.  á  la  corte  de  Francia, 
en  cambio  de  seis  grandes  Bandas  de  la  Le- 
gión de  Honor  que  el  Emperador  de  los  fran- 
ceses ha  enviado  á  España,  expresando  que 
estas  seis  insignias  no  están  comprendidas  en 
el  número  de  sesenta,  prefijado  por  los  Esta- 
tutos de  aquella  Orden;  por  cuya  razón  ha  te- 


No  se  ponga  la 
nota; pero  tampo- 
co se  pondrán  es-        .-,,,.  rN     Tir      1       1  ,  '      /-i 

.      -   ,         „        ,  nido  a  bien  b.  M.  declarar  que  estos   seis  Co- 
re ano  los  collares  ^ 


vacantes. 


llares  se  entienden  también  sin  perjuicio  del 
número  de  cincuenta  y  uno  prefijado  en  los 
Estatutos  de  la  Orden  del  Toisón.»  Esto  es 
conforme  á  lo  que  V.  M.  tiene  mandado  en  su 
Real  decreto  comunicado  al  Canciller  de  la 
Orden,  y  si  no  se  advierte  así  al  fin  de  la  lista, 
no  podrá  decirse,  según  es  costumbre,  el  nú- 
mero de  Toisones  vacantes,  que  son  siete  en 
el  día.» 


76  LA  ESPAÑA   MODERNA 


La  Guia  de  Forasteros  de  este  mismo  año  de  1806,  que,  como 
la  de  los  dos  siguientes  de  1807  y  1808,  fue  redactada  por  el 
Oficial  mayor  D.  Eusebio  de  Bardaxi  y  Azara,  tuvo  que  sufrir, 
además,  algún  entorpecimiento  de  tiempo  en  su  salida,  aun 
provocando  las  quejas  del  Administrador  general  de  la  Im- 
prenta Real  D.  José  María  Enríquez,  pues,  con  motivo  del  Tra- 
tado sobre  la  Confederación  del  Rhin  y  la  renuncia  de  los  So- 
beranos que  la  constituían  á  todas  sus  relaciones  con  el  Impe- 
rio Germánico,  cuya  Constitución  fue  declarada  abolida  por 
Napoleón,  dio  mucho  trabajo  el  arreglo  de  esta  ;parte  tan  in- 
teresante áoi'Kalendario  manual. 

La  Guia  de  1808,  última  del  reinado  de  Carlos  IV,  es  un  li- 
bro precioso,  porque  forma  el  inventario  oficial  de  la  organi- 
zación de  aquella  Monarquía  que  lia  sido  tan  injustamente  ul- 
trajada por  la  Historia,  y  en  el  que  se  demuestra  que  no  ne- 
cesitó España  del  influjo  de  Francia  para  caminar  por  sí  y 
abiertamente  por  los  anchos  senderos  de  las  ideas  y  de  los 
progresos  que  han  caracterizado  la  fisonomía  del  siglo  xix. 
Con  la  Guia  de  1808  en  la  mano  se  adquiere  la  persuasión  más 
profunda  de  que  la  intervención  violenta  de  las  influencias  ex- 
tranjeras en  nuestra  patria  interrumpió  la  gloriosa  marcha 
que  nuestro  país  llevaba  hacia  las  conquistas  civilizadoras  de 
la  humanidad,  y  que,  lejos  de  habernos  servido  aquella  in- 
:fluencia  de  palanca  ni  acierto,  lo  que  hizo  fue  perturbarnos 
odiosamente  ó  inmergirnos  en  el  caos  que  nos  ha  envuelto  du- 
rante casi  toda  esta  aciaga  centuria  de  luchas  intestinas  en 
que  hemos  perdido,  de  infortunio  en  infortunio,  todos  los  opu- 
lentos vestigios  de  nuestro  antiguo  poderío,  sin  dejarnos  mar- 
cado el  rumbo  cierto  de  nuestra  indispensable  reparación. 

Apoderado  de  España  un  poder  extranjero  y  erigido  en 
Madrid  el  solio  efímero  del  E-ey  José  Napoleón  Bonaparte,  el 
Ministerio  qne  formó  aquel  G-obierno  intruso  pensó  en  Octu- 
bre de  1809  proseguir  la  publicación  del  Kalendario  manual  y 
Guia  de  Forasteros  en  Madrid,  dándose  en  9  de  dicho  mes  por 
el  Ministerio  de  la  Gobernación,  que  desempeñaba  D.  Manuel 


LA    GUÍA    OFICIAL   BF.    ESPAÑA  77 

Romero,  y  al  que  se  había  incorporado  la  publicación  de  la 
Gaceta  y  de  la  Guía^  las  órdenes  necesarias  para  reunir  los  da- 
tos oficiales  con  que  redactar  esta  líltima  para  el  año  1810.  En 
la  Real  orden  referida,  el  Ministro  Romero  pidió,  principal- 
mente á  todos  los  centros  académicos,  científicos  ó  idustriales, 
«noticias  sobre  su  fundación,  organización  y  demás  circuns- 
tancias interesantes,  con  los  nombres  de  los  empleados  ó  indi- 
viduos que  componían  sus  Establecimientos  y  las  rentas  ó  ar- 
bitrios con  que  se  sustentaban».  En  los  expedientes  de  la  ex- 
tinguida Imprenta  Real   constan   los   documentos   originales 
acumulados  para  este  objeto,  ordinariamente  redactados  por 
los  mismos  jefes  de  los  Establecimientos  que  los  suscriben  y 
los  remitieron.  De  su  lectura  resulta  que  aquellos  poderes  que 
se  prometían  regenerar   á   España,  debían  sentirse  ruboriza- 
dos al  confrontar  las   fechas  recientes   del  mayor  número  de 
los  Institutos  que  describían  y  al  considerar  el  impulso  de  cul- 
tura ó  instrucción  general  que  habían  venido  á  interrumpir. 
Solamente  el  Real  Albeytarato  se  remontaba  á  la  época  de 
los  Reyes  Católicos  Don  Fernando  y  Doña  Isabel.  La  Secreta- 
ría de  la  Interpretación  de  lenguas  era  de  los  tiempos  en  que 
el  Emperador  Carlos  V  creó  los  Consejos  Supremos  de  Italia  y 
Flandes.  Los  Estudios  Reales  de  San  Isidro  se  remontaban  al 
año  1625,  reinado  de  Felipe  lY.  Todos  los  demás  elementos 
de  nuestra  cultura  científica  y  de  nuestras  artes  respondían  á 
un  movimiento  de  progreso   asiduo   que,  iniciado  por  Feli- 
pe V,  había  tomado  pasmoso   incremento  desde  Carlos  III  y 
mucho  mayor  aún  bajo  Carlos  I Y  y  su  ilustre  Ministro  el  Prín- 
cipe de  la  Paz.  Esta  testificación  se  aconsejaba  elocuentemen- 
te en  cada  una  de  aquellas  memonias  abreviadas  que  para  en- 
cabezar los  artículos  correspondientes  de  la  Guía  de  Foraste- 
ros llegaron  al  Ministerio  de  la  Gobernación  suscritas:  la  de 
la  Real  Academia  de  la  Historia,  por  D.  Casimiro  Gómez  Or- 
tega; la  de  la  Academia  de  Derecho  Español,  por  D.  Antonio 
de  Siles;  la  del  Estudio  de  Mineralogía,  por  Christiano  Herr- 
gen;  la  del  Jardín  Botánico,  por  D.  Claudio   Boutelou;  la  de 


78  LA   ESPAÑA   MODERNA 


la  Biblioteca  Eeal,  por  D.  Juan  Crisósfcomo  Ramírez  de  Ala- 
manzon;  la  de  la  Sociedad  Económica  Matritense,  por  D.  José 
Ignacio  de  Acevedo;  la  de  la  Junta  de  Damas  de  Honor  y 
Mérito,  por  D.*  María  del  Rosario  Cepeda  de  Grorostiza,  su 
Secretaria;  la  de  la  Interpretación  de  Lenguas,  por  D.  Lean- 
dro Fernández  de  Moratín;  la  de  la  Eeal  Fábrica  de  Telas  de 
Seda  de  Talayera  de  la  Reina,  por  D,  Diego  Gallard;  la  de  la 
Real  Fábrica  de  Tapices,  por  D.  Livinio  Stuyck,  y  así  las 
demás.  Del  reinado  de  Carlos  IV,  el  Rey  destronado  en  Aran- 
juez  por  las  intrigas  en  que  llevó  la  mano  oculta  el  Marqués 
de  Beauharnais,  cuñado  de  Napoleón,  y  cuya  memoria  ha  sido 
tan  calumniada,  era  el  Estudio  de  Mineralogía  creado  en  1798, 
la  Junta  Consultiva  de  Cirugía  de  1795,  la  Gubernativa  de 
Farmacia  de  1800,  el  Real  Estudio  de  Medicina  Práctica  de 
1795,  el  Real  Colegio  de  Medicina  del  mismo  año,  el  Real  Ob- 
servatorio Astronómico  de  1791,  la  Escuela  Superior  de  Vete- 
rinaria del  mismo  año,  el  Colegio  de  Sordo-mudos  de  1805  y 
otra  multitud  de  instituciones  análogas. 

El  poder  nacional,  que  fugitivo  del  continente  se  refugió, 
bajo  la  espada  heroica  del  Duque  de  Alburquerque,  á  la  Isla 
de  León,  segunda  Covadonga  de  España,  y  constituyó  la  Re- 
gencia del  Reino  en  1810,  redactó  una  Guía  Patriótica  de  Es- 
paña para  el  año  1811^  que  comprendía  los  principales  artícu- 
los de  la  de  Forasteros  de  Madrid,  sobre  Guerra,  Marina,  Ha- 
cienda y  Comercio,  y  que  en  8.°  y  con  120  páginas  se  impri- 
mió en  la  misma  Isla  en  la  imprenta  de  D.  Miguel  Segovia, 
impresor  de  la  Real  Marina,  en  vista  de  que  «ante  el  trastor- 
no general  que  nos  ha  originado  la  injusta  y  destructora  gue- 
rra que  á  principios  del  año  1808  suscitó  á  la  Nación  Española 
el  tirano»,  se  habían  cumplido  dos  años  que  no  publicaba 
Guía  ninguna  y  se  hacía  necesario  empezar  á  reconstruir  el 
inventario  oficial  de  lo  que  quedaba  de  patria.  Intervino  en  su 
redacción  Fray  Jaime  de  Villanueva,  director  que  era  de  la 
redacción  del  Periódico  de  las  Cortes;  pero  fácil  es  colegir  las 
omisiones  que  hubo  que  hacer  deliberadamente  en  ella,  cuan- 


LA    GUÍA    OFICtAL   DE    ESPAÑA  79 

do  tan  incierto  era  el  pedazo  de  territorio  que  aún  podían  do- 
minar nuestros  espíritus  y  sostener  los  lazos  de  la  administra- 
ción y  tan  incierto  el  nombre  de  los  que  quedaron  fieles  á  la  fe 
de  la  Patria. 

En  1812  salió  en  Cádiz,  en  la  Oficina  tipográfica  de  la  Viu- 
da de  Cornel,  otra  Guia  Política  de  las  Españas^  y  otra  tercera 
se  publicó  el  año  1813  en  la  Imprenta  Nacional  de  Cádiz,  de 
la  que  se  hicieron  dos  tiradas,  una  con  dos  hojas  de  Apéndice 
y  otra  con  54.  Estas  Guias  se  incluyen  por  los  que  tienen  la 
fortuna  de  poseer  sus  raros  ejemplares  en  la  Colección  de  las 
Guias  de  Madrid. 

En  la  de  la  Isla  de  León,  de  1811,  se  hace  interesante  la 
coordinación  en  que  aparecen  las  instituciones  políticas  de  la 
Nación:  primeramente,  el  principio  monárquico  representado 
■en  la  Cronologia  de  los  Beyes  de  España;  en  segundo  lugar,  el 
derecho  representativo  en  la  nómina  de  las  Cortes;  después 
el  poder  ejecutivo  por  el  Consejo  de  E,egencia;  á  continuación 
«e  interpone  el  Periódico  de  Cortes^  y  luego  se  inserta  el  Con- 
sejo de  Estado,  las  Secretarías  de  G-racia  y  Justicia,  C-uerra, 
Marina,  Hacienda  de  España,  Hacienda  de  Indias  y  de  la  Es- 
tampilla. Seguían  los  Embajadores  y  el  cuerpo  consular;  des- 
pués, suprimido  el  Toisón,  los  Caballeros  de  Carlos  III  y  las 
Damas  Nobles  de  María  Luisa,  descartados  los  nombres  de  los 
que,  habiendo  obtenido  estas  condecoraciones,  habían  seguido 
al  G-obierno  Intruso;  la  nómina  de  los  gentileshombres  y  otros 
funcionarios  de  la  Heal  Casa;  los  altos  Tribunales  Supremos 
Real,  de  Indias,  de  Guerra  y  Marina  y  de  Ordenes,  y  por  úl- 
timo las  Audiencias  y  la  judicatura. 

Las  Guias  de  Cádiz  de  1812  y  de  1813  establecían  otra  no- 
vedad. Después  de  las  fiestas  de  la  Iglesia,  se  consignaba  la 
nacional  y  civil  del  Dos  de  Mayo.  A  continuación  se  publica- 
ban dos  nóminas  esclarecidas:  la  de  los  héroes,  cuyos  nombres 
se  habían  esculpido  con  letras  de  oro  en  el  salón  donde  las 
Cortes  celebraban  sus  sesiones:  Daoiz,  Velarde  y  Alvaeez, 
el  defensor  de  Gerona;  y  la  de  los  beneméritos  de  la  patria,  á. 


80  LA   ESPAÑA   MODERNA 


quienes  las  Cortes  habían  decretado  este  honor.  Estos  eran: 
el  Duque  de  Alburquerque,  el  General  Ballesteros,  Don 
Arias  Antonio  Mon  y  Velarde,  D.  Gaspar  Melchor  de  Jo- 
VELLANOS  y  los  iiidíviduos  de  la  Junta  de  Burgos,  que  habían 
sido  asesinados  por  los  franceses  en  las  funciones  de  su  cargo, 
D.  Pedro  Gordo,  D.  Eulogio  José  Muro,  D.  José  Ortiz  de 
CovARRUBiAS  y  D.  Pedro  Yelasco.  Como  Épocas  célebres  se 
consignaban  en  la  Guia  política  de  1813  la  Insurrección  Espa- 
ñola (año  vi);  la  Instalación  de  las  Cortes  (año  iv);  la  Promul- 
gación de  la  Constitución  de  la  Monarquía  Espafiola  (año  ii),  y 
la  Consagración  de  la  Fiesta  Nacional  del  Dos  de  Mayo  (año  iii)^ 

El  orden  con  que  se  consignaban  en  la  Guia  las  dependen- 
dencias  admip.istrativas  de  cada  institución  política  era  el  si-- 
guíente:  1.^,  el  Poder  legislativo;  2.°,  el  Poder  ejecutivo;  3.^, 
el  Poder  judiciario;  4.°,  idea  de  la  Constitución;  5.^,  Casa. 
E,eai  de  España  y  Soberanos  E-einantes  en  España;  6,°,  Esta- 
do Mayor  General  Militar;  7.°,  Armada  Nacional. 

Indudablemente  bajo  esta  misma  pauta,  al  restituirse  á 
Madrid  la  Regencia  del  Reino  y  las  Cortes  ordinarias,  se  trató 
de  apresurar  la  redacción  de  un  Kalendario,  Manual  y  Guia 
de  Forasteros  en  esta  corte  para  el  año  de  1814,  á  fin  de  que 
la  encontrase  impresa  el  Rey  Fernando  Vil  al  reintegrarse  á 
España,  después  de  rescatado  del  cautiverio  de  Valencey. 
Para  ello  se  expidieron  órdenes  apremiantes  el  15  de  Enero 
por  el  Ministerio  de  Estado,  que  volvía  á  recabar  para  sí  la^ 
construcción  del  libro  oficial  de  nuestro  inventario  adminis- 
trativo, á  los  demás  Ministerios.  El  Oficial  ma^^or  de  la  pri- 
mera Secretaría,  D.  José  de  Luyando,  recibió,  con  efecto, 
el  26  de  Enero  la  nómina  de  los  Diputados  á  Cortes,  suscrita 
por  los  Diputados  Secretarios  D.  Pedro  Alcántara  de  Acosta 
y  D.  José  María  Gutiérrez  de  Terán.  Pero  en  las  demás  ofici- 
nas no  se  procedió,  ni  era  posible,  con  la  misma  diligencia, 
puesto  que  antes  necesitaban  ser  reorganizadas,  y  los  sucesos 
de  Mayo  hicieron  abortar  la  tentativa. 


LA   GUÍA   OFICIAL   DE   ESPAÑA  81 

Puede  considerarse  como  un  verdadero  retroceso  la  confec- 
ción de  la  Guia  de  Forasteros  desde  1815,  hasta  que,  encarga- 
do de  la  dirección  de  la  Gaceta  de  Madrid  D.  Alberto  Lista,  y 
de  la  redacción  de  la  Guia  de  Forasteros  la  del  periódico  ofi- 
cial, éste  llevó  á  sus  páginas  el  primer  conato  de  metódica  re- 
gularización.  En  el  Ministerio  de  Estado  se  habían  perdido 
las  tradiciones  que  habían  hecho  tan  lucidos  estos  trabajos  en 
la  Guia  de  180S,  y  el  Ministro  D.  Tomás  Moyano  no  pudo  res- 
tablecerlas al  formarse  la  de  1815.  Todos  los  servicios  públicos 
se  hallaban  sometidos  á  arreglos  impuestos  ó  por  el  afán  de 
depurar  la  filiación  política  de  los  funcionarios,  ó  por  las  exi- 
gencias imperiosas  de  las  economías  que  reclamaba  la  angus- 
tiosa situación  del  Tesoro  público. 

Este  estado  de  cosas  no  había  llegado  á  superarse  entera- 
mente cuando  en  1820  ocurrieron  las  insurrecciones  de  las  Ca- 
bezas de  San  Juan  y  los  trastornos  nuevos  que  originaron.  En 
la  Guia  de  1821  volvieron  á  ocupar  las  Cortes  el  primer  lugar 
después  de  la  Cronología  histórica  de  los  Reyes  de  España. 
Fuera  de  esta  novedad,  no  ofrecen  otra  ésta  y  las  de  1822  y 
1823,  que  el  de  haberse  aumentado  su  tamaño  del  16.^  en  que 
se  tiraba,  al  8.*^  que  tuvieron  las  que  se  imprimieron  en  la  Isla 
de  León  y  en  Cádiz  en  1811,  1812  y  1813. 

Para  el  año  1824  no  se  publicó  Guia  de  Forasteros.  La  de 
1825  se  imprimió  sin  otra  particularidad  digna  de  anotarse, 
sino  la  de  que  por  la  Administración  de  la  Imprenta  Real,  á 
cargo  de  D.  Ramón  Calvo  Valenzuela,  se  reclamó  que  habien- 
do aparecido  el  año  antecedente  un  AlmanaJc  enciclopédico 
que  contenía  la  mayor  parte  de  los  artículos  de  la  Guia  oficial, 
ésta,  que  se  hallaba  en  una  decadencia  ruinosa,  no  podría  ni 
cubrir  sus  gastos  en  competencia  con  la  otra  publicación.  Con 
esta  queja,  el  11  de  Mayo  de  1824  se  expidió  una  Real  orden 
prohibiendo  la  circulación  del  referido  Almanalc. 

Confiada  por  Fernando  VII  á  D.  Alberto  Lista  en  el  últi- 
mo año  de  su  vida  y  reinado  la  direcoión  de  la  Gaceta  y  de  la 
Guia,  con  aquella  brillante  redacción  que  formó,  compuesta 
E.  M.— Septiembre  1902.  6 


82  LA    ESPAÑA    MODERNA 


de  D.  Miguel  Salva,  D.  Eugenio  de  Ochoa,  Rementería  y 
Fica,  Pérez  de  Anaya,  Hartzeribusch,  D.  Francisco  de  Paula 
Madrazo,  D.  Juan  Antonio  Rascón  y  D.  E-amón  de  Navarrefce, 
proyectó  un  plan  metódico  para  la  distribución  más  ordenada 
délos  capítulos  que  la  Guía  comprendía,  según  el  orden  y  la 
jerarquía  jurídica  y  racional  de  las  Instituciones. 

El  material  de  que  la  Guia  se  formaba  la  dividió  en  doce 
Capítulos,  y  algunos  de  éstos  en  varias  secciones.  El  Capitulo 
primero  abarcaba:  La  Cronología  E-eal  de  España,  los  Sobe- 
ranos Reinantes,  con  sus  augustas  familias,  y  los  días  de  gala 
en  la  corte  española;  el  Capitulo  segundo^  las  Instituciones  de 
Gracia  y  Honor:  Toisón,  Orden  de  Carlos  III,  de  Damas  No- 
bles y  de  Isabel  la  Católica;  el  Capitulo  tercero^  el  Sacro  Cole- 
gio, el  Tribunal  de  la  Rota,  la  Nunciatura  y  el  episcopado  es- 
pañol; el  Capitulo  cuarto,  las  Cortes  del  Reino  en  sus  dos  Es- 
tamentos de  Proceres  y  Procuradores,  y  el  Consejo  de  Estado 
como  Cámara  del  Rey;  el  Capítulo  quinto  tenía  dos  secciones: 
á  ia  primera  correspondía  el  Ministerio  de  Estado,  con  la  Di- 
putación permanente  de  la  G-randeza,  el  Cuerpo  colegiado  de 
Hijosdalgo  de  Madrid  y  la  Secretaría  de  la  Interpretación  de 
Lenguas;  y  á  la  segunda,  el  Cuerpo  diplomático  nacional  y 
extranjero  y  el  Cuerpo  consular;  el  Capitulo  sexto  consagrá- 
base al  Ministerio  de  Gracia  y  Justicia,  con  sus  altos  Tribuna- 
les, Consejo  de  las  Ordenes,  Juntas  de  competencia,  apostólica 
y  de  gobierno  del  Montepío,  sus  Reales  Audiencias  y  Juzga- 
dos inferiores,  sus  Corregidores,  Alcaldes  mayores.  Goberna- 
dores ó  Intendentes  y  sus  Tribunales  de  Indias;  el  Capitulo 
séptimo  y  el  Capitulo  octavo  se  remitían  á  los  Estados  Militar 
y  de  la  Real  Armada;  el  Capitulo  noveno  comprendía  todas  las 
dependencias  del  Ministerio  de  Hacienda;  el  Capitulo  décimo^ 
dividido  en  cuatro  secciones  de  Fomento,  Artes  y  Comercio, 
Estudios  y  Sanidad,  abarcaba  los  variados  y  múltiples  servi- 
cios que  se  liabían  acumulado  en  el  Ministerio  de  lo  Interior; 
el  Capitulo  onceno  detaUp,ba  exclusivamente  las  dependencias 
de  la  Mayordomía  Mayor  de  la  Real  Casa,  con  su  Junta  de 


LA    GUÍA   OFÍCLAL    DE    EBPA^A  83 

Patrimonio  y  su  Biblioteca  Heal,  y  el  Capitulo  duodécimo  y 
último  se  consagraba  á  las  Variedades  de  estadísticas  benéfi- 
cas, de  movimiento  de  población,  de  comunicaciones  por  tie- 
rra y  por  mar,  de  ferias  y  mercados,  etc. 

La  reforma  de  D.  Alberto  Lista  en  la  Guía  de  Forasteros , 
científicamente  considerada  en  su  metódica  coordinación,  era 
una  obra  maestra;  pero  sólo  duró  dos  años,  hasta  que  sustitui- 
do en  la  dirección  de  las  publicaciones  oficiales  por  D.  Pablo 
Montesinos,  éste  volvió  á  las  determinaciones  con  que  se  ha- 
bían formado  las  de  1811,  1812,  1813,  1821,  1822  y  1823. 

La  Guia  de  Forasteros  corrió  suerte  común  con  la  Gaceta 
de  Madrid^  mientras  estas  publicaciones  estuvieron  sometidas 
al  sistema  de  contratas  que  emanó  de  las  reformas  en  1837. 
Cuando  se  restableció  la  dirección  de  las  publicaciones  oficia- 
les, unida  á  la  Administración  de  la  Imprenta  Nacional,  vol- 
vió á  su  natural  cauce  y  se  prestó  á  nuevas  reformas.  Desde 
entonces  el  método  para  su  redacción,  ó  mejor  dicho,  para  la 
distribución  de  los  trabajos  que  la  componen,  se  ajustó  con 
acertado  sentido  á  la  división  por  Centros  Superiores  Políti- 
co-administrativos ó  Ministerios,  y  dentro  de  cada  uno  de  és- 
tos á  las  Direcciones  generales  en  que  se  comparten,  y  á  los 
negociados  particulares  en  que  éstas  se  subdividen.  De  esta 
manera  se  ha  hecho  prevalecer  un  sistema  distributivo  unifor- 
me para  la  confección  de  la  Guia  Oficial  de  España^  en  cuyo 
nombre  se  subrogó,  en  1873-74,  el  que  traía  desde  su  remoto 
origen,  y  la  confección  y  distribución  de  los  Presupuestos  ge- 
nerales del  Estado. 

En  1874,  siendo  Director  de  las  publicaciones  oficiales 
{Gaceta  y  Guia)  D.  Felipe  Picatoste,  trató  de  convertir  la 
Guia  en  una  especie  de  Anuario  ilustrado  de  la  Administración 
y  de  su  estadística.  Restaurando  las  ideas  con  que  en  1899  el 
Ministro  del  E-ey  José  Napoleón,  D.  Manuel  Romero,  proyec- 
tó la  Guia  de  Madrid  para  1810,  pidió  los  datos  con  que  á  al- 
gunos institutos  admiaistrativos  y  establecimientos  déla  eco- 
nomía pública,  aderezó  de  buenas   notas  históricas   sobre  su 


84  LA   ESPAÍÍA   MODERNA 


origen  y  desenvolvimiento.  También  enriqueció  la  Guia  con 
apéndices  estadísticos.  No  hay  que  negar  Jo  laudable  del  pro- 
pósito. Ya  bajo  la  dirección  de  D.  Joaquín  Baeza,  dos  años- 
antes,  la  Guia  había  admitido  otra  reforma,  que  aún  prevale- 
ce: la  del  índice  de  nombres  y  opellidos.  Indudablemente  otras 
modificaciones  está  llamada  á  experimentar  esta  publicación 
tan  útil. 

Puede  aseverarse  que,  desde  1874,  la  Guia  Oficial  de  Ma- 
drid permanece  estacionaria.  En  la  actualidad,  y  desdólas 
reformas  de  1886  que  suprimieron  la  Imprenta  Nacional  y  so- 
metieron la  redacción,  así  de  la  Gaceta  como  de  la  Guia,  á  un 
negociado  especial  de  la  Subsecretaría  del  Ministerio  de  la 
Gobernación,  á  este  centro  y  á  este  negociado  confluyen  las- 
noticias  de  los  demás  departamentos  de  la  administración  pú- 
blica que  contribuyen  á  formarla. 


i}: 

*  * 


Tiene  la  Guia  de  Forasteros ^  actualmente  Oficial  de  Espa- 
ña,  una  parte  de  mera  ilustración  artística,  sobre  la  cual  no 
es  posible  omitir  algunas  noticias  interesantes.  La  parte  artís- 
tica de  la  Guia  se  compone  de  los  retratos  de  los  Monarcas, 
del  Mapa  abreviado  de  España,  del  Plano  topográfico  de  Ma- 
drid y  de  algunas  portadas  grabadas  que  han  enrequecido  en 
el  siglo  xviii  y  parte  del  xix  los  ejemplares  de  Kijo,  y  después 
de  la  mitad  del  siglo  xix,  toda  la  edición  de  la  Guia  Oficial  de 
Madrid,  que  las  ha  comportado.  Hay,  además,  en  la  encua- 
demación délas  Guias  del  siglo  xviii  muchas  j-a  en  tafilete^ 
ya  en  baldés,  ya  en  cabritilla  blanca,  cuya  ornamentación  en 
dorados  al  fuego  con  hierros  sueltos,  las  constituye  en  verda- 
der  asjoyas  de  arte. 

De  las  encuademaciones  artísticas  de  que  D.  Manuel  líico 
y  Sinobas,  para  su  preciosa  colección  de  pellejitas,  recogió 
muy  lucidos  ejemplares,  no  es  este  el  lugar  donde  hay  que 


LA   GUÍA   OFICIAL   DE    ESPAÑA  85 


ocuparse  (1).  Tampoco  se  prestará  aquí  demasiada  atención, 
ni  á  las  portadas,  aunque  las  hay  de  Meugs  y  de  Groya,  y  de 
que  es  excepcionalmente  bella  la  que  dibujó  D.  José  Vallejo 
para  las  Guias  de  los  años  1874  á  1877.  Ni  aun  siquiera  se  ha 
de  hacer  capítulo  especial  de  los  Mapas  en  que  alternan  los 
nombres  de  los  dos  López,  padre  ó  hijo,  D.  Tomás  y  D.  Juan, 
con  los  de  Antillón  y  Coello,  ni  de  los  Planos  de  Madrid,  de 
los  que  ya  se  han  mencionado  los  de  D.  Ventura  Rodríguez  y 
Barrenechea,  que  no  admiten  competencia  dentro  ni  fuera  de 
España.  Mas  de  los  retratos,  hay  que  formar  capítulo  distin- 
guido. 

Por  un  memorial  presentado  al  Conde  de  Floridablanca  el 
año  de  1790  por  nuestro  insigne  grabador  D.  Manuel  Salvador 
Carmena,  se  sabe  que  «desde  el  año  de  1762  grabó  para  la 
Guia  de  Forasteros  el  retrato  de  S.  M.  (Carlos  III);  que  todos 
ios  años  con  anticipación  entregaba  en  el  despacho  público  de 
la  administración  de  la  Real  Imprenta  2.500  ejemplares,  para 
que  porción  de  ellos  acompañasen  á  las  Guias  que  se  encua- 
dernan en  fino  por  disposición  de  dicha  Administración  y  se 
reparten  á  la  primera  Secretaría  de  Estado,  pagándolos  á  real 
y  medio  cada  uno  y  quedando  los  demás  para  vender  al  pú- 
blico al  mismo  precio,  y  que  el  año  de  1788  se  vendieron  2.458, 
que  al  citado  precio  le  produjeron  3.687  rs.  vn.,  con  lo  que, 
pagada  la  comisión  de  4  por  100,  le  quedaban  líquidos  3.540 
reales  y  17  mrs»  . 

Con  todo,  no  fue  sólo  Carmona  quien  desde  1762  grabó  re- 
tratos del  Hey  para  las  Guías;  pero  se  hace  muy  difícil  de- 
terminar á  qué  lápiz  y  á  qué  buril  se  debieron  año  por  año 
los  que  acompañaron  con  el  Mapa  y  Plano  los  ejemplares  en- 
cuadernados en  fino  del  Kalejidario  manual^  pues  además  de  no 
hallarse  en  ninguna  parte  una  colección  completa  de  Guias^ 
ni  aun  en  la  de  la  Biblioteca  de  S.  M.,  los   ejemplares  que  la 


(1)    Adquiridos  por  el  Estado,  forman  parte  de  la  Sección  de  Bellas  Ar- 
tes de  la  Biblioteca  Nacional. 


86  LA   ESPAÑA    MODERNA 


f(W*inan  no  tienen  siempre  todas  sus  ilustraciones,  por  haber 
sido  muchos  ejemplares  adquiridos  de  lance  en  estos  últimos 
años  por  el  Sr.  Zarco  del  Valle  y  por  el  Sr.  Conde  de  las  Navas, 
y  el  despojo  que  la  mayor  parte  de  éstos  han  sufrido  de  aque- 
llos objetos  de  curiosidad  artística,  hace  que  sea  imposible 
proyectar  siquiera  su  "enumeración  cronológica.  En  la  colección 
de  la  Biblioteca  de  San  Isidro,  la  Guía  del  año  1773  tiene  un 
retrato  de  Carlos  III,  grabado  por  Francisco  Assensio,  y  la 
de  1783,  otro  grabado  por  B.  Alviztu. 

En  la  Sección  de  Estampas  de  la  Biblioteca  Nacional,  su 
jefe,  el  Sr.  Barcia,  tan  entendido  en  estas  materias,  ha  colec- 
cionado en  un  volumen  encuadernado  todos  los  retratos  de 
esta  procedencia  y  de  este  mismo  Monarca,  en  los  que  ha  en- 
contrado verdaderas  variedades;  pero  es  difícil  atinar  con  el 
año  en  que  fue  grabado  cada  uno,  si  el  mismo  grabado  no  lo 
expresa.  En  esta  condición  de  absoluta  incertidumbre  se  en- 
cuentra uno  sin  nombre  de  dibujante,  ni  grabador,  cuya  car- 
tela dice:  Carolus  111  Dei  gratia  Hispaniarum  et  Indiarum 
BeXj  que  parece  anterior  á  los  que  Carmena  confiesa  grabó 
desde  1762;  del  mismo  D.  Manuel  Salvador  hay  otro,  sin  nom- 
bre de  dibujante,  en  que  el  artista  so  firma  con  su  primer  ape- 
llido en  esta  forma: — Salvador  sctdp. — Su  leyenda  dice: — 
Carlos  111  /  Rey  de  España  y  de  las  Indias.  Hay,  sin  año  tam- 
bién, cinco  grabados  distintos  de  distinta  fisonomía,  traje  y 
accesorios  de  adornos,  ya  alegóricos,  ya  platerescos,  en  que  se 
lee:  Mengs  delin.  en  un  lado,  y  al  otro,  Carmona  sculp.  En 
cambio,  el  primero  sin  duda  á  que  ésto  se  refiere  en  su  Memo- 
rial al  Conde  de  Ploridablanca,  hecho  el  año  1761  para  la 
Guía  de  1762,  es  indudablemente  el  que  en  el  libro  recolecta- 
do por  el  Sr.  Barcia  lleva  esta  firma:  S.  1761.  El  ejemplar  de 
la  Guia  de  1763,  que  posee  la  Real  Academia  de  la  Historia, 
también  lo  contiene. 

De  las  Guias  del  reinado  de  Carlos  III  se  sabe  además  que 
en  la  de  1775,  con  el  retrato  del  Rey,  se  publicó  una  lámina 
con  los  bustos  en  óvalos  del  Rey,  del  Príncipe  Carlos  IV  y  de 


LA   GUÍA   OFICIAL   DE   ESPAKA  87 

la  Princesa  María  Luisa,  cuya  plancha  recogió  Barsanti  al 
formarse  en  la  Imprenta  Real  el  taller  de  Real  Calcografía 
que  él  dirigió,  y  en  otra  Guia  de  1774  aparece  otra  lámina  con 
otro  grupo  con  cuatro  óvalos  entre  adornos  alegóricos,  en  que 
se  hallan  representados  los  mismos  augustos  personajes,  mas 
uno  de  los  Príncipes  gemelos  D.  Carlos  y  D.  Felipe,  que  tuvo 
María  Luisa  y  se  desgraciaron  en  la  infancia.  No  obstante, 
este  grupo  lleva  la  firma  siguiente:  Bart.  Vázq.  inv.  y  grabó. 
Del  mismo  modo  en  la  Guia  anterior  del  año  1782  de  la  Bi- 
hlioteca  de  San  Isidro  se  ostenta  nn  retrato  de  Carlos  III,  en 
cuyo  pie  se  dice:  Vázquez  inventó  y  grabó,  M.  1782.  Acaso  es- 
tos retratos  fuesen  de  los  que  el  Juez  Conservador  de  la  Im- 
prenta Real,  D.  José  Antonio  Fita,  decía,  en  27  de  Agosto  de 
1790,  al  Conde  deFloridablanca,  «que  los  libreros  y  encuader- 
nadores, al  revender  las  Guias,  habían  introducido  un  fraude, 
que  consistía  en  ponerles  retratos  y  portadas  contrahechas^ 
exigiendo  precios  inmoderados  y  arbitrarios,  sobre  lo  que  se 
quejó  yarias  veces  Carmena  cuando  los  retratos  corrían  de  su 
cuenta,  por  lo  que  era  de  opinión  que  se  grabasen  en  lo  suce- 
sivo por  cuenta  de  la  Imprenta  Real  y  que  no  se  vendiese  nin- 
guna Guía  sin  ellos,  siendo  así  que  entonces  se  vendían  al  año 
de  5  á  6.000  con  retratos  de  las  20.000,  poco  más  ó  menos,  que 
se  tiraban  y  despachaban». 

Los  retratos  para  las  Guias,  antes  de  ser  admitidos  para 
su  expendición,  se  remitían  en  pruebas  al  Conde  de  Florida- 
blanca,  el  cual  los  pasaba  á  informe  de  D.  Nicolás  Barsanti, 
Director  de  la  Calcografía  Real.  El  informe  sobre  el  que  gra- 
bó Carmena  para  la  Guia  del  año  1788  decía  así:  «Excelentísi- 
mo Señor:  Sírvase  V.  E.  de  ver  el  retrato  del  Rey  que  propo- 
ne Carmena  para  la  Guia  y  las  portadas  para  ésta  y  el  Estado 
Militar.  Las  que  llevan  la  leyenda  en  vista  son  nuevas;  las 
otras  dos  son  de  este  año,  restablecidas.  El  retrato  es  dibuja- 
do por  Estove;  pero  hace  á  S.  M.  de  más  edad  y  las  carnes 
ñacas  y  caídas.  En  lo  demás  tiene  á  mis  ojos  bastante  seme- 
janza.» Al  margen  de  este  informe,  Ploridablanca  escribió  d© 


88  LA   ESPAÑA   MODERNA 


SU  puño:  «Las  dos  primeras  y  el  retrato  es  bueno,  llenándole 
un  poco  la  mejilla  izquierda.» 

Para  el  año  de  1789  entregó  Carmena  estampados,  como 
acostumbraba,  sus  2.500  ejemplares   del  retrato  del  Rey,  á 
mediados  de  Diciembre  de  1788;  mas  como  á  los  pocos  días 
falleció  S.  M.  y  no  había  medio  ni  tiempo  para  abrir  nuevo 
retrato  del  E,ey  Carlos  IV  que  acababa  de  proclamarse,  Car- 
mona  elevó  instancia  para  que  se  le  diera  alguna  remunera- 
ción. Fita  se  aprovechó  de  esta  circunstancia  para   obtener 
que  se  le  autorizase  á  celebrar  con  Carmena  un  contrato,  por 
medio  del  cual  éste  se  obligase  á  dar  cada  año  para  la  Guía 
de  Forasteros  cuatro  laminitas  para  las  portadas  y  una  del  re- 
trato de  S.  M.  Propúsosele  el  arreglo,  dándole  á  elegir  entre 
uno  de  estos  dos  partidos:  ó  una  indemnización  de  300  duca- 
dos vitalicios  para  él,  comenzando  á  pagársele  desde  1.**  de 
Enero  de  1789,  porque  en  dicho  año  no  se  le  dio  premio  algu- 
no, ó  una  pensión  regulada  para  su  hijo  Juan  Antonio,  que 
por  hallarse  de  muy  corta  edad,  temía  dejarlo  desamparado. 
Carmena  prefirió  la  indemnización  vitalicia,  y  el  Conde  de 
Floridablanca,  por  Eeal  orden  de  18  de  Noviembre  de  1790, 
.mandó  que,   ó  del  fondo  de  la   Calcografía   Eeal,    ó    del  de 
la   Gaceta  y  Guia,  se  le  diesen  los  300  ducados  anuales   que 
se   habían  estipulado,    y    que  si   además    hacía    algún   otro 
grabado   que  se  le  mandase,   se  le  abonara   por  él  otros  20 
doblones. 

La  profusión  con  que  desde  1790  se  dieron  en  las  Guias  los 
retratos  de  los  Reyes,  puesto  que  ya  se  ilustraron  con  ellos 
todos  los  ejemplares,  no  ha  sido  bastante  para  librar  estos  pe- 
queños libros,  que  hasta  hace  pocos  años,  en  que  se  les  devol- 
vió la  estimación  que  merecen,  estaban  despreciados  como 
inútiles  en  todas  las  bibliotecas,  del  despojo  de  sus  estampas. 

Como  Mengs  y  Car  mona  representan  el  dibujo  y  el  graba- 
do en  la  época  de  Carlos  III,  en  lo  que  concierne  á  la  ilustra- 
ción de  las  Guias,  durante  el  reinado  de  Carlos  IV  el  dibujan- 
te por  excelencia  fue  Goya  y  el   grabador,  por  excelencia 


LA   GUIA  OKIOIAL   DE    ESPAÑA  89 

también,  Esteve.  Esto  no  obsta  para  qtie  algunos  otros  dibu- 
jantes y  algunos  otros  grabadores  abrieran  alguna  vez  las 
planchas  para  las  Guías.  Además  de  los  retratos  de  Garlos  IV 
y  María  Luisa,  que  siendo  Príncipes  de  Asturias  adornaron 
las  Guías  de  1775  y  1778,  grabados  por  Vázquez,  hay  una  lá- 
mina en  medallón,  con  las  figuras  de  perfil  y  mirándose,  que 
lleva  la  firma:  Salvador  sculp.  1764,  y  que  se  ignora  á  qué 
Guia  pertenece.  Lo  mismo  sucede  con  otro  medallón,  con  las 
mismas  figuras  de  frente,  firmado,  sin  año:  Laur entino  Sán- 
chez de  Mansilla  delineavit  et  sculpsit. 

De — Francisco  Goya  lo  pintó  y  M.  S.  Car  mona  lo  grabó  ^ — 
sin  año, — ofrece  la  Sección  de  estampas  en  la  Biblioteca  Na- 
cional cuatro  variedades  en  todo  distintas,  con  señales  eviden- 
tes de  haber  pertenecido  y  haber  estado  encuadernadas  en 
Guías  de  Forasteros,  comprendiendo  cada  uno  de  éstos,  graba- 
dos en  láminas  separadas,  los  retratos  de  Carlos  IV,  Rey  de 
España,  y  María  Luisa,  su  esposa.  Estos,  sin  mencionar  el  so- 
berbio de  1799,  grabado  para  la  Guía  de  1800,  quo  suscriben: 
Francisco  Goya  lo  pintó — Agustín  Esteve  lo  dibujó — Rafael 
Esteve  lo  grabó,  que  es  el  E.ey  de  los  retratos  del  tiempo  de 
Carlos  IV,  y  casi  puede  decirse  del  antiguo  Kalendario  ma- 
nual. Este  grabado  fue  sometido  á  Esteve  por  mandato  expre- 
so y  verbal  de  la  Reina  María  Luisa,  porque  Carmona  estaba 
ya  muy  viejo  y  había  perdido  algo  de  la  firmeza  y  elegancia 
de  su  buril.  Aquel  año  no  sólo  se  pagó  religiosamente  á  Car- 
mona  su  pensión,  así  como  en  los  siguientes  hasta  su  muerte  (1), 
sino  que  á  D.  Rafael  Esteve  se  le  premió  su  trabajo  con  8.000 
reales,  y  á  su  hermano  D.  Agustín,  por  los  dibujos,  se  le  re- 
compensó con  otros  1.500. 

El  año  1801  Esteve  volvió  á  abrir  la  plancha  del  retrato 
del  Eey,  por  el  que  se  le  dieron  3.000  reales,  y  en  1802  el  gra- 


(1)  D.  Manuel  Salvador  Carmona  no  murió  hasta  el  16  de  Octubre 
de  1820.  Su  elogio  artístico  se  halla  inserto  en  las  Gacetas  de  Madrid  de 
Marzo  de  1821. 


90  LA    ESPAÑA   MODERNA 


bador  fue  Fernando  de  Selma,  aunque  también  se  aprovechó 
otra  plancha  que  había  ejecutado  en  Barcelona,  por  encargo 
de  Barsanti,  José  de  Coromina. 

Selma  no  grabó  sólo  los  retratos  de  1802.  Antes,  el  año  1798, 
había  ejecutado  otros  dos  retratos  de  Carlos  IV y  Maria  Luisa, 
Sil  esposa j  Reyes  de  España,  á  cuyo  pie  se  lee:  Juan  Bauzll, 
pintor  de  Cámara,  lo  dibujó, — Fernando  de  Selma  lo  grabó. — 
Madrid,  1798; — y  del  lápiz  del  mismo  Juan  Guillermo  Santia- 
go Bauzil  fueron  los  dibujos,  menos  graciosos  y  gallardos  que 
los  de  Goya,  de  los  retratos  que  se  grabaron  los  años  1801, 
1803,  1805  y  1807  para  las  Guias  de  los  subsiguientes. 

Esteve,  que  vino  á  Madrid  condecorado  con  el  título  de 
Académico  de  mérito  de  la  Real  Academia  de  Nobles  Artes  de 
Yaleacia,  después  que  ejecutó  su  soberbia  plancha  de  1801  ^ 
fue  premiado  por  SS.  MM.  con  el  de  grabador  de  Cámara. 
Desde  1802  á  1804  tuvo  que  abrir  dos  láminas  cada  aí\o,  y  aun 
retocar  las  de  los  anteriores,  por  lo  mucho  que  el  tórculo  las 
deterioraba,  habiendo  que  practicar  un  tiraje  de  18.000  ejem- 
plares y  aun  más,  según  el  número  de  Guias  que  se  expendían. 
J?idió  pensión  con  que  se  remunerara  su  trabajo,  y  el  Juez  Con- 
servador de  la  Imprenta  E-eal,  33.  Juan  Facundo  Caballero, 
informó  á  D.  Pedro  Cevallos  que  se  le  podían  dar,  en  vez  de 
los  3.000  reales  de  cadíi  lámina  y  los  1.500  per  los  retoques, 
los  300  ducados  anuales,  como  se  daban  á  Carmona.  Pero  Es- 
teve era  á  la  vez  utilizado  por  Barsanti  en  la  reproducción  de 
los  cuadros  de  la  Galería  E,eal  que  la  Calcografía  publicaba, 
y  habiéndole  la  Reina  manifestado  verbalmente  que  para  la 
Guia  de  1808  se  arreglase  con  los  retratos  que  había  pintado 
Pacca,  tuvo  que  recurrir  á  Barsanti  y  éste  á  Cevallos,  excu- 
sándose de  los  grabados  para  la  Guia,  «porque  teniendo  muy 
adelantada  la  lámina  de  Jacob  de  Guarchino,  ha  de  causarme 
una  intermisión  de  tres  meses». — «La  Comisión  de  los  retratos 
para  la  Guia — añadía — es  un  encargo  particular  de  la  Reina, 
ISTaestra  Señora,  á  que  no  puedo  ñiltar  estando  en  la  corte,  y 
en  la  terminación  del  Jacob  veo  interesados  los  altos  respetos 


LA   GUÍA    OFICIAL    DE    ESPAÑA  91 


del  Sr.  Cevallos,  mi  opinión  en  el  público  y  la  expedición  con 
que  S,  M.  me  ha  honrado  para  fuera  de  España.» 

A  fin  de  que  este  trabajo  no  se  interrumpiera,  Cevallos  en- 
cargó á  Barsanti  designara  quien  sustituyera  á  Este  ve  en  los 
grabados  para  la  Guia,  y  Barsanti  propuso  á  D.  Manuel  Al- 
buarne,  «cuya  habilidad  de  estilo  es  bien  conocida».  Albuarne, 
á  pesar  de  todo,  marcaba  la  decadencia  del  arte  que  tanto 
elevó  Carmena. 

Después  de  los  trastornos  de  la  guerra  de  la  Independencia, 
Esteva  continuó  siendo  el  grabador  favorito  de  Fernando  VII 
páralos  retratos  del  Kalendario  manual.  J.  Gálvez  dibujó  los 
de  las  Guias  de  1815  á  1817,  y  D.  Vicente  López  casi  todos  los 
demás  de  este  reinado  desde  1818.  Algunos  de  estos  dibujos  se 
debieron  á  Lacoma,  tanto  para  el  retrato  del  üey  como  para 
el  de  la  Reina  María  Josefa  Amalia  de  Sajonia  durante  la  épo- 
ca  constitucional;  pero  Este  ve  siguió  grabando  siempre  hasta 
su  muerte,  si  bien  alternó  alguna  vez  con  B.  Atmatller. 

Fueron  dibujantes  de  los  retratos  de  Fernando  VII,  ade- 
más de  D.  Vicente  López,  Juan  Bauzil,  J.  Gálvez,  B.  Gugliel- 
mi,  Lacoma,  N.  García  y  Bellay;  de  la  Reina  María  Josefa 
Amalia,  L.  de  la  Cruz  y  López;  de  la  Reina  María  Isabel  Fran- 
cisca, J.  Gálvez,  Vicente  Peleguer  y  Lacoma;  y  de  la  Reina 
María  Cristina,  N.  García,  D.  Vicente  López  y  Bellay.  Por 
Atmetiler  sólo  fueron  grabados  el  del  Rey,  de  López,  y  el  de 
la  Reina  María  Josefa  Amalia  de  1823,  y  otro  del  Rey  y  otro 
de  la  Reina  María  Isabel  Francisca,  de  D.  Vicente  López;  los 
demás  lo  fueron  por  Este  ve. 

Son  de  notar  entre  esta  colección  de  retratos  para  las  Guias 
los  del  Rey  y  la  Reina  María  Cristina,  grabados  al  humo  por 
Bellay,  de  una  belleza  extraordinaria. 

De  la  menor  edad  de  la  Reina  Doña  Isabel  II  la  lámina 
más  notable  es  su  retrato  de  niña,  dibujado  por  D.  José  de 
Madrazo  y  litografiado  por  F.  Branchar  para  la  Guia  de  1834. 

Desde  1835  García  fue  el  dibujante  de  los  retratos  de  las 
dos  Reinas,  y  M.  Esquivel  el  grabador.   Pero  desde  1845  Fe- 


92  LA   ESPAÑA   MODERNA 


derrco  Madrazo  fue  el  retratista  perenne  de  la  Reina  Doña 
Isabel  II  hasta  1868,  ora  los  grabados  se  ejecutaran  por  L.  Ca- 
lamatta  en  París,  retocándolos  en  Madrid  P.  Hortigosa,  ora 
fuera  su  grabador  en  nuestra  corte  Diego  Martínez. 

De  Don  Amadeo  de  Saboya  y  de  la  Reina  María  Victoria, 
el  dibujante  fue  José  Vallejo  y  el  grabador  Pascual  Serra. 

Un  solo  retrato  dibujó  Madrazo  y  grabó  Serra  del  Rey  Al- 
fonso XII  para  la  Guía  de  1876. 

Desde  entonces  el  dibujante  del  Rey  Alfonso  XII,  de  la 
Reina  María  Cristina  y  del  Rey  Alfonso  XIII,  lia  sido  la  luz 
por  medio  de  la  cámara  obscura  de  los  gabinetes  fotográficos, 
y  el  grabador  Bartolomé  Maura. 

Los  retratos  que  acompañan  la  Guia  Oficial  de  España  du- 
rante los  años  de  1900  á  1902,  son  obra  que  compite  con  los 
más  geniales  de  Carmena.  El  de  la  Reina  María  Cristina  es 
una  maravilla. 

Juan  Pérez  de  Guzmán. 


lESTRAS  MENTIRAS  COHESIÓNALES 


LA    MENTIfiA    ECONÓMICA    (1) 

Es  la  más  funesta,  la  más  arraigada  y  la  más  desconocida 
de  todas.  Se  habla  de  la  religiosa  en  todas  partes,  pero  prin 
cipalmente  de  sobremesa;  se  discute  sobre  la  política  en  las 
tertulias  y  en  el  café.  Nadie  se  hace  cargo  de  nuestros  estúpi- 
dos convencionalismos  en  materia  positiva.  El  español  es, 
como  buen  holgazán,  el  europeo  que  posee  en  menor  escala 
eso  que  hoy  se  ha  dado  en  llamar  espíritu  económico.  Cuando 
ahorra  dinero,  gasta  miserablemente  su  organismo,  vegeta  en 
la  miseria.  Cuando  lo  derrocha  sin  finalidad  utilitaria,  es  por- 
qne  no  lo  ha  ganado.  Cuando  forzosamente  tiene  que  vivir  al 
día,  su  presupuesto  semanal  oscila  éntrela  abundancia  del  sá- 
bado y  la  miseria  del  lunes. 

Comenzamos  nuestra  educación  con  un  prejuicio  funestí- 
simo: al  muchacho  travieso  se  le  pone  generalmente  mala  cara, 
se  le  mira  de  ojeriza,  ignorando  que  el  niño  juguetón  se  con- 
vierte en  hombre  laborioso.  La  expansión  ingenua  é  inocente 
de  una  personalidad  que  se  hace,  procuramos  ahogarla  con  la 
cohesión  brutal  de  un  automatismo  personal  prematuramente 
hecho.  Queremos  chicos  formales;  y  la  seriedad  en  un  niño  es 


(1)     A  este  estudio  seguirán  otros  dos:  uno  sobre  la  mentira  religiosa 
y  otro  sobre  la  política. 


94  LA.   ESPAÑA   MODERNA 


sin  duda  alguna  la  mayor  hipocresía.  Educados  así  nuestros 
jóvenes  en  el  sedentarismo,  se  habitúan  á  la  inacción.  Su  alma 
económica  la  formamos  al  revés  de  las  demás  almas  europeas. 
La  acostumbramos  á  un  vivir  negativo,  en  el  ahorro  do  ener- 
gías mentales  ó  musculares,  sin  tener  en  cuenta  que  la  nutri- 
ción de  un  joven  se  estimula  gradualmente  con  el  juego.  Yo 
recuerdo  haber  visto  en  Bruselas  muchachos  de  diez  y  doce 
años  con  una  resistencia  para  él  enorme.  Nuestros  jóvenes  se 
cansan  pronto.  Este  cansancio,  haciéndose  habitual,  engendra 
las  almas  perezosas  que  prefieren  vivir  en  la  indiferencia,  á 
gozar  y  padecer  en  el  esfuerzo  y  la  lucha.  Nuestra  juventud 
es  inactiva.  La  voluntad  carece  de  imperio  sobre  los  músculos 
y  sobre  la  mente.  El  mundo  de  nuestra  raza  es  excesivamente 
interior  ó  remotamente  ulterior.  Mirad  á  un  español  y  le  ve- 
réis habitualmente  grave.  Los  músculos  de  su  rostro  se  acos- 
tumbraron ya  á  esa  tiesura  habitual  ó  heredada,  y  mientras 
por  él  de  un  hombre  medio  de  nuestros  grandes  centros  mo- 
dernos pasa  un  mundo  de  emociones,  en  la  cara  de  nuestro  hi- 
dalgo queda  esa  serenidad  de  estatua  que  hiela  todas  las  ale- 
grías del  vivir. 

Las  razas  expansivas  y  sanguíneas,  las  habituadas  á  la  ac- 
ción, son  las  que  hoy  rigen  el  mundo.  Este  marcha  por  la  fa- 
talidad de  los  hechos,  y  la  voluntad  triunfa  si  se  coordina  á 
ellos.  La  raza  melancólica  española  viviendo  ensimismada,  es 
una  perpetua  disonancia  con  el  mundo  de  su  mente,  que  es 
irreal,  y  con  el  mundo  de  la  vida  demasiado  real.  La  primera 
forma  de  la  mentira  económica  en  el  orden  individual  es  el 
ahorro  egoísta  y  habitual  de  la  acción.  Las  imperiosas  ne- 
cesidades del  vivir  moderno  nos  arrastran.  Vamos,  á  pesar 
nuestro,  hacia  ellas,  pero  con  lento  paso  de  tortuga.  Abando- 
namos las  cosas  de  ayer.  A  las  presentes  no  llega  nuestra 
mano. 

Los  pueblos  perezosos  como  el  español  tienen  para  la  ac- 
ción una  desventaja.  Para  obrar  sin  esfuerzo  doloroso,  gastan 
en  rodeos  triple  energía  que  la  que  debieran  emplear  siendo 


NUESTRAS  MENTIRAS   CONVENCIONALES  95 

verdaderamente  diligentes.  La  pereza,  madre  ó  hermana  de  la 
incultura,  si  es  una  remora  para  el  esfuerzo,  es  un  estimulante 
para  el  placer  hedonista.  He  observado  en  las  conversaciones 
el  predominio  que  tiene  la  parte  afectiva  sobre  la  parte  mental 
de  mis  conciudadanos.  Gesticulan,  gritan,  charlan,  riñen,  ba- 
tallan, pero  TLO  conversan.  Cualquiera  creería  que  nos  hallába- 
mos en  plena  vida  de  tribu  bosquimana  al  estudiar  nuestro 
modo  de  hablar.  Se  charla  de  sí  mismo  más  que  de  nada.  Y 
de  los  gustos  de  uno,  mucho  más  aún  que  de  los  defectos  y 
virtudes.  He  aquí,  pues,  otra  fase  de  la  mentira  económica  en 
su  aspecto  individual:  el  español  tiene  un  alma  para  gozar  y 
padecer  como  cualquiera,  pero  prefiere  vivir  indiferente  á  ga^s- 
tar  un  átomo  de  voluntad  en  el  goce.  Posee  un  cerebro  bien 
organizado,  una  inteligencia  clara,  sutil,  traviesa,  ingeniosa; 
pero  quiere  mejor  gastarla  en  estériles  disputas  á  someterla  á 
rígida  y  cotidiana  disciplina.  Si  con  el  cerebro  y  la  voluntad 
trabajase  tanto  como  los  demás,  sería  más  que  ellos;  pero  pre- 
fiere ser  inferior  y  no  hacer  nada.  A  pesar  de  estos  raciocinios, 
^\  instinto  hedonista  se  le  impone,  y  esa  mentira  convencional 
se  olvida,  para  adquirir,  con  intermediario,  de  mano  extraña, 
el  artículo  que  con  la  propia  hubiese  hecho  más  bien,  más 
pronto  y  más  barato. 

Nace  de  aquí  un  déficit  creciente  en  el  presupuesto  de  emo- 
ciones y  representaciones  del  individuo.  Los  goces  satisfechos 
son  siempre  menores  que  los  que  pide  el  instinto  y  proporcio- 
na la  civilización.  Los  artículos  de  Londres  y  París  son  en  Es- 
paña como  las  cuentas  de  vidrio  en  el  -Kameroun.  Cotízanse 
seguramente  los  sombreros  de  señora  en  Madrid  un  303  por  103 
más  caros  que  en  París.  Hay  una  inhibición  de  lo  necesario 
para  obtener  lo  superfino  que  determina  la  carestía  de  aquél 
hasta  tal  punto,  que  la  inadaptación  conscientemente  querida 
á  este  medio  rudimentario,  el  pretender  vivir  aquí  como  el  in- 
glés ó  el  americano  del  Norte,  cuesta  un  sentido...  La  mayoría 
de  las  veces  el  español  europeizado  deja  los  nuevos  usos.  Sobre- 
vive casi  siempre  en  él  el  alma  tenaz  de  la  raza.  Siendo  la  ci- 


96  LA   ESPAÑA  MODERNA 


vilización  epitelial,  se  desvanece  con  la  humedad  y  el  secano 
de  Castilla. 

Otra  de  las  formas  de  la  mentira  económica  es  la  sobrie- 
dad. El  español  acostumbra  á  alimentarse  mal  y  escasamente. 
Prefiere  tener  una  vida  social  decorativa  á  una  vida  familiar 
robusta  y  holgada.  Entre  una  necesidad  elemental  y  una  ne- 
cesidad subordinada,  se  escoge  la  última  siempre  que  en  ella 
encuentre  un  motivo  para  llamar  la  atención  de  los  demás. 
Sobriedad  en  comer,  en  vestir...;  hasta  en  la  habitación  se 
nota  la  falta  de  comodidades  que  en  otro  país  de  Europa 
puede  satisfacer  cualquier  obrero  con  mediano  salario.  Parece 
mentira  que  desprecie  esta  gente  lo  más  intimo,  aquello  que 
es  el  primer  ambiente  de  nuestros  actos,  y  pretenda  haceu  de 
la  vida  un  espectáculo,  una  parada  de  egoísmos  brutales,  de 
insensatas  prodigalidades.  Ese  hidalgo,  alimentándose  sólo  con 
leguminosas  ó  gazpacho,  no  titubea  en  dar  por  una  flor  la  úl- 
tima peseta  de  su  bolsillo.  Para  esa  vida  económica  anormal, 
de  movimientos  peristálticos  en  su  intensidad,  hace  falta  una 
palabra  que  sirva  de  tapadillo.  Para  correrse  una  juerga,  para 
echar  la  casa  por  la  ventana  en  un  día,  se  necesita  pasarlo  mal 
lo  restante  del  año.  De  ahí  otro  tópico  funesto  que  traduce 
también  perfectamente  la  mentira  económica  de  nuestra  civi- 
lización española  en  su  fase  individual:  el  ahorro.  Yo  com- 
prendo perfectamente  el  ahorro  como  capital  de  reserva  indi- 
vidual, pero  no  como  capital  pasivo,  sin  utilidad  social  al- 
guna. Me  parece  una  enormidad  ahogar  individualmente  el 
proceso  social,  paralelo  de  las  utilidades  y  los  productos,  por 
un  conato  instintivo  de  economía  mal  entendida.  Eso  es,  ni 
más  ni  menos,  herir  de  muerte  el  capital  con  ansias  viciosas 
de  capitalización.  En  el  ahorro  como  los  españoles  lo  entien- 
den, veo  yo  también  una  inhibición  forzosa  de  la  felicidad 
presente,  por  el  temor  de  la  desgracia  futura  á  cuya  evacua- 
ción quiere  responderse  por  sí  solo,  ignorando  las  ventajas 
de  la  mutualidad  y  de  la  cooperación.  El  que  no  quiere  gastar 
se  convierte  por  ese  hecho  en  enemigo  de  la  producción,  porque 


KUE8TBA8   MENTIRAS   CONTENCIÓN  ALES  97 

restringe  el  consumo.  Restringe  además  la  misma  producción, 
porque  no  satisfaciendo  ni  aun  las  necesidades  elementales, 
si  es  asalariado,  la  jornada  ha  de  ser  más  escasa;  y  si  es 
patrono,  el  asalaramiento,  por  ser  insignificante,  recluta  una 
mano  de  obra  detestable. 

Este  pueblo  tan  amante  de  la  sobriedad  y  del  ahorro  es  el 
menos  previsor.  La  previsión  individual,  que  adopta  en  otros 
países  la  forma  de  seguro,  de  mutualidad  y  de  cooperación,  en 
España  se  desconoce.  Son  más  amantes  estos  señores  de  vivir 
al  día,  y  por  eso  prefieren  la  pensión  pasiva,  sostenida  por  el 
Estado.  Si  bien  se  piensa  sobre  esto,  el  retiro  en  la  vejez 
es-  una  enormidad:  1.®,  porque  impide  en  el  individuo  los 
hábitos  de  previsión  económica,  haciéndole  delegar  en  el 
Estado  una  función  esencialmente  privada;  2.°,  porque  el  Es- 
tado, que  tampoco  es  previsor,  súplelas  deficiencias  de  la  pre- 
visión con  el  impuesto,  cuya  difusión  social  leflejándose  en  la 
elevación  de  los  precios,  en  los  artículos  mismos  que  consume 
el  pensionista j  restringe  su  potencia  económica  asimiladora. 
He  aquí,  pues,  otra  forma  mixta  de  la  mentira  económica  que 
aquí  examinamos. 

Son  incalculables  los  funestos  resultados  de  este  modo  de 
vivir.  Eso  estimula  el  instinto  parasitario  del  español,  harto 
desarrollado  por  una  selección  secular  favorable;  eso  nos  lleva 
al  funcionarismo,  á  la  hiperbiosis  de  los  más  astutos  y  no  de 
de  los  más  aptos  en  un  ambiente  artificial;  eso,  en  vez  de  fa- 
vorecer la  renovación  natural  de  las  clases  cuando  éstas  están 
gastadas  y  degeneran,  fomenta  un  espíritu  de  cuerpo  brutal, 
intolerable...  digo  intolerable  para  los  espíritus  cultos  y  las 
voluntades  varoniles. 

Para  vivir  al  día,  para  correr  aventuras  cotidianas,  hacen 
falta  estas  condiciones:  1.*,  no  tener  nada  que  hacer,  ser  un 
verdadero  vagabundo;  2.*,  tener  mucho  que  derrochar;  3.*, 
ignorar  la  relación  que  existe  entre  la  utilidad  individual  ó 
social  posible  de  lo  que  se  malgasta,  y  la  cantidad  de  goce  que 
por  ello  se  obtiene. 

E.  M.— Septiembre  1902.  1 


98  LA   ESPAÑA   MODERNA 


Yoy  notando  en  este  examen  que  nuestra  mentira  econó- 
mica en  su  fase  individual,  se  manifiesta  en  formas,  al  parecer, 
antagónicas:  se  nos  aparece  unas  veces  como  negación  de  ac- 
ción; se  muestra  otras  como  superfluidad  de  acción.  En  unos 
casos  es  inhibitoria;  en  otros,  impulsiva.  Se  revela  con  carac- 
teres de  codicia  y  sobriedad  en  ciertas  circunstancias;  en  otras 
aparece  como  prodigalidad  insensata. 

Los  orígenes  de  estos  hechos  son  múltiples.  La  educación 
y  la  herencia,  sobre  todo,  moldean  nuestros  hábitos  y  tenden- 
cias económicas  de  tal  modo,  que  hacen  imposible,  ó  por  lo 
menos  poco  fácil,  la  adaptación  al  régimen  económico  moder- 
no. Es  una  candidez  creer  que   con  un  ambiente  intelectual 
solo,  favorable,  han  de  ahogarse  en  la  voluntad  impulsos  de 
muchos  siglos,  disociar  representaciones,  enderezar   emocio- 
nes, reformar,  en  una  palabra,  todos  los  factores  de  nuestra 
personalidad  y  de  nuestra  subconciencia.  El   error  está   en 
pensar  que  bastan  las  ideas  para  reformar  los  individuos.  La 
idea  en  sí,  como  hecho  psíquico,  vive  ó  debe  vivir  coordenada 
á  otros  hechos  psíquicos  distintos.  Cuando  se  descoyunta  del 
organismo  psico-sociológico  para  hacerle  crecer  en  medio  dis- 
tinto, su  fuerza  propulsiva  es  mínima.  Su  acción,  J)OCO  fecun- 
da ya  por  sí,  resulta  estéril  en  contacto   con  mentes  rutina- 
rias. Crear  un  medio  económico  individual  perfecto,  sólo  es  po- 
sible, cuando  se  conocen  por  comparación  las  semejanzas  y  di- 
ferencias con  los  extraños.  No  es  la  mejor  receta  la  imitación 
de  exóticos  procedimientos,  tratándose  de  un  individuo  exce- 
sivamente rutinario  y  terco  como  es  el  español.  La  educación 
se  va  haciendo,  á  mi  ver,  forzosamente,  de  fuera  á  dentro. 
Vamos  entrando  sin  quererlo,  y  lo  que  es  más  grave,  sin  sa- 
berlo, en  las  nuevas  formas  de  vida.  El  hidalgo  de  antaño  va 
hipotecando  sus  pergaminos  y   cotizando  sus  antiguallas  en 
las  tiendas  de  la  calle  del  Prado.   Se  va  asalariando  imper- 
ceptiblemente, hoy  como  ingeniero,  mañana  como  Director  de 
Consejo  de  Administración  en  una  empresa,  en  el  militarismo 
burocrático  ó  en  la  burocracia  oficial,  en  todo   aquello  que 


NUESTRAS   MENTIRAS  CONVEXCIONALES  99 

puede  responder  mejor,  con  el  menor  esfuerzo,  á  sus  crecien- 
tes necesidades.  Así,  á  fuerza  de  presión,  abrumados  por  las 
ansias  nuevas  y  desfallecidos  por  el  cansancio  histórico,  mar- 
chamos contra  corriente. 


*  * 


Obstáculo  no  pequeño  á  la  aceleración  de  esta  marcha  es  el 
romanticismo  económico.  Para  el  español,  los  anglosajones,  y 
en  general  todos  los  hombres  del  Norte,  son  gente  sin  corazón. 
«Nadando  en  riqueza  no  saben  gozar  de  ella.»  «Lo  esencial 
— dicen  ellos — no  es  tener  mucho  dinero,  sino  saberlo  gastar.» 
Pero,  ¿cómo  gastar  lo  que  no  se  tiene?  Así  empiezan  por  en- 
gañarse á  sí  mismos  los  que  en  la  emulación  del  vivir  ajeno  no 
encuentran  un  estímulo  para  el  propio.  Confunden  la  emula- 
ción con  la  envidia  y  quieren  justificarse,  negtt'ndo  á  los  de- 
más corazón.  ¿Qué  es  el  corazón?  Si  por  esa  palabra  se  entien- 
den los  impulsos  y  arrebatos  poco  meditados  de  esta  rancia 
hidalguía,  eso  es  mentira.  Acostumbraban  á  ser  desprendidos 
consigo  mismos  ó  con  los  demás  los  que  forzosamente  sobre- 
llevan una  existencia  miserable. 

Los  arranques  generosos  del  pordiosero  son  generalmente 
reivindicaciones  del  propio  placer  cohibido  ó  de  la  megaloma- 
nía económica  no  revelada  ante  otros.  Si  por  corazón  se  en- 
tiende el  desprecio  de  las  riquezas,  eso  es  mentira.  Es  ley  eco- 
nómica que,  á  medida  que  la  pasividad  mental  ó  muscular  cre- 
ce, cuando  la  probabilidad  de  satisfacer  una  necesidad  ó  un 
goce  es  menor,  el  apego  al  dinero  es  más  firme  y  tenaz.  El 
codicioso,  privado  forzosamente  de  los  medios  elementales  de 
vida,  siente  más  afección  á  la  moneda  que  atesora,  cuanto 
más  alejado  de  aquéllos  vive.  Si  por  corazón  se  entiende  la  in- 
hibición consciente  y  voluntaria  de  una  necesidad  elemental, 
para  satisfacer  superiores  necesidades  del  espíritu,  esamanera 
de  pensar  es  un  absurdo.  Merecería  el  nombre  de  tonto  el  hor- 
telano que,  necesitando  su   tierra  para   cultivar   alubias  para 


100  LA   ESPAÑA  MODERNA 


comer,  la  convirtiese  en  jardín  de  plantas  odoríferas.  Es  un 
error  muy  grave  .pensar  que  los  más  delicados  sentimientos 
del  corazón  humano  pueden  hiperestesiarse  en  él  sin  haber 
antes  desarrollado  los  más  elementales.  El  altruismo,  como  tal 
altruismo,  no  se  revela  sin  las  tendencias  primitivas  del  egoís- 
mo personal. 

¿Pero  no  es  una  antinomia  querer  vivir  como  los  demás  y 
criticar  sus  medios  de  vida,  cuando  económicamente  se  nos 
presenta  el  dilema  de  vivir  así  ó  dejar  de  vivir?  ¿Cabe  pensar 
en  contemporizaciones  con  el  pasado,  cuando  el  presente,  este 
terrible  presente,  se  nos  viene  encima?  ¿Qué  ganamos  con  mi- 
rar tanto  hacia  atrás?  Esta  miopía  intelectual  que  destroza^ 
nuestra  mente. 

Después  de  todo,  puestos  en  el  terreno  del  engaño,  más  nos 
valiera  emplearlo  con  los  demás  que  con  nosotros  mismos.  El 
que  consciente  y  voluntariamente  miente,  tan  culpable  es  si  lo- 
liace  para  sí  como  si  lo  hace  para  otros.  Sin  embargo,  el  re- 
saltado inmediato  varía. 

Contrasta  con  este  romanticismo  económico  la  falta  de  mo- 
ralidad del  individuo  en  sus  relaciones  particulares  con  otro. 
Aquí  es  donde  en  verdad  se  nota  la  perversión  de  un  corazón 
falsamente  educado.  La  ótica  individual  en  este  país  es  sola- 
mente el  barniz  de  la  hipocresía;  y  esta  cascara  frágil  salta  ó- 
se  derrite  al  primer  impulso  del  ilegítimo  deseo.  Hay  una  tole- 
rancia, una  laxitud  enorme  para  las  propias  faltas,  cuando  por 
ellas  se  perjudica  gravemente  el  bienestar  ó  la  propiedad  aje- 
na. La  cólera,  la  severidad  catoniana,  la  indignación  sin  lími- 
te, estallan  cuando  á  nuestra  propiedad  ó  personalidad  se  ata- 
ca directa  ó  indirectamente.  Esta  manera  de  mirar  las  cosas, 
este  criterio  de  justicia  con  dos  caras,  dificulta  en  grado  sumo 
las  tendencias  de  sociabilidad  económica.  El  mecanismo  eco- 
nómico de  España  será  fragmentario  hasta  tanto  que  la  vida 
moral  del  español  en  esta  esfera  no  se  purifique.  Contra  el  robo 
sin  sentimiento  de  responsabilidad  quedará  siempre  el  espíritu 
de  desconfianza,  que  es  una  remora  para  la  asociación.  El  eré- 


NUESTRAS  MENTIRAS   C01ÍVENCÍONALE8  101 

•dito,  que  es  el  capital  más  esfcimable  del  vivir  moderno,  por  lo 
mismo  que  es  el  más  probado  en  su  garantía,  sube  en  este  país 
-con  lentitud  tal  que  se  hace  imperceptible,  Ea  el  proceso  vital 
de  este  organismo  viciado  será  muy  difícil,  me  atrevería  á  de- 
cir imposible,  extirpar  la  inmensa  legión  de  parásitos  sociales. 
Su  fuerza  prolífica  es  infinita,  mientras  que  la  del  hombre  da 
buena  voluntad  es  infinitésima. 

La  forma  general  de  la  conciencia  moral  espaü-ola  en  su 
aspecto  individual  es  detestable.  La  mente  se  adapta  á  toda, 
renovación  de  ideas,  al  estado  más  progresivo.  La  voluntad  es 
indomable:  ó  resiste  con  la  intolerancia  ó  contemporiza  con  la 
indiferencia;  pero  en  uno  y  otro  caso  prosigue  tenazmente  su 
ruta.  No  hay  persuasión  posible  para  ella;  es  de  granito. 
Víctima  del  impulsivismo  emocional,  ni  aun  por  la  tendencia 
mental  más  perfecta  puede  ser  dominada.  Las  rutinas  hereda- 
das pueden  más  que  las  aptitudes  adquiridas.  El  medio  natu- 
ral y  social  favorable  á  ellas  anula  todo  esfuerzo  personal  para 
educarlas. 

No  es  posible  que«un  agregado  social  sin  cohesión  volun- 
taria fuerte  y  poderosa  sobreviva  en  la  lucha  económica  con- 
temporánea cada  vez  más  encarnizada  y  tenaz,  si  su  fuerza  de 
acometividad  y  resistencia  no  crece  paralelamente  á  aque'lla. 
Querer  ser  grandes  como  agrupación  económica  siendo  indi- 
vidualmente miserables  en  el  orden  moral,  es  otra  mentira  de 
este  pueblo.  Fisiológica,  psicológica  y  moralmente,  el  español, 
como  entidad  económica  elemental,  deja  mucho  que  desear. 
Hasta  que  por  la  educación  y  adaptación  no  destruyamos  to- 
dos y  cada  uno  de  estos  convencionalismos  analizados,  la 
agrupación  española  persistirá  en  su  decadencia. 

Réstanos  ahora  examinar  las  mentiras  económicas  de  ca- 
rácter colectivo  y  social,  para  lo  cual  estudiaremos  primero 
las  que  se  refieren  al  capital,  después  las  que  se  refieren  al  tra- 
bajo, y  por  último,  las  del  Estado  en  relación  con  los  facto- 
res de  la  producción. 

* 
*  « 


102  LA   ESPAÑA   MODERNA 


El  capitalismo:  Eu  general,  puede  afirmarse  que  en  Espa- 
ña no  se  presenta  el  capitalismo  como  una  agrupación  clara- 
mente definible,  con  caracteres  precisos.  Hay  dos  grupos  de 
capitalistas:  los  grandes  y  los  pequeños,  los  que  están  perfec- 
tamente adaptados  al  régimen  moderno  de  la  producción  y  de 
la  especulación,  y  los  inactivos  y  retraídos.  Careciendo  de  es- 
tadísticas precisas,  no  podemos  determinar  ni  la  calidad  é  im- 
portancia de  estos  dos  grupos,  ni  mucho  menos  su  esfera  de 
acción.  La  relación  que  forzosamente  se  establece  entre  los 
grandes  y  los  pequeños  es  en  perjuicio  de  estos  últimos,  los 
cuales  son  inconscientemente  absorbidos  y  esclavizados  por  el 
gran  capital.  Este,  que  debería  ser  el  director  y  regulador  de 
las  empresas  económicas  de  carácter  nacional,  se  subordina  á 
su  vez  al  gran  capital  internacional.  En  la  interdependencia 
necesaria  que  en  los  grupos  del  capital  existe,  los  menos 
densos  van  entrando  en  la  órbita  de  atracción  de  los  de  mayor 
cohesión.  Por  este  gran  proceso  de  asimilación  ó  integración 
del  capital,  se  inicia  la  expropiación  del  pequeño  capitalismo 
español.  A  ello  contribuyen,  no  sólo  loa  capitalistas  temero- 
sos del  espíritu  de  empresa,  excesivamente  codiciosos  y  llenos 
de  desconfianza,  sino  también  la  intensidad,  la  fiebre  en 
la  especulación,  iniciada  y  mantenida  en  los  grandes  mer- 
cados del  dinero.  Así,  una  fuerza  qu.e  deja  de  obrar  y  otra  que 
obra  felizmente  por  no  encontrar  resistencia  ni  coacción,  ace- 
leran la  decadencia  económica  de  nuestro  pequeño  capitalis- 
mo. El  grande  sirve  primero  de  intermediario  y  de  víctima 
después.  Una  de  sus  antinomias  más  grandes  es  esta:  no  quie- 
re reconocer  patria  alguna  para  el  negocio  seguro,  de  irrepro- 
chable garantía;  se  escuda  en  la  palabra  patria  para  mono- 
polizar un  negocio  y  evitar  la  concurrencia. 

La  interpretación  económica  áoi  patriotismo   por  los  capi- 
talistas españoles,  no  puede  ser  más  nefanda.    Como  las  nece- 
sidades de  nuestro  gran  capital,  por  la  calidad  de  nuestro  me- 
dio económico  y  social,  son  muy  escasas  aún,  siendo  la  mayo- 
ría de  ellas  secundarias,  ha  de  haber  siempre  un  remanentey 


NUESTRAS   MENTIRAS  CONVENCIONALES  103 

un  superávit  sin  empleo  efectivo.  La  especulación  internacio- 
nal exige  un  esfuerzo  continuo  de  atencióu,  que  un  individuo 
perezoso  como  el  español  es  incapaz  de  hacer.  La  compra  de 
valores  extranjeros  reclama  im  especial  cuidado  acerca  d©  su 
depreciación  ó  alza  en  el  mercado.  La  iniciativa  para  empre- 
s  as  nacionales  de  renta  variable,  aun  siendo  halagadora,  no 
arrastra.  Sólo  se  aventuran  nuestros  capitalistas  con  lo  ajeno. 
Cuando  manejan  el  capital  propio,  son  siempre  temerosos. 
Tal  idiosincrasia  en  nuestro  gran  capital,  afirma  dos  órdenes 
de  funciones  en  su  vida  económica:  parasitismo  en  el  Estado, 
tendencia  á  la  renta  fija  y  empresas  con  monopolio,  garanti- 
das de  toda  eventualidad  por  ventajosos  contratos  con  la  Ha- 
cienda piíblica.  Así,  viviendo  los  capitales  en  reducido  círculo 
de  vida  económica,  intensifican  en  él  la  especulación  y  el 
agio,  determinan  el  suicidio  de  millares  de  infelices  de  buena 
fe,  aunque  codiciosos  y  avaros,  y  producen  indirectamente  el 
alza  del  dinero,  la  especulación  usuraria  en  los  centros  rura- 
les donde  quede  el  capital  inadaptado,  sin  competencia  algu- 
na, monopolizando  despiadadamente  el  préstamo  á  los  peque- 
ños agricultores,  acrecentando  de  un  modo  inverosímil  prime- 
ro los  créditos  hipotecarios,  y  después  la  forzosa  expropiación 
del  hombre  de  nuestros  campos.  Vemos,  por  lo  tanto,  que  la 
concentración  capitalista  se  está  verificando  en  España,  como 
en  todas  partes,  de  un  modo  fatal  y  automático:  la  propiedad 
inmueble  en  el  pequeño  capital  que  se  estanca  en  el  crédito 
usurario;  la  riqueza  mobiliaria  en  el  gran  capital,  que  mono- 
poliza la  vida  económica  del  Estado  y  las  empresas  más  segu- 
ras de  la  nación. 

El  capital  español,  oscilando  entre  la  rutina  excesiva  y  la 
especulación  aventurera,  es  eminentemente  conservador  en  lo 
que  respecta  á  sí  propio.  Su  conservantismo  es  más  bien  ins- 
tintivo que  racional.  Tiene  la  irritabilidad  general  de  la  subs- 
tancia organizada;  carece  de  la  fuerza  nerviosa  y  muscular  de 
un  organismo  consciente.  Por  eso,  pensando  en  sí  mismo  so- 
lamente, en  vez  de  hacerse  reproductivo,  es  estéril.  Aferrado 


104  'LA    ESPAÑA   MODERNA 


exL  el  monopolio,  aislándose  cada  vez  más  de  la  mano  de  obra 
y  del  capital  internacional,  se  habrá  de  encontrar  muy  pronto 
como  el  combatiente  indefenso  entre  dos  faegos.  No  le  quedará 
otro  remedio  que  adaptarse  ó  morir.  ¡Y  qué  adaptación  tan 
dolorosa  para  él,  rendirse  á  discreción  ante  el  cúmulo  de  exi- 
gencias enormes  del  adversario  triunfador! 

La  codicia,  la  cristalización  prematura  en  un  estado  eco- 
nómico convencional  y  artificioso,  la  especulación  inmoral  y 
sin  límites,  la  rutina,  la  falta  de  especulación  en  ios  negocios, 
la  mutua  desconfianza,  la  falta  de  acometividad,  el  aislamien- 
to voluntario  y  la  inadaptación  á  las  condiciones  racionales 
del  capital  internacional,  la  pereza  y  la  mala  fe,  son  caracte- 
res comunes  á  nuestros  dos  grupos  de  capitalistas.  Nuestro 
pequeño  capital  desaparecerá  irremisiblemente  si  un  esfuer- 
zo supremo  no  se  transforma  en  cooperativismo  defensivo  y 
ofensivo  en  sus  relaciones  con  el  gran  capital.  El  capital  gran- 
de desaparecerá  también  si  perdura  en  el  monopolio  y  en  el 
privilegio.  Ese  estado  de  inacción  enervando  todas  sus  ener- 
gías, embriagándole  con  el  lucro,  hará  más  fácil  y  segura  su 
bancarrota  por  sorpresa. 

Hay  que  vivir  obrando  y  luchando:  es  ley  de  medio  y  de 
momento.  Nadie  puede  librarse  de  su  acción.  La  concepción 
estática  y  pacífica  de  la  vida,  ó  es  ideal  ultraterreno,  ó  un  re- 
cuerdo de  cosas  que  fueron . 


*  * 


La  mano  de  obra:  Sería  curioso  y  útilísimo  un  estudio 
comparativo  de  nuestra  mano  de  obra,  para  poder  determinar 
la  calidad  y  el  coste  de  la  producción  en  su  aspecto  internacio- 
nal. La  mano  de  obra  española,  en  general,  es  más  cara  y 
más  mala  que  otra  cualquiera.  A  pesar  de  tener  generalmen- 
te cerca  de  mil  horas  de  trabajo  al  año  más  que  la  de  Ingla- 
terra, su  salario  medio  es   mucho  menor.   Y  si  se  atiende  al 


NUESTRAS   MENTIRAS   CONVENCIONALES  105 

salario  real,  por  el  que  se  puede  apreciar  mejor  el  standard 
oflife  de  nuestros  obreros,  la  desproporción  es  eoorme. 

A  esta  antinomia  económica  contribuyen  causas  muy  di- 
versas: en  primer  lugar,  la  falta  de  aprendizaje  técnico  en  las 
escuelas,  que  hace  imposible  una  pronta  y  racional  especiali- 
zación  en  nuestra  población  económica.  G-eneralmente,  los 
obreros  industriales  hacen  su  aprendizaje  tarde.  Nuestra  po- 
blación industrial  reclátase  generalmente  entre  los  campesinos 
sin  trabajo,  los  cuales,  cansados  y  aburridos,  optan  por  cual- 
quier oficio  y  retribución;  ó  lo  que  es  más  grave  aún,  los  ofi- 
cios se  transmiten  por  herencia,  habiendo  ciertas  pequeñas 
industrias  explotadas  míseramente  y  con  métodos  rutinarios, 
las  cuales  son  una  remora  para  la  gran  producción  y  el  empleo 
de  procedimientos  más  modernos.  Cataluña  y  Castilla,  sobre 
todo,  adolecen  de  este  defecto. 

La  proletarización  de  la  vida  rural,  determinada  por  las 
condiciones  de  nuestro  grande  y  pequeño  capitalismo,  produ- 
ce irremisiblemente  ese  éxodo  tan  bien  estudiado  en  Bélgica 
por  Vandervelde,  y  que  yo  podría  establecer  con  precisión 
aquí  si  en  España  tuviésemos  estadística  reciente  y  segura 
de  nuestra  intermigr ación  y  emigración.  Este  éxodo  hacia  las; 
grandes  aglomeraciones  urbanas,  alimentando  en  ellas  una 
gran  congestión  de  reservas  de  población  asalariada,  determi- 
na al  fin  las  grandes  crisis  demográficas  por  el  surmenage  de 
una  raza  miserablemente  alimentada  y  forzosamente  activa. 
Todos  sabemos  cómo  en  Madrid  y  Barcelona  viven  millares  de 
obreros  con  un  salario  medio  de  dos  pesetas,  obligados  la  ma- 
yor parte  del  año  al  paro  involuntario  por  falta  de  empleo.  El 
éxodo  transoceánico  es  más  terrible  aún.  Haciéndose  en  Espa- 
ña la  emigración  espontáneamente,  el  instinto  de  imitación 
lleva  á  nuestros  obreros  á  aquellos  puntos  donde  más  terrible 
y  penosa  es  la  concurrencia,  donde  hay  una  mano  de  obra  in- 
ternacional, y  donde  forzosamente  se  establece  la  selección  de 
los  más  aptos  y  los  más  fuertes.  Q-eneralmente,  el  fenómeno 
de  la  emigración  en  España  obedece  al  malestar  y  no  al  exce- 


106  LA   ESPAÑA   MODERNA 


SO  de  población,  como  en  Alemania  ó  Italia  acontece.  Pero 
este  mismo  malestar  de  los  peores,  que  al  establecerse  en  un 
nuevo  país  más  fecundo  en  prosperidad  económica  que  el 
nuestro,  mejoran  su  condición  social,  obrando  de  rechazo  sobre 
ios  que  en  el  suelo  patrio  quedan,  determina  también  el  éxodo 
de  nuestra  mano  de  obra  más  escogida.  Y  la  razón  es  clara; 
de  la  misma  manera  que  el  capital,  en  el  régimen  económico 
contemporáneo,  busca  el  ambiente  más  próspero  y  seguro  para 
vivir,  y  emigra  cuando  le  conviene,  así  también  la  mano  de 
obra  persigue  las  mejores  condiciones  de  asalaramiento.  Estos 
son  dos  hechos  económicos  que  han  determinado  la  prosperi- 
dad de  una  gran  República,  de  Norte- América,  que  ha  crecido 
con  el  capital  y  con  la  sangre  europea.  Esta  nación,  llamando 
á  su  seno  los  mejores  brazos  del  viejo  mundo,  regenera  su  con- 
dición física  y  social  y  crece  con  su  esfuerzo;  establece  una 
barrera  infranqueable  contra  los  productos  manufacturados  de 
Europa;  hiere  de  muerte  su  agricultura  con  una  terrible  con- 
currencia en  el  mercado  de  cereales,  y  la  vence  ya  en  muchos 
productos  industriales;  mientras  que  está  á  la  defensiva  soste- 
niendo la  codicia  y  egoísmo  de  una  burguesía  ignorante,  de  una 
burocracia  aduladora  y  de  un  militarismo  opresor,  va  sintien- 
do poco  á  poco  el  desfallecimiento  producido  por  una  resta  in- 
consciente de  las  energías  más  tenaces  en  la  vida  del  Estado. 
Un  fenómeno  general  que  se  observa  hoy  en  toda  Europa ^ 
revela  mayor  algidez  en  España,  vencida  mercantilmente  en 
sus  transacciones  de  medio  siglo  con  el  resto  del  mundo;  con 
el  crédito  deteriorado;  sin  ideal  alguno  propulsor  de  sus  ener- 
gías económicas;  sin  fe  en  sí  mismo  y  sin  voluntad  para 
rehabilitarse. 

Cuando  nuestra  mano  de  obra,  buena  ó  mala,  vaya  abrien- 
do sus  ojos  á  la  verdadera  vida  moderna,  acelerará  la  salida 
de  un  país  donde  la  existencia  le  será  insufrible.  Entonces 
quedarán  en  él  los  inútiles  y  degenerados  protegidos  por  ba- 
rreras imaginarias,  pero  privados,  en  realidad,  de  ia  satisfac- 
ción de  necesidades  semejantes  á  los  de  cualquier  otro  ásala- 


NUESTRAS   MENTIRAS   CONVENCIONALES  107 

riado  y  de  la  libertad  ante  la  ley,  mantenedora  de  privilegios 
supervivientes  en  el  orden  político  y  en  el  orden  económico. 
Ese  patriotismo  farisiaco  de  nna  legión  imbécil  de  políticos  y 
de  emprendedores  débiles,  pero  codiciosos,  ¿en  qué  se  conver- 
tirá entonces?  ¿Qué  será  de  esta  nación,  mantenida  sólo  por  el 
aliento  de  una  tradición  moribunda  y  despiadadamente  des- 
trozada y  oprimida  por  un  parasitismo  sin  límites? 

Yo  no  quiero  entonar  elegías  para  lamentar  sucesos  que 
preveo;  pero  mi  alma  estalla  de  indignación  al  ver  lágrimas  de 
cocodrilo  sobre  el  cadáver  de  una  nación  indefensa  á  quien 
hemos  bárbaramente  asesinado. 

El  mecanismo  de  nuestra  producción:  Con  capital  parasi- 
tario y  codicioso  y  mano  de  obra  mala  y  costosa,  ¿en  qué  con- 
diciones podrá  hacerse  la  explotación  económica  de  España? 
Concentración  capitalista  y  proletarización  rural  crecen  para- 
lelamente en  intensidad  semejante.  Pero  mientras  nuestro  ca- 
pital actúa  en  el  orden  financiero,  rehuyendo  todo  interés  de 
renta  variable  ó  expatriándose  por  un  interés  más  seguro,  la 
mano  de  obra  se  condensa  en  nuestros  centros  industriales 
para  hacerse  competencia  horrorosa  ó  emigra  para  ser  venci- 
da en  la  concurrencia  con  otras  más  aptas.  El  ritmo  en  la  in- 
tensidad productiva  de  España  se  va  haciendo-  cada  vez  más 
lento.  El  capital  abandona  toda  empresa  industrial.  El  tra- 
bajo se  abarata  excesivamente  determinando  la  calidad  pési- 
ma del  producto  que  elabora,  y  privando  nuestro  mercado  de 
acometividad  internacional.  Limitado  á  su  propia  área  de  ex- 
pansión, el  mismo  mercado  interior  se  va  restringiendo  cada 
Tez  más,  porque  el  coeficiente  individual  de  consumo  disminu- 
ye ó  se  estanca.  La  falta  de  crecimiento  prolífico  en  la  produc- 
ción española,  engendra  en  el  capital  la  tendencia  al  mono- 
polio, á  obtener  en  la  empresa  industrial  la  misma  renta  fija 
que  en  los  valores  del  Estado;  y  en  la  mano  de  obra  un  pesi- 


IOS  LA   ESPAÑA   MODERNA 


mismo  terrible,  ua  desconsolador  espíritu  de  revuelta  y  una 
gran  indisciplina,  causas  eñcaces  por  sí  sólo  para  impedir 
toda  reivindicación  en  nuestra  clase  asalariada.  A  dismi- 
nuir la  producción  contribuyen  también  el  excesivo  número 
de  pequeños  intermediarios  para  la  colocación  y  venta  del 
producto.  El  industrial  y  el  comerciante  en  España,  domina- 
dos por  esa  ley  universal  de  codicia  y  de  pereza  que  todo  lo 
regula  en  este  medio  social,  prefieren  obtener  una  ganancia 
inverosímil  en  pocas  transacciones  á  una  utilidad  mínima  en 
un  máximun  de  cambios.  Fíjanse  más  en  la  masa  que  en  su 
velocidad.  Resulta  de  esto,  que  el  coeficiente  de  expansión  in- 
dustrial y  mercantil  es  siempre  el  mismo,  ó  crece  proporoio- 
nalmente  mucho  menos  que  en  otros  países.  El  público  res- 
tringe voluntaria  ó  forzosamente  su  consumo.  Exento  de  toda 
previsión  para  regular  sus  adquisiciones  por  sus  recursos,  pe- 
rezoso, falto  de  estímulo  para  acrecentar  su  poder  de  adquisi- 
ción, incapaz  de  discernir  entre  lo  necesario  y  lo  útil  ó  sun- 
tuario, prefiriendo  muchas  veces  lo  último  á  lo  primero,  es 
causa  de  la  inseguridad  y  temor  de  las  transacciones  y,  por  lo 
tanto,  de  un  mayor  coeficiente  en  las  ganancias. 

Una  producción  replegada  en  sí  misma,  lentamente  pro- 
gresiva ó  prematuramente  cristalizada,  con  mano  de  obra  de- 
ficiente, agentes  de  producción  y  de  cambio  codiciosos  y  pú- 
blico miserable,  en  lucha  fatal  y  necesaria  con  la  producción 
universal,  ha  de  llevar  una  vida  lánguida  y  trabajosa,  no  para 
salir  de  su  ambiente  y  luchar,  sino  para  mantenerse  con  pru- 
dencia á  la  defensiva,  evitando  todo  choque  eventual  con  otra 
fuerza  económica  extraña. 

Dos  caracteres  se  notan  desde  luego  en  su  mecanismo:  1.**, 
la  falta  de  adaptación  á  las  condiciones  de  la  producción  in- 
ternacional; 2.°,  la  falta  de  cohesión  y  solidaridad  interna. 
Por  el  primero  se  hace  imposible  el  crecimiento  de  la  misma; 
se  dificulta  ó  anula  el  proceso  natural  de  especialización  que 
tiende  á  establecerse  en  el  organismo  industrial  moderno;  se 
anula  la  posibilidad  de  difusión  de  nuestros  productos  en  el 


NUESTRAS   MENTIRAS    CONVENCIONALES  109 


mercado  universal,  cuyas  condiciones  y  exigencias  ignoramos, 
y  se  consolida  una  política  económica  de  aislamiento,  de  pe- 
ligrosa despreocupación  de  toda  política  comercial  basada  en 
la  reciprocidad,  etapa  necesaria  en  el  proceso  de  evolución 
Lacia  el  librecambio. 

La  falta  de  cobesión  y  solidaridad  interna,  manteniendo 
un  particularismo  económico  medioevalesco,  sostiene  ese  gran 
convencionalismo  del  mutuo  engaño.  Hace  ya  mucho  tiempo 
que  la  economía  clásica  había  demostrado  la  conveniencia  de 
la  baratura  de  los  precios  en  un  medio  social  determinado.  Pues 
en  este  país  preferimos  comprar  todo  tres  veces  más  caro  á 
condición   de  vender   en  semejantes  condiciones  lo   nuestro. 
Esta  miopía  en  la   consideración  de  las  verdades  económicas 
elementales  impide  el  régimen  de  la  gran  producción  en  Es- 
paña. Preferimos  perdurar  en  lo  rudimentario,  en   esta  pobre 
forma  de   trabajar,  á  integrar  nuestras  fuerzas  con  fuerzas 
semejantes  para  hacerlas  más  fácilmente  progresivas.  Es  pro- 
bable que  todo  el  algodón  que  se  teje  en   Cataluña  llegue  á 
hilarse  y  tejerse  en   cualquier  casa  norte- americana.  El  trust 
del  acero  produce  hoy  más  en  cantidad  que  Alemania  y  Francia 
unidas.  Cuando  la  gran  llanura  del  Centro  de  Sud-América  se 
dedique  á  la  producción  de  cereales,   cualquier  farmer   reco- 
gerá más  cosecha  que  todos  los  propietarios  de  las  dos  Casti- 
llas. Nuestra  crisis  vinícola  podría  resolverse  en  parte  con  un 
buen  sistema  de  producción  de  carácter  colectivo.  En  Portu- 
gal se  han  organizado   desde  hace   algunos  años  bodegas  so- 
ciales, que  tienen  la  ventaja  de  proporcionar  una  calidad  uni- 
forme y  un  precio  más  ventajoso  que  los  de  cualquier  produc- 
tor en  pequeño.  Explótanse  en  el  Oeste  de  España  1.300  kiló- 
metros de   ferrocarriles  por  seis  ó  siete  Compañías  distintas, 
cada  una   con   un   Consejo  de  Administración  fabulosamente 
dotado,  mientras  en  Francia  hay  una  red   que  pasa  de  9.00O 
kilómetros,  y  en  Alemania,  un  mismo  Consejo  de   Dirección 
administra  los  de  cuatro  naciones  que  constituyen  una  red  de 
más  de  60.000  kilómetros.  Este  gran  particularismo,  unido  á 


lio  LA  i:si>a>Ja  moderxa 


un  gran  exceso  de  codicia  y  de  ignorancia  y  rutina,  es  cau- 
sa déla  imitación,  de  esa  estúpida  imitación  en  cualquier  em- 
presa industrial,  cuando  se  liuele  una  ganancia  segura.  Echan- 
se  como  perros  hambrientos  sobre  un  pedazo  de  pan  nuestros 
capitalistas  advenedizos  para  saciar  su  hambre  de  riquezas. 
Así,  faltos  de  iniciativa,  sin  poder  satisfacer  un  mísero  deseo 
después  de  haber  originado  una  crisis  por  exceso,  después  de 
haber  congestionado  el  mercado  con  sus  productos,  lloran 
'como  niños  por  no  haber  sabido  pensar  como  hombres.  Si  me 
piden  un  ejemplo- palpable,  haré  meditar  á  mis  lectores  sobre 
el  estado  actual  y  origen  de  nuestras  azucareras. 

El  Estado  y  su  acción  en  nuestra  vida  económica. — Es  el 
Estado  español  una  serie  antagónica  de  grupos  elementales, 
de  entidades  oligárquicas  sin  ninguna  cohesión  entre  sí,  que 
vive  bajo  una  infraestructura  de  alma  popular  aletargada  por 
la  ignorancia.  Estas  múltiples  constelaciones,  formadas,  no 
por  una  solidaridad  poderosa,  sino  por  un  convencionalismo 
ridículo,  son  el  producto  de  un  largo  apostolado  de  democra- 
cia teórica.  En  su  proceso  de  formación,  nuestra  improvisada 
burguesía,  llevada  por  ansias  imprudentes  de  mimetismo  par- 
lamentario, se  polarizó,  disociando  el  orden  político  del  or- 
den económico.  En  aquél  se  han  refugiado  los  postreros  des- 
cendientes de  los  meneurs,  de  principios  y  mediados  del  siglo 
pasado.  Su  sentido  jurídico,  cada  vez  más  estrecho,  bloqueado 
incesantemente  por  las  nuevas  formas  de  vida,  les  va  cediendo 
terreno.  De  concesión  en  concesión,  servilizan  las  propias  con- 
vicciones, la  misma  dignidad,  tan  exaltada  para  satisfacer  las 
ajenas.  La  oligarquía  económica  es  más  evidente;  es  la  palpa- 
ble comprobación  de  la  inanidad  de  fórmu.las  imitadas  por  la 
vida  democrática  española,  cuando  se  predican  de  mala  fe  ó 
sin  fe. 

Es  curioso  observar  cómo  á  medida  que  este  pueblo  ha  ga- 


NÜ3STRA8  MENTIRAS   CONVENCIOíTALES  111 

nado  en  libertad  teórica,  se  ha  visto  cada  vez  más  acosado  por 
las  miserables  intenciones  de  sus  ídolos  políticos;  cómo,  á  me- 
dida que  la  democracia  ha  querido  universalizarse,  debió  y 
debe  vivir  en  un  ambiente  de  incultura  ó  ineducación  política, 
á  sabiendas  sostenido  por  los  políticos  demócratas;  cómo  una 
legiferación  igualitaria  se  ha  convertido  de  restricción  en  res- 
tricción, en  fórmula  del  privilegio;  cómo  con  el  proceso  de 
democratización  de  este  país  ha  coincidido  el  de  nuestro  va- 
sallaje económico.  Y  es  que  aquí  hemos  comprendido  mal  el 
sentido  de  la  Revolución.  Hemos  entrado  á  vivir  la  nueva 
vida  con  pulmón  tuberculoso.  La  vecina  E.epública,  con  una 
democracia  nominalmente  secular,  es  hoy  el  refugio  de  todas 
las  aristocracias  destronadas,  del  capitalismo  triunfante  y  de 
la  burguesía  sin  ideales.  Esa  democracia,  que  es  la  que  priva 
también  en  España,  jo.  no  nos  sirve  para  nada.  Es  necesaria 
una  ultrarrevolución  de  cerebros  y  voluntades,  en  el  sentido ^ 
de  la  democracia  industrial,  espontánea  flor  de  la  vida  del 
trabajo  y  no  arma  criminalmente  manejada  por  minorías  de 
vividores  astutos.  Viendo  la  acción  del  Estado  español  ea 
nuestra  vida  económica,  se  advierte  la  larga  carrera  que  hay 
que  hacer  para  educar  nuevamente  este  pueblo,  engañado  por 
espacio  de  un  siglo  con  una  pseudodemocracia.  ¡Lástima  e 
indignación  á  la  vez!  Lástima  para  estas  multitudes  incultas 
é  indisciplinadas,  con  un  salvajismo  en  el  fondo  del  alma  cada 
vez  más  arraigado,  con  una  miseria  fisiológica  cada  vez  más 
grande,  con  una  falsa  idea  del  Estado  omnipotente.  Panem 
et  circenses  es  el  lema  de  nuestras  turbas.  Indignación  para 
todos  aquellos  que  arrogándose  el  derecho  de  una  orientación, 
han  vendido  la  idea  que  defendieron  y  la  dignidad  que  el  espí- 
ritu público  les  suponía;  indignación  para  todos  esos  perpe- 
tradores del  robo  legal  con  garantía  del  Estado. 

Este  gran  fantasma  de  nuestra  vida  política  fomenta  y 
alienta  á  los  débiles,  los  alimenta  en  el  acerbo  común  á  condi- 
ción de  que  le  adulen;  y  todos,  todos  como  miserable  rebaño, 
mirándole  como  un  Dios,  le  adoramos...  por  el  pan  de  cada 


112  LA  ESPAÑA  MODERNA 


dia.  Nadie  tiene  fuerzas  para  derrocar  ese  ídolo.  A  sus  oídos 
no  llegan  las  quejas  de  una  multitud  enferma  por  01  dolor  y 
la  miseria.  El  coro  de  fariseos,  mascullando  incesantemente  el 
hirano  eterno  de  la  adulación,  ahoga  los  lamentos  y  las  pro- 
testas de  abajo. 

El  Estado  español,  órgano  servil  de  los  intereses  del  gran 
capitalismo  nacional  ó  internacional,  expropiando  los  más 
débiles,  se  suicida  sin  saberlo.  Por  sí  no  puede  vivir.  Cuando 
no  pague  los  intereses  de  su  enorme  deuda,  el  crédito  será 
igual  á  cero.  ¿Y  los  intereses  de  dónde  salen?  En  todos  los  Es- 
tados, aun  los  más  esclavizados  por  la  burguesía,  se  nota  un 
conato  de  defensa  reflejado  en  la  instintiva  protección  á  la 
agricultura  ó  la  industria.  Se  adivina  que  el  Estado  no  podrá 
vivir  nunca  del  capital,  sino  que  el  capital  necesita  imprescin- 
diblemente del  Estado.  Por  eso,  para  mantener  perenne  la 
fuente  del  interés,  para  multiplicar  indefinidamente  los  crédi- 
tos y  deudas,  con  alguna  garantía,  bay  que  fomentar  los  ele- 
mentos naturales  de  riqueza,  boy  hipotecados  á  la  mobiliaria 
de  nuestra  burguesía.  Este  Estado  no  sólo  restringe  la  garan- 
tía de  sus  deudos  inhibiéndose  estúpidamente  de  toda  protec- 
ción á  la  Agricultura,  la  Industria  y  el  Comercio,  sino  que 
siembra  discordias  entre  los  tres  órdenes  de  la  producción, 
olvida  su  función  reguladora  en  esta  esfera,  protege  y  sostie- 
ne el  monopolio  de  emprendedores  sin  iniciativa  ni  vitalidad 
para  la  lucha  en  el  mercado  universal.  El  mismo  capital,  en 
sus  relaciones  con  el  Estado,  ó  la  abandona  en  sus  demandas 
de  dinero  para  afluir  á  otros  puntos  donde  la  garantía  es  más 
segura,  ó  le  exige  un  crecidísimo  interés  para  compensación 
de  sus  ganancias  no  obtenidas  por  no  haberse  desplazado  de 
nuestro  mercado. 

El  Estado,  formado  por  el  grupo  de  una  burocracia  adula- 
dora y  por  el  de  un  insaciable  capitalismo,  gravita  acerba- 
mente sobre  la  nación.  No  hay  en  él  fuerza  de  voluntad  para 
emanciparse  del  primero.  Carece  de  vitalidad  propia  para  im- 
poner condicionas  al  segundo.  Cuarteado  el  edificio,  podrá  sos- 


MUESTRAS  MENTIRAS   CONVENCIÓN ALBS  113 

tenerse  con  oonvencionalismos  de  unos  y  transigencias  de 
otros.  Cuando  la  voluntad  de  las  mayorías  despierte  la  más 
pequeña  conmoción  en  su  base,  liará  de  él  una  pirámide  de  es- 
combros ó  una  casa  ruinosa  y  solitaria,  imagen  de  la  muerte 
y  documento  de  la  Historia, 

Elot  L.  Andeé. 


TL  ^.—Septiembre  1902. 


ü  SüPMSi  i  LIS  iDElS 

(1813-1837) 


«Las  Cortes,  en  el  examen  y  discusión  de  este  asunto,  se 
hallan  en  una  situación  muy  particular,  y  á  veces  también 
muy  embarazosa,  porque  no  tratan,  como  sucede  comúnmen- 
te, de  examinar  un  proyecto  sobre  cosas  que  entre  tanto  con- 
tinúan en  su  estado  anterior,  y  en  que,  por  consiguiente,  tie- 
nen entera  libertad  para  aprobar  ó  desaprobar  lo  propuesto, 
sino  que,  por  el  contrario,  se  ocupan  de  medidas  sumamente 
interesantes  que  en  la  parte  principal  están  ya  completamen- 
te ejecutadas,  y  ejecutadas  de  un  modo  que  apenas  hay  poder 
en  la  tierra  para  deshacer  lo  hecho.» 

Estas  palabras,  pronunciadas  por  el  Diputado  Sr.  Taran- 
cón,  al  impugnar,  el  16  de  Julio  de  1837,  el  art.  33  del  pro- 
yecto que  fue  luego  ley  de  29  de  dichos  mes  y  año,  dan  idea 
bastante  aproximada  de  las  condiciones  en  que  el  asunto  fue 
sometido  á  la  deliberación  del  Congreso,  y  del  alcance  limita- 
do que,  á  consecuencia  de  eso,  hubo  de  revestir  forzosamente 
el  debate,  ó  indican  que  ni  el  problema  llegó  en  toda  su  inte- 
gridad al  Parlamento,  ni  éste  tuvo,  cuando  se  le  planteó,  toda 
la  libertad  necesaria  para  resolver. 

Una  serie  de  violencias,  de  atropellos  y  de  crímenes  que  se 
podrán  explicar,  pero  que  sólo  condenación  merecen,  y  otra  se- 


SUPPwESlÓN    DE    LAS    ÓRDEXES   liELlCllOSAS   EN    ESPAÍ^A      115 


ríe  de  disposiciones,  más  ó  menos  legales  y  más  ó  menos  acer- 
tadas, pero  disposiciones,  eu  fin,  que  llevadas  á  la  práctica, 
si  no  en  su  totalidad,  al  menos  en  gran  parte,  en  aquella  par- 
te, sobre  todo,  que  más  hería  las  imaginaciones  populares,  ha- 
bían cambiado  por  modo  tan  radical  la  situación  de  las  cosas, 
que  realmente  el  Congreso  no  podía  pronunciarse  de  igual 
suerte  en  pro  ó  en  contra  de  la  existencia  de  las  Ordenes  reli- 
giosas. 

De  aquí  que  la  ley  de  29  de  Julio  de  1837  no  tenga  la  im- 
portancia que  generalmente  se  le  atribuye,  puesto  que,  en.  el 
fondo,  no  fue  más  que  un  MU  de  indemnidad  otorgado  por  una 
mayoría  complaciente  á  D.  Juan  Alvarez  de  Mendizábal;  y  de 
aquí  también  que  no  sea  posible  limitarse  al  estudio  de  esa 
ley  para  exponer  la  solución  del  problema  monacal  en  Espa- 
iia  en  la  primera  mitad  del  siglo  xix,  sino  que  resulte  indis- 
pensable analizar  con  algún  detenimiento  los  antecedentes  y 
el  origen  de  aquélla. 


II 


El  crecimiento  de  las  Órdenes  monásticas,  el  número  exce- 
sivo de  religiosos,  la  acumulación  de  la  propiedad  en  pocas 
manos  y  los  inconvenientes  que  para  el  desarrollo  de  la  rique- 
za pública  entrañaba  esto,  fueron  preocupación  constante, 
desde  muy  remotos  tiempos,  de  las  Cortes  y  de  los  Monarcas. 

Tarea  muy  larga,  y  sobre  larga  extraña  por  completo  al 
objeto  de  estas  páginas,  sería  la  de  enumerar,  siquiera  fuese 
en  brevísimo  índice,  las  múltiples  representaciones  que  acerca 
de  esta  materia  hubieron  de  dirigir  á  los  Reyes  los  procura- 
dores de  los  pueblos  y  las  varias  medidas  que  se  dictaron  para 
poner  remedio  á  tan  grave  mal.  Baste  decir  que  ya  en  los  co- 
mienzos del  siglo  XVII  elDr.  Sancho  de  Moneada  se  lamenta- 
ba, en  su  Restauración  política  de  España,  del  excesivo  núme- 
ro de  religiosos  y  de  clérigos,  manifestando  que  «aunque  los 


116  LA    ESPAÑA    MODERNA 


religiosos  sean  muy  necesarios,  como  lo  son,  parece  á  mnchos 
qne  el  Reino  no  puede  sustentar  tantos  pobres  como  podía 
antes,  porque  la  mayor  parte  de  los  que  solían  dar  limosna  la? 
piden»;  y  que  á  mediados  del  siglo  xviii  hallábase  tan  pro- 
nunciada la  opinión  en  el  sentido  de  poner  coto  á  ese  mal,  sobre 
todo  en  lo  relativo  á  la  condición  de  la  propiedad,  que  Maca- 
naz  en  su  famoso  Memorial  de  los  cincuenta  y  cinco  párrafos^ 
Campomanes  en  su  Tratado  de  la  regalía  de  amortización ;. 
Floridablanca  en  sus  dictámenes,  Jovellanos  en  su  Informe 
sobre  la  ley  agraria,  y  como  éstos  Gardoqui,  Carrasco,  Saave- 
dra,  Flores  Estrada  y  utros,  defendieron  la  urgencia  de  liber- 
tar á  la  propiedad  de  las  trabas  que  la  impedían  entrar  en  el 
torrente  de  la  circulación  de  la  riqueza.  Por  esto,  desde  el  rei- 
nado de  Carlos  III  se  dictan  frecuentes  disposiciones,  sinteti- 
radas  en  las  leyes  16  á  24  del  tít.  V,  libro  1.*^  de  la  Novísima 
liecopilación,  poniendo  trabas  al  derecho  de  adquirir  de  las< 
manos  muertas;  y  tanto  dicho  Rey  como  Carlos  IV  y  Fernan- 
do VII  disponen  una  y  otra  vez  do  la  propiedad  colectiva,  si- 
quiera lo  hiciesen  de  acuerdo  con  la  Santa  Sede,  como  lo  de- 
muestran los  Breves  de  Pío  VII,  de  14  de  Junio  de  1805  y  12  d& 
Diciembre  de  1806,  aplicándola  á  las  necesidades  del  Estado. 

Realmente,  la  violabilidad  de  los  modos  de  la  propiedad^ 
estimada  por  algunos  como  una  conquista  de  la  democracia 
moderna,  resulta,  al  menos  en  uno  de  sus  aspectos,  en  el  do  la 
intervención  del  Estado  en  obsequio  de  la  utilidad  pública,, 
como  obra  iniciada  por  los  Monarcas  absolutos;  pero  en  su 
fase  político-religiosa,  en  lo  relativo  á  la  existencia  corporati- 
va, como  clase,  de  los  religiosos,  el  problema  no  se  plantea 
iiasta  los  comienzos  del  siglo  xix,  hasta  los  tormentosos  días 
en  que  España  luchaba  por  su  independencia,  si  bien  las  ini- 
ciativas de  las  Cortes  en  1813,  fracasadas  por  la  actitud  de 
la  Regencia  y  sobre  todo  por  la  violenta  é  inmotivada  reac- 
ción del  siguiente  año,  no  lograron  encarnar  en  la  realidad 
hasta  1820. 

Partiendo  de  la  base  de  que  antes   de  1808  existían  3.126< 


SUPRKSIÓX   DE    L\S    ÓÍIDPJNES   RELKHOSAS   EX   ESPAÑA      117 

<3onvenfco3  y  92.727  religiosos,  aprobaron  las  Cortes,  en  Junio 
<le  1813,*  un  decreto  incorporando  al  Estado  los  bienes  de  esta- 
blecimientos públicos,  cuerpos  seculares  y  eclesiásticos,  ó  re- 
ligiosos de  ambos  sexos,  disueltos,  extinguidos  ó  reformador 
por  resultas  de  la  invasión  enemiga  ó  por  providencias  del  go- 
bierno intruso,  aunque  reintegrándoles,  caso  de  llegar  á  esta- 
blecerse, en  la  posesión  de  las  fincas  y  capitales  que  se  les  ocu- 
pasen, y  si  no  asignándoles  los  alimentos  precisos,  con  tal  que 
^6  hubiesen  refugiado  en  las  provincias  libres,  profesasen  en 
ellas  su  instituto  y  no  tuviesen  ningún  otro  medio  de  subsis- 
tencia; resistieron  los  Regentes,  especialmente  D.  Juan  Pérez 
Villamil,  el  cumplimiento  de  este  decreto,  y  las  Cortes  dicta- 
ron uno  nuevo,  el  de  18  de  Febrero  de  1814,  sancionando  la 
reunión  de  las  comunidades  consentidas  por  la  Regencia,  siem- 
pre que  no  estuviesen  arruinados  sus  conventos  ni  se  pidie- 
se limosna  para  reedificarlos;  prohibiendo  la  permanencia  ó 
restablecimiento  de  los  que  no  tuviesen  doce  individuos  pro- 
fesos; mandando  que  no  hubiese  en  cada  pueblo  más  de  un 
convento  del  mismo  instituto,  y  disponiendo  que  no  se  resta- 
bleciesen más  conventos  y  que  no  se  diesen  nuevos  hábitos 
hasta  nueva  resolución.  M  esto,  ni  la  abolición  del  Tribunal 
de  la  Inquisición,  tuvo  completo  cumplimiento,  pues  pocos 
meses  después,  restablecida  la  Monarquía  absoluta,  no  sólo  se 
derogó  todo  lo  hecho  durante  el  periodo  constitucional,  sino 
que  llegó  á  dictarse  la  Real  cédula  de  31  de  Agosto  de  1814, 
despojando  á  los  compradores  de  bienes  nacionales  de  las  fin- 
cas y  efectos  que  en  ese  concepto  hubiesen  adquirido;  disposi- 
ción cuya  justicia  no  discutimos,  pero  que  fue  en  la  práctica 
íiltamente  perturbadora,  iniciando  la  serie  de  preceptos  lega- 
les que  mantuvieron  durante  largos  años  á  la  propiedad  en  un 
estado  de  funestísima  incertidumbre. 

Dos  circulares  de  Gracia  y  Justicia,  ordenando  la  devolu- 
ción de  sus  conventos  á  los  regulares  y  á  las  religiosas,  j  el 
restablecimiento  de  la  Inquisición,  completaron  la  obra  del  ab- 
solutismo. 


118  LA    ESPAÑA   MODERNA 


III 


El  movimiento  iniciado  por  Eíego  en  las  Cabezas  de  San 
Juan  y  secundado  poco  á  poco  en  distintos  puntos  de  la  Pe- 
nínsula, incluso  en  la  misma  capital  de  la  Monarquía,  merced 
á  la  incesante  propaganda  masónica,  según  confiesa  Alcalá 
Galiano  en  sus  Memorias,  obligaron  á  Fernando  VII  á  jurar 
la  Constitución  de  1812  y  á  convocar  las  Cortes. 

La  tendencia  y  el  espíritu  de  la  nueva  revolución  y  la  pre- 
sencia en  el  Gobierno  de  los  doceañistas,  eran  indicios  segu- 
ros de  la  política  que  había  de  prevalecer  en  lo  relativo  á  las- 
Ordenes  religiosas  y,  en  general,  á  los  asuntos  eclesiásticos; 
por  esto  no  puede  sorprender  á  nadie  que  el  9  de  Marzo  de  1820 
se  publicase  un  decreto  aboliendo  el  Tribunal  de  la  Inquisi- 
ción, y  que  una  vez  reunidas  las  Cortes  en  Julio  del  citado  año, 
se  presentase  un  proyecto  de  ley  suprimiendo  las  Órdenes  re- 
ligiosas. 

Dada  la  composición  de  aquellas  Cortes,  era  natural  que  el 
proyecto,  aun  tratándose  de  un  asunto  de  tan  capital  impor- 
tancia para  los  dos  bandos  en  que  se  bailaba  dividido  el  país^ 
no  encontrase  gran  oposición,  y  en  efecto,  no  la  tuvo. 

El  21  de  Septiembre  comenzó  la  discusión,  interviniendo 
en  el  debate  acerca  del  artículo  1 .°,  que  era  el  que  contenía  el 
precepto  suprimiendo  todos  los  Monasterios  de  Ordenes  mo- 
nacales, los  de  canónigos  seglares  de  San  Benito,  de  la  Con- 
gregación claustral  Tarraconense  y  Cesaraugustana,  los  de 
San  Agustín  y  los  Premostratenses,  etc.,  los  Sros.  Obispo  Cas- 
trillo,  Cortés,  Fraile,  Vitórica,  Cuesta,  Villanueva,  Dolarea. 
Navas,  Conde  de  Toreno,  y  los  Ministros  de  Gracia  y  Justicia 
y  Ultramar,  todos  identificados  con  la  esencia  del  pro^^ecto, 
todos,  incluso  el  Prelado,  afirmando  el  derecho  de  la  nación  á 
legislar  sobre  los  regulares.  Sólo  un  diputado,  el  Sr.  Gisbert, 
aunque  conforme  con  la  mayoría,  expresó  el  deseo  de  que  se 


SUPRESIÓN   DE   LAS   ÓRDENES   RELIGIOSAS  EN  ESPAÑA      119 

procediese  de  acuerdo  con  la  Santa  Sede;  y  sólo  otro,  el  señor 
Casaseca,  se  opuso  francamente  á  la  supresión  de  las  Ordenes 
religiosas. 

Martínez  de  la  Rosa,  contestando  á  observaciones  del  señor 
Dolarea,  quien  por  último  votó  en  contra,  expuso  el  verdade- 
ro sentido  y  alcance  del  artículo  y  la  finalidad  que  se  perse- 
guía con  el  proyecto,  apuntando  además  algunas  ideas  que  no 
fueron,  por  cierto,  las  que  prevalecieron,  ni  en  las  leyes  des- 
amortizadoras  de  aquella  época,  ni  en  las  reformas  del  perío- 
do de  1835  á  1837;  pues  sostuvo  que  el  celibato,  aunque  causa 
de  despoblación,  era  muy  pequeña,  y  no  obstáculo  compara- 
ble al  que  resultaba  de  la  acumulación  de  las  riquezas  y  pro- 
piedades en  manos  de  los  monjes,  y  que  los  Monasterios  se 
oponían  á  la  población  porque  se  oponían  á  la  riqueza  públi- 
ca, porque  aglomeraban  en  manos  de  pocos  inmensas  propie- 
dades, y  porque  impedían  se  distribuyesen  los  bienes  entre 
muchos  pequeños  propietarios.  Idea  esta  última  que  de  haber 
prevalecido,  habría  dado  muy  distinto  alcance  á  las  leyes  des- 
vinculadoras  y  desamortizadoras,  completando  su  obra  y 
agrandando  su  eficacia;  pero  que  no  prevaleció,  por  lo  cual,' 
aunque  esas  leyes  tendieron  no  sólo  á  libertar,  sino  á  indivi- 
dualizar la  propiedad,  no  impidieron  su  acumulación  en  otras 
manos,  no  hicieron  surgir  la  clase  de  pequeños  propietarios,  y 
dejaron  á  medio  resolver  el  problema. 

Aprobado  el  artículo  1.°  en  la  sesión  del  22  de  Septiembre 
por  107  votos  contra  23,  el  debate  perdió  todo  interés,  desli- 
zándose tranquilamente  la  discusión,  que  quedó  terminada 
el  1.®  de  Octubre,  siendo  sancionada  la  ley  por  Fernando  YII 
el  25  de  dicho  mes,  y  publicándose  en  la  Gaceta  del  29. 

Los  excesos  de  los  revolucionarios,  que  concluyeron  por  di- 
vidirse, luchando  entre  sí  las  dos  fracciones  con  verdadero  en- 
carnizamiento; la  guerra  civil  encendida  por  los  absolutistas, 
que  constituyeron  la  Regencia  de  Urgel;  la  anarquía  que  rei- 
naba en  todo  el  país,  y  sobretodo  el  hecho  de, haber  repercu- 
tido en  Ñapóles  y  el  Piamonte  la  revolución  española,  deter- 


120  LA.   ESPAÑA   MODERNA 


minaron  la  intervenoión  decretada  por  las  Potencias  en  el 
Congreso  de  Verona  y  llevada  á  cabo  por  Francia,  poniendo 
fin  al  segundo  período  constitucional  ó  inaugurando  una  vio- 
lentísima reacción  que  no  bastaron  á  atenuar  los  repetidos 
consejos  de  los  Gabinetes  europeos. 

Innecesario  es  añadir  que  la  obra  de  las  Cortes  de  1820  fue 
inmediatamente  destruida;  pero  no  huelga  consignar  que  8Í 
algo  se  salvó,  fue  aquello  que  far crecía  los  derechos  del  Esta- 
do. Así,  por  ejemplo,  Fernando  VII  no  sólo  resistió  tenaz- 
mente el  restablecer  el  Tribunal  de  la  Inquisición,  sino  qu© 
habiendo  organizado  los  Prelados  en  sus  respectivas  diócesis 
unas  Juntas  llamadas  de  fe  encargadas  de  conocer  en  los  deli- 
tos que  aquél  perseguía  y  de  hacerlo  en  la  misma  forma  en 
que  procedían  los  Tribunales  inquisitoriales,  ordenó  en  182B, 
á  consulta  del  Consejo  de  Castilla,  que  cesasen  inmediatamen- 
te esas  Juntas,  y  otorgó  el  pase  al  Breve  de  Pío  VIII,  de  6  d© 
Octubre  de  1829,  inserto  en  Real  cédula  de  6  de  Febrero  del 
siguiente  año,  por  el  que  se  mandó  admitir  las  apelaciones  en 
las  mencionadas  causas  de  fe  hasta  que  hubiese  tres  sentencias 
conformes. 


IV 


Después  de  la  brutal  reacción  de  1814  y  de  la  gran  ver- 
güenza de  1823,  la  presencia  de  Zea  Bermúdez  en  el  poder  sig- 
nificaba, á  la  muerte  de  Fernando  VII,  algo  así  como  un  alto 
en  el  camino  emprendido,  acaso  la  vuelta  á  la  Monarquía  limi- 
tada de  hecho  por  nuestras  antiguas  Juntas  y  nuestros  histó- 
ricos Consejos,  la  resurrección  délo  verdaderamente  tradicio- 
nal, eclipsado  por  el  absolutismo  á  la  francesa  del  ex  prisione- 
ro en  Valen9ay.  Zea,  hábil  diplomático,  más  conocedor  del  es- 
tado de  las  demás  naciones  que  de  la  situación  de  su  propia 
patria,  pudo  ser  un  buen  gobernante  sin  la  cuestión  dinástica; 
pero  planteada  ésta,  su  sistema  de  despotismo  ilustrado  era 


SUPRESIÓN   DE   LAS   ÓRDENES   RELIGIOSAS   KN   ESPAÑA      121 

una  calamidad,  porque,  como  dice  un  historiador  contempo- 
ráneo, los  absolutistas  no  podían  ver  lo  de  ilustrado,  y  los  li- 
berales odiaban  el  despotismo. 

Martínez  de  la  Rosa,  sustituyendo  á  Zea,  constituyó  una 
esperanza  que  se  desvaneció  bien  pronto.  El  cambio  fue  el 
primer  triunfo  de  los  liberales,  pero  no  satisfizo  á  éstos.  Rea- 
lizada por  Zea,  á  raíz  de  la  muerte  de  Fernando  VII,  la  obra 
que  llevó  á  cabo  Martínez  de  la  Rosa,  acaso  habría  logrado 
prevalecer;  pero  cuando  la  ideó  el  segundo,  con  la  colaboración 
de  Burgos,  era  demasiado  tarde  y  forzosamente  tenía  que 
fracasar. 

Primer  síntoma  de  ese  fracaso  y  de  la  debilidad  del  Go- 
bierno, fueren  las  terribles  escenas  que  presenció  Madrid  el 
17  de  Julio  de  1834.  La  existencia  del  cólera  sirvió  á  algunos 
agitadores  para  lanzar  la  necia  calumnia  de  que  los  frailes  ha- 
bían envenenado  las  aguas,  y  las  autoridades  no  supieron  im- 
pedir el  que  las  turbas  penetraran  en  los  conventos  y  asesina- 
ran á  varios  religiosos. 

Reunidas  las  Cortes  pocos  días  después,  el  24  de  Julio, 
aparecieron  animadas  de  un  espíritu  tan  reformista,  que  aun 
no  teniendo  como  no  tenían  con  arreglo  al  Estatuto  el  derecho 
de  iniciativa,  consiguieron  hacer  prevalecer  proposiciones  tan 
significativas  como  la  referente  á  la  abolición  del  voto  de  San- 
tiago, otras  sobre  desamortización  civil  y  eclesiástica  y  supre- 
sión del  diezmo,  y  una  famosísima  de  D.  Joaquín  María  López, 
especie  de  Constitución  en  12  artículos,  en  los  que  se  garanti- 
zaban la  libertad  individual,  la  de  imprenta,  la  inviolabilidad 
del  domicilio  y  la  igualdad  ante  la  ley;  se  abolía  la  confisca- 
ción, se  establecía  la  responsabilidad  de  los  Ministros  y  fun- 
cionarios, y  se  creaba  la  guardia  nacional. 

Iniciada  esta  tendencia,  resueltamente  favorable  á  la  resu- 
rrección de  la  obra  de  las  Cortes  de  1820,  ó  irritados  los  espí- 
ritus por  la  ayuda  que  prestaban  á  Don  Carlos,  no  ya  gran 
parte  del  clero  regular,  sino  algunos  Obispos,  era  lógico  que 
no  resultase  Martínez  de  la  Rosa  el  hombre  que  se  necesitaba 


122  hx  p:spaña  moderna 


para  desarrollar  esa  política.  El  estado  de  la  guerra  y  el  ha- 
berse decidido  el  Gobierno  á  solicitar  la  intervención  extran- 
jera contra  el  voto  de  su  Presidente,  hicieron  lo  demás,  y 
Martínez  de  la  Rosa  fue  sustituido  por  el  Conde  de  Toreno. 

Tres  meses  nada  más  pudo  éste  sostenerse  en  el  Gobierno; 
pero  en  tan  breve  plazo  hizo  no  poco  en  el  camino  de  afirmar 
la  supremacía  del  poder  civil,  ora  aboliendo  las  Juntas  de  fe, 
ora  suprimiendo  la  Compañía  de  Jesús,  ya  reduciendo  el  nú- 
mero de  los  conventos. 

Su  primera  disposición  en  tal  sentido  fue  la  Real  orden 
de  1.^  de  Julio  de  1835,  por  la  cual  se  mandó  cesar  las  Juntas 
llamadas  de  fe,  que  sorda  y  abusivamente  habían  reaparecido 
después  de  la  reacción  de  1823,  y  se  dispuso  que  los  Prelados 
y  sus  Vicarios,  abandonando  el  método  de  sustanciar  seguido 
por  la  extinguida  Inquisición,  se  ajustasen  en  las  causas  cuyo 
conocimiento  les  estaba  reservado,  á  lo  dispuesto  en  la  ley  2.*, 
título  26,  Partida  vii,  á  los  Sagrados  Cánones  y  al  Derecho 
común.  A  ésta  siguió  pocos  días  después,  el  4  de  Julio,  un 
Real  decreto  suprimiendo  perpetuamente  la  Compañía  de  Je- 
sús, que  se  había  mandado  restablecer  por  otro  Real  decreto 
de  29  de  Mayo  de  1815,  quedando  éste  revocado  y  anulado, 
como  lo  había  sido  ya  por  las  Cortes  en  1820;  se  mandaba 
ocupar  sin  pérdida  de  momento  las  temporalidades;  se  dispo- 
nía que  los  bienes,  rentas  y  efectos  de  la  Compañía  se  aplica- 
sen á  la  extinción  de  la  deuda  ó  pago  de  sus  réditos,  y  se  conce- 
dían á  los  sacerdotes  y  legos  españoles  de  aquella  Orden  pen- 
íiiones  de  cinco  y  tres  reales  respectivamente.  Por  cierto  que 
la  Santa  Sede,  que  ya  en  10  de  Abril  anterior  había  protesta- 
do de  la  aplicación  de  los  bienes  de  las  Corporaciones  eclesiás- 
ticas al  pago  de  la  Deuda,  no  sólo  protestó  también  de  la  pu- 
blicación de  ese  decreto,  sino  que  mandó  que  se  retirase  el 
Nuncio  en  Madrid. 

Complemento  en  cierto  modo  de  las  dos  disposiciones  an- 
teriores, fue  el  Real  decreto  de  25  de  Julio  suprimiendo  con- 
centos. 


SUPRESIÓN  DE  LAS   ÓRDENES   RELIGIOSAS   EN   ESPAi^A      123 

«El  aumento  inconsiderado  y  progresivo  de  monasterios  y 
conventos — se  decía  én  la  exposición  de  motivos  de  dicho  de- 
creto,— el  excesivo  número  de  los  unos  y  la  cortedad  de  los 
otros,  la  relajación  que  era  consiguiente  de  la  disciplina  re- 
gular y  los  males  que  de  aquí  se  seguían  á  la  Religión  y  al 
Estado,  excitaron  más  de  una  vez  para  su  corrección  el  celo 
d©  los  Reyes  de  España,  el  del  Reino  junto  en  Cortes,  y  aun 
el  de  la  Santa  Sede.  Así  es  que  por  una  de  las  condiciones  de 
millones  se  previno  que  no  se  concediesen  licencias  para  nue- 
vas fundaciones  de  monasterios,  aunque  fuese  con  título  de 
hospederías,  misiones,  residencias  ú  otra  cualquiera;  y  que  la 
Silla  Apostólica  ha  expedido  varios  Breves  cometidos  á  Prela- 
dos de  estos  Reinos  para  la  reforma  en  ellos  de  los  regulares, 
la  que  sin  embargo  no  llegó  á  tener  el  efecto  deseado  por  cir- 
cunstancias imprevistas.  De  aquí  procede  que  existan  hoy  en 
España  más  de  900  conventos,  que  por  el  corto  número  de  sus 
individuos  no  pueden  mantener  la  disciplina  religiosa  ni  ser 
útiles  á  la  Iglesia.»  Teniendo  además  presente  que,  conforme 
á  varias  Constituciones  Apostólicas  de  diferentes  Pontífices, 
se  requería  en  todo  convento,  á  lo  menos,  el  número  de  doce 
religiosos  profesos,  cuyas  dos  terceras  partes  fuesen  de  coro, 
se  disponía  que  quedasen  suprimidos  los  conventos  que  no  tu- 
viesen dichos  doce  religiosos,  debiendo  ser,  cuando  menos, 
ocho  de  coro;  que  lo  mismo  se  hiciese  en  adelante  con  los  que 
se  redujesen  á  menos  de  dicho  número;  que  se  exceptuasen  de 
esta  disposición  á  las  casas  de  clérigos  regulares  de  las  Escue- 
las Pías  y  los  Colegios  de  misioneros  para  las  provincias  de 
Asia;  y  que  los  bienes,  rentas,  etc.,  de  los  conventos  suprimi- 
midos  se  aplicasen  á  la  extinción  de  la  Deuda  ó  pago  de  sus 
intereses. 

No  logró  con  esto  el  Conde  de  Toreno  desarmar  á  la  opo- 
sición. El  mismo  día  en  que  se  firmó  el  anterior  decreto,  las 
turbas  prendieron  fuego  á  los  conventos  en  Barcelona;  y  como 
al  propio  tiempo  hubo  motines  y  asonadas  en  todas  partes, 
corrió  la  sangre  hasta  en  la  misma  corte,  Mendizábal,  nom- 


124  LA  esi'aS^a  moderna 


brado  Ministro  de  Hacienda,  se  declaró  de  oposición  al  Go- 
bierno, ei  representante  inglés  contribuyó  á  su  descrédito,  y 
el  Capitán  General  de  Madrid,  el  infortunado  Quesada,  decla- 
ró que  no  podía  garantizar  la  seguridad  personal  del  Presi- 
dente, dimitió  Toreno,  y  la  Seina  confió  la  jefatura  del  nuevo 
Gobierno  al  General  Álava,  quien  no  aceptó,  quedando  como 
Presidente  interino  D.  Juan  Alvarez  de  Mendizábal. 


Pocos  hombres  lian  llegado  al  Poder  rodeados  de  tan  gran- 
des prestigios  é  infundiendo  tantas  esperanzas  como  Mendizá- 
bal. Si  sus  antecedentes  liberales,  sus  servicios  á  la  causa  cons- 
titucional y  las  persecuciones  que  por  ésta  había  sufrido  le 
hacían  sumamente  simpático  á  la  opinión  avanzada,  las  dotes 
que  había  demostrado  contribuyendo  poderosamente  al  triun- 
fo de  Doña  María  de  la  Gloria,  en  Portugal,  eran  causa  de  qa© 
las  personas  competentes  en  cuestiones  de  Hacienda  fiaraa 
mucho  en  su  talento  y  en  su  iniciativa. 

El  mismo  día  de  su  advenimiento  al  Poder  (14  de  Septiem- 
bre de  1835)  puso  Mendizábal  en  manos  de  la  Seina  Gober- 
nadora una  especie  de  programa,  documento  notable  por  la 
sencillez  con  que  está  escrito  y  por  la  franqueza  con  que  abor- 
daba las  cuestiones,  y  en  el  cual  anunciaba  el  propósito  del 
nuevo  Gobierno  de  poner  fin  á  la  guerra  sin  otros  recursos  que 
los  nacionales;  fijar  de  una  vez  la  suerte  futura  de  las  corpo- 
raciones religiosas;  consignar  en  leyes  tjdos  los  derechos  que 
emanan  y  son,  por  decirlo  así,  el  único  y  sólido  sostén  del  ré- 
gimen representativo;  reanimar  y  vigorizar  el  crédito  públi- 
co, y  en  fin,  «procurar  afianzar  con  las  prerrogativas  del  Tro- 
no los  derechos  y  los  deberes  del  pueblo,  porque  sin  este  equi- 
librio es  ilusiva  toda  esperanza  de  pública  felicidad». 

Grandes  eran  los  compromisos  que  en  este  documento  con- 
traía Mendizábal.  ¿Cómo  era  posible  terminar  la  guerra  sia. 


SUPJRESIÓN   DE    LAS    ÓRDEKES   RELIfílOBAS    EN    ESPAÑA      125 

Otros  recursos  qne  los  nacionales?  ¿Dónele  tenía  el  país  la  suma 
de  millones  que  era  necesaria  para  tal  empresa?  ¿Era  sincero 
en  este  punto  el  nuevo  Ministro,  ó  constituía  semejante  pro- 
mesa un  habilísimo  recurso  para  interesar  á  todas  las  clases 
sociales  que  ansiaban  la  paz,  en  la  ejecución  de  sus  proyectos? 
¡Quién  sabe!  Lo  único  cierto  y  positivo  es  que  bien  pronto 
pudo  comprenderse  que  Mendizábal  fiaba  el  éxito  de  su  plan 
á  la  desamortización,  y  que  era  antecedente  obligado  de  ésta 
la  supresión  de  las  Ordenes  religiosas.  Por  aquí  comenzó. 

El  decreto  de  Toreno  de  25  de  Jalio  reduciendo  el  número 
de  los  conventos,  había  sido  cumplido  con  exceso  por  las  Jun- 
tas revolucionarias,  pues  éstas  hubieron  de  cerrar  casas  de  re- 
ligiosos cuya  existencia  no  tenía  impedimento  legal.  La  ex- 
claustración era  un  hecho  cuando  subió  Mendizábal  al  Poder, 
pero  un.  hecho  ilegal,  porque  se  había  llevado  á  cabo  sin  con- 
tar con  la  Santa  Sede  y  sin  el  concurso  del  Parlamento.  No  lo 
rectificó  ni  en  el  fondo  ni  en  la  forma.  Lejos  de  hacerlo  así.  el 
Keal  decreto  de  11  de  Octubre  del  mismo  año  sancionó  la  obra 
de  las  Juntas. 

«Aunque  por  mi  Real  decreto  de  25  de  Julio  de  este  año — 
se  decía  en  el  preámbulo — apliqué  el  remedio  que  me  pareció 
exigían  entonces  más  de  pronto  los  graves  males  que  causaba 
á  la  Religión  y  al  Estado  la  subsistencia  de  tantos  monaste- 
rios y  conventos  faltos  del  número  canónico  de  individuos  que 
se  necesita  para  la  observancia  de  la  disciplina  religiosa,  to- 
davía ]as  representaciones  que  se  me  han  dirigido  de  varias 
nartes  de  la  Monarquía  me  hacen  estimar  indispensable  y  muy 
urgente  una  reforma  más  extensa,  considerando  cuan  despro- 
porcionado es  á  los  medios  actuales  de  la  Nación  el  número  de 
casas  monásticas  que  queda,  cuan  inútiles  ó  innecesarias  son 
la  mayor  parte  de  ellas  para  la  asistencia  espiritual  de  los 
fieles,  cuan  grande  el  perjuicio  que  al  Reino  se  le  sigue  de  la 
amortización  de  las  fincas  que  poseen,  y  cuánta  la  convenien- 
cia pública  de  poner  éstas  en  circulación  para  aumentar  los 
recursos  del  Estado  y  abrir  nuevas  fuentes  de  riqueza.»  Por 


126  LA    ESI'ASA.    MODEÍÍNA 


castas  consideraciones  se  decretaba  la  supresión  de  todos  los 
monasterios  de  Ordenes  monacales,  ios  de  canónigos  reglares 
de  San  Benito  de  la  coní^regación  claustral  Tarraconense  y 
Cesarangustana,  los  de  San  Agustín  y  los  Premostratenses, 
cualquiera  que  fuese  el  número  de  religiosos  de  que  constaran. 
De  la  supresión  quedaban  exceptuad oí^j,  si  se  hallaban  abiertos, 
los  monasterios  de  la  Orden  de  San  Benito,  el  de  Montserrat 
en  Cataluña,  San  Juan  de  la  Peña  y  San  Benito,  de  Vallado- 
lid;  de  la  de  San  Jerónimo,  los  de  El  Escorial  y  Guadalupe; 
de  la  de  San  Bernardo,  el  de  Poulet;  de  la  de  Cartujos,  el  del 
Paular,  y  de  la  de  San  Basilio,  la  casa  que  tenía  en  Sevilla; 
pero  todos  éstos  con  la  cláusula  de  por  ahora,  con  absoluta 
prohibición  de  dar  hábitos  y  admitir  á  profesión  á  los  novi- 
cios, y  con  calidad  de  que  los  bienes  y  rentas  quedasen  tam- 
bién aplicados  al  crédito  público  como  los  do  las  casas  supri- 
midas. 

No  se  detuvo  aquí  Mendizábal.  Revestido  por  las  Cortes 
del  amplísimo  voto  de  confianza,  de  la  verdadera  dictadura 
que  entrañaba  la  le}''  de  16  de  Enero  de  1836,  dio  un  paso  más, 
el  definitivo,  en  el  camino  que  había  emprendido.  Por  el  ar- 
tículo 3.^  de  dicha  ley  se  autorizaba  al  Gobierno  para  propor- 
cionarse los  recursos  necesarios  á  fin  de  terminar  la  guerra, 
pero  consignando  que  no  podría  buscarlos  «en  nuevos  emprés- 
titos ni  en  la  distracción  de  los  bienes  del  Estado  destinados, 
ó  que  en  adelante  se  destinaren,  á  la  consolidación  ó  amortiza- 
ción de  la  Deuda  pública,  cuya  mejora  procurará  asegurando 
la  suerte  de  todos  sus  acreedores».  ¿De  dónde  habían  de  salir 
esos  recursos,  no  recurriendo  á  la  emisión  de  nuevos  emprés- 
titos, sino  de  la  venta  de  bienes  nacionales?  Mas  para  ello  era 
preciso  continuar  la  obra  de  la  exclaustración,  y  Mendizábal, 
sin  recurrir  á  las  Cámaras,  hizo  cerrar  los  conventos.  En  Ma- 
drid fae  el  Gobernador  civil,  Olózaga,  el  que  en  la  noche  del  17 
al  18  de  Enero  se  presentó  en  los  conventos  é  hizo  salir  de 
ellos  á  los  frailes,  abandonándolos  á  «una  caridad,  dice  Bur- 
gos, que  la  miseria  pública  iba  cada  día  reduciendo  á  más  es- 


SUPRESIÓN   DIO    LAS   ÓRDENES  RELIGIOSAS    KN   ESPAÑA      127 

trecha  esfera».  El  25  nombró  una  Comisión  para  convertir  los 
edificios  evacuados  en  cuarteles  y  plazas,  y  el  8  de  Marzo, 
cuando  en  realidad  era  un  hecho  la  supresión,  decretó  la  do 
todas  las  Ordenes  religiosas.  Semejante  conducta  era  algo  más 
que  ilegal,  era  una  sangrienta  burla. 

«Considerando  — hizo  decir  á  la  Reina — que  la  supresión  do 
las  casas  de  los  Institutos  regulares  es  una  necesidad  reclama- 
da por  razones  de  alta  conveniencia  para  el  Estado  3^  para  los 
individuos  que  han  formado  ó  forman  las  Comunidades  de  los 
Monasterios  y  Conventos;  que  en  la  mejora  da  la  suerte  de  los 
acreedores  á  la  nación  se  libra  el  bienestar  de  inmenso  núme- 
ro de  familias,  y  en  mucha  parte  el  fomento  de  la  riqueza  pú- 
blica; que  la  cuantía  de  la  Deuda  exige  medios  grandes  y  efi- 
caces que  es  forzoso  buscar  sin  gravamen  de  los  pueblos  y  sin 
menoscabo  do  los  recursos  requeridos  por  la  guerra  interior; 
y  en  fai,  que  al  disponer  de  los  bienes,  rentas  y  derechos  do 
ios  E-egülares  de  uno  y  otro  sexo  es  de  rigurosa  justicia  y  (1,3 
suma  predilección  en  mi  Real  y  piadoso  ánimo  el  asegurar  á 
todos  una  existencia  honesta  y  decorosa,  propia  de  íoh  senti- 
mientos religiosos  de  esta  nación  católica,   «decretaba  la  su- 
presión de  todos  los  Monasterios,   Conventos,  Colegios,  Con- 
gregaciones y  demás  casas  de  Comunidad  ó  de  Instituto  reli- 
gioso de  varones,  incluso  las  de  clérigos  regulares;  las  de  bis 
cuatro  Ordenes  militares  y  San  Juan  de  Jerusalem,  y  todos 
los  Beateríos  cuyo  Instituto  no  fuese  la  hospitalidad  ó  la  en.se- 
ñanza  primaria,  exceptuando  de  esta  disposición  los  Colegios 
de  Misioneros  para  las  provincias  de  Asia,  de  Valladolid,  Oca- 
fía  y  Mouteagudo;  las  casas  de  clérigos  de  las  Escuelas  Pías  y 
los  Conventos  de  Hospitalarios  de  San  Juan  de  Dios  que  se  ha- 
llaban entonces  abiertos.  En  el  mismo  decreto  se  creaban  Jun- 
tas en  todas  las  cabezas  de  diócesis,  encargadas  de  reducir  el 
número  de  Conventos  de  monjas  al  absolutamente  indispensa- 
ble para  contener  con  comodidad  á  las  que  quisieran  continuar 
en  ellos,  distribuyendo  las  de  los  suprimidos  entre  las   demás 
de  la  misma  Orden  que  subsistieran,  debiendo  ajustarse  la  su- 


128  LA   ESPAÑA   MODERNA 


presión  á  estas  dos  bases:  que  no  se  conservase  abierto  ningún 
Convento  que  tuviese  menos  de  veinte  religiosas  profesas,  y 
que  no  se  permitieran  en  una  misma  población  dos  ó  más  Con- 
ventos de  una  misma  Orden.  Además  se  prohibía  la  admisión 
de  novicios,  y  se  autorizaba  á  los  religiosos  de  ambos  sexos 
para  pedir  su  exclaustración. 

Un  mes  después,  el  18  de  Abril,  tomando  en  cuenta  «la  re- 
presentación de  algunas  religiosas  que,  con  la  sumisión  y  hu- 
mildad correspondientes  á  su  estado,  manifestaron  el  vivo  de- 
seo de  acabar  sus  días  en  los  Conventos  en  que  se  hallaban,  y 
el  dolor  que  les  causaría  su  salida  de  ellos*,  se  autorizó  á  las 
Juntas  diocesanas  para  proponer,  cuando  ocurriesen  circuns- 
tancias especiales,  que  quedasen  abiertos  algunos  Conventos 
con  menos  de  veinte  religiosas  para  que  subsistieran  en  algu- 
nas capitales  dos  de  una  misma  regla,  ó  para  reunir  religiosas 
de  reglas  diversas  en  un  mismo  edificio. 

Antes  de  esto  habíanse  disuelto  las  Cortes  y  convocado  las 
nuevas  para  el  22  de  Marzo.  Las  elecciones  dieron  al  Gobier- 
no uno  de  esos  triunfos  peligrosos  por  su  misma  magnitud, 
pues  en  tanto  que  Mendizábal  reunió  los  sufragios  de  siete 
provincias,  los  liberales  moderados,  como  Toreno  y  Martínez 
de  la  E-osa,  quedaron  excluidos  del  Parlamento,  lo  cual  no  fue 
obstáculo  para  que  bien  pronto  se  formase  tan  fuerte  núcleo 
oposicionista,  que  los  Proceres  acordaron  se  suspendiese  la  eje- 
cución de  los  decretos  de  19  de  Febrero  y  1.°  de  Marzo  sobre 
bienes  nacionales.  Esto  y  la  resistencia  de  la  Reina  á  firmar 
el  relevo  de  Córdova  y  otros  Generales,  determinó  la  caída  de 
Mendizábal. 

El  nuevo  Ministerio,  presidido  por  Istúriz,  tuvo  efímera 
vida,  del  15  de  Mayo  al  13  de  Agosto  de  1836,  pues  habiéndose 
visto  obligado  á  disolver  las  Cortes,  los  exaltados  se  lanzaron 
por  el  camino  de  la  violencia,  sucedióndose  los  motines  hasta 
que  la  insurrección  de  los  sargentos  en  la  Granja  obligó  á  la 
Reina  Gobernadora  á  jurar  el  Código  de  1812  y  á  confiar  la 
jefatura  del  Gobierno  á  Calatrava,  que  distribuyó  las  carteras 


SUPRESIÓN   DE   LAS   ÓRDENES  RELIGIOSAS   EN   ESPAÑA      129 

entre  Mendizabal,  Gil  de  la  Cuadra,  D.  Joaquín  María  López 
y  otros  liberales  caracterizados,  convocando  Cortes  Constitu- 
yentes para  el  24  de  Octubre. 

Obra  de  esas  Cortes  fueron  la  Constitución  de  1837,  y  las 
leyes  de  supresión  de  los  diezmos  y  de  las  Ordenes  religiosas. 


VI 


Aunque  en  realidad  las  Cortes  habían  cumplido  su  man- 
dato al  votar  la  nueva  Constitución,  hubieron  de  continuar 
por  su  propia  voluntad,  ocupándose,  entre  otros  asuntos,  del 
l^oyecto  relativo  á  las  Ordenes  religiosas,  acerca  del  cual  ha- 
bían dado  dictamen  el  16  de  Febrero  las  Comisiones  eclesiás- 
tica y  de  legislación,  firmándolo  los  Sres.  Grómez  Becerra, 
Bartolomé  Venegas,  Ramón  Salvato,  Pedro  Clemente  Ligues, 
José  de  la  Fuente  Herrero,  Pascual  Fernández  Baeza,  Anto- 
nio Martínez  Velasco,  Antonio  González,  Diego  González 
Alonso,  Miguel  Joven  de  Salas,  Ángel  Fernández  de  los  Ríos, 
Fermín  Caballero,  Jaime  Gil  Orduña,  Juan  Bautista  Osea  y 
José  Vázquez  de  Parga. 

.  Las  Comisiones,  razonando  su  dictamen,  después  de  afir- 
mar que  no  creían  que  era  ya  necesaria  la  existencia  de  los 
institutos  monásticos,  añadían  lo  siguiente,  que  fija  el  alcance 
de  aquél: 

«Razones,  no  obstante,  de  conveniencia  pública  no  permi- 
ten que  desde  luego  desaparezcan  totalmente  estas  institucio- 
nes religiosas.  Por  una  parte,  los  grandes  servicios  que  aún 
prestan  á  la  religión  y  al  Estado  los  misioneros  de  Filipinas, 
extendiendo  la  doctrina  evangélica  por  aquellos  remotos  paí- 
ses y  robusteciendo  en  sus  pueblos  la  fidelidad  á  la  Metrópoli, 
han  movido  á  las  Comisiones  á  que  exceptúen  de  la  medida 
general  las  casas  de  misioneros  de  Valladolid,  Ocaña  y  Mon- 
teagudo,  conservando  estos  seminarios  de  los  que  se  ocupan 
de  trabajos  tan  útiles  á  la  patria,  no  ya  como  Conventos,  sino 
E.  M.—Septiembre  1902.  9 


130  LA  espaS^a  moderna 


como  Colegios  dependientes  y  regidos  por  reglamentos  del  Gro- 
bierno.  Yen,  por  otra  parte,  que  la  instrucción  pública  y  la 
hospitalidad  se  hallan  en  algunos  pueblos  á  cargo  de  Comuni- 
dades religiosas;  y  como  estos  importantes  objetos  no  pueden 
quedar  desatendidos,  ni  es  fácil  en  el  momento  reemplazar  por 
otros  medios  el  servicio  que  estas  Comunidades  prestan,  pro- 
ponen las  Comisiones  que  se  autorice  al  Gobierno  para  conser- 
var interinamente  en  algunos  puntos  las  casas  que  están  dedi- 
cadas á  la  hospitalidad  y  á  la  enseñanza  pública;  y  si  bien  hu- 
bieran querido  fijar  un  término  dentro  del  cual  el  Gobierno 
proveyese  por  otros  medios  á  estos  interesantes  objetos,  el  es- 
tado de  guerra  en  que  por  desgracia  se  encuentra  la  nación  no 
permite  que  pueda  calcularse,  ni  aun  aproximadamente,  el 
tiempo  que  se  necesita  para  esta  obra.»  En  el  fondo,  el  dicta- 
men no  era  más  que  el  desenvolvimiento  del  Real  decreto  de  8 
de  Marzo  de  1836. 

La  discusión  no  comenzó  hasta  el  28  de  Mayo,  y  el  mismo 
día  se  aprobaron  sin  debate  la  totalidad  y  el  artículo  1.®,  en 
que  se  decretaba  la  supresión  de  las  Ordenes.  No  puede  sor- 
prender esto,  porque  si  en  realidad  ese  precepto  estaba  ya 
cumplido,  ¿á  qué  conducía,  no  siendo  posible  entonces  el  res- 
tablecimiento de  los  Institutos  suprimidos,  discurrir  sobre  la 
conveniencia  de  aquella  medida?  «Aquí — dijo  luego  un  sacer- 
dote, el  Sr.  García  Blanco,  pintando  gráficamente  la  situa- 
ción de  las  cosas, — aquí  ya  la  voluntad  general  está  declara- 
da, la  opinión  pública  está  explícitamente  pronunciada;  ya  no 
hay  monacales^  ni  regulares^  ni  conventos. y> 

No  había  regulares  ni  conventos,  y  sin  embargo,  esa  opi- 
nión á  que  aludía  el  Sr.  García  Blanco,  no  se  dio  por  satisfe- 
cha y  los  arts.  2.^,  3.**  y  4.°,  en  los  que  se  exceptuaban  de 
la  supresión,  aunque  con  carácter  provisional  y  con  múltiples 
cortapisas,  á  los  Colegios  de  Misioneros  para  Filipinas,  á  los 
Escolapios  y  á  algunas  casas  de  hospitalarios,  fueron  objeto 
de  viva  impugnación. 

El  mismo  orador  citado,  el  Sr.  García  Blanco,  sostuvo  que 


SUPRESIÓÍÍ   DK   LAS   ÓRDENES   RELIGIOSAS   EN   ESPAÑA      131 


no  había  diferencia  esencial  entre  los  misioneros  y  los  demás 
regulares,  atribuyendo  á  unos  y  otros  idénticos  defectos  y 
abogando  por  la  creación  de  otras  casas  donde  se  educasen  mi- 
sioneros de  una  nueva  clase.  «Los  misioneros — dijo — que  de 
hoy  en  adelante  salgan  á  convertir  infieles  y  á  ilustrar  á  los  in- 
dividuos de  una  nación  libre  é  ilustrada,  deben  diferenciarse 
de  una  manera  notable  de  los  que  salían  de  un  reino  sujeto  al 
despotismo  y  aherrojado  con  las  cadenas  de  la  Inquisición. 
Conozcan  ya  en  adelante  hasta  los  salvajes  del  Asia  que  la 
España  es  libre  y  que  los  misioneros  de  hoy  día  no  van  ya  ar- 
mados del  látigo  y  el  crucifijo  como  iban  en  otro  tiempo,  sino 
del  amor  y  de  la  filantropía  más  exquisita  y  de  cuantos  cono- 
cimientos pueden  desearse  de  política,  de  urbanidad,  de  cien- 
cias y  artes.» 

Otro  orador,  el  Sr.  Urquinaona,  se  expresó  en  estos  tér- 
minos: 

«Las  Cortes  saben  que  antes  de  publicarse  la  ley  de  25  de 
Octubre  de  1820  había  en  la  Península  1.982  conventos,  de  los 
cuales  fueron  suprimidos  836  en  virtud  de  esta  ley.  Saben  que 
á  su  fecha  había  20.757  frailes  ordenados  in  sacris,  sin  contar 
los  monacales.  Saben  que,  á  pesar  de  la  resistencia  del  Nuncio 
y  de  los  Obispos,  se  habían  secularizado  4.447,  y  que  en  1.^  de 
Marzo  de  1822  quedaban  16.310,  inclusos  los  que  tenían  ins- 
tancias pendientes,  de  las  que  algunas  se  despacharían  y  otros 
morirían  en  más  de  año  y  medio  que  corrió  hasta  1.**  de  Octu- 
bre de  1823,  en  que  ya  no  habría  tal  vez  ni  12.000  frailes  en 
los  claustros. 

»Pues  estos  señuelos — añadió — bastaron  para  reunir  los 
61.727  que  en  el  año  de  1830  presentó  el  Correo  Literario  de 
esta  corte  y  el  Diario  de  Sevilla  de  9  de  Febrero  de  1831;  por 
manera  que  en  siete  años  tuvo  la  población  monacal  un  au- 
mento de  cerca  de  50.000  frailes.  ¿Y  todavía  pensamos  dejar 
un  solo  grano  de  semilla  tan  fecunda  y  perjudicial?» 

Combatiendo  la  conservación  de  los  misioneros,  dijo: 

«Yo  los  veo  pasar  doscientos  años  en  pugna  con  los  Ordi- 


132  LA    liSPAÑA    MODERNA 


narios  para  sostener  los  privilegios  y  exenciones  que  obtuvie- 
ron de  Roma  para  administrar  las  parroquias  y  dispensar  por 
sí  y  ante  sí  en  impedimentos  matrimoniales.  Los  veo  formar 
ligas  y  bandos  en  favor  de  sus  respectivas  comunidades.  Los 
veo  tomar  parte  en  las  discordias  civiles.  Veo  un  Arzobispo- 
clérigo  y  un  Obispo  fraile  delegado  del  Papa  que  mutuamente 
se  excomulgan  y  fijan  el  uno  sus  cedulones  en  las  puertas  de 
Ja  ciudad  y  el  otro  en  las  de  los  conventos,  armando  con  ga- 
rrotes á  los  legos  que  corrían  por  las  calles  apaleando  clérigos. 
Y  veo  cundir  esos  escándalos  y  disensiones  en  el  vecindario,, 
sin  creer  que  este  sea  el  modo  de  propagar  el  evangelio  y  con- 
servar la  paz  y  sosiego  de  las  islas.» 

Hubo,  en  fin,  otro  diputado,  el  Sr.  Huelves,  que  exageran- 
do las  cosas  no  vaciló  en  afirmar  lo  siguiente: 

«Yo  conozco  perfectamente  á  los  frailes  dominicos  que  hay 
en  mi  pueblo,  la  villa  de  Ocaña;  están  animados  de  los  peores 
sentimientos,  sus  ideas  son  malísimas,  y  puedo  asegurar  á  las 
Cortes  que  habiéndoseles  mandado  que  dejen  el  hábito  de 
frailes,  no  han  querido  hacerlo  y  se  han  constituido  en  prisión 
perpetua  y  hace  tres  ó  cuatro  meses  que  no  salen  del  con- 
vento.» 

Defendieron  el  artículo  los  Sres.  Gómez  Becerra,  que  esti- 
mó indispensables  los  misioneros  para  conservar  las  islas  Fili- 
pinas; Martínez  de  Velasco,  Ferrer,  que  hizo  cumplido  elogia 
de  la  acción  de  los  religiosos  en  el  Archipiélago,  y  el  Ministro 
de  Grracia  y  Justicia,  Landero,  que  sostuvo  que  el  Gobierno 
no  tenía  otro  medio  de  atender  á  las  necesidades  espirituales 
de  las  islas,  pero  que  se  reservaba  el  organizar  los  Colegios  de 
Misioneros  «á  fin  de  que  desaparezca  de  ellos,  en  cuanto  sea 
posible,  hasta  la  idea  de  frailes». 

Aprobado  el  art.  2.°,  impugnó  el  S.*"  el  Sr.  Madoz,  pero  no 
para  combatir  la  conservación  de  las  Escuelas  Pías,  sino  pre- 
cisamente para  hacer  un  elogio  de  sus  enseñanzas,  advertir 
que  el  pueblo,  enfurecido  contra  los  frailes,  tuvo  para  los  es- 
colapios testimonios  de  gratitud;  decir  que  el  país  no  podía. 


SUPRKSKkí    DE    LAS   ÓKDEXES   RELIGIOS^^S    EN"    ESPAÑ  V       133 


mirar  con  indiferencia  que  se  condenase  á  la  ignorancia  á  más 
<le  25.000  jóvenes,  generalmente  de  la  clase  menesterosa,  que 
^ran  educados  en  aquéllas,  y  expresar  el  temor  de  que  el  celo 
y  esmero  de  los  escolapios  desaparecieran  cuando  viesen  que, 
con  arreglo  á  dicho  artículo,  sólo  se  conservaban  algunas  de 
sus  casas  y  éstas  con  carácter  provisional.  Inconvenientes  que 
«alvo  fácilmente  el  Sr.  García  Blanco,  quien,  después  de  afir- 
mar que  los  escolapios  habían  proíesado  siempre  ideas  abso- 
lutistas, dijo  que  con  poner  ocho  maestros  en  la  escuela  de 
San  Antón  y  ocho  en  la  de  Avapiés,  quedaba  el  servicio  públi- 
<ío  desempeñado. 

El  artículo  fue  también  impugnado  por  los  Sres.  Grómez 
Acebo  y  Cabrera  de  Nevares,  pidiendo  éste  el  aumento  de  los 
escolapios,  3^  defendido  por  los  Sres.  Martínez  de  Velasco,  Gron- 
zález  (D.  Antonio)  y  Alcón,  quedando  aprobado,  como  asi- 
mismo el  4.^,  que  autorizaba  la  conservación  de  algunas  casas 
«de  hospitalarios  de  San  Juan  de  Dios,  siendo  esto  combatido 
por  los  Sres.  Alcón,  Miranda  y  Arguniosa,  y  defendido  por 
los  Sres.  Fernández  de  los  Ríos,  Fernández  Baeza,  Martínez 
de  Velasco  y  Gómez  Becerra. 

La  conservación,  que  autorizaba  el  art.  5.®,  de  algunas  ca- 
sas de  Hermanas  de  la  Caridad  de  San  Vicente  de  Paul  con 
la  condición  de  «por  ahora»,  y  debiendo  quedar  bajo  la  de- 
pendencia del  Gobierno  como  simples  establecimientos  civiles 
hospitalarios,  no  fue  impugnada  por  nadie.  El  único  Diputado 
que  sobre  esto  usó  de  la  palabra,  el  Sr.  Tarancón,  lo  hizo  para 
impugnar  las  limitaciones  que  consignaba  el  artículo  y  para 
elogiar  á  las  Hermanas  de  la  Caridad,  que  desde  que  en  1792 
se  introdujeron  en  España  para  el  cuidado  del  Hospital  gene- 
ral de  Lérida,  se  habían  extendido  por  toda  la  Península  «con 
no  menos  aplauso  que  beneficio  de  la  humanidad». 

Sin  debate  fueron  aprobados  los  arts.  6.**  y  7.^,  que  auto- 
rizaban al  Gobierno  para  conservar  algunas  casas  de  beatas 
■dedicadas  á  la  hospitalidad  y  enseñanza,  y  para  conservar  y 
arreglar  los  conventos  y  colegios  de  los  Santos  Lugares,  y  en 


134  LA   ESPANTA   MODERNA 


igual  forma  lo  fue  el  8.^,  que  obligaba  al  Gobierno  á  dar 
cuenta  á  las  Cortes  del  uso  que  hiciere  de  las  autorizaciones 
contenidas  en  los  cinco  artículos  anteriores. 

El  art.  9.^  era  una  excepción  á  lo  prevenido  en  el  1.°,  pues 
en  éste  se  suprimían  todos  los  conventos,  monasterios,  etcéte- 
ra, de  religiosos  de  ambos  sexos,  y  en  aquél  se  decía  que  las 
religiosas  profesas  que  quisieran  perseverar  en  el  género  de 
vida  que  habían  abrazado,  podrían  continuar  en  ella  bajo  el 
régimen  de  las  preladas  que  eligiesen  y  sujetas  á  los  ordina- 
rios diocesanos.  Claro  es  que  por  esto,  y  dado  el  criterio  do- 
minante en  la  Cámara,  el  artículo  había  de  ser  impugnado. 
Lo  fue,  en  efecto,  por  el  Sr.  Sorosarri,  cuyo  discurso  puede 
sintetizarse  en  esta  frase  con  que  concluyó:  libertad  nuestras 
vestales,  y  por  el  Sr.  Sancho,  el  cual  dijo  que  las  monjas  de- 
seaban salir,  pero  que  no  querían  que  apareciese  voluntaria 
su  salida,  sino  que  eran  echadas,  por  lo  cual  «las  mismas  mon- 
jas que  lo  desean,  chillan  cuando  se  trata  de  adoptar  esta  me- 
dida: tal  es  su  hipocresía». 

Aprobado  este  artículo,  el  debate  perdió  todo  interés,  por- 
que el  resto  del  dictamen  se  refería  á  puntos  reglamentarios^ 
ó  preceptuaba  lo  que  de  hecho  estaba  ya  establecido,  como  la 
aplicación  á  las  atenciones  de  la  Deuda  de  todos  los  bienes 
raíces,  rentas,  derechos  y  acciones  de  todas  las  casas  do  Comu- 
nidad de  ambos  sexos,  inclusas  las  que  quedasen  abiertas  (ar- 
tículo 20).  Así  es  que,  sin  discusión  muchos  de  ellos  y  con  li- 
geras observaciones  otros,  quedaron  aprobados  los  artículos 
siguientes,  habiéndose  suspendido  el  debate  el  4  de  Junio  y 
no  reanudándose  hasta  el  15  de  Julio.  El  22  se  votó  definitiva- 
mente, y  el  29  fue  sancionada  la  ley  por  la  Reina  Gobernadora. 

VII 

Fácil  es  advertir,  porque  aparece  perfectamente  señalado ^ 
el  dualismo  que  existe  en  el  fondo  de  la  obra  realizada  acerca 
de  las  Ordenes  religiosas,  de  1813  á  1837. 


SUPRESIÓN   DE  LAS   ÓRDENES  RELIGIOSAS  EN  ESPAJ&A      135 

En  una  parte  de  la  opinión,  sobre  todo  en  las  masas  de  de- 
terminadas capitales,  domina  en  esa  campaña  nn  interés  po- 
lítico. «El  haber  servido  al  principio  de  la  guerra  algunos 
conventos — dice  un  historiador  contemporáneo — para  la  fa- 
bricación de  municiones  y  de  asilo  á  los  carlistas;  el  haber 
promovido  tan  directa  y  eficazmente,  como  el  de  Capuchinos 
de  Bilbao  y  otros,  la  lucha  civil,  y  los  auxilios  que  muchos 
prestaban  á  los  rebeldes,  previnieron  en  contra  de  todos  al 
partido  liberal,  al  que  eran  evidentemente  desafectos.  Veía  el 
país  que  multitud  de  frailes  habían,  más  que  en  otro  tiempo, 
abandonado  aquellos  asilos  de  paz  por  el  campamento,  y  tro- 
cado el  sayal  del  religioso  por  el  uniforme,  la  cruz  por  el  fusil, 
y  esparcían  por  doquier,  en  nombre  de  un  Dios  de  paz  y  de 
amor,  á  quien  ofendían,  la  desolación  y  el  espanto.»  Unido 
^sto  al  carácter  de  la  propaganda  realizada  por  ciertas  socie- 
dades, dio  á  la  agitación  de  las  masas  un  tinte  anticlerical. 

En  otras  esferas,  especialmente  entre  los  gobernantes,  pre- 
valece el  aspecto  económico,  la  tendencia  á  la  desamortiza- 
ción, el  propósito  de  dar  á  la  propiedad  los  caracteres  de  libre 
ó  individual;  y  si  es  verdad  que  no  se  desatiende  el  aspecto 
político,  se  sirve  á  la  causa  constitucional  mediante  la  reali- 
zación de  aquella  empresa. 

De  aquí  que  si  bien  no  faltan  en  las  Cortes  de  1820  ni  en 
las  de  1836  enemigos  declarados  de  las  Ordenes  religiosas, 
predominan  los  que  atienden  con  preferencia  al  aspecto  social 
de  aquella  campaña;  y  en  todas  las  leyes  y  Reales  decretos  que 
sobre  la  -materia  se  dictan,  se  nota  la  preocupación  que  causa 
el  problema  de  la  propiedad.  ¡Lástima  grande  que  intereses 
políticos  de  momento  impidieran  atender  las  oportunas  adver- 
tencias de  Flores  Estrada  sobre  la  finalidad  de  la  desamorti- 
zación! 

Jerónimo  Becker. 


EL  AMO  SOCIOLÓGICO  (1901) 


A  la  vista  tengo  el  tomo  VIII  de  los  Aúnales  de  Vlnstittit 
international  de  Sociologie  (1)  y  el  V  de  VArmée  sociologi- 
que  (2),  publicación  la  primera,  como  es  sabido,  dirigida  por 
M.  Worms,  y  la  segunda  por  M.  Durkli«im,  y  que  son  las  que 
venimos  tomando  como  base  principal  para  hacer  estos  resú- 
menes anuales  del  movimiento  científico  de  la  Sociología  (3). 

Contienen  ambas  publicaciones  los  trabajos  que  es  costum- 
bre que  cada  uno  contenga:  á  saber,  las  dos,  monografías  más 
<5  menos  largas  j  especiales  y  el  A  fio;  además,  las  numerosas, 
numerosísimas  notas,  análisis  y  críticas  délas  obras  sociológi- 
cas publicadas  en  todo  el  mundo  durante  el  período  á  que  sus 
indicaciones  se  refieren:  esta  vez  de  1900  á  1901. 

Las  monografías  no  ofrecen  la  misma  variedad  que  en 
otras  ocasiones.  En  VAnnée  de  M.  Durkheim  figuran  dos  de 
indudable  interés,  una  de  M.  Simiand,  que  es  un  Estudio  acer- 
ca del  precio  del  carbón  en  Francia  y  en  el  siglo  Z/X,  y  otra 


(1)  París,  Giard  y  Briere,  editores. 

(2)  París,  F.  Alean,  editor. 

(3)  Los  resúmenes  de  los  cuatro  años  anteriores  los  ha  reunido,  con 
otros  trabajos  análogos,  eu  mi  libro  Literatura  y  problemas  de  la  Socio- 
logia. 


EL   AÑO   SOCIOLÓGICO   (1901)  137 

del  propio  Profesor  Diirkheim  sobre  El  totemismo.  En  los 
Anales  no  figuran  como  en  los  volúmenes  anteriores,  trabajos 
relativos  á  diferentes  temas  sociológicos,  sino  que  se  contienen 
en  éste  varias  memorias  y  resúmenes  de  discursos  acerca  de 
un  solo  tema,  de  importancia  capital,  es  verdad:  del  Materia- 
lismo histórico  ó  económico^  tema  que  implica,  entre  otras  co- 
sas, una  de  las  fórmulas  más  interesantes  y  de  superior  influjo 
científico  del  «marxismo».  Estas  memorias  y  discursos  cons- 
tituyeron en  su  día,  en  su  mayoría,  los  debates  habidos  en 
parte  de  las  sesiones  del  Congreso  del  Instituto  de  sociología 
celebrado  en  1900  en  París,  y  no  incluidos  en  el  tomo  VII  por 
su  relativa  extensión.  Las  varias  memorias  escritas  en  el  año 
1901  por  algunos  de  los  miembros  del  Instituto  que  no  habían 
asistido  al  Congreso  (los  Sres.  Eouillée,  Tarde,  Sanz  y  Escar- 
tín  y  Winiarsky),  forman  el  contenido  de  este  volumen  VIII 
de  que  doy  cuenta. 

Para  ordenar  los  materiales  á  que  en  el  presente  artículo 
necesito  referirme,  haré,  ante  todo,  ligeras  indicaciones  res- 
pecto de  las  memorias  ó  monografías  de  ambas  publicaciones, 
dejando  para  luego  la  indicación  y  apreciación  del  movimien- 
to sociológico,  tal  cual  resulta  éste  reflejado  en  la  segunda 
parte  de  Análisis  de  los  trabajos  publicados  desde  1.°  de  Ju- 
lio de  1900  á  30  de  Junio  de  1901,  en  el  Año  de  M.  Dur- 
kheim. 


II 


El  ensayo  sobre  el  precio  del  carbón,  de  M.  Simiand,  tiene, 
á  mi  modo  de  ver,  un  especial  interés  desde  dos  puntos  de 
vista;  en  cuanto  mediante  él  se  han  ordenado  y  relacionado 
datos  y  noticias,  apreciaciones  y  consideraciones  acerca  del 
complejo  fenómeno  económico  que  estudia,  y  porque  es  un 
ejemplo  de  la  aplicación  que  puede  hacerse  de  un  método  y  de 
una  doctrina  social,  al  análisis  real  de  aquel  fenómeno,  el  pre- 


138  LA   ESPAÑA    MODERNA 


CÍO  del  carbón,  determinado  por  las  condiciones  positivas  de 
espacio  (Francia)  y  de  tiempo  (en  el  siglo  xix). 

Aunque,  como  acabo  de  decir,  ambos  puntos  de  vista  tie- 
nen interés,  para  el  objeto  presente,  sólo  importa  el  segundo, 
esto  es,  importa  señalar  el  criterio  verdaderamente  sociológico 
con  que  el  autor  procede  á  la  investigación  de  la  evolución  del 
precio  de  una  mercancía  dada,  el  carbón. 

La  idea  capital  de  que  M.  Simiand  parte  es  la  de  que  el 
precio  es  un  fenómeno  en  el  cual  hay  un  elemento  esencial,  que 
es  independiente  hasta  de  aquellos  mismos  individuos  que  en 
la  venta  y  compra  de  las  cosas  siguen  la  acción  de  las  exigen- 
cias del  régimen  económico,  y  parece  que  lo  fijan  y  determi- 
nan. Ahora  bien,  escribe  M.  S.,  «ese  elemento  esencial  del 
precio  es  el  hecho  objetivo  de  que  debe  partirse  en  un  estudio 
científico  positivo»,  estudio  de  observación  de  los  precios  rea- 
les. Por  otra  parte,  y  ésta  es  quizá  la  indicación  más  intere- 
sante, «la  predeterminación  del  precio  que  á  nosotros  se  nos 
impone,  tiene  los  caracteres  de  un  fenómeno  social.  Porque  sea 
objetiva,  no  deja  de  ser  de  naturaleza  psicológica;  es  estima- 
ción, es  opinión.  La  misma  observación  superficial  advierte 
que  varía  según  los  medios  sociales,  según  los  momentos  de 
una  evolución  humana,  según  los  grupos  humanos  considera- 
dos». El  estudio  positivo  lo  que  debe  hacer  es  ahondar  en  el 
fenómeno  social  mismo  del  precio,  buscar  sus  causas,  deter- 
minarlas, que  no  son,  en  el  fondo,  sino  fenómenos  socioló- 
gicos. 

Y  esto  es  lo  que  hace  M.  Simiand  en  su  monografía,  por 
vía  de  experiencia  ejemplar,  y  con  el  preciso  objeto  de  hacer 
ver  «la  naturaleza  social  de  los  fenómenos  económicos  que  son 
susceptibles  de  un  conocimiento  científico». 

M.  Durkheim,  en  su  excelente  trabajo,  estudia  el  totemismo, 
que  tan  alta  importancia  tiene  desde  el  punto  de  vista  de  la 
explicación  de  las  instituciones  primitivas;  por  ejemplo,  las 
cuestiones  referentes  á  los  orígenes  del  parentesco,  del  matri- 
monio, de  la  moralidad  sexual;  en  suma,  cuanto  tiene  alguna 


EL   AÍ^O    SOCIOLÓGICO    (1901)  139 

relación  con  la  familia,  y  en  ciertos  respectos  con  la  misma 
organización  social.  Pero  hasta  aquí,  aun  cuando  el  totemis- 
mo se  había  considerado  en  las  obras  de  sociología,  y  me" 
diante  él  se  han  querido  interpretar  importantes  fenómenos 
sociales,  «todo  lo  que  sabíamos  acerca  del  mismo  reducíase  á 
noticias  fragmentarias,  tomadas  de  sociedades  muy  diferentes 
y  que  no  se  relacionaban  entre  sí.  Jamás  se  había  observado  di- 
rectamente un  sistema  totémico  en  su  unidad  ó  integridad. 
Esta  grave  laguna  ha  sido  colmada  gracias  al  libro  de  los  se- 
ñores Spencer  y  Gillen,  acerca  de  las  tribus  australianas». 
El  libro  á  que  M.  Durkheim  se  refiere  es  The  native  Tríbes  of 
central  Australia^  de  que  yo  mismo  he  hablado  en  uno  de  mis 
Años  sociológicos  anteriores  (1).  Los  autores  citados  han  «visto 
funcionar  en  Australia  una  verdadera  religión  del  tótem»,  y 
han  expuesto  los  resultados  de  sus  investigaciones,  resultados 
de  tal  importancia,  que  han  venido  á  confirmar  la  idea  expues- 
ta ya  por  el  sabio  Frazer,  de  que  era  preciso  reformar  total- 
mente la  noción  tradicional  de  la  religión  totómica. 

En  efecto,  hasta  ahora  se  admitían  dos  reglas,  considera- 
das por  lo  común  como  esenciales  en  el  totemismo:  primera, 
la  prohibición  de  matar  y  de  comer  el  animal  ó  la  planta  to- 
tómica, y  segunda,  la  exogamia  ó  prohibición  del  matrimonia 
entre  los  individuos  que  llevasen  el  mismo  tótem — diríamos 
mote. — Pues  bien,  M.  Frazer,  en  vista  de  los  nuevos  hechos 
conocidos,  cree  que  es  preciso  desconocer  hoy  el  carácter  ori- 
ginal y  la  importancia  fundamental  que  á  esas  dos  reglas  se 
atribuía,  y  M.  Durkheim,  á  partir  de  esta  indicación  de  M.  Fra- 
zer, examina  las  condiciones  del  totemismo  para  ver  el  alcan- 
ce de  los  caracteres  que  antes  se  reputaban  como  esenciales, 
en  el  grupo  de  los  Aruntas,  con  el  auxilio,  principalmente,  de 
los  trabajos  de  Spencer  y  Gillen. 

No  me  es  posible  seguir  á  M.  Durkheim  en  su  interesante  es- 
tudio. Sólo  diré  que  se  trata  de  un  trabajo  de  valor  positivo,  en 


(1)    V.  en  mi  libro  citado,  pág.  12.3. 


140  LA    rCSl\'vÑA    MODERNA 


el  cual  se  contienen  indicaciones  y  rectificaciones  que  es  nece- 
sario tener  muy  en  cuenta  en  el  estudio  de  la  organización  so- 
cial primitiva,  especialmeute  en  la  sociología  religiosa  y  jurí- 
dica. La  importancia  que  M.  Durklieim  atribuye  al  libro  de 
Spencer  y  Grillen,  y  el  interés  que  según  él  alcanza  para  la  in- 
terpretación de  ciertos  momentos  de  la  evolución  social  de  los 
Aruntas,  me  parecen  perfectamente  justificados.  El  paso  de  la 
religión  del  clan  á  ser  religión  de  tribu,  es  de  la  más  alta  sig- 
nificación, siendo  también  de  interés  capital  y  de  gran  impor- 
tancia científica  la  condición  particular  de  los  xlruntas,  en 
cuanto  en  ellos  «una  transformación  que  de  ordinario  no  se  pro- 
duce sino  en  una  época  bastante  tardía,  se  ha  verificado  allí  en 
el  momento  mismo  en  que  las  instituciones  totémicas  estaban 
aún  fuertemente  organizadas». 


III 


Del  Materialismo  histórico^  ó  bien  de  la  interpretación 
económica  de  la  historia^  como  con  más  exactitud  quiere  que  se 
diga  Seligman  (1),  ó  bien  todavía  de  la  interpretación  rea- 
lista de  la  historia,  como  escriben  otros,  decíamos  que  se  tra- 
ta en  todo  el  volumen  YIII  de  los  Anales  de  M.  Worms.  Hay 
en  éste,  además  de  las  monografías  ya  citadas,  trabajos  de 
Kelles-Krauz^  ¿Qm  es  el  materialismo  económico?]  de  Loria, 
Los  fundamentos  racionales  del  materialismo  histórico;  de  De 
Greef,  El  Materialismo  histórico;  de  G-roppali,  Del  lugar  que 
el  materialismo  histórico  ocupa  en  la  filosofía  y  en  la  sociología 
contemporáneas,  y  de  F.  Puglia,  Sobre  el  materialismo  históri- 
co^ con  observaciones  más  ó  menos  detenidas  de  los  señores 
Novicovv,  Kovalewsky,  Gi-rasserio,  x4.briko3áof ,  Toennies  , 
Ward,  Limousin,  Hoberty  y  Worms. 


(1)     Economíc  Interpretation  of  Historij,  artíc'alo.>  publicados  ea  la  Po- 
litical  Science  Q;i,aterly  {Dic'iQmhvQ  1901,  Marzo  y  Junio  1902). 


EL    AÍÍO    SOCIOLÓGICO   (1901)  141 


Independientemente  del  valor  intrínseco  de  cadanna  de  las 
memorias  ó  discursos  que  el  volumen  de  los  Anales  comprende, 
es  evidente  que  mediante  ellos  puede  formarse  una  idea  de  las 
varias  significaciones  que  aun  dentro  de  los  partidarios  del 
materialismo  histórico  ó  concepción  económica  de  la  historia 
tiene  ésta,  de  los  argumentos  con  que  se  la  rectifica,  así  como 
de  no  pocos  puntos  de  vista  de  negación  parcial,  al  propio 
tiempo  que  de  la  manera  según  la  cual  la  concepción  marxis- 
ta  se  incorpora  á  la  evolución  científica  de  la  sociología.  Sin 
duda,  aún  no  se  reflejan  en  las  discusiones  del  Instituto  y  en 
las  monografías  posteriores  todos  los  matices  de  la  doctrina, 
pero  sí  quizá  los  principales.  Desde  el  punto  de  vista  tradi- 
cional que  quiere  provenir  directamente  de  las  indicaciones 
nn  tanto  fragmentarias  de  Marx  y  los  desarrollos  ulteriores 
de  Engels,  hasta  los  que  fundan  la  teoría  de  lo  que  llaman, 
como  hace  Loria,  «economismo histórico»,  en  la  observación  de 
que  el  hecho  social  elemental  es  el  económico,  y  los  que  propen- 
den á  ver  en  el  factor  económico  un  factor  condicionado  y  co- 
rrelativo, de  todos,  puede  verse  alguna  manifestación  en  los 
Anales. 

La  exposición  de  la  doctrina  como  concepción  monoeconó- 
mica  de  la  sociología,  y  según  una  genealogía  marxista  que 
se  estima  pura,  puede  verse  en  el  trabajo  de  M.  Kelles-Krauz. 
La  vida  social,  la  organización  social  se  refiere  al  modo  de 
producción:  este  es  el  que  determina  toda  la  vida  social,  «por- 
que en  el  origen  toda  la  actividad  intelectual  voluntaria  del 
hombre  en  la  sociedad — arte,  filosofía,  religión... — tiene  por 
linico  objeto  y  fin  la  conservación  de  la  vida  y  la  satisfacción 
de  las  necesidades  materiales  esenciales...»  O  en  otros  térmi- 
nos: «la  categoría  económica  de  los  fenómenos  sociales,  forma 
la  base  de  toda  la  superestructura,  el  contenido  de  toda  la  for- 
ma social». 

Si  la  índole  de  este  resumen  lo  permitiera,  sería  un  tra- 
bajo curioso  y  por  extremo  interesante  hacer  un  paralelo 
entre  la  monografía  de  M.  Kelles-Krauz  y  la  de  MM.  Loria, 


Í42  I- A    ESPAKA    MODKItNA 


De  Greef,  Groi^pali  y  Puglia;  pero  no  puede  ser,  como  tara- 
poco  podemos  recoger  aquí  los  reparos  opuestos  por  algunos 
de  los  sabios  sociólogos  citados  á  la  doctrina  discutida.  Por 
ser  esta  doctrina  compleja  en  sí  misma,  de  interpretación  di- 
fícil, de  valor  sociológico  apreciado  de  muy  diversa  manera, 
no  cabe  tratar  de  ella  en  los  términos  brevísimos  que  esta  rese- 
ña nos  impone.  Baste,  pues,  lo  dicho  como  indicación  suficien- 
te para  dar  noticia  del  volumen  YIII  de  los  A^ialeSy  y  para  po- 
ner de  relieve  la  importancia  científica  de  la  concepción  his- 
tórica que  culmina  en  el  marxismo. 


IV 


La  parte  destinada  en  el  Año  Sociológico  de  M.  Durkheim 
á  analizar  y  criticar,  ó  simplemente  á  señalar  los  trabajos  de 
sociología  científica,  ó  aquellos  otros  que  pueden  tener  un  es- 
pecial interés  para  considerar  sociológicamente  las  distintas 
manifestaciones  de  la  actividad  humana — manifestaciones 
ideales  ó  históricas, — no  cede  en  importancia  á  la  parte  aná- 
loga de  los  Afios  anteriores.  Más  de  cuatrocientos  libros  y  ar- 
tículos se  examinan  por  el  profesor  Durkheim  y  los  Sres.  Mei- 
ilet,  E/ichard,  Bougló,  Hubert,  Mauss,  Lapie,  Levy,  Aubin, 
Bourgin,  Fauconnet,  Hourtieg,  Maitre,  Parodi  y  Simiand, 
figurando  entre  ellos  algunos  de  autores  españoles,  como  La 
teoría  básica  de  Salillas,  La  criminalidad  en  Asturias  de  Jime- 
no  Azcárate.  La  mala  vida  en  Madrid  de  Quirósy  Llanas,  Es- 
tudios de  derecho  penal  preventivo  de  T>OY3i.áo,  y  Ciencia  políti- 
ca y  Las  Instituciones  políticas  de  los  pueblos  hispanoamerica- 
nos de  Posada. 

Los  análisis  aparecen,  como  siempre,  distribuidos  en  sec- 
ciones, cada  una  de  las  cuales  comprende  los  indispensables 
capítulos;  he  aquí  los  títulos  de  aquéllas:  La  primera,  que  es 
la  que  abarca  las  obras  que  más  directamente  tratan  de  la  so- 
ciología, considerada  ésta  como  ciencia  aparte,  se  titula  Socio- 


EL   AÑO   SOCIOLÓGICO   (1901)  143 

logia  general;  las  demás,  casi  todas,  se  refieren  á  un  aspecto 
sociológico  particular  de  la  vida  humana:  el  religioso,  el  mo- 
ral y  jurídico,  el  criminal  ó  el  económico.  Otra  sección  (la  sex- 
ta) comprende  un  capítulo  especial  de  la  sociología  científica, 
la  morfología  social,  y  la  última  varios  trabajos  no  clasifica- 
dos en  las  secciones  anteriores. 

Pero  veamos,  aunque  rápidamente,  con  algún  detalle  las 
obras  principales  analizadas  en  cada  una  de  las  secciones  in- 
dicadas, comenzando,  claro  es,  por  la  Sociología  general. 


Escritos  por  los  Sres.  Bougló,  Durklieim,  Parodi,  Aubin^ 
Fauconnet,  Richard  y  Huber,  agrúpanse  en  esta  sección  pri- 
mera los  análisis  y  simples  notas  acerca  de  los  trabajos  rela- 
tivos al  objeto  y  método  de  la  sociología,  filosofía  social,  men- 
talidad de  los  grupos,  civilización,  etnología  colectiva  y  el 
medio  social  y  la  raza. 

Sobre  el  método,  no  de  una  manera  general,  sino  como 
Método  histórico  aplicado  á  las  ciencias  sociales,  conviene  citar 
el  libro  de  M.  Seigiiobos,  en  el  cual,  á  más  de  justificar  la  ne- 
cesidad del  método  histórico,  entre  otras  razones  por  la  natu- 
raleza de  los  materiales  que  las  ciencias  sociales  emplean,  se 
restringe  el  concepto  de  estas  ciencias  de  una  manera  arbitra- 
ria, á  mi  ver,  á  las  ciencias  estadísticas,  las  ciencias  de  la  vida 
económica  y  la  historia  de  las  doctrinas  económicas. 

Acerca  del  objeto  de  la  sociología  se  resumen  en  primer 
lugar  trabajos  de  Novicow  {Las  castas  y  la  sociologie  hiologi- 
que)j  y  Espinas  («Etre  ou  ne  pas  etre»  ou  du  postulat  de  la  so- 
ciologie), destinados  á  discutir  un  artículo  de  M.  Bouglé  pu- 
blicado en  la  Revue  pMlosopliique  acerca  de  La  sociologie  biolo- 
gique  et  le  regime  des  castes,  y  en  que  el  autor  combate  la  doc- 
trina orgánica.  Se  da  cuenta  además  de  un  libro  de  Loria  {Le 
Sociologie),  para  quien  ésta  debe  «unificar  y  coordinar  los  re- 


144  LA   ESPAÑA    MODERNA 


sultados  de  las  diversas  ciencias  sociales  reduciéndolas  á  un 
común  denominador  y  mostrando  su  filiación  necesaria  á  par- 
tir de  un  solo  grupo  de  causas  ó  fenómenos  generadores». 
A.  Loria  examina  y  critica  desde  su  punto  de  vista  las  doctri- 
nas sociológicas,  que  reduce  á  tres:  la  que  explica  la  evolución 
social  por  la  evolución  intelectual  (Comte);  la  doctrina  bioló- 
gica (Spencer,  Kidd,  Ammon),  y  la  sociología  de  base  econó- 
mica (el  propio  Loria,  y  las  derivaciones  del  materialismo  his- 
tórico). 

Tienen  también  interés  para  la  delimitación,  aún  bien  con- 
fusa de  la  sociología,  dos  estudios:  de  Small  el  uno,  y  relativo 
al  objeto  de  la  sociología  {The  scope  of  sociology);  y  de  Fau- 
connet  y  Maus  el  otro,  titulado  Sociología.  La  concepción  de 
M.  Small  es  esencialmente  psicológica;  el  trabajo  de  los  otros 
dos  escritores,  inspirado  sobre  todo  en  las  ideas  que  imperan 
en  el  Año,  tiende  á  hacer  ver  el  carácter  distinto  de  la  vida 
social;  siempre  más  compleja  que  la  vida  individual. 

Son  varias  y  de  cierto  muy  interesantes  las  obras  analiza- 
das que  pueden  considerarse  como  de  filosofía  social;  real- 
mente son  casi  todas  verdaderos  ensayos  de  construcción  ge- 
neral de  la  sociología,  aun  cuando  algunas  de  ellas,  como  la 
de  J.  Simmel  {Philosophle  des  Geldes,  Filosofía  del  dmero), 
parezca  ser  un  trabajo  sobre  sociología  económica.  Como  ad- 
vierte con  razón  M.  Durkheim,  «apenas  hay  problema  socio- 
lógico que  no  se  aborde  con  ella;  así  puede  allí  verse  una  teo- 
ría de  la  esclavitud,  de  la  servidumbre,  de  la  compra  de  mu- 
jeres, de  la  pena,  de  la  composición,  de  la  libertad»,  etc.,  etc. 
«Es — añade  M.  D. — un  tratado  de  filosofía  social»  el  libro  de 
Simmel...,  aunque  todo  el  objeto  de  la  ciencia  sea  considerado 
por  el  autor  desde  el  punto  de  vista  del  dinero.  De  todos  mo- 
dos, lo  esencial  es  que  estamos  ante  una  obra  de  verdadera 
importancia,  de  espíritu  científico  certero;  una  obra,  en  suma, 
filosófica  en  alto  grado,  de  las  que  ponen  de  relieve  el  campo 
amplísimo  de  acción  que  á  la  especulación  analítica  y  cons- 
tructiva ofrece  la  sociología. 


EL  AÑO  SOCIOLÓOICO  (1901)  145 

Entre  las  otras  obras  deben  citarse  las  de  Marinis,  Sistema 
di  Sociologie;  De  Greef,  Le  transformlsme  social  (2.^  edición); 
Salillas,  La  teoría  básica;  Palante,  Precis  de  Sociologie  (un  re- 
sumen muy  interesante  del  estado  presente  de  la  ciencia),  etc. 
El  propósito  de  Marinis  es  «establecer  entre  la  filosofía  teoló- 
gica y  la  filosofía  metafísica  de  la  historia  una  concepción  ex- 
perimental del  mundo  social  que  sea  una  parte  integrante  de 
la  concepción  positiva,  experimental,  del  mundo».  No  conozco 
el  libro  de  Marinis,  pero  el  juicio  que  el  crítico  del^ño  for- 
mula acerca  del  mismo  hace  presumir  que  no  se  trata  de  una 
obra  de  superior  importancia. 

Un  trabajo  de  P.  Rossi,  Psicologie  colettiva  morhosa;  otro 
de  Sighele,  La  foule  criminelle  (del  que  hay  traducción  espa- 
ñola) (1),  y  la  interesante  obra  de  M.  Tarde,  DOpinion  et  le 
foule j  con  otras  de  menor  importancia,  constituyen  la  biblio- 
grafía registrada  en  la  mentalidad  de  los  grupos. 

Al  frente  del  capítulo  titulado  Civilización  en  general  y  tipos 
de  civilización,  al  que  sigue  otro  con  el  título  Etnología  colec- 
tiva, pone  M.  Durkheim  algunas  observaciones  de  las  que  poco 
á  poco  van  precisando  el  razonamiento  lógico  del  sistema  que 
desarrolla  el  Año  en  la  distribución  de  las  materias  que  abar- 
ca. Estima  M.  D.  que  pueden  comprenderse  bajo  el  epígrafe 
de  Sociología  general  las  obras  que  estudian  los  tipos  diferen- 
tes de  civilización,  así  como  aquellas  otras  que  se  refieren  al 
carácter  de  los  pueblos,  ya  que  «en  la  sociedad,  al  igual  que 
en  el  individuo,  el  carácter  es  el  nudo  central  y  permanente 
que  une  unos  con  otros  los  diversos  momentos  de  la  existencia 
y  que  constituye  la  continuidad  de  la  vida». 

Y  son  varios  los  trabajos  sobre  civilización  y  cultura  de 
las  Sociedades  recogidas  en  el  Año.  Figura  en  primer  lugar  el 
Manual  de  historia  de  la  civilización,  de  O.  Henne  am  Rhj^n,  y 
luego  el  libro  de  Schurtz,  Urgeschichte  der  Kultur,  y  paraquien 


(1)    La  muchedumbre  delincuente,  publicada   por  La   España   Mo- 
derna. 

E.  yi.— Septiembre  1902.  10 


146  LA   ESPAÑA   MODERNA 


la  civilización  no  es  un  conjunto  de  productos,  sino  de  fuer- 
zas, esto  es,  un  concepto  dinámico,  y  no  de  fuerzas  individua- 
les, sino  sociales.  Se  analiza  también  en  el  Año  el  estudio  de 
Boutmy  sobre  Una  psicología  política  del  pueblo  inglés  en  el 
siglo  XIX. 

Dos  libros  de  etnografía  se  citan  más  adelante:  el  de  Ri- 
pley,  The  Races  of  Europe,  que  procura  mostrar  de  que  suerte 
reobran  los  fenómenos  sociales  sobro  los  caracteres  físicos;  y 
el  de  Sergi,  Ihe  Mediterranean  Race. 

VI 

Como  en  años  anteriores,  la  sección  de  Sociología  religiosa 
es  la  que  ocupa  más  páginas  de  VAnnée,  y  aquella  en  la  cual 
se  analiza  detenidamente  mayor  número  de  trabajos.  En 
efecto,  á  131  páginas  se  eleva  esta  vez  el  espacio  destinado  á 
dicha  sección,  estudiándose  en  ella  44  obras,  sin  contar  las 
numerosísimas  revisadas  más  brevemente  ó  simplemente  indi- 
cadas. La  sección  que  sigue  en  importancia  á  ésta  es  la  titu- 
lada Sociología  jurídica  y  moral,  que  llena  114  páginas,  com- 
prendiendo el  análisis  detenido  de  36  obras  más  ó  menos  im- 
portantes. Todo  lo  cual  revela  que  los  fenómenos  y  los  proble- 
mas que  hoy  por  hoy  parecen  interesar  más  á  los  hombres  de 
estudio,  son  en  primer  término  los  religiosos,  y  luego  quizá 
los  jurídicos  y  morales  (de  organización  social,  políticos,  do- 
mésticos, jurídicos  en  sentido  estricto,  etc.). 

Por  otra  parte,  y  debido  quizá  á  la  misma  abundancia  de 
materiales  y  á  una  correspendiente  diversidad  de  puntos  de 
vista,  MM.  Hubert  y  Maus,  que  tienen  á  su  cargo  la  sec- 
ción religiosa  del  Año^  se  ven  precisados  á  razonar  y  á  com- 
pletar las  bases  de  su  clasificación,  por  grupos,  de  las  distin- 
tas obras  examinadas. 

Esta  vez  procuran  los  indicados  autores  exponer  la  clasifi- 
cación ideal,  y  lo  hacen  en  estos  términos:  «El  plan  de  esta 
sección — escriben — ha  variado  hasta  aquí  con  el  progreso  do 


EL    AÑO    SOCIOLÓGICO   (1901)  147 

nuestros  estudios.  Sin  renunciar  á  modificaciones  ulteriores, 
creemos  haber  llegado  á  una  fórmula  más  estable,  que  vamos 
á  justificar.»  Una  clasificación  ideal,  según  ellos,  debería  dis- 
tribuir el  conjunto  de  los  fenómenos  religiosos,  bajo  estos  cua- 
tro epígrafes:  1.°,  representaciones  religiosas;  2.**,  prácticas 
religiosas;  3.°,  organización  religiosa,  y  4.°,  sistemas  religio- 
sos. Pero  conviene  advertir  que  ni  los  hechos  ni  los  libros  se 
acomodan  todavía  á  tan  sencilla  clasificación,  por  lo  que  no  la 
siguen  con  absoluta  fidelidad,  como  á  continuación  podrá  ob- 
servarse. 

Son,  en  efecto,  ocho  los  capítulos  (algunos  de  ellos  subdi- 
vididos  en  artículos)  en  que  aparecen  agrupadas  aún  las  obras 
examinadas  en  el  Ario.  En  el  primero,  bajo  el  título  de  Concep- 
ciones generales^  Metodología,  examínase  el  estudio  de  L.  Ma- 
rillier  sobre  Religión  en  la  Grande  Encyclopedie,  admirable 
resumen  de  los  resultados  generales  de  las  ciencias  de  las  re- 
ligiones, y  el  de  E.  Murisier,  Les  maladies  des  sentiments  re- 
ligieux.  En  el  segundo.  Formas  elementales  de  la  vida  reli- 
giosa, aparte  las  indicaciones  relativas  á  los  trabajos  sobre 
Animismo,  de  Boschert  y  de  Koch,  otras  sobre  los  estudios 
acerca  del  Totemismo,  de  Reinach  y  Thomas,  y  otrasmás  sobre 
los  libros  deRhys  y  Campbell  (referentes  á  creencias  y  prácticas 
populares),  etc.,  etc.,  se  inserta  un  largo  ó  interesante  análisis 
sobre  el  importante  libro  del  insigne  Frazer,  The  Golden  BougJi 
(estudio  sobre  magia  y  religión),  libro  que  ha  ejercido  un  in- 
flujo poderoso  en  los  estudios  de  los  fenómenos  religiosos,  y  del 
que  ahora  se  acaba  de  publicar  una  segunda  edición  corregida  y 
aumentada.  «Este  amplio  estudio,  dice  M.  M.,  que  trata  de  tan- 
tas cuestiones  capitales,  tiene  por  punto  de  partida  la  «rama 
de  oro»  que  el  futuro  sacerdote  de  Nemi  debía  separar  antes 
de  matar  al  sacerdote  en  funciones,  cuyo  sucesor  había  de  ser 
después  de  la  muerte  del  mismo.»  Frazer  es  uno  de  los  escri- 
tores que  han  ahondado  más  en  la  interpretación  de  los  cultos 
de  la  vegetación,  en  el  rito  sanguinario,  en  el  totemismo,  et- 
cétera, etc. 


148  LA   ESPAÑA   MODERNA 


En  el  capítulo  de  la  Magia  se  señalan,  entre  otros,  el  tra- 
bajo de  W.  Caland,  Ritual  mágico  de  la  India  antigua^  y  en  el 
de  Creencias  y  ritos  sobre  los  muertos^  los  de  Soderblom,  La  vie 
future  d^aprés  le  Mazdeisme,  y  Koch,  Die  Vampyrsagen  und 
iJire  Vericertuiig  in  der  deutschen  Literatur.     9 

M  frente  del  capítulo  destinado  al  Ritual  ponen  los  auto- 
res que  escriben  esta  sección  en  el  Año  algunas  indicaciones. 
para  explicar  el  contenido  del  mismo.  Según  éstos,  se  ba  esti- 
mado conveniente  cambiar  el  orden  con  el  cual  se  estudiaban 
antes  el  ritual  y  las  fiestas.  Son  tres  las  divisiones  comprendi- 
das en  el  Ritual:  la  una,  el  calendario,  el  año  litúrgico;  la  otra. 
Ceremonias  completas  y  ritos  manuales,  y  la  tercera.  Lugares^ 
de  culto. 

El  capítulo  de  Representaciones  religiosas  se  subdivide  en 
varios  artículos:  en  el  primero,  representaciones  religiosas  de^ 
seres  ó  fenómenos  naturales,  se  da  noticia  del  folleto  de  Ne- 
grioli  sobre  Los  genios  entre  los  romanos;  en  el  segundo,  re- 
presentaciones de  los  seres  religiosos,  se  resumen  trabajos  so- 
bre espíritus,  dioses,  santos  y  demonios;  en  el  tercero,  los  mi- 
tos, se  analiza  la  obra  de  Gunkel  sobre  Génesis,  un  comen- 
tario del  génesis,  liecbo  por  un  hombre  que  trata  de  en- 
lazar entre  sí  los  hilos  de  la  mitología  semítica;  en  el  cuarto,. 
los  cuentos  se  agrupan,  los  propiamente  dichos,  en  los  cua- 
les el  elemento  creencia  ha  desaparecido  á  medida  que  su 
carácter  se  ha  determinado;  naturalmente,  se  trata  de  aque- 
llos cuentos  que  conservan  un  sabor  religioso,  místico,  cuen- 
tos que  á  veces  contienen  leyendas  explicativas  de  religiones: 
entre  otras  obras  se  analizan  aquí  las  de  Dottin,  Contes  ir- 
landais^  y  de  Sebillot,  Contes  des  ¿andes  et  des  gréves;  por  úl- 
timo, en  el  quinto,  los  dogmas,  se  da  noticia  por  extenso  del 
libro  de  Kattenbusch,  Das  Apostolisches  Symbol,  queM.  Maus 
estima  debe  considerarse  por  mucho  tiempo  como  definitivo,. 
por  contener  casi  todo  cuanto  se  sabe  acerca  del  símbolo  apos- 
tólico. 

Eestan  aún  dos  capítulos  en  esta  Sección:  el  uno,  que  resii- 


EL    AÑO   SOCIOLÓGICO    (1001)  149 

me  las  publicaciones  sobre  Sociedad  religiosa,  y  el  otro,  Es- 
tudios  de  conjunto  sobre  las  grandes  religiones,  de  Selliii  y  de 
Nikel,  sobre  la  judía,  de  Dussaud,  sobre  Histoire  et  religión 
4Íes  Nosairis,  etc.,  etc. 

VII  ,¿ 

Como  la  anterior,  la  sección  de  Sociología  jurídica  y  moral 
abarca  las  numerosas  obras  analizadas  en  varios  capítulos,  se- 
gún vamos  á  ver. 

Figuran  en  primer  lugar  y  bajo  el  epígrafe  de  Considera- 
ciones generales,  entre  otros,  el  libro  de  Dumont,  La  moral 
fundada  en  la  demografía,  quien,  considerando  la  moral  como 
cosa  social,  estima  que  toda  práctica  debe  ser  juzgada  según 
su  valor  social;  y  el  de  Roberty,  Constitución  de  la  Etica,  el 
<íual  sostiene  de  un  lado  la  concepción  del  hombre  como  un  pro- 
ducto bio-social;  de  otro,  que  la  moral  ó  ética  se  define  como 
idéntica  á  la  sociología,  y  por  fin,  unalej^  universal  é  irrever- 
sible que  entraña  «una  escala  de  los  factores»  y  correlativa 
mente  la  escala  de  los  valores  superorgánicos,  ó  en  otros  tér- 
minos, la  sucesión  necesaria  de  los  fenómenos  sociales:  la 
ciencia,  fenómeno  inicial,  que  precede  y  determina  una  filo- 
sofía de  la  religión,  que  á  su  vez  determina  el  arte,  y  éste,  por 
fin,  la  acción  práctica.  % 

A  continuación  se  analizan  muy  interesantes  trabajos  so- 
bre Crganización  social  en  general;  los  unos,  como  los  del  sabio 
Kohler,  sobre  el  derecho  de  los  herreros  de  los  papús  y  de  los 
bantones,  y  otros,  acerca  de  la  organización  feudal  (obras  de 
Heck,  Doniol  y  Sée),  y  por  último,  otros  acerca  de  ciertas 
formas  complejas  de  vida  social. 

En  el  capítulo  de  la  Organización  política  se  hace  una  dis- 
tribución natural  de  las  obras  analizadas  bajo  dos  epígrafes, 
á  saber:  Teoría  general  del  Estado,  y  Formas  particulares  de 
organización  política.  Como  obras  generales,  se  analizan  por 
extenso,  entre  otras,  dos:  la  de  Jellinek  (gran  autoridad  en  de- 


150  LA  ESPAÑA    MODERNA 


recho  político  hoy  en  Alemania),  El  derecho  del  Estado  moder- 
no, y  la  de  Dugnit,  VEtat.  Le  droit  ohjectif  et  la  loi  positice. 
La  de  Jellinek,  incompleta  aún,  es  un  excelente  tratado  de  de- 
recho político,  en  el  cual  se  estudian  los  problemas  capitales- 
del  Estado  y  se  hace  la  crítica  (constructiva)  de  las  principa- 
les teorías  políticas,  aprovechando  en  parte  los  influjos  de  la 
sociología,  pero  manteniendo  viva  y  sustantiva  la  acción  de 
la  filosofía  política.  La  idea  del  Estado  tiene  en  Jellinek  un 
carácter  dinámico:  el  Estado,  según  él,  existe  sobre  todo  como 
función.  «Toda  sociedad  es  una  colectividad  de  voluntades  in- 
dividuales que  se  proponen  fines  comunes,  y  el  Estado  es  la. 
unidad  de  una  colectividad  de  ese  género»  con  expresión  terri- 
torial, con  poder  propio  para  el  derecho.  Tiene  también  cierta 
interés  el  libro  de  M.  Dugnit,  especialmente  para  la  determi- 
nación de  la  naturaleza  real  del  Estado. 

Como  libros  relativos  á  formas  de  organización  política,  se 
habla  del  de  Milioukov,  sobre  la  Civilización  rusa]  de  uno  mío 
sobre  los  Pueblos  hispanoamericanos;  del  de  No  vico  w.  La  fe- 
deration  de  VEurope,  etc.,  etc. 

La  organización  doméstica  contiene  bastantes  trabajos, 
sobre  todo  trabajos  de  investigación  histórica  y  etnográfica 
acerca  de  la  constitución  de  la  familia,  del  matrimonio,  la  so- 
ciedad conyugal  y  la  moralidad  sexual.  Bien  se  advierte  con 
sólo  pasar  la  vista  por  las  obras  aquí  examinadas,  de  qué  manera 
tiene  que  ir  transformándose  el  criterio  constructivo  de  la» 
instituciones  civiles,  consideradas  en  la  evolución  y  en  el  cua- 
dro general  de  sus  diversas  formas.  Lo  que  se  ha  llamado  et- 
nología jurídica,  va  alcanzando  un  campo  de  acción  amplísi- 
mo y  está  llamada,  sin  duda,  á  influir  poderosa  y  eficazmente 
en  el  estudio  del  derecho  civil,  que  en  manera  alguna  deberá 
circunscribirse  á  la  historia  europea  y  á  la  tradición  romana, 
germana  y  canónica.  En  el  Afio^  analízanse  con  más  ó  menos 
extensión  los  estudios  de  Sumner  sobre  los  Yacutas]  de  Kohler, 
sobre  los  Papús  y  sobre  los  Lndigenas  de  las  islas  Marshall; 
de  Darinsky,  sobre  los  Pueblos  del  Cáucaso,  aparte  de  otros 


EL   AÑO   SOCIOLÓGICO   (1901)  161 

trabajos  de  carácter  más  general  de  Plessis  y  Grenedan,  Dupró 
de  la  Tour  (Investigación  de  la  paternidad)^  Grasserie  (La  fa- 
milia artificial) j  etc.,  etc.  Las  indicaciones  hechas  acerca  de  la 
familia,  tienen  su  aplicación  lógica  al  derecho  de  propiedad  y 
al  derecho  contractual. 

Salvo  el  estudio  del  sabio  Westermarck  sobre  el  Origen  de 
la  pena,  los  demás,  analizados  por  extenso  bajo  el  título  del 
Derecho  criminal  en  los  diferentes  tipos  sociales,  son  de  carácter 
histórico:  refiérese  el  uno,  el  de  Foerster,  al  derecho  penal  mo- 
saico; otro,  el  de  His,  al  derecho  penal  de  los  frisones  en  la 
Edad  Media,  y  al  derecho  de  venganza  en  el  siglo  xiii,  el  de 
P.  Dubois;  en  materia  de  Teorías  generales  sobre  la  pena  y  la 
responsabilidad,  conviene  citar  la  obra  de  E.  Mayer,  acerca  de 
La  acción  culpable  y  sus  diferentes  especies  en  derecho  penal; 
la  de  Grasserie,  Principes  sociologiques  de  la  criminalidad,  y 
la  de  Dorado,  Estudios  de  derecho  penal  preventivo. 

Aún  quedan  otros  dos  capítulos  en  esta  sección,  sobre  el 
procedimiento  el  uno  y  de  varios  el  otro,  en  los  cuales  se  com- 
prende escaso  número  de  publicaciones. 


VIII 


La  cuarta  sección  de  Sociología  criminal  y  estadística  mo- 
ral, ó  bien,  estudios  de  las  reglas  jurídicas  y  morales  conside- 
radas en  su  funcionamiento,  comprende  seis  capítulos  que  pro- 
curaré indicar  brevísimamente. 

De  Estadística  de  la  vida  doméstica  trata  el  primero,  ana- 
lizándose en  él  un  trabajo  de  M.  Bertillon  relativo  al  Número 
de  hijos  por  familia,  y  destinado  á  rectificar  ciertas  proposi- 
ciones hasta  poco  ha  consideradas  como  ciertas  respecto  de  la 
relación  entre  la  esterilidad  relativa  y  los  factores  orgánicos, 
y  entro  el  número  de  hijos  y  el  grado  de  bienestar.  También 
se  analiza  otro  trabajo  de  Prinzing  acerca  de  La  fecundidad 
ilegitima  en  Alemania,  en  el  cual  se  pone  de  relieve  el  influjo 


152  LA    ESPAÑA   MODERNA 


preponderante  que  es  preciso  atribuir  en  materia  de  natalidad 
á  las  causas  del  orden  moral,  al  temperamento  colectivo  del 
grupo  considerado.  Una  cosa  se  advierte,  y  es  que  la  fecundi- 
dad legítima  es  superior  en  las  comarcas  rurales  á  la  de  los  me- 
dios urbanos,  lo  cual  entraña  dos  constituciones  morales  di- 
ferentes. En  las  ciudades  alemanas  la  natalidad  disminuye 
bastante,  pudiendo  señalarse  una  tendencia  muy  acentuada  á 
reducir  á  dos  el  número  de  hijos  en  cada  familia. 

Varias  son  las  obras  que  nuestro  insigne  amigo,  M.  Ri- 
chard, analiza  y  estudia  sobre  Criminalidad  en  los  diferentes 
países:  entre  ellas,  merecen  especial  mención  la  del  Sr.  Gue- 
rrero, Génesis  del  crimen  en  Méjico,  que  M.  E,.  califica  de  no- 
table; la  del  Sr.  Jimeno,  La  criminalidad  en  Asturias^  y  el  ar- 
tículo de  Tarnowski  acerca  de  La  distribución  geográfica  de  la 
criminalidad  en  Rusia.  El  propio  M.  Richard  es  quien  resume 
y  critica  las  publicaciones  acerca  de  los  Diversos  factores  de  la 
criminalidad,  á  saber:  el  factor  económico,  las  condiciones  so- 
ciales, la  edad,  el  sexo,  examinando  al  efecto  trabajos  de 
O-.  Tarde  {La  criminalidad  y  los  factores  económicos) ,  de  Tar- 
novv^ski  {La  delincuencia  de  la  nobleza  rusa),  de  Perriani 
(Delincuencia  precoz  y  senil),  etc.,  etc.  Con  el  título  de  Formas 
especiales  de  la  criminalidad  y  la  inmoralidad,  M.  Richard 
examina  á  continuación,  entre  otros,  un  libro  muy  interesan- 
te, el  de  M.  Proal,  El  crimen  y  el  suicidio  pasionales,  ó  sea 
iin  estudio  sobre  el  amor  sexual  como  factor  del  crimen  y  del 
suicidio;  y  bajo  el  de  Medios  criminógenos,  sociedades  de  mal 
hechores  y  sus  costumbres,  resume  ampliamente  el  excelente 
trabajo  de  los  jóvenes  escritores  españoles  Bernaldo  de  Quirós 
y  Llanas  A guilaniedo,  sobre  La  mala  vida  en  Madrid. 

M.  Richard  termina  la  sección  de  que  hablamos  resumien- 
do el  estudio  de  Ferrier,  Travail  et  inspection  genérale  en 
prison. 


EL   A]ÍO   SOCIOLÓGICO   (1901)  153 


IX 


Sigue  en  extensión  á  las  Secciones  de  sociología  religiosa 
y  jurídica,  la  destinada  á  reflejar  el  movimiento  «literario» 
de  la  Sociología  económica.  Comprende  ésta  sus  diez  capítulos, 
pero  sólo  nos  referiremos,  para  abreviar,  á  aquellos  en  que  se 
registran  publicaciones  de  alguna  importancia.  Uno  de  éstos  es 
el  de  Metodología  y  problemas  generales^  en  el  cual  M.  Si- 
miand  analiza  los  interesantes  Elements  of  Statistics  de  Bow- 
ley,  y  la  notable  obra  de  W.  Carlile,  The  evolution  of  modern 
money  ^  en  la  cual  se  aborda  el  examen  de  la  moneda  desde  un 
punto  de  vista  histórico,  punto  de  vista  este  que  además  tie- 
ne su- alcance  seguramente  sociológico.  Se  trata,  á  lo  que  pa- 
rece, de  un  trabajo  de  reconstrucción  crítica,  de  cuestiones 
que  la  tradición  daba  ya  como  resueltas.  Obro  de  los  capítulos 
de  esta  sección  es  el  de  Sistemas  económicos^  recordando  M.  Si- 
niiand  que  aplica  el  término  sistema  «para  significar  el  con- 
junto de  las  relaciones  ó  instituciones  que  caracterizan*  una 
sociedad»,  v.  gr.,  los  tipos  distinguidos  por  Schmoller  de  eco- 
nomía familiar,  urbana,  nacional,  ó  los  que  señala  Bücher 
como  de  economía  sin  cambio,  del  cambio  inmediato,  del  cam- 
bio indirecto,  etc.  Aunque,  acaso  provisionalmente,  M.  Si- 
miand  coloca  en  este  capítulo  la  (7Hs¿s  como  fenómeno  que  ca- 
racteriza el  desenvolvimiento  del  sistema  económico  occiden- 
tal en  nuestro  siglo. 

El  primer  libro  examinado  por  M.  S.  en  el  capítulo  á  que 
nos  referimos  es  el  de  Francotte,  U industrie  dans  la  Greee  an- 
cienne^  estudio  acerca  de  la  organización  de  la  industria  pri- 
vada y  de  las  obras  públicas  en  este  país  desde  los  puntos  de 
vista  jurídico,  económico  y  social.  A  Grecia  (antigua)  se  cir- 
cunscribe también  el  trabajo  de  P.  Giraud  sobre  Le  main- 
d^oevre  industrielle,  examinado  luego.  El  libro  sobre  la  crisis 
(Economic  crises)^  analizado  en  este  capítulo,  es  el  interesante 
de  M.  .Jones. 


154  LA   ESPAÍiA  MODEBNA 


Otro  de  los  capítulos  importantes  es  el  titulado  Régimen  de 
la  producción,  obra  de  M.  Simiand  y  de  M.  Bourgin,  el  cual 
tiene  su  verdadero  complemento  en  el  siguiente,  relativo  á  las 
Formas  de  producción:  en  el  primero  de  estos  dos  capítulos  se 
distinguen  cuatro  clases  de  regímenes  de  producción:  el  de 
esclavitud,  el  corporativo,  el  cooperativo  y  el  de  los  trusts. 
Respecto  de  todos  estos  cuatro  regímenes  se  señala  en  el  Año 
alguna  obra  interesante:  así,  respecto  del  primero,  puede  ci- 
tarse la  obra  de  Nieboer,  Slavery  as  an  industrial  System^  tra- 
bajo de  carácter  etnográfico,  empleándose  en  él  un  método 
inductivo  y  comparativo  de  indagación  de  causas  y  determi- 
nación de  formas:  respecto  del  segundo,  sólo  se  registran  los 
Estudios  sobre  la  historia  económica  de  Florencia,  de  Doren. 
Acerca  del  tercero,  la  obra,  entre  otras,  de  Bonjansky,  sobre 
Las  cooperativas  industriales  en  Bélgica,  y  por  último,  respec- 
to del  tema  palpitante  de  los  trusts,  señálase,  en  primer  térmi- 
no, el  libro  de  Jenks,  The  trust  problem. 

El  capítulo  más  nutrido  sin  duda  de  esta  sección,  es  el 
relativo  á  las  Formas  de  producción.  En  él  se  habla  nueva- 
mente de  la  obra  antes  citada  de  Doren,  la  cual,  aparte 
su  valor  histórico,  debe  estimarse  como  investigación  intere- 
sante de  los  orígenes  del  capitalismo  moderno  en  las  ciudades 
italianas  de  la  Edad  Media,  y  además  del  libro  de  Maas  sobre 
El  influjo  de  la  máquina  en  la  industria  de  la  carpintería  en 
Alemania,  etc.  Bajo  el  epígrafe  especial  de  Formas  del  co- 
mercio señálase  el  trabajo  de  Pohie  acerca  del  Desenvolvi- 
miento del  comercio  al  detalle. 

Todavía  hay  otros  dos  capítulos  que  contienen  algunas 
obras  recomendables:  uno  que  se  titula  Elementos  de  la  dis- 
tribución, y  otro  titulado  Clases  económicas. 


Los  trabajos  relativos  á  los  dos  elementos  que  concurren  á 
la  constitución  formal  de  las  sociedades,  lo  que  pudiéramos 


EL   AÑO   SOCIOLÓGICO    (1901)  155 

llamar  medio  geográfico,  y  la  población,  bien  sea  ésta  como 
factor  general,  bien  en  su  determinación  particular  bajo  la 
acción  del  medio  geográfico,  los  reúne  M.  Durkheim  bajo  el 
epígrafe  general  de  Morfología  social^  distribuidos  lógicamen- 
te en  tres  capítulos:  1.°,  La  base  geográfica  de  las  sociedades, 
donde  se  da  cuenta  del  libro  de  Demolins  Les  grandes  routes 
des  peuples;2.^y  La  población  en  general,  que  comprende,  entre 
otros,  el  examen  del  libro  de  Goldstein,  Los  problemas  de  la 
población  en  sus  relaciones  con  el  desenvolvimiento  respectivo  de 
las  diferentes  profesiones  en  Francia,  y  3.^,  Los  grupos  urbanos 
y  rurales,  en  el  cual  M.  D.  nos  da  amplia  noticia  del  libro  de 
Pirenne  Histoire  de  la  Belgique,  y  áe  otros  varios. 


XI 


La  séptima  y  última  sección  del  Año,  titulada  Varios,  con- 
tiene algunos  trabajos  de  verdadera  importancia.  De  una  par- 
te, en  el  capítulo  de  Sociología  estética,  esto  es,  considera- 
ción de  las  actividades  sociales  que  se  manifiestan  en  el  arte, 
y  de  las  leyes  sociológicas  que  en  él  se  revelan,  figuran  anali- 
zadas, entre  otras,  la  obra  de  Hirn,  The  origins  of  Art,  y  la  de 
Loewy ,  Die  Naturwiedergabe  in  der  aelteren  griecMschen 
Kunts.  La  de  Hirn  es,  sin  duda,  un  trabajo  de  real  interés; 
nn  esfuerzo  notable,  dice  M.  Maitre,  para  fundar  la  estética 
sobre  los  datos  puramente  psicológicos  y  sociológicos.  «La  te- 
sis esencial  puede  reducirse  á  una  profunda  distinción  entre 
dos  problemas:  el  del  impulso  artístico,  que  es  de  orden  psico- 
lógico, y  el  de  los  medios  que  este  impulso  emplee  para  actua- 
lizarse, que  es  de  orden  sociológico.»  En  opinión  de  Hirn,  los 
orígenes  concretos  del  arte  son  cuatro:  la  información,  la  se- 
lección sexual,  el  estímulo  para  el  trabajo,  y,  en  especial,  la 
guerra  y  las  prácticas  mágicas. 

Por  otra  parte,  en  el  capítulo  destinado  al  Lenguaje  se  da 
cuenta  de  las  dos  partes  publicadas  del  gran  libro  de  Wundt, 


156  LA    ESI'AÑA    MODERNA 


'\^ ólherpsychologie ,  volumen  primero  (El  Lenguaje).  M.  Wundt 
define,  ante  todo,  la  Wólkevpsychologie  como  el  estudio  de  «los 
procesos  psíquicos  sobre  los  cuales  descansan  el  desenvolvi- 
miento general  de  las  sociedades  humanas  y  la  creación  de  las 
producciones  intelectuales  comunes  de  valor  universal».  Este 
primer  volumen,  destinado,  como  se  indica,  al  lenguaje,  com- 
prende nueve  capítulos  que  tratan,  sucesivamente,  de  los  mo- 
vimientos expresivos,  el  lenguaje  de  los  gestos,  los  fonemas, 
el  cambio  fonético,  la  formación  de  las  palabras,  las  formas, 
el  arreglo  de  las  frases,  el  cambio  de  sentido  y  el  origen  del 
lenguaje. 


XII 


Y  hecho  este  rápido,  aunque  quizá  nada  ligaro  resumen  del 
movimiento  sociológico,  réstame  tan  sólo,  para  terminar,  for- 
mular algunas  apreciaciones  sobre  el  interés  que  las  cuestiones 
de  la  Sociología  despiertan,  sobre  la  elaboración  científica  de 
la  Sociología  misma  como  disciplina  intelectual,  y  acerca  de 
las  tendencias  que  parecen  dominar  en  esta  elaboración. 

No  hace  falta  esforzarse  demasiado  para  señalar  cuál  es  la 
cuestión  que  con  más  especial  interés  se  ha  investigado,  ó  más 
bien,  aparece  investigada  en  las  publicaciones  que  nos  sirven 
de  base  para  estos  resúmenes  anuales:  es  la  del  materialismo 
histórico.  Todo  el  volumen  de  los  Anales  está,  como  hemos 
visto,  destinado  á  estudiar  este  punto,  y  en  los  libros  analiza- 
dos en  el  tomo  de  V Année,  de  M.  Durkheim,  se  advierten  mu- 
chas referencias  á  la  cuestión,  pudiendo  señalarse  algunos  que 
están  concebidas  y  escritas  bajo  la  preocupación  que  el  mate- 
rialismo histórico  supone:  la  preocupación  económica. 

Pero  ¿puede  decirse  que  la  preferencia  dada  por  los  Ana- 
les al  problema  del  materialismo  histórico,  responda  de  una 
manera  exacta  á  una  posición  general  del  pensamiento  socio- 
lógico? O  en  otros  términos:  ¿es  de  tanta  y  tan  adecuada  opor- 
tunidad el  examen  de  esta  doctrina,  que  merezca  los  honores 


EL    AÑO    SOCIOLÓGICO    (1901)  157 

de  nn  volumen  entero  de  una  publicación  como  la  de  mon- 
sieur  Worms?  Sin  vacilación  alguna  me  atrevo  á  contestar 
afirmativamente. 

El  materialismo  ó  realismo  histórico,  ó  interpretación  eco- 
nómica de  la  historia,  es  de  un  lado  una  gran  fórmula  social 
que  se  difunde  con  extraordinaria  rapidez  hasta  por  los  me- 
dios políticos,  merced  al  socialismo  científico^  que  la  ha  recibi- 
do de  su  gran  teorizador  Marx;  por  otro  lado,  apenas  hay  una 
concepción  sociológica  hoy  que  no  se  conceptúe  obligada  á 
definir  su  posición  ante  el  econo mismo  histórico,  y  de  un  modo 
más  general  que  no  crea  indispensable  determinar  la  natura- 
leza, el  valor,  la  trascendencia  sociológica  del  fenómeno  y  del 
factor  económicos.  Y  por  fin,  no  cabe  duda  que  entre  las  ten- 
dencias imperantes  en  la  construcción  doctrinal  de  la  Sociolo- 
gía, hay  una  que  ve  el  cimiento  de  la  vida  social,  el  hecho  so- 
cial elemental  en  la  relación  económica,  entendida  ya  de  un 
modo  sencillamente  biológico,  ya  elevándose  á  una  explicación 
psicológica  de  la  misma. 

En  cuanto  al  valor  que  pueda  darse  á  los  trabajos  de  So- 
ciología general  analizados  en  VAnnée  con  respecto  á  la  ela- 
boración científica  de  la  Sociología,  pocas  palabras  he  de  de- 
cir. No  puede  estimarse,  en  rigor,  ninguno  de  ellos  como  de 
superior  importancia.  Si  prescindimos  de  la  obra  de  Simmel, 
que  construye  la  Sociología  desde  el  punto  de  vista  parcial 
que  más  arriba  indicábamos,  perO  que  es  una  obra  al  fin  y  al 
cabo  fundamental,  los  demás  trabajos  no  son  verdaderas  obraí^ 
sistemáticas,  fuera  la  de  Marinisi.  Esto  no  obstante,  sería  in- 
justo no  apreciar  como  «contribuciones»  de  relativa  impor- 
tancia para  determinar  y  definir  el  objeto  de  la  Sociología,, 
los  estudios  de  Novicow,  Espinas,  Loria,  Small  y  Fauconnet 
y  Mauss:  mediante  ellos,  la  sustantividad  doctrinal  de  la  So- 
ciología se  acentúa  más  y  más. 

Por  iiltimo,  respecto  de  las  tendencias  imperantes  en  las 
nuevas  investigaciones,  no  sólo  en  las  que  directamente  se 
proponen  los  problemas  de  filosofía  social,  sino  en  las  que  exa- 


158  LA   ESPAÑA   MODERNA 


minan  sociológicamente  las  diferentes  actividades  humanas, 
los  fenómenos  sociales,  las  instituciones  históricas,  si  por  un 
lado  se  advierte,  como  antes  indicamos,  un  gran  imperio  del 
«economismo»,  aun  en  éstas  domina  el  sentido  psicológico,  no 
puramente  abstracto,  sino  en  composición  con  los  elementos 
aprovechables  del  biologismo. 

Adolfo   Posada. 


LECTURAS  AMERICANAS 


SUMARIO:  La  Revista  Nacional  (Buenos  Aires).  —  La  etimolo-gía  de 
Copacabana. — Unidad  de  la  civilización  sud-americana. — Los  primitivos 
americanos.— Explotaciones  prehistóricas  de  minas. — ¿Cuál  fue  la  raza 
primitiva?— Influencia  de  la  pluralidad  étnica  en  la  formación  de  las 
nacionalidades. — Psicología  de  los  simuladores. — Los  «característicos» 
y  los  «indiferentes». — Clasificación  de  los  simuladores. — Los  astutos. — 
Los  serviles. — Los  «fumistas».  —  El  «fumismo»  literario. —  Los  disiden- 
tes.—Los  psicópatas.— Los  sugestionables.— Ejemplos  de  cada  uno  de 
estos  tipos. =Revista  jui'ídica  y  de  ciencias  sociales. — Proyecto  de  un 
Congreso  universitario  hispanoamericano.  —  Su  utilidad. =La  Revista 
nueva.  —Un  mapa  inglés  de  Chile  y  la  cuestión  de  límites  con  la  Ar- 
gentina.—Un  libro  sobre  el  helenismo  y  la  literatura  latina. 

La  Revista  Nacional  (Buenos  Aires)  publica  en  su  número 
de  Junio,  1901,  un  estudio  sobre  el  origen  y  significación  de 
la  palabra  Copacabana,  firmado  por  el  escritor  brasileño  Go- 
mes E-ibeiro.  Dase  el  nombre  de  Copacabana  «auna  playa,  en- 
senada y  península  próxima  á  la  entrada  de  la  bahía  de  líío 
Janeiro».  El  autor,  partiendo  del  hecho  de  que  esa  palabra 
es  india,  usada  por  los  indígenas  tamoyos  de  la  localidad  para 
designarla  referida  playa,  pregunta:  «¿Cuál  es  su  etimología? 
¿Es  genuinamente  tupi  ó  fue  trasplantada  de  otra  lengua?  En 
este  último  caso,  ¿coincide  su  significado  en  las  dos  lenguas...? 
En  el  aymará  existe  la  misma  palabra  Copacabana,  aplicada 
en  el  Perú  también  á  una  península  en  el  lago  de  Titicaca.» 

Según  la  interpretación  del  autor,  la  voz  en  cuestión  (que 
primitivamente  debió  decirse  Capacabana),  descompuesta  en 
sus  vocablos  componentes,  significa  en  ambos  idiomas,  poco 


160  LA   ESPAÑA   MODERKA 


más  ó  menos,  lo  mismo:  «Monte  donde  la  gente  de  trajes  de 
variados  colores  apareció»,  y  «lugar  donde  el  Señor  apare- 
ció* y  «de  hecho  es  en  el  lago  de  Titicaca  donde  la  primitiva 
leyenda  coloca  la  cima  del  imperio  incásico,  haciendo  surgir 
de  allí  el  primer  inca,  Manco-Capac,  esto  es,  rey  ó  señor». 

Las  conclusiones  á  que  llega  el  Sr.   Gómez   Ribeiro,  y  en 
las  que  estriba  el  interés  de  su  artículo,  son: 

1.*     Identidad  del  vocablo  en  el  Brasil  y  en  el  Perú. 

2.^     Identidad  del  sitio,  aquí  y  allá;  península  y  playa,  con 
islas  próximas. 

3.*     Identidad,  en   ambos  lugares,   del   culto  fervoroso  de 
N.  S.   de  Copacabana,    en  la   capilla,  meta  de  romerías  an- 


tiguas. 


4.^  Coincidencia  verosímil  de  antecedentes  históricos  ó  le- 
gendarios, en  los  dos  lugares;  en  el  Perú,  el  advenimiento  de 
Manco-Capac,  opuesto  á  los  invasores  toltekas  ó  nabuas;  en  el 
Brasil,  el  desembarco,  en  la  playa,  de  los  primeros  expedicio- 
narios portugueses  ó  franceses. 

5.*  La  ascendencia  próxima  de  los  tamoyos  (los  abuelos) 
del  tronco  andino-peruano,  conforme  á  la  tendencia  que  se 
acentúa  hoy  entre  los  sabios,  de  considerar  la  altiplanicie 
oriental  de  Bolivia  como  el  foco  de  irradiación  de  los  tupís  y 
guaranís,  ó  su  habitat^  en  fin. 

6.*  La  extensión  del  imperio  incásico  (y  por  lo  tanto,  la 
diseminación  de  tradiciones,  costumbres  y  lenguas  de  los 
aimarás  y  quechuas,  como  ya  lo  demostramos,  con  B.  Caetana 
y  Martins),  hasta  la  República  Argentina  y  el  Paraguay 
(guaranís),  y  las  fronteras  del  Brasil,  por  el  Marañón  y  el 
Ucayali. 

7.*  Las  facilidades  relativas  de  las  migraciones  en  una  ó 
en  otra  de  esas  direcciones,  por  los  ríos  Pilcomayo  y  Para- 
guay, y  por  tierra  mismo,  como  lo  probó  la  expedición  del  le- 
gendario expedicionario  Alejo  García,  que  fué  hasta  el  Perú 
con  una  fuerza  de  2.000  indios  tupís  y  guaranís;  por  los  ríos 
Yoruáj  Purús  y  Madeira  y  por  los  afluentes  del  Amazonas 


LECTURAS  AMERICANAS  161 


{coincidiendo  con  la  línea  geográfica  de  la  introducción  de  la 
nephrite  y  de  \a>  jadeite,  tan  prolijamente  descrita  por  el  sabio 
Dr.  Barbosa  Rodríguez),  como  pasando  por  el  lago  de  Ti- 
ticaca. 

8.*  Finalmente,  la  no  existencia  de  un  vocablo  que — sea 
en  la  lengua  portuguesa,  en  la  francesa  y  en  la  española,  sea 
en  las  lenguas  tupí  ó  guaraní — tenga  una  aplicación  diversa 
de  la  de  referirse  á  la  península,  sea  la  próxima  á  la  bahía 
de  Río  Janeiro  ó  la  del  lago  Titicaca;  siendo  así  que  la  única 
lengua  en  la  cual  se  encuentran  palabras  con  ese  doble  signi- 
ficado y  de  analogía  fonética  ú  ortográfica,  es  el  aimará. 

El  autor,  con  gran  discreción,  no  da  como  definitivas  es- 
tas conclusiones.  Se  limita  á  llamar  la  atención  de  los  erudi- 
tos filólogos,  y  refiriéndose  á  ellos,  termina  con  estas  palabras: 
Sub  judice  lis  est. 

El  Marqués  de  Nadaillac,  cuyos  estudios  de  prehistoria  son 
muy  conocidos  en  España,  vuelve,  en  un  artículo  que  la  mis- 
ma Revista  Nacional  inserta  (Nov.-Dic.  1901)  y  que  está  fe- 
chado en  29  de  Agosto,  á  tratar  la  cuestión  de  Los  primeros 
americanos.  Su  tendencia  general,  muy  discutible,  consiste  en 
rebajar  extraordinariamente  la  fecha  de  la  aparición  del  hom- 
bre, que  los  descubrimientos  arqueológicos  de  Egipto  y  Asiría 
alejan  cada  vez  más. 

«El  continente  americano — dice  el  autor — ha  sido  proba- 
blemente poblado  posteriormente  al  Asia  y  á  la  Europa,  y  los 
descubrimientos  recientes  tienden  á  rechazar  la  gran  antigüe- 
dad del  hombre  en  América.  Las  fabulosas  cifras  dadas  por 
Xiyell,  Vogt  y  otros  más,  son  evidentemente  exageradas.  Es- 
tamos muy  lejos  de  los  150.000  años  del  hombre  de  Claymont 
ó  de  los  57.600  atribuidos  al  esqueleto  de  la  Nueva  Orleans. 
Citaré  los  dos  Congresos  Americano  y  Británico  de  1897,  el 
uno  en  Detroit  y  el  otro  en  Toronto;  los  descubrimientos  de 
Crenton  han  sido  objeto  de  profundas  discusiones,  y  los  sabios 
presentes  se  han  pronunciado  casi  unánimemente  en  contra 
de  la  fecha  que  se  pretendía  darles.  El  célebre  cráneo  de  Cala- 
E.  M.—&'eptíembre  1902.  H 


162  LA   ESPAÑA    MODERNA 


veras  es  reconocido  hoy  como  el  de  un  indio  moderno.  El  mis- 
mo Profesor  Putnam,  después  de  un  viajé  á  California  y  de 
ana  seria  investigación,  ha  permanecido  vacilante  en  sus  afir- 
maciones. 

»Se  ha  recogido  en  la  ribera  de  la  bahía  de  Saratosa  un  es- 
queleto humano  cuyos  huesos  se  habían  convertido  en  limoni- 
ta, pero  ningún  fósil  les  da  una  fecha  cierta. 

»En  fin,  el  curioso  estudio  de  las  transformaciones  qu©  ha 
sufrido  la  región  de  los  grandes  lagos  en  la  época  moderna  y 
el  de  la  retrograd ación  de  las  caídas  del  Niágara,  de  San  An- 
tonio y  otras  más,  hacen  admitir  á  M.  M.  Winchell,  Andrevrs, 
Gilbert,  que  la  disminución  de  los  ventisqueros  no  puede  ser 
fijada  más  allá  de  siete  á  diez  mil  años  antes  de  nuestro  tiem- 
po. Wright  cree  que  siete  mil  años  habrían  sido  suficientes 
para  la  excavación  de  las  gargantas  del  Niágara,  y  Winchell 
da  7803  años  para  la  formación  del  valle  del  Mississipí. 

»¿Existen  siquiera,  pregunta  Mr.  Holmes,  pruebas  serias 
de  la  existencia  del  hombre  en  América  durante  estos  fenó- 
menos, durante  la  época  de  la  extensión  de  los  ventisqueros, 
por  ejemplo? 

5» La  América  del  Sur  no  permite  conclusiones  más  posi- 
tivas.» 

En  cuanto  á  la  civilización  de  los  primitivos  americano-?, 
nótase  una  gran  analogía  con  la  de  las  razas  prehistóricas  de 
Europa.  Lo  ^ominante  en  ella  es  la  piedra  tallada  ó  pulimen- 
tada. El  fuego  era  obtenido  por  iguales  procedimientos  que 
en  el  Viejo  Mundo,  y  lo  mismo  puede  decirse  en  punto  á  la 
cerámica,  la  domesticación  de  animales,  etc.  En  cambio,  los 
yacimientos  de  metales  son  escasos:  el  hierro,  el  estaño,  eran 
«desconocidos,  ó  más  bien  dicho,  no  eran  explotados  en  Amé- 
rica antes  de  la  llegada  de  los  europeos,  y  el  cobre,  muy  abun- 
dante en  ciertos  puntos,  llenaba  él  solo  las  necesidades  de  los 
habitantes.  Formaba  una  segunda  etapa  en  su  civilización. 

»Los  materiales  empleados  eran  numerosos  y  diversos:  el 
silex,  el  cuarzo,  el  cuarcito,  la  pizarra,  el  argilito,  el  esquisto, 


LECTURAS  AMERICANAS  163 


la  piedra  arenisca,  la  galaxia,  la  novaculista,  el  jaspe,  la  mica, 
la  lava,  el  basalto  y  otras.  El  cobre  parece  haber  sido  siempre 
un  objeto  de  lujo,  y  á  menudo  se  unían  á  su  posesión  ideas  su- 
persticiosas. 

»Las  canteras  y  las  minas  de  donde  se  extraían  los  materia- 
les, se  extendían  en  considerables  superficies,  variando  entre 
algunos  acres  á  varias  millas  cuadradas.  Los  útiles  eran  de  los 
más  primitivos:  martillos  de  piedra,  picos  y  rodillos  de  made- 
ra. El  fuego  se  empleaba  á  menudo.» 

Entre  las  minas  más  notables  que  se  han  descubierto,  figu- 
ran: las  de  mercurio,  de  California;  una  de  oro,  en  San  Juan 
de  los  Morros;  pozos  de  petróleo  en  Ohío,  Pensylvania  y  otros 
sitios:  todo  ello  muy  anterior  al  siglo  xv,  en  que  Colón  arribó 
á  América.  El  cobre  se  explotaba  en  diversos  puntos  del  actual 
territorio  de  los  Estados  Unidos,  en  Cuba,  Méjico  y  la  Colom.- 
bia  inglesa. 

«La  explotacixDn  del  cobre  y  del  petróleo  databan  verosí- 
milmente de  la  misma  época  (1). 

»En  general,  los  obreros  que  trabajaban  el  cobre  operaban 
por  medio  del  martillaje  y  obtenían  así  hojas  muy  delgadas, 
que  cortaban  y  grababan  con  ayuda  de  tijeras  y  de  punzones 
de  cobre  ó  de  piedra.  Parece  también  que  conocían  los  hornos 
de  fusión,  en  donde  fundían  los  fragmentos  demasiado  peque- 
ños ó  el  metal  demasiado  impuro  para  ser  utilizados.  Mr.  Ha- 
milton  Cusbing  ha  reconocido  uno  de  estos  hornos  en  el  valle 
del  Vvio  Salado,  y  ha  conseguido,  al  cabo  de  varias  horas  de 
trabajo,  obtener  la  fusión  del  cobre  en  un  horno  semejante  (2). 


(1)  Los  pozos  de  petróleo  han  sido  reconocidos  en  Oíd  Creck,  cerca  de 
«Titus  ville»  (Pensylvfuiifi),  en  Mecca  (Ohío),  en  Emiskilen  (Canadá).  Se 
ha  preguntado  si  los  nntig-uos  americanos  se  servían  del  petróleo  para  el 
alumbrado,  como  los  chinos  ó  los  antiguos  habitantes  de  la  Persia.  Esto 
es  posible,  es  aún  probable,  pero  nada  permite  afirmarlo.  Ncwberry.  An- 
cient  M'niing  in  North  A^nérica. 

(2)  Frimitive  Copper  Workiuff  Ainérica  Anth.  Enero,  1834.  Ag^reg"ue- 
mos  que  Squier  ha  visto  cerca  de  China  hornillos,  y  al  lado  de  éstos  esco- 
rias que  indicaban  claramente  su  destino. 


164  LA   ESPAÑA    MODERNA 


Atm  ha  obtenido  un  éxito  más  considerable,  y  con  los  instru- 
mentos primitivos  que  usaban  los  obreros  ha  llegado  á  repro- 
ducir las  imágenes  tan  variadas  que  nos  han  dejado. 

»¿Quiénes  eran  estos  mineros? 

«¿Pertenecían  á  una  raza  hoy  día  desconocida,  ó  bien  de- 
bemos mirarlos  como  los  antepasados  de  los  indios  qu3  los; 
primeros  exploradores  americanos  encontraron  en  posesión  de 
las  inmensas  regiones  de  la  América  del  Norte?  Es  esta  una 
cuestión  muy  controvertida,  ün  sabio  miembro  del  Instituto^ 
Mr.  du  Chatelier,  adopta  la  primera  opinión  (1).» 

Otros  autores  pretenden  datar  estas  minas  de  una  época^ 
reciente,  atribuyendo  su  explotación  á  los  indios   históricos^ 

Nadaillac  dice,  por  su  cuenta,  que  no  es  posible  afirmar 
nada  concreto,  porque,  de  un  lado,  hay  un  abismo  enorme 
entre  la  civilización  que  denotan  los  primitivos  restos  de  Nor- 
te América  y  el  estado  de  barbarie  de  los  indios  que  hallaron 
los  conquistadores  europeos;  de  otro,  y  según  las  conclusiones 
(iel  Dr.  Brinton  (The  American  Race),  «todos  los  americanos 
presentan  el  mismo  tipo  y  pertenecen  á  una  raza  única». — 
«¿Cómo  explicar  entonces — pregunta  Nadaillac — las  diferen- 
cias tan  marcadas  en  su  civilización?» 

«La  América  del  Norte  comprendía  tres  zonas  de  civiliza- 
ción bien  distintas.  La  que  se  extendía  sobre  la  mayor  parte- 
de  los  Estados  Unidos  actuales;  la  de  Centro  América,  donde- 
el  Yucatán  ofrece  curiosos  monumentos,  y  la  de  Méjico»,  más- 
curiosa  é  importante  aún. 

D.  Belisario  García  estudia,  en  el  número  de  Febrero  de- 
1902,  una  de  las  muchas  cuestiones  americanas  palpitantes. 
Su  artículo,  que  se  titula  Influencia  de  la  pluralidad  étnica  en 
la  formación  de  las  nacionalidades,  defiende  el  cruzamiento  de- 
razas,  base,  á  su  juicio  y  al  de  otros  autores,  de  la  prosperi- 
dad de  los  Estados  Unidos. 

Aplicando  sus  observaciones  y  razonamientos  á  la  Améri- 


(1)    Mat.  pour  Vhistoire  de  Vhomme. 


LECTURAS  AMERICANAS  165 


•ca  latina,  dice  que   ésta   presenta  un  espectáculo   completa- 
mente opuesto: 

«Los  problemas  que  sacuden  el  organismo  de  estos  pueblos 
aiada  tienen  de  parecido  á  las  cuestiones  que  suelen  conmover 
la  opinión  anglo-sajona 

»La  época  actual  es,  sin  género  de  duda,  una  época  crítica 
para  Sud- América.  La  suspicacia  ha  sustituido  á  la  buena  fe;  el 
recelo  lia  ocupado  el  lugar  de  la  tradicional  confianza  en  que  han 
descansado  hasta  hoy  estas  nacionalidades;  el  espíritu  delucha, 
en  fin,  ha  reemplazado  los  viejos  hábitos  de  serenidad  y  de 
<íordura  que  fueron  un  tiempo  eslabones  de  una  misma  ca- 
dena de  aspiraciones  en  el  natural  desenvolvimiento  de  las 
ideas. 

»¿Qué  queda  hoy  de  todo  aquello?  Un  recuerdo  vago  en  la 
historia  y  nada  más.  ¿Cuál  es  la  razón,  sin  embargo,  que  mo- 
tiva todos  estos  recelos,  todas  estas  desconfianzas,  todo  este 
■enorme  enredo  en  que  viven  los  pueblos  sud-americanos? 

»Yamos  á  decirla.  En  Sud-América  los  pueblos  no  se  co- 
nocen: existe  un  aislamiento  completo  y  las  vías  de  comuni- 
cación han  sido  miradas  hasta  hoy  como  cosas  secundarias, 
sin  trascendencia  política  internacional  ninguna.  Países  que 
viven  así,  es  natural  que  carezcan  de  todas  aquellas  aspiracio- 
nes de  unión  y  de  derecho  que  han  labrado  en  otras  partes  la 
grandeza  de  los  pueblos.  ¿Cuántos  años  ha  costado  de  predi- 
cación para  que  la  Argentina  y  Chile  comprendan  la  inmensa 
importancia  continental  de  los  ferrocarriles  trasandinos? 

»Yolvamos  ahora  á  la  cuestión  capital,  para  precisar  las 
ideas  y  deducir  las  consecuencias  que  derivan  de  la  transfor- 
mación que  en  este  momento  se  opera  en  América,  en  virtud 
del  cruzamiento  de  las  razas  y  del  empuje  inevitable  de  las 
necesidades  é  intereses  del  tiempo.  Leyes  ineludibles  de  la 
historia  nos  indican  que  los  países  sud-americanos  que  han 
adoptado  abiertamente  la  mezcla  étnica  de  elementos  latinos 
y  anglo -sajones,  preponderantes  hoy  en  Europa,  tienen  for- 
zosamente que  desenvolverse  con  la  misma  intensidad  social 


166  LA    ESPAÑA   MODERNA 


con  que  se  desarrollan  las  posesiones  inglesas  de  Ultramar  y 
los  Estados  Unidos  del  Norte. 

» ¿Quiénes  quedan  entonces  en  la  orilla  opuesta  en  este  sa- 
cudimiento fisiológico  universal?  Las  naciones  atrasadas,  Ios- 
pueblos  apegados  á  la  tradición  y  al  quietismo,  las  razas  que 
se  consumen  en  el  aislamiento  y  que  vegetan  entontecidas  en 
el  pudridero  de  las  ideas  muertas.  Para  Sud-América  este 
problema  es  el  problema  vital  por  excelencia.  Quien  desco- 
nozca ó  ignore  la  gravedad  que  él  envuelve,  sin  cuestión  al- 
guna, demuestra  que  desconoce  ó  ignora  los  complejos  meca- 
nismos de  que  está  organizada  la  sociedad  política  actual  y 
no  alcanza  á  medir  con  exactitud  las  tendencias  que  forman 
en  este  momento  la  aspiración  del  tiempo.» 

El  Sr.  D.  José  lugegnieros,  conocido  ya  por  otras  publi- 
caciones de  importancia,  adelanta  en  el  número  de  Marzo  un 
fragmento  de  su  libro  Simulazione  delta  Pazzia,  que  están  im- 
primiendo los  editores  Bocea  (Torino).  El  fragmento  es  cu- 
rioso é  interesante  y  se  refiere  á  la  Psicología  de  los  simulado^ 
res.  Son  simuladores  «los  sujetos  que,  por  tendencia  y  por  há- 
bito, suelen  valerse  de  la  simulación  como  medio  astuto  de 
adaptación  en  la  lucha  por  la  vida».  Para  caracterizar  mejor 
este  tipo,  el  autor  recuerda  y  explana  la  división,  ya  corrien- 
te, de  los  hombres  en  característicos  é  indiferentes.  Los  pri- 
meros son  «todos  aquellos  que  tienen  fisonomía  propia,  pre- 
sentando cualidades  diversificadas,  tendencias  originales  y 
capacidad  fecunda  para  iniciativas  distintas  de  las  habitua- 
les...; son  los  actores  en  el  drama  humano,  en  la  evolución  so- 
cial». Indiferentes  son  los  que  presentan  cualidades  contra- 
rias, «la  masa  anodina,  el  número  abstracto».  Claro  es  que  el 
concepto  de  característico  tiene  gran  relatividad. 

«En  último  análisis  no  existe  un  solo  individuo,  por  muy 
indiferente  que  sea,  que  no  tenga  una  molécula  de  caracteres 
propios  y  personales,  que  no  ejerza  su  acción — tan  infinitesi- 
mal como  se  quiera — sobre  el  medio  en  que  vive.  Todos  los 
individnos,  desde  el  m-ás  grande  hasta  el  más  pequeño,  nacen 


LECTURAS   AMERICANAS  167 


Ó  se  moldean  con  más  ó  menos  rasgos  personales,  y  contribu- 
yen necesariamente,  según  su  poca  ó  mucha  capacidad  y  me- 
dida, á  la  vida  del  conjunto  social.  El  concepto  del  «indife- 
rente» y  del  «característico»  no  aparece  de  una  manera  clara 
á  nuestro  espíritu  sino  cuando  se  mira  al  individuo  con  rela- 
ción al  movimiento  del  grupo  social,  con  sus  choques  y  sus 
variaciones.» 

Por  ser  los  característicos  los  que  se  mueven  y  luchan  en 
primer  término,  debe  darse  en  ellos  con  frecuencia  é  intensi- 
dad la  simulación  necesaria  para  adaptarse  al  medio. 

«Y  los  hechos  son  probantes.  Es  entre  esos  «luchadores 
por  la  vida  por  excelencia»  donde  la  simulación  está  más  des- 
arrollada y  donde  asume  formas  originales;  en  la  masa  amor- 
fa, la  simulación  no  existe  sino  como  simple  reflejo  de  las 
simulaciones  comunes  á  todos  los  que  se  anastomosan  con  las 
mentiras  convencionales.» 

«Hemos  establecido  (añade  el  autor)  que  simular  es  adop- 
tar los  caracteres  exteriores  y  visibles  de  lo  que  se  simula,  de 
manera  que  pueda  haber  confusión  con  lo  simulado. — La 
mentira,  la  hipocresía,  la  astucia,  pueden  revestir  formas  que 
constituyen  el  fenómeno  especial  de  la  simulación,  pero  no 
son  siempre  y  necesariamente  simulaciones. 

» Debe  notarse,  sin  embargo,  que  no  siendo  la  psique  hu- 
mana un  aparato  simple,  de  efecto  único,  sino  una  compleja 
red  de  acciones  y  reacciones  psicológicas,  jamás  podrá  apare- 
cer un  individuo — por  muy  «característico»  que  sea — que  ten- 
ga una  sola  manifestación  de  su  personalidad  psíquica.  Lo 
frecuente  es  que,  junto  con  la  facultad  característica,  coexistan 
las  afines,  ó  bien  otras  que,  siendo  de  índole  diversa,  puedan 
no  ser  afines.  Es  frecuentísimo  encontrar  el  tipo  mixto  del 
envidioso-calumniador,  del  mentiroso-simulador,  del  ambicio- 
so-genial; es  también  posible  ver  pródigos-mentirosos,  ladro- 
nes-altruistas, ambiciosos-serviles,  caracteres  que  no  se  exclu- 
yen, aunque  sean  el  uno  útil  y  el  otro  perjudicial  para  la 
sociedad. 


168  LA   ESPAÑA   MODERNA 


» Falsearía,  pues,  nuestro  pensamiento  quien  entendiera  que 
la  función  característica  es  única  y  excluyente;  ella  no  implica 
más  que  su  intensificación,  hasta  el  punto  de  ser  predominante 
sobre  las  demás  que  con  ella  coexisten.» 

La  clasificación  provisional  que  propone  el  autor,  es  como 
sigue: 


Utilitarios. 


Astutos. 
Serviles. 


o  )  ^      .    .  Fumistas. 

SIMULADORES.  .  (  Orqanicos.  .  .  .  (  t^,  .  , 


Patológicos  .  •  •  ! 


Psicópatas. 
Sufrestiouables. 


La  determinación  de  los  caracteres  de  cada  uno  de  estos 
grupos  es  altamente  curiosa  y  notable. 

«El  simulador  astuto  es  el  individuo  que,  mediante  la  si- 
mulación, sabe  adaptarse  más  hábilmente  á  las  condiciones 
del  medio  en  que  lucha  por  la  vida.  Es  la  encarnación  de 
nuestro  «vividor»,  del  viveur  de  los  franceses,  del  pagnottista 
de  los  italianos  y  del  struggleforlifer  de  los  ingleses. 

»Aquí  debe  insistirse  en  que  todos  los  hombres  dotados  de 
alguna  astucia  suelen  simular;  porque  siendo  alguna  vez  el 
fraude  condición  de  éxito  en  la  lucha  por  la  vida,  fuera  inepti- 
tud desdeñarlo  sistemáticamente. 

»En  el  simulador  astuto,  la  fisonomía  está  siempre  prepa- 
rada para  la  simulación;  en  ella  no  se  cumple  el  principio  ge- 
neral de  que  la  fisonomía  denuncia  el  estado  interior  del  suje- 
to. Y  aquí  resultan  pueriles  aquellas  sentencias  de  Sohopen- 
HAUEu  en  La  Vida,  donde  pretende  que  «todo  rostro  humano 
»es  un  jeroglífico  que  puede  ser  descifrado,  y  del  cual  lleva- 
»mos  el  alfabeto  en  nosotros  mismos.  La  fisonomía  dice  más 
•sobre  un  hombre  que  sus  palabras:  es  el  compendio  de  todo 
»lo  que  los  labios  pronuncian,  la  letra  inicial  de  todo  lo  que 
•  seguirá  en  los  pensamientos  ó  en  las  acciones  del  hombre.» 

En  esta  forma  de  la  simulación  la  mujer  suele  ser  superior 


LECTURAS   AMERICANAS  169 


al  hombre.  La  causa  de  esto  es  que,  «desprovista  la  mujer  en 
la  lucha  por  la  vida  de  muchos  medios  violentos  que  el  hombre 
posee  y  usa  como  recurso  de  superioridad,  ella  ha  tenido  que 
refinarse  en  los  fraudulentos,  alcanzando  superioridades  que 
bien  equilibran  las  propias  del  hombre» , 

El  autor  cita  varios  casos  de  simuladores  astutos  —  que  á 
veces  se  mezclan  con  el  servil, — y  entre  ellos  el  siguiente: 

«En  la  época  en  que  el  profesor  Mejía  era  estudiante,  un 
enfermo  ingresó  al  viejo  hospital  de  Buenos  Aires,  situado  en 
la  calle  de  Independencia,  con  úlcera  varicosa  en  una  pierna. 
La  curación  se  prolongó,  y  el  individuo  fuese  adaptando  muy 
bien  á  la  holgazanería  de  la  vida  hospitalaria.  Cuando  sanó 
de  su  úlcera,  comenzaron  á  notarse  en  él  los  síntomas  de  un 
tabes  dorsal,  que  fueron  acentuándose  hasta  completar  el  cua- 
dro semeiológico.  Ese  enfermo  sirvió  durante  varios  cursos 
para  la  enseñanza  del  tabes  dorsal  á  los  alumnos.  Sólo  después 
de  algunos  años  de  haber  sido  utilizado  para  la  enseñanza  clí- 
nica, se  constató  que  el  sujeto  no  era  tabético,  sino  que  había 
simulado  serlo,  imitando  los  síntomas  de  un  vecino  de  eama, 
para  no  perder  los  privilegios  y  comodidades  gratuitas  que  el 
hospital  le  proporcionaba.» 

En  la  vida  intelectual  las  simulaciones  se  llaman  plagios, 
y  las  disimulaciones  psewí¿ówimo¿í. 

«En  la  genealogía  de  los  simuladores  serviles  encontramos 
dos  ramas  perfectamente  diferenciadas.  Algunas  veces  se  trata 
de  individuos  que,  después  de  haber  sido  espontáneos  y  since- 
ros en  extremo,  sucumben  en  la  lucha  por  la  vida,  viéndose 
obligados  á  amainar  sus  pabellones  para  caer  en  la  dolorosa 
necesidad  de  disimular  su  verdadero  carácter  y  de  simular  el 
requerido  para  recuperar  posiciones  perdidas  en  la  lucha  por 
la  vida;  este  simulador  es,  en  realidad,  un  sincero  derrotado, 
que  se  resigna  á  fingir.  Otras  veces  se  trata  de  sujetos  débiles 
é  inferiores  que  tienen  flexibilidad  y  plasmabilidad  sufioientea 
para  seguir  sistemáticamente  en  la  vida  el  camino  de  las  me- 
nores resistencias;  éstos  viven  sin  personalidad  propia,  ocul- 


170         ^  LA   ESPAÑA   MODERNA 


tando  todo  aquello  que  pudiera  levantar  una  traba  ó  una  ba- 
rrera en  su  sendero,  y  fingiendo  todo  lo  que  puede  ser  fuente 
de  beneficios,  de  simpatías,  de  benevolencias.  Es  natural  que 
este  tipo  es  sumamente  perjudicial  á  la  sociedad,  por  cuanto, 
además  de  ser  misoneísta,  es  reaccionario  y  se  opone  á  todas 
las  obras  ó  iniciativas  de  los  filoneístas. 

«Psicológicamente,  ambos  tienen  una  textura  compleja.  En 
la  del  primero  se  fusionan  el  ambicioso,  el  cobarde  y  el  pru- 
dente; en  la  del  segundo,  el  apático,  el  tímido  y  el  impotente.» 

Refiriéndose  á  los  fumistas,  dice  el  autor: 

«El  fumista  (la  palabra  es  francesa,  equivaldría  á  sujeto 
que  «toma  el  pelo»  á  los  demás)  no  incurre  en  la  simulación 
para  adaptarse  á  las  condiciones  en  que  lucha  por  la  vida, 
sino  por  tendencia  orgánica.  El  objetivo  del  fumista- simulador 
está  en  la  simulación  misma  y  en  el  placer  intelectual  que  le 
reporta  la  realización  de  su  propósito.  Es,  á  menudo,  el  artis- 
ta de  la  simulación  y  trabaja  con  pasión  por  amor  á  su  arfcé. 
La  base  fisiológica  ele  este  tipo  es  una  exuberante  salud  física, 
moral  é  intelectual;  sin  ella,  el  organismo  no  tiene  ese  exceso 
de  energías  que  el  fumista  gasta  sin  un  propósito  útil.» 

Tipo  clásico  del  fumista  es  el  célebre  Leo  Taxil,  ó  sea  Ga- 
briel Jogand  Pagés. 

«Francia  (añade  el  Dr.  Ingegnieros)  parece  abundar  en 
grandes  simuladores  fumistas.  Entre  sus  literatos  contempo- 
ráneos son  numerosísimos  los  que,  aparte  de  sus  méritos  lite- 
rarios, poseen  el  talento  de  la  simulación  fumista.  Hallarme 
tiene  en  sus  libros  páginas  llenas  de  puntos  suspensivos,  que 
el  lector  debe  interpretar  subjetivamente.  Peladan  simula  ser 
gran  sacerdote  de  ritos  que  no  existen  y  profesar  el  culto  del 
androginismo.  D'Annunzio  (italiano  que  ha  sufrido  muchos 
contagios  psicológicos  de  los  franceses)  ha  simulado  ser  parti- 
dario del  amor  sororal  y  del  homosexualismo — puesto  que  no 
cabe  creer  que  realmente  incurriese  en  tales  «refinamientos» 
del  instinto  sexual. — Se  comprende  que  el  primero  no  ha 
creído  que  significaran  algo  sus  puntos  suspensivos,  ni  el  se- 


LECTURAS   AMERICANAS  17i 


gundo  aspiró  á  convertirse  en  andrógino,  ni  el  tercero  copuló 
con  sus  hermanas  ó  con  otros  hombres:  son  simplemente  los 
estetas  de  la  fumistería.  Y  aquí  debemos  decir  que  Nordau  ha 
cometido  un  serio  error  de  observación  al  interpretar  como 
signos  de  degeneración  muchos  hechos  simulados,  que  sola- 
mente son  producto  de  la  fumistería  mezclada  con  el  este- 
tismo. 

»Entre  los  latinos  americanos,  hay  algunos  espíritus  sutiles 
que  se  deleitan  en  semejantes  expansiones  intelectuales;  fuera 
indiscreción  recordarlos  en  estas  páginas,  pues  con  ello  peli- 
grarían sus  éxitos  futuros.» 

Simuladores  disidentes  son  los  «sujetos  inadaptados  ó  in- 
adaptables  al  ambiente  en  que  viven»  y  de  los  cuales,  algunos 
reaccionan  y  se  convierten  en  simuladores.  «Lo  que  les  lleva 
á  simular  es  un  objetivo  de  disonancia  con  su  ambiente,  de 
disgregación  de  las  ideas  de  los  individuos  entre  quienes  viven 
y  luchan;  sujetos  cuya  finalidad  es  negativa  y  cuya  simulación 
suele  serles  sumamente  perjudicial.»  Tienen  dos  ramificacio- 
nes con  fisonomía  propia:  el  poseur  j  el  épáteur.  «El  primero 
es  un  disidente  combinado  con  un  vanidoso  y  un  esteta;  el  se- 
gundo, resulta  de  la  anestomosis  del  disidente  con  el  exhibi- 
cionista y  al  paradojal.» 

El  caso  más  notable  que  presenta  el  autor  es  el  siguiente: 
Un  joven  estudiante  de  ingeniería,  hijo  de  distinguida  familia, 
de  inteligencia  clara  y  de  ilustración  estimable,  aunque  bas- 
tante neurópata.  El  medio  familiar  y  el  ambiente  social  en 
que  vivía  no  eran  de  su  agrado;  los  frenos  paternos  y  las  con- 
veniencias sociales  le  torturaban  de  una  manera  insufrible.  En 
esas  condiciones  de  estática  psicológica,  tuvo  entre  sus  manos 
libros  anarquistas  y  socialistas.  En  ellos  encontró  exacta  la 
parte  negativa,  referente  á  la  crítica  de  las  presentes  institu- 
ciones sociales;  pero  no  llegó  á  convencerse  nunca  de  la  eficaicia 
de  la  violencia  para  reformar  la  sociedad,  como  los  libros  anar- 
quistas pretendían.  Sin  embargo  de  no  comulgar  con  las  ideas 
del  anarquismo,  simuló  pertenecer  á  esa  secta,  y,  especialmen- 


172  LA    ESPAÑA   MODERNA 


te,  á  SU  grupo  más  exaltado:  el  de  los  individualistas  dinami- 
teros. Su  objetivo  esencial  era  ponerse  en  las  mejores  condi- 
ciones para  evidenciar  á  todos  los  individuos  del  medio  en  que 
vivía  cuan  absurdas  eran  sus  mentiras  convencionales.  Sobre 
esta  simulación  fundamental  del  anarquismo  instaló  otras  se- 
cundarias, pero  no  menos  curiosas.  Así,  por  ejemplo,  on  pre- 
sencia de  la  indiferencia  de  los  demás  ante  su  simulación  anar- 
quista, orientó  su  conducta  por  un  sendero  de  simulación 
habitual.  Todos  sus  actos,  uno  por  uno,  eran  la  inversa  de  lo 
que  en  igualdad  de  circunstancias  hubiera  liecho  otro  indivi- 
duo. Vestía  pésimamente,  en  riña  con  la  estética  más  elemen- 
tal, pudiendo  engalanarse  con  ricos  paramentos  indumenta- 
rios; ha  vivido,  por  muchos  meses  y  años,  en  los  más  plebeyos 
conventillos;  simplificó  sus  comidas  hasta  desbordar  los  lími- 
tes fisiológicos  de  la  nutrición  mínima;  en  el  orden  moral, 
simuló  adoptar  las  doctrinas  de  resistencia  pasiva  predicadas 
por  el  genial  alienado  ruso  Tolstoy,  con  el  fin  de  evidenciar 
cuan  despreciables  son  los  temperamentos  violentos. 

«Entre  sus  simulaciones  secundarias  fue  quizás  la  más  in- 
teresante la  de  su  propia  temibilidad.  Era,  y  es  aún,  el  sujeto 
más  inofensivo  que  imaginarse  pueda,  pero  simulaba  ser  peli- 
groso con  el  fin  de  que  las  autoridades  se  preocupasen  de  las 
doctrinas  que  fingía  profesar.  Una  vez  se  hizo  arrestar  en  un 
meeting  obrero,  con  el  único  propósito  de  que  al  ser  revisado 
©n  la  policía,  se  le  encontrase  un  enorme  cuchillo,  capaz  de 
rivalizar,  sin  desventaja,  con  el  del  más  terrible  carnicero; 
suponía  que,  de  esa  manera,  las  autoridades  y  la  burguesía  co- 
brarían temor  al  anarquismo,  tratando  de  corregir  los  males 
que  minan  á  la  sociedad  contemporánea.» 

«Otro  caso  de  neurópata  simulador  merece  ser  recordado  bre- 
vemente. M.  de  Gr.  y  M. — que  hemos  podido  estudiar  muy  cui- 
dadosamente— padece  de  neurastenia  de  tipo  cerebral,  con  im- 
pulsiones ambulatorias  conscientes  pero  irresistibles;  un  caso 
de  aquellos  que  frecuentemente  llegaban  á  la  clínica  de  Chas- 
cot:  judíos  cerebrasténicos  que  viajan  al  azar,  sin  objetivos  y 


LECTURAS   AMERICANAS  173 


sin  rumbo,  repitiendo  en  la  realidad  de  la  vida  la  leyenda  de 
Ashavero.  Este  enfermo  es  el  «característico»  más  múltiple  que 
hemos  conocido;  es  decir,  posee  en  grado  sobresaliente  varios 
caracteres  psicológicos.  Sobre  un  fondo  enteramente  psicopáti- 
co es  genialoide,  simulador,  mentiroso  y  generoso:  todo  ello 
en  grado  característico.  Ha  simulado  los  hechos  más  inverosí- 
miles, sin  que  tuviera  en  ello  la  menor  utilidad,  ni  siquiera  el 
deseo  de  ser  creído.  En  un  caso  le  vimos  convertido  on  cerebro 
y  brazo  de  una  imaginaria  y  terrible  asociación  secreta,  cuyo 
nombre  daría  envidia  á  cualquier  delirante  sistematizado: 
«Liga  Americana  de  la  Democracia  Pura»;  consiguió  que  va- 
rios jóvenes  se  dejaran  iniciar  por  él  en  los  secretos  de  la  fin- 
gida sociedad,  aceptando  su  consagración;  sabiendo,  como  sa- 
be, por  instrucción  módica,  que  sus  viajes  son  resaltado  de  im- 
pulsiones irresistibles  de  duración  variable,  llegó  hasta  simu- 
lar que  ellos  respondían  al  propósito  de  ejecutar  misiones  que 
le  confiaba  la  asociación  secreta,  que  sólo  existió  en  su  fan- 
tasía.» 

El  simulador  sugestionado  recibe  su  impulso  de  otros  indi- 
viduos, y  es  tipo  frecuente  en  la  juventud  literaria. 

«Entre  los  literatos  novicios  es  frecuente  encontrar  sujetos 
que  simulan  poseer  malas  cualidades,  que  creen  reales  en  los 
fumistas  por  quienes  están  sugestionados;  el  snob  literario  suele 
ser  un  tipo  de  simulador  sugestionado  que  finge  lo  que  cree 
verdadero  en  los  tipos  que  se  prefija  como  modelos. 

»Hemos  conocido  un  joven  literato  decadente,  sugestionado 
por  los  fumistas  de  Francia,  que  se  creyó  obligado  á  simular 
los  refinamientos  y  vicios  fingidos  por  éstos,  conceptuándo- 
los verdaderos.  Simulaba  ser  pederasta  pasivo,  haschichista^ 
morfinómano  y  alcoholista;  vestía  trajes  averiados  y  bizarros; 
trasnochaba  en  los  cafés,  simulando  estar  ebrio,  aunque  sentía 
repulsión  orgánica  por  las  bebidas  algohólicas.  Simuló  estar 
enamorado  de  una  joven  que  era  víctima  de  la  lujuria  infa- 
mante de  su  propio  padre;  de  esta  simulación  le  nació  la  ocu- 
rrencia de  simular  un  suicidio,  después  de  haber  simulado  que 


174  LA    ESPAÑA   MODERNA 


pretendió  envenenar  su  supuesto  suegro  y  que  estaba  arre- 
pentido. Todo  era  producto  de  sus  pueriles  sugestiones,  fruto 
de  las  fumisterías  délos  estetas  y  superhombres  cuj-as  obras 
leía  de  preferencia:  Peladán,  Osear  Wilde,  MaHarmó,  d'Annun- 
zio,  bajo  cuya  influencia  vivía,  tratando  de  ajustar  sus  actos  y 
sus  ideas  al  «Manual  del  perfecto  literato  decadente.» 

El  Dr.  Ingegnieros  termina  su  interesan,te  estudio  exami- 
nando los  conocidos  casos  de  simulación  de  enfermedades  sin 
fin  utilitario,  en  los  que  llama  simuladores  patológicos. 

La  Revista  jurídica  y  de  ciencias  sociales  que  se  publica  en 
Buenos  Aires,  habla  en  sus  números  de  Noviembre  y  Diciem- 
bre de  1901  del  proyecto  de  un  Congreso  universitario  sud- 
americano. Lo  defiende  el  Sr.  D.  J.  B.  T.,  crej^endo  que  ser- 
viría en  gran  manera  para  consolidar  la  intimidad  interame- 
ricana: 

«Un  Congreso  en  tales  condiciones — dice, — si  tiene  finali- 
dades que  alcanzar,  es  porque  no  sería  un  mero  artificio,  pues 
tiene  también  antecedentes  que  lo  favorecen  y  lo  explican:  los 
intereses  propios  y  comunes  de  los  pueblos  que  forman  nuestra 
América,  en  el  derecho  público  y  privado,  respecto  de  cuyos 
caracteres  y  fundamento  puede  decirse  que  hay  la  teoría  ame- 
ricana. Y  conviene  desenvolver  y  escl  arecer  el  sentido  de  esos 
intereses  propios  que  el  extravío  de  métodos,  la  vana  teoriza- 
ción imitativa,  llevó  al  Congreso  de  Lima  del  78  á  desconocer- 
los y  contradecirlos  (1). 

»Tal  vez  íuera  también  para  los  universitarios  de  Buenos 
Aires — cuyo  grueso  llega  á  3.000  alumnos  matriculados — el 
comienzo  de  una  mayor  cohesión,  de  espíritu  de  asociación,  de 
que  carece  por  completo  la  juventud  de  altos  estudios,  que  no 
alcanza  á  formar  entre  sus  miembros^  como  en  la  vida  europea, 
el  sentimiento  de  la  amistad  y  del  compañerismo  que  acom- 
paña com(>  una  gran  fuerza  durante  la    vida   entera  y  que  se 


(1)     Que  el  argentino  Calvo  en  sus  libros,  y  los  chilenos  Prats  y  Matta 
en  el  Congreso  de  Montevideo,  olvidaron  igualmente. 


LECTURAS    AMERICANAS  175 


adquiere  solamente,  por  un  beneficio  de  los  años,  en  los  muy 
generosos  de  la  plena  adolescencia  de  la  inteligencia  y  del  co- 
razón. 

»A  ese  objeto  tendía,  fuera  de  otros  superiores,  la  iniciati- 
va de  establecer  como  una  tradición  la  fiesta  conmemorativa 
de  la  fundación  de  nuestra  Universidad  y  cuya  decisión  ha 
postergado  para  el  año  próximo  la  falta  de  ambiente  propicio 
dentro  y  fuera  de  ella. 

»¿Estos  diarios  documentos  de  atonía,  de  ausencia  total  de 
vida,  no  nos  estarán  indicando  la  carencia  igualmente  absolu- 
ta de  condiciones  de  viabilidad  para  la  institución  universita- 
ria? ¿No  autorizan  á  pensar  que  Buenos  Aires  es  una  ciudad 
que  llamaríamos  anbi-universitaria? 

»Zeballos,  J.  R.  Fernández,  Lobos,  han  hablado  de  tiem- 
pos mejores  en  el  pasado  de  la  Universidad  y  han  formulado 
amargas  reflexiones  sobre  su  presente. 

»De  todos  modos,  á  levantar  el  espíritu  de  la  institución 
contribuiría  indirectamente  la  reunión  de  un  Congreso  Inter- 
nacional, pues  ella  obligaría  á  la  aproximación  de  sus  miem- 
bros, intervenidos  en  sus  intereses  comunes.» 

En  La  Revista  Nueva  (Chile),  D.  Santiago  Marín  Vicuña 
habla  de  Un  mapa  de  Chile  publicado  por  Mr.  A.  H.  Keane, 
en  su  reciente  obra  Central  and  South  America  (London,  1901), 
editada  por  el  presidente  de  la  Real  Sociedad  G-eográfica  de 
Londres,  Sir.  C.  Markham.  La  importancia  de  ese  mapa  es- 
triba, según  el  autor,  en  que  traza  el  límite  entre  Chile  y  la 
Argentina  de  «conformidad  con  el  principio  chileno  del  divor- 
tium  aquarum  continental^  lo  que  significa  un  triunfo  de  nues- 
tra doctrina,  pues,  como  decía,  esas  cartas  han  sido  editadas 
por  el  centro  geográfico  de  más  autoridad  en  el  mundo,  la 
Heal  Sociedad  Geográfica  de  Londres.  Y  no  se  crea  que  el  au- 
tor La  tenido  á  la  vista  sólo  documentos  chilenos;  muy  al 
contrario.  Por  las  informaciones  que  da,  por  las  repetidas  ci- 
tas que  hace  de  los  escritos  delDr.  Moreno  y  por  las  planchas 
fotográficas  que  acompaña,  que  no  son  sino  reproducciones  de 


176  LA   ESPAÑA   MODERNA 


las  que  corren  insertas  en  el  folleto  que  contiene  la  conferen- 
cia del  perito  argentino  en  la  E,eal  Sociedad  Geográfica  de 
Londres,  se  ve  que  ha  tenido  á  su  disposición  toda  la  biblio- 
teca de  propaganda  argentina. 

»E1  plano  á  que  liat3emos  referencia  es,  en  conjunto,  el  más 
completo  que  hasta  ahora  se  ha  publicado  sobre  Chile,  y  mani- 
fiesta que  para  su  confección  se  han  tenido  á  la  vista  los  pla- 
nos parciales  levantados  por  las  comisiones  de  límites  chile- 
nas y  argentinas.  Nada  diremos  sobre  su  impresión,  que  es  de 
una  nitidez  y  riqueza  en  detalles  dignas  de  llamar  la  atención. 

»La  región  comprendida  entre  los  grados  45  y  60,  que  apa- 
recía en  los  mapas  antiguos  tan  recargada  de  errores  y  de  sec- 
ciones inexploradas,  es  casi  en  un  todo  nueva  y  es  ahí  preci- 
samente donde  más  se  hace  notar  el  trazado  de  la  línea  limí- 
trofe, que  deja  al  lado  de  Chile  los  hermosos  lagos  cordillera- 
nos Buenos  Aires,  Resumidero,  Cochrane,  Manuel  Rodríguez, 
Nansen  y  San  Martín,  que  aparecen  en  su  verdadera  forma  y 
extensión. 

^Llamamos  también  la  atención  á  un  punto  que  ha  hala- 
gado nuestro  espíritu  patriótico  y  de  ex-explorador  de  esas  re- 
giones. 

»Sabido  es  que  los  ingenieros  chilenos  y  argentinos  que 
por  primera  vez  hemos  reconocido  y  planificado  esa  zona,  no 
siempre  hemos  dispuesto  de  nombres  indígenas  para  bautizar 
los  ríos,  lagos  y  cordilleras  que  encontrábamos,  ya  que  nidios 
habitantes  ni  la  tradición  existen ,  y  como  hemos  operado 
sin  acuerdo  ni  comunicación  alguna  con  los  argentinos,  suce- 
de que  hasta  ahora  son  muy  raros  los  nombres  comunes  que 
existen  en  los  respectivos  planos. 

»Con  la  publicación  de  este  mapa  se  puede  decir  que  que- 
dan ya  como  definitivos  los  nombres  adoptados  por  Chile, 
como  hemos  tenido  el  agrado  de  verlo,  al  leer  lago  Cochrane, 
lago  Manuel  Rodríguez^  río  Chacabuco^  río  Baker ^  etc.,  en  vez 
de  Puyrredonj  Belgrano^*  Tamango  y  Las  Heras^  que  consig- 
nan las  cartas  argentinas.» 


LECTURAS   AMERICANAS  177 


Dejando  para  otra  revista  algunos  libros  recibidos,  haré 
excepción,  para  terminar,  de  uno,  interesante  por  más  de  un 
concepto,  que  acabo  de  leer.  Titúlase  El  helenismo  en  la  lite- 
ratura latina^  y  ha  sido  presentado  como  tesis  doctoral  en  la 
Universidad  de  Buenos  Aires  por  D.  Juan  Francisco  Ibarra, 
uno  de  los  jóvenes  argentinos  en  que  mayores  esperanzas 
puede  fundar  el  porvenir  de  la  cultura  hispanoamericana. 

En  primer  lugar,  llama  la  atención  la  importancia  del  tra- 
bajo, que  choca  con  la  habitual  y  desdichada  insignificancia 
de  las  tesis  en  América...  y  en  España.  Téngase  en  cuenta  que 
las  cien  páginas  en  4.^  que  comprende  el  discurso  del  Sr.  Iba- 
rra son  resumen  de  un  estudio  más  amplio,  fruto  de  largas 
vigilias,  que  en  otra  ocasión  ha  de  publicar  su  autor.  Por 
otro  lado,  el  tema  mismo  señala,  en  las  aficiones  de  la  juven- 
tud de  la  América  española  (cuyos  gustos  y  lecturas  señorea 
hoy  por  hoy  con  exceso  el  modernismo  literario  do  algunas 
naciones  europeas),  un  retorno  al  clasicismo,  que  si  no  tiene 
todas  las  excelencias  que  suelen  hallarle  los  defensores  de  la 
segunda  enseñanza  humanista^  es  y  será  siempre  un  elemento 
de  cultura  insustituible  para  ciertas  direcciones  del  espíritu, 
como  el  mismo  Goethe  reconocía.  En  este  sentido,  la  dirección 
que  marca  el  trabajo  del  Sr.  Ibarra — acordada  con  la  defendi- 
da por  Rodó  en .  su  Ariel — no  puede  menos  de  ser  plausible 
para  los  que  sin  abandonar  la  defensa  de  los  ideales  modernos, 
creen  necesario  salvar  el  fondo  ideal  que  constituye  la  fuerza 
mayor  de  la  civilización  latina. 

Además  de  esto,  el  discurso  del  Sr.  Ibarra  está  escrito  en 
verdadero  castellano.  No  le  afean  los  neologismos  con  que,  in- 
necesariamente á  menudo,  mezclan  el  idioma  muchos  escrito- 
res de  América.  Apenas  si  en  todo  el  libro  se  hallarán  cuatro 
ó  cinco,  fácilmente  corregibles;  y  sin  duda,  este  es  un  nuevo 
efecto  del  clasicismo  del  autor. 

En  cuanto  al  tema  mismo,  no  es  nuevo  en  verdad,  pues  se 
halla  tratado  por  todos  los  historiadores  modernos  de  Grecia 
y  de  Roma;  pero  el  Sr.  Ibarra  resume,  de  un  lado,  todo  el  sa- 
E.  U,— Septiembre  J902.  12 


178  LA    ESPAÑA  MODERNA 


ber  actual  referente  á  su  asunto,  bebiendo  en  las  mejores  fuen- 
tes alemanas  y  francesas,  y  de  otro,  ha  añadido  á  los  frutos 
ajenos  los  de  propia  y  directa  investigación  sobre  los  restos 
mismos  de  la  literatura  latina.  Vivamente  deseamos  que  el 
autor  termine  el  libro  extenso  que  anuncia,  para  saborear  con 
mayor  detalle  su  obra  personal.  Entonces  también  podrá  co- 
rregir algunos  errores  de  historia  general  que  se  notan  en  los 
primeros  capítulos,  y  reforzar  el  aspecto  artístico — singular- 
mente interesante  en  la  arquitectura — de  la  influencia  heléni- 
ca y  de  la  originalidad  latino-etrusca. 

HlSPANUS. 


cjrojNica  literaria 


Entudios  españoles  del  siglo  XVIII.— Luisa  Isabel  de  Orleans  y  Luis  I, 
por  D.  Alfonso  Danvila. 


Interesante  por  la  época,  por  los  personajes  y  por  la  eje- 
cución literaria,  es  el  estudio  histórico  de  D.  Alfonso  Danvi- 
la: Luisa  Isabel  de  Orleans  y  Luis  i,  principio  acaso  de  una 
serie  de  escritos  semejantes,  como  hace  sospechar  su  antetítu- 
io:  Estudios  españoles  del  siglo  XVIII. 

Interesante  es  la  época.  No  iguala  ciertamente  nuestro  si- 
glo XVIII  el  interés  dramático  de  aquel  período  capital  de 
nuestra  Historia  que  arranca  de  fines  del  siglo  xv  y  acaba  con 
el  XVII,  enterrando  una  dinastía  y  un  imperio,  después  de  ha- 
ber mostrado  su  nacimiento,  su  fugaz  apogeo  y  su  larga  de- 
cadencia. No  es  tampoco  tan  interesante  como  el  período  de 
la  formación  de  la  nacionalidad  española,  como  la  época  de 
la  Reconquista,  en  que  se  elabora  lentamente,  al  par  que  la 
lengua,  el  alma  nacional,  época  que  la  poesía  y  la  Historia^ 
que  explica  cómodamente  los  sucesos  á  posteriori,  por  sus 
consecuencias,  desconocidas  casi  siempre  de  los  que  elabora- 
ron las  causas,  nos  han  representado  como  un  esfuerzo  cons- 
ciente y  deliberado  para  llegar  desde  Covadonga  á  Granada, 
cuando  tan  visible  es  que  la  idea  de  la  reconquista  como  mi- 
sión y  como  empresa  tarda  mucho  tiempo  en  cristalizarse. 

A  pesar  de  la  influencia  que  han  ejercido  en  favor  del  si- 
glo XVIII  español,  por  una  parte,  los  aduladores  de  la  nueva 
dinastía,  por  otra  los  historiadores  tendenciosos  que  por  pre- 


180  LA    ESPAÑA  MODERNA 


Tenciones  políticas  ó  religiosas  han  procurado  rebajar  el  pa- 
pel de  la  Casa  de  Austria  y  ennegrecer  aquel  período  de  núes* 
tra  historia  con  vulgares  tópicos  de  reacción  y  de  fanatismo- 
que  para  un  español  del  siglo  xvi  ó  del  siglo  xvii  no  tenían? 
sentido,  ó  más  bien  le  tenían  contrario,  de  fe  y  buen  gobier- 
no, ello  es  que  el  siglo  xviii  en  sí  es  en  nuestra  historia  un 
período  secundario  y  de  decadencia,  y  hasta  un  período  pro- 
saico y  hurgues,  muy  distante  ya  espiritualmente  del  anterior 
período  épico  de  los  Austria,  épico  en  sus  grandezas  como  en 
sus  caídas.  En  los  reinados  relativamente  florecientes  de  los* 
primeros  Borbones,  en  los  buenos  tiempos  del  de  Felipe  V,  ert 
el  de  Fernando  VI,  en  el  de  Carlos  III,  ídolo  de  nuestros  pro- 
gresistas antiguos  y  modernos  por  haber  expulsado  á  los  jesuí- 
tas, sin  duda  la  prosperidad  pública  es  mucho  mayor  que  en 
los  últimos  trágicos  años  del  reinado  de  Carlos  II,  pero  la  re- 
presentación histórica  es  diferente  é  inferior.  España  no  vol- 
vió á  ser  lo  que  había  sido,  desde  el  punto  y  hora  en  que- 
Luis  XIV  sentó  en  el  trono  español  á  su  nieto.  La  hegemoníar 
española  es  cosa  definitivamente  enterrada,  ha  cumplido  su 
tiempo,  es  un  recuerdo  histórico.  La  belleza  artística  del  es- 
pectáculo histórico  es  también  menor.  Todavía  en  aquel  agita- 
do ocaso  del  reinado  de  Carlos  II,  con  el  Eey  hechizado,  la- 
nación  empobrecida  y  caduca,  los  Estados  amenazados  de  un 
reparto  que  anticipara  en  España  la  suerte  de  Polonia,  hay  la^ 
tristeza  trágica  de  un  funeral,  de  una  gran  caída,  de  un  colo- 
sal desquiciamiento.  El  siglo  xviii  abre  una  vida  nueva,  más 
tranquila,  más  próspera  materialmente,  pero  más  reducida^ 
más  resignada,  es  la  capitis  diminutio  consentida:  no  se  piensa^ 
ya,  como  no  sea  por  alucinados,  en  que  España  sea  la  Alonar- 
quía,  sino  una  de  las  grandes  Monarquías  de  Europa,  y  así^ 
poco  á  poco,  por  pasos  insensibles,  se  va  bajando  por  la  cuesta^ 
de  la  inevitable  resignación  á  los  destinos  históricos,  hasta^ 
perder  esa  grandeza,  resto  de  otra  mayor,  no  sólo  en  la  esfera 
de  las  realidades,  pero  aun  en  la  misma  de  las  ilusiones  y  es- 
peranzas. 


CRÓNICA   LITERARIA  18t 


Con  todo,  es  interesante  ese  período  del  establecimiento 
y  consolidación  de  la  nueva  dinastía  que  abarca  el  siglo  xviii. 
Y  por  su  relación  más  inmediata  con  los  sucesos  actuales  y 
por  los  varios  aspectos  de  la  transformación  que  durante  él  se 
opera  en  la  sociedad  española,  puede  decirse  que,  desde  algu- 
no de  esos  puntos  de  vista  parciales,  es  más  curioso  dicho 
período  que  otros  más  memorables  y  gloriosos  de  nuestra  his- 
toria. Ahora  que  tanto  se  habla  de  europeizarnos,  podemos 
iiallar  en  el  siglo  xviii  un  precedente,  que  acaso  no  carece  de 
enseñanza.  En  el  siglo  xviii  se  plantea  en  términos  muy  pa- 
recidos á  los  que  ahora  se  usan,  el  problema  de  la  regeneración. 
Se  quiere  europeizar  á  España,  aprovechar  las  luces  de  los  ex- 
tranjeros, buscar  en  la  cultura  el  remedio  de  los  males  pábli- 
<303.  En  realidad,  entonces  fue  cuando  se  planteó  por  primera 
vez  esta  cuestión  en  la  esfera  de  la  política  práctica,  pues 
aunque  la  historia  ofrezca  precedentes  de  todo,  y  sacando  de 
•ella  opiniones  y  testimonios  aislados  pueda  demostrarse  cual- 
quier tesis,  en  realidad  hasta  el  siglo  xviii  no  se  generaliza  y 
toma  cuerpo  la  idea  de  europeizarnos  ni  llega  hasta  entonces 
á  traducirse  en  medidas  de  Gobierno.  Y  es  curioso  observar  lo 
«fímero  de  esa  regeneración  intentada  con  ayuda  de  elementos 
-extraños  y  cómo  tras  los  adelantos  de  los  reinados  de  Fernan- 
do VI  y  Carlos  III  viene  el  de  Carlos  IV,  la  nueva  decadencia, 
ya  no  interrumpida  más  que  por  breves  reacciones  de  mejora 
que  nunca  reconquistan  sino  una  parte  del  terreno  perdido. 
Dice,  pues,  con  razón  el  Sr.  Danvila  en  su  prólogo,  que  el  si- 
glo XVIII  español  es  muy  digno  de  estudio,  y  es  de  aplaudir 
que  los  que  como  él  tienen  vocación,  facultades  y  medios  para 
^stos  estudios,  pongan  manos  á  la  obra. 

Si  de  la  época  pasamos  á  los  personajes,  hallaremos  que 
son  interesantes  también  y  que  lo  son  al  modo  que  lo  es  su 
tiempo.  No  lo  es  este  por  grandeza  intrínseca,  sino  por  esa 
tentativa  de  transformación  del  pueblo  español  y  por  la  lucha 
■entre  los  elementos  rancios,  residuos  de  nuestra  historia  cas- 
tiza que  acaba  con  el  siglo  xvii  y  los  elementos  innovadores, 


182  LA   ESPAÑA    MODERNA 


más  Ó  menos  afrancesados  y  europeizantes.  Por  modo  semejan- 
te los  regios  personajes  del  libro  del  Sr.  Danvila  no  se  distin- 
guen por  excelsas  virtudes  ni  por  monstruosos  vicios  de  esos- 
que  dan  una  como  grandeza  negativa  al  sujeto  en  quien  resi- 
den. Son  en  realidad  ñguras  mediocres,  y  el  interés  vivo  que- 
inspiran  depende,  en  unos  de  las  circunstancias  de  su  destino, 
en  otros  del  contraste  entre  su  modo  de  ser  y  el  papel  que  les^ 
tocó  desempeñar  en  el  mundo. 

Los  principales  de  estos  personajes,  por  ser  su  vida  íntima 
el  inmediato  objeto  del  libro,  son  el  E.ey  Don  Luis  I  de  Espa- 
ña y  su  esposa  Luisa  Isabel,  hija  del  célebre  Eegente  de  Fran- 
cia Felipe  de  Orleans.  A  Don  Luis,  muerto  en  la  flor  de  la  mo- 
cedad, tras  un  reinado  de  ocho  meses,  apenas  le  puede  juzgar 
con  equidad  la  historia.  No  vivió  lo  bastante  para  que  se  for- 
mase su  carácter;  pero  descartando  por  inútil  la  cuestión  de 
lo  que  hubiera  podido  ser  de  prolongarse  más  su  existencia  y 
ateniéndonos  á  lo  que  fué,  se  nos  presenta  como  un  Príncipe 
vulgar,  borroso  ó  incoloro,  y  aun  todavía  al  lector  que  no  ten- 
ga en  cuenta  lo  que  era  entonces  en  España  la  educación  de 
los  Príncipes,  podrá  parecerle  ridículo  en  alguna  de  las  oca- 
siones y  momentos  en  que  nos  lo  presenta  el  libro  del  señor 
Danvila,  como  cuando  su  candor  é  ignorancia  le  impiden  lle- 
var á  cabo  la  anhelada  consumación  del  matrimonio.  Y  sin 
embargo,  ¡qué  encai;ybo,  qué  melancólica  aureola  de  destina 
adverso  rodea  la  figura  de  aquel  joven  Príncipe,  idolatrado 
por  los  españoles  desde  su  nacimiento,  esperanza  de  un  par- 
tido genuinamente  nacional,  que  veía  en  él  un  Príncipe  suyo, 
el  primer  Príncipe  español  de  la  nueva  dinastía  borbónica^ 
llamado  prematuramente  al  trono  por  la  abdicación  miste- 
riosa de  su  padre;  infeliz  en  su  vida  doméstica  y  á  quien  la 
muerte  sólo  dejó  gustar  por  tan  breve  tiempo  las  dulzuras  del 
solio! 

Tampoco  es  Luisa  Isabel  de  Orleans  una  figura  de  verda- 
dero relieve.  Su  hermana,  la  feconde  Berry  de  la  cancioncilla 
mordaz  y  libertina,  aunque  verídica,  que  copia  el  Sr.  Danvila» 


CRÓNICA  LITERARIA  183 


es  un  documento  humano  más  interesante  y  novelesco.  Pero 
con  todo,  esta  Reina  de  España,  olvidada  de  la  etiqueta,  y  tan 
aficionada  á  mostrarse  ligera  de  ropa,  tan  incontinente  en  la 
mesa,  tan  familiar  con  camaristas  y  criadas,  que  obliga  con 
sus  desarreglos  y  travesuras  á  su  esposo  á  arrestarla,  debió  de 
causar  un  extraño  efecto  en  la  corte  de  España,  no  habituada 
á  tales  extravagancias  y  libertades,  y  ofrece  un  caso  singular 
y  raro,  muy  propio  para  tentar  la  curiosidad  del  historiador  y 
del  psicólogo. 

Aunque  no  constituyan,  como  las  anteriores,  el  asunto  in- 
mediato del  estudio  histórico  del  Sr.  Danvila,  resaltan  mucho 
en  él  las  figuras  de  Felipe  V  y  de  Isabel  de  Farnesio.  La  in- 
fluencia que  conservaron  los  Reyes  Padres  durante  el  breve 
reinado  de  Luis  I,  la  parte  natural  y  decisiva  que  habían  to- 
mado en  el  matrimonio  de  éste  con  la  hija  del  Regente,  la  in- 
tervención que  ejercieron  aconsejando  á  Don  Luis  en  los  dis- 
gustos domésticos  del  joven  Monarca,  y  después  de  la  muerte 
de  éste  la  tutela  moral  que  pretendieron  ejercer  sobre  su  nue- 
ra, velando  por  el  decoro  de  la  corona  que  había  ceñido  Luisa 
Isabel,  son  circunstancias  que  hacen  que  no  pueda  escribirse  la 
biografía  de  Luis  I  y  de  su  esposa  la  antigua  Mademoiselle  de 
Montpensier,  sin  que  al  punto  aparezcan  traídas  por  la  traba- 
zón natural  de  personajes  y  sucesos  aquellas  otras  dos  figuras: 
la  de  la  ambiciosa  y  enérgica  Farnesio ,  en  quien  vemos  una 
inteligencia  y  una  voluntad  que  la  hacen  sobresalir  de  entre 
los  que  la  rodean,  y  la  de  Felipe  V,  tan  distinto  ya  física  y 
moralmente  del  animoso  capitán  de  los  días  de  Santa  Victo- 
ria, Luzara  y  Villaviciosa,  atacado  de  aquella  extraña  y  sin- 
gular melancolía  lindante  con  la  locura  que  en  él  y  en  Fernan- 
do VI  hace  pensar  en  una  degeneración  hereditaria  ó  en  ia 
expiación  moral  de  una  usurpación;  figura  en  verdad  enigmá- 
tica en  este  período  de  su  vida  en  que  la  renuncia  á  la  corona 
y  los  votos  de  dejar  el  cetro  constituyen  un  misterio  histórico 
cuya  interpretación  se  disputan  ya  la  ambición  del  solio  fran- 
cés, ya  obscuros  casos  de  conciencia,  ya  aquel  desíallecimien- 


184  LA   ESPAÑA  MODERNA 


to  moral  que  llena  de  tedio  y  de  tristeza  los  días  postreros  del 
primer  Borbón. 

* 

La  labor  histórica  y  literaria  del  Sr.  Danvila  es  digna  de 
elogio,  pues  ha  logrado  poner  de  relieve  ese  interés  de  la  épo- 
ca y  de  los  personajes  de  que  acaba  de  hacerse  mérito,  real- 
zándole con  la  amenidad  de  la  narración.  La  historia  moderna 
es  principalmente  documental,  como  corresponde  á  la  abun- 
dancia de  fuentes  escritas  y  á  la  conservación  en  los  archivos 
de  papeles  públicos  y  privados  en  número  cada  vez  creciente, 
que  llegará  acaso  algún  día  á  constituir  una  dificultad  para  el 
investigador  por  su  misma  abundancia,  obligando  á  reducir 
mucho  el  campo  de  las  especialidades.  Documental  es  la  base 
del  libro  del  Sr.  Danvila,  que  ha  aprovechado  muy  discreta- 
mente papeles  escritos  sin  intención  histórica,  que  son,  por  lo 
general,  los  que  mayor  fe  merecen,  y  eran,  por  otra  parte,  los 
que  correspondían  á  la  índole  de  su  asunto,  que  más  que  de 
sucesos  públicos  se  compone  de  incidentes  íntimos  y  domésti- 
cos. La  correspondencia  cambiada  entre  las  personas  de  la 
Real  familia  y  la  de  sus  familiares  y  allegados ,  las  memorias 
y  referencias  de  los  embajadores,  los  papeles  satíricos  de  la 
época,  han  ofrecido  al  Sr.  Danvila  copioso  caudal  de  datos, 
siendo  de  admirar  en  escritor  de  tan  pocos  años,  no  sólo  la 
cultura  histórica  y  la  preparación  erudita  que  esta  clase  de  in- 
vestigaciones requiere,  sino  la  sagacidad  y  el  instinto  en  la 
selección.  Al  investigador  de  curiosidades  históricas,  como  al 
repórter  que  persigue  las  curiosidades  del  día,  le  hace  falta 
cierto  instinto  policíaco  y  judicial  (más  refinado  é  intelectual 
sin  duda),  instinto  que  es  tal  vez  una  remota  transformación 
del  instinto  de  caza,  aplicado  ahora  á  menesteres  y  cosas  inte- 
Jectuales. 

En  cuanto  á  la  composición  y  ordenamiento  literario  del 
libro,  viene  á  las  mientes  un  elogio  vulgar,  pero  expresivo; 
de  seguro  se  ha  dicho  ó  se  dirá  de  este  estudio  histórico   que 


CRÓNICA    LITERARIA  185 


tiene  el  encanto  de  una  novela.  Estas  frases  hechas,  que  por 
lo  repetidas  y  vulgares  nos  sentimos  tentados  á  desechar 
cuando  se  nos  vienen  á  la  boca,  tienen,  sin  embargo,  su  razón 
de  ser  y  su  filosofía,  y  la  muestran  cuando  nos  paramos  á  con- 
siderarlas un  poco.  Frases  hechas  son  porque  á  muchos  pare- 
cieron^acertadas  y  definitivas,  gastadas  porque  esa  aceptación 
hizo  frecuente  y  común  su  uso,  cumpliéndose  en  ellas  la  ley 
que  va  tornando  instintiva  toda  función  que  se  perfecciona, 
pero  de  esto  mismo  viene  su  ruina;  pues  como  lo  habitual  ¿ 
instintivo  se  ejecuta  sin  sentir  y  la  literatura  aspira  á  pro- 
ducir impresiones  vivas,  estas  frases  hechas,  á  que  están  acos- 
tumbrados el  oído  y  la  mente,  pasan  sin  dejar  huella,  se  con- 
vierten en  materia  inerte,  y  para  descubrir  el  sentido  primi- 
tivo que  las  dio  valor  hay  que  parar  en  ellas  la  atención  más 
que  en  .cualquier  fórmula  extravagante  ó  nueva,  que  por  lo 
desusada  choca  y  convida  desde  luego  al  examen. 

En  este  caso,  interesar  la  historia  como  la  novela  dice  tan- 
to como  dar  vida  á  la  historia,  hacer  lo  que  se  llama  una  re- 
surrección histórica,  una  evocación  de  lo  pasado.  Y  el  secreto 
de  que  la  historia  emule  en  interés  á  la  novela  está  tal  vez  en 
cosa  á  primera  vista  tan  material  como  el  detalle,  la  abun- 
dancia de  pormenores.  La  novela,  por  lo  mismo  que  es  más 
reducido  su  campo,  acumula  pacientemente  los  nimios  porme- 
nores, que  son  los  elementos  infinitamente  pequeños  de  la 
vida;  la  historia  por  su  mayor  extensión  y  por  no  ser  crea- 
ción, sino  reflejo  (aunque  no  todo  es  creación  en  la  novela  y 
en  ella  hay  también  algo  de  reflejo);  generaliza  hasta  en  lo 
concreto,  traza  por  lo  común  las  líneas  generales  de  los  he- 
chos. La  una  se  acerca  á  la  intuición  sensible,  la  otra  á  la  no- 
ción, y  la  intuición  es  lo  que  artísticamente  nos  impresiona. 
El  detalle  es  lo  que  transforma  el  concepto  en  simulacro  de  in- 
tuición, volviéndole  á  este  su  primitivo  origen;  lo  que  nos 
hace  ver  las  cosas  con  los  ojos  de  la  imaginación,  ya  que  cou 
los  del  cuerpo  no  podamos  contemplarlas.  Visión,  descripción, 
relato,  fórmula,   señalan  una  gradación  de  representaciones 


186  LA   ESPAÑA   MODERNA 


que,  á  medida  que  se  generalizan,  van  haciéndose  más  vagas 
y  tenues.  De  ahí  viene  el  prestigio  del  teatro,  en  que  vive  la 
acción,  y  el  de  la  oratoria,  en  que  vive  de  la  palabra. 

Mas  el  detalle  en  la  historia  es  difícil,  no  sólo  porque  tra- 
tándose de  personajes  y  hechos  reales  es  necesaria  una  prolija 
iavestigación  para  hallarle,  sino  porque  una  vez  hallado  su 
abundancia  excesiva,  impone  una  no  menos  ardua  tarea  de 
selección  y  de  recomposición  orgánica.  Los  pormenores  por 
sí  solos  no  bastan;  sería  prolija  y  enojosa  su  acumulación,  si 
la  mano  del  arte  no  acudiese  á  cribarlos  y  ordenarlos,  dispo- 
niéndolos en  forma  que  se  reconstruya  la  vida  y  salga  de  ellos 
la  unidad  del  carácter  personal  ó  del  acontecimiento.  En  la 
novela  cabe  inventar  este  orden,  guiándose,  más  que  por  la 
lógica,  por  la  psicología,  cuya  labor  es  inconsciente  á  veces 
en  las  inspiraciones  ó  adivinaciones  artísticas;  pero  eA  el  arte 
histórico,  en  que  la  primera  materia  está  dada,  la  forma  tiene 
que  ser  una  restauración,  análoga,  aunque  más  difícil,  á  la  de 
los  monumentos  y  reliquias  materiales  de  otras  edades. 

-Restauración  llena  de  vida  de  la  Corte  de  Felipe  V  y  Luis  I 
es  ,  en  efecto,  el  ameno  estudio  del  Sr.  Danvila,  que  ha  acer- 
tado á  combinar  la  minuciosidad  de  los  pormenores,  necesaria 
para  determinar  bien  las  imágenes  de  los  personajes  con  la 
unidad  de  la  narración,  huyendo  así  de  los  dos  peligros  de 
prolijidad  enojosa  y  de  pálida  vaguedad.  Aunque  el  carácter  de 
su  libro  es  biográfico  y  su  principal  asunto  la  historia  domés- 
tica de  la  regia  pareja  que  formaron  Don  Luis  y  la  hija  del 
E.egente,  en  el  fondo  del  cuadro  en  que  aparecen  estos  retra- 
tos históricos  hallan  cabida  los  acontecimientos  públicos  y 
generales  de  la  época.  De  las  esperanzas  políticas  que  desper- 
tó Don  Luis  desde  su  nacimiento  formándose  en  su  torno  como 
un  partido  genuinamente  español;  de  los  motivos  de  la  renun- 
cia de  Felipe  V,  de  aquella  especial  situación  que  dura  todo  el 
breve  reinado  de  Luis  I,  con  dos  Soberanos  y  dos  Cortes,  unos 
en  Madrid  y  otros  en  San  Ildefonso;  del  juicio  que  merece 
Isabel  de  Farnesio,  trata  incidentalmente  el  Sr.  Danvila,  y 


CRÓNICA  LITERARIA  187 


acerca  de  todos  estos  puntos  diserta  con  mucho  juicio  y  muy 
claro  sentido  histórico. 

Aunque  es  fiel  y  detallado  el  retrato  histórico  de  Luis  I,  el 
principal  objeto  de  estudio  del  Sr.  Danvila  ha  sido,  sin  duda, 
la  Reina  Luisa  Isabel  de  Orleans,  y  se  explica  la  preferencia 
por  la  novedad  que  ofrecía  el  empeño  de  poner  en  claro  y  sa- 
car á  luz  esta  figura  secundaria,  pero  curiosa.  De  las  extra- 
vagancias y  defectos  de  la  joven  Reina  hablan  más  ó  menos 
detalladamente  todos  los  historiadores;  pero  estas  referencias 
anteriores  eran  bastante  incompletas  y  confusas,  mientras 
que  el  Sr.  Danvila  ha  agotado  la  materia,  en  cuanto  cabe  ha- 
cerlo en  este  linaje  de  estudios,  y  nos  presenta  la  figura  de  la 
que  fue  Mademoiselle  de  Montpensier,  antes  de  que  viniese  á 
España  á  ser  Princesa  de  Asturias  y  luego  Reina,  con  tal  re- 
lieve y  colorido  que  parece  que  tenemos  delante  un  personaje 
de  nuestros  días. 

Como  el  asunto  es  algo  escabroso,  el  Sr.  Danvila  se  defien- 
de en  la  discreta  y  bien  escrita  carta-próloco  dirigida  al  se- 
ñor Yalera,  con  que  comienza  el  libro,  del  cargo  que  pudieran 
dirigirle  algunos  espíritus  demasiado  asustadizos,  calificando 
de  sobrado  licenciosa  la  historia  que  nos  cuenta  y  reivindica 
con  razón  para  la  Historia  su  independencia  objetiva  de  es- 
pejo de  hombres  y  sucesos,  que  no  está  obligado  á  tapar  ni  á 
dejar  de  reproducir  lo  que  no  se  ajuste  á  la  moral.  Es  evi- 
dente lo  que  dice  el  Sr.  Danvila,  de  que  en  la  Historia  no  hay 
moralidad  ni  inmoralidad,  sino  que  éstas  residen  en  los  perso- 
najes de  que  la  historia  nos  da  cuenta.  La  circunstancia  de 
haber  aparecido  primeramente  en  el  periódico  La  Época  el  es- 
tudio del  diligente  y  ameno  historiador,  es  lo  único  que  puede 
explicar,  en  mi  concepto,  que  discuta  siquiera  el  autor  cosa 
tan  notoria.  Como  los  periódicos  pasan  por  todas  las  manos, 
su  independencia  en  este  punto  es  menor  que  la  del  libro,  en 
que  la  intención  científica  todo  lo  autoriza. 

A  pesar  de  su  barato  precio  (3,50  pesetas),  la  edición  de 
esta  obra  es  esmerada  y  elegante.  La  adornan  cinco  retratos: 


188  LA   ESPAÑA   MODERNA 


el  de  Luisa  Isabel  de  Orleans,  el  de  Isabel  de  Farnesio,  dos  de 
Luis  I  y  uno  de  la  Infanta  María  Ana  Victoria,  prometida  de 
Luis  XV,  la  Mariannina  de  que  liabla  €;1  libro  y  que  da  una 
nota  simpática  y  tierna  de  candor  y  gracia  infantil  en  este 
cuadro  de  tristezas  y  desvarios. 


E.  Gómez  de  Baqueso. 


REYISTA  DE  REVISTAS 


SUMARIO:  Etnología:  La  pretendida  superioridad  de  los  anglosajo- 
nes.=Literatüra:  La  escuela  parnasiana.— Los  límites  de  la  poe- 
6Ía.=  Ocultismo:  Mecanismo  del  profetismo  y  de  la  mediumnidad.= 
.  Costumbres  é  historia:  Los  círculos  burlescos  en  la  corte  de 
Carlos  IL=Impresiones  y  notas:  España  y  las  Revistas  extranjeras, 
— ¿Era  epiléptico  Napoleón?— ¿Es  la  luna  un  planeta?— Los  cafés-con- 
ciertos y  los  Music-Hall. 


ETIVOLOOIA 

La  pretendida  superioridad  de  los  anglosajones. — La 
hipnotización  anglosajona  ha  concluido  en  Europa  con  la 
guerra  del  Transvaal.  Se  declaraba  que  había  razas  nobles  y 
razas  viles,  las  primeras  susceptibles  del  mayor  desarrollo  in- 
telectupJ  y  moral,  y  por  consiguiente  destinadas  á  mandar,  y 
las  segundas  incapaces  de  desenvolvimiento  y  condenadas  por 
lo  mismo  á  obedecer.  Toda  esa  teoría  ha  venido  á  tierra,  como- 
dice  con  muchísima  razón  en  La  Revue  J.  Novicow. 

Dos  hechos  han  colocado  á  la  raza  anglosajona  sobre  su 
elevado  pedestal,  desde  donde  ha  hipnotizado  á  los  demás  pue- 
blos: la  libertad  inglesa  y  la  inmensidad  del  imperio  británi- 
co. Ni  en  filosofía,  ni  en  religión,  ni  en  la  ciencia,  ni  en  el 
arte  había  ocupado  Inglaterra  ninguna  posición  excepcional, 
con  lo  que  queremos  decir,  no  que  Inglaterra  nada  haya  sig- 
nificado en  el  orden  mental,  sino  que  era  una  de  tantas  nació- 


190  LA    ESPAÑA   MODERNA 


nes  á  la  par  de  Francia,  Italia  y  Alemania,  sin  contar  la  an- 
tigua Grecia.  La  libertad  y  el  imperio  del  mundo:  he  ahí  lo 
que  pone  á  Inglaterra  fuera  de  toda  paridad,  y  lo  que  importa 
saber  es  si  ambos  hechos  son  producidos  por  alguna  superiori- 
dad fisiológica  ó  psicológica  de  raza,  ó  si  son  consecuencia  de 
algún  feliz  concurso  de  circunstancias. 

Por  lo  que  hace  á  la  libertad,  la  segunda  explicación  es 
indiscutible.  La  constitución  actual  de  Inglaterra  proviene  de 
una  serie  de  sucesos  políticos  y  de  condiciones  naturales.  En 
primer  término,  la  situación  insular,  que  traza  límites  preci- 
sos, dando  á  la  nobleza  sentimientos  de  solidaridad  contra  el 
poder  real;  luego  las  condiciones  personales  de  los  Reyes,  es- 
pecialmente de  la  E.eina  Victoria,  que  han  producido  el  verda- 
dero régimen  parlamentario;  después,  que  la  colonización  se 
ha  llevado  á  cabo  en  su  mayor  parte  cuando  ya  se  poseían 
medios  tan  poderpsos  como  el  vapor,  los  ferrocarriles  y  los 
telégrafos,  etc.  La  prueba  de  que  la  raza  es  un  factor  casi 
despreciable  está  en  que  ni  los  alemanes  en  Alemania,  ni  los 
irlandeses  en  Irlanda,  ni  los  italianos  en  Italia,  han  desplega- 
do tanta  actividad  en  su  propio  suelo  como  en  los  Estados 
Unidos.  Esto  por  lo  que  hace  á  la  raza  en  América. 

En  cuanto  á  las  otras  colonias,  pueden  dividirse  en  dos  ca- 
tegorías: países  de  repoblación  y  posesiones  políticas.  Las  pri- 
meras han  prosperado  rápidamente  cuando  han  encontrado 
condiciones  favorables  y  lentamente  en  otro  caso;  la  Nueva 
Zelanda,  país  favorecido  por  la  naturaleza,  se  ha  desarrollado 
prontamente,  y  la  Australia  Occidental  con  mucha  lentitud; 
en  el  Cabo,  los  ingleses  forman  el  39  por  100  de  la  población 
y  los  holandeses  el  61.  En  el  segundo  grupo  la  India  es  real- 
mente una  obra  maravillosa,  pero  hay  que  contar  con  que  se 
trata  de  un  país  dividido  entre  multitud  de  pueblos  rivales 
acostumbrados  al  gobierno  absoluto,  que  aceptan  la  domina- 
ción británica  como  hubieran  aceptado  otra  cualquiera. 

Es  indudable  que  los  ingleses  han  sabido  imponerse  á  pue- 
blos inferiores;  pero  su  ineptitud  para  acomodarse  con  otras 


REVISTA   DE    REVISTAS  191 


naciones  de  raza  blanca  es  manifiesta:  no  han  sabido  asimilar- 
se ni  á  los  celtas  de  Irlanda  ni  á  los  holandeses  del  Cabo. 
Siendo,  pues,  en  gran  parte  cuestión  de  suerte  la  inmensidad 
del  imperio  británico  y  la  prosperidad  de  los  Estados  Unidos, 
¿es  verdad  que  la  raza  anglosajona  es  superior  á  las  demás? 
Porque  Beethoven  fuese  mejor  músico  que  Laplace,  no  se  pue- 
de deducir  que  fuese  de  raza  superior;  de  que  los  americanos 
hayan  desplegado  un  genio  prodigioso  en  las  invenciones  me- 
cánicas y  en  las  organizaciones  industriales,  no  puede  despren- 
derse que  sean  de  raza  supe  rior  á  la  francesa  ó  alemana. 

Si  hay  jerarquía  antre  las  aptitudes  y  las  facultades,  y  la 
primacía  corresponde  á  las  que  nos  producen  los  goces  supre- 
mos, que  son  los  que  proceden  del  pensamiento  (la  filosofía  y 
la  ciencia)  y  del  sentimiento  (el  amor,  la  religión  y  el  arte), 
civilización  superior  y  alta  cultura  intelectual  son  términos 
sinónimos.  Examinando  en  este  sentido  la  situación,  la  supe- 
rioridad anglosajona  se  desvanece  en  el  acto.  En  el  orden  in- 
telectual, Inglaterra  no  ha  entrado  en  juego  hasta  Bacon  y 
Shakespeare,  y  si  ha  hecho  con  Spencer  y  Darwin  algún  papel 
en  filosofía,  no  hay  que  olvidar  que  la  idea  capital  de  estos 
pensadores  pertenece  á  Comte  y  que  el  mismo  Darwin  ha  sido 
más  conocido  fuera  de  su  patria  que  dentro  de  ella.  En  cuan- 
to al  arte,  la  inferioridad  de  los  anglosajones  es  notoria;  el 
inglés  carece  de  sentido  estético,  y  no  hay  más  que  comparar 
á  Londres  con  París  para  notarlo. 

Y  todavía  es  más  patente  la  inferioridad  de  los  anglosa- 
jones en  la  política  internacional.  Podían  llenarse  volúmenes 
enteros  con  las  violaciones  de  derecho  y  las  crueldades  come- 
tidas por  los  ingleses,  demostrando  con  esto  que  no  son  supe- 
riores á  las  demás  naciones  por  sus  sentimientos  humanitarios. 
Se  dirá  que  Inglaterra  ha  difundido  por  el  mundo  la  idea  de 
la  libertad,  pero  no  debe  olvidarse  que  los  ingleses  no  han  he- 
cho nunca  de  la  libertad  artículo  de  exportación,  y  si  había 
creado  sus  libertades,  era  para  su  uso  personal.  A  pesar  de  sus 
franquicias  seculares,  Inglaterra  no  ha  reconocido  nunca  el 


192  LA    ESPAÑA   MODERNA 


príncipio  de  las  nacionalidades,  que  es  la  forma  más  impor- 
tante de  la  libertad. 

Se  dice  que  Inglaterra  desconoce  los  principios  fundamen- 
tales del  derecho  internacional  por  egoísmo,  y  esto  no  es 
exacto;  los  desconoce  por  una  especie  de  miopía  intelectual. 
El  egoísmo  es  ley  de  la  naturaleza;  todo  se  reduce  á  saber 
cómo  debe  comprender  cada  cual  sus  intereses;  si  no  se  consi- 
deran los  fenómenos  sociales  en  su  conjunto,  puede  llegarse  á 
obrar  mal,  aun  queriendo  practicar  el  bien,  y  eso  precisamen- 
te es  lo  que  pasa  constantemente  con  Inglaterra. 

En  resumen:  ni  en  la  ciencia,  ni  en  el  arte,  ni  en  política 
internacional  tiene  nada  Inglaterra  que  la  coloque  por  enci- 
ma de  las  demás  naciones  europeas.  Y  si  hay  algo  en  que  la 
inferioridad  de  Inglaterra  haya  quedado  plenamente  demos- 
trada, es  la  guerra.  La  mala  organización  de  las  tropas,  la  in- 
capacidad, la  ligereza  y  la  ignorancia  de  los  oficiales  han  que- 
dado descubiertas  á  los  ojos  del  mundo  entero,  y  esta  clara 
noción  de  la  impotencia  militar  de  la  Gran  Bretaña  producirá 
inmensos  beneficios  al  mundo  civilizado.  Si  la  ilusión  del  po- 
der británico  no  hubiera  existido  en  1878,  los  rusos  hubieran 
entrado  en  Constantinopla  y  millones  de  hombres  habrían  co- 
menzado á  respirar  libremente,  y  países  magníficos,  que  se 
pudren  en  la  miseria,  estarían  en  plena  prosperidad;  si  surgiera 
un  nuevo  incidente  como  el  de  Fashoda,  Francia  no  sería  de 
tan  buena  compostura.  La  pérdida  del  prestigio  militar  inglés 
es  un  feliz  acontecimiento,  y  abolido  el  dogma  de  la  superio- 
ridad fisiológica  y  psicológica  de  Inglaterra,  los  ingleses  po- 
drán vivir  en  armonía  completa  con  los  países  que  les  rodean^ 
conservando  todos  sus  méritos  reales  y  positivos,  y  despoja- 
dos de  una  ilusión  que  era  un  peligro  constante  para  la  paz  y 
la  prosperidad  del  mundo. 

La  escuela  paenasiana. — En  1866,  la  aparición  de  la  es- 
cuela llamada  parnasiana — dice  en  la  Eevue  Bleue  Manuel  des 


REVISTA   DE   REVISTAS  193 


JEssarts  —  era  tan  necesaria  como  la  aparición  en  su  tiempo 
de  la  Pléyade  ó  del  romanticismo.  El  más  noble  de  los  modos 
de  pensar,  el  verso,  estaba  comprometido;  ninguna  tradición 
subsistía;  los  ritmos  flotaban  al  azar,  y  la  rima  había  perdido 
todo  su  valor,  convirtiéndose  en  una  prosa  asonantada. 

A  la  confusión  de  los  sistemas  respondía  la  dispersión  de 
los  individuos,  y  el  arte  de  escribir  en  verso  se  perdía  absolu- 
tamente, aunque  siempre  hubiera  buenos  poetas,  desgraciada- 
mente separados,  sin  enlace  entre  sí  y  sin  acción  alguna  sobre 
el  público.  Así  se  destacaban  tres  hombres  superiores,  poetas 
soberanos:  Leconte  de  Lisie,  el  soberbio  intérprete  de  las  reli- 
giones del  pasado;  Teodoro  de  Banville,  el  mago  de  múltiples 
encantamentos,  y  Carlos  Baudelaire,  el  misterioso  analista  de 
la  vida  espiritual;  otros  poetas  de  más  edad  y  mayor  fama, 
como  Víctor  Laprade  y  Teófilo  Gautier,  no  ejercían  ya  in- 
fluencia efectiva  á  pesar  de  su  genio  y  de  su  gloria. 

Para  volver  al  público  á  la  poesía  se  requería  un  movi- 
miento de  conjunto  por  un  grupo  compacto.  Este  movimiento 
se  preparó  al  principio  en  la  Revista  Fantástica,  fundada  por 
Catulo  Mendes,  adolescente  entonces,  y  en  el  salón  de  los  Mar- 
queses de  Ricard.  Allí  se  juntaban  con  Luis  Javier,  el  hijo  de 
la  casa,  poeta  de  alto  vuelo,  sus  amigos  León  Dierx,  Pablo 
Verlaine,  Catulo  Mendes,  Edmundo  Lepelletier,  Adolfo  Racot, 
á  los  que  no  tardaron  en  agregarse  otros  muchos,  como  Jorge 
Lafenestre,  Sully  Prudhomme,  Alberto  Glatigny,  León  Vala- 
de,  Alberto  Merad,  Armando  Renaud,  Enrique  Cazalis,  Ar- 
mando Silvestre,  Esteban  Mallarmóe,  Francisco  Coppée,  Er- 
nesto de  Hervilly  y  otros.  De  aquel  salón  brotó  el  grupo  ini- 
ciador, al  que  más  tarde  se  adhirieron  Andrés  Lemoyne» 
Andrés  Theuriet,  Anatolio  Franco  y  Emilio  Blemont. 

Entretanto,  Luis  Javier  de  Ricard  y  Catulo  Mendes  se  pu- 
sieron en  relaciones  con  un  joven  librero  del  pasaje  Choiseul, 
Alfonso  Lemerre,  hombre  emprendedor,  acordando  la  publi- 
cación de  una  colección  periódica  en  verso.  El  Parnaso  Con- 
temporáneo, que  apareció  semanalmente  en  el  verano  de  1866, 
E.  M.— Septiembre  1902,  13 


194  LA   ESPAÑA  MODERNA 


siendo  acogido  con  sorpresa  por  unos  y  con  aplauso  por  otros. 
Y  así  nacieron  los  parnasianos,  aunque  luego  lograran  adhe- 
siones de  todas  procedencias. 

En  1869  y  1876  volvió  á  publicarse  El  Parnaso,  comple- 
tando estas  dos  nuevas  colecciones  el  movimiento  inicial. 
¿Cuál  es  la  doctrina  por  la  que  se  luchaba  y  que  ha  logrado 
penetrar  en  la  Academia  con  Coppóe,  Sully  Prudhomme  y  He- 
redia?  La  restauración  de  la  poesía  tradicional,  la  recogida  de 
Ja  herencia  que  los  antiguos  transmitieron  á  Joaquín  del  Be- 
Uay,  y  éste  á  E/Ognier  y  Malherbe,  y  éstos  á  Boileau,  y  Boi- 
leau  á  Chenier,  y  Chenier  á  Sainte-Beuve  y  Víctor  Hugo.  No 
hay  buena  poesía  sin  la  armonía  de  la  tradición  y  la  novedad, 
sin  el  acuerdo  de  la  forma  con  el  fondo.  Es  la  teoría  de  An- 
drés Chenier:  «hacer  versos  antiguos  sobre  asuntos  nuevos». 

Conocida  la  doctrina,  su  valor  lo  demuestra  la  perfección 
á  que  llegaron  desde  el  primer  momento  los  parnasianos,  lo 
mismo  en  las  Niñas  locas  de  Glatigny,  que  en  la  Filomela  de 
Mondes,  en  las  Pruebas  de  Sully  Prudhomme,  en  las  Intimi- 
dades de  Coppée,  en  los  Labios  cerrados  de  Dierx,  ó  en  las 
Fiestas  galantes  de  Verlaine.  La  última  palabra  en  materia  de 
orden,  invención  y  perfección  rítmica,  ha  sido  pronunciada 
por  esta  escuela. 

Y  no  tienen  razón  los  que  acusan  de  monotonía  á  los  par- 
nasianos. ¿En  qué  se  parece  Andrés  Theuriet  á  Andrés  Le- 
moyne?  ¿Qué  hay  de  común  entre  la  melancolía  grandiosa  de 
León  Dierx  y  el  amplio  lirismo  de  Armando  Silvestre?  ¿Qaé 
analogía  de  inspiración  ni  de  forma  puede  sorprenderse  entre 
Sully  Prudhomme  y  Coppée,  entre  Heredia  y  Mendos,  entre 
Lafenestre  y  Hervilly,  entre  Blemont  y  Valade?  Y  no  sólo  en- 
tre unos  y  otros,  sino  en  un  mismo  poeta,  se  observa  esta  di- 
versidad; Armando  Renaud  fue  sucesivamente  el  evocador 
histórico  del  amor,  el  colorista  oriental  y  el  idealista  de  lo 
real;  Verlaine  ha  pasado  por  veinte  transformaciones,  y  en 
Coppée  se  juntan  veinte  poetas,  un  cincelador,  un  elegiaco 
psicólogo,  un  lírico  patriota  y  religioso,  un  narrador  épico, 


REVISTA  DE   REVISTAS  195 


-etcétera,  etc.  Ninguna  escuela  ha  reunido  talentos  y  aptitudes 
más  diferentes. 

Los  simbolistas  han  tomado,  como  era  su  derecho,  distinto 
rumbo,  rompiendo  sin  reserva  con  todo  el  encanto  de  la  poesía 
francesa.  No  pueden  negarse  ni  sus  dones  poéticos  ni  su  in- 
vención de  detalles,  y  hasta  hay  que  estimar  su  prosodia  erró- 
nea y  aun  hostil  al  genio  de  la  lengua.  Sus  versos,  magníficos 
á  veces  aisladamente,  parecen  en  conjunto  prosa  cadenciosa; 
pero  algo  dice  el  hecho  de  que  el  más  eminente  del  grupo, 
Enrique  de  Regnier,  vuelve  á  la  métrica  tradicional. 

La  ortodoxia  poética  reside  en  la  doctrina  y  en  los  ejem- 
plos del  Parnaso  de  1866.  El  Parnaso,  con  sus  fundadores,  re- 
presenta la  perfección  de  la  poesía  francesa  en  el  último  tercio 
del  pasado  siglo:  su  labor  histórica  consiste  en  haber  devuelto 
al  público  el  gusto  por  los  hermosos  y  buenos  versos;  su  labor 
literaria  significa  la  vuelta  á  la  tradición,  manifestada  en  ad- 
mirables poemas  é  irreprochables  colecciones. 

* 
*  * 

Los  LÍMITES  DE  LA  POESÍA. — Todo  arte — dice  en  la  Nuova 
Antología  Miguel  Scherillo — tiene  límites  definidos.  Las  nue- 
ve divinas  hermanas  se  dan  la  mano  y  se  colocan  en  círculo, 
y  así  la  Poesía  se  junta  por  un  lado  con  la  Pintura  y  por  el 
otro  con  la  Música.  La  tentación  de  rebasar  el  límite  es  gran- 
de, y  el  poeta,  por  ejemplo,  que  se  halla  en  el  si  de  la  gama 
poética,  esfuerza  la  nota  con  un  sostenido,  sin  notar  que  el  sí 
sostenido  de  la  Poesía,  ó  no  existe,  ó  es  el  do  de  la  gama  mu- 
sical. 

Imaginemos  tener  ante  nosotros  una  pequeña  Academia  de 
artistas  y  asígnemeles  por  tema,  para  que  cada  cual  lo  expre- 
se por  sus  medios  propios,  el  beso  amoroso.  No  es  fácil  decir 
cómo  saldrían  del  paso  los  arquitectos;  pero  el  pintor  y  el  es- 
cultor tratarán  de  sorprender  á  los  dos  enamorados  en  la  pos- 
tura más  sugestiva  y  más  conforme  á  la  representación  plás- 


196  LA   ESPAÑA   MODERNA 


tica;  Antonio  Cánova  creará  El  Amor  y  Psíquis,  y  Hayez  el 
Fausto  7j  Margarita. 

El  músico,  por  su  parte,  buscará  aquellos  acordes  que  sus- 
citan y  secundan  la  impresión  producida  por  el  beso,  que  la> 
solicitan,  la  fortalecen  y  la  intensifican,  creando  como  una  at- 
mósfera armoniosa  y  contentándose  con  una  vaga  é  inefable^ 
sugestión.  El  poeta  á  su  vez,  disponiendo  de  un  medio  de  ex- 
presión que  determina  y  circunscribe,  no  puede  dejar  nada  en 
la  vaguedad,  sin  pretender  por  eso  rivalizar  con  el  pintor  ó  el 
escultor;  y  así  crea  los  besos  de  la  Aminta,  del  Wertherj  del 
GonzalOy  y  sobre  todo  el  de  Francisca  de  Rímini.  Aquel  mági- 
co verso — la  bocea  mi  hadó  tutto  tremante — es  de  un  efecto- 
plástico  grandioso,  obtenido  por  la  sola  Poesía. 

Horacio  enseñaba  que  no  basta  que  los  atavíos  poéticos 
sean  bellos,  siendo  necesario  además  que  sean  gustosos — non 
satis  est  pulchra  esse  poemata,  dulcia  sunto. — La  musicalidad 
de  la  expresión  da  irresistible  encanto  á  la  creación  poética;: 
pero  ¡ay  del  poeta  que  no  sepa  contener  el  freno!  Ya  Horacia 
se  lamentaba  de  que  los  músicos  de  su  tiempo,  modestísimo» 
al  principio,  elevasen  tanto  sus  sonidos  que  ahogaban  á  veces^ 
la  voz  de  los  cómicos.  De  pretensión  en  pretensión,  y  paso  á 
paso,  la  hermana  menor  ha  proclamado  su  independencia  y 
hasta  quiere  imponerse  por  sí  sola. 

Las  formas  puras  e  independientes  de  la  música  no  puedea 
todavía  ser  percibidas  por  la  multitud;  en  las  salas  de  con- 
ciertos no  se  puede  aventurar  una  sinfonía  de  Beethoven  sin 
aplicarse  un  título  que  anticipe  y  fije  su  concepto,  profanando» 
así  la  obra  de  arte.  El  maestro  no  llamó  heroicas  ni  pastora- 
les sus  sinfonías,  sino  que  las  distinguió  con  un  número  de  or- 
den; el  que  necesita  para  admirarle  que  le  digan  que  tales 
modulaciones  de  las  flautas  significan  el  canto  del  pastor  á 
orillas  del  arroyo  ó  que  tales  notas  de  violoncello  reproducen 
el  canto  de  la  pastora,  se  parece  á  los  visitantes  de  Museos- 
que  regulan  la  temperatura  de  sus  emociones  por  el  termóme- 
tro del  Boedeker. 


REVISTA  DE   REVISTAS  197 


La  palabra  musical  responde  realmente  á  una  necesidad 
<iel  espíritu  humano,  y  el  melodrama,  con  todos  sus  pecados 
-de  inverosimilitud,  es  quizá  una  forma  de  arte  que  siempre 
recreará  al  hombre;  pero  el  artista,  para  que  su  obra  sea  per- 
fecta, debe  amar  por  igual  á  las  dos  hermanas,  evitando,  so- 
bre todo,  que  la  Cenicienta  de  ayer  se  sobreponga  á  su  rival. 
Para  transformar  en  melodrama  una  tragedia,  el  poeta  debe 
necesariamente  descuartizar  y  disecar  la  obra  maestra  del 
poeta,  sustituyendo  la  pulpa  poética  con  pulpa  musical.  Pero, 
.¿quién  puede  olvidar  la  vigorosa  musculatura  de  la  obra  poé- 
tica? Aunque  los  magos  transformistas  se  llamen  E-ossini,  Be- 
ilini,  Verdi,  Gounod  ó  Thomas,  Hamlet,  Macheth^  Ótelo  y  Ju- 
lieta vivirán  siempre  en  la  memoria  bajo  su  expresión  peéti- 
ca,  como  vivirán  en  cambio  bajo  su  expresión  musical  Nor- 
ma, Don  Juan^  El  Barbero  de  Sevilla  j  Guillermo  Tell. 

Exiguo  es  el  número  de  los  artistas  perfectamente  natura- 
les; en  Italia  sólo  pueden  citarse  Rafael  y  Canova  en  la  plás- 
tica, Pergolese  y  Bellini  en  la  música,  y  sólo  Leopardi  en  la 
poesía;  y  no  es  que  sean  los  únicos  ni  los  mejores,  es  que  sólo 
-«líos  han  sabido  abstenerse  de  las  temeridades  y  audacias  de 
Miguel  Ángel,  del  Dante  y  de  Yerdi.  En  Leopardi  no  hay  una 
línea  ni  un  pliegue  que  revele  veleidades  pictóricas,  ni  una 
frase  que  descubra  ambiciones  musicales;  allí  cada  arte  ocupa 
-SU  puesto  y  la  poesía  no  invade  el  terreno  de  la  música  ni  el 
-de  la  pintura.  Los  límites  de  la  poesía  están  trazados  admira- 
blemente en  la  obra  leopardiana,  y  de  desear  es  que  el  papel 
de  la  música  se  limite  á  su  vez  al  papel  que  Algarofci  la  traza- 
ba: «á  disponer  el  ánimo  para  recibir  las  impresiones  de  los 
versos,  dando  al  lenguaje  de  las  musas  mayor  vigor  y  energía». 

OOULTISMO 

Mecanismo  del  peofetismo  y  de  la  mediümnidad. — Tal  es 
•el  título  de  un  trabajo  interesante  que  Julio  Bois  publica  en 
la  Revue  Bleue. 


198  LA    ESPAÑA    MODERNA 


¿Qué  pasa  en  el  cerebro  de  un  hipnotizado  dormido?  ¿Qué 
pasa  en  el  profeta  durante  el  momento  de  la  inspiración,  y  en 
el  médium  en  el  momento  de  los  fenómenos  psíquicos  ó  físicos- 
que  muestra?  ¡Quién  lo  sabe!  Se  han  hecho  muchas  suposicio- 
nes, insinuándose  que  esas  facultades  anormales  ó  supranor- 
males  tienen  como  substratum  el  lóbulo  derecho  del  cerebro^ 
que  permanece  dormido  durante  la  vida  ordinaria.  Durand  de 
Gros  establece  la  teoría  del  dinamismo  vital  por  la  acumula- 
ción de  fuerza  nerviosa  en  determinado  distrito  del  cerebro ► 
[Rumpft  supone  que  hay  modificación  refleja  de  la  circulación 
cerebral,  y  Despine  que  la  corteza  cerebral  está  más  ó  meno& 
paralizada.  Brown  Sequard  cree  que  la  influencia  de  una  ex- 
citación periférica  ó  interna  produciría  la  disminución  ó  au- 
mento de  poder  en  ciertos  puntos  del  encéfalo,  de  la  médula. 
espinal  ó  de  otros  centros,  exaltándose  por  este  desequilibrio- 
unas  facultades  y  anulándose  otras.  Como  instrumentos  dé- 
los poderes  psíquicos,  los  ocultistas  occidentales  dan  gran 
importancia  al  cuerpo  pituitario  que  afecta  al  olfato  y  á  la 
-vista  y  á  la  glándula  pineal,  donde  Descartes  colocaba  el 
alma. 

La  fatiga  que  siente  el  médium  es  generalmente  compara- 
ble, no  al  cansancio  que  sigue  al  trabajo  mental,  sino  al  que 
signe  á  los  excesos  de  la  labor  erótica.  El  cerebro  parece  no- 
haber  tomado  parte  alguna,  pero  sus  prolongaciones  quedan 
agotadas.  Y  es  de  notar  que  la  médula  de  los  médiums  es  ba- 
rométrica, como  si  hubiera  algo  de  común  entre  su  fuerza, 
nerviosa  y  la  fuerza  cósmica.  Por  otra  parte,  la  sensibilidad 
consciente  de  estos  centros  inconscientes  se  despierta  en  ellos 
de  un  modo  notable. 

Los  indios  tienen  medios  especiales  y  prácticos  para  crear 
en  el  hombre  la  clarividencia.  Según  ellos,  existen  dos  co- 
rrientes nerviosas,  eferente  motora  una,  y  aferente  sensitiva 
otra,  en  la  espina  dorsal,  con  un  canal  en  el  centro;  un  8  ho- 
rizontal ( 00  )  es  la  imagen  grosera  de  que  se  sirven  para  re- 
presentarlo, diciendo  que  una  pila  de  estos  oo  es  la  figura  de 


REVISTA   DE   REVISTAS  199 


la  espina  dorsal.  Por  medio  de  ciertas  prácticas  que  pertene- 
cen al  esoterismo,  una  fuerza  que  ellos  llaman  Kundaliui, 
origen  á  la  vez  del  amor,  del  genio  y  del  milagro,  se  despier- 
ta, se  insinúa  por  el  canal  central  y  sube  lentamente  hasta  el 
cerebro;  cuando  llega  á  Sahasrara  (el  nervio  vital  de  Flou- 
rens),  la  iluminación  mística  inunda  con  sus  rayos  al  adepto, 
que  ve  entonces  el  mundo  invisible  y  el  porvenir. 

Los  poderes  milagrosos  residen,  pues,  según  los  indios, 
donde  el  adagio  medioeval  coloca  la  fuerza  diabólica:  Virtus 
diaholis  in  lumbis.  Cuando  el  Yoghi  nos  afirma,  sin  embargo, 
que  la  castidad  y  la  meditación  son  indispensables  para  que 
esta  energía,  encerrada  en  las  partes  inferiores,  llegue  hasta 
el  cerebro  y  le  ilumine,  no  está  muy  distante  de  nuestra 
mística. 

¿Qué  sucede  durante  el  sueño  hipnótico,  que  es  hoy  un  fe- 
nómeno incontestable?  El  hipnotizado  es  susceptible  de  auto- 
matismo, es  decir,  de  actos  corporales  ó  psíquicos  indepen- 
dientes de  su  voluntad,  queridos  ó  dirigidos  por  el  hipnotiza- 
dor. La  personalidad  se  reduce  á  una  cadena  de  sucesos  ligados 
por  la  memoria;  por  eso  el  período  de  la  primera  infancia  no 
forma  parte  de  la  personalidad,  como  tampoco  el  período 
hipnótico.  La  sugestión  posthipnótica,  comprobada  por  la  es- 
cuela de  Nancy  y  la  de  París,  sería  absurda  si  no  admitiéra- 
mos los  misterios  de  la  segunda  personalidad. 

Se  dirá  que  todo  eso  pertenece  á  la  esfera  de  la  patología; 
es  posible,  aunque  los  ingleses  protestan,  y  algunos  alemanes, 
como  Kraft  Ebing,  sostienen  que  los  sanos  pueden  también 
sufrir  el  sueño  provocado.  Pero  la  cuestión  no  es  esa;  la  cues- 
tión es  la  realidad  del  fenómeno  y  la  casi  imposibilidad  de 
explicarlo  sin  la  intervención  de  una  segunda  personalidad, 
pues  la  sugestión  posthipnótica  tiene  que  registrarse  en  algu- 
na parte,  y  fielmente,  para  que,  en  el  momento  señalado,  el 
sujeto  despierto  ejecute  una  orden  cuyo  origen  ignora.  Los 
experimentos  hechos  con  histéricos  se  repiten  aminorados  en 
los  sanos,  y  la  histeria,  como  dice  Binet,  debe  ser  considerada 


200  LA    ESPAÑA   MODERNA 


como  un  reactivo  que  permite  hacer  raás  visibles  ciertos  fenó- 
menos delicados  de  la  inteligencia  humana.  La  escritura  au- 
tomática, fenómeno  del  que  existen  tantos  y  tan  sorprenden- 
tes y  autorizados  ejemplos,  es  también  una  prueba  decisiva 
de  la  doble  personalidad,  siendo  de  notar  que  sólo  la  escritura 
automática  de  las  personas  sanas  y  razonables  encierra  reve- 
laciones interesantes  y  presentimientos. 

Estos  estudios,  desdeñados  por  la  psicología  clásica,  son 
humanitarios  por  excelencia,  siendo  de  lamentar  que  los  sa- 
bios que  los  dirigen  los  limiten  á  los  casos  morbosos.  Nuestra 
subconciencia  es  tanto  más  preciosa,  cuanto  más  sanos  y  equi- 
librados estamos  y  cuanto  más  sutil  es  nuestra  trama  ner- 
viosa. 


Los  CÍRCULOS   BURLESCOS   EN    LA  CORTE   DE    CarLOS.II. — En 

Inglaterra,  y  especialmente  en  Londres,  basta  una  imperfec- 
ción física  ó  moral,  una  extravagancia  cualquiera  en  los  ac- 
tos ó  en  los  dichos  de  un  individuo,  con  tal  de  que  sean  co- 
munes á  media  docena  de  personas,  para  que  se  funde  un  Cír- 
culo; manía  que  dura  hace  siglos  en  aquel  país,  en  que  tan 
gran  culto  se  rinde  á  todas  las  tradiciones.  No  hace  mucho 
que,  según  el  Tit-Bits,  se  han  fundado  el  Club  de  los  hombres 
de  seis  dedos  {Sixfinger's  Club)  y  el  Club  de  la  Chusma  negra, 
asociación  de  viejos  ciegos  que  de  día  piden  limosna,  y  de  no- 
che banquetean  y  se  emborrachan  con  lo  recogido. 

En  los  tiempos  pasados  —  dice  Tanfani  en  la  Rivista  Mo- 
derna—  se  cogía  al  vuelo  la  ocasión  de  fundar  un  Círculo 
burlesco.  Salía  un  día  de  su  casa  un  individuo  con  el  pelo 
aplastado,  y  se  fundó  el  «Círculo  de  los  cabellos  aplastados». 
El  honorable  lord  Finch,  disfrazado  de  cochero,  guió  en  Hyde 
Park  una  diligencia^  de  cuatro  caballos,  y  sus  admiradores 
fundaron  el  «Club  del  tiro  de  cuatro»,  four  in  hand;  39  genti- 


REVISTA  DE   REVISTAS  201 


leshombres,  entusiasmados  con  un  pastel  al  que  había  dado  el 
cocinero  el  misterioso  nombre  de  kit-kat,  aprovecharon  la 
ocasión  para  instituir  el  Kit-kat  Club.  A  otro  gentilhombre,  el 
Sr.  Stillingfleet,  se  le  antojó  vestirse  un  día  con  un  par  de  cal- 
zones azules,  y  se  creó  sobre  la  marcha  el  Blue  Stocking  Cluhf 
del  que  fue  miembro  Horacio  Walpole. 

Daniel,  en  su  libro  La  alegre  Inglaterra  de  los  buenos  tiem- 
poSj  da  la  lista  de  numerosos  Clubs,  existentes  en  1790,  cuyos 
nombres  son  todo  un  programa:  el  Círculo  de  los  Charlatanes, 
de  los  Sansones,  de  los  Cornudos,  de  los  Amigos  de  los  gatos 
y  de  los  tulipanes,  de  los  Bebedores  de  cerveza  drogada,  etcé- 
tera. Pero  el  período  de  mayor  florecimiento  de  los  Círculos 
grotescos  en  Londres,  fue  el  reinado  de  Carlos  II.  Este  mo- 
narca disoluto,  que  había  heredado  la  doblez  de  su  padre  y  la 
sensualidad  de  Jacobo  I,  está  perfectamente  retratado  en  este 
epitafio  que  le  puso  el  Duque  de  Rochester: 

Aquí  yace  nuestro  amado  soberano, 
En  cuya  palabra  nadie  puede  fiar; 
Nunca  dice  cosa  necia, 
Pero  tampoco  hace  nada  sabio. 

— ¡Certísimo! — replicó  Carlos  II  cuando  oyó  estos  versos — 
porque  yo  soy  dueño  de  mis  palabras,  pero  de  mis  actos  res- 
ponden mis  Ministros. 

Entre  las  asociaciones  del  tiempo,  se  llevaba  la  palma  el 
Círculo  del  Vellocino  de  oro.  Los  socios  se  reunían  en  una  ta- 
berna cerca  del  santuario  de  Montagne  Cióse,  donde  los  hono- 
rables socios,  que  tenían  más  deudas  que  pelos,  podían  refu- 
giarse si  los  acreedores  les  acometían.  Por  entonces  había  en 
Londres  varios  santuarios  que  gozaban  de  ese  privilegio,  y  la 
policía  no  podía  molestarles  en  aquel  asilo.  Al  inscribirse  ©I 
aspirante  á  socio  pagaba  15  peniques;  luego  se  le  bautizaba 
con  un  nombre  ridículo  y  con  el  título  de  «Caballero  de  la  no- 
bilísima Orden  del  Vellocino  de  oro»,  inscribiéndosele  en  el 
registro  del  Club.  Tal  fue  el  número  de  socios,  que  hubo  qu© 


202  LA   ESPAÑA   MODERNA 


limitar  las  admisiones.  El  saludo  convencional  de  los  socios 
era:  «¿Cuántos  cuarteles  de  nobleza  tienes,  hermano?»  «¿Quién 
fue  el  tronco  de  tu  familia?»  Y  se  ponían  á  decir  los  títulos 
imaginarios  que  se  adjudicaban  con  la  seriedad  de  un  héroe 
de  tragedia. 

Obro  Círculo  era  el  de  los  comerciantes  quebrados,  Bróken. 
Shopheepers  Clubj  cuyos  socios  tenían  que  haber  quebrado  dos 
veces  por  lo  menos  para  ser  admitidos;  si  las  quiebras  habían 
sido  fraudulentas,  su  crédito  era  mayor,  y  podían  pertenecer  á 
la  Junta  directiva  del  Club. 

A  corta  distancia  de  este  Círculo,  estaba  la  obscura  taber- 
na de  Queen^s  Head.  JJna,  vez  por  semana  celebraban  allí  su  con- 
ciliábulo un  montón  de  usureros,  cuya  principal  conversación 
era  la  economía  que,  dada  la  carestía  de  los  víveres,  podía 
hacerse  comprando  el  pan  asentado,  la  cerveza  sosa,  y  no  gas- 
tando más  que  dos  sueldos  en  cada  comida.  Si  un  socio  pedía 
prestado  tabaco  á  otro,  éste  se  lo  daba,  pero  con  la  condición 
de  que  al  día  siguiente  le  devolviera  doble.  Para  el  banquete 
aniversario  del  Círculo,  los  socios  suplicaban  á  algún  señor 
rico  que  les  enviase  lacticinios  y  legumbres,  y  concluida  la  co- 
mida, los  socios  se  lamentaban  amargamente  de  los  cuatro 
sueldos  que  habían  gastado  en  darse  aquel  festín.  Su  guarda- 
rropa era  el  del  trapero,  pero  llevaban  espada  al  costado  que 
parecía  salida  de  la  tienda  de  un  anticuario,  y  se  pavoneaban 
con  sus  trajes  remendados  y  descoloridos  y  con  sus  zapatos 
agujereados,  «que  habían  estado  más  veces  en  casa  del  re- 
mendón que  su  propietario  en  la  Iglesia».  Si  en  la  cuenta  del 
tabernero  había  que  pagar  un  sueldo  de  más,  indivisible  entre 
los  socios,  cada  uno  pagaba  un  céntimo,  y  el  céntimo  sobrante 
iba  á  la  caja  social. 

Tales  eran,  sin  contar  otros  muchos,  los  Círculos  burlescos 
de  Londres,  que  eran,  como  se  ve,  tan  extravagantes,  tan  so- 
sos y  tan  poco  divertidos  como  corresponde  á  la  ciudad  de  las 
nieblas  y  á  la  nación  de  los  hombres  positivos. 


REVISTA   DE   REVISTAS  203 


IM:r>JEVESIOIVDES  Y   IVOTAS 

España  en  las  revistas  extranjeras. — Gran  número  de 
revistas  extranjeras  consagran  á  España  con  motivo  de  la 
coronación  de  Alfonso  XIII  sendos  artículos  examinando  su 
situación  y  aventurando  juicios  más  ó  menos  acertados  sobre 
su  presente  y  su  porvenir. 

Para  Javier  de  Ricard,  en  la  Nouvélle  Revue^  el  nuevo 
reinado  será  la  agonía  de  la  Monarquía.  El  pueblo  y  los  inte- 
lectuales son,  según  él,  casi  universalmente  republicanos  ó 
están  para  republicanizarse.  Habiendo  sido  incapaz  la  Regen- 
cia de  resolver  ninguna  de  las  cuestiones  de  que  depende  la 
salvación  ó  la  ruina  del  país,  de  temer  es  que  el  nuevo  reinado 
gaste  en  una  lucha  ficticia  á  los  conservadores  contra  los  libe- 
rales y  que  esta  política  de  báscula  dé  por  resultado  la  caída 
del  trono. 

Para  Sydney  Brooks,  en  la  North  American  Eeview,  el  ver- 
dadero peligro  que  amenaza  á  la  dinastía  es  menos  político  que 
económico.  No  hay  que  perder  de  vista — dice — que  Europa  no 
acaba  en  los  Pirineos;  España,  que  tiene  posesiones  en  Ma- 
rruecos y  en  otros  puntos  de  la  costa  africana,  que  tiene  por 
defensas  naturales  sus  cordilleras  y  que  puede  apoyarse  en  su 
neutralidad  como  en  un  cuerpo  de  ejército,  tiene  que  represen- 
tar un  papel  en  el  concierto  europeo  en  cuanto  despierte  del 
letargo  en  que  se  halla  sumida.  Entonces  no  la  quedan  más 
que  dos  salidas:  el  estancamiento  ó  la  revolución. 

La  señorita  Vacaresco,  por  su  parte,  asegura  en  la  Review 
ofReviewSj  que  Europano  tardará  enreconocer  en  Alfonso  XIII 
un  verdadero  soberano,  cuyos  actos  y  resoluciones  producirán 
un  cambio  decisivo  en  las  ideas  y  corrientes  de  la  vida  políti- 
ca española.  Aunque  el  poder  real  esté  limitado  por  la  Consti- 
tución, Alfonso  XIII,  tanto  por  sus  condiciones  personales 
cuanto  por  las  condiciones  mismas  de  sus   subditos  y  por  la 


204  LA   ESPAÑA   MODERNA 


actual  situación  de  los  partidos,  puede  ejercer  y  ejercerá  gran- 
de y  beneficiosa  influencia  en  los  acontecimientos  y  en  los 
hombres.  El  trabajo  de  la  Vacaresco  no  puede  ser  más  lison- 
jero para  el  E-ey. 


¿Eba  epiléptico  Napoleón? — Según  las  teorías  lombrosia- 
nas,  á  priori  podía  afirmarse  que  Napoleón  I,  por  su  condición 
de  hombre  de  genio,  era  un  desequilibrado;  pero  ¿llegaba  el 
desequilibrio  hasta  la  epilepsia?  Ese  esel  estudio  que  ha  hecho 
Luis  Proal  en  los  Archives  d* Anthropologie  criminelle^  tenien- 
do en  cuenta  los  testimonios  de  Bourrienue,  Constant,  Talley- 
rand,  Duquesa  de  Abrantes,  Napoleón,  etc.  Su  conclusión, 
bien  pesados  todos  los  hechos  recogidos,  es  la  de  que  Napoleón 
era  un  epiléptico.  Los  testimonios  que  parecen  dar  mayor 
fuerza  á  esta  afirmación  son  el  pasaje  de  las  Memorias  de 
Talleyrand  en  donde  dice  que  vio  caer  en  tierra  á  Napoleón: 
«No  vomitaba,  gemía  y  babeaba;  tenía  convulsiones  que  ce- 
saron al  cabo  de  un  cuarto  de  hora»;  en  las  Memorias  de  San- 
ta Elena  se  encuentra  también  otro  hecho,  aunque  no  tan 
típico,  que  confirma  el  anterior.  De  todos  modos,  no  son  los 
datos  recogidos  bastantes  para  afirmar  con  seguridad  que  Na- 
poleón fuera  epiléptico,  pues  no  es  preciso  serlo  para  que  se 
produzcan  fenómenos  semejantes. 


*  « 


¿Es  LA  LUNA  UN  PLANETA? — Esa  es  la  pregunta  que  se  hace 
el  profesor  Pickering  en  el  Century  Magazine^  inclinándose  por 
la  afirmativa.  Se  funda  para  ello  en  que  habiendo  hecho  re- 
cientemente un  viaje  á  Jamaica,  ha  podido  observar  desde  allí 
la  luna  con  un  poderoso  telescopio,  comprobando  que  varios 
de  los  cráteres  visibles  en  la  superficie  lunar  están  bordeados 
de  una  substancia  blanquecina  que  resplandece  cuando  está 


REVISTA   DE  REVISTAS  205 


iluminada  por  el  sol;  esta  substancia,  por  todas  las  apariencias, 
no  puede  ser  más  que  nieve.  Es  también  de  notar  que  son  vi- 
sibles veinticuatro  horas  lunares  después  de  la  salida  del  sol, 
que  se  hacen  cada  vez  más  aparentes  y  que  se  van  borrando 
gradualmente  para  desaparecer  por  último  al  ponerse  el  sol. 
Estos  hechos  podrán  servir  de  fundamento  para  asegurar 
que  en  la  luna  hay  nieve,  y  por  lo  tanto  agua,  y  por  consi- 
guiente aire,  y  por  último  vida  vegetal  y  animal  (y  ya  es 
mucho  deducir);  pero  nos  parecen  insuficientes  para  poder 
decir  que  la  luna  es  un  planeta. 


*  * 


Los  CAFÉS- CONCIERTOS  Y  LOS  Music-Halls. — En  la  Eevue 
des  Deux  Mondes  dedica  Mauricio  Talmeyr  un  curioso  artícu- 
lo al  estudio  de  estas  instituciones  del  placer  sensual  en  París, 
donde  existen  nada  menos  que  300,  incluyendo  en  el  número 
las  llamadas  «tabernas  artísticas». 

Desde  el  punto  de  vista  de  la  moralidad,  estos  salones 
constituyen  un  foco  de  corrupción  y  de  embrutecimiento  de 
los  más  eficaces  y  perniciosos;  la  juventud  que  los  frecuenta 
sale  de  allí  pervertida  y  estragada,  y  los  viejos  verdes  que 
asisten  á  ellos  son  vergonzosa  muestra  del  rebajamiento  de  la 
dignidad  humana,  y  su  ejemplo  es  eficacísimo  para  la  relaja- 
ción de  costumbres. 

Lo  asombroso  son  las  ganancias  que  en  tales  lugares  obtie- 
nen los  artistas  en  boga.  Los  sueldos  más  crecidos  de  los  más 
famosos  cantores  de  óperas  no  se  acercan  á  lo  que  cobran  cier- 
tos números  sensacionales  de  los  cafés  conciertos.  Un  gran  tenor 
ó  una  gran  tiple  de  la  Ópera  ganan  60.000,  80.000,  90.000, 
125.000  y  hasta  150.000  francos  al  año.  ¡Un  número  sensacio- 
nal de  café-concierto  gana  dos  veces,  tres  veces,  seis  veces, 
diez  veces  otro  tanto!  La  señorita  Iveta  Guilbert  cobraba  en 
París  25.000  francos  mensuales,  la  Bella  Otero  30.000,  la  se- 
ñorita Gallois  22.500,  la  señoritaCleo  de  Merode  40.000.  ¿Y 


206  LA   ESPAÑA'  MODERNA 


sabéis  lo  que  Frégoli  percibía  en  el  Olimpia?  Pues  sus  benefi- 
cios, entre  lo  fijo  y  lo  variable,  llegaban  á  la  enorme  suma 
de  ¡100.000  francos  mensuales! 

¡No  ganan  tanto,  trabajando  dieciocho  horas  diarias  y  pa- 
sando por  bien  retribuidas,  doce  mil  costureras  ó  diez  mil  mi- 
neros! ¡Y  necesitan  toda  una  vida  de  gloria  para  reunir  otro 
tanto  de  lo  que  ganan  en  un  mes  esos  distinguidos  detritus 
de  la  vida  social,  un  Campoamor  ó  un  Núñez  de  Arce!...  Y  así 
va  el  mundo... 

Fernando  Araüjo. 


NOTA  BIBLIOGRÁFICA 


Historia  de  las  religiones,  por  Max  Müller,  traducción  de  Luis  de  Terán. 
Madrid;  un  vol.  de  408  páginas. — La  España  Moderna.— Su  precio, 
8  pesetns. 

Los  libros  del  insigne  sabio  Max  Müller  tienen  siempre  un 
encanto  particular.  No  obstante  lo  difícil  ó  intrincado  de  los 
asuntos  que  suele  tratar,  asuntos  por  otro  lado  de  superior 
interés,  se  leen  aquéllos  con  agrado  sumo;  deleitan  en  verdad, 
no  siendo  preciso  ser  un  especialista  en  la  materia  estudiada 
por  el  autor  para  poder  gozar  leyéndolos. 

El  misterio  de  esto  tiene  su  perfecta  explicación  en  una 
mu}'"  atinada  observación  que  el  propio  Max  Müller  pone  en 
el  prólogo  de  la  Historia  de  las  Religiones.  «Varias  de  las  ma- 
terias, dice,  de  que  se  trata  en  estos  ensayos,  son  seguramen- 
te obscuras  y  difíciles;  pero  no  creo  que  en  toda  la  esfera  de 
los  conocimientos  humanos,  haya  un  solo  asunto  que  no  pue- 
da ser  expuesto  de  una  manera  clara  ó  inteligible,  si  se  ha 
comenzado  por  hacerse  uno  perfectamente  dueño  de  él.»  Que 
es  lo  que  ha  hecho  en  toda  ocasión  Max  Müller,  ayudado  para 
ello  por  las  facultades  más  exquisitas  del  investigador  y  del 
crítico  de  historia. 

La  Historia  de  las  Religiones^  escrita  aprovechando  el  autor 
los  trabajos  que  hiciera  con  ocasión  de  preparar  la  edición  del 
texto  y  de  los  comentarios  de  los  •  Himnos  sagrados  de  los 
Brahmanes^  contiene  una  hermosa  colección  de  ensaj^os  acer- 
ca de  las  ideas  primitivas  de  la  humanidad,  ya  religiosas,  ya 
mitológicas,  y  de  las  tradiciones  y  costumbres  más  remotas. 
Habla  en  ellas  Max  Müller  de  los  Vedas,  de  Cristo  y  los  demás 
Maestros,  del  Zend-Avesta,  del  Budhismo,  del  Nirvana  búdhi- 
co,  de  la  obra  de  Confucio,  del  monoteísmo   semita,  etc.,  etc. 

A.  Posada. 


índice 


Págs. 


Z«  novela  de  un  hombre  sensato  (novela),  por  Potapenko 5 

Poetas  americanos:  Á  Federico  Balarte  por  Eduardo  Ortega;  Lo  in- 
visible, por  E.  González  Lorca;  Rima,  por  Juan  Dnzan 45 

La  Guia  oficial  de  España,  por  Juan  Pérez  de  Guzmán 49 

Hfuestras  mentiras  convencionales.  La  mentira  económica,  por  Eloy 

L.  André 95 

La  supresión  de  las  Ordenes  religiosas  en  España  (1813-1837),  por 

Jerónimo  Becker 114 

El  año  sociológico  (1901),  por  Adolfo  Posada 136 

Lecturas  americanas,  por  Hispanus 159 

Crónica  literaria,  por  E.  Gómez  de  Saquero 179 

Revista  de  Revistas,  por  Fernando  Araujo 189 

JVbfa  bibliográfica,  por  A.  Posada 207 


AP  La  España  moderna 

60 

afio  l; 
no. 163-65 


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